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Capítulo 83: Respuestas no deseadas

  La pregunta de Nhun cortó el aire como un filo invisible, sumiendo a todos en un silencio pesado. Las miradas se volvieron hacia Cáliban, quien permaneció estoico bajo el peso de la atención. Era comprensible, desde el inicio de las clases, su destreza en combate había sido evidente, un detalle que parecía irritar particularmente a Nhun. Para él, hablar de su pasado no era incómodo, más bien le resultaba indiferente. Después de todo, la marca que llevaban le permitía borrar la memoria de cualquiera cuando lo deseara. Pero esta vez, la pregunta de Nhun había plantado una semilla de duda en el grupo.

  —Fui un guerrero traicionado y asesinado por un poderoso enemigo. —comenzó Cáliban —Al morir, mi alma encarnó en el cuerpo de un joven llamado Mika'el.

  Nhun arqueó una ceja con desconfianza, afilando su mirada como si quisiera cortar sus palabras en pedazos.

  —?Entonces lo mataste tú? —disparó sin rodeos, con un tono inquisitivo.

  —No. —replicó Cáliban, apretando los labios —Mika'el ya estaba muerto cuando tomé su cuerpo.

  —Ah, entonces lo mandaste a matar… —insistió Nhun, cargada de veneno.

  —?No! —respondió Cáliban, con un destello de irritación en la mirada —?Qué demonios te pasa?

  Nhun se encogió de hombros, como si disfrutara tensar la atmósfera.

  —?Nada! Solo intento entender por qué el gran "Guerrero Ancestral" cayó, curiosamente, en nuestro mundo, robando un cuerpo que no le pertenece.

  —Nhun… —murmuró Cecilia con un tono apaciguador, extendiendo una mano hacia su amiga.

  Pero Nhun apartó el gesto con un movimiento brusco y un destello de ira en sus ojos.

  —?No! Todos ustedes, ?Tontos! —se?aló a los demás con un dedo acusador antes de girarse hacia Cecilia —?Incluyéndote a ti! Aceptaron las condiciones de un contrato que ni siquiera entienden. ?Qué pasará si él es solo otra de esas cosas como la que enfrentaron en el prado? ?Y si todo esto es parte de un plan mayor para controlar los reinos? ?Ni siquiera pensaron en eso?

  El golpe de sus palmas contra la mesa resonó como un trueno, llenando el ambiente con una energía eléctrica. Miró con furia a cada uno de los presentes, desafiándolos con su mirada. Las teorías de Nhun, cada vez más descabelladas, comenzaban a dividir al grupo.

  Finalmente, Cáliban alzó una mano, con la paciencia al límite.

  —Muy bien. —dijo con un tono grave, su voz cortó el murmullo de la sala —Solo dime, ?Qué es lo que quieres? Termina con esto de una vez.

  Nhun entrecerró los ojos, su desafío aún palpable en el aire.

  —Quiero saber qué planeas hacer con nosotros.

  Cáliban suspiró, pasándose una mano por el cabello con visible cansancio.

  —Voy a librar al mundo de la influencia de los dioses malignos que lo consumen. Eso es todo. En cuanto a ustedes, solo pido que permanezcan unidos y se protejan entre sí. Sea lo que sea que el culto planea hacer con ustedes, debemos detenerlo.

  —Pero… —intentó replicar Nhun, cargada de desconfianza.

  —Ya entendí. —la interrumpió Cáliban con un tono tajante —Si no quieres aceptar, por mí está bien. Entonces, te dejo ir.

  —?No! —exclamó Nhun mientras sujetaba a Cecilia de las mejillas como si protegiera un tesoro —?No te dejaré solo con mi bebé!

  Cáliban, visiblemente agotado, le devolvió una mirada severa.

  —?Entonces qué es lo que quieres?

  Nhun alzó el mentón con aire desafiante y una pizca de orgullo.

  —?Por qué no me dejas salir sin la marca? Puedes confiar en mí. No diré a nadie dónde está tu lindo castillito.

  Una sonrisa falsa adornó el rostro de Nhun, pero el ambiente en la sala se tornó helado. Nadie respondió. Incluso Lady Lidia, que solía ser la voz más indulgente, permaneció en un silencio gélido. Entonces, como si estuvieran sincronizados, todos se levantaron de sus asientos y rodearon a Nhun.

  Por un instante, la calidez del compa?erismo iluminó el corazón de Nhun.

  ?Chicos… realmente me apoyan…? —pensó con ternura.

  Pero esa calidez se desvaneció en un segundo cuando las chicas sujetaron su cuerpo con fuerza. Astrid, con una mirada tan afilada como el acero, le habló implacable:

  —Lo siento, Nhun, pero de todos nosotros, tú eres quien más necesita la marca.

  —??Qué?! ?No! ?Suéltenme, desgraciadas! —gritó Nhun, forcejeando con todas sus fuerzas.

  Pero fue inútil. La resistencia de Nhun no sirvió de nada. Entre risas nerviosas y expresiones firmes, las chicas la inmovilizaron, y la marca se incrustó en su pecho. La sensación ardió como un fuego vivo, mientras Nhun se quejaba amargamente de la traición.

  —?No confían en mí! ??Cómo se atreven?! —vociferó, llena de indignación.

  En medio del alboroto, un golpe seco sobre la mesa resonó en la sala. Juliana, con los brazos cruzados y una mirada de evidente frustración, exigió atención:

  —?Basta! ?Hablemos de lo más importante!

  Cáliban, aún recuperándose del caos reciente, arqueó una ceja.

  —?Lo cual sería…? —preguntó con cautela.

  —?Mi cumplea?os! —exclamó Juliana, claramente decepcionada —?Se suponía que íbamos a tener una cena especial hoy! ?Y todo se arruinó por culpa de este desastre!

  Sin perder un segundo, Juliana se lanzó hacia Cáliban y lo abrazó con fuerza, moviéndolo de un lado a otro mientras exigía un regalo.

  —?Compensa mi día! ?Quiero algo único! —demandó, sin soltarlo.

