La energía volvió a recorrer los cuerpos como una llamarada que despertaba a los muertos. Un estruendo de poder resonó en el aire. Noah, cubierto de sangre ajena, se irguió entre los cadáveres de los cultistas que habían osado asediar las gradas. Su respiración era pesada, pero su mirada seguía afilada como una lanza. Detrás de él, los estudiantes que había defendido temblaban, asomándose entre columnas rotas y escombros aún humeantes. El aura que lo envolvía ardía otra vez con una intensidad renovada.
—Parece que puedo usar mi poder otra vez… —dijo Noah con voz grave, girándose hacia Tyrion —Lord Tyrion, debemos abandonar este lugar antes de que algo peor despierte.
—Eh… sí… pero… —el noble miró a los jóvenes detrás de él, aún con el temblor en las piernas —?Qué hay de estos ni?os?
Noah frunció el ce?o. Iba a responder cuando una presencia pesada rasgó el aire. Desde las gradas emergió la figura del profesor Aasmir, imponente, con los ropajes rasgados y el rostro manchado de ceniza. Su voz resonó con el temple de un guerrero curtido en batalla.
—Guerrero… —dijo con solemnidad —Agradezco tu valor. Les has salvado la vida…
Sin decir más, tomó a los estudiantes, cargándolos como si fueran plumas, y los condujo hacia las salidas del coliseo. El director aguardó hasta que las gradas quedaron vacías. Sin embargo, no todos se marcharon.
Los nobles permanecieron. Desde los más humildes hasta los de más alto linaje, todos exigían respuestas. Sus miradas eran cuchillas de desconfianza.
En la sala de invitados especiales, el director habló. Explicó la situación, detalló la emboscada, el poder que selló las habilidades y el caos desatado. Pero no bastó. Los rumores se arremolinaron como tormentas.
—?Madame Lothirm debe ser castigada! —vociferó un duque con los ojos inyectados en ira —?No puede haber otra explicación! ?Estaba coludida con los cultistas!
—?Sí! ?Es evidente! ?Esa bruja siempre fue una amenaza!
Pero entonces, una voz femenina, firme, se alzó entre el tumulto.
—?Mentira! ?Madame fue herida! ?Vi cómo la barrera absorbía su poder! ?Sangraba mientras intentaba defendernos! ?Fue su propia alumna la que la atacó!
—Exacto… —a?adió otro noble —aunque desconozco sus sentimientos, podía verse en su mirada que la chica la odia… y ese odio no tiene límites. Quería matarla aunque le costara la vida.
El silencio se impuso. Las opiniones estaban divididas como una hoja rota por la mitad. Algunos exigían castigo inmediato para los Lothrim. Otros, querían protegerla.
Y entonces, una voz grave cortó el aire como una daga:
—Se?or director… en base a lo que ha dicho. —dijo un conde de rostro viejo —?Qué hará con el joven Lothrim?
El silencio se hizo absoluto. El aire, tenso. El director cerró los ojos. Cuando habló, su voz era como una tormenta contenida:
—El joven Cáliban, líder del gremio anfitrión del evento estelar… lo ha retado a un duelo a muerte. He decidido que el vencedor tendrá derecho a realizar una petición. Cualquiera que sea.
El silencio duró apenas un segundo, luego estalló el caos. Voces alzadas, pu?os golpeando mesas, nobles indignados vociferando con furia resonaron en toda la sala.
—?Esto es una locura!
—?Una farsa! ?Una injusticia evidente!
—?Eso no es un duelo, es un asesinato disfrazado!
La indignación crecía como una ola furiosa. El evento ya había sido cuestionado. Enfrentar a guerreros de, como mucho, tercer rango contra caballeros con el doble de poder y experiencia era, como mínimo, una estafa descarada. Pero esto… esto era insostenible. Un duelo a muerte era una sentencia.
Antes de que el director pudiera calmar los ánimos, una voz cargada de malicia se alzó por encima del bullicio. Uno de los nobles más astutos, un conde de mirada calculadora, habló:
—?Ya veo lo que intenta el director! —dijo, con una sonrisa venenosa —Quiere darle al joven Lothrim una oportunidad. Si sobrevive… podría exigir una indemnización a la sabia. Piénsenlo bien… si lo salvamos… ?No obtendríamos todos un beneficio?
El murmullo bajó. Como si esas palabras hubieran sembrado oro en sus pensamientos. Las protestas se apagaron y fueron reemplazadas por una calma interesada. La avaricia empezó a florecer en las miradas de los presentes. Algunos incluso esbozaron sonrisas discretas.
La realidad era simple. No habían perdido nada. Sus guardaespaldas los protegieron durante el ataque. Sus riquezas permanecían intactas. Y ahora, había una posibilidad de obtener más, simplemente apoyando el combate.
El debate fue breve. La codicia dictó su juicio con mano firme. Al final, la votación fue un 75% a favor del duelo. La minoría que votó en contra fue silenciada por la voz abrumadora del oro.
En los asientos más alejados, Noah, que permanecía junto a lord Tyrion, murmuró con el ce?o fruncido:
—?Está de acuerdo con esto, lord Tyrion?
El noble soltó un suspiro largo y sacudió la cabeza, agotado.
