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Capítulo 97: Plan maestro

  La caída duró solo unos segundos, pero en ese corto tiempo, el mundo pareció desmoronarse a su alrededor. Sus gritos resonaron por la enorme cueva, multiplicándose en ecos que reverberaban como un lamento atrapado en la piedra.

  El viento rugía en sus oídos. La adrenalina ardía en sus venas. Entonces, cuando el vértigo estaba a punto de devorarlos por completo, una luz repentina destelló en la oscuridad.

  ?SPLASH!

  Uno a uno, impactaron contra una superficie gélida y densa, desapareciendo en la inmensidad de un lago subterráneo. El agua negra los envolvió en su abrazo helado, tragándolos en su caída.

  Durante unos instantes, solo hubo burbujas y silencio. Pero pronto, emergieron entre jadeos y fuertes brazadas, luchando contra la presión del agua mientras nadaban desesperadamente hacia la orilla más cercana.

  Elizabeth fue la primera en recuperar el aliento. Se giró en el agua, con el cabello empapado pegado al rostro, y escaneó el entorno con ansiedad.

  —??Están todos bien?! —su voz se elevó en el vacío de la caverna, rebotando entre las paredes de piedra.

  Uno a uno, las respuestas surgieron de entre la oscuridad.

  —Sí.

  —Todo bien.

  —Aquí también.

  El alivio la recorrió… pero solo por un instante. Porque en medio del agua, Joseph sintió algo. Un roce, frío, lento y desconocido.

  El escalofrío recorrió su espalda como una advertencia instintiva. Con el cuerpo aún flotando en la negrura líquida, giró lentamente la cabeza hacia Reinhard, quien había caído a su lado.

  —Ten cuidado con tu cola… me golpeaste la pierna.

  Reinhard frunció el ce?o.

  —Yo no fui.

  Joseph se quedó inmóvil. Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Y entonces… el silencio se volvió denso. Las chicas también guardaron la respiración al escuchar la conversación. El miedo se filtró entre ellos como el agua fría que los rodeaba. Algo los estaba tocando.

  —?Debemos salir del agua! ?Rápido! —exclamó Joseph, con el corazón a punto de estallar.

  Nadie dudó ni un segundo. Agitaron sus extremidades con todas sus fuerzas, impulsándose hacia tierra firme.

  Los segundos se volvieron eternos. Los latidos en sus oídos se mezclaban con el sonido del agua agitada. Al cabo de unos segundos, sus cuerpos chocaron contra la piedra húmeda de la orilla.

  Uno a uno, salieron jadeando, con las respiraciones entrecortadas y los músculos temblorosos por el esfuerzo. Reinhard se dejó caer de espaldas sobre el suelo frío de la caverna, con el pecho subiendo y bajando rápidamente.

  —Bueno… supongo que escapamos… —murmuró, con una risa nerviosa.

  Astrid, todavía recuperando el aliento, le dirigió una mirada seria.

  —Sí… pero Cecilia, Nhun y el líder siguen allá arriba…

  El peso de la realidad cayó sobre ellos como una losa de piedra. Juliana, aún de rodillas, se frotó las manos instintivamente. Joseph la observó con detenimiento. Sus nudillos estaban reventados, su piel estaba rajada y cubierta de sangre. Un leve temblor recorría sus dedos. Se acercó a ella y, con voz suave, preguntó:

  —?Estás bien?

  Juliana inhaló hondo y se limpió la sangre con la tela rasgada de su ropa.

  —Sí… solo duele un poco.

  Joseph no insistió, pero su mirada permaneció en su mano, notando la tensión en su postura. Antes de que pudiera decir algo más, Elizabeth llamó su atención con un grito emocionado.

  —?Vengan a ver esto!

  El grupo se giró y lo vieron.

  Frente a ellos, erguida como un monumento olvidado por el tiempo, se encontraba una puerta gigantesca de oro macizo. Era inmaculada, tallada con una precisión sobrehumana.

  Joseph miró las paredes a su alrededor y sus ojos se abrieron con asombro. Las superficies estaban cubiertas de relieves.

  Cientos de figuras, de diferentes razas y formas, se encontraban grabadas en la piedra. Un campo de batalla se desplegaba ante sus ojos, con guerreros de distintas tribus enfrentándose bajo un cielo caótico.

