02/octubre/1992
El circo ya estaba cerrando. La taquilla era un caos. Un grupo de personas rodeaba la ventanilla con los rostros tensos, calientes de indignación. Todos hablaban al mismo tiempo, escupiendo quejas, con los dedos se?alando los objetos recuperados que ahora descansaban sobre el mostrador.
—??Cómo es posible que nos hayan robado en un lugar como este?! —ladró un hombre con la cara roja y la vena de la frente a punto de estallar.
La chica detrás del cristal tragó saliva. El sudor le bajaba por la nuca. Tenía los hombros tensos y las manos levantadas, intentando aplacar a la muchedumbre. —L-lo siento mucho… —balbuceó; la voz le temblaba.
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Lucien, que estaba a su lado, intervino rápido. Su voz era más firme, aunque por dentro hervía.
—Les prometemos que no volverá a pasar —tomó un fajo de boletos desde un cajón. Los deslizó por debajo de la ventanilla con rapidez. —Como compensación, por favor, acepten estas entradas gratuitas para dos personas. —Pero apenas los vieron, los clientes los tomaron y se los arrojaron de vuelta en la cara.
—?Este circo está lleno de ladrones! —gritó una mujer, dándose la vuelta con rabia. Los demás la siguieron, echando pestes mientras se alejaban entre pisadas secas y escupitajos.
Lucien cerró los ojos un segundo. Se le contrajo la mandíbula. —Recoge este desastre, Charlie —escupió, sin disimular el fastidio. Los insultos pegaron fuerte en su orgullo.
Miró el mostrador lleno de boletos tirados y los objetos violados. —Agh… cada vez estamos peor —murmuró entre dientes, mientras apretaba los pu?os.