  Cáliban suspiró y alzó una mano, como si tratara de conjurar paciencia de las profundidades del universo. Pero en su lugar, activó la magia del castillo. Muy por debajo de ellos, en las entra?as de la fortaleza, los utensilios de cocina cobraron vida. Ollas y cuchillos comenzaron a trabajar de manera autónoma, mientras el agua fluía con precisión mágica. El sonido de la actividad subterránea resonó tenuemente por las paredes.

  —Está hecho. —anunció Cáliban con serenidad —En unos minutos, la cena estará lista.

  Dimerian, que hasta entonces había observado todo con una mezcla de asombro y curiosidad, saltó de su asiento con una energía desbordante.

  —??Podemos explorar el castillo?! —preguntó, con una emoción casi infantil.

  El entusiasmo del grupo era palpable. No sólo Dimerian, sino todos parecían ansiosos por explorar cada rincón del castillo, como ni?os en un mundo nuevo y fascinante. Sus rostros brillaban con la emoción de la aventura, y sus pasos resonaban con energía por los pasillos antiguos. Cáliban, observando a la distancia, suspiró con resignación y se?aló a Reinhard.

  —Llévalos a dar un tour. Ensé?ales lo que pueden tocar y lo que no. No quiero problemas innecesarios. —ordenó, con un gesto despreocupado.

  Reinhard asintió con seriedad, aunque en sus ojos se podía percibir un brillo de diversión. Mientras el grupo seguía sus instrucciones y desaparecía por los corredores, Lady Lidia, que permanecía a su lado, soltó una risa melodiosa.

  —Parece que ahora tienes ocho hijos que cuidar. —comentó, entre risas suaves.

  Cáliban, masajeándose las sienes con frustración, replicó:

  —Lo que tengo son ocho molestias que vigilar…

  Mientras el grupo se maravillaba con las vistas y los secretos del castillo, Cáliban optó por retirarse al jardín superior, buscando la paz que solo la meditación podía ofrecerle. Con un destello tenue, desapareció de su lugar y apareció en el jardín, donde un brote joven, pero majestuoso, se alzaba en medio del espacio. Sus raíces se enroscaban por las paredes exteriores del castillo, una mezcla de vida y arquitectura que no parecía perturbar la estructura en lo absoluto.

  —Parece que está creciendo bien. —murmuró para sí mismo, cruzándose de brazos mientras inspeccionaba el brote.

  De repente, una voz espectral rompió la quietud. Ocelotl, asumiendo una forma etérea, apareció a su lado.

  —Maestro. —dijo con un tono solemne —?Cree que fue buena idea traerlos aquí?

  Cáliban dejó escapar una risa seca.

  —Buena idea o no, estarán a salvo mientras no hagan una estupidez.

  Sin más palabras, cerró los ojos y comenzó a meditar, permitiendo que la energía del lugar fluyera hacia él como un río invisible.

  Reinhard y Joseph lideraban al grupo por los interminables pasillos del castillo, explicando con paciencia los misterios que encontraban en su camino. Las paredes estaban adornadas con figuras extra?as y pinturas que parecían escapar a toda lógica. Ninguna poseía formas definidas ni colores reconocibles, pero todas irradiaban una majestuosidad que resultaba imposible de ignorar.

  —?Qué color es ese? —preguntó Elizabeth, se?alando una de las pinturas.

  —Creo que es morado… —respondió Reinhard, inclinando la cabeza.

  —Yo lo veo verde… —intervino Nhun, frunciendo el ce?o.

  —Para mí parece más rosado… —a?adió Cecilia, acercándose con cautela al cuadro.

  Joseph, que había estado observando en silencio, dio un paso adelante para ofrecer una explicación.

  —Cuando llegué aquí por primera vez, tuve la misma pregunta. Cáliban dice que ese color no existe en nuestra dimensión, así que nuestros ojos lo interpretan como algo que podamos comprender. Por ejemplo, yo lo veo rojo.

  Las palabras de Joseph dejaron al grupo reflexionando mientras continuaban avanzando por los pasillos. Finalmente, llegaron a una enorme puerta tallada con símbolos antiguos. Reinhard empujó la puerta con cuidado, revelando la vasta extensión de la biblioteca abisal.

  Elizabeth fue la primera en reaccionar. Sus ojos se abrieron de asombro al ver los miles, quizá millones, de libros que se extendían más allá de lo que la vista podía alcanzar. Los estantes se alzaban hacia un techo invisible, envueltos en una penumbra misteriosa que a?adía un aire de misticismo al lugar.

  Sin dudarlo, Elizabeth corrió hacia adentro, incapaz de contener su entusiasmo.

  —??Qué es este lugar?! —exclamó, eufórica, mientras sus manos rozaban los lomos de los libros.

  —Es la biblioteca abisal… —explicó Joseph con solemnidad —Todo el conocimiento de Cáliban está concentrado aquí. Hay libros que podrían ense?arte técnicas que solo en tus sue?os creerías dominar. Aquí se guarda el conocimiento de mundos enteros, aunque… algunos libros podrían leer tu mente antes de que tú los leas a ellos. Ten cuidado.

  Los ojos de Elizabeth brillaron con curiosidad. Sin perder tiempo, se acercó a una estantería y eligió un libro al azar. Pero al intentar sostenerlo, el libro reaccionó como si tuviera voluntad propia, liberándose de sus manos y regresando a su lugar en el estante con un chasquido.

  —?Auch! —exclamó Elizabeth, frotándose las manos —?Por qué no me deja sostenerlo?

  Joseph se acercó para explicarle. Extendió la mano con un gesto calmado.

  —No puedes. La única manera de abrir estos libros es con el permiso de Cáliban. —dijo con un tono paciente.

  Nhun cruzó los brazos, frunciendo el ce?o con evidente descontento.

  —?Por qué? —refutó, con la voz cargada de desdén —?Acaso tiene miedo de que nos volvamos más fuertes que él? Si este conocimiento es tan poderoso, podríamos usarlo para derrotar al culto sin tantas complicaciones.

  Joseph negó con la cabeza, dejando escapar un suspiro resignado.