  Las criaturas en las ilustraciones tenían formas que no podían distinguirse del todo, como si hubieran sido olvidadas por la historia.

  Elizabeth entrecerró los ojos y se acercó aún más al extremo del mural.

  Allí, talladas con maestría sobre la antigua piedra, se encontraban dos figuras prominentes en un combate feroz. Según relataba la pintura, su batalla era tan catastrófica que su mera existencia dividía montes, ríos y monta?as.

  El cielo estaba partido en dos. El mundo mismo parecía desgarrarse ante la colisión de sus poderes.

  En un lado del mural, se alzaba un guerrero radiante. Su silueta emanaba luz pura, envolviendo su cuerpo con un resplandor divino que ahuyentaba las sombras a su alrededor.

  En su mano derecha, sujetaba una espada de luz. El filo era tan luminoso que incluso en la vieja piedra se podía sentir su fulgor, como si la pintura aún resplandeciera con un eco de su antigua gloria.

  Pero al otro lado… su contraparte no era menos imponente.

  Un guerrero oscuro. Su figura era un abismo de negrura que devoraba toda la luz a su alrededor. Un vacío absoluto. En sus manos, no portaba una, sino dos espadas de energía ominosa, cuyas siluetas parecían vibrar con la intensidad de su poder. Tanto, que en la pintura misma se podía ver cómo su sola presencia oscurecía el sol.

  Elizabeth contuvo la respiración. La escena que tenía ante sus ojos era simplemente descomunal. Más allá del choque entre estos dos colosos, algo más llamó su atención. Ninguna otra criatura en el mural se atrevía a intervenir en la batalla. Ni humanos. Ni bestias. Ni monstruos.

  Todos, sin importar su origen, se mantenían alejados. Como si fueran meros testigos de un conflicto que iba más allá de su comprensión.

  —?Qué… es esto? —susurró, fascinada.

  Con sumo cuidado, acarició el mural con los dedos, siguiendo las antiguas inscripciones grabadas en la piedra.

  Pero fue en vano. Gran parte del mural estaba oscurecido por el paso del tiempo. El deterioro había borrado fragmentos cruciales de la historia. Sin las herramientas adecuadas, no había manera de descifrarlo por completo. Astrid apretó los labios, frustrada por toda la historia perdida.

  Mientras tanto, Reinhard observaba la enorme puerta dorada con una mezcla de asombro y determinación. Decidido a probar su fuerza, afianzó sus pies en el suelo y empujó con todas sus fuerzas.

  Pero no pudo hacer nada.

  Los músculos de sus brazos se marcaron por el esfuerzo, pero la puerta ni siquiera se movió un centímetro.

  —Esta cosa es pesada… —susurro de cansancio y con los dientes apretados.

  Joseph, tras pensarlo por un momento, tuvo una idea. Tal vez, si utilizaba su poder para atravesarla, podría ver lo que había detrás. Quizás incluso encontraría un mecanismo oculto que la abriera desde el otro lado.

  Pero su sorpresa fue inmediata. En cuanto intentó atravesarla, una barrera invisible rechazó su cuerpo con una fuerza brutal.

  ?BOOM!

  El impacto lo lanzó varios metros hacia atrás, golpeando el suelo con un quejido de dolor.

  —?Joseph! —Reinhard corrió hacia él y lo ayudó a incorporarse. —?Estás bien?

  Joseph gru?ó y se sacudió el polvo de la ropa.

  —Sí… pero eso dolió.

  Examinó sus brazos y piernas, tenía varios raspones por la caída, pero nada grave.

  Antes de que pudieran discutir qué hacer a continuación, un grito resonó en la cueva, rompiendo el tenso silencio.

  —?Chicos! ?Encontré una salida! —la voz de Juliana se escuchó a la distancia.

  Elizabeth fue la primera en reaccionar. Echó una última mirada al enorme mural. Siempre había sentido un gran interés por la historia del continente, pero lamentablemente, no podían permitirse detenerse más tiempo. Guardó su curiosidad para otro momento y corrió tras los demás.

  —?Qué sucede, Juliana? ?Qué encontraste? —preguntó Astrid, alcanzándola.

