El vórtice de energía menguó hasta desvanecerse en una danza de partículas carmesíes, como brasas extinguiéndose tras una tormenta. El aire aún vibraba con el eco del poder liberado. Cáliban permanecía arrodillado, con sus manos envueltas en sangre y luz, sosteniendo el cuerpo inerte de Cecilia. El temblor en su mano no era debilidad, sino la furia ancestral que palpitaba bajo su piel, luchando por liberarse, por consumirlo desde dentro. Pero no. No permitiría que la oscuridad reclamara su mente. No esta vez.
—No ahora… —susurró con los dientes apretados, con una voz que parecía provenir de un abismo.
Xander irrumpió entre las sombras del pasillo, jadeando, aún con el acero en la mano y la mirada alerta.
—?Se?or! ??Está bien?! —gritó al ver la escena, con el rostro marcado por el horror y la urgencia.
Cáliban se incorporó lentamente, el cuerpo de Cecilia entre sus brazos era sostenido como si poseyera un relicario. Sus ojos ardían con un fuego apagado, su magia aún danzaba alrededor, chispeante, volátil e inestable.
Un batir de alas quebró el silencio. Adelina descendió envuelta en un fulgor azul, su cabello ondeaba como llamas de plata y su ropa estaba manchada por la batalla.
—??Qué sucedió aquí?! ?Ese vórtice casi nos consume a todos! ??Qué demonios pasó?! —exclamó, pero su voz se quebró al instante al posar la mirada sobre el cuerpo en brazos de Cáliban.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier explicación.
—Vamos arriba… —murmuró Cáliban. Su voz era apenas un susurro, pero tenía la firmeza de un decreto. Era un lamento que desgarraba el alma.
Adelina intentó reaccionar.
—Ah… sí, yo… puedo ayudar…
Levantó su mano, invocando la magia para alzarlos, pero antes de conjurar el hechizo, Cáliban comenzó a elevarse por sí mismo, envuelto en un halo carmesí de poder puro. La perfección de su control hizo que Adelina contuviera la respiración. No era un hechicero… era una tormenta contenida.
Xander y Adelina lo siguieron, volando en silencio hasta el primer piso. La luz del día penetraba suavemente por los vitrales rotos, derramándose sobre el rostro de Cecilia, donde una sonrisa ligera persistía, como si durmiera so?ando con algo hermoso.
Cáliban la miraba, esperando un milagro que no llegaría.
Al llegar a la cima, Lady Lidia corrió con desesperación al encuentro de su se?or, pero sus pasos se frenaron al instante al ver lo que llevaba en brazos. Su aliento se detuvo, su alma se quebró.
—No… —susurró, como si esa única palabra pudiera negar lo que sus ojos veían.
El peso de la culpa cayó como plomo sobre su pecho.
?Esto… esto es mi culpa…?
Sus piernas flaquearon. Xander intentó sostenerla, pero ella se apartó, negando incluso el consuelo.
Cáliban le tendió el cuerpo de Cecilia. No dijo nada. Solo lo colocó con ternura entre sus brazos. El silencio que dejó tras de sí fue como una herida abierta en el aire, una que nadie podía cerrar.
—Xander… me acompa?arás al coliseo. —ordenó Cáliban con voz grave y el semblante ennegrecido por la furia contenida. Sus ojos, antes repletos de dolor, ahora eran brasas apagadas, llenas de determinación.
—Adelina… escolta a Lidia y al maestro Bardrim hacia el gremio. Llévalos a los ba?os curativos…
No esperó respuesta. Sin volver la vista atrás, Cáliban giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la salida. Cada paso era una lanza de dolor atravesándole los músculos, cada movimiento un recordatorio del precio de la batalla. Pero no se detuvo. Con la cabeza baja, el cuerpo cubierto de sangre seca y quemaduras, avanzaba como un espectro de guerra que se niega a morir.
Xander observó la espalda de su maestro y suspiró con pesadez. Su vínculo espiritual le permitía percibir una fracción del tormento que desgarraba el alma de Cáliban… y eso bastaba para dejarlo sin aliento. Sabía que ningún consuelo, ninguna palabra, podría aliviar ese dolor. Así que, en silencio, caminó junto a él.
