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Capítulo 124: Pídeme lo que quieras

  Como había ordenado, Xander informó a sus compa?eros. En cuanto supieron que su líder había regresado, el castillo se volvió un hervidero de voces y pasos apresurados. Las piedras del suelo parecían vibrar bajo el frenesí. Gritos, risas, exclamaciones; todos corrían de un lado a otro, dejando una estela de caos en los pasillos.

  El despacho de Cáliban pronto se llenó de voces atropelladas y respiraciones agitadas.

  —?Mocoso! ?Necesito tu ayuda en la forja, ahora! —bramó Bardrim, tan áspero como el metal sin pulir.

  —?Jefe! ?Encontré algo muy raro bajo El Gorrión Dorado, es... es indescriptible! —exclamó Adelina, con los ojos muy abiertos, casi delirantes.

  —?Cáliban, tienes que ir a la Casa! ?Es un desastre total! —gritó Reinhard, jadeando.

  —?Líder, nos van a matar! ?Nos van a cazar uno a uno! —dijo Dimerian, temblando como una hoja al viento.

  —??Cómo entrenas tu espada?! ?Por favor, dime tu secreto! —suplicó Astrid, aferrándose al filo del escritorio.

  —?Líder, entrena conmigo, por favor! ?Lo necesito, no tengo tiempo! —reclamó Juliana, con los pu?os cerrados.

  —?Líder! ?Encontramos una puerta dorada con símbolos antiguos! ?Tiene historia, magia! ?Deberíamos...! —intentó explicar Elizabeth antes de ser interrumpida.

  Las voces se amontonaban unas sobre otras como una avalancha de caos. Cáliban, en su sillón de respaldo alto, cerró los ojos con furia contenida. Su mandíbula se tensó. Un tic nervioso le cruzó la ceja izquierda. De pronto, movió un dedo apenas, y el silencio cayó como una losa.

  Todos quedaron suspendidos en el aire, flotando como marionetas sin hilos. Sus bocas seguían abiertas, pero ningún sonido salía.

  Desde la entrada, Xander y Joseph observaban el espectáculo.

  —Incluso yo me estaba desesperando... —murmuró Joseph con una mueca.

  Con el mismo gesto sutil, Cáliban dejó caer a todos suavemente al suelo. Luego se puso de pie con lentitud.

  —Ahora. Todos afuera, excepto Bardrim y Adelina. A los demás los atenderé en su momento.

  Sin discutir, los chicos abandonaron la sala. Incluso Xander y Joseph desaparecieron por el pasillo. El silencio volvió, denso y expectante.

  —Muy bien. —dijo Cáliban, cruzando los brazos —?Qué tiene tan alterado al maestro herrero número uno del continente?

  Bardrim se acercó con pasos duros como martillazos. Su cara era un mapa de frustración.

  —?No juegues conmigo, ni?o! ?Todo esto es culpa tuya!

  Cáliban alzó una ceja con calma.

  —Te escucho…

  —?Es esa perra de la Bruja del Invierno! —escupió Bardrim —La reina de Kindratt ha estado hablando conmigo a través de su hija. Me pidió que, como disculpa, forjara el mejor collar que haya existido. Llevo siete días, ?Siete malditos días!, sin parar. Cada vez que termino una obra maestra, ella la desprecia. ?Dice que no sirve, que no es “suficientemente digno”!

  Sus pu?os golpearon el escritorio con tal fuerza que una lámpara tembló. Sus ojos ardían, como si el fuego de la forja hubiese entrado en su alma. Cáliban no respondió de inmediato. Lo observó en silencio.

  Cáliban se limpió la saliva que había acabado en su ojo con calma, luego preguntó con voz serena, como si la situación no le perturbara en absoluto.

  —?No puedes simplemente mandarla al demonio?

  —No... —respondió Bardrim, dejando caer los hombros —Al principio pensé que si me mostraba firme, podría evitar un problema mayor. Pero lamentablemente, la princesa intervino. Se puso en contacto directo con la reina. Y entonces... dijo que podía pasar por alto el asunto si le forjaba una joya que cumpliera con estas especificaciones...

  Sacó una hoja arrugada de su delantal ennegrecido por el hollín y se la extendió a Cáliban. Este la tomó y leyó en silencio, mientras el maestro herrero continuaba desahogándose con una voz cargada de rabia contenida.

  —He cumplido cada uno de estos requisitos. Cada uno. Y aun así, nada parece complacerla. Ayer me dijo que suspendería el suministro de Acero Frío a Duvengard si no le entrego una obra maestra antes de que termine el a?o. ?Desde entonces tengo que soportar a esa mocosa altiva, caminando por mi forja como si fuese su trono personal!

  Cáliban dejó la hoja sobre el escritorio con un gesto pensativo.

  —Interesante… ?Y dependes mucho del Acero Frío?

  —Yo no. —gru?ó Bardrim —Pero la maquinaria de Duvengard sí. El Acero Frío es esencial. Es lo único que aguanta las temperaturas del Volcán Ardiente. Lo usamos para las válvulas, los respiradores, los moldes... sin él, se paraliza todo. Es vital para mantener funcionando la isla. Por eso estoy… al límite.