—Solo Dios sabe cuánto aborrezco la naturaleza humana… Estos viejos zorros se arrastrarían por una moneda… aunque eso les costara un alma inocente.
Y como si el destino escuchara su desprecio, una figura emergió de la penumbra. Desde el pasillo lateral, lord Xander avanzó con pasos lentos y seguros. Los nobles callaron. Su figura imponía. Era conocido… y temido.
Sin mirar a nadie, se acercó al director.
—?Se ha llegado a un acuerdo? —preguntó con una voz fría, sin rastro de emoción.
El director asintió con solemnidad.
—La votación ha concluido. El combate se llevará a cabo.
El director observó con detenimiento el rostro de Xander. Buscaba una fisura, un gesto, una emoción que revelara algo. Pero el guerrero no ofreció nada. Solo asintió con calma y, sin emitir palabra alguna, giró sobre sus talones para perderse tras la puerta con la misma frialdad con la que había llegado.
Desde el fondo del salón, Noah lo siguió con la mirada, frunciendo el ce?o con suspicacia.
—?Qué le ocurrió? —preguntó en voz baja.
Lord Tyrion apenas lo miró. Solo negó con la cabeza, como si aquello escapara incluso a su comprensión.
—No lo sé… ha cambiado demasiado en poco tiempo… pero sigue manteniendo esa aura fría que tanto lo destacó.
Xander caminaba por los pasillos solitarios, envuelto en el silencio del mármol y el polvo aún suspendido por la reciente batalla. Su mente estaba distante, pero su cuerpo no bajaba la guardia. Por eso, cuando una presencia se acercó a él en menos de un suspiro, sus músculos se tensaron como una cuerda lista para romperse.
Una mano firme se posó en su hombro.
—Dime, Xander… —dijo la voz profunda del director, caminando ahora a su lado —?Confías en que tu ahijado saldrá victorioso?
Xander no se detuvo. Su mirada seguía fija al frente.
—Cáliban es maduro. No pelearía si no creyera tener posibilidades. Nunca ha sido guiado por el sentimentalismo.
—?Aun con el estado de su cuerpo?
Esa pregunta lo golpeó como un pu?o en el estómago. Xander no respondió de inmediato. Sus pensamientos lo arrastraron al recuerdo de la última conversación con Cáliban, quien, con mirada decidida y voz firme, había rechazado cualquier tratamiento de emergencia.
Xander apretó los dientes. Finalmente, suspiró.
—él ya ha hecho su elección… y yo, como su padrino, solo puedo estar a su lado.
El director no insistió. Acarició su barba, pensativo, intentando leer los pensamientos de un libro cerrado con cadenas.
La arena central comenzó a recomponerse. Piedras resquebrajadas se alzaron en el aire, guiadas por el poder del director. El humo fue disipado y el suelo reparado como si el caos jamás hubiese tocado aquel lugar. En ambas entradas del coliseo, los retadores se encontraban ya listos, envueltos en un silencio cargado de muerte.
Desde la sala de invitados, Madame Lothirm observaba con el rostro pálido. Su herida seguía abierta, palpitante, como si algo vivo la consumiera desde dentro. Solo se colocó un par de vendas para evitar el desangrado pues no quería perderse el combate.
Y entonces, como un susurro espectral, una voz resonó en su mente:
?Se?ora… he intentado todo. He movilizado toda mi energía, pero nada parece afectar la herida…?
Una segunda voz, más grave, se sumó a la conversación mental.
?Temo que esta energía corrupta… no pertenece a esta dimensión. Si intenta usar su fuerza espiritual, podría empeorar. Esta cosa… la está consumiendo desde adentro.?
Una tercera voz, más tenue, se unió al pensamiento.
?Lo siento, mi se?ora… esto supera por completo mis habilidades. Ni la magia de sanación puede tocar esta herida…?
Madame Lothirm frunció el ce?o. Por un instante, sus ojos brillaron con una chispa de resignación. Si ni sus espíritus podían intervenir, entonces ya no quedaba nada más. Solo esperar a que la herida terminara su obra.
Pero morir no le importaba. No realmente. Lo que desgarraba su alma no era la herida, sino la batalla que se avecinaba. Una lucha que jamás debió ocurrir.
Apretó los pu?os con furia, sus nudillos palidecieron.
?Si uno de los dos muere ahí abajo… juro que asesinaré a esos viejos bastardos… aun si eso significa morir a manos de Kasus.?
Su mirada se deslizó lentamente hacia una de las entradas de la arena. Allí, entre sombras, se encontraba Alec. El muchacho que ella había guiado. Su alumno, su mayor orgullo… y ahora, su condena.
Lo miró con una mezcla de tristeza y desesperación. En su rostro se leía duda… miedo… y algo más oscuro. Algo que no quería admitir.
?Alec… ?Por qué hiciste esto??
La pregunta era un tormento que latía en su mente sin descanso. Ninguna respuesta era suficiente. Ninguna excusa podría borrar lo que estaba por suceder.
En el borde opuesto de la arena, Alec aguardaba en silencio. Su semblante era sereno, casi inhumano. Observaba el círculo de combate sin emoción, calculando sus posibilidades. Para él, esta batalla era su victoria. Cáliban estaba herido y desgastado. él, en cambio, conservaba la mayoria fuerza casi intacta. Era cuestión de tiempo.