En el coliseo…
La arena aún estaba marcada por cicatrices de fuego y magia. Los escombros humeaban y el aire olía a ceniza. Las bombas habían cesado, el vórtice había desaparecido. Pero el silencio no era paz… era preludio.
En medio de la arena, el Soberano contemplaba el cielo despejado con creciente inquietud. La calma era falsa, pero el miedo, real. Su corazón no podía sofocar la alarma que le gritaba desde dentro.
??Eso fue… un arma? ?Kasus oculta un nuevo ritual? ?Un pacto demoníaco? No…?
Lanzó una mirada hacia el director del instituto, que respiraba con dificultad, el sudor perlaba su frente mientras intentaba mantenerse firme ante la devastación.
?No… su expresión es de sorpresa también. Entonces… ?Quién fue? ?Qué clase de poder se manifestó…??
Su incertidumbre se convirtió en ira. Golpeó el suelo con su pie en un acto de firmeza y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—?Despierten, inútiles! ?Reanuden la batalla! ?No dejen a ninguno con vida!
Su orden rasgó el aire como un trueno. Las tropas, atónitas hasta ese momento, recuperaron el sentido y atacaron de nuevo. Profesores y estudiantes se reagruparon, pero sus fuerzas eran cada vez más escasas.
Desde su lugar, el anciano arremetió con fuerza, lanzando una ráfaga de energía pura directamente al director. Su maná chispeaba con una intensidad que hacía vibrar el aire.
El director alzó ambas manos, y una barrera cristalina se formó en el acto. Las explosiones impactaron en ella como cometas, haciendo que el suelo temblara, pero la defensa se mantuvo firme.
—?Esto es lo mejor que tienes? —gru?ó el director, con voz firme pero cansada.
El Soberano observaba con los dientes apretados.
?No será fácil… si no acelero esto, no podré activar el portal a tiempo.?
Colocó ambas palmas en el suelo, cerró los ojos y murmuró palabras prohibidas en un idioma ancestral. El suelo tembló. Un círculo mágico negro se expandió desde su posición, dibujándose con precisión perfecta, rodeando a los dos combatientes. Una cúpula oscura emergió desde el suelo, encerrándolos por completo. La luz del exterior desapareció.
—Muy bien… —dijo el soberano con una sonrisa torcida, levantándose con lentitud mientras su cuerpo comenzaba a emanar energía oscura —Es hora de terminar con esto.
El soberano alzó sus brazos hacia el firmamento oscuro de la cúpula. Al instante, la magia circundante comenzó a fluir hacia él como ríos de energía descontrolada. El aire vibró. El suelo se estremeció. Las runas ancestrales que decoraban la arena se encendieron con un fulgor violáceo, pulsante y vivo.
El cuerpo del anciano se transformaba a cada segundo, alimentado por la energía robada del entorno. Sus venas se iluminaron con luz púrpura, y su voz resonó como un eco distorsionado por los lamentos de los condenados.
Frente a él, Kasus lo observaba con atención. No retrocedió, no tembló. A pesar de no contar con toda su magia, su mirada era firme, fría como el acero templado. Elevó una mano con serenidad, y con una sonrisa ladeada, hizo un gesto provocador.
—Vaya, vaya… ?Lo tenías todo planeado, no es así? Entonces adelante, viejo loco… muéstrame lo mejor que tienes.
Mientras tanto, en la sala privada del coliseo…
El sacerdote, al ver la escena que se desarrollaba en la arena, supo que la batalla había escalado más allá de lo previsto. El aura que envolvía al soberano lo llenaba de inquietud. Sin perder tiempo, levantó su mano y ordenó con voz imperiosa:
—?Preparen un asalto inmediato! ?No permitiremos que interfieran!
Sin embargo, apenas logró pronunciar la orden cuando un impacto lo lanzó por los aires.
Una figura veloz lo había embestido con una fuerza brutal.
Randa, vestida con una armadura liviana de combate, había transformado su brazalete en un escudo. Lo estrelló contra el sacerdote sin titubeos, lanzándolo a través de una pared como si fuera un mu?eco de trapo. El choque sacudió la estructura, y ambos desaparecieron entre los escombros, llevándose su combate a un nuevo frente.