  Cáliban cerró los ojos un momento, dejando que el silencio habitara la sala. Su respiración era lenta y medida. Luego habló con firmeza.

  —Entiendo… Te metiste en este embrollo por mi culpa, así que, por supuesto, te ayudaré.

  Bardrim se rascó la cabeza. Bajo la piel curtida, las ojeras se hacían notar. Sus párpados pesaban como planchas de plomo.

  —?Qué vas a pedirme ahora? —preguntó, más curioso que molesto.

  Sus miradas se cruzaron, y por un instante, el enano dejó de fruncir el ce?o. La intensidad de Cáliban, esa energía contenida y serena, lo obligó a relajarse.

  —Gracias… por tu ayuda. —dijo finalmente, con voz más suave —Si no hubieras estado ahí, tal vez los chicos no habrían sobrevivido. Por eso… te concedo el derecho de pedirme lo que quieras. Mientras esté en mi poder… será tuyo.

  El maestro herrero guardó silencio durante unos segundos. Pensaba, con el ce?o fruncido y los ojos fijos en un punto invisible del escritorio. Había algo en la forma de hablar de Cáliban que le removía recuerdos antiguos, profundamente enterrados. Le recordaba a su maestro... aquel hombre enigmático, sabio, que parecía conocer los secretos del mundo.

  —En ese caso... pediré que respondas unas preguntas. —dijo finalmente —Pero debes hacerlo con sinceridad absoluta.

  Cáliban entrecerró los ojos, intrigado.

  —?Estás seguro de que eso es todo lo que deseas?

  Bardrim asintió con seriedad, sin dejar espacio para réplica. Su expresión no admitía discusiones.

  —Muy bien... si así lo quieres, pregunta.

  El enano respiró hondo. Su voz, al hablar, fue más suave, casi vulnerable.

  —Tú... Cuando te conocí, pensé que eras un joven marcado por la fortuna, como yo. Creí que habías sido rescatado por un maestro de otro mundo... Pero ahora que te veo, que te observo actuar, sé que no es así. Así que... mi pregunta es simple. ?Tú vienes de otro mundo?

  Un silencio pesado se instaló en la habitación. Cáliban bajó ligeramente la cabeza, sus ojos se clavaron en la madera del escritorio. Adelina, en silencio, apretó las manos contra su pecho. No lo parecía, pero estaba tan ansiosa como Bardrim. En el fondo, quería saber a qué clase de entidad le había jurado lealtad.

  —Así es… —respondió finalmente Cáliban, con una voz tan baja como el viento al amanecer.

  Bardrim no pesta?eó.

  —?Ese mundo es más avanzado que el nuestro?

  —Por mucho.

  —?Eres malo?

  Cáliban levantó la vista. Su voz se volvió firme y cortante, como el filo de una espada templada.

  —Destruyo a mis enemigos. Protejo a mis aliados. Tú decides qué significa eso.

  El silencio volvió, pero esta vez fue breve.

  —Bien. —dijo Bardrim —Eso es todo.

  Cáliban lo miró con sorpresa. Incluso Adelina alzó una ceja, perpleja.

  —?Eso es todo? ?Estás seguro de que no quieres preguntar más?

  El enano soltó una carcajada ronca, con ese tono rasposo que le era tan característico. Pero esta vez, no había sarcasmo, solo una risa limpia y sincera.

  —?De qué me serviría? No soy de los que se meten en la vida de los demás. Además, alguien que destruyó una secta de degenerados y fanáticos no puede ser malo por naturaleza. Con el poder que tienes, si quisieras conquistar el mundo ya lo habrías hecho… Así que te creo.

  Se inclinó hacia adelante, con una sonrisa ladina.

  —Pero si tienes por ahí algún manual raro de herrería, no estaría mal que me lo prestaras.

  Los ojos de Bardrim brillaron con una avaricia tan pura que rozaba lo infantil. Cáliban suspiró, agotado, pero no sorprendido. De hecho, comprendía perfectamente al maestro herrero.

  ?Si puedo llevarme bien con alguien así… ?De qué me serviría el oro, la fama o el poder? Para un herrero… el conocimiento es el verdadero tesoro.? —pensó Bardrim.

  —Ya veo… —murmuró Cáliban, volviendo lentamente la mirada hacia Adelina.

  Ella se encogió ligeramente ante su atención repentina, moviendo las manos con nerviosismo, como si tratara de ocultar algo.

  —?Tienes algo que informar? —preguntó él con calma.

  Adelina asintió con torpeza.

  —Está bien… puede esperar. Para mostrártelo tendríamos que ir al distrito rojo de Hilloy. —dijo, sin ocultar cierta incomodidad.

  —Bien. —asintió Cáliban —En ese caso, llama a Dimerian, Reinhard y Joseph. Que pasen primero.

  Adelina vaciló un segundo más de lo necesario. Estaba claro que deseaba quedarse a solas con él. Cáliban, que no necesitaba demasiada intuición para notarlo, así que sonrió con un aire despreocupado.

  —?Tú también quieres una recompensa?