Pero su mente fue sacudida por una presencia familiar. A su espalda, una voz que no necesitaba ver para reconocer le habló.
—Realmente lo has hecho esta vez, Alec…
Era Loana. Alec no se giró. Cerró los ojos, como si ignorarla pudiera detener lo que venía.
—Si solo vienes a molestarme, ahórratelo. Márchate.
Pero Loana no se movió. Su voz se quebró con una mezcla de rabia y desesperación.
—?Esto es en serio, Alec! ?Has cruzado un límite! ??Qué demonios estás haciendo?! ??Por qué?!
Su voz estalló como un trueno. Ya no podía contener la tormenta que llevaba dentro. Sus palabras eran cuchillas, una tras otra. No por odio, sino por decepción. Por decepción en la traición de un amor no dicho.
Alec finalmente giró el rostro. Su mirada ardía, no con furia, sino con una frialdad que dolía más.
—?Tú también? ?Crees entender todo? No sabes nada, Loana. Ni tú, ni Madame, ni nadie.
Su voz era un filo helado. La guerra ya no era entre dos cuerpos. Era entre vínculos rotos, entre traiciones, entre heridas que no cerraban.
—?Estoy harto! —rugió Alec con una rabia que le desgarraba el alma —?De ti! ?De ella! ?De todos ustedes! ?Solo me usaron y planeaban desecharme en cuanto dejara de ser útil!
Loana retrocedió un paso. Sus ojos, abiertos por la incredulidad, tardaron en procesar las palabras que acababa de escuchar. Aquel no era el Alec que conocía.
—Alec… eso no es cier-
—Sé lo de la cena. —la interrumpió él, con una voz que heló la atmósfera —Lo sé todo.
Loana se quedó inmóvil. Su mirada tembló, su alma se quebró en un suspiro silencioso. Alec bajó ligeramente los hombros, como si ese acto de confesión lo hubiera vaciado por dentro. Su rostro, sin embargo, se endureció con una frialdad que jamás había mostrado.
—La mujer que me crió… —dijo con amargura —La mujer que amé como a una madre. Mi salvadora. Mi guía, mi luz… me cambió… por un nieto perdido que apenas conocía.
—Alec, no sé quién te llenó la cabeza con esas ideas… pero no es verdad. Ella te ama. Nosotros te amamos…
—?Entonces por qué no me lo dijo? —refuto, con una furia contenida. —ni siquiera se molestó en darme una excusa cuando vio que escuché su secreto…
Loana abrió los labios, deseando dar una respuesta que calmara su alma… pero nada salió. Ella tampoco lo entendía. Podía razonar que Madame quisiera compensar a su nieto por el sufrimiento que vivió… pero ?Debía hacerlo a costa de Alec? ?Era necesario apagar una luz para encender otra?
Ese silencio… ese maldito silencio fue más cruel que cualquier palabra. Alec ladeó la cabeza y rió. Una risa amarga y vacía lleno el lugar.
—Tú lo sabías… ?No? —la acusó —No solo lo sabías… también lo aceptaste. Nunca dijiste nada. Ni siquiera intentaste explicarme. Supongo que al final… hay lazos que la sangre simplemente no puede romper.
—Alec…
—?Vete! —ordenó con una voz que no admitía réplica —Si vivo o muero… dile que ya no tiene nada que ver conmigo. Que nunca más me llame su hijo… porque yo ya no soy parte de su historia.
Loana lo miró. Por primera vez sintió que lo había perdido. No como guerrero, si no como su familia.
Quiso hablarle de Sandra. De los secretos del culto. De las cosas que aún quedaban por decir… pero ?De qué servía? Las palabras rebotarían contra el muro que Alec había levantado.
Suspiró. Era el suspiro de quien pierde una batalla antes de que empiece.
Sin decir más, dio la vuelta y se marchó. El corazón le pesaba, y un nuevo miedo comenzó a crecer en su interior. Si Alec mataba a Cáliban… ?Qué le pasaría a Madame? Solo imaginarlo le provocó un escalofrío que heló hasta su alma. Como si el destino mismo estuviera cargando un arma y estuviera a punto de disparar.
Alec volvió su mirada hacia la otra entrada de la arena. Sus manos cruzadas a la espalda temblaban apenas, imperceptiblemente. Su rostro era piedra, pero en su interior, el rugido de pensamientos y emociones lo devoraba. El momento se acercaba. Pronto, el duelo iniciaría. Y nada volvería a ser igual.
Al otro lado de la arena, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre los muros de piedra, Cáliban aguardaba en silencio. Sentado en una vieja banca, su postura era recta, pero su mirada estaba clavada en el suelo con una fijeza inquietante. No había vida en sus ojos. Solo vacío. Un abismo que sus amigos eran incapaces de alcanzar.
A su alrededor, sus compa?eros lo observaban sin saber cómo acercarse. El silencio era espeso, como una bruma que nadie se atrevía a romper.
Reinhard dio un paso al frente, con el impulso de decir algo, de ofrecer algún consuelo. Pero su valentía se quebró al ver el rostro del líder. Y retrocedió.
Cáliban no levantó la vista.
—Líder… —murmuró Dimerian, con la voz entrecortada —?Esto… está bien?
—Está bien. —respondió Cáliban, con un tono apagado, casi mecánico.
