Día 70
Un silencio expectante impregnaba el templo, un velo de paz por el que había sacrificado una jubilación tranquila. Todo por aquel sue?o infantil de poseer un santuario propio. Pero ser testigo del ritual de elevación de una joven lo valía todo. Observar cómo las llamas anaranjadas recorrían cada superficie, interna y externa, del santuario, era una vista que le resultaba extra?amente tierna.
Namys sintió en su interior cómo su magia se fortalecía, como si el propio templo fuera una extensión de su cuerpo. Su cuerpo, tan cansado últimamente, respondía con una agilidad que creía perdida, y su mente se liberaba de una pesadez constante. Sin embargo, un suspiro se le escapó. Sabía que este estado era efímero, un impulso prestado. La asistencia divina no era eterna.
—?Namys, una joven con potencial es algo grandioso y magnífico! ?Frente a nosotros! Es bueno ver a la nueva generación, ?jajajaja! —La voz de Reptar retumbó, demasiado alta, con ese tono grandilocuente que adoptaba cuando sentía que lo relegaban.
Namys se masajeó las sienes. Las inseguridades de su viejo amigo no se habían disipado con los siglos. Por un instante, la crueldad de la longevidad la asaltó: ?Tendré que morir después de él, para que pueda partir en paz?
—Reptar, hemos luchado para llegar a este momento. Ya tenemos casi trescientos a?os. Espero que puedas pasar estos últimos a?os como siempre: junto a la familia —dijo con una sonrisa sincera, forzando un optimismo que quizá no sentía del todo.
La palabra "familia" resonó en su mente. él era parte de la suya, el hermano que nunca tuvo, el amigo constante que la había sobrevivido todo: maridos, guerras, desilusiones. Su mirada descendió inconscientemente a su propia mano, donde tres anillos contaban la historia de su vida: uno de su primer esposo, otro del actual, y el último, un simple aro de plata, la promesa de amistad eterna que Reptar le había dado. Agradeció, no por primera vez, no haberse casado con él. Ser su cuidadora emocional ya era tarea suficiente.
—Como decía antes, no pude traer más refuerzos. Hay una emergencia en el sur, con los de Britania. Al parecer, la Arconte D—
Antes de que pudiera terminar la frase, unas enredaderas surgieron del suelo, envolviéndolo con suavidad pero con firmeza en su asiento.
—Reptar —cortó Namys, con una paciencia tallada a fuerza de siglos—. Somos elfos viejos, no elfos seniles. Eso es un mal de humanos, así que no tienes excusa. Esa... 'reina' es eso, una reina, no una arconte. Nunca debes comparar a Su Excelencia con esa cosa. Lo entiendo.
Mantuvo un rostro estoico mientras lo observaba. Sus coletas de arcoíris, una moda que, según él, había importado de algún país humano y de las arpías, le daban un aire tragicómico. Namys estaba segura de que tenían un simbolismo que Reptar ignoraba por completo. A?os y a?os, y aún no entiendes que no debes hacer apropiación cultural de todo lo que brilla, pensó, con un dejo de afectuosa exasperación.
—?Disculpa, disculpa! ?Podré ir aún a la casa? Ricky aún cocina bien, ?verdad? —Vio el pánico en los ojos de su amigo más longevo, en el hombre que había sido su esposo en todo menos en lo carnal, aunque él lo intentó, impulsado por sus propias inseguridades, por querer asegurar un lugar a su lado. Namys lo había rechazado, y agradecía haber superado esa inseguridad en particular. Verlo ahora, con su respiración entrecortada, hizo que la suya...
De pronto, su visión se llenó de un resplandor naranja. Llamas de su protegida Togaz la cubrieron como un abrazo, calmando sus nervios, relajando sus músculos. Estaba en un lugar seguro. Todo estaba bien. Se dejó llevar por la sensación, apoyando la espalda contra la pared y deslizándose lentamente hasta sentarse en el suelo. Por el rabillo del ojo, vio cómo Reptar se calmaba al verla a salvo.