  —?No me atrevo! ?No me atrevo! —replicó rápido ella, llevándose una mano al brazo rúnico —Ya me has dado esto… no creo tener derecho a pedir nada más…

  Cáliban negó con la cabeza, su expresión se volvió más firme, casi solemne.

  —Eso fue parte del trato que hicimos. No tiene nada que ver con recompensas. Si deseas algo, dilo.

  Adelina tragó saliva. Su mente se debatía entre el deseo y la duda. No sabía si debía, si podía… ni siquiera sabía con certeza qué límites tenía su nuevo se?or. Pero conocía bien su influencia sobre el Emporio Negro, y entonces una chispa de osadía cruzó su rostro.

  —?Qué tal un anillo refulgente! —dijo, con una sonrisa traviesa que apenas logró ocultar su vergüenza —Siempre he querido uno.

  Cáliban alzó una ceja.

  —?Tu sueldo de profesora no te alcanza?

  —No llevo tanto tiempo dando clases… —respondió, encogiéndose de hombros —Además, son muy caros. Quizás no lo notes por la monta?a de dinero que manejas…

  Cáliban frunció el ce?o ligeramente, apenas perceptible. Era cierto que ahora tenía cierta riqueza, gracias a los materiales obtenidos en la mazmorra y a la generosidad de Xander, que compartía parte de sus botines. Sin embargo, la respuesta que daría no sería la que Adelina esperaba.

  —Bueno… sea como sea, no te daré un anillo refulgente. Pide otra cosa.

  Adelina parpadeó, confundida. ?No podía permitírselo? ?O simplemente no quería hacerlo? ?Había fallado en algo? Las preguntas la asaltaron como espinas, clavándose una tras otra en su orgullo. Sin darse cuenta, buscó la mirada de Bardrim, como si el viejo herrero pudiera ofrecerle alguna explicación o respaldo. Pero él, imperturbable, solo negó con la cabeza. No había ayuda que ofrecer.

  —Entiendo lo que estás pensando… —dijo Cáliban, sin mirarla directamente, como si pudiera leer sus pensamientos en el aire —Debes pensar que soy un taca?o.

  —?No! ?No me atrevo! ?Yo solo...!

  —Adelina… —la interrumpió él, con voz firme pero sin dureza —no necesitas un anillo refulgente. Tu brazo fue forjado con piedra rúnica, siguiendo los estándares del equipo refulgente de alto nivel. Mira tu antebrazo... ?Ves esos huecos vacíos?

  La mujer bajó la mirada, con el corazón latiendo con fuerza. Había notado antes aquellas cavidades en su brazo, que eran seis en total, pero siempre pensó que eran decorativas o parte del dise?o funcional.

  —Espere... ?Me está diciendo que…?

  —Sí. —afirmó Cáliban —Esos huecos están dise?ados para insertar joyas refulgentes. Seis de ellas, para ser exactos.

  El impacto fue inmediato. La sangre pareció abandonar las alas de Adelina. Cayó lentamente al suelo, no por debilidad, sino por puro asombro. Su rostro palideció, entre el miedo y la euforia. El equipo refulgente era legendario, exclusivo, casi imposible de adquirir. Magos de renombre usaban bastones, varitas o anillos con una sola joya, porque aunque algunos materiales podían soportar varias, no existía un método conocido para armonizar su poder en conjunto.

  Una sola gema podía multiplicar la capacidad mágica de su portador… ?Y ella tenía espacio para seis? Su mente se desbordó. Era como si hubiera vivido toda su vida viendo un cielo azul y de pronto descubriera que había estrellas.

  —Debo admitir. —continuó Bardrim, cruzando los brazos con un aire satisfecho —que ha sido mi mejor trabajo. Si los maestros del Círculo de Thamur se enteraran… me temo que perderían la cordura. ?Ja, ja! Por cierto, mocoso… —intervino Bardrim de pronto, con tono juguetón.

  Cáliban entrecerró los ojos al escuchar el apodo. Un tic le recorrió la ceja. Bardrim soltó una risa seca, casi contenida, y se rascó la barba con gesto nervioso.

  —Ja… digo, cliente… —dijo Bardrim, con una sonrisa mal contenida —?Qué planeas hacer con el método de conexión para las piedras refulgentes…?

  Cáliban soltó un suspiro cansado. La codicia en los ojos del maestro herrero era imposible de ignorar, aunque también estaba te?ida de respeto.

  —Si lo quieres usar, adelante. Considéralo tu recompensa por el trabajo… pero con una condición. No puedes vender más de tres conexiones. No quiero que nuestros enemigos se hagan más fuertes por accidente.

  Bardrim asintió de inmediato, comprendiendo bien la advertencia.

  —Con solo vender un anillo de doble conexión, estallaría el mercado… No quiero ni imaginar qué pasaría si descubren que existen equipos con seis ranuras. En ese caso, te daré el 15 % de las ganancias.

  —Como quieras… —respondió Cáliban, sin emoción.

