Desde las entradas de la arena, Argos, Similia y Catherine observaban el acontecimiento con rostros tensos. El bullicio del público se mezclaba con un murmullo de incertidumbre. Se suponía que su encuentro ya debía haber comenzado, pero algo estaba ocurriendo.
—?Qué demonios está pasando? ?El acto estelar debería haber comenzado hace rato! —rugió Argos, con los pu?os apretados y los músculos tensos por la impaciencia.
Similia, más serena pero visiblemente inquieta, ajustó con firmeza las cuerdas de su armadura de cuero.
—No lo sé, todo es culpa de ese hombre que apareció de la nada… —dijo, entrecerrando los ojos para intentar captar más detalles de la escena en el centro de la arena.
Catherine, con su habitual calma, era perturbada por una sombra de duda. Cruzó los brazos mientras su mirada escudri?aba cada rincón del lugar.
—Algo no está bien… —susurró, con el ce?o fruncido —A estas alturas ya deberían haber anunciado al equipo de Alec, pero no hay se?ales de ellos…
Similia chasqueó la lengua y sonrió con desdén.
—Ni siquiera hay se?ales del nuestro. Supongo que están muertos de miedo en alguna esquina…
Justo en ese instante, una opresiva presencia llenó el aire. No una, sino tres. Una intensidad sofocante que golpeó como un rugido silencioso. Argos sintió un escalofrío recorrer su espalda, erizando los cabellos de su fino pelaje; las orejas de Similia temblaron, y Catherine, que rara vez perdía la compostura, crispó los labios. No necesitaban mirar para saber de quiénes se trataba.
—?Oh! ?Pero qué tenemos aquí?
Antes de que pudiera reaccionar, Argos sintió dos brazos firmes y poderosos rodearlo desde la espalda en un abrazo que tenía más de advertencia que de afecto. Un gru?ido apenas contenido escapó de su garganta. No tenía que voltear, ya sabía perfectamente quién era.
—Ky… Kylios… —su voz tembló, apenas en un murmullo ahogado.
El Felinyan fornido de pelaje negro dejó escapar una risa ronca, apretando aún más su agarre sobre Argos.
—Oh, vamos… dime "hermano mayor", como solías hacerlo antes…
Kylios aumentó la presión sobre su hombro, clavando sus garras lo suficiente como para hacer que el cuerpo de Argos se tensara en un reflejo involuntario de sumisión.
—S-sí… hermano mayor… —dijo con dificultad.
Kylios suspiró, teatral, llevando una mano a su frente con fingida exasperación.
—Esta vez sí que lo has hecho, hermanito… —dijo con un tono que oscilaba entre la burla y el reproche —Retar a las fuerzas de Madame Lothrim… sabía que eras un idiota, pero no pensé que llegarías a este nivel.
Se inclinó, acercándose peligrosamente al oído de Argos. Su voz se volvió un susurro cargado de una cruel satisfacción.
—?Sabes? Nuestro hermano mayor estaba furioso… casi arranca la cabeza de un sirviente cuando se enteró. Pero fui yo quien le calmó. Le dije que vendría aquí para evitar que deshonraras a nuestro padre…
Argos sintió un nudo formarse en su garganta. Su cuerpo se negaba a reaccionar, a luchar, a moverse siquiera. Solo podía respirar, forzándose a mantener la compostura ante la imponente figura de su hermano mayor.
—Yo… yo… —Las palabras se le atascaban en la boca, su espíritu luchaba por mantenerse firme, pero el peso de Kylios era como una sombra que se cernía sobre él, arrastrándolo de vuelta a un pasado que creía haber dejado atrás.
Catherine pudo notar el miedo latente en los ojos de Argos, la tensión de sus músculos lo traicionaban a pesar de su intento por mantener la compostura. Pero él no era el único aterrado. A su lado, Similia mantenía las distancias, apretando los pu?os con tanta fuerza que sus nudillos se volvían blancos. Un leve temblor recorría su mano, y aunque intentaba calmarlo, su cuerpo la delataba.
Tragó saliva y, con un tono forzado, intentó romper la tensa atmósfera.
—Cresselia… Gremeldia… ?Qué las trae aquí el día de-?
Un chasquido cortó el aire. No fue un sonido fuerte, pero la magia impregnada en él se sintió como un latigazo. Similia se encontró incapaz de seguir hablando, sus labios fueron sellados por una fuerza invisible.
Ante ella, Cresselia, un alto elfo de cabellos blancos y mirada arrogante, sonreía con una dulzura falsa. Su hermanastra ladeó la cabeza mientras agitaba un dedo en se?al de desaprobación.
—No, no, querida hermanita… —su voz era un susurro cargado de burla.
A su lado, Gremeldia, su hermana gemela, dejó escapar una carcajada ahogada. La escena le parecía divertida.
—Sabes perfectamente que esa no es la manera de dirigirte a tus mayores, ?Verdad?
Similia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su mandíbula se tensó al máximo, conteniendo la furia que amenazaba con estallar. Se forzó a respirar hondo antes de inclinar levemente la cabeza.
—Lo siento… queridas hermanas mayores… —sus palabras eran como veneno en su lengua, pero no tenía elección —?Qué motivo las trae para honrar este día con su presencia?
La risa de Gremeldia resonó por el pasillo, aguda y ensordecedora, como el chirrido de un metal ara?ando piedra. No era una risa cualquiera. Era una burla abierta, una advertencia en sí misma.
