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Capítulo 130: Lazos que no terminan

  —Veo que no has cambiado nada, querida… —dijo Madame Lothrim con una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

  —Maestra… —respondió la Reina de Hielo, tensando el cuello —?Puedo saber el motivo de su visita a ese lugar?

  Madame Lothrim desplegó su abanico con elegancia y la miró con una leve lástima.

  —Mira en lo que te has convertido… ?Qué tan bajo has caído como para amenazar a un ni?o?

  —Solo he seguido su ejemplo, maestra. —replicó la reina con un tono venenoso —Ser indomable… y jamás permitir que alguien se interponga en mi camino.

  Madame cerró el abanico con un leve chasquido, en su mente, surgió de nuevo su antigua yo, la mujer orgullosa y malvada que destruía a todos cuantos se pusieran en su camino. Sus ojos, ahora más severos, se clavaron en su antigua alumna.

  —Y no tienes la menor idea de cuánto me arrepiento de haberte ense?ado eso…

  Zefira se recostó nuevamente en su trono, intentando conservar la dignidad bajo la mirada cortante de su mentora. El hielo que rodeaba su figura no era nada comparado con la frialdad que emanaba ahora de Madame Lothrim.

  —Como sea… —gru?ó Zefira —No esperaba encontrarla aquí. ?A qué se debe esta visita?

  Madame dejó el abanico a un lado. Su expresión se volvió tan glacial como la de su discípula, aunque en ella persistía un matiz de cortesía peligrosa.

  —?Esa es la forma en que hablas con tu maestra? —dijo, con voz suave como seda afilada —?Debería hacerte una visita personal… para ponernos al día?

  La amenaza velada en su tono provocó un leve estremecimiento en la reina. Instintivamente, volvió a acomodarse en el trono, como si eso la protegiera de los recuerdos que despertaban. Castigos, noches sin dormir, pruebas imposibles… y aquella mirada que la juzgaba sin necesidad de palabras cuando era joven.

  —Bueno… —dijo Madame, entrelazando los dedos —Algo me llamó la atención, y no pude evitar quedarme para… resolver este asunto.

  —Maestra... —respondió Zefira, con un esfuerzo por sonar calmada —espero que no se ofenda, pero esto no tiene nada que ver con usted. Es un acuerdo entre el maestro herrero y yo. Pero este joven… —lanzó una mirada cargada de rencor a Cáliban —me ha faltado al respeto. ?Cómo no habría de enojarme?

  Madame rió suavemente, como si acabara de oír una tontería infantil.

  —?Oh, querida! Pero por supuesto que tiene que ver conmigo… En tus propias palabras… me has amenazado de muerte. Por supuesto que ahora es mi asunto. —declaró Madame, sin elevar la voz.

  Nadie parecía comprender la magnitud de lo que acababa de decir. Solo Xander, Cáliban, Loana y Bardrim sabían exactamente hacia dónde se dirigía aquello. Cáliban frunció el ce?o, llevándose la mano a la frente con fastidio. No solía permitir que otros interfirieran en sus asuntos, pero en esta ocasión… no podía negar que una ayuda así era bienvenida.

  —Maestra… —dijo Zefira, con una mueca de burla mal contenida —?Acaso la edad finalmente le está pasando factura? ?Cuándo he amenazado su vida?

  —Dijiste que matarías a toda la familia de este muchacho. —respondió Valeria, sin perder la compostura —Bueno, da la casualidad de que esta anciana… es la abuela materna de ese joven.

  El silencio fue absoluto.

  Como si el tiempo se hubiera congelado junto con las palabras de Madame, nadie respiró, nadie se movió. Los ojos de todos estaban fijos en Cáliban… y en ella.

  Similia tenía la boca abierta y el rostro paralizado. Temblaba como una hoja. Incluso la siempre serena Aurelia soltó un jadeo y se retorció en sus cadenas, pálida.

  Zefira parpadeó varias veces, como si no creyera lo que acababa de oír.

  —?Disculpe…? —murmuró, con una voz hueca.

  —?Recuerdas a mi hija, Cristina? —preguntó Madame Lothrim, con una calma peligrosa.

  El nombre sacudió a la reina como un látigo. Por supuesto que la recordaba. Habían sido compa?eras brevemente, antes de que Cristina desapareciera de la organización. Desde entonces, su maestra se volvió más estricta, más fría… como si hubiese perdido algo irremplazable. Los a?os no habían borrado aquel cambio.

  Zefira tragó saliva, su voz temblaba cuando habló:

  —Espere… no me diga que él es…

  —?Así es! —interrumpió Madame Lothrim, abrazando a Cáliban con orgullo y cari?o —Este muchacho es el hijo de Cristina. Por lo tanto… mi nieto.

  La frase cayó como un rayo.

  Similia se desmayó con un sonido seco, colapsando donde estaba. Aurelia no tardó en seguirla, deslizándose al suelo con los ojos en blanco. Edmund, con su calma habitual, se llevó una mano a la barba, reflexionando.