Elizabeth, que estaba a su lado, no pudo evitar mirar las cicatrices que se dibujaban en su cuerpo. Eran heridas recientes, aún abiertas. Su voz titubeó.
—Líder… tu cuerpo… no está bien. Si sales así a pelear…
—Está bien. —repitió.
Las palabras eran como una sentencia. Frías e inquebrantables.
Los demás se miraron entre sí. Todos sentían la misma duda, el mismo miedo. Pero ninguno se atrevía a formular la pregunta. La única que latía en sus corazones y les apretaba el pecho.
Astrid se llevó una mano al pecho, intentando contener la ansiedad. Pero fue Nhun quien dio el paso adelante. Su respiración estaba acelerada, sus labios temblaban.
—?Cáliban, necesito saberlo! —exclamó, con la voz quebrada —Necesito… necesito saberlo…
El silencio volvió. El tiempo se detuvo.
—?Ella…? —Su voz se ahogó. Tragó saliva. Intentó completar la pregunta, aun sabiendo la respuesta —?Ella está…?
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Cáliban no respondió con palabras. Solo asintió. Pero eso fue suficiente.
Nhun se desplomó como si el mundo hubiera sido arrancado bajo sus pies. Sus piernas temblaron violentamente y su cuerpo cayó al suelo con una lentitud devastadora. Las lágrimas comenzaron a caer en silencio. No había gritos, solo un murmullo quebrado y una mirada vacía.
Elizabeth y Astrid corrieron a su lado y la tomaron entre sus brazos. Juliana llegó detrás, abrazando a las tres con fuerza, como si el calor pudiera reconstruir lo que se acababa de romper.
Dimerian y Reinhard permanecieron en pie, sin llorar, pero con los labios apretados y los ojos ardiendo. Sentían que debían decir algo. Pero no existía consuelo. No para una verdad como aquella.
Al fondo del pasillo, en las sombras, Liviana, Randa y Edmund observaban en silencio. Cuando vieron las lágrimas de sus se?oras, entendieron que algo irreversible acababa de suceder.
—?Por qué llora mi se?ora de esa manera? ?Sucedió algo?—preguntó Randa, sin esperar una respuesta real, como si el silencio fuera más elocuente que cualquier palabra.
Sin embargo, Edmund respondió con una calma que estremecía por su frialdad.
—Una de sus compa?eras… falleció. Al parecer, era muy cercana a ellas.
Liviana ladeó la cabeza con escepticismo.
—?Qué clase de persona fue, para que incluso la princesa pierda la compostura por ella?
Una voz emergió desde la oscuridad del pasillo, interrumpiendo la incertidumbre.
—Su nombre era Cecilia.
Todos voltearon. Desde las sombras surgió lord Xander, su silueta era firme como una estatua de mármol, sus ojos profundos observaron a los tres con atención implacable. Su sola presencia impuso silencio.
Los tres lo reconocieron de inmediato, pero fue Liviana quien sintió una punzada en el pecho al ver su semblante. Había algo en él… algo que solo aquellos que conocían el precio del poder podían detectar.
Randa fue la primera en hablar.
—Paladín de la Canción de Guerra…
Xander ladeó la cabeza, con una media sonrisa adornando su rostro.
—Leona de Tenefras… ha pasado bastante tiempo.
Ambos se mantuvieron en pie, firmes, mirándose como viejos oponentes de una batalla aún no olvidada. Una tensión gélida recorrió el pasillo, como si una historia dormida hubiese sido despertada.
Entonces, Xander extendió la mano en se?al de saludo. Fue un gesto simple, pero cargado de respeto. Randa dudó. No le gustaba tratar con hombres de otras razas… pero Xander no era un hombre cualquiera. Su nombre tenía un peso casi sagrado en Tenefras. Y ese respeto era más fuerte que sus prejuicios.
—Así es… —murmuró ella —No te veía desde la Gran Ordalía. Lamento lo de tu esposa… escuché que ni siquiera la Mano de la Madre pudo curarla.
Xander bajó ligeramente la mirada, como si aceptara la compasión sin permitir que lo dominara.
—Está bien. Mi esposa… ahora se encuentra mucho mejor.
—Alabada sea la Madre de Madres… —respondió Randa solemnemente.
Fue entonces cuando Liviana dio un paso adelante y se inclinó con una reverencia formal.
—Maestro Hilloy… es un honor volver a verlo. En nombre de su majestad, le envío sus saludos.
Xander agitó la mano con un gesto despreocupado, casi paternal.
—Joven valkiria, no hay necesidad de tanta ceremonia.
Liviana se enderezó con elegancia, aunque su mirada seguía analizando a Xander con un respeto absoluto. Observó su cuerpo. No quedaban heridas, no había cicatrices visibles. Cada parte de él irradiaba vitalidad y equilibrio. Su rostro, antes severo por la edad y las batallas, se veía más joven, más completo.
Ella solo había visto ese tipo de transformación una vez… en un maestro que había cruzado el umbral entre el mundo de los hombres… y el poder que los dioses no conceden sin precio.
—Parece que ha logrado un avance… ?Mis felicitaciones, se?or! —dijo Liviana, sin poder ocultar la sorpresa en su voz.
—No es nada. —respondió Xander con humildad medida —?Cómo ha estado William?