—?Madre se ha enterado de tu peque?o jueguito y estaba preocupada por ti! —anunció, con un tono exageradamente afectuoso —Así que nos envió para "cuidarte" durante algunos días… ?No te parece genial?
Similia sintió cómo su sangre hervía en sus venas.
—Sí… —murmuró con desánimo, sin poder evitar que su voz reflejara su disgusto.
Pero eso no fue suficiente.
El aire se volvió denso de repente, cargado de un poder sofocante. Una presión invisible oprimió los cuerpos de todos en el pasillo. Cresselia había expandido su dominio mágico, y la energía que emanaba de ella era sofocante, como si mil manos invisibles intentaran sujetar a Similia y someterla.
—?Qué fue lo que dijiste?
Similia se reincorporó de inmediato, sintiendo el sudor frío resbalar por su espalda.
—?Que será un honor para mí contar con su presencia! —declaró, con una voz fuerte y clara —?Les serviré lo mejor que pueda el tiempo que se queden aquí!
La magia de Cresselia se disipó lentamente, dejando tras de sí un aire pesado y viciado. Kylios, que hasta ahora había disfrutado del espectáculo en silencio, chasqueó los dedos como si de repente recordara algo importante.
—?Oh, cierto! —exclamó con tono casual —Peque?a Catherine… tengo un mensaje para ti de parte de tu hermana mayor.
El estómago de Catherine se encogió de golpe. Un escalofrío le recorrió la espalda. El solo recuerdo de su hermana mayor hizo que un ardor punzante se despertara en la planta de sus pies. Todavía podía sentir el castigo que su madre le encomendó la última vez que estuvieron juntas.
—?Qué fue lo que dijo…? —preguntó con cautela, intentando mantener su tono neutro.
Kylios sonrió con malicia, disfrutando del efecto de sus palabras.
—Oh, bueno… —hizo una pausa dramática —Se dirigía hacia el Emporio Negro. Dijo que tenía que resolver cierto "asunto" allí… pero después de eso, vendrá aquí.
Se inclinó un poco, como si quisiera asegurarse de que sus próximas palabras quedarán grabadas en la mente de Catherine.
—Para hablar seriamente contigo.
El corazón de Catherine latió con fuerza en su pecho. Sus manos se cerraron en pu?os. No necesitaba más explicaciones. Sabía perfectamente lo que "hablar seriamente" significaba en su familia.
Catherine tragó saliva. Aunque el alivio fue momentáneo, la ansiedad volvió a apoderarse de ella en cuanto comprendió la inminencia de lo inevitable. Pronto tendría que enfrentar nuevamente a aquella fría hermana… sus ojos muertos aún la atormentaban en sus sue?os, atrapándola en un bucle de recuerdos que no quería revivir.
—Gracias por decirme, se?or Kylios… —murmuró, obligándose a mantener la compostura.
Kylios sonrió con esa expresión indescifrable, una mezcla de burla y amenaza velada.
—?No hay de qué! —exclamó con falsa alegría —Solo queríamos ver cómo les iba… estaremos esperando su desempe?o…
Antes de apartarse, inclinó el rostro hacia Argos y susurró con una gélida dulzura en su oído:
—Te deseo suerte… ya sabes que la necesitarás. El hermano mayor… nunca ha sido indulgente con las decepciones.
Argos sintió el escalofrío recorrer su espina dorsal cuando los dedos de Kylios se clavaron levemente en su hombro antes de soltarlo. Luego, las gemelas y el felinyan desaparecieron por el pasillo oscuro, sus risas hicieron eco en las paredes de piedra como un susurro burlón que parecía impregnar el aire con una inquietante sensación de inevitabilidad.
La presión opresiva que habían traído consigo se disipó, pero las secuelas quedaron grabadas en sus cuerpos. Argos temblaba visiblemente, su respiración era irregular. Similia se acercó de inmediato, colocándole una mano en el brazo con gentileza.
—Hey, hey… tranquilo, ya se fueron…
Llevó sus dedos a la melena de Argos, acariciándola en un intento de reconfortarlo. él cerró los ojos con fuerza, tratando de recomponer su espíritu quebrado.
—Sí… sí… —susurró sin aliento —Todo está bien…
Respiró hondo y se obligó a erguirse, sus músculos aún estaban tensos por el miedo.
—Estamos bien… —repitió, como si intentara convencerse a sí mismo —Solo necesitamos dar un espectáculo digno…
Catherine lo observó en silencio. Su expresión era fuerte, decidida… pero ella aún podía notar el ligero temblor en su pu?o cerrado.
Los tres se giraron hacia la entrada de la arena, esperando el momento para salir a pelear. Pero ese momento no llegaría…
Justo encima del laboratorio secreto, oculto en las profundidades del coliseo por los científicos oscuros para llevar a cabo el gran plan de la Diosa, una sombra se movía con precisión milimétrica.
Joseph, con el mapa que Luna le había entregado firmemente sujeto en su mano, aguardaba a la vuelta de una esquina. Su mirada calculadora escudri?ó el área con paciencia. Frente a él, un par de guardias custodiaban el punto clave marcado en el mapa.
Esperó.
El más alto de los guardias se inclinó ligeramente, murmurando algo a su compa?ero. Esa distracción fue suficiente. En un parpadeo, Joseph desenvainó sus dos espadas y se movió con la velocidad de un relámpago. Un brillo metálico cortó el aire.