  —No es miedo, Nhun. La razón por la que Cáliban guarda estos conocimientos tan celosamente es para protegernos… créeme, yo pensaba igual que tú…

  Los ojos del grupo se enfocaron en él con creciente curiosidad. Joseph sonrió, pero su gesto tenía un tinte de tristeza.

  —Desobedecí sus órdenes. Me convencí de que podría manejar el poder de esos conocimientos. Fui arrogante. Y… bueno, esto es el resultado. —dijo, se?alando su propio cuerpo y su semblante demacrado.

  Cecilia, incapaz de disimular su preocupación, se inclinó hacia él.

  —?él te hizo esto? —preguntó, su mirada se llenó de duda y temor.

  Joseph negó con firmeza, dejando escapar un suspiro profundo antes de continuar.

  —No. Me lo hice yo mismo. Creí que era absurdo no probar los métodos que nos harían fuertes. Por mi cuenta, me adentré en una cueva que Cáliban había prohibido. Intenté aprender una técnica que sólo él domina. No solo fracasé… ahora paso mis días sufriendo las consecuencias de mi decisión.

  El silencio se apoderó del grupo mientras las palabras de Joseph resonaban en la vasta biblioteca. Entonces, volvió a mirarlas, con una expresión sincera y grave.

  —Créanme cuando les digo que si Cáliban dice que no, es por un buen motivo.

  Elizabeth, aún afectada por sus palabras, miró los libros con una mezcla de fascinación y respeto renovado.

  —Entonces… ?Estos libros también son una prueba? —murmuró, más para sí misma que para el grupo.

  Reinhard sonrió ligeramente.

  —Más que una prueba, son un recordatorio de que el conocimiento puede ser un arma tan peligrosa como cualquier espada.

  Reinhard, junto a Joseph, asintió en silencio, compartiendo la gravedad del mensaje. Ambos se mantuvieron serios mientras el grupo procesaba las palabras. Sin embargo, Joseph decidió no ahondar más en el tema y continuó guiándolos por los vastos pasillos del castillo.

  Mientras los demás seguían avanzando, Astrid, siempre observadora, se quedó rezagada. Su atención fue atrapada por las decoraciones misteriosas de las paredes, que parecían moverse como si tuvieran vida propia. Entonces, un susurro etéreo llegó a sus oídos, suave pero claro, como si la estuvieran llamando. Sin decir nada, dejó que el grupo se alejara y se desvió hacia una puerta entreabierta que conducía a una habitación oscura.

  Una vez dentro, la oscuridad la envolvió por completo. No podía distinguir ni siquiera el camino que había tomado. De repente, una antorcha con un fuego blanco se encendió, iluminando la estancia. La sala estaba llena de vitrinas relucientes, reflejando la luz con un brillo sobrenatural que hacía que todo pareciera mágico e irreal.

  Astrid avanzó con cautela, maravillándose ante lo que veía. Dentro de las vitrinas había artefactos de poder incalculable. Armas legendarias que emanaban una energía ominosa y opresiva, armaduras envueltas en halos de luz que parecían irradiar una fuerza inquebrantable. Pero algo en particular llamó su atención.

  Los susurros se intensificaron, guiándola hacia el fondo de la sala. Allí, una vitrina más grande que las demás resguardaba una armadura femenina de una belleza inquietante. A simple vista, podía apreciar que la armadura era gigantesca, de al menos tres o cuatro metros de altura. Cada detalle estaba trabajado con una precisión exquisita. Líneas doradas que recorrían su superficie, relieves de un arte desconocido y una presencia que parecía llenar la sala con una mezcla de atracción y peligro.

  La vitrina que la contenía brillaba con un resplandor multicolor. En el cristal, hilos de luz danzaban como si estuvieran vivos, creando patrones hipnóticos. Sobre la vitrina, un letrero con grabados desconocidos parecía narrar su historia, aunque Astrid no podía entenderlos.

  Con una mezcla de asombro y curiosidad, alzó la mano con suavidad, acercándola lentamente al cristal, como si quisiera tocar esa maravilla que tenía frente a ella. Pero justo cuando estaba a punto de rozarlo, una mano firme surgió de la oscuridad, deteniendo su movimiento.

  —No deberías estar aquí… —dijo Joseph con un tono bajo pero cargado de advertencia —Si Cáliban te encuentra en esta sala, no estará contento.

  Astrid, aún fascinada por la armadura, desvió la mirada hacia él y respondió con suavidad:

  —?Por qué? No hice nada malo… solo quería observar esta hermosa armadura.

  Reinhard, que había permanecido en silencio hasta ahora, se acercó lentamente para escoltarla fuera de la habitación.

  —Esta sala, de todas las que hay en el castillo, es la más delicada. —explicó, bajando la voz mientras su rostro adquiría un semblante sombrío —Aquí están las reliquias de los hermanos fallecidos de Cáliban. Si él te ve tocando sus pertenencias sin permiso… no dudaría en echarte del castillo.

  Astrid sintió un escalofrío al escuchar esas palabras. Sin decir nada más, se giró hacia la salida, pero no pudo evitar mirar por encima del hombro una última vez. La armadura, majestuosa y ominosa, parecía vigilarla mientras se perdía en la oscuridad.

  Reinhard fue el último en abandonar la sala. Cerró las enormes puertas con cuidado y luego las tocó con ambas manos. Las puertas se desvanecieron en la pared como si nunca hubieran existido, dejando el lugar sellado e inaccesible.

  Mientras el grupo seguía explorando, Juliana caminaba por el pasillo con aire despreocupado. Con los brazos extendidos y bostezando abiertamente, se mostraba visiblemente aburrida. Entonces, algo llamó su atención. Vio una amplia explanada al final de un gran balcón iluminado por una tenue luz que parecía provenir del cielo nocturno.

  —Oh… ?Qué es este lugar? —preguntó, acercándose con curiosidad.

  Reinhard y Joseph intercambiaron miradas rápidas. Reinhard suspiró pesadamente, acelerando el paso para detenerla.

  —Juliana, no deberías…

  —Tranquilo, lagartija, solo quiero ver qué hay aquí. —lo interrumpió con desdén.