Los subordinados del sacerdote reaccionaron al instante, desenvainando armas y conjurando hechizos. Pero no sabían a quién enfrentaban…
Liviana, elegante como una tormenta envuelta en seda, alzó su espada sin emoción en el rostro. Con un solo giro, su hoja cruzó el aire con un silbido mortal, segando las gargantas de los enemigos más cercanos con una precisión aterradora.
—?Valkirias! —rugió con voz clara —?Corten al enemigo y encuentren a la se?ora! ?No muestren piedad alguna!
—??A sus órdenes!! —rugieron al unísono las guerreras, llenas de furia y honor.
Como una avalancha de acero y fuego, las valkirias avanzaron sin piedad, segando todo a su paso. Cada golpe era mortal, cada movimiento estaba coreografiado con la precisión de a?os de entrenamiento. La sangre oscura salpicó las paredes.
Al otro lado de la sala, las amazonas permanecían impasibles. Sabían que su general no necesitaba ayuda… pero sí su presencia para encontrar a quien buscaban.
—Busquemos a la se?ora Juliana. —dijo una de ellas, alzando su espada y escudo —?Vamos, hermanas!
—?A la carga! —respondieron las demás, alzando escudos y espadas, avanzando con una disciplina inquebrantable.
Entre sombras y estallidos, Edmund se mantenía imperturbable. Sus ojos escaneaban el caos con precisión calculada. Con una simple se?a, sus guardaespaldas comprendieron la orden… eliminar sin ser vistos.
—Busquen a la se?orita. —dijo con voz baja pero cortante —Cualquier enemigo en su camino… elimínenlo sin piedad.
En un parpadeo, sus escoltas desaparecieron entre brumas de humo. No lucharían cara a cara. No hacían ruido, eran sombras. Serpientes venenosas que se deslizaban entre columnas y cadáveres, degollando a sus víctimas antes de que pudieran gritar.
Edmund avanzaba con firmeza. Cada paso suyo era protegido por una muerte silenciosa a su alrededor. La verdadera batalla aún no había comenzado, pero él ya estaba en camino hacia el corazón del conflicto.
Al final, Sandra, como líder del escuadrón, se quedó junto a los suyos para eliminar a los nobles que bloqueaban su paso. No fue una tarea fácil. Lartyr y sus escoltas se apresuraron a proteger a la sabia, pero los guerreros Lacertilians se vieron superados. La marea en su contra era evidente.
?Todos los grandes combatientes están en el frente de la guerra en casa… perdóname primo, me temo que esta vez estás solo…?
Ese pensamiento atravesó su mente como una daga mientras giraba su lanza con maestría, derribando enemigos con barridos elegantes, pero cada vez más desesperados.
Lartyr era un guerrero de Seis Estrellas. Su experiencia en batalla era real, su temple inquebrantable. Pero era joven aún, y su poder, aunque prometedor, no alcanzaba para rivalizar con las élites traidoras que los enfrentaban. Aun así, no dudó, no retrocedió. Sabía que si lograba repeler el ataque, no solo obtendría el favor de los grandes mercaderes, quienes podrían ser potenciales financiadores de la guerra de Tyrant, sino también la consideración de una figura poderosa como madame Lothrim.
Mientras su lanza perforaba el pecho de otro enemigo, sus ojos buscaron el lugar donde se encontraba ella. El panorama era sombrío. Madame Lothrim se mantenía erguida a duras penas, jadeando con su cuerpo tembloroso, y una herida abierta en su abdomen brillaba con un fulgor violeta, venenoso, mágico… e incapacitante.
Frente a ella, Loana se mantenía firme. Como una torre de carne y hueso, su única preocupación era proteger a su maestra. Respiraba con dificultad, pero no abandonaba su guardia, aunque sus manos temblaban por el peso del arma y el corazón.
—Parece que estás en serios problemas, maestra… —dijo Sandra con voz tensa, mirando de reojo la desorganización del campo. Los guerreros de élite habían sido desviados hacia la protección de la realeza de sus reinos, abandonando a la sabia a su suerte. Lothrim había quedado al margen.
—Yo no soy tu maestra… —respondió Lothrim con dolor, cargada de rabia contenida —Debí matarte cuando tuve la oportunidad…
—Sí… debiste hacerlo.
