**Día 13**
El sol ascendió como un soberano, ba?ando al bosque en oro fundido. Bajo su mirada implacable, Gazazo no descansaba; se erguía como una torre esculpida en músculo y voluntad. Dos metros de estatua viva que arrojaban una sombra alargada sobre Togaz, sentada en la hierba con ojos como escudos pulidos, intentando clavar un recuerdo fugaz. El aire pesaba cerca de él; *sentía* el pulso siniestro del tótem, incluso estando en la mochila de Togaz. Un latido que había barrido la debilidad y devuelto al guerrero a su verdadera forma. La deuda crece cada día.
Su mano —no la garra temblorosa de un duende saqueador, sino la herramienta de un Vaelthor que impone su voluntad con un gesto— se posó sobre la cabeza de Togaz. El contacto era firme, como un mazo sobre un cristal.
—Escúchame bien, Togaz —resonó su voz, forjada en nueve a?os de vida, más que cualquier duende podría so?ar—. Este mundo... es un yunque donde no importa el inicio, sino tu final. Nacemos en moldes, pero el metal puede refundirse y darle nuevas formas.
Su dedo índice, ancho como rama joven, tocó la frente de la ni?a, donde los recuerdos se deshacían como arena.
—Tu mente no es débil. Está... dormida en el molde equivocado. Y yo voy a romperlo. Voy a guiarte para **evolucionar**.
El caballo resopló, oliendo el peligro en ese duende superior que apenas horas antes cargaba sobre su lomo. Gazazo lo ignoró. Su mirada, aguda como filo que parte el aire, estudiaba a Togaz. No veía un destino escrito, sino un camino de brumas.
Las estadísticas gritaban: agilidad, destreza mental... quizás una maga veloz. Pero Gazazo conocía las trampas de los dados cósmicos. Este viaje no era solo una ense?anza: era cacería. Buscaría contactos entre la chusma de rincones sucios, favores pendientes de viejas "amistades". Necesitaba datos, rituales, pistas sobre el salto de raza. Porque él era la prueba viviente: Gazazo no era un duende superior cualquiera. Era un Vaelthor. Un modelo de laboratorio. Evolución forzada en crisol de sangre por caprichos de un mago obsesionado con los duendes.Togaz sería diferente. única. Pero el conocimiento solo lo guardaba la oscuridad.
Togaz lo miró fijo, sus ojos grandes más concentrados de lo que Gazazo jamás hubiera visto antes. No desperdiciaría esa oportunidad. Comenzó el entrenamiento: cómo esconderse al iniciar una pelea, ubicar árboles con espacio vital, correr y rodar por lodo sin caer o lastimarse. Horas pasaron.
Togaz dominó lo último. Rodó por el barro con agilidad felina, cubriéndose hasta las pesta?as. En un derroche de maestría, se lanzó cuesta abajo por una peque?a colina, emergiendo como bola de barro viviente. Su risa brotó:
—?*Fufufufu*! ?Puedo con el lodo! —Hundió los dedos en el fango, moldeando figuras con destreza.
Gazazo sacudió la cabeza. *El descanso era bueno*, pero un escalofrío lo recorrió cuando el tótem brilló y las figuras de Togaz ganaron detalles peque?os:más firmeza en su mu?ecos de lodo y movimientos simples. Togaz saltó de emoción.
Mientras ella se "ba?aba" en el lodo, Gazazo se apoyó contra una roca, flexionando brazos. Por un lado, amaba su poder recuperado; por otro, a?oraba la felicidad simple de ser duende normal, donde solo importaba el hoy.
Su meditación terminó abruptamente. Togaz apuntaba con una bola de lodo, el tótem brillando en su mochila. Gazazo podría esquivar con facilidad, pero dejó que lo golpeara el brazo.
—?Togaz, buena tiradora! —Sonrió, mostrando colmillos, mientras amasaba una bola súper húmeda.