  El enano se rascó la nuca con una mezcla de admiración y desconcierto. Aquel joven no mostraba ni el más mínimo interés por un método que, de comercializarse, posicionaría a cualquier herrero en la cima del continente. Incluso podría abrirle las puertas del Círculo de Thamur. Bardrim se sintió satisfecho con su decisión. Ganarse el favor de Cáliban era, sin duda, una jugada maestra. Y pensar en los otros secretos que tal vez escondía ese extra?o como herrero… lo hacía babear de emoción.

  Cáliban desvió la mirada hacia Adelina, que seguía en el suelo, luchando por mantenerse consciente. La mezcla de asombro, alegría y presión emocional era demasiada.

  —Ya que no necesitas un anillo refulgente. —dijo él, casi como quien ofrece una golosina a un ni?o —Te escribiré un nuevo hechizo cuando tenga tiempo. Por ahora, ve a llamar a los chicos.

  Las alas de Adelina se agitaron con un destello. Sus ojos brillaban como estrellas recién nacidas.

  —?Sí, jefe! ?Lo haré enseguida!

  Salió disparada del despacho, tan entusiasmada que apenas tocó el suelo al moverse. Al cruzarse con los demás en el pasillo, su sonrisa desbordante llamó la atención inmediata.

  —?Qué te pasa? —preguntó Joseph, frunciendo el ce?o.

  —?Nada! ?Nada pasa aquí! ?Vayan a ver al jefe, rápido!

  The story has been taken without consent; if you see it on Amazon, report the incident.

  Dimerian, Joseph y Reinhard intercambiaron miradas antes de entrar al despacho, con cierta aprensión por la energía casi alarmante de Adelina. Sin embargo, las chicas no se quedaron atrás. Juliana, con los brazos extendidos como si fuera a detener una puerta que se cerraba frente a ella, alzó la voz.

  —?Líder, no nos dejes fuera de esto!

  Cáliban volvió a suspirar, esta vez con agotamiento auténtico.

  —Bien, bien… quédense si quieren. De todas formas, quería hablar con todos ustedes. —dijo Cáliban, sin molestarse en ocultar su resignación.

  Los chicos se alinearon en silencio, uno al lado del otro. Las chicas ocuparon su lugar junto a ellos. El ambiente en el despacho cambió. Ya no había ruido, ni risas, ni quejas. Solo expectativa. Cáliban se levantó de su asiento, con un porte distinto. Sus ojos brillaban con una mezcla de voluntad férrea, reconocimiento… y algo que rara vez mostraba… gratitud.

  —Debo admitir que no confiaba en ustedes cuando los conocí… —empezó, y sus palabras cayeron como un cubo de agua helada.

  Todos se quedaron en silencio, atónitos. Ninguno esperaba una confesión así.

  —Pensaba que solo eran un pu?ado de críos… ni?os a los que debía cuidar a rega?adientes. Pero me demostraron que estaba equivocado.

  Cáliban caminó despacio frente al grupo, observando a cada uno a los ojos con una intensidad que casi quemaba. Su mirada hablaba más que sus palabras.

  —Lucharon con valentía. En medio del caos, del fuego y de la sangre… ninguno de ustedes se acobardó.

  Sus ojos se posaron sobre Dimerian, que sintió cómo una cálida presión le nacía en el pecho, como si una chispa de orgullo hubiera prendido dentro de él.

  —Pudieron huir. Hacer caso al instinto de supervivencia, como ocurre con la mayoría. Pero ustedes… eligieron quedarse. Eligieron luchar.

  De pronto, se detuvo en medio de la sala. Bajó un poco la mirada, y su voz cambió de tono a uno más grave, más personal.

  —Lamento lo de Cecilia… ella no merecía eso. No merecía ese final. Y fue mi culpa. Fallé en protegerlos.

  —Líder… —dijo Elizabeth, con la voz quebrada —No fue su culpa. Nosotras… fuimos las que…

  Cáliban alzó la mano, cortando suavemente su intento de disculpa.

  —Chicas… no fue su culpa.

  Esas pocas palabras resonaron en el corazón de cada una. Desde la muerte de Cecilia, las tres habían cargado con la culpa como una piedra atada al alma. Se habían preguntado mil veces si, de haber actuado distinto, habrían salvado a su amiga. Y por primera vez… alguien las liberaba de ese peso.

  —Lo que ocurrió fue obra de los cultistas. Fue un plan macabro y meticuloso. Ustedes no la abandonaron. Se mantuvieron firmes… hasta el final.

  Cáliban dio un paso atrás, los miró a todos con solemnidad.

  —Me demostraron que son confiables. Que la camaradería verdadera existe. Que los prejuicios no sirven en la batalla. Lucharon codo a codo, y salieron vivos de aquel infierno.

  El silencio que reinó en la sala era casi sagrado. Nadie se atrevía a hablar. Y entonces, con voz baja pero cargada de una fuerza imposible de ignorar, Cáliban dijo:

  —Lo hicieron bien. Estoy orgulloso de todos ustedes.

  Las últimas palabras de Cáliban quedaron flotando en la sala como un eco solemne. Bardrim y Adelina asintieron en silencio, ambos con una sonrisa leve pero sincera. Joseph estaba visiblemente satisfecho por el reconocimiento, aunque no dijo nada. Pero quienes realmente sintieron el peso de esas palabras fueron los príncipes y princesas de los reinos.