Sandra no contestó más. Los ojos de Loana se humedecieron, pero no bajó la guardia. Dentro de ella, algo se rompía lentamente. La mujer a la que había entregado su lealtad… su alma… ya no la reconocía. ?Cuándo se había quebrado todo? ?Cuándo se volvió este amor un crimen?
Y entonces, en medio de la batalla, entre los gritos de guerra y el acero chasqueando, la vio. Sandra. Su amiga, su hermana de armas, el amor de su vida y… una traidora.
—?Sandra! —rugió Loana, con un grito que desgarró el aire —??Por qué?! ??Por qué, maldita sea?!
Su grito era dolor puro, y reverberó con fuerza por encima del estruendo. Era la voz de una mujer que había sido traicionada.
Sandra la miró desde la distancia. Jugaba con su cuchillo entre los dedos, el filo brillaba como si disfrutara el espectáculo. Sus ojos no solo mostraban odio… sino tristeza.
—Je… ?No me digas que te creíste todas esas cosas? ?La hermandad? ?La lealtad? ?El amor? —dijo con una sonrisa torcida, cargada de amargura —No éramos nada más que piezas, Loana. Y tú… eras la más fácil de manipular.
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Loana dio un paso hacia ella, con los labios temblorosos y el corazón partido. Sus ojos, enrojecidos, buscaban una respuesta… cualquier se?al de arrepentimiento.
—?De verdad no sentiste nada? ?Ni una chispa? ?Ni un solo segundo fuiste sincera?
Sandra bajó la mirada por un momento. Luego alzó la vista y se encogió de hombros.
—Tal vez sí. Pero el mundo no se construye con sentimientos, Loana. Se construye con poder… y yo elegí sobrevivir.
El cuchillo en su mano dejó de bailar. Ahora apuntaba directamente al corazón de su antigua compa?era.
—Y tú elegiste el bando perdedor…
La mirada de Loana palideció. Las palabras de Sandra, la mujer que había amado durante cinco a?os, le atravesaron el pecho con la misma crudeza que un filo traicionero. ?Cómo? ?Cómo no lo había visto antes? Habían compartido días, sue?os, secretos… cuerpos. ?Y todo había sido una farsa?
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, cálidas, cargadas de impotencia. Cada sollozo reprimido dolía como una quemadura. Frente a ella, Sandra se preparaba para arremeter con su cuchilla venenosa, sus ojos ardían con odio, su intención homicida era tan clara como la sangre en su hoja.
Pero Loana, a pesar del dolor que la quebraba por dentro, no lo permitió.
Saltó al frente, interceptando el ataque que iba directo a la debilitada Madame Lothrim. El choque de sus armas creó un estallido de acero que retumbó en el aire a su alrededor. Loana empujó a su enemiga, su ex amante, con un grito cargado de rabia contenida.
—?Sandra, no tienes que hacer esto! —rugió, temblorosa, desgarrada por la traición.
Sandra retrocedió un paso, solo para tomar impulso con más fuerza. Su rostro era una máscara de furia, de resentimiento. No quedaba en él ni rastro de la ternura que alguna vez Loana conoció.
—?Tengo que hacerlo y lo haré! —gritó —?Esa maldita anciana morirá hoy, aunque tenga que atravesarte también a ti!
Sus cejas se fruncieron como pu?ales, los músculos de su rostro se tensaron hasta el límite. Era la viva imagen del rencor ciego. No había espacio para el perdón, solo sangre.
El combate estalló con una velocidad feroz. El cuerpo de Sandra se movía como una ráfaga, cada estocada de su cuchilla corrosiva era precisa, letal, cargada de una técnica afilada por el rencor. Pero Loana, a pesar de su agotamiento, logró interceptar cada uno de los golpes. Su cuerpo temblaba, sí… pero no por miedo. Temblaba por la tormenta emocional que desbordaba su interior.
Cada choque de espadas era un lamento. Cada esquive, un recuerdo destrozado. El ambiente se volvió opresivo, saturado por la tensión entre ambas mujeres. No era solo una pelea. Era el final trágico de una historia de amor.
Y mientras la tormenta rugía en ese rincón del coliseo…
En cierto lugar, los muros de piedra temblaron cuando dos figuras cayeron desde lo alto y se estrellaron en una cámara oscura, oculta bajo la estructura. El polvo se elevó en nubes espesas, y de entre los escombros, Randa rodó con agilidad, aterrizando con los pies firmes sobre el suelo agrietado.