Togaz huyó tras el caballo, que recibió el impacto lodoso sin comprender. Ella lanzó otra, falló, y Gazazo devolvió el ataque. ?*Paf*! Le dio en el pecho. Togaz rio y buscó un escondite nuevo.
Gazazo suspiró aliviado: usaba lo ense?ado e improvisaba escondites no mostrados. "Planeó esto", comprendió.
El juego duró hasta que Togaz cayó exhausta. Gazazo la levantó con cuidado, tomó las riendas y guia al caballo a un río. El animal bebió ávido. *No lo he alimentado en horas*, recordó Gazazo, sacando provisiones equinas.
Luego entró al río con Togaz. Retiró piedras del fondo, dejando solo arena, y comenzó a lavarla. Ella intentó escapar de su abrazo, pero la corriente era traicionera.
—?Quieto —gru?ó Gazazo—. Te arrastraría!
Cuerpos humanos flotaban río abajo. Togaz jugueteó con el agua, mirándolos con curiosidad... y un hilo de baba.
*?Hay una aldea cerca?*, pensó Gazazo. *?Debo cocinarla? Quizás recuerde algo...*
—Togaz —dudó—, ?sabes quién es Ralo?
La vio rascarse la cabeza, inflar mejillas. La frustración nubló su rostro... hasta que una sonrisa de oreja a oreja lo iluminó:
—?Comida de jabalí! —afirmó con seguridad.
Gazazo asintió sin saber si sentirse decepcionado. Con un pie contuvo los cuerpos; con una mano los sacó del agua. Continuó hasta que el río quedó limpio.
Eran aldeanos sin valor. Gazazo desmembró las "partes de orgullo": traseros, pechos y manos de mujeres; testículos, penes y dientes de hombres.
—Gazazo —preguntó Togaz—, ?qué son "partes de orgullo"?
—Para mujeres: traseros, tetas, manos. Hombres: testículos, penes, dientes —respondió sorprendido que recuerde sobre eso, mientras desmienbra sonríe recordando sus días como duende normal, devorando humanos creyendo que era glotonería, no necesidad.
Gazazo desenvainó un cuchillo corto.
—Preparamos comida. Trae vegetales y salmón en salmuera.
Para su sorpresa, Togaz rebuscó en los compartimientos de las bolsas que carga el caballo y sacó raíces bulbosas, hierbas secas y salmón. *?Retuvo algo?*, dudó Gazazo, mientras un destello de esperanza nacía y moría en sus ojos.
Se arrodillaron junto a una piedra plana. Gazazo extendió un cuero limpio.
—Corta así —partió una raíz con un golpe seco.
Togaz frunció el ce?o, imitó el movimiento. Rodajas irregulares, pero el gesto estaba ahí. Gazazo solto un gru?ido de aprobación.
—Bien. Sigue.
Mientras él desgarraba tiras de carne humana, Togaz frotó hierbas. Un aroma picante luchó contra el hedor del río.
—?Huele fuerte! —exclamó con su risa fufufufu, polvo verde pegado a sus dedos.
Gazazo encendió fuego. Colgó la olla negra. El salmón salado crujió; la carne humana chisporroteó, soltando olor a cobre. A?adió agua limpia, raíces de Togaz.
—Especias. Ahora.
Ella las esparció como polvo mágico.
La sopa burbujeó, mezclando salmón, carne, especias... y está toma olor delicioso. Togaz observó las burbujas, hipnotizada. Gazazo removió, preguntándose: ?Recordará esto ma?ana? ?El sabor? ?Cortar raíces juntos?
Al espesar, sirvió dos cuencos. Togaz sopló impaciente.
—?Gazazo! ?Santuosa! —dijo al probarla, sus ojos brillaron.
él comió en silencio. Comida simple para el gusto de su hermana seguro. Pero Togaz la devoraba con placer inocente. Mientras el fuego moría, el pulso del tótem en la mochila latía al ritmo de sus dudas.