  Al entrar al balcón, una luz boreal comenzó a formar un círculo en el suelo, iluminando el centro de la explanada con un resplandor iridiscente.

  —?Qué mierda es esto? —murmuró Juliana, dando un paso dentro del círculo.

  Sin previo aviso, del suelo emergió una figura idéntica a ella. Su réplica adoptó una posición de ataque, mirándola fijamente con la misma expresión decidida que solía mostrar en combate.

  —Oh… esto me gusta. —dijo Juliana con una sonrisa retadora, alzando los brazos para bloquear cualquier ataque —Ven aquí, peque?a.

  Sin embargo, lo que ocurrió a continuación la tomó completamente desprevenida. Con un movimiento tan rápido que sus ojos no pudieron seguir, la figura la golpeó con una patada alta directa al vientre, lanzándola fuera del círculo sin esfuerzo. Juliana cayó al suelo con un impacto seco, jadeando mientras intentaba levantarse.

  La réplica juntó las manos frente a ella, inclinándose en una reverencia respetuosa antes de desaparecer en el suelo, como si nunca hubiera estado allí.

  —?Qué… qué mierda fue eso? —se quejó Juliana, llevándose una mano al abdomen mientras intentaba recuperar el aliento.

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  Nhun, que había estado observando desde el borde de la explanada, le tendió una mano con indiferencia para ayudarla a ponerse de pie. Joseph aprovechó el momento para explicar, con un tono neutro pero didáctico:

  —Este es el Podio de las Almas. Aquí enfrentas los ecos de los guerreros que residen en tu memoria.

  Juliana alzó la vista, con una mezcla de confusión y furia.

  —?Mi memoria? ?Qué significa eso?

  Joseph cruzó los brazos y continuó.

  —El podio tiene un filtro inicial. Antes de enfrentar a cualquier oponente verdadero, primero debes derrotar a tu sombra, la representación de tus propias habilidades y defectos. Si no puedes superar a tu sombra… entonces no tienes derecho a avanzar.

  Juliana gru?ó, todavía adolorida, pero su expresión cambió rápidamente a una sonrisa retadora.

  —Entonces… ?Eso significa que voy a tener que volver a intentarlo? Porque te aseguro que la próxima vez, no me detendré hasta ganar.

  Juliana se levantó con una mirada encendida, decidida a enfrentarse nuevamente a su sombra. Pero, una y otra vez, fue derrotada sin ningún esfuerzo. Cada golpe la hundía más en la frustración, y con un grito de furia, se preparó para intentarlo una vez más. Antes de que pudiera avanzar, sintió una mano firme sobre su hombro. Reinhard la detuvo.

  —Ya es suficiente. —dijo con un tono calmado pero firme —Tenemos que seguir avanzando. Luego podrás volver a intentarlo.

  Juliana se quedó inmóvil por un momento, gru?endo como un animal acorralado. Finalmente, cedió con evidente desagrado, apartando la mano de Reinhard de un tirón antes de seguir al grupo hacia las escaleras.

  Mientras caminaban, Reinhard retomó la explicación sobre los misterios del castillo, describiendo sus descubrimientos y teorías con una voz que parecía llenar los pasillos con su eco. Eventualmente, llegaron al jardín superior, un espacio abierto donde el reto?o brillante se alzaba con majestuosidad. Justo ahí, Cáliban flotaba en un estado de meditación, rodeado de un aura rojiza que emanaba calma y poder.

  —?Qué está haciendo? —preguntó Nhun con curiosidad, inclinándose hacia adelante para observar mejor.

  —Está absorbiendo energía pura. —explicó Joseph en voz baja —No debemos molestarlo.

  Las palabras de Joseph provocaron murmullos entre el grupo. Todos habían oído hablar de los beneficios de la energía pura, pero ninguno había presenciado a alguien usándola directamente. La advertencia pareció pasar desapercibida para Nhun, quien, ignorando a los demás, se sentó junto al árbol en una posición de meditación.

  —Nhun, no lo hagas. —advirtió Cecilia con preocupación, avanzando hacia ella para detenerla.

  Antes de que pudiera tocarla, Reinhard levantó una mano, deteniéndola.

  —Déjala.

  —Pero… —protestó Cecilia, con el rostro lleno de inquietud.

  Reinhard la miró con una expresión calmada pero firme.

  —Entiendo tu preocupación, pero si no dejamos que Nhun lo experimente por sí misma, seguirá siendo testaruda.

  Cecilia dudó por un momento, pero finalmente retrocedió, aunque no apartó la mirada de su amiga, claramente preocupada.

  Nhun, con una sonrisa arrogante, cerró los ojos e intentó imitar a Cáliban.

  —?Qué tan difícil puede ser? —murmuró para sí misma, sintiendo cómo la energía pura comenzaba a recorrer su cuerpo. El calor y el poder fluían a través de sus venas, haciéndola sonreír con una mezcla de satisfacción y triunfo. —Ja… no es tan complicado —susurró, abriendo un ojo para mirar a Cáliban con un gesto de desafío.

  Sin embargo, Nhun no sabía que la energía pura no se trataba sólo de absorber. Era un proceso delicado que requería un cuerpo preparado y un control absoluto. La energía debía ser filtrada para eliminar impurezas, y cualquier desliz en su manejo podía ser fatal.

  Justo cuando pensaba que tenía el control, Cecilia llamó su atención desde la distancia. Nhun giró la cabeza para mirarla, pero una extra?a sensación recorrió su cuerpo. Primero fue un cosquilleo incómodo, luego un dolor creciente. Antes de entender qué estaba sucediendo, sintió un calor intenso en su rostro. Sangre comenzó a salir de su nariz, y pronto, un espasmo la obligó a escupir sangre violentamente.

  El sonido de su tos y jadeos interrumpió la calma del lugar. Cáliban, aún flotando, abrió los ojos y suspiró profundamente al verla. Con un movimiento rápido, bajó del aire y se acercó a Nhun en un instante.

  —Idiota… —murmuró mientras colocaba una mano sobre su pecho.