Del otro lado, emergió el sacerdote, sacudiéndose los restos de piedra de la túnica con una calma siniestra.
—Vaya… —murmuró con voz rasposa —Como se esperaba de la Leona de Tenefras… no huyes, ni siquiera ante lo inevitable.
Randa dio un paso al frente. Su espada surgió con un silbido metálico, y su escudo se alzó como una extensión de su voluntad.
—?Bromeas? Hace a?os que no tengo una pelea interesante. —Una sonrisa se dibujó en sus labios —Estaba empezando a creer que mis músculos se habían oxidado…
Sus ojos brillaban. Por dentro, algo vibraba en ella, una chispa que creía extinguida. Desde que fue asignada como madrina de Juliana por orden de la reina, sus días se llenaron de tareas repetitivas. Protección constante, vigilancia, diplomacia. La batalla había quedado atrás. Y aunque amaba a Juliana con el fervor de una loba protectora, el fuego de la guerra en sus venas ansiaba liberarse.
—Esta será una buena forma de estirarme. —declaró, y adoptó una posición firme, lista para embestir.
El sacerdote sonrió con desprecio. Con un gesto de su mano, la oscuridad de la sala se agitó. Símbolos antiguos comenzaron a encenderse en sus manos y surgieron un par de hachas doradas.
—Entonces, danza conmigo, leona. Y déjame arrancarte las garras.
Randa arremetió con el escudo en alto, como un rayo naranja en la penumbra de la sala. El sacerdote, sin perder tiempo, blandió una hacha en cada mano, cruzando ambas armas en el aire con una brutalidad despiadada. Cuando la mujer bloqueaba, él atacaba desde un ángulo diferente. Cada golpe buscaba matar. Cada choque era una declaración de intenciones.
Ella giraba sobre sus talones, esquivaba, avanzaba, retrocedía, marcando el ritmo de una danza mortal. Sus músculos tensos eran de puro acero. Y aunque la falta de aura pesaba sobre su cuerpo como una maldición, Randa se movía con la velocidad y destreza de una fiera acorralada, su escudo golpeó como un martillo de guerra, su espada brillaba como un diente de sol en la oscuridad.
El sacerdote, resollando, levantó ambas hachas y las dejó caer con una fuerza brutal. El suelo tembló al contacto, y una nube de polvo se alzó alrededor. Pero Randa ya no estaba ahí. Se había desplazado hacia un costado con agilidad sobrehumana. Su figura se desvanecía como un cometa anaranjado, impredecible, veloz y letal.
él frunció el ce?o bajo la capucha. Intentó convocar su aura, imponer su fuerza con un grito interior, pero algo lo frustraba. No podía alcanzarla. Era como pelear contra una tormenta que no se deja atrapar.
?Mierda… el plan ha cambiado demasiado…?
Su mente comenzó a divagar. El plan original era claro. Cinnco sacerdotes atacarían simultáneamente la sala de invitados, dominando sin oposición. Pero ahora… ahora estaba solo. Sus hermanos no aparecían. El momento clave había llegado… y nadie acudía al llamado.
??Dónde están? Esto no tiene sentido… tendríamos que haber aniquilado a todos en cuestión de minutos. Algo salió mal…?
La verdad, que aún ignoraba, era que los otros cuatro sacerdotes ya habían sido silenciados en las profundidades del Gorrión Dorado. Eliminados por manos que no esperaban.
—?Oye! ?No te distraigas! —rugió Randa.
La voz fue lo último que oyó antes de sentir un impacto brutal en su mandíbula. El escudo de la amazona le golpeó con tal fuerza que su cabeza giró violentamente hacia un lado, y un chorro de sangre le saltó de la boca. Cayó de rodillas con un gemido, pero logró rodar hacia atrás antes de que la espada lo atravesara.
Se limpió los labios con el dorso de la mano, escupiendo sangre entre dientes.
?Mierda… incluso con su aura sellada, esta mujer… esta mujer tiene el cuerpo de una Décima Estrella.?
El sacerdote se irguió con dificultad, jadeando. Randa ya venía de nuevo. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y deleite, como si el combate mismo fuera un antiguo amor reencontrado.