Solo bastó un golpe limpio, preciso.
Las cabezas de los guardias cayeron al suelo antes de que pudieran siquiera comprender qué había sucedido. Sus cuerpos se desplomaron sin resistencia, ahogando en sus gargantas el último aliento de vida.
Joseph sacudió sus espadas con un movimiento fluido, limpiando la sangre con la misma naturalidad con la que uno se sacude el polvo de las botas. Luego, bajó la vista al mapa, asegurándose de estar en la ubicación correcta.
—Bien… debe ser aquí… —murmuró, observando el punto se?alado con una frialdad absoluta.
Respiró hondo y acumuló el maná en su cuerpo. La energía vibró en su interior, moldeándose de acuerdo con la técnica que Cáliban le había ense?ado.
Atravesar el espacio.
Un parpadeo, solo eso fue suficiente. Su figura se desvaneció de la materia del techo y, en un instante, se materializó dentro del laboratorio.
Joseph emergió en caída libre en el centro de la gran sala subterránea. Pero no estaba indefenso. Antes de tocar el suelo, su magia espiritual estalló a su alrededor, liberando un torrente de viento afilado como cuchillas invisibles.
Los gritos de los científicos y guardias resonaron por todo el laboratorio cuando la ráfaga los alcanzó. Un segundo después, sus cuerpos cayeron pesadamente al suelo. Las paredes y el suelo de mármol blanco quedaron manchados de rojo.
Joseph aterrizó suavemente, rodeado de cadáveres. Sus ojos se desplazaron por la escena con frialdad. No sentía satisfacción, ni triunfo. Sin embargo, algo no encajaba, había sido demasiado fácil.
Frunció el ce?o.
—No hay ninguna fuerza o mago de alto nivel… —murmuró, recorriendo con la mirada los cuerpos inertes de los enemigos —?Es este el poder de un culto que sue?a con mover el mundo?
El aire estaba demasiado quieto y el laboratorio demasiado silencioso.
Joseph escudri?ó la habitación con la mirada, buscando cualquier signo de vida entre los cadáveres. El laboratorio era un caos de cuerpos inertes y sangre aún tibia, pero algo más atrajo su atención.
Un panel gigante.
Brillaba con una luz tenue, pulsante, como si respirara. Artefactos arcaicos, conectados a través de una mara?a de cables servían como fuente de energía para algo que aún no comprendía del todo.
—Esto debe ser… —murmuró, con el ce?o fruncido.
Se acercó con cautela, sintiendo el zumbido de la magia recorrer el aire. Deslizó su mano con firmeza y extrajo la peque?a bomba de su cinturón.
Según las instrucciones de Luna, solo tenía que instalarla firmemente e iniciar el contador. Nada complicado. Pero justo cuando sus dedos estaban por programar el tiempo de ignición, un escalofrío recorrió su cuerpo.
Una presión invisible cayó sobre él, inmovilizándolo.
—?Qué mierda! ?No puedo moverme!
Su corazón golpeó contra su pecho cuando sintió cómo su cuerpo quedaba completamente paralizado. Podía respirar, pero sus músculos no respondían.
De repente, escucho pasos lentos y seguros. Se acercaban a él con una calma perturbadora. Desde la penumbra, una figura emergió con la elegancia de un depredador.
Era Lendar. El alto elfo lo observó con una sonrisa carente de calidez, su mirada gélida lo perforaba como dagas.
—El Soberano intuyó que el director intentaría algún movimiento. —dijo con voz pausada —Así que trasladó los paneles de control principal junto al portal.
Hizo una breve pausa y dejó escapar una leve risa.
—Estoy seguro de que no esperaba que el agente fueras tú… mocoso.
Joseph forcejeó con todas sus fuerzas, luchando contra la magia que lo mantenía atado.
—?Suéltame! ?Maldito engendro de orejas puntiagudas!
Lendar frunció el ce?o. El insulto no le sentó bien. Sin previo aviso, lo levantó con brutalidad y lo arrojó contra el muro de la sala con la fuerza de un vendaval.
El impacto fue brutal.
—Odio a los ni?os como tú…
Joseph sintió el dolor recorrer su espalda como un incendio. Trató de incorporarse rápidamente, pero Lendar no le dio margen. En un movimiento calculado, el elfo le propinó una patada en el estómago.
El aire escapó de sus pulmones.
El dolor se esparció como una ola, intenso e insoportable. Joseph se dobló sobre sí mismo, incapaz de emitir palabra alguna mientras su cuerpo entero ardía con el impacto. Desde arriba, Lendar lo miraba con una mezcla de lástima y desprecio.
—Qué lástima… ni siquiera puedes ponerte de pie. Supongo que tendré que-
Un brillo cortante iluminó el aire. Un filo silbó en la oscuridad. Lendar se echó atrás en el último segundo, pero no fue lo suficientemente rápido.
Un mechón de su cabello cayó al suelo, cortado con una precisión escalofriante. El elfo miró la hebra dorada con expresión severa. Algo en su mirada cambió. Su mandíbula se tensó y su mano crispó el mango de su espada. Desde el suelo, Joseph se reía ligeramente, tratando de contener el dolor con espada en mano.
—Maldito ni?o… voy a matarte.
Una figura femenina contemplaba el panorama con calma absoluta.
Su vestido negro ondeaba bajo la brisa, moviéndose como sombras líquidas. Bajo la capucha, su máscara amarilla, decorada con símbolos solares, resplandecía tenuemente bajo la luz natural.