  ?Ya veo… eso explica el talento y el poder de este joven…?

  Randa, siempre en silencio, se inclinó sobre el barandal, observando a Cáliban con detenimiento. Sus ojos se entrecerraron, como si quisiera memorizar cada rasgo. No todos lo veían como una bendición disfrazada.

  Para algunos, era una amenaza con apellido.

  ?Es peligroso… Si se queda más tiempo junto a Juliana, podría desviarse del camino de las Amazonas… Tendré que discutir esto con la reina.?

  Astrid, al levantar la mirada, se encontró con los ojos desorbitados de Liviana, que no podía creer lo que acababa de escuchar.

  ??No es posible! ??Es pariente de un Sabio?! ?Ese mocoso engreído es nieto de Madame Lothrim!?

  Desesperada, Liviana buscó con la mirada a su se?orita, esperando encontrar en ella alguna se?al, alguna explicación… pero Astrid mantenía un rostro tenso, lleno de contradicciones. Lo sabía. Y, como los demás que conocían el secreto del cuerpo que habitaba Cáliban, observaba la escena con emociones enfrentadas.

  La Reina de Hielo frunció el ce?o mientras sus ojos se posaban con intensidad sobre el joven. Ahora que lo veía bien… sí. Había rasgos en él que evocaban recuerdos dormidos. Los ojos, la expresión desafiante… fragmentos de Cristina volvían a ella, innegables. Su maestra tenía razón.

  —Bueno… ahora que lo sabes, ?Qué piensas hacer? —preguntó Madame Lothrim, retomando con elegancia el control de la conversación.

  Zefira no apartó la mirada.

  —Aun si es su familiar, su nieto me ha amenazado, maestra. No pienso dejarlo pasar.

  —Ni yo. —interrumpió Cáliban, con voz cortante.

  Alzó una mano con decisión, y una esfera de maná emergió, expandiéndose en un domo que selló la imagen y el sonido del resto del salón. Solo quedaron dentro Loana, Bardrim, Valeria, Xander y Adelina.

  Frente a la Reina, los ojos carmesí de Cáliban brillaban con una intensidad sobrenatural.

  —A pesar de compartir sangre, no dependo de nadie para actuar. Jamás lo he hecho, y no voy a empezar ahora. Así que te lo repito, reina de pacotilla, desde este momento, todo Duvengard dejará de proporcionar materiales de alquimia y joyería a Kindratt. Vamos a ver cuánto tiempo puedes mantener esa fachada sin tu red de suministros…

  Zefira se levantó de golpe, envuelta en una ráfaga de hielo y furia, pero Madame levantó una mano, obligándola a detenerse.

  —?Condición? —preguntó ella, sin emoción, pero analizando a Cáliban.

  —Cáliban cree que la reina está herida… —respondió Bardrim, con voz cansada pero firme —Cree que ha perdido su conexión con su espíritu. Pero la muy idiota se niega a admitirlo…

  —?No permitiré que nadie me hable así! ?Yo-!

  —?Silencio! —gritó Madame Lothrim, cortando el aire como una hoja afilada.

  La temperatura bajó de golpe, y no por el maná de la reina. Era la presencia pura de Valeria la que dominaba ahora el ambiente. Todos guardaron silencio, incluso Zefira, con el orgullo herido y las manos crispadas.

  Madame volvió a sentarse con elegancia, y su tono volvió a ser tranquilo… aunque cada palabra llevaba una carga que no podía ignorarse.

  —Nadie aquí te ha despojado de tu dignidad, Zefira. Tú sola la estás perdiendo con cada palabra que pronuncias.

  —Muéstralo. —interrumpió Cáliban con voz firme —Si no es así, demuéstralo ahora mismo. Llama a tu espíritu… o tomaré tus palabras como mentiras.

  El desafío quedó suspendido en el aire como una daga.

  Zefira se mantuvo en silencio. Si solo estuvieran Cáliban o Bardrim, aún podría haber fingido, desviado o mentido. Pero no. Su maestra estaba presente. Su juicio era absoluto. Negarse ya no era una opción sin consecuencias.

  Miró fijamente a Cáliban, intentando intimidarlo, intentando quebrar su determinación… pero los ojos carmesí del joven no mostraban miedo. No había vacilación. Solo una furia contenida, una voluntad férrea ardiendo por la verdad.

  Zefira chasqueó la lengua, irritada. La sola idea de ser expuesta por un mocoso insolente le quemaba las entra?as.

  —Sí… tienes razón. —admitió entre dientes, como si cada palabra le arrancara un pedazo de orgullo.

  Madame Lothrim ladeó la cabeza, intrigada por la rendición parcial en la voz de su antigua discípula.

  —?Perdiste a Tallion? —preguntó sin rodeos.

  Zefira desvió la mirada, su mandíbula se tenso. El silencio fue su única respuesta. Pero ese silencio fue más que suficiente para Valeria.