Al terminar de comer Gazazo apagó las brasas con un pu?ado de tierra húmeda. El silencio del bosque, antes roto solo por el crepitar del fuego y el slurp de Togaz, se hizo absoluto. El pulso del tótem en la mochila de la ni?a parecía más fuerte en la quietud. Deuda creciendo. Tiempo desperdiciado en juegos y sopa, pensó, aunque una parte de él, recordaba la risa de Togaz rodando cuesta abajo.
Se levantó, los huesos crujiendo como ramas secas. Togaz bostezó, frotándose los ojos con nudillos embarrados.
—?A dónde vamos ahora, Gazazo? —preguntó, la voz cargada de la pesadez post-comida, pero con un hilo de curiosidad.
Gazazo no miró atrás mientras recogía las bolsas del caballo. Su voz fue un eco bajo y práctico:
—A buscar armas. Armas fuertes. Las mías no bastan para lo que viene.
Togaz saltó sobre sus pies descalzos, los ojos brillando repentinamente. ?Cuchillos! —exclamó, entusiasmada, dibujando cortes en el aire con dedos imaginarios—. ?Cuchillos grandes, brillantes, para cortar santuosa mejor!
Gazazo se detuvo. Un gru?ido ronco, casi un suspiro, escapó de su garganta. Se volvió hacia ella. Su sombra la envolvió.
—Tal vez —concedió, la palabra corta como un hachazo—. Pero no solo cuchillos. Buscamos también... —dudó, buscando una palabra que Togaz pudiera retener— ...*amigos*. Veremos si un amigo necesita ayuda. O si solo necesita silencio y monedas.
Sin más explicación, se acercó. Con un pa?o húmedo (el mismo que usó para limpiar la piedra de cocina), frotó con brusquedad pero sin da?ar la cara y manos de Togaz, retirando restos de sopa, barro seco y polvo de hierbas. Ella se dejó hacer, como un cachorro cansado. Luego, la levantó como a un fardo de paja ligera y la sentó sobre el lomo del caballo, asegurándola con una correa de cuero gruesa alrededor de su peque?a cintura.
—Agárrate fuerte —ordenó, tomando las riendas—. El camino huele a rabia de cielo.
Y sin mirar atrás, el Vaelthor condujo al caballo y a su preciosa carga hacia el sendero que serpenteaba entre los primeros árboles caídos. Hacia el valle donde el aire zumbaba y el agua mordía. Hacia la base mercenaria y las respuestas escondidas entre escombros y "amigos" de dudosa lealtad. El tótem, en la mochi de Togaz,latía como un tambor de guerra anticipatorio.
El sendero hacia el asentamiento mercenario era un testimonio silencioso de la furia desatada. Donde días antes colinas suaves ondulaban el paisaje, ahora solo quedaban cráteres profundos, bordes vitrificados por impactos de rayos que habían fundido la roca y la tierra en vidrio negro. El aire olía a ozono quemado y tierra mojada, con un zumbido eléctrico persistente que erizaba el poco vello de Gazazo.
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A su alrededor, los gigantes del bosque yacían derribados como juguetes rotos. Algunos habían sido partidos limpiamente a la mitad, troncos carbonizados mostrando su interior pálido. Otros, arrancados de cuajo, formaban barreras caóticas de raíces al aire y ramas astilladas. Los menos, doblados en ángulos imposibles, parecían gigantes arrodillados ante un poder superior. El agua era el mayor peligro. Arroyos desbordados habían creado charcos extensos y peque?os lagos que centelleaban con una luz azulada enfermiza. El zumbido era más fuerte allí; el agua, cargada de energía residual, era una trampa.
Gazazo no titubeó. Con un movimiento rápido, pero cuidadoso, aseguro a Togaz más fuerte
—Quieta —ordenó, su voz un susurró—.El agua muerde aquí.
Togaz asintió, agarrando la crin del animal con fuerza, sus ojos recorriendo el paisaje desolado con una mezcla de asombro y aprensión.