  Con una precisión impecable, desvió la energía pura de sus venas, canalizándola hacia afuera y haciéndola expulsar hasta la última gota de la esencia peligrosa. Nhun tosió con fuerza, sintiendo cómo el dolor disminuía gradualmente, aunque la sensación de vacío la dejó exhausta.

  Cáliban se levantó y extendió una mano para ayudarla a ponerse de pie.

  —?Crees que fue tan sencillo? —dijo con un tono neutral, aunque sus ojos reflejaban un leve reproche —La energía pura no es un juego. No vuelvas a intentar algo tan estúpido sin preparación.

  Nhun, tambaleante, evitó mirarlo a los ojos mientras aceptaba su ayuda para levantarse. Cecilia corrió hacia ella, sosteniéndola por el otro brazo. Nhun, aún jadeando, apenas pudo responder. Pero en su mente, una lección había quedado grabada con sangre y dolor.

  —Esto será todo por hoy… —declaró Cáliban con un tono firme, mirando al grupo —Llévenla abajo y esperen la cena.

  Sin más que a?adir, volvió a su lugar, cerrando los ojos e intentando recuperar la concentración. Uno a uno, los demás comenzaron a abandonar el lugar. Pero Cecilia, quedándose rezagada, se detuvo a observarlo desde la distancia. Su mirada tranquila y constante hacía que Cáliban se sintiera inquieto, incapaz de sumergirse nuevamente en su meditación.

  Finalmente, sin abrir los ojos, habló:

  —Si vas a quedarte ahí mirándome, será mejor que te acerques.

  Cecilia dio un paso hacia adelante, sorprendida por la invitación. Avanzó con cuidado, como si temiera perturbar el equilibrio del lugar. Al llegar junto a él, alzó la vista hacia el cielo que los rodeaba. Un firmamento infinito lleno de colores y formas que parecían un sue?o.

  —?Dónde está este lugar? —preguntó en voz baja, como si temiera romper la magia del momento —Jamás había visto algo tan hermoso…

  Cáliban abrió los ojos, observándola brevemente antes de responder.

  —Hermoso, sí… y peligroso. —Guardó silencio por unos instantes, como si estuviera eligiendo con cuidado sus palabras —Este lugar… bueno… imagina otros mundos. Mundos distintos y, al mismo tiempo, iguales al nuestro.

  Cecilia lo miró intrigada, sus ojos brillaron con una mezcla de fascinación e ilusión. Cáliban, aunque reticente al principio, comenzó a hablar de las dimensiones, de los mundos paralelos y de los secretos que residían en ellos. Mientras lo hacía, movía las manos con gestos amplios, y su rostro, por primera vez en mucho tiempo, mostraba una expresión genuina de pasión por lo que explicaba.

  Cecilia seguía cada movimiento y palabra con atención. La inocencia y curiosidad en su mirada parecían romper la barrera que Cáliban solía imponer entre él y los demás. Cerca de la entrada, Lady Lidia observaba en silencio. Una peque?a sonrisa apareció en su rostro mientras veía cómo Cáliban bajaba sus defensas, mostrándose más humano y menos distante.

  —Disfrútelo, mi se?or… —murmuró para sí misma antes de girarse y marcharse con pasos ligeros —No tenga miedo de volverlo a intentar.

  A pesar del momento de conexión, solo unos pocos conocían la verdadera historia detrás de Cecilia y Cáliban. Siendo solo Lady Lidia, Lord Xander y Joseph. Cecilia, siempre curiosa, comenzó a hablar de lo que habían experimentado al llegar a este lugar.

  —?En serio? —respondió Cáliban, arqueando una ceja con un tono que mezclaba sorpresa y curiosidad —Ya veo… entonces el artefacto debió interferir con el portal.

  Cecilia asintió rápidamente, emocionada.

  —?Sí! Primero vimos una estrella enorme que explotó justo frente a nosotros. Luego… luego estuvimos en una especie de dimensión llena de colores. ?Y… y…! —Continuó relatando, usando gestos exagerados para dramatizar su historia.

  Cáliban, sorprendido por su entusiasmo, dejó escapar una risa suave pero sincera. Era raro verlo tan relajado, y el ambiente entre ambos adquirió un aire dulce y cálido. Por un momento, parecía que el peso del pasado se había desvanecido.

  Sin embargo, la atmósfera cambió de golpe cuando Cecilia formuló una pregunta inesperada:

  —Aunque no lo entiendo muy bien… ?Te imaginas que alguna vez nos hayamos encontrado en otro mundo?

  La mirada de Cáliban tembló al escuchar esas palabras. Su expresión se tensó, y su respiración se cortó por un instante. El silencio que siguió fue pesado, como si las palabras de Cecilia hubieran tocado algo profundo y doloroso.

  —Eso sería muy romántico… —continuó ella con una sonrisa, sin percatarse del cambio en él.

  —No. —respondió Cáliban de forma abrupta, su voz sonaba más fría de lo habitual —Jamás nos hemos encontrado en otro mundo. Esta es la primera vez.

  Cecilia abrió la boca para decir algo más, pero Cáliban la interrumpió antes de que pudiera continuar.

  —No importa. Eso ya no importa.

  La dureza en su tono la dejó en silencio. Cáliban, sin mirarla, se levantó y le tendió la mano para ayudarla.

  —Vamos. La cena ya debe estar lista.

  Aunque el momento de cercanía se había roto, Cecilia aceptó su mano, siguiéndolo en silencio mientras descendían juntos. En su corazón, Cáliban sabía que había preguntas que nunca podrían responderse. Y en los ojos de Cecilia aún brillaba una chispa de curiosidad, esperando pacientemente respuestas que quizás solo el tiempo podría dar.

  La cena continuó en un ambiente aparentemente normal. Los platos abundantes llenaban la mesa con una explosión de colores y aromas que mantenían a todos concentrados en sus manjares. Sin embargo, entre risas y el ruido de cubiertos, Nhun notó el semblante sombrío de Cecilia. Mientras cortaba un trozo de carne, le susurró con curiosidad:

  —Oye… ?Qué te sucede?

  Cecilia levantó la vista un instante, pero rápidamente desvió la mirada.

  —No es nada…

  Nhun arqueó una ceja, insistiendo.