  Juliana se?aló hacia un pasaje angosto entre las rocas. La luz parpadeante de la caverna iluminaba un túnel que se extendía hacia lo desconocido.

  —Aquí… —dijo Juliana, con una leve sonrisa —Creo que encontré una salida.

  Juliana guió a sus compa?eros a través de una estrecha grieta en la pared.

  Aunque el paso era algo angosto, el espacio era lo suficientemente amplio para que pudieran moverse sin quedar atrapados. El túnel era opresivo, con el aire cargado de polvo y humedad. Apenas podían ver entre la oscuridad, pero Elizabeth los ayudó gracias a su visión nocturna.

  El sonido de sus propios pasos y el roce de sus ropas contra la piedra eran el único ruido en aquel pasaje silencioso y olvidado.

  Tras varios minutos avanzando entre suciedad, paredes agrietadas y un suelo inestable, finalmente llegaron a un peque?o sector de ladrillos.

  Juliana levantó su mano para intentar atravesarlo con su poder, pero al notar la herida en sus nudillos, hizo una mueca de dolor y se detuvo.

  —Déjame a mí. —Reinhard se ofreció, viendo la fatiga en su rostro.

  Concentró su fuerza y golpeó la pared con un impacto controlado. El hueco resultante fue más peque?o que el que había hecho Juliana antes, lo que le permitió echar un vistazo antes de aventurarse.

  Al asomar la cabeza, pudo ver que estaban en otra sección de las ruinas.

  Pero algo era diferente. No era solo piedra antigua y corredores en ruinas. Parecía un sitio en construcción. Más aún… un laboratorio.

  La sala en la que se encontraban estaba llena de artilugios que reflejaban un conocimiento antiguo y prohibido. Restos de instrumentos destrozados yacían por el suelo, junto con mesas de trabajo desordenadas y fragmentos de papeles quemados.

  Las paredes estaban cubiertas de extra?as inscripciones y diagramas que parecían haber sido abandonados a toda prisa.

  Joseph descendió con cuidado, ayudando a las chicas a bajar sin perder el equilibrio. Observó el lugar con el ce?o fruncido.

  —?Qué demonios es este sitio?

  Reinhard recorrió la estancia con pasos cautelosos.

  —No lo sé… —respondió en un murmullo —Pero parece algún tipo de taller…

  El grupo se adentró lentamente en la inmensidad del lugar, buscando cualquier indicio de su propósito.

  Había estanterías vacías, como si alguien hubiera saqueado los objetos más valiosos. Las mesas estaban cubiertas de herramientas oxidadas y piezas de maquinaria incompletas.

  Pero lo que más les heló la sangre fue lo que Reinhard encontró en el suelo.

  Entre los restos esparcidos, trozos de papel estaban hechos a?icos, como si alguien hubiera intentado destruir la evidencia antes de abandonar el lugar. Con sumo cuidado, Reinhard recogió los fragmentos y trató de enderezarlos lo mejor que pudo.

  Sus ojos se abrieron de par en par.

  —Joseph… mira esto.

  Joseph se acercó rápidamente. Y lo que vio le hizo contener el aliento. Dibujos detallados de un enorme portal tallado en piedra antigua. Símbolos desconocidos lo rodeaban, con anotaciones apresuradas que describían su propósito.

  Joseph leyó algunas de las notas desgarradas. Su expresión se endureció.

  —Oh, mierda…

  Fue lo único que pudo decir.

  Mientras tanto, en otro lugar…

  Justo sobre las ruinas, en el interior del Gorrión Dorado, dentro de una sala de conferencias adornada con exquisitos tapices, una reunión de alto nivel se llevaba a cabo. El Soberano, sentado en el centro de la habitación, esbozaba una sonrisa llena de satisfacción. El ambiente estaba cargado de tensión contenida.

  Sus sacerdotes lo observaban en silencio, expectantes, mientras él conjuraba un mapa a escala de la academia, proyectándolo sobre la mesa. Con un leve movimiento de sus dedos, marcó puntos estratégicos en la imagen flotante, destacando zonas clave.

  —El portal ha sido completado en el tiempo establecido… —anunció con calma, pero con un brillo de triunfo absoluto en los ojos.