Gazazo tomó las riendas y avanzó. En cuanto sus pies descalzos tocaron el borde del primer charco electrificado, un dolor agudo y punzante, como agujas de hielo, le recorrió las piernas. Un leve espasmo sacudió su musculatura, pero su paso no vaciló. Era un precio tolerable, un recordatorio más de la deuda y el peligro
El caballo, en cambio, avanzaba con despreocupación inquietante. Sus cascos desnudos, negros y brillantes como obsidiana pulida, golpeaban el suelo encharcado y el vidrio volcánico. Las chispas azules que saltaban del agua al contacto se deslizaban sobre su dura queratina sin efecto alguno. Resopló, sacudiendo su cabeza, completamente inmune a las descargas que hacían rechinar los dientes de Gazazo. Patas forjadas para pisar tormentas, pensó Gazazo con un atisbo de respeto hacia la resistente bestia. Era un lujo que él no tenía.
Cruzaron el camino hacia el objetivo con relativa rapidez. Gazazo soportando los toques eléctricos constantes que le tensaban los músculos, Togaz observando desde su montura segura, y el caballo avanzando impasible. La base mercenaria, medio derrumbada pero aún reconocible entre los escombros y los restos de una empalizada destrozada, se alzaba al final del sendero devastado. El silencio que la rodeaba era más ominoso que el zumbido de la tormenta fosilizada en el paisaje.
Gazazo observó los restos de la antigua guarida de mercenarios. Sus recuerdos de ese lugar eran felices: un refugio donde su fuerza bruta y su poca de habilidad mágica -a diferencia de su hermana, quien sí era una maga poderosa- eran bien vistas. Allí conoció a hombres y mujeres con mil y una razones para adentrarse en lugares peligrosos o recurrir a trabajos humildes como ni?eras, limpiar ca?erías o ir a fiesta infantiles
El establo, antes repleto de bestias exóticas, estaba destruido. Solo quedaban caballos de mala raza. Gazazo se acercó lentamente, escuchando el alboroto. Una sonrisa creció en su rostro al comprobar que, incluso con la guarida hecha pedazos, no perdían su entusiasmo.
Al entrar, algunos le lanzaron saludos; otros, miradas extra?as al verlo con el caballo; unos pocos, miradas abiertamente hostiles.
Sin prestar más atención que un seco asentimiento a los saludos y una mirada helada a los hostiles, se acercó a la barista. Ella vestía su atuendo habitual: blusa blanca de hombros descubiertos y mangas abullonadas, chaleco marrón estilo corsé atado con cuerda, y falda amplia en tonos beige y marrón oscuro.
- Miren quién ha vuelto - masculló sin levantar la vista de la jarra que llenaba de alcohol-. El olor a duende mojado es difícil de sacar, ?sabes? Hubiera sido bueno tenerte aquí cuando todo se venía abajo. El viejo Tim murió por un tauren enloquecido.
- Lo lamento - gru?ó Gazazo mientras bajaba a Togaz del lomo y la sentaba en una silla de madera-. Estuve ocupado.
Tomó la jarra y bebió lentamente, esperando...
- ?Oye, duende! ?Aquí no se permiten monstruos! - gritó una voz.
Gazazo se sorprendió al darse cuenta de que ya había bebido media jarra, absorto en el murmullo ambiental. Sus oídos captaban las tonterías de siempre: apuestas, chismes. No le extra?ó que aquel grupo de alborotadores fueran novatos. Un dejo de tristeza lo inundó al confirmar que sus viejos socios habían muerto o ido a una muerte seguro... y su reputación allí había menguado.
Los novatos cargaron, mazas en alto. Gazazo ni siquiera giró la cabeza; solo apretó el pu?o bajo su capa.
De repente, el aire alrededor de ellos se volvió espeso como plomo líquido.
En menos de tres segundos, sus rostros palidecieron como cera; uno vomitó bilis mientras tropezaba contra una mesa.
