El pasillo siguiente no era oscuro.
Peor aún: estaba iluminado.
Una luz blanca, pulida, sin origen,
como esas salas donde todo es tan claro
que no queda ningún rincón donde esconderse.
Syra avanzó con cautela.
La luz no era cálida.
No era fría.
Era… exacta.
Y esa precisión resultaba inquietante.
Cada paso hacía eco,
pero el eco no venía de atrás.
Venía de adelante,
como si la sala estuviera repitiendo sus movimientos
un instante antes de que los hiciera.
Las marcas en su brazo se tensaron.
No ardieron.
No avisaron.
Simplemente se tensaron,
como si reconocieran que ese lugar no admitía mentiras,
ni siquiera las que uno se dice para poder seguir caminando.
Syra se detuvo.
Frente a él, sin una transición clara,
el pasillo se abrió dando lugar a un recinto circular.
Paredes blancas.
Piso blanco.
Techo inexistente.
La luz parecía brotar de su piel,
como si él fuera el intruso en un mundo hecho de claridad absoluta.
En el centro del círculo había un pedestal.
Vacío.
Pero no era un vacío tranquilo.
Era un vacío expectante,
como si algo debiera estar allí
pero aún no se hubiera decidido a aparecer.
Syra dio un paso más.
La luz del recinto vibró,
y una silueta comenzó a formarse sobre el pedestal.
No era una figura completa.
No era un eco.
No era una memoria.
Era poder.
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Poder sin contención.
Una masa de luz negra y blanca que fluctuaba,
como si no pudiera elegir un estado.
Las marcas de Syra reaccionaron de inmediato.
Se contrajeron con un pulso profundo,
como si ese poder reconociera algo en él
y respondiera por instinto.
Syra sostuvo la respiración.
La masa tomó forma lentamente,
como si el Camino estuviera decidiendo
qué debía mostrarle.
Primero, un torso.
Luego hombros.
Luego piernas.
Pero no un rostro.
No uno definido.
Era su altura.
Su postura.
Su respiración.
Su sombra proyectada sobre la luz.
Syra entendió.
El Camino le estaba mostrando
el poder que él mismo podría convertirse
si caminaba sin control,
sin ancla,
sin límite.
Una versión suya sin nombre,
sin origen,
solo fuerza sin dirección.
Esa… era la forma de su miedo.
La figura se inclinó hacia adelante,
como un animal que reconoce a su igual.
O a su posible destino.
La respiración de Syra se aceleró un instante,
pero él la sostuvo.
Recordó el ritmo.
Recordó el acto de permanecer.
La figura respondió al cambio.
Su contorno se estabilizó.
Las líneas de luz dejaron de temblar.
La sala parecía escuchar.
Syra avanzó un paso.
Las marcas resonaron.
El doble incompleto se tensó.
Otro paso.
La luz parpadeó.
La figura levantó una mano,
no para atacar,
solo para revelarle algo:
La misma marca que Syra llevaba en el brazo
se formaba ahora en aquella silueta,
pero avanzaba sin control,
cubriéndole casi todo el pecho,
desbordada, indomable.
Era lo que él sería
si dejaba que el poder se moviera sin conciencia.
Si dejaba que el miedo dictara su ritmo.
Syra detuvo su avance.
No retrocedió.
No avanzó.
Solo se quedó donde estaba.
Y entonces habló,
su voz baja, firme, verdadera:
—No voy a huir de ti.
Ni voy a serte útil.
Ni voy a negarte.
La figura se agitó,
como si esas palabras la atravesaran.
Syra continuó:
—No eres un monstruo.
Eres una posibilidad.
Y no voy a permitir convertirme en ella.
La figura se detuvo.
Luego, lentamente, bajó la mano.
La luz que la sostenía se apagó
como una exhalación larga,
y se desvaneció sin violencia,
como si hubiera estado esperando esa frase
para poder disiparse sin resistencia.
El pedestal quedó vacío.
La luz de la sala se suavizó por primera vez.
Syra respiró.
No había vencido a nada.
No había destruido nada.
No había ganado poder.
Solo había dicho la verdad
al miedo que lo había acompa?ado demasiado tiempo.
El Camino abrió una salida al fondo del recinto.
Syra la cruzó con el pulso estable.
Había visto su poder sin forma.
Y había elegido no ser devorado por él.