  —Vamos, se te nota en la cara.

  —En serio, Nhun… no es nada.

  Con un suspiro ligero, Nhun dejó el tema, aunque no podía ignorar el extra?o estado de su amiga. Mientras tanto, Cecilia permanecía en silencio, sus pensamientos eran absorbidos por lo que había descubierto sobre Cáliban. Había algo en él, algo que él se esforzaba en ocultar. Esa negación repentina y la tensión en su mirada habían despertado en Cecilia una mezcla de tristeza y determinación.

  Sus ojos se fijaron discretamente en Cáliban, quien comía con modales impecables, como si todo estuviera perfectamente bajo control. Pero para Cecilia, ese control era una máscara.

  ??Qué es lo que me ocultas?? —pensó, con una resolución renovada que parecía haber surgido de lo más profundo de su ser. No iba a detenerse hasta descubrir la verdad.

  Mientras tanto, lejos del bullicio de la cena, Lord Xander avanzaba por un pasillo oscuro y silencioso. Las paredes del castillo, siempre inquietantes, parecían absorber el sonido, intensificando la atmósfera opresiva. Tras él, un hombre encadenado luchaba inútilmente contra las ataduras mágicas que lo mantenían prisionero.

  —Si yo fuera tú, dejaría de intentarlo. —comentó Lord Xander con indiferencia, sin voltear a mirarlo —Ahórrate tus fuerzas, las necesitarás para el interrogatorio.

  El prisionero gru?ó, pero no dejó de forcejear. Al llegar al final de unas escaleras en espiral, se encontraron frente a una puerta vieja y siniestra. La madera estaba marcada por rastros de u?as, ara?azos profundos y manchas de sangre seca. El prisionero tembló al ver la entrada, como si la misma puerta lo estuviera juzgando.

  Con un movimiento decidido, Lord Xander lo empujó dentro de la habitación. Allí, bajo la tenue luz de una lámpara, se revelaron varios instrumentos de tortura colocados con precisión escalofriante. Sin darle tiempo a reaccionar, lo sentó con brusquedad en una silla de hierro ennegrecida.

  —Muy bien… empecemos por esa capucha. —dijo Xander, acercándose al hombre con calma.

  Extendió una mano hacia la fina tela negra que cubría la cabeza del prisionero, pero cuando intentó quitarla, esta se resistió como si estuviera adherida mágicamente. A pesar de sus esfuerzos, no lograba desprenderla.

  —?Qué clase de truco es este? —murmuró Xander con irritación.

  El prisionero pareció querer decir algo, aunque sus palabras estaban silenciadas por las cadenas que cubrían su boca. Xander, con un gesto de su mano, liberó el sello que bloqueaba su habla.

  —Créeme, si fueras tú… no quitaría la máscara. —dijo el prisionero, con un tono siniestro y pausado —A menos que estés dispuesto a-

  Antes de que pudiera terminar, Xander lo golpeó con un rápido movimiento, cortando sus palabras. No estaba interesado en advertencias o amenazas veladas. Se acercó a un armario al fondo de la habitación y abrió una caja cuidadosamente sellada. Dentro, una colección de medallones brillaba bajo la escasa luz. Cada uno estaba inscrito con runas complejas y emitía un leve resplandor, como si contuvieran un poder antiguo.

  Tomando uno de los medallones, Xander lo sostuvo frente al prisionero.

  —Veamos si esto resuelve tu peque?o "secreto".

  El prisionero dejó escapar una leve risa, aunque había un rastro de nerviosismo en su expresión.

  —Esto… solo traerá más preguntas de las que podrías manejar.

  Xander ignoró el comentario y comenzó a activar las runas del medallón, preparándose para desatar su magia sobre la capucha y revelar el rostro que tanto se esforzaba en esconder.

  —Me pregunto, ?Cuánto lograrás resistir? —dijo Lord Xander, cargado de una mezcla de burla y amenaza mientras sostenía otro medallón en el aire.

  Los medallones eran herramientas poderosas, dise?adas para romper las maldiciones que los cultistas utilizaban para proteger su identidad y sus secretos. Pero había un problema. Incluso si lograba romper las maldiciones, siempre existía el riesgo de que la conexión mágica se reanudará. Una se?al, por peque?a que fuera, podía servir como un faro, permitiendo a sus aliados localizar al prisionero. Si eso ocurría, las consecuencias serían catastróficas, no solo para el gremio, sino también para el castillo.

  Lord Xander dejó caer el medallón anterior en un contenedor especial y levantó el siguiente.

  —Muy bien, sigamos con este de aquí.

  El proceso era arduo y meticuloso. Medallón tras medallón, minutos pasaron lentos. Finalmente, al activar el decimotercer medallón, la resistencia mágica que mantenía la capucha adherida al prisionero comenzó a desvanecerse.

  —Uff… —exhaló Xander, aliviado —?Finalmente! Pensé que necesitarías más medallones. No son precisamente fáciles de conseguir.

  Sus palabras se apagaron cuando la capucha comenzó a desintegrarse lentamente, revelando el rostro del hombre encadenado. Mientras las facciones del prisionero se volvían visibles, una tormenta de emociones cruzó el rostro de Xander. Enojo, sorpresa, asco, y algo más profundo… miedo.

  El prisionero, ahora descubierto, sonrió con orgullo y algo de desprecio.

  —Te lo dije… te arrepentirías de quitarme la máscara, mi se?or.

  En el comedor, el ambiente de la cena era relajado. Las voces se mezclaban con el sonido de cubiertos y risas suaves. Cáliban estaba a punto de llevarse un bocado a la boca cuando las puertas se abrieron de golpe. Lord Xander irrumpió en el salón con pasos pesados, capturando de inmediato la atención de todos.

  —?Sucede algo, Xander? —preguntó Cáliban, dejando el tenedor en el plato y fijando sus ojos en él con curiosidad.

  Xander respiraba de manera irregular, como si el aire se le escapara. Sus ojos buscaron algo, o alguien, entre los presentes, hasta que se detuvieron en Lady Lidia, quien charlaba animadamente con las chicas.