  Dimerian apretó los pu?os, conteniendo las lágrimas. Las chicas también desviaron la mirada, luchando contra la emoción que les subía al pecho. Durante toda su vida, habían sido rodeados por aduladores. Escucharon cumplidos grandilocuentes, falsos, carentes de alma. Sus logros, reales o no, siempre fueron celebrados como si fueran divinos… y sin embargo, nunca se sintieron verdaderamente orgullosos.

  Hasta ahora.

  Porque esta vez, no eran halagos vacíos. Esta vez, alguien fuerte, alguien que realmente conocía el peso de la sangre, el sudor y el dolor… les estaba diciendo que lo habían hecho bien. Y eso, era un regalo que ninguno había recibido antes.

  —Por eso… —continuó Cáliban, con un tono más relajado —preparare cualquier cosa para ustedes. Solo pidanlo.

  Primero se detuvo frente a Dimerian.

  —Sé de tu interés por la herrería. Por eso, le pedí al maestro Bardrim que se convierta en tu mentor. Estoy seguro de que podrá ense?arte lo esencial.

  El rostro de Bardrim se torció con una mezcla de protesta y resignación.

  —??Qué?! ??Crees que puedo aceptar discípulos así como así?! ??Piensas que por darme ganancias voy a obedecer sin rechistar?!

  —Sí. —respondió Cáliban, con absoluta calma y sin un atisbo de duda.

  —Bien. Empiezas el lunes.

  Dimerian quedó paralizado por un segundo, y luego, su rostro se iluminó con una alegría casi infantil. Dio un peque?o salto y apretó el pu?o con fuerza.

  —?Prometo aprender bien, se?or!

  —Más te vale. —resopló Bardrim —Solo lo hago por tu líder, así que no lo hagas quedar mal. No esperes favoritismos. Tendrás que trabajar el doble que cualquier otro.

  —?Lo haré! —exclamó Dimerian, con una sonrisa de oreja a oreja.

  Cáliban asintió, luego volvió su atención hacia Joseph y Reinhard. Ambos se enderezaron de inmediato, expectantes.

  —Sé que desean más poder. Lo comprendo. Pero no pude preparar nada para ustedes… aún.

  Los rostros de ambos se tensaron un poco, pero escucharon en silencio.

  —Lo que podría darles ahora no serviría. Aún no están listos. Pero si siguen entrenando, si se fortalecen… entonces podré entregarles algo digno. Algo que realmente puedan aprovechar.

  Joseph y Reinhard asintieron, un poco decepcionados, pero también comprendiendo el mensaje. Cáliban no era de regalar cosas a la ligera.

  —De todos modos… —a?adió con un tono más flexible —si hay algo que realmente quieran… si hay algo que desean o necesitan, díganmelo ahora.

  Reinhard y Joseph intercambiaron una mirada silenciosa. Ninguno sabía con certeza qué pedir. Reinhard, tras unos segundos de reflexión, simplemente negó con la cabeza.

  —No se me ocurre nada… por ahora. —murmuró con tranquilidad.

  Joseph, en cambio, dio un paso al frente. Había algo que le rondaba la mente desde hacía tiempo.

  —Bueno… quería preguntarte algo. —dijo, llevándose la mano a las empu?aduras de sus espadas.

  —?Qué sucede? —preguntó Cáliban, girándose hacia él.

  Joseph dudó un instante, buscando las palabras adecuadas.

  —Me he sentido… incómodo. Cuanto más avanzo en el libro que me diste, más me doy cuenta de que… no me siento bien usando espadas. Es difícil de explicar. Es como si el peso, la forma… no encajaran en mi mano. Como si no fueran mías. ?Es raro?

  Cáliban sonrió ligeramente y asintió con comprensión.

  —No. En absoluto. De hecho… es algo bastante común. Verás… —comenzó mientras Astrid, al escuchar la palabra “espada”, prestaba atención con total concentración —empu?ar un arma no se trata solo de tomar lo primero que encuentres y agitarlo como un loco.

  Se detuvo unos segundos, dejando que sus palabras calaran.

  —Se trata de una conexión. Y no me refiero solo a algo simbólico o romántico. Algunos dicen que las armas tienen corazón… pero no es verdad. Las armas no nacen con corazón. Solo pueden tener uno cuando son empu?adas con el corazón.

  Joseph abrió los ojos con sorpresa, cautivado.

  —Es la unión entre la voluntad y el filo lo que convierte un arma en una extensión de tu ser. Precisa, eficaz y letal. Es igual que cuando tomas una decisión y tu conciencia no está en paz… o cuando avanzas por un camino que tu corazón rechaza, aunque no sepas por qué… o cuando algo no está bien en tu cuerpo, y este te lo hace saber, aunque no tengas síntomas claros. Así funciona también con las armas.

  Cáliban caminó lentamente frente a Joseph y se detuvo.

  —Si tu corazón te dice que esa no es tu arma… entonces escúchalo. No luches contra eso. Buscar la conexión correcta es parte del camino. Y no te preocupes… —a?adió con una media sonrisa —yo te ayudaré a encontrarla.

  Joseph sonrió, aliviado.