Sus ojos, ocultos tras la máscara, se enfocaron en la escena. Y entonces, lo sintió. Una presencia familiar. Su compa?ero había llegado, envuelto en una nube oscura bastante densa.
—Agente Luna… ?Cómo ha ido la misión? ?Lograste salvar a Lord Thorm?
El hombre ajustó su máscara, cuyos grabados mágicos brillaban tenuemente con símbolos que evocaban una media luna. Su presencia era imponente, pero su voz, calmada y medida, transmitía un control absoluto de la situación.
—Sí… —respondió con la misma serenidad de siempre —Le entregué el mensaje del Maestro. Lo guié hasta el joven Cáliban y estuve vigilando el hospital un tiempo… no creo que lo tengan como objetivo. Todo va según los planes.
Se giró ligeramente, observando la figura envuelta en sombras a su lado.
Stolen content alert: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences.
—Ahora es tu turno de actuar, Agente Sol.
La mujer asintió con tranquilidad. Sus movimientos eran fluidos, casi etéreos. No hubo palabras de despedida, solo acción. En un instante, su silueta se disipó en un torrente de agua que se fundió con la luz.
El Agente Luna se quedó en su posición, observando desde la distancia, analizando cada uno de los movimientos del Soberano.
Esperando el momento preciso para actuar.
El ambiente estaba impregnado de una tensión sofocante. No era simple incertidumbre, era algo más profundo, más instintivo. Un escalofrío recorría cada aliento en los espectadores con cada murmullo que se ahogaba en el aire.
Un solo hombre se alzaba frente a los dos sabios y no mostraba ni un atisbo de miedo. Su mirada era impenetrable junto a su postura inquebrantable.
—Kasus de la Casa Delion… Valeria de la Casa Lothrim… —su voz resonó con firmeza —Maestros entre maestros… es un honor tenerlos de frente.
Madame Lothrim sonrió con frialdad, alzando su abanico con un movimiento elegante, pero letal. Una intención asesina pura se filtró en el aire como un veneno invisible.
—Interrumpir un evento tan importante como este es una clara ofensa a esta gran mujer… —declaró con una dulzura envenenada. —Un destello sutil iluminó la punta de su abanico. —Y debería-
Pero antes de que la sabia hiciera un solo movimiento, el director levantó la mano. El simple gesto bastó para que el abanico de Madame Lothrim bajará.
—Tranquila… —dijo con una voz calmada, pero cargada de autoridad —?Por qué no vas a resguardar a los invitados especiales? Yo me encargaré de esto.
Por un momento, hubo un silencio helado. Madame Lothrim rió suavemente, aunque sus ojos mostraban un brillo afilado.
—Anciano, puedo hacer esto. No necesito que me digas que-
—Valeria.
La voz del director cambió. Su tono, normalmente sereno, adquirió un matiz sombrío que hizo que incluso el aire pareciera volverse más denso.
Un escalofrío recorrió a la sabia. Los ojos del director, de un azul profundo, destellaron con una ira pasiva, una que no buscaba ofender… pero sí recordar su lugar.
—Esta sigue siendo mi academia. —Cada palabra cayó como un martillo sobre el silencio —Espero que no lo hayas olvidado.
Madame Lothrim frunció el ce?o. Si cualquier otro le hubiera hablado así, su vida ya se habría apagado.
Pero este era el director.
Incluso para ella, la situación era delicada. Había invitados distinguidos. Demasiados testigos. No podía permitirse un arrebato. Su abanico se cerró con un movimiento preciso y calculado. Con la misma gracia de siempre, lo desplegó nuevamente y lo elevó hasta cubrir la mitad de su rostro.
—?Oh, vaya! Si el gran mago legendario de la academia me lo pide así… supongo que retrocederé por el momento.
Madame Lothrim sonrió con petulancia, pero sus ojos reflejaban una chispa de irritación contenida. Entonces, una tormenta de arena envolvió su figura, disolviéndola en un remolino dorado que se esfumó con el viento.
En un parpadeo, la sabia reapareció en la sala especial, donde la esperaban Loana y Sandra. Ambas discípulas sintieron de inmediato la ligera pero inconfundible molestia que la envolvía.
—Maestra… —Loana rompió el silencio con cautela —?Está todo bien?
Madame Lothrim alzó el mentón con orgullo, ocultando su desagrado tras una expresión de superioridad.
—?Hmph! Ese viejo quiere jugar un poco… sigue siendo igual de infantil.
Su tono era desde?oso, pero la crispación en sus dedos, que tamborileaban sobre el mango de su abanico, delataba su irritación.
El director mantenía una sonrisa benevolente, perfectamente ensayada. No había ni un atisbo de preocupación en su rostro, solo la calma inquebrantable de alguien que había vivido demasiado.
—Bueno, me gustaría preguntar el nombre de nuestro invitado sorpresa.
Sus palabras flotaron en el aire, impregnadas de una cortesía que se sentía casi burlona. El Soberano frunció el ce?o con visible irritación.
?Esa sonrisa… viejo tonto. Sigue sonriendo mientras puedas… pronto estarás acabado.?
Lentamente, su expresión se transformó en una mueca solemne, y su voz resonó con un fervor casi sagrado:
—Mi nombre… —levantó la mirada hacia el cielo, como si estuviera recitando una plegaria —Soy la encarnación de toda injusticia, el ocaso del mundo que traerá paz y armonía… avance y renacimiento.