  Los sacerdotes intercambiaron miradas discretas. Algo en su tono los inquietaba. El Soberano continuó, sin apartar la mirada del mapa.

  —Esta misma ma?ana, ha sido trasladado al Coliseo del distrito rojo de Hilloy.

  El silencio en la sala se hizo más profundo.

  El coliseo… el evento del festival se celebraría allí. La reunión de las élites más poderosas de la academia. El Soberano amplió el mapa con otro sutil movimiento, enfocándolo en el coliseo. Su sonrisa se ensanchó.

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  —Nuestro plan, en este punto, es sencillo… atacar el evento.

  La sangre de los sacerdotes se heló ante esas palabras. Era una locura. Era un desafío directo. El Soberano prosiguió, con la misma tranquilidad calculada:

  —Durante las primeras dos horas del festival, la academia tendrá a sus mayores activos reunidos en un solo lugar. Su seguridad estará relajada. Las miradas estarán distraídas. Y entonces… atacaremos.

  Los ojos del Soberano brillaron con fervor mientras arrastraba sus dedos sobre la imagen del coliseo.

  —El evento estelar de la Casa de los Especiales… no se llevará a cabo. Y el verdadero espectáculo… apenas estará por comenzar.

  Los sacerdotes asintieron al unísono ante las palabras de su líder, su entusiasmo se veía reflejado en miradas cargadas de fervor. El Soberano continuó, ampliando el mapa proyectado sobre la mesa, esta vez enfocándose en el corazón del coliseo.

  —Justo en el evento final, el director, así como el resto de los profesores, entrarán en la arena para presentar a los representantes de cada equipo.

  Los murmullos entre los sacerdotes se intensificaron. Era el momento perfecto. Todos los ojos estarían puestos en la ceremonia.

  —Entonces, una se?al activará el artefacto que hemos instalado en las profundidades de las ruinas, justo debajo de la arena… —Un leve brillo de picardía iluminó la mirada del Soberano —Ese dispositivo anulará los poderes del director, así como los de los demás profesores.

  Un silencio cargado de expectación recorrió la sala. Entonces, con una sonrisa cruel, el Soberano apretó el pu?o.

  —?Y ahí les daremos muerte a todos!

  Los sacerdotes estallaron en aplausos. Algunos golpeaban la mesa con emoción contenida, otros sonreían con éxtasis ante la perspectiva de un golpe tan certero a la academia. Sin embargo, entre el estruendo de la celebración, una mujer levantó la mano con elegancia. El gesto silenció de inmediato la sala.

  El Soberano la miró con interés.

  —?Sí, sacerdotisa Montgard? —preguntó con calma.

  La sacerdotisa se inclinó levemente en se?al de respeto, pero su voz se mantuvo firme.

  —No dudo de su visión, mi se?or… —sus palabras fueron medidas —Pero la academia sigue contando con activos poderosos.

  Un murmullo se extendió por la sala. Montgard continuó con seguridad.

  —Incluso aunque logré mover algunas redes para forzar la salida de la mayoría en expediciones e investigaciones que los mantendrán alejados por a?os… —su mirada se afiló —Todavía quedan profesores y familias leales al director que podrían representar… un problema.

  El Soberano se acarició la barba lentamente, una sonrisa de satisfacción curvó sus labios.

  —Entiendo muy bien lo que dice…

  Soltó una leve carcajada y dio dos palmadas. Las puertas de la sala se abrieron de inmediato.

  Desde la habitación contigua, un grupo de asistentes uniformados ingresó, empujando una enorme máquina metálica.

  Al verla, los sacerdotes contuvieron el aliento.

  Sus circuitos mágicos vibraban con un leve resplandor púrpura, y de su interior emanaban sonidos mecánicos constantes y pulsantes, como un corazón artificial latiendo en las sombras.

  Su forma era la de un cubo, perfectamente ensamblado, con múltiples runas inscritas en su superficie. Uno de los sacerdotes murmuró con incredulidad:

  —Ese es… el Proyecto Altanova…

  El Soberano extendió un brazo hacia la máquina con teatralidad.

  —Esta es la Bomba Altanova.