Liviana se sobresaltó. El nombre del monarca raras veces era pronunciado sin título o reverencia, pero aquel hombre tenía derecho. Solo él podía hablar así sin ser corregido.
—El rey goza de buena salud. Le haré llegar sus saludos, si lo permite.
Xander asintió con cortesía. Pero en ese momento, una tensión diferente emergió en el aire.
Los ojos de Edmund se cruzaron con los de Xander. Ambos se observaron con atención, con la mirada de quienes conocen el peligro incluso en los silencios. No hubo hostilidad, pero sí una evaluación mutua. Un duelo de naturalezas.
—?Y usted es…? —preguntó Xander, sin apartar la mirada.
—Edmund, de la antigua Casa de los Nosferatus. He oído muchas historias sobre usted… —respondió con tono refinado, mientras extendía la mano. Su piel, pálida y curtida por los a?os, contrastaba con sus u?as largas y afiladas. La mayoría habría dudado en tomarla.
Pero Xander no era como la mayoría.
—Un gusto, Edmund. —Estrechó su mano con firmeza, sin arrogancia, ni miedo.
Edmund alzó una ceja, satisfecho. Por primera vez en a?os, sintió que no era juzgado por lo que era. Sin embargo, mantenía una mirada inquisitiva, después de todo, es difícil aceptar buena voluntad cuando se ha sido juzgado durante mucho tiempo.
—Veo que no es un hombre de mente estrecha, lord Hilloy.
—Las únicas criaturas que no soporto… —intervino Xander, con voz firme —son los partidarios del culto. Sean humanos, elfos o nosferatus… si caminan en esa dirección, no encontrarán piedad en mí.
Liviana frunció el ce?o con aprobación. No le gustaban los discursos tibios, y ese no lo era.
Edmund asintió con comprensión, acariciando su espesa barba blanca con un gesto reflexivo. él también odiaba a los partidarios por osar tocar a su protegida, tampoco tendría piedad si llegara a encontrar alguno. Luego, con una voz más suave, lanzó la pregunta que hasta entonces nadie se había atrevido a formular:
—Lord Hilloy… dígame, si es tan amable. ?Quién era esta joven por la que mi se?ora llora con tanto pesar?
La expresión de Xander se ensombreció. Sus ojos, antes templados, se volvieron pesados con el recuerdo.
—Su nombre era Cecilia Thorm. —dijo sin titubear, como si pronunciarla mantuviera viva su memoria —Era una buena chica. Noble no sólo por nacimiento, sino por alma. Amable con todos, sin importar raza, rango o procedencia. Para ella, lo importante era el corazón, no el linaje.
Hizo una breve pausa, su mirada se perdía en alguna escena del pasado.
—Ella y las jóvenes compartían algo más que compa?erismo. Se entendían. Cecilia no veía diferencias… solo la amabilidad en cada uno. Y aunque no poseía gran fuerza, no dudó ni por un instante en arriesgar su vida por los demás.
El silencio que siguió a sus palabras fue profundo. No incómodo, sino sagrado. Como si, por un instante, el mundo mismo se hubiera inclinado ante el recuerdo de la joven caída.
Los tres escucharon las palabras de lord Xander con atención contenida. Ninguno se atrevía a interrumpirlo. Sus miradas, sombrías, se dirigieron hacia sus se?oras, aún llorando en silencio desde la lejanía. Conocían bien sus historias. Sabían lo que aquella joven significaba. Una verdadera amistad… no se encuentra en cada esquina.
Xander inhaló con serenidad, como aquel que lleva en el pecho un peso que no le pertenece, pero decide cargarlo igual.
—Bueno… —dijo, con tono suave —Temo que debo dejarlos. Me espera un deber importante.
Giró lentamente, con las manos cruzadas a la espalda y el andar tranquilo, aunque en su mirada flotaba una leve melancolía. Los tres lo observaron alejarse, en silencio, con un respeto implícito en cada mirada. Luego, sus ojos volvieron a la arena, donde una escena de alto peso emocional comenzaba a desarrollarse.
Xander se presentó ante Cáliban. El joven aún estaba sentado, como una estatua en la penumbra. Su mirada seguía fija en el suelo.
—Los nobles han llegado a un acuerdo. —anunció Xander con su voz tranquila —Han aceptado las cláusulas del enfrentamiento.
Cáliban no levantó la cabeza. Solo asintió.
—Llévatelos a las gradas. —ordenó con voz profunda y firme.
Xander asintió sin cuestionarlo. Se volvió hacia los chicos y les indicó que lo siguieran. Aunque ninguno deseaba dejar a su líder solo en ese momento, sabían que así debía ser.
Los minutos se alargaron como siglos mientras caminaban por el pasillo, en dirección al punto más alto de las gradas, donde tendrían la mejor vista del duelo. El aire era espeso y la tensión palpable.
Liviana, con una mano en el pecho, se acercó a Astrid con cortesía.
—Se?orita… si lo desea, puedo llevarla a la sala para invitados especiales. Será más cómodo allí…
Pero Astrid negó con la cabeza antes de que pudiera terminar la frase. Juliana y Elizabeth también se negaron. Las tres caminaron en silencio hasta las gradas, sentándose junto a Nhun, que aún lloraba con el rostro oculto entre las manos. Nadie dijo nada. El silencio era su única compa?ía.