—?Esto es todo lo que tienes? —se burló con una sonrisa desafiante —?Dónde quedó tu fervor sagrado?
Las hachas chocaron contra el escudo, pero ella no se movió ni un centímetro. Con un rugido, empujó con toda su fuerza, obligando al sacerdote a retroceder. Cada embestida de Randa era un trueno. Cada golpe, una sentencia.
Chispas brotaban del acero con cada colisión. Las paredes de la sala oscura temblaban. El eco del combate rebotaba por cada rincón como un tambor de guerra ancestral.
Al mismo tiempo, en algún lugar, bajo los laboratorios del coliseo, la batalla seguía extendiéndose como un incendio. Pero en ese santuario de sombra y furia, solo una figura se alzaba de entre la penumbra.
Alexa llegó finalmente a las instalaciones subterráneas donde yacía el portal ancestral, el puente entre su mundo y la devastación prometida. Las huestes de la Dimensión Oscura, deformes, silenciosas, listas para arrasar todo a su paso, esperaban con paciencia al otro lado. Cada criatura susurraba, impaciente, ansiosa por desgarrar carne, consumir luz, destruir esperanzas.
Uno de los científicos a cargo se acercó apresurado, con los ojos desorbitados por la excitación.
—?Se?ora! ?Los preparativos están completos! ?En pocos minutos, el portal podrá abrirse, entonces…!
No terminó la frase.
El brazo de Alexa se alzó con rapidez. Su mano lo tomó del cuello con una presión antinatural. La energía vital del hombre fue absorbida al instante. La piel se agrietó, la carne se marchitó, los huesos se ennegrecieron. En cuestión de segundos, no quedaba más que una pila de cenizas flotando en el aire.
El brazo mutilado de Alexa se reconstruyó con un movimiento espiral de su propia magia, brillante y venenosa. Con un voz gélida, ordenó:
—?Sigan alimentando el portal! ?No acepto errores!
Sin más palabras, avanzó con paso firme hacia el monolito arcano. El portal, reconstruido, parecía dormido. Sus líneas de runas oscuras palpitaban lentamente, esperando la chispa de energía final… la chispa que residía en el corazón de Alexa.
—Solo un poco más… solo un poco más…
Su voz temblaba. A pesar de su rostro férreo y mirada fiera, Alexa sudaba frío. Su cuerpo entero vibraba de nerviosismo. Se sentó frente al portal, cruzando las piernas con dificultad, e intentó meditar, pero las manos le temblaban incontrolablemente.
La explosión de energía caótica… aún la veía cada vez que cerraba los ojos. La batalla de siglos atrás, esa en la que casi pierde más que su vida, la marcó profundamente.
—él está débil ahora… esta es mi oportunidad. Si abro el portal, podré terminar lo que comenzó aquella maldita noche…
Pero su energía estaba lejos de ser completa. Cerró los ojos, apretando los dientes.
?Perdí demasiado al quebrantar las leyes de la Dimensión Oscura… dos veces. Cedí la mayoría de mi poder a mi soberano para enfrentar al director… no tengo tiempo. Tengo que recuperarme… ahora.?
Fuera de esa cámara infernal, el coliseo temblaba. El choque entre el soberano y el director partía el aire con relámpagos de maná y rugidos de magia pura. Alexa ignoraba el estruendo. Cada segundo era vital para acumular lo poco que le quedaba.
Mientras tanto…
En el laboratorio falso, muy por debajo del nivel de combate, Joseph y Lendar se encontraban de pie, cubiertos de heridas, restos de vitrinas rotas y sangre por doquier. El silencio se hizo repentino, abrumador. La energía caótica se había esfumado.
Lendar se quedó helado, con el rostro ensombrecido por el desconcierto. Limpió la sangre que le bajaba por la mejilla con un gesto automático, y giró el rostro hacia Joseph, que ya se había levantado.
Los ojos de Joseph ardían con determinación. Elevó ambas espadas con fuerza.
Lendar no respondió. Todavía trataba de comprender lo ocurrido. El caos había desaparecido, como si una fuerza superior lo hubiese absorbido. La presión sobre sus hombros se desvaneció, pero el presentimiento oscuro en su pecho permanecía.