  Las palabras cayeron como un peso invisible en la sala. El murmullo de los sacerdotes se convirtió en absoluto silencio. El Soberano prosiguió con calma, como si estuviera hablando del clima:

  —Un artefacto bomba, refinado con la más alta precisión. Los preparativos ya han sido completados. Los agentes que hemos infiltrado a lo largo de los a?os han instalado estas bombas en los puntos clave. Todas están listas para detonarse en un tiempo exacto. Cuando llegue el momento… las familias nobles y sus guerreros más poderosos serán erradicados.

  Un escalofrío recorrió la habitación. Uno de los sacerdotes apretó los pu?os, con la emoción brillando en sus ojos.

  —Entonces… la academia realmente será incapaz de reaccionar…

  El Soberano sonrió con complacencia. Todo marchaba según lo planeado. El ocaso de la academia estaba en sus manos. O al menos, eso creía. Porque en ese preciso instante, Madame Montgard recibió un mensaje.

  Un susurro mágico vibró en su oído, proveniente de uno de sus agentes en la academia. Sus ojos se oscurecieron. Su expresión cambió de inmediato. El Soberano notó la alteración en su semblante y alzó una ceja.

  —?Sucede algo, Montgard?

  Ella enderezó su postura, reprimiendo cualquier indicio de alarma en su voz.

  —Lo siento, mi se?or… ha ocurrido un imprevisto.

  Un silencio sutilmente peligroso cayó sobre la sala.

  —?Entorpecerá nuestros planes? —preguntó el Soberano, su tono era aún sereno, pero con un filo de advertencia.

  Montgard mantuvo la compostura.

  —No, mi se?or. —Se alzó firme y segura —No se preocupe. Solo es un tema menor… me ocuparé de ello inmediatamente.

  El Soberano se reclinó en su asiento, observándola por unos segundos.

  —Muy bien.

  Berenice se levantó con una expresión de irritación creciente. Estaba harta de lidiar con ni?os molestos. Frente a ella, un grupo de jóvenes reclutas había llegado para traerle noticias, pero su paciencia ya era escasa.

  Apenas los escuchó hablar. No le importaba. No valían la pena. Sin una pizca de remordimiento, sin vacilar siquiera un segundo, desató una energía corrupta que los consumió al instante.

  Los cuerpos se desmoronaron en un parpadeo, reducidos a cenizas sin que nadie pudiera reaccionar. Un silencio macabro reinó en el pasillo. Berenice chasqueó la lengua, fastidiada, y sin voltear siquiera a ver los restos de su obra, ordenó con indiferencia:

  —?Limpien eso!

  Sus palabras resonaron con frialdad antes de que se diera la vuelta y abandonara el pasillo con desagrado y furia contenida.

  Al mismo tiempo, en la cima del gran edificio…

  En los cuartos más lujosos, donde la vista alcanzaba todo el distrito, Cecilia permanecía en su balcón, observando la ciudad en penumbras.

  La noche era fría.

  Su piel sentía el aire helado, pero su mente estaba demasiado atrapada en su propia miseria como para notarlo. Era una jaula. Una jaula hermosa y dorada, pero una jaula al fin y al cabo. El sue?o de escapar del distrito era ridículo. ?Y rescatar a sus amigos…? Eso era un imposible.

  Su pu?o se cerró con frustración.

  —Tal vez… tal vez podamos… —susurró Nhun, paseando de un lado a otro de la habitación, tratando de idear un plan, tratando de no rendirse.

  Pero la desesperación era un veneno lento, uno que ya había calado profundo en ambas.

  —Ya déjalo, Nhun… —susurró Cecilia, con una voz apagada.

  Entonces, se escuchó un leve toque en la puerta. Un toque suave y calculado. Sin esperar respuesta, la puerta se abrió con lentitud.

  Una mujer entró.

  La misma sirvienta que había escoltado a Cáliban hasta el distrito. Cecilia desvió la mirada, incapaz de enfrentarla. La presencia de aquella mujer le revolvía el estómago.

  —He traído alimento para ustedes… por orden del Soberano.

  Su voz sonó vacía, mecánica. Con movimientos precisos y elegantes, dejó una bandeja sobre la mesa.

  El olor a jugos frescos, carnes refinadas y postres dulces impregnó la habitación. Pero a Cecilia no le importaba en absoluto. No tenía apetito. No tenía fuerzas.