Randa, Liviana y Edmund se ubicaron unas filas detrás, separados, pero atentos. Eran guardianes silenciosos, testigos de un dolor que no podían curar.
Reinhard observaba la arena con el ce?o fruncido, concentrado, cuando una mano repentina se posó en su hombro. El susto lo hizo girar bruscamente, pero al ver el rostro que tenía frente a él, su expresión cambió de golpe.
—?Joseph!
Las miradas se volvieron hacia el joven que acababa de aparecer. Parecía otro. Su cuerpo, aunque mostraba se?ales de haber combatido, no tenía heridas abiertas ni marcas profundas. De hecho, algo más llamativo aún. Todas las se?ales del da?o que había sufrido habían desaparecido. Su piel lucía tersa, sus músculos más firmes. Era como si el tiempo hubiera retrocedido en su cuerpo.
Dimerian se le acercó con ojos abiertos de incredulidad.
—Joseph… ?Qué te pasó?
—?Estoy bien! —exclamó Joseph, acercándose a ellos con una sonrisa contenida. Su voz bajó a un susurro mientras se agachaba —El portal fue destruido… ?Ganamos!
Pero nadie respondió con entusiasmo. No hubo ningún grito de victoria, no hubo ninguna expresión de alivio. La atmósfera, en lugar de aligerarse con la noticia, se volvió aún más densa. El peso del duelo inminente colgaba sobre ellos como una nube de plomo.
Joseph notó el cambio inmediato en los rostros de sus compa?eros.
—?Qué sucede? —preguntó, su voz perdió fuerza —?Dónde está Cecilia?
Reinhard tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada. Dio un paso hacia él, pero antes de pronunciar palabra, su primo Lartyr apareció entre la multitud, llamándolo con urgencia. Reinhard se disculpó con una mirada grave y se alejó rápidamente.
Joseph se sentó en el lugar que su amigo había dejado libre, junto a Dimerian. Lo miró con ansiedad contenida.
—Joseph… —empezó Dimerian con un hilo de voz —Ella…
Y entonces, sin pausas, le contó todo. Cada detalle.
Los ojos de Joseph se nublaron. No lloró, pero sus manos temblaban, apretadas contra sus muslos. Su garganta ardía, la ira palpitaba en su pecho. Quería maldecir a los cielos. Quería romper algo. Quería hacerle pagar a Alec y gritarle a la diosa por aquello.
Pero se contuvo. Aunque apenas.
—Cáliban… —susurró —?Peleará?
Como si el destino respondiera su pregunta, el director apareció en el centro de la arena. Su figura se alzó como un monumento de poder. Alto, sereno y con la túnica agitada levemente por el viento. Su mirada estaba fija en los dos que se aproximaban desde extremos opuestos de la arena.
Cáliban y Alec.
Ambos caminaban con paso firme, sin desviar la vista. Cáliban no levantó los ojos del suelo ni una sola vez. No necesitaba mirar a Alec para saber a quién enfrentaba. Su expresión era de una calma rota. Una calma donde se esconde la tormenta.
Alec, por otro lado, tenía el rostro endurecido. Desprovisto de duda o de emoción. Era un muro.
Cuando llegaron al centro, cara a cara, el director alzó la voz con autoridad:
—?Se ha llegado a un consenso durante la reunión con los nobles de la academia! Este enfrentamiento ha sido aprobado. ?El vencedor obtendrá el derecho de exigir una recompensa acorde a su posición!
Un murmullo se propagó entre las gradas. Joseph apretó los dientes.
—Entonces… ?Alec podrá salir impune de todo esto?
Dimerian, asintió con pesar. Su mirada no se apartaba de los combatientes.
—No sabemos qué planea el líder… —dijo con voz baja —Solo podemos confiar en él.
Joseph volvió la mirada a la arena. Su corazón latía como un tambor de guerra. Cáliban no solo estaba a punto de luchar por honor… estaba por cargar sobre sus hombros el peso de todos.
—?Ahora que todo ha quedado claro! —continuó el director —?El enfrentamiento se regirá por las reglas oficiales de la academia para duelos formales! ?Un duelo a muerte solo puede realizarse si ambas partes están de acuerdo! ??Aceptan los términos?!
—?Sí! —respondieron ambos al unísono, sin vacilar ni un instante.
Sus voces resonaron con tal firmeza que muchos en la sala se estremecieron. No había miedo en ellos. Solo determinación.
—?Entonces, en presencia de estos testigos, este combate queda validado! —proclamó el director —?Se prohíbe el uso de artefactos externos! ?Solo podrán emplear habilidades y técnicas propias! ?Ambos tienen derecho a portar, o no, un arma de su elección! ?El combate se detendrá únicamente si ambas partes lo acuerdan… o si uno de los dos muere!
La última sentencia cayó sobre el público como una losa. Muchos contuvieron el aliento. Aquello ya no era una prueba, ni un acto de disciplina. Era una ejecución disfrazada de justicia.
—?Dicho esto…! —Kasus alzó la mano hacia el cielo. Un peque?o destello mágico brotó de su dedo, estallando como un fuego artificial sobre la arena —?Yo, Kasus Delion, director de la Academia Grand Delion, declaró este combate… oficialmente iniciado!
Y sin que nadie viera cómo, su figura desapareció del centro de la arena, reapareciendo en el palco de los invitados, justo al lado de Madame Lothrim.