Qué patética soy, pensó, usar una acción física para lanzar mi hechizo insignia de enredaderas y confiar en mi cuerpo para canalizar magia... soy una novata. Los recuerdos la inundaron: su juventud, cuando incluso empalada y con heridas mortales, su mente de hierro le permitía seguir luchando. Una risa seca, involuntaria, se le escapó. Su habilidad estrella se mantenía, pero se había rebajado a esto. Ya no podía vanagloriarse de ser mejor que Reptar o que los demás. Ella también era vieja. ?Por qué pensé que tenía 240 a?os? ?Que otro error cometí?El error mental la aterró. Mis hijos se darán cuenta. ?Qué pensarán?,pero si ya lo saben y no me dicen nada?
—?Oye, Namys! ?Ya pusiste tus planes en acción? —La voz de Reptar, ahora estable y curiosamente animada, la sacó del abismo de su paranoia.
Ella estaba demasiado cansada para descifrar el tono exacto que utilizaba, pero al menos transmitía confianza. Una confianza ciega y total en ella.
—Sí, Reptar. Todo está en movimiento —respondió, y el suspiro de alivio que él emitió le recordó a tiempos más simples, a victorias compartidas y derrotas superadas juntos.
Entonces, unas carcajadas resonaron por el templo, limpiando por un momento la pesadez del aire.
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Frente a Gazazo se alzaba el abandonado fuerte tauren, aun bajo el control de los R?ttfolk. No le sorprendía que los restos de la muralla estuvieran completamente destruidos, pero sí le llamaba la atención que aún persistiera un mercado activo. Claro, era un comercio de chatarra, mercenarios y todo ello ba?ado en un hedor penetrante, pero existía un trueque organizado. Aquella escena le sembró dudas sobre si el plan de Namys funcionaría; aquellas ratas demostraban una cohesión peculiar, casi absurda. Se dio una palmada mental para recuperar el enfoque.
Concentrarse, recordó. La elfa le había asegurado que Togaz despertaría pronto, y él debía cumplir con su parte del plan. "Debo crear un entorno seguro para Togaz. Nada es más importante", murmuró sin preocuparse por quien pudiera oírlo, mientras recorría el mercado en busca de cualquier rata dispuesta a hablar. También necesitaba acostumbrarse a pronunciar el nombre de Namys en voz alta, sin ese resentimiento que le corroía por dentro.
—?Oh, gigante, has vuelto! Sabía que regresarías porque... tengo varios ojos —una rata se plantó ante él con voz chillona. Gazazo se preguntó si sería la misma con la que había tratado meses atrás. ?Aquel tono era una amenaza o una adulación? Y lo más intrigante: ?por qué había tardado tanto en aparecer?
—Sígueme. Velsvar está cerca. Su muerte sellará el fin de la elfa... digo, del gobierno opresor y maligno de Velsvar —en ese momento, Gazazo estuvo casi seguro de que el tono era de adulación. Le sorprendió que la rata siguiera aquella farsa. Intentaba enga?arlo, jugando a un juego que no comprendía.
Siguió a la rata a través de los huecos y pasadizos del fuerte en ruinas. Una vez más, Gazazo se maravilló de que la estructura siguiera en pie. Agradeció al Rey Celestial que el trayecto fuera breve; el aire estaba cargado con el olor de cadáveres de R?ttfolk en descomposición, mezclado con heces y comida podrida. Aquel pestilente panorama le recordó por qué despreciaba a los mercenarios que ahora "custodiaban" el perímetro. Sabía que se lo merecía: su actitud y acciones habían arruinado su relación con el equipo de Magui. Le sorprendía que lo hubieran tolerado un mes entero antes de expulsarlo.