  Desde lo más profundo de su pecho, una desesperación se alzaba, luchando por salir. No podía seguir guardando silencio. No podía seguir fingiendo que todo estaba bien.

  Apretó los labios, respiró hondo y finalmente, preguntó:

  —?Desde cuándo…? —Su voz se quebró en el aire, temblorosa. Sus ojos se clavaron en la sirvienta —?Desde cuándo fuiste una de ellos… Luna?

  Nhun fulminó a la mujer con la mirada. Ella sabía. Sabía lo que esto significaba para Cecilia. Cuando la verdad salió a la luz… Cuando Cecilia descubrió quién había orquestado la caída de su familia… Cuando entendió que la persona en quien más confiaba había sido parte del ataque… Se rompió.

  Sus lágrimas llenaron la habitación durante horas. Nhun intentó consolarla, pero nada podía aliviar el peso de esa traición. Ahora, frente a frente con aquella mujer… Cecilia esperaba una respuesta.

  Pero Luna no se movió. Ni siquiera volteó a mirarla. Su postura se mantuvo rígida, junto a su voz vacía de emoción.

  —Eso ya no importa.

  Sus palabras fueron frías como una daga clavándose en su corazón. Pero Cecilia no podía aceptar eso. No después de todo. Sus emociones estallaron.

  —??Cómo puede no importar?! —exclamó, con la respiración agitada —?Todos esos a?os! ?Todas las veces que me ayudaste a ser una mejor persona!

  Su voz se quebró. Su pecho dolía como si fuera a estallar. Las lágrimas brotaron sin control.

  —?Tú eras mi madre!

  Por primera vez, Luna se giró. Y Cecilia deseó que no lo hubiera hecho. Sus ojos estaban vacíos. Sin rastro de calidez, de cari?o o de humanidad. El rostro que antes la había mirado con amor y protección ahora sólo reflejaba desdén y frialdad absoluta.

  Una mueca de asco se formó en sus labios. Como si ver a Cecilia le resultara repulsivo. Y con una voz oscura y llena de desprecio, finalmente dijo:

  —Jamás sería madre de un monstruo como tú.

  Las palabras cayeron sobre Cecilia como una sentencia final. Su mirada se fue lejos, muy lejos de aquella habitación. Su mente se desconectó de la realidad. Pero su corazón… su corazón se hizo pedazos.

  Era como si mil espadas la atravesaran al mismo tiempo, desgarrando cada parte de ella sin piedad. Luna, sin una pizca de empatía, sin un atisbo de vacilación, se dio la vuelta y abandonó la habitación sin mirar atrás.

  Cecilia dejó de respirar por un instante. Sus piernas le fallaron. Se desplomó. Cayó de rodillas al suelo, con la mirada perdida en el vacío, como si su alma hubiera sido arrancada de su cuerpo.

  Nhun corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, envolviéndola con su calidez, tratando de sostenerla antes de que se rompiera del todo.

  —No es cierto… —susurró, con desesperación —Lo que ella dijo no es cierto, Ceci…

  Pero Cecilia no reaccionó. Su cuerpo estaba allí, pero su mente se había ido muy lejos. Sus ojos, normalmente brillantes y llenos de determinación, estaban opacos, vacíos, sin vida.

  Su corazón… su corazón estaba roto. Había perdido a su padre, un hombre que murió tratando de protegerla. Y ahora… la mujer que la crió, la protegió, la ense?ó a ser fuerte… la despreciaba.

  Toda su vida se había derrumbado, como su hogar aquel fatídico día, devorado por las llamas de la traición. Nhun la sostuvo con más fuerza, pero en el fondo, sabía que no podía hacer nada para aliviar su dolor.

  Más allá de la habitación…

  Luna caminaba por los pasillos del edificio, con pasos firmes y medidos. Su postura era impecable. Su expresión era seria e inquebrantable.

  Las demás sirvientas y mayordomos la veían pasar, sin cuestionarla, sin sospechar nada. Nadie dudaba de su lealtad. Nadie imaginaba lo que acababa de hacer. El papel que interpretaba era perfecto.

  Pero en su interior… todo estaba podrido.