Ella lo fulminó con la mirada, sus ojos eran fuego contenido.
—?Ya estás satisfecho? —le reprochó, con el tono seco del desprecio.
—No me mires así, Valeria. —respondió Kasus con una sonrisa irónica, acariciándose la barba —Sabes tan bien como yo que este es el mejor resultado que podías esperar. Si Alec mata al muchacho… él queda impune. ?No era eso lo que querías?
—?Crees que sacrificar a ese joven me haría feliz? —replicó con rabia contenida —??De verdad piensas que esto ganaría mi favor?!
El director alzó una ceja, sin inmutarse. Su mirada se tornó inquisitiva y afilada.
—Ese joven aceptó el duelo. Sabe que Alec lo supera en poder y que sus heridas son graves. Enfrentarlo es un suicidio. Y, aun así, aceptó. —Hizo una pausa, observando su rostro de cerca —O acaso… ?Ese muchacho significa algo para ti?
El silencio de Madame fue más revelador que cualquier palabra. Su mirada, llena de ira muda, hablaba por sí sola. Kasus lo sabía, sabía que ocultaba algo. Habían sido compa?eros de estudios, aliados en misiones imposibles. Sabía reconocer el temblor detrás del orgullo.
?Si lo reconozco… los nobles lo sabrán… y podrían ir tras él.?
Kasus desvió su atención con indiferencia fingida y volvió a centrar su mirada en la arena.
?Hmm… ?Por qué tanto interés en este joven?? —reflexionó en silencio ?Incluso suplico una cena especial… solo para hablar con él.?
El director Kasus meditó unos segundos, oculto tras una máscara de falsa neutralidad. Conocía bien al joven Cáliban, más de lo que muchos creían. Sabía de su gremio, de su creciente influencia, y de los vínculos que había forjado con las princesas y principes. Incluso Bardrim, el se?or del Emporio Negro, había ofrecido su bendición en una relación de negocios. Kasus cerró los ojos unos instantes, sonriendo por dentro.
?No importa… en cuanto Alec esté débil, me acercaré… y robaré el alma de la diosa.?
Se cubrió la boca con una mano, como si analizara el duelo. Pero tras sus dedos, se asomó una sonrisa retorcida de dientes afilados y oscura euforia.
?Si Alec vive o muere… no cambiará nada. Absorberé a la diosa igualmente. Y con su espíritu atado, podré convertir a Alec en mi esclavo… y a través de él, doblegaré a Valeria y su organización. ?Tendré a una sabia bajo mi yugo! ?Un ejército de herederos mágicos a mi servicio! Oh… sin importar el resultado… ?Todo son beneficios para mí!?
Su alegría fue tanta, tan eufórica, que sin querer dejó escapar un fragmento de su energía divina. Una oleada sutil, pero corrupta, cruzó el aire como un susurro de muerte.
Inmediatamente, recobró la compostura y escaneó con la mirada la sala. Nadie parecía haber notado nada. Ni los nobles, ni los guardaespaldas, ni siquiera Valeria.
?Maldición… me dejé llevar.?
Suspiró con aparente alivio… pero su suerte estaba a punto de cambiar.
Desde la arena, unos ojos se alzaron con lentitud. Fríos y penetrantes. Cáliban, el joven guerrero, aún herido, sintió ese estremecimiento. Ese eco oscuro no le era desconocido.
?Esta energía… no puede ser…?
Su memoria lo transportó a la segunda prueba en la academia, cuando algo impuro rozó su conciencia entre el bullicio de los estudiantes. Algo que no pertenecía a este mundo.
?Así que… aqui estas. Mago oscuro…?
La mirada de Cáliban se tornó sombría, su expresión se endureció. Luego la desvió, clavándola en Alec, quien ya se preparaba para atacar.
?Aún no es el momento… primero debo encargarme de él.?
Frente a él, Alec levantó su espada. La hoja brilló con un fulgor opresivo. Su cuerpo comenzó a vibrar con una energía abrasadora.
En un instante, una gran oleada de poder estalló desde su interior. El suelo tembló bajo sus pies. Su ánima resonó con un rugido sobrenatural, como un trueno rompiendo el cielo.
Y entonces, se manifestó.
Un espíritu de combate de alto nivel emergió desde su espalda. Un coloso de luz violeta tomó forma, envuelto en una armadura mística, con una lanza en una mano y un escudo fracturado en la otra. Sus ojos brillaban con furia ciega, y su presencia se sintió como un juicio inminente.
La sala se llenó de murmullos ahogados. Algunos se pusieron de pie. Otros tragaron saliva.
Glandeir levantó su pu?o al cielo, dejó ir su lanza y su escudo. La energía violeta que lo rodeaba se condensó en una espada titánica de pura luz corrupta. La hoja vibró con un chillido sobrenatural mientras apuntaba directamente a Cáliban.
—?Es hora de acabar con esto! —rugió el elemental, con voz gutural y colérica —?Haz salir a esa cucaracha para que pueda aplastarla de una vez! ?He esperado demasiado por este momento!
En las gradas, Loana frunció el ce?o, inquieta.
—Incluso Glandeir… —murmuró —Parece que también guarda rencor hacia Cáliban. Pero… ?Por qué ha cambiado de color?