  —Gracias, Cáliban. Me sentía inquieto desde que entré en la Etapa de Transformación del Alma…

  Al escucharlo, el rostro de Cáliban se endureció. Frunció levemente el ce?o.

  —?Etapa de Transformación del Alma? —repitió con tono escéptico.

  —Bueno… sí. —respondió Joseph con naturalidad —La etapa donde cuerpo, mente y corazón se alinean, desbloqueando el potencial oculto, purificando la sangre y los meridianos…

  —?Quién te dijo esa estupidez?

  Astrid sintió una leve punzada tras el comentario de Cáliban. No fue tanto por lo que dijo, sino cómo lo dijo. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, Xander se adelantó. Se acercó a Cáliban con paso tranquilo y habló con un tono moderado.

  —Cáliban… así es como se conoce aquí. En este mundo, esa etapa es comúnmente llamada “Transformación del Alma”. Hay registros antiguos, dejados por sabios que estudiaron el potencial del cuerpo humano. Según ellos, el cuerpo puede pasar por varias fases de reconstrucción… aunque, para ser honestos, casi todas son teorías. Excepto esta.

  Cáliban asintió lentamente.

  —Tiene algo de sentido. En mi mundo se le conoce como “Volver al Origen”. Es una etapa en la que el cuerpo se transforma en su mejor versión. Fortalece la estructura física, repara tejidos, elimina impurezas… pero no es solo porque mente, corazón y cuerpo estén en armonía.

  Su mirada se volvió más profunda y seria.

  —Si bastara con eso, muchos maestros habrían alcanzado su máximo potencial hace siglos. No… lo que ocurre en realidad es mucho más complejo. "Volver al Origen" solo puede alcanzarse cuando alguien entra en contacto con la máxima pureza de su ser. En términos simples… cuando logras rozar tu alma.

  En medio del silencio, Astrid se adelantó ligeramente, su curiosidad despertó con fuerza.

  —?El alma? ?Te refieres al espíritu?

  Cáliban negó con la cabeza con suavidad.

  —No. Alma y espíritu no son lo mismo. Escuchen con atención… En toda la existencia, nada puede ser creado de la nada. ?Nada! Ni siquiera el dios más poderoso tiene ese derecho. Ni aquellos que dominan leyes como la de “Creación”. Ese privilegio está reservado únicamente al Creador.

  Se tomó un momento, mirando a cada uno de los presentes.

  —Pero sí existe la transformación. El alma es energía pura. Es el mismo poder bruto con el que se tejieron las leyes de la existencia. Ese poder es moldeado para crear un recipiente que sostiene la conciencia de un individuo… su yo verdadero.

  Adelina frunció el ce?o, absorta. Las palabras de Cáliban eran interesantes para ella.

  —El problema… —prosiguió —es que la mayoría de los mortales jamás aprenden a usar esa fuerza. Así que, cuando mueren, esa energía regresa al origen y se transforma en otra cosa. Por eso existe la ley que aquí llaman "reencarnación".

  Juliana, cruzada de brazos, alzó la voz con cautela.

  —?Y eso qué tiene que ver con la Transformación del Alma?

  Cáliban la miró con seriedad.

  —Todo. Porque ese momento, esa transformación… es el resultado del contacto con el alma. Ocurre cuando un individuo llega al borde, al muro final dentro de sí mismo. A ese lugar oscuro donde uno cree que ya no puede continuar. Y sin embargo… da un paso más.

  Hizo una pausa, suspirando ligeramente.

  —Ese simple roce, ese instante de conexión, provoca una reacción. La mente se agudiza, lo que incrementa el talento natural; el corazón se purifica, lo que otorga claridad, coraje y convicción firme; y el cuerpo se templa, los tejidos se regeneran, pareces más joven… y tus meridianos se purifican, permitiéndote absorber energía con mayor eficiencia.

  El silencio era absoluto. Nadie se atrevía a interrumpir. Entonces, Cáliban giró la cabeza y miró a Xander… luego a Joseph.

  —Ambos pasaron por pruebas difíciles. Tocaron fondo… pero no se rindieron. —continuó Cáliban, con la voz firme —Siguieron adelante, arriesgando su vida con cada paso. Cuando caminas con el alma herida, cada paso parece el último. Algunos se detienen ahí. Otros… continúan, aunque el camino esté cubierto de vidrio roto.

  Hizo una breve pausa.

  —En ese plano… un solo paso lo cambia todo. Y ustedes dieron ese paso decisivo. Felicidades por alcanzar esa etapa.

  Xander y Joseph sintieron cómo algo cálido los llenaba por dentro. No era orgullo ni vanidad. Era plenitud. La certeza de que lo vivido había valido la pena.

  —"Volver al Origen", ?Eh? —murmuró Xander, con una sonrisa —Se siente bien alcanzar un estado milenario.

  —?Sí! —a?adió Joseph, animado —Tengo suerte de haber llegado siendo joven…

  Cáliban frunció el ce?o de inmediato. Su mirada cortó el aire como una espada.

  —?Estado milenario? No se enaltezcan. "Volver al Origen" es solo el primer paso… de dieciséis cambios naturales. Aún les queda mucho por aprender. Así que enfóquense más. No se distraigan.