Extendió los brazos, su túnica ondeó con el movimiento.
—Soy la piedra angular de aquella que purificará está podrida existencia… —Su voz se alzó con fervor, golpeando cada rincón de la arena como el ta?ido de una campana sagrada —?Soy el Soberano y Sumo Sacerdote de la Gran Madre! ?Aquella que siempre llora, pero nunca se rinde!
El silencio cayó como una losa sobre la arena. Los espectadores intercambiaron miradas desconcertadas. ?Era una broma? ?Un evento especial? ?Alguna absurda campa?a publicitaria de una nueva religión?
Nadie podía decirlo con certeza.
Entre la multitud, Randa fijó su mirada en el enigmático hombre con un interés creciente.
?Este hombre… no es simple.?
No podía sentir su poder. Lo mismo ocurría con el director. Eso era alarmante para ella.
Los demás guardianes notaron esta extra?a anomalía, pero decidieron no prestarle demasiada atención. Si surgía una pelea, serían testigos de un combate sin precedentes. Después de todo, la oportunidad de ver al director en acción era algo que nadie quería perderse.
Kasus, quien había permanecido en silencio hasta ese momento, dejó escapar una carcajada profunda, su voz resonó en el recinto con una fuerza que hizo vibrar hasta las piedras.
El Soberano sintió un ligero cosquilleo de incomodidad. Kasus se llevó una mano a la barbilla, fingiendo meditarlo con seriedad.
—?El Soberano de la Gran Madre? —Hizo una pausa dramática, su expresión se curvó en una sonrisa de absoluto desdén —Supongo que los nombres menos ridículos ya estaban ocupados…
Un destello violáceo rasgó el aire. Un disparo de energía oscura. El proyectil se dirigió al director con velocidad letal, pero él esquivó la esquirla con una facilidad casi indiferente. Sin embargo, un leve corte apareció en su mejilla.
Una delgada línea carmesí recorrió su piel. El director llevó la mano a la herida, observando la ligera corrupción mágica impregnada en su sangre. Su mirada, antes apacible, se tornó más severa.
Alzó los ojos hacia el Soberano. Esta vez, su expresión ya no mostraba esa cortesía burlona. El Soberano sostuvo su mirada con firmeza, sin inmutarse. Levantó lentamente su mano, cuyos dedos resplandecían con un fulgor violeta, retumbando con la esencia misma de su fe.
—No toleraré faltas de respeto hacia mi Se?ora.
El aire se tensó. Ambos hombres se mantuvieron firmes, con la mirada fija el uno en el otro. Cualquier movimiento en falso y la batalla estallaría. El director no apartó la vista del Soberano, analizando cada sutil movimiento. El anciano, con una serenidad calculada, retiró su capucha. Y en ese instante… se dieron cuenta de su identidad.
Madame Lothrim, que había estado observando con cierta distancia, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sus ojos se abrieron con incredulidad.
—él es… no puede ser.
El director también lo reconoció. Pero no se sorprendió. El Soberano comenzó a aplaudir lentamente, con una burla deliberada en cada palmada.
Al instante, sus seguidores se movilizaron.
Desde las sombras, los fanáticos de la Gran Madre emergieron como espectros, rodeando las gradas con una sincronización aterradora. Los estudiantes estallaron en gritos de pánico, el orden se fracturó en un instante.
Pero el director… seguía tranquilo e impasible.
—Oh… —murmuró con calma, cruzando los brazos —Veo que te tomaste tu tiempo para llevar a cabo tu jueguito.
El caos ya había comenzado.
En la sala de los invitados especiales, las puertas se abrieron con un estruendo. Un sacerdote de la Gran Madre entró, flanqueado por soldados de élite. El brillo en sus ojos delataba su fanatismo absoluto.
—Por la gloria de la Gran Madre y bajo su misericordia… —su voz resonó con un fervor inquietante —Si se rinden ahora, les concederé una muerte rápida.
Hubo un segundo de silencio y luego… el aire explotó en un torbellino de energías arcanas.
Los guardianes, aquellos nacidos en las casas nobles más poderosas de los imperios, reaccionaron al instante. Liviana, Edmund y Randa sintieron la sangre hervir en sus venas ante las presuntuosas palabras de un simple soldado.
Pero ninguno de ellos fue el centro de atención. No.
La que realmente hizo temblar el coliseo con su sola presencia fue Madame Lothrim. La ira en sus ojos era abrasadora. Con un movimiento calculado, retiró el abanico de su rostro, revelando su expresión de absoluto desdén.
—Un simple pusilánime como tú se atreve a pronunciar tales palabras…
El director observó con serena curiosidad la desesperada maniobra del Soberano. Y con la misma calma de siempre, dejó escapar una breve sonrisa.
—Parece que tu plan tiene… una ligera falla en el nivel de poder.
Pero el Soberano no actuó impulsivamente. En lugar de ello, esbozó una sonrisa cargada de malicia. Sus ojos violetas destellaron con una emoción intensa, como si hubiera esperado ese momento durante mucho tiempo.
Con un movimiento pausado, metió la mano en su bolsillo y extrajo una peque?a canica de obsidiana. La sostuvo entre los dedos durante un segundo eterno, permitiendo que el reflejo de la luz se deslizara sobre su superficie pulida. Luego, sin titubeos, la hizo a?icos entre sus dedos.