A los cinco segundos, yacían retorciéndose en el suelo, ara?ándose las gargantas como si el aire se hubiera vuelto ponzo?a.
Cuando el décimo segundo llegó, solo se oía el crujido de botas de veteranos retrocediendo... y el silbido agónico de tres cuerpos inconscientes tratando de respirar melaza.
Cuando el aire recuperó su fluidez, los novatos yacían bocabajo, baba y lágrimas manchando el polvo. Gazazo terminó su cerveza sin prisa. Ni una palabra. Ni una mirada. La lección estaba grabada a fuego: algunos muros son infranqueables.
- ??Qué es eso?! ??Es un demonio!! - chilló un novato desde la entrada.
Un veterano le dio una bofetada seca.
- ?Cállate, mocoso! Es un nimbómano... o sirviente de las arpías. Gente endemoniada - escupió, temblando levemente-. Su poder es crear vacíos, como el silencio antes del tornado. No luchan; exhalan y el aire se vuelve ponzo?a. Dicen que respiran vida... y escupen muerte.
Todo el bar quedó en silencio todos se preparan para la batalla
Un sonido inesperado cortó la tensión: la risa de Togaz.
La ni?a se?alaba a los novatos inconscientes, luego a Gazazo, sus ojos brillando como estrellas.
- ?Gazazo el más fuerte! ?*Fufufu*!
La bartender soltó una carcajada ronca mientras limpiaba la barra con un trapo.
- Sin duda, peque?a mocosa. Este viejo diablo - apuntó con el pulgar hacia Gazazo - es el guerrero más letal que han pisado estas tablas.
Su sonrisa se desvaneció al dirigirse a Gazazo, la voz convertida en filo de obsidiana:
- Aprendiste bien la regla, Vaelthor. La magia más letal no es la que rompe huesos...
Hizo una pausa dramática mientras los últimos murmullos se extinguían.
- ...es la que convierte tu próximo aliento en tu último error.
Gazazo no respondió. Solo asintió casi imperceptiblemente, sus ojos de halcón fijos en la mujer. En su mirada había un orgullo, solo el reconocimiento de quien sabe que la verdadera fuerza reside en robar a los enemigos hasta el aire de sus pulmones,a todo esto Togaz solo intento sin mucho éxito imitar la postura de Gazazo, pero solo logra una parodia con las risitas que se le escapan.
Para calmar los ánimos, la bartender golpeó la barra con una jarra vacía. El estruendo silenció incluso los últimos murmullos.
—?Oídos sordos! —rugió con voz que cortó el aire como cuchillo—. ?Hoy el alcohol a mitad de precio! ?Y cobraré solo un tercio a quien traiga presa para cinco! ?Carne fresca, nada de despojos!
Los mercenarios veteranos intercambiaron miradas codiciosas. Un enano barbudo levantó su hacha: "?Esa es penitencia que entiendo!" Otros ya empu?aban cuchillos, calculando mentalmente la ganancia. En segundos, una estampida de botas resonó hacia la salida, dejando solo el eco de su entusiasmo renacido.
Gazazo observó el éxodo mientras tomaba la jarra de un mercenario inconsciente que yacía en charco de vómito.
—Aún quieres que este lugar viva —afirmó, no como pregunta, mientras un sorbo largo recorría su garganta. Su mirada despreciativa recorrió al caído—. Patético.
Al girarse, vio a Togaz revisando con destreza inesperada los bolsillos de los novatos. Sacaba bolsas de monedas que apilaba junto a su silla.
—?Tontos! —masculló con los cachetes inflados—. Solo tienen varas pesadas.
La bartender soltó una carcajada mientras limpiaba el mostrador.
—?Mira, peque?a mocosa! Esos son pobres diablos. Sería milagro del Rey Solar si guardaban más que migajas —Su sonrisa se tornó burlona al dirigirse a Gazazo—. Y tú... jamás pensé ver duende tan bien plantada. ?Dónde la pescaste? Creí que a ese viejo loco solo le importaban músculos, no estética. ?Digo, mírate!