  —Bien. —dijo con un suspiro, resignada ante la necedad —Si no quieres hablar… está bien. Pero debes dar por terminada esta situación.

  —Muy bien… —a?adió Cáliban, dando un paso más hacia la pantalla mágica, mirando de frente al reflejo congelado de la reina —Toma los pendientes… y da esto por concluido.

  Volvió a su asiento junto a Madame Lothrim, sin perder un solo gramo de su aplomo. Zefira apretó los pu?os. Las venas sobresalían de su cuello, revelando la tensión que la embargaba.

  —Bien… —dijo con voz rasposa —Pero quiero más pendientes. De la misma calidad… o mejor.

  Bardrim abrió la boca para replicar, pero Cáliban lo detuvo con un gesto.

  —Bien. —dijo con calma —Pero te costará el doble de materiales. Queremos que envíes el doble de suministros al Emporio.

  La reacción fue inmediata.

  —??Osas exigirme?! ??A mí?! —bramó la reina, temblando de furia. Ya había sido desenmascarada. Pero su orgullo no permitiría que un simple ni?o tomara ventaja de su situación.

  —Exiges productos de mayor calidad. —replicó Cáliban con una sonrisa ladeada —?Pero no quieres entregar materiales de mejor calidad? Aquí no se hacen milagros, reina… Si eso es lo que buscas, puedes largarte a una iglesia y rezar por ellos. Aquí se fabrican artefactos reales. Artefactos de excelencia. Y si quieres excelencia… te costará. Si no estás dispuesta a pagar ese precio, entonces no tenemos nada más que discutir.

  Cáliban movió el dedo lentamente, decidido a cortar la comunicación una vez más. La reina dudaba, sus pensamientos eran un caos.

  ??En serio? ??En serio este bribón piensa cortar toda conexión?!?

  Con el orgullo hecho trizas, Zefira desvió la mirada hacia Bardrim, buscando algún gesto, una se?al que le permitiera recobrar el control… pero él simplemente se cruzó de brazos y apartó la vista. No había espacio para la negociación.

  Justo cuando el dedo de Cáliban rozó el cristal, la voz de la reina estalló, rota por la tensión:

  —?Está bien!

  El gesto se detuvo. Cáliban alzó la mirada. Sus ojos carmesí se encontraron con los de la reina, que respiraba con dificultad. Su pecho se agitaba con un ritmo errático.

  Loana, que no había dejado de observarla, notó algo más. Unas marcas azuladas, casi imperceptibles, serpenteaban por el cuello de Zefira, avanzando lentamente hacia su corazón.

  —Maestra… ?Eso es lo que creo?

  —Así es… —respondió Madame Lothrim, en un susurro cargado de gravedad.

  Cuando un espíritu se separa de su maestro, mantener el vínculo con el plano físico se convierte en un castigo. Una condena invisible que drena la vida, centímetro a centímetro, segundo a segundo.

  —Zefira… tú realmente…

  —?No importa! —interrumpió la reina con brusquedad, obligando a su cuerpo a obedecer, aun si era a base de puro orgullo. El dolor la estrujaba, pero logró estabilizar su respiración. Las marcas comenzaron a desvanecerse, aunque la tensión seguía adherida a su piel como una capa invisible —No importa… te daré lo que quieras. Solo… no dejes que este secreto se extienda.

  Había imploración en sus ojos, disfrazada de soberbia. La reina respiraba agitada, pero se recompuso con velocidad. No podía permitirse mostrar debilidad frente a tantos testigos. No ella.

  Cáliban asintió, con la misma frialdad con la que había iniciado toda la confrontación.

  —Bardrim te enviará el contrato para que lo firmes. No habrá renegociación.

  Con un gesto, desactivó el domo. La sala volvió a su estado habitual, el bullicio del entorno regresó como si el tiempo hubiera vuelto a correr.

  —Ser capaz de ejecutar un domo perfecto… —dijo Madame Lothrim, esbozando una sonrisa cálida —Estoy tan orgullosa.

  Sus ojos brillaban con un calor emocional que rara vez mostraba, una ternura que pocas veces asomaba en su mirada. Pero Cáliban no respondió. No miró atrás. Ignoró por completo las intenciones detrás de aquellas palabras.

  Simplemente se giró y caminó hacia la salida, con paso firme y la mirada enfocada. Había mucho por hacer aún, y su tiempo no estaba para palabras vacías ni emociones reprimidas.

  —No deberías ser tan duro… —dijo Loana. No buscaba reprenderlo, solo hacerlo reflexionar —Ella es tu familia…

  Cáliban se detuvo. Sus pasos cesaron en seco, y durante unos segundos guardó silencio, como si sus palabras se estuvieran forjando a fuego lento.

  —Mi familia eran mi madre y mi padre… y ambos están muertos… No soy un Lothrim… soy un Cáliban.

  —?Eso es cierto!