  Su respiración se volvió aún más pesada, y por un momento, pareció incapaz de encontrar las palabras.

  —Lo siento, mi se?or… es solo que… —tartamudeó, antes de tomar una decisión firme —Me gustaría hablar con usted, en privado.

  Cáliban lo observó por un instante, su expresión mostraba una mezcla de desconcierto y preocupación. Finalmente, asintió y se puso de pie.

  —Muy bien. Vamos al taller.

  Ambos abandonaron el comedor, dejando al resto del grupo sumido en una ligera incertidumbre. Astrid, intrigada por la extra?a escena, preguntó en voz baja:

  —?Eso está bien?

  Lady Lidia, aunque mantenía una expresión calmada, no pudo evitar mirar la puerta por la que habían salido. Su respuesta fue tranquilizadora, pero su tono no logró esconder del todo su inquietud.

  —Tranquila, querida. Seguramente no es nada.

  Sin embargo, en su interior, Lady Lidia no podía sacudirse una sensación de inquietud. Su mirada permaneció fija en la puerta, deseando que lo que sea que hubiera perturbado a Lord Xander no fuera el inicio de algo peor.

  En el taller, Lord Xander caminaba en círculos, murmurando palabras incoherentes mientras sus manos temblaban ligeramente. Cáliban lo observaba en silencio, pero su incomodidad creció con cada segundo. Finalmente, rompió el silencio, cargado de impaciencia:

  —Xander, ?Qué sucede? ?Qué ocurrió con el prisionero?

  Pero Lord Xander parecía atrapado en un torbellino de pensamientos, incapaz de responder coherentemente. Cáliban lo llamó por su nombre una vez, luego otra. Cuando no obtuvo respuesta, alzó la voz con autoridad.

  —?Xander!

  El grito resonó en la sala como un golpe seco, haciendo que Lord Xander se detuviera. Por un momento, su sangre pareció helarse, y la lucidez volvió a sus ojos.

  —Ah… lo siento, mi se?or. —murmuró, frotándose la frente con las manos temblorosas —Es solo que…

  Cáliban lo interrumpió, su tono se volvió más firme.

  —Xander, concéntrate. Dime, ?Conseguiste información importante del prisionero?

  Lord Xander asintió lentamente, todavía inquieto.

  —Oh, sí… lo hice. Su nombre es… era… Terriw Lawdell. Era asistente de…

  El rostro de Cáliban perdió su habitual severidad al escuchar esas palabras. Un destello de reconocimiento y sorpresa atravesó su expresión, pero lo escondió rápidamente tras una máscara de neutralidad mientras Xander continuaba hablando.

  Al mismo tiempo, en la víspera de la noche, en la ciudad de Reidell.

  La lluvia golpeaba con furia las ventanas de una mansión sumida en la penumbra. Relámpagos iluminaban los pasillos oscuros, revelando cuerpos sin vida de sirvientas y mayordomos esparcidos por el suelo frío. Una sirvienta, cubierta de sangre, caminaba con pasos cuidadosos, su respiración era pesada y su mirada estaba fija en su destino.

  Subió las escaleras con delicadeza hasta llegar a una habitación privada. La puerta se abrió con un chirrido, revelando un interior apenas iluminado por el resplandor ocasional de los rayos. En el centro de la habitación, una figura femenina, envuelta en las sombras y con un puro encendido entre los dedos, observaba a un hombre arrodillado frente a ella.

  Sebastián Thorm, el padre de Cecilia, estaba atado con una soga mágica que emitía un brillo tenue, restringiendo cada uno de sus movimientos. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, y la sangre se deslizaba lentamente hacia el suelo.

  —Vaya… —murmuró la figura femenina, exhalando un humo denso con aire de arrogancia —Nos costó bastantes intentos, se?or Thorm. Pero finalmente lo tenemos aquí.

  Sebastián levantó la cabeza con esfuerzo, lleno de determinación a pesar de su estado.

  —Mi esposa me advirtió sobre ustedes… —susurró con voz rasposa —No permitiré que se la lleven…

  La mujer dejó escapar una carcajada suave, pero gélida, como si sus palabras fueran un entretenimiento menor.

  —Oh, tranquilo, lord Thorm. Todo ha salido según lo planeado.

  Mientras hablaba, una sirvienta ensangrentada se acercó, sosteniendo un orbe de comunicación brillante. La capitana tomó el orbe y lo alzó. Un destello de magia envolvió la esfera, proyectando una figura cubierta por un velo negro. Su presencia emanaba una autoridad imponente, y todos en la habitación, incluida la capitana, se arrodillaron inmediatamente.

  —?Cómo va la operación? —preguntó la Sacerdotisa, arreglándose frente a un espejo, como si las vidas en juego fueran un asunto trivial.

  —Mi se?ora… —respondió la capitana, inclinando la cabeza —Tenemos el objetivo. Lo llevaremos ante usted lo antes posible.

  La Sacerdotisa sonrió levemente, sus dedos rozaron el velo negro que cubría su rostro.

  —?Perfecto! —exclamó con una sonrisa satisfecha mientras observaba a su equipo ponerse en movimiento —Asegúrate de que llegue en las mismas condiciones en las que lo tomaron… al menos físicamente. Ahora, asegúrense de que no queden pruebas. Cortan toda comunicación hacia la academia. No queremos que la joven Thorm se entere de la destrucción de su casa.

  Los miembros del culto asintieron al unísono, recibiendo la orden con determinación. La transmisión del orbe se cortó, y la capitana se alzó con firmeza. Se acercó a lord Thorm, acumulando poder en la palma de su mano. Su energía chisporroteaba con un brillo amenazante mientras murmuraba un conjuro.

  Con un suave soplido, peque?as esporas doradas cayeron sobre los ojos de Sebastián. A pesar de su resistencia, sus párpados comenzaron a cerrarse, y en cuestión de segundos, cayó en un sue?o profundo. Los miembros restantes lo levantaron con cuidado y lo sacaron de la habitación.

  —?Ya oyeron! —gritó la capitana mientras giraba hacia el resto del equipo —?Quemen el lugar y corten todas las comunicaciones y periódicos que salgan hacia la academia! ?Nadie debe enterarse de nada!