El crujido fue sutil, casi imperceptible, pero el efecto fue inmediato.
El director frunció el ce?o. Algo en su instinto le gritaba que aquello no era un simple gesto sin sentido.
—?Artefacto? —murmuró con gravedad, sus ojos recorriendo al Soberano en busca de respuestas.
Mientras tanto, en las profundidades ocultas de las catacumbas, bajo la gran arena de combate, un científico sintió cómo su artefacto de comunicación vibraba con una se?al esperada. Su expresión se tensó. Sabía lo que aquello significaba.
—?El Soberano ha dado la se?al! —anunció con un fervor casi religioso —?Activen la formación!
Al instante, una docena de magos oscuros, envueltos en túnicas ennegrecidas por el paso del tiempo y los rituales prohibidos, se dispusieron alrededor de un círculo arcano. Sin dudarlo, cada uno empu?ó una daga de obsidiana y, con un susurro devoto, se atravesaron el pecho al unísono.
El sacrificio fue inmediato. Sus cuerpos cayeron al suelo como marionetas sin hilos, y la sangre que brotaba de ellos fue absorbida por los grabados rúnicos de la piedra. La energía oscura se agitó con un rugido sordo, elevándose como un torbellino corrupto que se expandió hasta los límites de la arena.
Un campo de fuerza negruzco y pulsante se alzó, encerrando a todos dentro de la gigantesca estructura. Los murmullos de la multitud dieron paso al pánico. Madame Lothrim sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una sensación que no experimentaba desde hacía a?os.
—Maestra… ?Qué sucede? —preguntó Loana, con la voz te?ida de preocupación.
La mujer tembló, como si la fuerza misma de su ser estuviera escapando de su cuerpo.
—Mi poder… —susurró, con un terror que nunca antes había dejado entrever —Mi poder está abandonando mi cuerpo…
No solo ella. Guardianes, profesores, alumnos… incluso el propio director sintió cómo su energía se desvanecía, drenada por la barrera maldita. Las voces de la desesperación comenzaron a elevarse en el aire.
Desde su posición, el Soberano se irguió con majestuosidad, su voz se alzó con un eco cargado de poder ancestral.
—Ahora… es donde comienza la verdadera purga.
Un fulgor mágico se extendió por su figura, magnificando su presencia. Entonces, con un rugido que sacudió los cimientos de la arena, proclamó:
—?Vasallos de la Gran Madre! ?Aniquilen a los herejes!
El caos estalló en un instante.
Los miembros del culto, hasta entonces ocultos entre la multitud, se lanzaron al ataque con una ferocidad implacable. No hubo distinción entre estudiantes y trabajadores; todos fueron blanco de la matanza. Algunos intentaron defenderse, otros corrieron por sus vidas, empujando a los más débiles para ganar tiempo.
—?Lord Tyrion! ?Yo lo cubriré! —gritó Noah, colocándose frente al noble con una postura de combate, listo para repeler cualquier ataque con su fuerza física.
Aasmir emergió de entre los escombros, con la mirada ensombrecida por la gravedad de la situación. Por su parte, la profesora Meeris convocó su magia sin vacilar, destruyendo a las sombras que se interponían en su camino mientras guiaba a los estudiantes hacia una posible vía de escape.
En la sala de los invitados especiales, la tensión se tornó insoportable. Lo que hasta hace unos momentos parecía un evento de entretenimiento se había convertido en una masacre organizada.
Madame Lothrim respiró hondo y alzó los brazos, lista para invocar las antiguas artes que dominaba… pero entonces sintió un frío punzante en el abdomen.
Sus labios se entreabrieron en un jadeo silencioso. Con incredulidad, dirigió su mirada hacia abajo y vio el brillo acerado de una daga incrustada en su cuerpo. Alzó la vista con lentitud, encontrándose con la mirada impasible de su propia alumna.
—Tú… —susurró Valeria, quebrándose en una mezcla de dolor y desconcierto.
—?Sandra! ??Qué hiciste?! —exclamó Loana, abalanzándose hacia su tía con desesperación.
Madame Lothrim se tambaleó, presionando su herida con una mano mientras la energía corrupta del cuchillo seguía drenando su vitalidad. Su rostro palideció, pero su mirada se mantuvo firme.
Sandra, sin embargo, se apartó con rapidez, retrocediendo varios pasos con una elegancia gélida. La daga en su mano vibraba con un fulgor violeta, pulsante, como si estuviera viva y se alimentara de la esencia misma de la maestra herida.
—?Sandra! —rugió Valeria, sintiendo cómo la traición le quemaba más que cualquier herida física —??Cómo te atreves?!
La joven esbozó una sonrisa serena, pero en sus ojos no había alegría, sólo una convicción inquebrantable.
—La Gran Madre verá el nacimiento de una nueva era… y para ello… —hizo una pausa, inclinando la cabeza con lástima —ustedes no son necesarias.
Las palabras cayeron como un martillo sobre el pecho de Loana. Su respiración se entrecortó y su visión se nubló por las lágrimas.
—No… Sandra… —susurró con la voz rota —Dime que no es cierto…
Pero Sandra no la miró. No hubo ni un atisbo de duda en su postura cuando le dio la espalda y se dirigió hacia el sacerdote, que observaba la escena con una mirada satisfecha.
—Mi se?or… cumplí con mi misión. —declaró con solemnidad.