  Xander y Joseph se quedaron en silencio, tragando la advertencia con respeto. Antes de que pudieran decir algo, una voz estalló con sorpresa.

  —??Dieciséis?! —gritó Astrid, con los ojos muy abiertos —?Estás diciendo que hay otras quince etapas además de la "Transformación del Alma"?

  —"Volver al Origen" —corrigió Cáliban —Y sí… existen.

  Sus ojos recorrieron el rostro de Astrid. Su interés era genuino, voraz. Pero no estaba sola. Elizabeth y Juliana también lo observaban con una mezcla de fascinación y hambre de conocimiento.

  Cáliban dejó escapar un suspiro. Sabía que tarde o temprano llegaría ese momento.

  —Bueno… ahora siguen ustedes tres. —dijo, con tono más relajado —?Qué desean?

  Las chicas intercambiaron miradas rápidas, casi nerviosas. El aire se cargó de tensión. Ninguna quería hablar primero. No por miedo, sino porque cada una tenía su propio deseo… y no estaban seguras de cómo pedirlo.

  —Bueno… a mí me gustaría hablar contigo a solas… si no es problema… —dijo Juliana, con una mezcla de nerviosismo y un leve temblor en la voz.

  Cáliban desvió la mirada hacia las dos restantes. Elizabeth pareció debatirse internamente, buscando una petición… pero no encontró ninguna.

  —?Puedo hablar con usted después? Realmente no se me ocurre nada ahora mismo…

  —Si eso es lo que deseas… ?Y tú, Astrid?

  —También me gustaría discutirlo en privado…

  Cáliban alzó una ceja. Algo en su tono, en su postura, le indicaba que había más de lo que ella quería decir. Lo intuía. Y no le sorprendía, considerando su historia.

  —Abandonen todos la sala. —ordenó, poniéndose de pie —Empezaré contigo, Astrid.

  Uno por uno, los demás salieron, dejando la sala en silencio. Solo Astrid y Cáliban permanecieron. Ella se mantuvo de pie, con los brazos tensos a los lados.

  —Muy bien… ?Qué deseas?

  —Tu promesa. —interrumpió ella de inmediato —Me dijiste que si te ayudaba, me darías la oportunidad de hablar con Lord Hilloy… quiero que cumplas tu palabra.

  —Lo siento. —respondió él, con un tono seco —No puedo.

  —??Por qué?! ?Lo prometiste!

  —Porque yo mismo le dije que no podía hacerlo… —interrumpió una tercera voz.

  La puerta se abrió sin previo aviso. Xander entró, cruzando la sala con paso solemne. Sus ojos, generalmente serenos, estaban opacos, nublados por una tristeza latente.

  Al ver la indignación en el rostro de Astrid, levantó la mu?eca. Un resplandor dorado emergió de un sello rúnico tallado en su piel.

  —Le hice una promesa a su padre. —dijo, con pesar —Sin importar lo que ocurriera, no hablaría con su hija sobre lo sucedido.

  Astrid se quedó sin aire. Su mente buscó con desesperación una salida.

  —Entonces… ?Qué tal si se lo cuentas a Cáliban? él podría decírmelo después…

  Xander negó con lentitud.

  —Solo pude decirle que tu madre asesinó a la madre de Elizabeth. Eso ya lo sabes. Pero la razón detrás de ese acto… eso solo tu padre puede decírtelo.

  El corazón de Astrid se hundió. Una vez más, la verdad que tanto anhelaba se desvanecía delante de ella. Con ojos temblorosos, buscó refugio en la mirada de Cáliban.

  —Intentaré romper la marca. —le dijo él con suavidad —Pero te advierto… una marca hecha con juramento de corazón no es fácil de romper. Ni siquiera para mí.

  Astrid bajó la vista, pero entonces alzó la voz de nuevo.

  —En ese caso… ?Puedo pedir otra cosa?

  Cáliban alzó una ceja. No esperaba que fuera tan rápida para adaptarse. Aun así, había hecho una promesa. No pensaba retractarse.

  —?Qué quieres?

  —Ensé?ame tu técnica.

  —No. —respondió sin dudar —Eso está fuera de toda discusión.

  Astrid dio un paso adelante, frustrada.

  —??Por qué?! Dijiste que podía pedir lo que quisiera…

  —Sí. Cualquier cosa… menos mi técnica personal.

  Astrid apretó los dientes. Las palabras no funcionarían con él. Así que actuó. Desenvainó su espada y ejecutó, con increíble precisión, la misma técnica que había visto a Cáliban usar durante su combate con el profesor Cunim.

  Xander abrió los ojos, asombrado. Incluso él no podía realizarla con esa exactitud. Al terminar, Astrid lo miró, esperando… algo. Una se?al, una palabra.

  Pero la respuesta fue la misma.

  —La respuesta sigue siendo no. Pide otra cosa.

  Astrid frunció el ce?o y cruzó los brazos con fuerza.

  —Al menos dime por qué…

  —Porque tu técnica está vacía. No hay nada que rescatar ahí. Nada.