  Cuando llegó a sus aposentos y cerró la puerta detrás de ella… sus piernas cedieron. Se desplomó en el suelo, con los pu?os apretados hasta que sus u?as se clavaron en su propia piel.

  Sus labios temblaban. Su cuerpo ardía de rabia. Con los dientes apretados, maldijo en un susurro venenoso. Maldijo el nombre del Soberano. Maldijo el nombre de Madame Montgard. Maldijo a la Divina Madre.

  Su odio fue tan intenso que las paredes vibraron con su cólera sofocada. Pero lo peor de todo… lo que la destrozaba más que nada… era el rostro de Cecilia. Sus ojos vacíos. La forma en que se desplomó. El eco de su voz temblorosa llamándola madre.

  Luna apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Cada una de las palabras que le dijo a Cecilia… cada letra… cada maldita sílaba… era una mentira. Y sin embargo, las había pronunciado.

  Había escupido aquellas palabras sin piedad, clavándolas como dagas en el corazón de la ni?a a la que una vez sostuvo en brazos. La hija de la mujer que un día la salvó y la adoptó como familia. La ni?a que juró proteger.

  Sus lágrimas cayeron pesadas, recorriendo sus mejillas sin control. Su cuerpo se sacudió con una rabia silenciosa, con un odio dirigido hacia sí misma. Se llevó una mano al pecho. Su corazón dolía. Como si estuviera cubierto de agujas. Como si no pudiera soportar el peso de su propia traición.

  Pero… no podía permitirse romperse ahora. No cuando aún tenía una misión. No cuando aún tenía una promesa que cumplir. Cerró los ojos con determinación, dejando que las lágrimas se deslizaran hasta la barbilla.

  Y en la oscuridad de su habitación, con un susurro quebrado, hizo un juramento.

  —Mi se?ora… le prometo que a Cecilia no le pasará nada. Lo juro.

  Más tarde, en otra parte del edificio…

  Bajo el velo de la noche, con la luz de los cristales mágicos iluminando los pasillos en tonos fríos, un trabajador avanzaba con pasos silenciosos. Llevaba una peque?a bandeja de plata, con comida refinada y platos exquisitos.

  Mientras caminaba, los sonidos de los latigazos resonaban en la distancia, rompiendo la quietud del lugar con cada chasquido violento.

  Pero él no reaccionó. Simplemente continuó su camino, como si aquel sonido no fuera nada nuevo. Se detuvo frente a una puerta de madera oscura, golpeando con delicadeza.

  —Se?or Alec, le he traído sus alimentos.

  Desde el interior de la habitación, una voz cansada respondió:

  —Déjalos afuera. Iré en un momento.

  El trabajador asintió sin decir más. Colocó la bandeja con cuidado junto a la puerta y se retiró sin hacer ruido.

  Y detrás de esa puerta… dentro de la sombría habitación, iluminada apenas por la luz mortecina de los cristales mágicos, Alec disfrutaba de su descanso tras horas de atormentar a Cáliban.

  Un respiro bien merecido. Se reclinó en su asiento de terciopelo, con una copa de vino en la mano, girando el líquido con perezosa elegancia.

  A sus pies, Cáliban jadeaba entre las cadenas mágicas que lo retenían. Su piel estaba hecha trizas. Cada latigazo había abierto nuevas heridas, cada golpe había dejado un rastro de dolor y sangre en su carne.

  El aire olía a hierro. Pero incluso así, no cedía.

  Con el cuerpo destrozado y la respiración pesada, su voluntad permanecía intacta. Alec lo observó con burla, notando cómo aún alzaba la cabeza para enfrentarlo. Una mirada desafiante. Firme. Pero también una causa perdida.

  Alec rió entre dientes.

  —?Qué pasa? ?No tienes nada que decir? —ladeó la cabeza con diversión —?Ningún comentario sarcástico? ?Ninguna broma de mal gusto?

  Cáliban no respondió al instante. Solo lo miró directamente a los ojos, su respiración era agitada y su mandíbula tensa. Sabía que era inútil razonar con él. Sabía que Alec ya no era más que una marioneta de la Madre, ciego por su fe y su devoción.

  Aún así, alzó una amarga sonrisa.

  —No tengo nada que decirle a un mu?eco sin voluntad.