El sacerdote la miró con aprobación, alzando una mano en un gesto casi paternal.
—Has desempe?ado un gran trabajo. Tus a?os de arduo sacrificio serán recordados por toda la eternidad.
—??A?os?! —La furia se encendió en la mirada de Valeria, sus labios temblaban de rabia —?Sandra! ?Desde el principio eras una traidora!
Las manos de Madame Lothrim temblaron de ira. Todo el dolor quedó relegado a un segundo plano cuando el fuego de la venganza quemó en su interior.
—?Tu vida será tomada por mis manos! —su voz retumbó como un trueno.
A pesar de la profunda herida en su abdomen, canalizó su poder, ignorando el ardor que la consumía. Estaba lista para lanzar su ataque cuando, de repente, un estruendo estremeció la arena.
El suelo tembló.
Las explosiones se desataron en los distritos circundantes, lanzando al aire columnas de fuego y humo negro. Cada detonación iba acompa?ada de una onda expansiva de corrupción, que devoraba edificios enteros y consumía a los desafortunados que se encontraban cerca.
Los gritos de terror inundaron el aire.
El director observó la destrucción con el ce?o fruncido, su semblante pétreo ocultó la furia contenida. Por el contrario, el Soberano estalló en carcajadas, gritando con una euforia desmedida.
—?Esto es solo el comienzo! —bramó con júbilo —?Pronto, todos los reinos vivirán bajo su luz!
Giró su mirada hacia el director, sus ojos resplandecian con la locura de un fanático.
—Dime, Gran Archimago… ??Cómo piensas detener esto?!
El director permaneció en silencio. A su alrededor, la lluvia de cenizas se mezclaba con los gritos de los estudiantes siendo masacrados sin piedad.
Finalmente, con una calma sobrecogedora, alzó la mano.
Un fulgor azul chisporroteó en su palma. Era una llama pura, antigua, una energía que devoraría todo a su paso. El Soberano sonrió, encantado ante la inminente batalla. El poder de su diosa fluía a través de su cuerpo, dotándolo de una confianza inquebrantable. No tenía nada que temer.
O eso creyó.
Porque en ese instante, mientras el mundo se sumía en el caos, sintió algo extra?o. Un peso en su mano. No solo él. El director y Madame Lothrim también lo sintieron. Una oleada de energía pura recorrió la arena, envolviendo a todos con una presencia arrolladora. El Soberano miró su propia mano, estaba temblando.
—?Qué… qué es esto…?
Sus dedos temblaban como si una fuerza invisible los controlara. Su corazón latía con furia, pero no era el mismo poder que siempre había sentido. No era la energía de la Gran Madre… esto era algo diferente. Algo antiguo, algo que no debería existir en este plano.
Mientras tanto, en las profundidades del túnel de escape…
Los pasos apresurados resonaban en la oscuridad. Alexa corría con desesperación, su respiración se entrecortaba por el dolor que palpitaba en su brazo herido. Apretó los dientes, obligándose a seguir adelante mientras canalizaba su magia para sanar la herida abierta.
—Agh… maldita sea… —murmuró con rabia, sintiendo la sangre tibia deslizándose por su piel —?Juro que te haré pagar por esto, Avalon!
Su furia crecía como una tormenta dentro de su ser. La energía corrupta de la diosa respondió de inmediato, desplegándose en un aura oscura que distorsionaba el aire a su alrededor.
—?Solo eres un mero mortal! —gru?ó entre dientes.
Una sonrisa perversa se dibujó en su rostro. No importaba cuánto le costará, mataría a Cáliban de la manera más cruel y despiadada posible. Lo haría sufrir. Lo destruiría hasta que no quedará ni un solo rastro de su existencia.
Pero entonces, su cuerpo se detuvo en seco. Un escalofrío helado recorrió su espalda, y un peso familiar oprimió su pecho.
—No…
Su mente se llenó de imágenes de un pasado que intentaba olvidar. Lo sintió… esa energía. La misma energía que una vez la había condenado al exilio en la dimensión oscura. La misma energía que había matado a todos sus seres queridos. La misma energía que había destruido su reino y cegado miles de vidas en una tormenta de luz carmesí volvió a surgir.
—No… no, esto no es posible…
Su voz apenas fue un susurro tembloroso, ahogado por la ola de terror que la invadió.
En ese instante, en dos lugares diferentes…
Cerca del Imperio de Orión, en las tierras santas de las Llanuras Eternas.
La sede principal de la iglesia dedicada a Helios, el dios de la luz, se alzaba con esplendor en medio del paisaje celestial. Mármol blanco y oro adornaban la majestuosa estructura, reflejando los primeros rayos del amanecer.
En su interior, una joven de belleza serena caminaba con gracia hacia el altar sagrado. Su túnica blanca, bordada con filigranas doradas, ondeaba a su paso junto a su velo blanco. Sus ojos, llenos de devoción y sabiduría, se posaban con ternura en cada doncella que inclinaba la cabeza en se?al de respeto.
Al llegar frente a la imponente estatua de mármol de Helios, la Santa se arrodilló con reverencia. Sus delicadas manos se juntaron en oración, buscando la guía de su dios como cada ma?ana.
Pero esta vez, algo cambió. Un temblor sacudió la iglesia.
Los candelabros se balancearon, las vidrieras vibraron con un gemido de cristal y un crujido escalofriante se extendió por las paredes. Las pinturas sagradas comenzaron a secretar una sustancia negra y viscosa, como si estuvieran derramando sangre corrompida.