  En el castillo.

  Cáliban escuchó las palabras de Lord Xander en completo silencio, pero su rostro traicionaba una mezcla de sorpresa y rabia contenida.

  —?Me estás diciendo que… la Sacerdotisa es…?

  Lord Xander asintió, cruzándose de brazos mientras luchaba por mantener su ira bajo control.

  —Sí… no cabe duda. Se trata de ella.

  El ambiente en el taller se tensó como una cuerda al borde de romperse. Cáliban permaneció inmóvil, su mirada se perdía mientras procesaba la información en silencio.

  En otro lugar, en un salón opulento.

  Delante de un elegante ropero adornado con detalles dorados, la mujer, conocida por otros como la Sacerdotisa, observaba su reflejo en un espejo mientras peinaba con delicadeza su cabello violeta como las flores. Con movimientos precisos, aplicaba un toque final a su maquillaje, preparándose para la velada.

  Un toque en la puerta interrumpió su rutina.

  —?Madame Montgard! Solicitan su presencia.

  Sin voltear, respondió con calma mientras repasaba el delineado de sus ojos.

  —?Hay noticias de Lawdell?

  Desde el otro lado de la puerta, su aprendiz habló con un tono reservado.

  —Me temo que no, Madame. Hemos perdido comunicación con su marca… creo que cayó en combate.

  Madame Montgard suspiró con fastidio, frunciendo los labios mientras guardaba el pincel de maquillaje.

  —Ese idiota… —murmuró con desdén —Le dejé muy claro que su único deber era observar.

  Giró hacia el asistente, su mirada era fría como el hielo.

  —?Se llevó el artefacto?

  El aprendiz asintió lentamente, manteniendo la cabeza baja. Madame Montgard chasqueó la lengua con disgusto antes de levantarse de su asiento. Con un movimiento fluido, un velo negro apareció en sus manos, envolviendo su rostro y alterando ligeramente el timbre de su voz.

  —Bueno… —murmuró mientras ajustaba su postura y alisaba su vestido —Cuando vea al Padre cara a cara, que no diga que no le advertí.

  Con pasos elegantes, salió de la habitación acompa?ada por su asistente, quien revisaba el itinerario de la noche mientras caminaban por un pasillo decorado con lujosos tapices y candelabros de cristal. Al final del corredor, Berenice Montgard se detuvo frente a unas finas cortinas. Los murmullos de una multitud podían escucharse al otro lado.

  Con un gesto de sus manos, dio dos firmes palmadas, y el telón se abrió lentamente, revelando un gran salón iluminado con candelabros y decoraciones opulentas. Hombres y mujeres de diferentes razas, todos vestidos con atuendos elegantes y antifaces elaborados, detuvieron sus conversaciones y giraron hacia la anfitriona.

  Madame Montgard avanzó con gracia, extendiendo los brazos con un aire teatral.

  —?Buenas noches a todos! —su voz resonó con autoridad y carisma —?Espero que la espera no haya sido difícil!

  La multitud la recibió con un aplauso moderado, sus murmullos eran apagados mientras observaban cada uno de sus movimientos con atención. Madame Montgard sonrió bajo el velo, lista para dar inicio a la velada, una que prometía estar llena de intrigas y oscuras alianzas.

  La Sacerdotisa, con movimientos calculados y elegantes, alzó los brazos hacia el cielo del salón, conjurando un gorrión dorado que comenzó a volar por encima de la multitud, dejando un rastro de luz detrás de él. La criatura brillaba con una belleza hipnótica, capturando la atención de todos los presentes. Sin embargo, el espectáculo pronto tomó un giro oscuro.

  Con otro gesto de sus manos, el gorrión dorado fue devorado en el aire por un ave mucho más grande, grotesca, de tonos rojos intensos y con plumas que parecían estar cubiertas de carne dorada. La criatura se alzó sobre el telón, emitiendo un grito escalofriante mientras sus alas se extendían con majestuosidad, cubiertas de un brillo siniestro.

  —?Bienvenidos al Gorrión Sangriento! —anunció Madame Montgard, con una sonrisa visible incluso bajo su velo —?Ahora, no los haré esperar más! ?Vayamos al acto principal!

  Con un aplauso resonante, dio una se?al a sus asistentes, quienes entraron al salón con pasos firmes. Vestidas con trajes reveladores que combinaban elegancia y provocación, las asistentes llevaban jaulas cubiertas con telas de seda fina. La expectación llenó la sala mientras los murmullos de la multitud aumentaban, y Madame Montgard avanzó lentamente hacia una de las jaulas.

  Con un gesto dramático, retiró la tela que cubría una de las jaulas, revelando lo que había dentro. Había ni?os y ni?as de no más de 10 a?os, desnutridos, magullados, y sin ropa. Eran de diferentes razas, sus cuerpos estaban adornados con cicatrices que contaban historias de castigos inimaginables. Algunos de ellos apenas podían mantenerse en pie, con miradas vacías que reflejaban el dolor y la desesperación.

  Madame Montgard giró hacia la multitud, extendiendo los brazos con júbilo.

  —?Muy bien! ?Empecemos la puja en 2 millones de Oloruns!

  El teatro estalló en gritos de júbilo y euforia. Las cifras comenzaron a subir rápidamente mientras los asistentes pujaban con cantidades exorbitantes, sus voces se mezclában en un caos de excitación. Algunos levantaban sus copas en se?al de aprobación, mientras otros se inclinaban hacia adelante, ansiosos por asegurarse de ser los primeros en ofertar.

  Madame Montgard sonrió con satisfacción, sus ojos brillaron tras el velo.

  —?Vamos, se?ores! ?No se queden atrás! ?Estos peque?os son un tesoro único!

  El sonido de las cifras subiendo llenó la sala, y Madame Montgard se deleitaba en la vorágine de codicia y depravación. Bajó el telón de lujo y poder, el Gorrión Sangriento revelaba su verdadera naturaleza. Una noche de pesadilla para aquellos inocentes atrapados en sus redes, mientras las élites celebraban su decadencia sin límites.

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