  La burla hirió más que cualquier golpe. Alec sonrió de vuelta, pero su mirada se oscureció. Le parecía gracioso que alguien en una posición tan miserable aún tuviera la audacia de desafiarlo. Pero, en el fondo… le molestaba. Mucho.

  —Alec… —continuó Cáliban, sin apartar la mirada —Te están usando.

  Alec cerró los ojos con una sonrisa, como si la idea le resultara risible. Luego, sin apresurarse, se levantó de su asiento, sosteniendo la copa de vino entre sus dedos. La giró con lentitud, observando el reflejo de la luz en el líquido rojo, como si analizara algo muy lejano.

  —?Sabes?… —Su voz era serena, pero tenía cierto filo en su tono —Durante todos los a?os que pasé bajo la tutela de Madame Lothrim… —Hizo una pausa, mientras su mirada vagaba por la habitación —Nunca me sentí amado.

  Cáliban frunció el ce?o.

  —?Quieres que te tenga lástima?

  Alec rio con genuina diversión.

  —No, no… por supuesto que no. —Tomó un sorbo del vino, disfrutando su sabor antes de continuar —Hacerte entender sería una pérdida de tiempo.

  Giró la copa en su mano, observando el líquido moverse como la sangre en un charco.

  —Pero quiero que lo escuches de mi boca.

  Alec caminó hasta la ventana. Desde allí, la luna reinaba en el cielo. Inalcanzable. Inmutable. Hermosa. Algo que no podía tocar, sin importar cuánto lo deseara.

  —A?o tras a?o… esfuerzo tras esfuerzo… —murmuró con amargura —No importaba cuánta sangre, sudor y lágrimas derramara… nunca recibí algo que tú sí.

  Cáliban lo observó en silencio. Alec exhaló lentamente. La frustración crecía en su pecho, como un veneno acumulado a lo largo de los a?os.

  —Pensé que si entrenaba lo suficiente… si me volvía fuerte… tal vez, solo tal vez, podría ganarme su amor verdadero. —Apretó la mandíbula —Pero entonces llegaste tú.

  Su voz se tornó más oscura, más densa, más cargada de odio.

  —Durante todos esos a?os… cada maldito a?o… jamás la vi mirarme con el rostro que te dio a ti cuando descubrió que eras su familia. —Sus ojos reflejaban rabia contenida —Incluso durante la cena, nunca dejó de mirarte. —Alec cerró los pu?os con fuerza —Nunca se esforzó por verme así a mí.

  ?No es justo.? —El pensamiento le quemaba las entra?as.

  Se giró lentamente, sus pasos resonaron en la habitación a cada momento. Cuando su mirada se posó sobre Cáliban nuevamente, ya no había burla en sus ojos. Solo odio puro.

  —Yo me esforcé durante a?os… y nunca me sentí amado. —Su voz se volvió un susurro venenoso —Y tú… que solo llegaste… me lo arrebataste todo. Mis oportunidades, mi familia, mi futuro…

  Cáliban se tensó. Algo en la mirada de Alec cambió. Algo oscuro. Y entonces, Alec sonrió de nuevo. Un brillo cruel cruzó sus ojos.

  —Me aseguraré de hacerte lo mismo. —Se llevó un dedo a los labios, como si tratara de recordar algo.

  —Com… ?Cómo se llamaba?

  El tiempo pareció detenerse. Alec chasqueó los dedos, fingiendo recordar.

  —?Ah, sí! La joven Thorm.

  Cáliban apretó los dientes con furia. Sus pu?os se cerraron hasta que las cadenas mágicas crujieron. La sangre le hirvió. La chispa de rabia en sus ojos hizo que Alec se regocijara.

  —Sí… eso es… ese es el rostro que quería ver.

  Alec soltó la copa, dejándola caer al suelo, donde se hizo a?icos.

  —Aún faltan algunas horas para el festival.

  Tomó el látigo con calma. Pero luego lo dejó a un lado. Esta vez, no quería usarlo. Esta vez quería hacerlo con sus propias manos. Con sus propios pu?os. Se crujió los nudillos, y sin previo aviso, descargó un golpe brutal contra Cáliban. El impacto resonó en la habitación, pero Cáliban no gritó.

  Alec sonrió.

  —Vamos a divertirnos un poco más.

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