—?Querida Santa! ?Algo está ocurriendo! —gritó una de las monjas, apresurándose para socorrerla.
Pero la Santa no se movió. Sus ojos, abiertos en par, estaban fijos en la estatua de Helios. Algo en su expresión se rompió.
Al mismo tiempo… en otro punto del continente.
Más allá del desierto de Equidna, en la pirámide mayor dedicada a Anubis, dios de los Impu…
Las sombras danzaban con el parpadeo de las antorchas, proyectando formas antiguas sobre las paredes cubiertas de jeroglíficos milenarios.
En el centro del recinto sagrado, una mujer de pelaje tostado por el sol del desierto quemaba incienso en una ofrenda solemne. Su vestimenta, un fino manto de lino con inscripciones sagradas, indicaba su alto rango. Ella era la Hemet-netjer, la sacerdotisa del templo.
Con la frente y las manos presionadas contra el suelo de piedra, recitaba con devoción las oraciones prohibidas, aquellas que solo los elegidos podían pronunciar sin temor a la condenación.
El incienso ascendía en espirales etéreas, envolviendo la sala con un aroma penetrante a mirra y sándalo. Frente a ella, la imponente estatua de Anubis se alzaba con la mirada pétrea de un dios inmutable.
Todo transcurría como de costumbre.
Era una ceremonia solemne, un ritual antiguo para invocar la victoria en la interminable guerra contra el Imperio de los Tyrant. La luz de las antorchas danzaba en las paredes de piedra, proyectando sombras alargadas sobre los jeroglíficos tallados hace mucho tiempo. El aroma del incienso llenaba la sala, mezclándose con el murmullo de los rezos y el tintineo de los amuletos sagrados.
Pero entonces… algo cambió. Un rugido profundo y gutural emergió del templo.
Las paredes crujieron como si la misma estructura gimiera de agonía. Los jeroglíficos comenzaron a distorsionarse, sus formas ancestrales se retorcieron en un caos imposible, como si la misma piedra estuviera viva y sufriendo.
—??Qué sucede?! ??Qué es esto?!
La Hemet-netjer sintió el pánico atraparle la garganta. Sus manos temblorosas se aferraron al suelo de piedra mientras comenzaba a rezar con fervor, suplicando por la misericordia de su dios.
Pero Anubis no respondió.
En las tierras santas de las Llanuras Eternas…
Las campanas de la catedral repicaron con estridencia, pero no era un llamado divino. Era un lamento.
La Santa de Helios sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Frente a ella, la majestuosa estatua de su dios, símbolo de luz y justicia, parecía haber perdido su divinidad.
Los candelabros vacilaron, las velas parpadearon como si una sombra invisible las sofocara. Las monjas a su alrededor murmuraban rezos desesperados, algunas cayendo de rodillas, incapaces de comprender lo que sucedía.
Pero entonces lo vieron.
Las estatuas de Anubis y Helios… ambas, separadas por océanos y desiertos, comenzaron a llorar. Desde sus ojos de mármol inmaculado brotaron ríos de sangre fresca. No era un presagio, era una advertencia.
La Santa retrocedió, su respiración se agitó. La Hemet-netjer, en el otro extremo del continente, sintió sus fuerzas abandonar su cuerpo. Y en ese instante, ambas comprendieron una verdad aterradora, una revelación que solo podía conducirlas al más profundo terror.
?Dios… tiene miedo…?
El mundo que conocían se resquebrajó. Las sacerdotisas cayeron de rodillas, con los ojos desorbitados por la desesperación absoluta.
En la Academia…
Un torrente de energía carmesí brotó del corazón del Distrito Rojo de Hilloy.
Era un pilar de luz abrasadora, que retorcía la realidad a su paso, expandiéndose como una catástrofe inminente. Su resplandor rojo ba?ó la arena de combate, transformando la sombra de cada persona en una silueta oscura y temblorosa.
Los gritos cesaron. Los espectadores del torneo, antes sumidos en el caos del ataque, ahora estaban paralizados por el l terror.
El director, creyendo que se trataba de otro ardid de los atacantes, giró su mirada hacia el Soberano, listo para enfrentar su próximo movimiento.
Pero lo que vio lo dejó helado.
El Soberano estaba completamente inmóvil. Sus labios estaban entreabiertos y su rostro pálido. No pronunciaba ninguna orden, no alzaba la voz en desafío. Porque él también tenía miedo. Si él no era el responsable de aquello…
?Entonces… ?Quién??
Los cielos se rasgaron como si un dios invisible los hubiera partido en dos. El aire se volvió pesado. La tierra tembló con un rugido colérico, vibrando con un dolor indescriptible. Encima de la cúpula de fuego carmesí, nubes te?idas de sangre se arremolinaban como heraldos de un juicio ineludible.
Madame Lothrim sintió sus piernas volverse de plomo.
Ella, una mujer que nunca conoció el miedo, ahora no podía moverse.
Su mente, acostumbrada a la estrategia y al combate, trató de hallar una explicación, una respuesta lógica… pero solo encontró un vacío. Por extra?o que pareciera, una idea cruzó su mente en ese instante.
Y toda su ira se disipó.
En aquella sala, donde ni aliados ni enemigos se atrevieron a pronunciar palabra, donde el silencio era un pozo insondable de desesperación, ella susurró con labios temblorosos:
—Es el fin del mundo…