Joseph entrecerró los ojos.
?La energía se fue… ?Cáliban perdió…? No. No lo creo. No tan fácilmente…?
El silencio pesaba como plomo, cargado de presagios. De repente, Lendar recordó que se encontraba en medio de una batalla.
Entonces, en medio del silencio, Lendar desapareció en un suspiro, una sombra fugaz entre el aire inmóvil. La estocada que lanzó fue tan veloz como precisa; Joseph apenas logró bloquearla a tiempo.
—?Maldita escoria! —rugió Lendar, lleno de rabia contenida.
Las espadas de Joseph temblaron ante la presión del impacto. Lendar respondió con una patada brutal al estómago, que lo lanzó por los aires como si fuera un mu?eco sin peso. El alto elfo caminó con arrogancia hacia su víctima, lo tomó del cuello y lo alzó con una sola mano.
Sus ojos dorados brillaban con un desprecio helado mientras lo observaba. Tras unos segundos, dejó escapar un suspiro de falsa lástima.
—?De verdad piensas enfrentarte a mí en este estado?
Joseph, desesperado, intentó canalizar su ánima, invocar a su espíritu, cualquier recurso para liberarse de su agarre. Pero algo invisible lo frenaba, como una pared de hierro contra su voluntad.
—Ni lo intentes. —murmuró Lendar, anticipando sus movimientos —Una poderosa formación ha sido activada. Todo aquel por debajo del onceavo nivel ha sido despojado de su poder… incluyéndote.
—?For… formación? —balbuceó Joseph, ahogado por el estrangulamiento.
Lendar no respondió con palabras. Simplemente lo arrojó contra la pared con una violencia desmedida. Sin darle tiempo para reaccionar, se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo sin pausa. Cada pu?etazo era un estallido de furia que había acumulado en silencio desde que conoció a Joseph y sus aliados.
Durante días, Lendar había so?ado con ese momento. Tenerlos frente a él, indefensos, sin su arrogancia, sin su poder. Quería verlos quebrarse.
—?Tú y tus malditos amigos me tienen harto! —bramó, mientras sus pu?os caían como martillos.
Joseph no podía defenderse. Su cuerpo recibía golpe tras golpe, el dolor se acumulaba, cada costilla se estremecía, cada aliento se convertía en agonía. Y aun así, Lendar no usó su ánima. No lo consideraba necesario. Para él, vencer a Joseph sin siquiera liberar su poder era una humillación más dulce.
Cuando consideró que había castigado suficiente, lo tomó de la pierna y lo estrelló contra el suelo con una violencia brutal. El estruendo resonó en la sala como un trueno contenido, levantando polvo y sangre en el aire.
Lendar lo contempló desde lo alto, con la respiración agitada y los ojos inyectados en odio.
—?Sabes? He esperado este momento. Y me aseguraré de que tus amigos sufran lo mismo. Cada uno pagará el precio por haberme humillado.
Pero sus amenazas vacías no penetraron en el espíritu de Joseph. En lugar de suplicar o quebrarse, el joven alzó el rostro ensangrentado y le dedicó una sonrisa torcida.
—Je… al final, Alec tampoco pudo con mi líder… ?Qué se puede esperar de ti? Dudo que aguantes siquiera el primer golpe de Cáliban…
Lendar le propinó una patada brutal en el rostro a Joseph, lanzándolo varios metros hacia atrás. Su irritación era evidente.
—Confías demasiado en el poder de un demonio… —exclamó con desprecio —Cuando el Soberano asesine al Director, tu líder caerá sin ofrecer mayor resistencia.
Desenvainó su espada con un suave silbido metálico y comenzó a caminar con lentitud hacia él, cada paso firme era cargado de arrogancia.
—Solo eres un mocoso ignorante… no sabes absolutamente nada del mundo real.
Joseph intentó alzar sus espadas, pero su cuerpo no le respondió. La fuerza lo había abandonado por completo. Observó, impotente, cómo su enemigo se acercaba con aire triunfal. La hoja del arma resplandecía bajo la tenue luz de las antorchas, lista para ejecutar su sentencia.
—Tú… no sabes nada… vendiste tu alma a un ser maligno. —murmuró Joseph con esfuerzo, escupiendo sangre.