Gazazo dejó la jarra con un golpe seco.
—gazazo la consiguió... de una dama. Gazazo quiere saber del Tauren loco. —Su tono cortó cualquier broma. Sabía que ese monstruo era la llave: sacrificio para el tótem y moneda de cambio con el chamán. Dos pájaros, una flecha.
La bartender apoyó los codos en la barra, su expresión volviéndose filosa.
—Es un payaso mutado. Lo analicé desde las almenas —Hizo una pausa teatral—. ?Un guerrero de cuarta que quiso fusionarse con dos espíritus! —Estalló en risas, secundada por los "fufufu" de Togaz—. Conozco el ritual, pero ?por el Rey Solar! Hasta tu hermana tenía más talento. —Deslizó un pergamino sellado con el emblema solar—. Toma. Informe completo. Considera esto pago por poner orden. Estos novatos creyeron que podían desafiar a la jefa de este muladar. —Su voz era hielo—. Soy artista marcial y agente del Gremio. No sé cómo se haga en Yuel, pero aquí... se respeta.
Gazazo tomó el documento. Asintió lentamente, pero sus ojos no reflejaban gratitud, sino cálculo frío.
—Tal vez no iguale mi fuerza — admitió solo para sí —, pero huiría. Sobreviviría. Estudiaría cada combate, descubriría puntos débiles, reuniría recursos específicos... y cuando el momento fuera perfecto, enviaría un equipo a destripar al objetivo. No es fuerte...
Desplegó el pergamino, fingiendo concentrarse en sus líneas mientras la conclusión afilaba su mente:
...es peligrosa.
Alzó la vista hacia la bartender, y esta vez su voz fue un cuchillo envainado en cortesía gélida:
—Eres competente. Y peligrosa.
Sus dedos, bajo la mesa, se cerraron sobre la empu?adura de su espada. Togaz no debía creer que esto fuera confianza.
**INFORME: TAUREN MUTADO
Origen: Ritual fallido durante tormenta eléctrica (intento fusión espíritus de viento + rayo)
Apariencia:
- 3 m de altura, masa muscular hipertrofiada
- Piel carbonizada con fracturas luminosas (flujo eléctrico azul en venas)
- Cuernos ardiendo con descargas estáticas
- Vortices de viento permanente alrededor del torso
- Olor a ozono/carne quemada
Motivación: Rabia ciega por dolor energético, comportamiento predatorio errático
Vulnerabilidades: Posible inestabilidad energética en cuernos, aversión al agua pura
Mientras asimilaba los datos con precisión gremial, Togaz ayudaba a limpiar jarras, preparando el festín para los cazadores. Gazazo enrolló el pergamino. Todo lo necesario para convertir al monstruo en sacrificio... y escalón para la evolución de Togaz.
Mientras ense?aba a Togaz a pulir jarras con ceniza y trapo, la bartender hablaba sin levantar la vista:
—Lo más seguro es que vengas por esa alabarda... Por desgracia, mi almacén solo garantizaba tres meses. Pasaron seis. —Un brillo frío cruzó sus ojos al mirar a Gazazo—. El nuevo due?o descansa en el nido de unos ratman... hechos huesos.
Gazazo notó cómo sus dedos se inmovilizaban sobre la jarra. No era una amenaza; era un diagnóstico forense. Ella calculaba muertes como otras el cambio de una cerveza.
—Calculo que tardarías ocho segundos en llegar: cuatrocientos metros al norte. —Chasqueó los dedos—. Tres o cuatro en rebanarlos... nueve o diez en volver si decides terminar con las crías. Las madrigueras tienen cinco entradas; te sugiero la del tronco caído.