  La sentencia cayó como una lanza directa al pecho. Por primera vez en su vida, alguien desestimaba no sólo su talento… sino su esencia como guerrera.

  —?Te diste cuenta…?

  —?Creíste que no lo haría?

  Astrid guardó silencio. No había excusas. Ni siquiera una réplica. Cáliban tampoco se sentía cómodo, pero no podía perder tiempo. Aún quedaban cosas por hacer.

  —Hablaremos de esto cuando regrese a casa, ?Sí? Aún tengo muchas cosas que hacer… por favor, trae a Juliana.

  Astrid asintió en silencio, conteniendo emociones que aún palpitaban en su pecho. Luego, se retiró sin decir más. A los pocos segundos, la puerta se abrió nuevamente con un golpe leve, y Juliana entró dando peque?os saltos de energía.

  —?Líder! ?Ensé?ame tu técnica, por favor!

  Cáliban arqueó una ceja, claramente desconcertado.

  —?Qué demonios sucede hoy? ?Por qué todos quieren aprender de mí de pronto?

  Juliana ignoró la reacción. Se lanzó hacia él, abrazándolo con fuerza, enterrando el rostro contra su pecho como una ni?a aferrándose a su última esperanza.

  —Por favor… por favor… por favor… —repetía con insistencia, suplicando como si su vida dependiera de ello.

  —Muy bien, basta ya de teatralidad. —dijo Cáliban, separándola con suavidad —Fuera de tu hipocresía habitual, ?Hay algún motivo real por el que quieres que te ense?e?

  Juliana vaciló. Sus manos bajaron lentamente, y su rostro dejó ver una seriedad que pocas veces mostraba. Pensó en callar… pero decidió confiar.

  —Es por mi maldición. —confesó, con voz baja —?Recuerdas que te mencioné que… si paso demasiado tiempo sin matar algo… pierdo la razón?

  Cáliban asintió, atento. Juliana continuó, bajando la mirada.

  —No solo pierdo el control. Cuando eso pasa… mi aura se transforma en llamas. Llamas que devoran todo. No puedo detenerlas. Le pregunté a mi abuela… pero ni ella supo qué hacer. Nadie sabe cómo manejar ese fuego, salvo una persona… pero se negó a ayudarme.

  —?Quién fue? —preguntó Xander, con un poco de inquietud en la voz.

  Juliana levantó la vista.

  —Uno de los Tres Sabios… el anterior Dios de la Guerra.

  Xander se quedó helado. Sus ojos se abrieron de par en par.

  —?Otro sabio? ?Quién… quién es ese?

  —De los Tres Sabios, el más enigmático. —respondió Xander —Solo se sabe que su nombre es Varekyon. No se conoce su linaje ni su historia. Solo su nombre. Fue un guerrero innato. Su fama se extiende incluso a los reinos más distantes. Desapareció hace a?os, tras ceder el título de Dios de la Guerra al rey de Benhur, su discípulo más cercano.

  —Ya veo… —murmuró Cáliban, cruzando los brazos —Así que buscaste su ayuda… y crees que mi técnica puede controlar ese fuego.

  —?Sí! ?Por favor, líder! ?Solo tú puedes ense?arme!

  —Puedo ayudarte a contener esas llamas. —dijo Cáliban con serenidad —Pero no te ense?aré mi técnica. Eso… es solo mío.

  Juliana dio un paso atrás, frustrada. Pero no se rindió.

  —?Por favor! ?Haré lo que sea!

  —Incluso si te arrastras… —dijo él, sin rastro de burla —no podrás aprenderla.

  —??Por qué no?!

  Cáliban se tomó un instante. Sus ojos se cerraron brevemente, buscando una razón que calmara sus ánimos. Exhaló con lentitud.

  —Porque te falta disciplina. Primero, debes aprender a dominar tus impulsos. Sólo entonces estarás lista para aspirar a más.

  Juliana asintió, aún con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa decidida.

  —?Trabajaré duro, líder! ?Te lo juro!

  —Bien. Entonces, ya que terminamos, nos dirigiremos al distrito rojo.

  Los tres comenzaron a salir del despacho, pero justo al abrir la puerta, se detuvieron. Al fondo del pasillo, emergiendo desde la penumbra, una figura los observaba. Su presencia era tan silenciosa como ominosa.

  Vestía un velo negro como la noche, y un vestido del mismo color que se fundía con las sombras. Sus ojos, ocultos parcialmente por el velo, brillaban con una intensidad implacable.

  Era Lidia.

  Cáliban se detuvo, clavando los ojos en ella. Ni una palabra salió de su boca, pero la tensión en el aire era casi asfixiante.

  —Prepara un carro. —ordenó, sin apartar la vista de la mujer —Cuando termine de hablar con ella… iremos al distrito rojo. Todos espérenme afuera.

  Nadie osó discutir. Todos, incluso Juliana, guardaron silencio. Con un respeto casi reverencial, comenzaron a retirarse. Xander fue el último en salir. Antes de desaparecer por el pasillo, dirigió una mirada larga y densa a su esposa.

  Y entonces, solo quedaron ellos dos… y un silencio tan espeso que parecía apretar las paredes del castillo.

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