Lendar soltó una carcajada breve y seca ante el intento débil de hacerlo titubear.
—?Eso es lo mejor que puedes decir? Qué intento tan patético…
Sin mostrar compasión, lo levantó de un brazo como si no pesara nada. Luego, lo arrojó de nuevo contra la pared. El impacto resonó por todo el laboratorio. Aunque Lendar despreciaba a sus enemigos, no mataría a un guerrero indefenso en el suelo; su código, retorcido como era, exigía un mínimo de dignidad.
Apuntó la punta de su espada al pecho de Joseph.
—?últimas palabras, bastardo?
Joseph tenía la mirada perdida. Sus manos temblaban. Su cuerpo se negaba a obedecerle. Aún así, alzó la vista. No con desesperación ni súplica… sino con una serena determinación. Una sonrisa, apenas perceptible, se dibujó en sus labios ensangrentados.
—Je… no eres más que una marioneta, elfo estúpido… aunque muera hoy, no rogaré… no ante alguien tan vacío como tú…
Las palabras calaron. Lendar frunció el ce?o, irritado por el atrevimiento. La burla en la mirada de Joseph ardía más que cualquier hechizo. El alto elfo tensó la mandíbula. Sus dientes rechinaron cuando intentó contener la ira que hervía bajo su piel.
—Bien… —susurró con frialdad —Si solo vas a escupir palabras huecas… entonces no mereces ni una muerte honorable…
Alzó su espada con decisión, apuntando directo al corazón de Joseph. Pero en el rostro del joven no había miedo. No había súplica ni dolor. Solo una profunda lástima que hizo temblar algo en lo más oscuro del alma de Lendar.
Y fue eso, precisamente eso, lo que lo enfureció más.
—?Quita esa maldita mirada!
Con un tajo diagonal y brutal, Lendar abrió el pecho de Joseph. El joven cayó al suelo como un saco sin fuerza. La sangre brotó con violencia, formando un charco que se expandía más con cada latido que lo acercaba a la muerte.
Lendar limpió su espada con desdén, la envainó sin ceremonias y se alejó hacia la salida. Su tarea había terminado. No desperdiciaría un segundo más en alguien tan insignificante.
Joseph apenas podía abrir los ojos. Observó el líquido escarlata que se deslizaba bajo su cuerpo. El frío se apoderaba de sus extremidades y el mundo comenzaba a oscurecerse.
?Cáliban… maestro… lo siento… parece que no podré cumplir nuestra promesa… perdóname…?
Se entregó al silencio, a la oscuridad, dispuesto a abrazar la muerte sin resistencia.
Pero entonces, en la penumbra de su mente, una figura marchita emergió.nUn ni?o. El ni?o lo miraba con ojos vacíos, desprovistos de compasión.
—Te lo dije… —susurró con voz hueca —Este es tu destino. Este es el precio de ser débil. Dejar morir a quienes te amaron… tú los condenaste.
Joseph no podía moverse. Sus ojos reflejaban horror mientras la escena a su alrededor se distorsionaba. Cientos de brazos ennegrecidos surgieron de las paredes, extendiéndose hacia él con lentitud demoníaca. Desde el suelo, emergieron figuras deformes, espectros de su pasado, portadores de su culpa.
Su padre, su madre, su hermano, su hermana menor… todos avanzaban con paso pesado.
—No eres digno de mi legado… —gru?ó su padre, un cadáver marchito con ojos vacíos, que lo contemplaba con desdén.
—Nos dejaste morir… por tu cobardía… —susurró su madre, con los brazos llenos de quemaduras y sangre, cargando el cuerpo sin vida de la peque?a entre sollozos sin lágrimas.
—?Di mi vida por ti! ?Y ni siquiera lograste nada! ?Eres una vergüenza! —rugió su hermano mayor, avanzando con furia. Su cuerpo putrefacto sostenía su propia cabeza entre los brazos.
El ni?o se detuvo frente a él, contemplándolo con desprecio puro.
—Ya no hay escapatoria, Joseph… solo acepta tu destino. Ríndete.
Los ojos del joven temblaban. Su cuerpo no respondía. Su alma estaba al borde del abismo. No podía hacer nada. Todo indicaba que era el final.
?Si… puede que esto es lo que merezco…?