Gazazo sintió un escalofrío antiguo, no de miedo, sino de reconocimiento. ?Cuántos había a visto esta mujer desangrarse? ?Cuántos había condenado con esa voz de contable macabro? él no se enga?aba: no era un héroe. Mataría a los peque?os ratman, sí. Como la bartender decía, sería piedad evitarles la hambruna lenta... pero la forma en que lo enunciaba —fría, técnica, como quien recita precios de mercado— le recordó otra vez la ventaja perdida: ser un duende normal.
Una vida corta. Apenas diez a?os. Una memoria de pájaro: tanto olvido que los recuerdos se distorsionaban para caber en ese cráneo diminuto... pero qué lujo pensar solo en el hoy. Un lujo que Gazazo, con sus músculos de titán y su mente atormentada por ma?anas inciertas, jamás recuperaría. La simplicidad era un cadáver enterrado bajo su verdadera piel de Vaelthor.
La paz se quebró con el estruendo de botas y carcajadas. Los mercenarios irrumpieron como una marea de barro y gloria, arrastrando presas que convertían el suelo en un mosaico sangriento: osos con lanzas clavadas en el cuello, jabalíes colosales de cuatro metros perforados por docenas de flechas, incluso un felino de colmillos de cristal cuyo pelaje aún centelleaba con electricidad residual,un pájaro trueno sin sus alas. El aire se saturó de hierro, sudor agrio y orgullo salvaje. Cada herida en los cazadores contaba una historia - un brazo fracturado aquí, una quemadura de rayo allá - pero sus empujones y bromas groseras mostraban un compa?erismo forjado en la cacería. Gazazo observó cómo un humano apoyaba a un elfo cojeando, compartiendo un odre de vino agrio.
Sin una orden, la danza comenzó. La bartender se transformó en general de campa?a:
—?Tú, desolla ese oso! ?Vosotros, desplumad el pájaro-trueno! ?Y alguien queme esa le?a maldita antes que tenga que electrocute a otro!
Togaz, convertida en su sombra frenética, corría con jarras más grandes que su torso. La cerveza oscura se derramó sobre las botas de un enano barbudo cuando tropezó. él solo rugió:
—?Más cuidado, duendecillo! ?Esta jarra es mi única esposa!
—?Fufufu! ?Lo siento, hombre monta?a! —gritó ella, ya empujando otra jarra hacia un humano tuerto.
Gazazo encontró su lugar entre las bestias muertas. Su cuchillo de carnicero dibujaba arcos perfectos en la piel de un jabalí, separando tendones como hilos rotos. Pero sus ojos seguían a Togaz. La vio ofrecer pan duro a un perro de caza famélico, limpiar con el vómito y el vino derramado, incluso intentar ayudar a vendar una herida hasta que un veterano la alejó con suavidad inesperada. Peque?os accidentes. Peque?os milagros.
Una sonrisa - no la de guerrero o Vaelthor, sino la de un duende que recordaba fogatas tribales - le nació en los labios. No duraría. Sabía que al amanecer buscaría huesos de ratman, que el tótem latiría con hambre, que el Tauren mutado gritaría su dolor eléctrico. Pero en ese instante, viendo a Togaz servir cerveza con manos manchadas de harina y orgullo, Gazazo permitió que una palabra olvidada anidara en su pecho: felicidad.
Afuera, la noche devoraba las ruinas. Adentro, entre cantos de borrachos y chasquidos de grasa al fuego, Gazazo que vive en la realidad y Togaz que vive en la fantasia de su guardia invencible compartían su primer banquete sin sangre en los nudillos. Gazazo alzó su jarra hacia nadie en particular. El licor quemó como un sol en miniatura al bajar por su garganta. Quizás los dioses solo concedían estos respiros para hacer el dolor más afilado después. Quizás esta calma era otra forma de tormenta.
Pero mientras Togaz reía al ver a un medio gigante llorar por su "esposa" derramada, Gazazo decidió que por esta noche, la felicidad sería su arma más pesada.
Fin