  La voz, potente y vibrante, hizo que todos giraran la cabeza hacia la entrada. Un hombre fornido, de cabellos lacios y alborotados que caían como una melena indomable, emergió entre los haces de luz. Su cuerpo era una escultura viviente de músculos y cicatrices, cada marca era una historia, cada línea era un combate a muerte ganado.

  El guerrero sonrió con picardía, gui?ándole un ojo a Loana, quien se llevó una mano a la frente, exasperada.

  —Noah… —gru?ó Loana, apretando los dientes con fastidio.

  —??Noah?! ??El Colmillo Carmesí?! —exclamó Argos, con la emoción de un ni?o frente a su héroe.

  —?El gladiador de la Arena de Primum! ?Noah, el Colmillo Carmesí! —gritaron Juliana y Joseph al unísono, completamente extasiados por la aparición del legendario combatiente.

  Sin dudarlo, los tres corrieron hacia él, como si la presencia de aquel personaje les devolviera una chispa de juventud y asombro. Noah los recibió con una risa estruendosa y los abrazó como si fueran viejos camaradas.

  Cáliban, en cambio, frunció el ce?o con un poco de desconfianza.

  —?Quién?

  Juliana lo miró como si acabara de blasfemar frente a un altar sagrado.

  —??No lo conoces?! —exclamó, horrorizada —?Es la estrella en ascenso del Coliseo de Primum!

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  Y, sin esperar invitación, comenzó a explicar, con una pasión que sorprendió incluso a Cáliban.

  —Los coliseos son centros de entretenimiento para nobles… y para los plebeyos que pueden pagar la entrada. Hay tres grandes islas alrededor del continente… Primum, Secundus y Tertius. Cada una pertenece a un reino distinto, pero sus combates se transmiten por todo el mundo. —Juliana hablaba con tal precisión que incluso Loana alzó una ceja, sorprendida —Noah es una de las pocas estrellas que ha logrado mantenerse entre los primeros puestos en los tres coliseos. ?Es una leyenda viva!

  —Solo una leyenda si estás en el público. —a?adió Noah, gui?ándole ahora a Juliana —Para mis oponentes, soy una pesadilla.

  —Modesto como siempre… —susurró Loana, rodando los ojos.

  —?Y tú qué sabes? —respondió Noah con una carcajada, se?alándola con el pulgar —Eres la única que no me ha ido a ver ni una sola vez. ?Eres una amiga cruel!

  —?No soy tu amiga! ?Si pudiera, te apu?alaria en este instante! —le lanzó ella, fulminándolo con la mirada.

  Cáliban observó en silencio. Aquel hombre… su energía era intensa, pero no vacía. Sus palabras eran bromas, pero sus ojos hablaban de experiencia y sangre. Había fuerza en él, pero también inteligencia. Un raro equilibrio.

  —Cuando acude un retador… —Continuó Juliana con entusiasmo —el gladiador debe responder al llamado en un combate a muerte. Si gana, sube en la lista de los Campeones. La meta de todos es superar al actual Rey de los Gladiadores y reclamar el título de “Dios de la Guerra”.

  —?Cómo es que sabes todo eso pero no puedes memorizar dos preguntas para el examen? —increpó Cáliban con incredulidad, arqueando una ceja.

  Juliana se rascó la cabeza, visiblemente incómoda.

  —Ehm… bueno… son datos importantes…

  —?Se?or Noah! ??Podría darme su autógrafo?! —gritó Argos, rebuscando un bolígrafo y desenvainando una de sus espadas, como si fuera una reliquia.

  —??Yo también, yo también!! —a?adió Joseph, subiendo las escaleras a toda velocidad para buscar algo donde pudiera estampar su firma.

  Cáliban soltó un suspiro largo y resignado. Observaba la escena como si viera una tragedia en cámara lenta.

  —?En serio? ?Por qué están actuando tan…?

  Pero sus palabras se esfumaron cuando vio a Juliana, Reinhard y Astrid acercarse también, cada uno con objetos distintos entre las manos. Tales como una funda de arma, una cinta de tela, incluso una peque?a tablilla mágica.

  Los tres sonrieron, avergonzados pero decididos.

  —Sí, sí… ya, vayan. —dijo Cáliban, tapándose la cara con una mano.

  —?Gracias, líder! —corearon con alegría antes de correr como ni?os a la fila que se había formado frente al gladiador.

  Noah carcajeó con fuerza, encantado con la escena.

  —?Tranquilos! ?Les firmaré a todos! Uno por uno, sin excepción.

  Mientras firmaba con destreza en cada objeto que le entregaban, Loana cruzó los brazos, visiblemente molesta. Hacía muecas de desprecio con cada sonrisa que Noah regalaba, y no se molestaba en disimularlas.

  —Mierda… justo tenía que llegar este idiota. —masculló entre dientes.

  En ese momento, de las escaleras se escuchó un leve chirrido. El profesor Yannes apareció, bajando lentamente, con una expresión de genuina sorpresa al ver la cantidad de personas amontonadas dentro de la casa.