—Ha sido corrompido. —susurró Madame Lothrim, con una expresión sombría —Ese espíritu ya no es puro… y Alec tampoco.
Desde el otro extremo de la arena, Liviana observaba con atención, aunque una sombra de compasión cruzó su rostro.
—Ha alcanzado el nivel de Manifestación… el pobre chico no podrá resistir mucho contra eso.
—Tan joven y ya puede forzar la Manifestación de su ánima… es indudable que tiene talento. —a?adió Edmund, asintiendo con gravedad.
Randa, por su parte, permaneció en silencio. No se permitió comentarios apresurados. Solo observó con mirada analítica y brazos cruzados.
?Usar Manifestación incrementa el poder del invocador, trayendo al espíritu al plano físico… pero el costo energético es brutal. No es común abrir un combate así. Supongo que Alec quiere terminar esto rápidamente.?
Cáliban no se movió ni un centímetro. No mostró miedo, ni siquiera tensión. Levantó la mano con total serenidad y pronunció con voz firme:
—Adelante… Ocelotl.
Una sombra líquida emergió desde sus pies, como alquitrán vivo arrastrándose por la arena. Un sonido metálico comenzó a retumbar. El crujido de una armadura antigua estremeció el suelo. Desde aquel abismo negro, una mano forrada en acero oscuro rompió la superficie. Luego, el brazo. Después, el torso.
Una figura colosal comenzó a alzarse. El cuerpo de un caballero negro imponente se hizo presente, cubierto por una armadura maciza decorada con marcas arcanas en rojo oscuro. Su presencia era pesada, casi agobiante. No irradiaba luz… sino vacío.
Liviana se incorporó en su asiento, con los ojos desorbitados.
—?Manifestación? —susurró, sin poder creerlo —??él también puede hacerlo?!
—?Eso es… un gólem? —preguntó Randa, entrecerrando los ojos —?A qué elemento pertenece? Nunca he visto uno semejante…
Edmund no respondió. Su mirada permanecía clavada en la criatura. Analizaba, comparaba, y aun así, no encontraba una categoría exacta para Ocelotl. Parecía que aquello no era un simple espíritu de combate.
Desde las gradas, Loana llevó una mano a sus labios, conmocionada. Las chicas que aún lloraban por Cecilia dejaron escapar un suspiro contenido al ver a Cáliban firme, tan inquebrantable como siempre.
—??Manifestación?! —exclamó Loana, aún sin creer lo que sus ojos veían —??A una edad tan joven?!
Madame Lothrim asintió lentamente, con los ojos clavados en la arena, sin apartar la vista de su nieto.
—Cuando visité la Casa de los Especiales… —dijo en voz baja —Cáliban y Alec tuvieron un roce. No llegaron a pelear con todas sus fuerzas, pero vi suficiente. Aquel día… también me sorprendió. Aún más que ahora.
La arena entera guardó silencio. Una tensión invisible se acumulaba entre los dos combatientes. Ambos espíritus, manifestados, vibraban con poder. Uno era una aberración corrompida de luz violeta, sedienta de sangre. El otro, una entidad oscura, silenciosa, cuyo simple andar hacía que el suelo se agrietara.
En el campo de batalla, Cáliban se mantenía firme, con la mirada fija en Alec. No había odio en sus ojos, sólo una determinación pura y absoluta. A su lado, Ocelotl, empu?aba una espada que imitaba la antigua arma de su amo, pero la bajó sin intención de atacar. No necesitaba órdenes. La conexión que lo unía a Cáliban era tan profunda que bastaba un pensamiento para entender su voluntad.
Frente a ellos, Glandeir bufó con furia. Su cuerpo de luz corrupta vibró con violencia.
—?Levanta tu arma, espectro cobarde! —bramó —??Enfréntame como se debe!!
Pero Ocelotl negó con la cabeza. Su respuesta fue serena… y demoledora.
—No eres digno de que la desenvaine.
El rugido que escapó de Glandeir sacudió la arena.
Mientras tanto, Cáliban cerró los pu?os con fuerza. Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino por la presión de la ira y el dolor ardiendo en su interior como lava viva. Cecilia, el culto, Alec, el director. Todo pesaba sobre sus hombros, pero él no retrocedería.
A lo lejos, Noah observó con detalle la pelea.
—Vamos… muéstrame qué harás… —susurro a si mismo.
De repente, Alec y Glandeir se lanzaron al frente, envueltos en un resplandor de luz púrpura. La arena tembló bajo sus pasos, y una onda de energía sagrada, te?ida de corrupción, cortó el aire como una cuchilla divina.
Cáliban no se movió.
Sus ojos se cerraron por un instante. El mundo se apagó a su alrededor. Y entonces, con voz baja, apenas en un susurro helado, pronunció:
—Alec… me aseguraré de que recibas tu castigo.
Inhaló profundamente. El aire quemaba en sus pulmones. Y al exhalar, su grito fue como un trueno que envolvió la arena:
—?Ars Belica!
Una explosión de energía estalló a su alrededor. El suelo bajo sus pies se resquebrajó, y Ocelotl rugió con un eco ancestral que hizo vibrar incluso a los nobles más alejados de la arena. El aura de Cáliban se elevó como una llama cargada de intención letal. El verdadero combate acababa de comenzar.

