Ashryel estaba allí.
No a su lado.
No detrás.
No delante.
Separada.
El Camino había trazado una frontera invisible entre ambos.
No era una barrera sólida, pero al intentar acercarse, su esencia ardía como si se desgarrara desde dentro.
Se detuvo.
Había reglas que no se rompían sin consecuencias irreversibles.
Syra no sabía que ella estaba allí.
Y no debía saberlo.
Eso era parte del precio.
Ashryel lo observaba respirar con dificultad.
Vio cómo sus hombros se tensaban, cómo su postura se volvía rígida no por determinación, sino por agotamiento contenido.
If you encounter this narrative on Amazon, note that it's taken without the author's consent. Report it.
Cada segundo sin movimiento era una herida.
No podía hablar.
No podía tocarlo.
No podía envolverlo con su luz.
Y sin embargo, sentirlo así… era peor que cualquier combate.
La tentación de cruzar la frontera era constante.
No un impulso repentino, sino una presión sostenida, como si el propio Camino pusiera a prueba su lealtad a la regla.
Ashryel cerró los ojos.
Su luz tembló.
No de miedo.
De contención.
Verlo sin avanzar, sin caer, sin sanar… era una forma de tortura que no había anticipado.
Porque Syra no estaba luchando.
Estaba resistiendo la nada.
Ella apretó los pu?os.
Su esencia ardía donde la frontera la detenía, como si cada intento inconsciente de acercarse arrancara fragmentos de sí misma.
Aun así, no cruzó.
No por obediencia.
Por amor.
El silencio se extendió.
Y por primera vez desde que el Camino había comenzado, Ashryel deseó que apareciera una prueba.
Cualquier cosa que no fuera esto.
Pero el Camino sabía lo que hacía.
Aquí no se medía el poder.
Ni la voluntad.
Ni la culpa.
Aquí se medía cuánto tiempo alguien podía quedarse consigo mismo
sin desaparecer.
Ashryel abrió los ojos.
Y decidió quedarse también.
Sin intervenir.
Sin huir.
Sangrando luz en silencio.