  —Buenos días, joven Noah… —dijo con una cortesía forzada —?A qué se debe su visita el día de hoy?

  Mientras hablaba, mantenía la sonrisa profesional que lo caracterizaba. Pero por dentro, su mente era un campo de batalla.

  ?Se están rompiendo al menos un centenar de reglas… y no puedo hacer nada. Desearía poder renunciar…?

  Durante días, había soportado irrupciones, gritos, explosiones menores, invocaciones fallidas, incendios accidentales y debates políticos a media noche. Y ahora esto… una celebridad rodeada de estudiantes enloquecidos. Era demasiado.

  —?Profesor Yannes! —saludó Noah con un tono amistoso —Solo vine para realizar una misión de un viejo conocido… y de paso, alegrar un poco el ambiente. Ya sabe, la energía del Coliseo.

  —Sí, claro… el Coliseo… —repitió Yannes, como si la palabra lo agotara.

  Cáliban se limitó a cruzar los brazos, viendo la escena desde el fondo de la sala. Su expresión no era ni de agrado ni de molestia, solo una paciencia contenida que rozaba el límite.

  ?Este lugar se está volviendo un circo…?

  —?Aléjate de él! —gritó Madame Lothrim, poniéndose de pie de un salto mientras se?alaba a Noah con dedo firme —Se lo que trama ese miserable… ?Dile a ese viejo que se pudra! ?Cáliban ya ha tenido una vida lo bastante difícil como para que venga a meter sus narices en esto!

  —Con todo respeto, madame… —respondió Noah con calma, sin dejar de sonreír —Esa no es su decisión. Es de él.

  Apuntó directamente a Cáliban, que seguía observándolo con la misma expresión tensa. El instinto le decía que algo en este hombre no encajaba. No podía explicar qué era, pero su presencia lo ponía en alerta.

  —?Qué es lo que quieres? —preguntó, cruzando los brazos.

  —?Vamos, vamos! No seas tímido… ven, siéntate conmigo. —Noah dio un par de palmadas sobre la silla frente a él, sentándose justo frente a Loana y Madame Lothrim.

  Ambas lo miraron como si acabara de sentarse sobre brasas sagradas.

  Entonces Noah se fijó en la proyección mágica donde aún se veía el rostro de la reina de Kindratt. Con una elegancia sorprendente, se levantó, se inclinó profundamente y saludó con formalidad.

  —Buenos días, mi se?ora. No sabía que estaba en comunicación. ?Cómo se encuentra hoy?

  La reina frunció el ce?o, arqueando una ceja con un poco de ironía.

  —Bien… aunque no puedo decir lo mismo de mi hija mayor. Está muy afectada desde que rechazaste su propuesta de matrimonio. ?Has reconsiderado tu respuesta?

  El rostro de Noah se tensó por un instante. Se llevó una mano a la cabeza, intentando improvisar.

  —Lo siento, mi reina… temo que el matrimonio no forma parte de mis planes actualmente. —Forzó una sonrisa encantadora —?Pero envíele mis saludos a la princesa Aurelia! Estoy seguro de que cualquiera podría rendirse ante sus encantos…

  —?Ja! —soltó Nhun, incapaz de contener la risa —?Por qué no se lo dices a ella directamente?

  Con una sonrisa de malicia pura, se?aló hacia una esquina del salón.

  Allí, contra todo pronóstico, estaban los cuatro nobles príncipes visitantes… atados con cadenas reforzadas. Kylios forcejeaba con desesperación al ver a Noah, claramente más interesado en conseguir una firma que en recuperar su dignidad. Gremeldia y Cresselia mantenían la cabeza agachada, ocultando los rostros como si desearan desaparecer.

  ??No puede ser! ?El Colmillo Carmesí está aquí y yo atada!?

  ??Por favor, que no me reconozca…!?

  El momento se volvió un cuadro grotesco de comedia y humillación nobiliaria.

  Lo malo vendría en cuanto la viera. Justo en el centro del grupo encadenado, se encontraba Aurelia.

  Atada y amordazada como una criminal común. Ni su linaje, ni sus títulos, ni su sangre real podían salvarla de la vergüenza que la consumía. Su vista estaba opaca, sin brillo, sin alma. No podía levantar la mirada. No frente a Noah.

  Aquel a quien amaba y por quien suspiraba… la contemplaba ahora, vencida y humillada. Todo su poder, sus privilegios, sus a?os de entrenamiento… aplastados por un chico de quince a?os. Para Aurelia, ese instante no era solo humillante… era la ruina absoluta de su dignidad.

  —Vaya, vaya… —comentó Noah, entrecerrando los ojos como si ya sospechara —Pero si no me equivoco, esas siluetas me resultan… familiares.

  —?Noah, por favor! —susurró Loana, llevándose una mano al rostro —Haz como que no los ves. Por el bien de la paz diplomática.

  Madame Lothrim soltó un leve bufido, apenas disimulando una carcajada. Incluso Bardrim, serio como siempre, parecía estar conteniendo una sonrisa.

  —Bueno, bueno… —dijo Noah, sentándose nuevamente con una expresión más relajada —Solo vine a hablar con Cáliban. No tengo intenciones de provocar una crisis matrimonial.

  —No hoy… ja, los nobles a los que le has arrebatado las esposas estarían riendo de impotencia… —murmuró Loana.

  Noah rió con nerviosismo y miró de reojo a Cáliban, esta vez con una chispa distinta. Menos bromista y más directa.

  Cáliban no respondió, pero tampoco retrocedió. Solo lo observó, como si tratara de descubrir en qué momento este extra?o personaje dejaría de bromear y mostraría su verdadero rostro.

  —Por cierto… —balbuceó Noah, confundido —?Qué sucedió aquí? ?Quién les hizo esto?

  —Fui yo. —interrumpió Cáliban, sin pesta?ear —?Tienes algún problema?

  La voz fue tan directa, tan cargada de desprecio, que incluso Noah quedó descolocado. Miró a Cáliban con más atención. Derrotar a cuatro nobles de alto rango a esa edad era una haza?a casi imposible. Pero lo que más le sorprendió… fue que la Reina de Kindratt seguía en la línea de comunicación, escuchándolo todo.

  Zefira y Cáliban cruzaron miradas una vez más a través de la proyección. El aire se volvió más frío. Pero Cáliban no bajó la guardia, ni su tono.

  —?Qué me ves? Como reina, ?No tienes algo mejor que hacer? Ya sabes… como patear huérfanos o planeas quedarte ahí, esperando que te crezca el trasero en ese trono de hielo.

  El comentario golpeó con una brutalidad inesperada. Noah contuvo la respiración. El lenguaje era atrevido… pero más atrevido era ver a la Reina de Hielo sin responder. Zefira no gritó, no reclamó. Solo hizo un chasquido de lengua y cortó la comunicación de golpe.

  En Kindratt, el salón real permanecía en absoluto silencio.

  Zefira estaba recostada en su trono, su postura era perfecta, como una estatua de hielo esculpida para dominar. Pero su mirada… su mirada ardía en una ira sofocada que ningún hielo podía contener.

  A sus pies, su sirvienta personal temblaba, con la cabeza baja, como si esperara una sentencia mortal.

  Entonces, en aquel salón ba?ado por la tenue luz del sol filtrada a través de los ventanales helados, la voz de la reina rompió el silencio como una daga.

  —?Escuchaste algo?

  —?No, mi se?ora! ?Se lo juro! ?Nada! —gimió la joven, temblando aún más.

  —Si una sola palabra sale de esta sala… —continuó Zefira, con una voz fría como su nombre —si escucho un solo rumor, una sola frase… la primera a la que le cortaré la lengua será a ti. ?Queda claro?

  La sirvienta asintió frenéticamente, tragando saliva como si esta pudiera sofocar su terror.

  —Bien. Vete.

  No necesitó repetirlo.

  La joven se incorporó de inmediato, con movimientos torpes y apurados. No tan rápidos como para parecer irrespetuosa, pero lo suficientemente veloces para alejarse cuanto antes de aquella mujer.

  Sus piernas temblaban como ramas bajo el peso de la tormenta. Aun así, no se detuvo. Sabía que si se quedaba un segundo más… no saldría de allí con vida.

  La reina, sola en aquel silencioso y helado salón, pensaba.

  ?Maldita sea… ese ni?o es un verdadero dolor de cabeza. Pero no es momento de perder el juicio. Si mi teoría es correcta… Noah está ahí para darle un mensaje. Lo que significa que su padre es…?

  Zefira suspiró, agotada por la avalancha de problemas que se avecinaban. La tensión le pesaba incluso en el trono que tan firmemente gobernaba.

  ?Cristina… incluso muerta me sigues causando dolores de cabeza…?

  De vuelta en la casa, el ambiente había cambiado. La emoción por la aparición de Noah se diluía lentamente. El gladiador no encontraba palabras para dirigirse a Aurelia. Su presencia, normalmente envolvente, parecía inadecuada ante su mirada vacía. Por cortesía, solo hizo una reverencia leve… y se volvió a sentar.

  Aurelia bajó la vista, con un rencor silencioso que se deslizaba como veneno por sus venas. El orgullo que solía iluminar sus ojos se había ido. Lo único que quedaba era desdén… y una humillación insoportable.

  —?Por qué no te largas? —espetó Loana, con una sonrisa que no ocultaba el desprecio.

  Noah no se inmutó. Respondió con otra sonrisa, relajada y despreocupada.

  —?Loana! Hace mucho que no nos vemos… ?No te gustaría salir a cenar?

  —Preferiría arrancarme los ojos con una cuchara…

  Cáliban volvió a su asiento, esta vez junto a Madame Lothrim. Bardrim descendió lentamente del suyo, caminando hacia la puerta principal con pasos tranquilos.

  —Bueno, me voy a dormir un poco… —murmuró entre bostezos —Te dejo el resto a ti…

  Mientras su figura desaparecía por el umbral, Dimerian lo siguió de cerca, ávido por retomar sus estudios. Cáliban observó aquello con una ligera sonrisa. Le agradaba el esfuerzo constante del joven aprendiz.

  Entonces, volvió su mirada hacia el hombre que aún capturaba las miradas de todos los presentes. Aquel guerrero apuesto, desenvuelto, y a la vez… envuelto en misterio, una combinación peligrosa.

  —Nunca he tratado contigo… honestamente, tampoco te conozco. —admitió Cáliban, sin rodeos —?Quién eres?

  —?Oh? ?No me conoces? —preguntó Noah, alzando una ceja con falsa sorpresa —Soy bastante famoso por todo el continente… incluso tus compa?eros me admiran.

  —No acostumbro perder el tiempo en esos juegos. —respondió Cáliban, firme —Prefiero invertirlo en cosas que valen la pena.

  —?Vaya que sí! —Noah soltó una breve carcajada —Vi de cerca tu técnica de combate. Es impresionante. Lograr algo así a tu edad… es admirable. Tienes un talento natural para la batalla.

  Mientras hablaba, se reincorporó ligeramente en su asiento y se cruzó de brazos, haciendo que sus músculos, marcados y tensos, se notaran aún más, como si su cuerpo hablara el mismo idioma que su voz, el dominio y poder.

  —Pero no he venido a hablar de eso contigo. —a?adió, ahora con una voz más baja y seria —He venido a hacerte una oferta.

  Cáliban ladeó la cabeza, curioso por primera vez.

  —?Una oferta?

  —Quiero que vengas conmigo. —dijo Noah, sin rodeos —Que conozcas a mi maestro.

  Madame Lothrim volvió a alzar la voz, esta vez con una furia apenas contenida.

  —?No! ?Nunca! —gritó, levantándose de golpe —?Dile a ese viejo podrido que le haga un favor al mundo y exhale su último respiro de una buena vez!

  —Tú también… de paso… —susurró Loana con veneno en cada sílaba.

  —Sí, calma, madame… calma… —murmuró Noah, levantando las manos como si intentará domar a dos bestias salvajes.

  Lo tenía difícil. Ni Valeria ni Loana parecían dispuestas a soltar el rencor. Sin embargo, Cáliban, sentado junto a Madame, no podía evitar sentir cierta curiosidad. Si ese hombre era tan odiado por Valeria y aún seguía vivo… entonces debía ser alguien poderoso. O, al menos, increíblemente astuto.

  —?Quién es tu maestro? —preguntó con tono neutral, aunque su mirada lo diseccionaba.

  —Ah… ahí es donde se pone interesante. —Noah recuperó la sonrisa, esta vez con un matiz más enigmático —Fui entrenado por mi tío abuelo desde que era ni?o. él me ense?ó todo lo que sé sobre el combate. Especialmente… esto.

  Extendió el dedo, y de la punta de su yema brotó una llama rojiza. La flama tomó la forma de una garra afilada que chispeaba con una energía contenida.

  Cáliban frunció el ce?o.

  Esa energía… era familiar. Demasiado familiar.

  —Puedo usar el mismo fuego que tú. —dijo Noah, orgulloso —Siempre creí que el aura podía adaptarse a diversas situaciones, pero cuando te vi usarlo… ?De formas tan creativas! ?Como ese escudo con bocas afiladas! —rió con entusiasmo —Realmente me diste material para estudiar. Gracias a esta técnica es que me apodan El Colmillo Carmesí. Pero…

  Su sonrisa se apagó brevemente.

  —Mi maestro… él puede usarlo de una forma más fuerte aún. No como una llama… sino como un volcán en erupción.

  —?Se?or Noah! ?Se?or Noah! —interrumpió Argos, saltando casi sobre una mesa —??Cómo se llama su maestro?!

  Noah sonrió al ver el entusiasmo desbordado de su fanático número uno.

  —Bueno… mi maestro es…

  —Varekyon. —interrumpió Madame Lothrim, como si el nombre fuera veneno que se le hubiese quedado en la garganta —Ese viejo bastardo…

  El aire en la sala se volvió espeso. Cada respiración era medida, cada mirada buscaba confirmar lo que acababan de oír.

  —??Qué?! —exclamó Argos, boquiabierto —Espere… ??Eso significa que usted es discípulo del maestro de mi padre?!

  Noah asintió, esta vez con respeto, no con jactancia.

  —Así es. Varekyon fue maestro de tu padre… y también el mío durante un tiempo. Lo entrenó cuando era joven. Y ahora yo… soy uno de sus herederos.

  Los murmullos se expandieron. Nadie parecía saber cómo procesarlo. Incluso Juliana, que había estado en silencio observando a Cáliban, se tensó al escuchar el nombre de uno de los Tres Sabios.

  —?Varekyon? —murmuró Reinhard —?Uno de los Tres Sabios? ?El que desapareció hace a?os?

  —El mismo. —dijo Noah con voz grave.

  —Espera… ?Tu padre no tenía el título de “Dios de la Guerra”? —preguntó Reinhard, con el ce?o fruncido hacia Argos.

  Argos negó con la cabeza, bajando un poco la mirada.

  —Mi padre lo recibió como título honorario… solo porque su maestro se cansó de usarlo. Pero jamás logró vencerlo… por eso no le gusta que lo llamen así. Estuvo pensando en retarlo de nuevo, pero…

  Se detuvo antes de soltar más de la cuenta. El silencio lo dijo todo. Noah asintió lentamente, validando las palabras de Argos.

  —Mi maestro vive retirado en las monta?as, apartado del mundo. No le interesa nada de lo que ocurra fuera. Yo soy su último discípulo. Pero… eso podría cambiar si tú me acompa?as.

  Los ojos de Argos se llenaron de envidia contenida. Ser discípulo de uno de los Tres Sabios… era un sue?o que nacía con cada aventurero. Una aspiración que pocos siquiera se atrevían a imaginar. Pero esa oportunidad no era para él.

  Era para Cáliban.

  —No. —respondió Cáliban, sin rodeos.

  El aire pareció detenerse por un momento.

  —No tengo interés en eso. —a?adió, sin siquiera mirar a Noah.

  El gladiador quedó desconcertado. Nadie, nadie en su sano juicio rechazaba una oferta así. Y, sin embargo, ahí estaba ese chico de mirada inquebrantable, rompiendo toda lógica. Y lo peor… es que esa negativa solo hizo que Noah lo deseara más. él lo quería como discípulo. Su maestro lo necesitaba.

  —Bien. —intervino Madame Lothrim con un tono afilado —Ya escuchaste la respuesta. Ahora lárgate… y dile a ese viejo que no se atreva a mostrarse otra vez.

  —De paso… —a?adió Loana con una sonrisa helada —?Por qué no haces lo mismo tú también? Y no vuelves jamás.

  Cáliban observaba la escena sin intervenir. Había algo raro en todo aquello. La reacción de Madame, la incomodidad de Loana… la forma en que el simple nombre de Varekyon transformaba el ambiente.

  ??Realmente es tan malo?? —se preguntaba.

  Mientras seguía sumido en sus pensamientos, Noah volvió a captar su atención con una frase que no pasó desapercibida.

  —No tengo opción y lo sabe, mi se?ora… —dijo Noah, con un tono que por primera vez carecía de alegría.

  Cáliban alzó una ceja, desconcertado.

  —?Qué sucede con todo este secretismo?

  Madame Lothrim y Noah intercambiaron una mirada cargada de historia. Una lucha silenciosa se libró en sus ojos; como palabras no dichas o memorias sin cicatrizar. Al final, Valeria suspiró.

  Noah se acomodó, adoptando una postura seria, con los brazos cruzados. Su voz cambió, tornándose profunda, sin rastro de humor.

  —Cáliban… ?Cuál es tu nombre completo?

  Cáliban dudó por un momento. Era una pregunta extra?a, pero no percibió amenaza. Con voz suave, casi insegura, respondió:

  —Mika’el… Mika’el Cáliban.

  —Mika’el… —repitió Noah, dejando que el nombre resonara —Bien. Eso es bueno. —Hizo una breve pausa y lo miró con intensidad —?Te gustaría saber cómo me llamo?

  Cáliban no tenía especial interés, pero por cortesía, asintió.

  —Noah Cáliban. —respondió con serenidad —Ese es mi verdadero nombre.

  El silencio cayó como un muro de piedra. El peso de la revelación cayó sobre todos los presentes, pero ninguno lo sintió tanto como Argos. Trató de levantar su mano temblorosa, con la voz hecha trizas.

  —E… espere… usted… ?Usted es pariente de…? ?De él? ?Eso significa…!

  —Así es. —interrumpió Noah con calma, volviendo su mirada a Cáliban —Somos familia.

  Cáliban no respondió al instante. Su rostro no mostraba sorpresa, ni aceptación. Sus ojos, en cambio, se enfocaron con mayor agudeza. Una sospecha comenzaba a florecer en su mente.

  —Espera… dijiste que fuiste entrenado por tu tío abuelo…

  Las piezas comenzaron a encajar, y la línea que antes parecía confusa, de pronto se volvió nítida.

  Al escuchar eso, Madame Lothrim apretó los dientes. Una mueca amarga se dibujó en su rostro. Sabía hacia dónde iba aquello. Noah respiró hondo. Algo en su interior le decía que debía decirlo despacio, como si las palabras fueran más grandes que él.

  —Tienes razón. —admitió finalmente —Fui entrenado por mi tío abuelo y, por consiguiente… tu abuelo. Varekyon Cáliban.

  El impacto fue inmediato. Madame cerró los ojos con frustración. Ya no había vuelta atrás.

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