Mientras se sumía en el remordimiento por sus errores pasados, observó cómo la rata que guiaba era pisoteada por el dichoso Velsvar, quien exhibía una sonrisa desmesuradamente forzada.
—?Ooo, gran amigo, aliado, compa?ero, compadre, hermano de otra madre! ?Cómo estás? Yo me retiro. El oro, las armas y las esclavas están en el sótano, no te preocupes, está bien ventilado y cuidado. Yo fui un esclavo maltratado, así que no da?o a nadie aquí tienes las llaves . ?Cuídate! —Velsvar escupió las palabras como una ametralladora, y acto seguido huyó corriendo sin un ápice de dignidad. Gazazo había anticipado una jugada similar, pero no pudo evitar sorprenderse por la dicción clara y rápida de la rata. Parecía haber practicado aquel discurso.
Sacó su escopeta, sintiendo el peso familiar del metal en sus manos. ?Por qué nunca uso esto?, pensó, y sin más, apretó el gatillo contra la multitud de ratas enloquecidas. Algunas le respondieron con disparos, pero eran armas de bajo calibre; los impactos le produjeron apenas un cosquilleo molesto en la piel. Lo que siguió fue, en cierto modo, relajante: un ciclo mecánico de apuntar, disparar y sentir el retroceso. Intercalaba los tiros con golpes secos a cualquier rata lo suficientemente estúpida como para intentar un ataque cuerpo a cuerpo. Un impacto directo al torso solía acabar con la idea.
Fue una masacre, una exterminación. Vio cómo peque?os grupos huían hacia las sombras, pero eso no era asunto suyo. Su misión era otra. Cuando el último chillido se apagó, esperó un momento en el silencio repentino y luego descargó un pisotón brutal contra el suelo, destrozando un extra?o lazo dibujado con sangre que había detectado en su visión periférica.
Con mirada fría, observó cómo una rata sobreviviente comenzaba a balbucear sobre una reina, acusándolo de hereje y profetizando que "el Gran Algo" lo vencería. Gazazo no se molestaría en aprender el nombre de un roedor fanático. Mientras la rata deliraba, su mirada escudri?ó el entorno, detectando docenas de runas toscamente grabadas en el suelo y las paredes. No era un mago, pero los recuerdos de las tediosas lecciones que su hermana le impartió a la fuerza le bastaron para identificar patrones elementales: fuego, transformación y súplica. Todas eran de una calidad pésima, apenas rozando los estándares más básicos.
Se colocó la máscara del águila, un gesto ya instintivo. Se trujó el cuello y observó, con creciente desprecio, cómo la sangre de las ratas muertas comenzaba a aglutinarse, formando una esfera grotesca. No le preocupaba. Su dominio sobre la máscara seguía siendo básico, pero había logrado afinar un hechizo útil: la barrera de viento.
La esfera de sangre tomó una forma humanoide. La rata que antes gritaba se lanzó hacia la figura con éxtasis, pero sus chillidos de emoción se transformaron en alaridos de agonía en cuestión de segundos. Ver cómo un R?ttfolk se derretía no era un espectáculo agradable. La figura, al consumir varios cadáveres ya secos, creció hasta alcanzar los cinco metros de altura. De algún modo, el monstruo de sangre coagulada soltó un rugido que le salpicó el rostro. Gazazo notó que la sangre tenía un sabor ácido, un regusto que le trajo recuerdos lejanos y amargos de su infancia, entrenando con los otros experimentos.
Con un movimiento simple y sin esfuerzo aparente, entonó las palabras:
—Barrera selladora fluida nivel 7,aumento de densidad nivel 4.
Era un hechizo simple que había dominado sin dificultad. Después de todo, toda su vida se había basado en crear y manipular barreras de viento denso; esto solo era una mejora potente del mismo principio.
Mientras una parte de su mente se felicitaba por el despliegue de poder, observó cómo el monstruo quedaba atrapado dentro de una barrera esférica y translúcida. La criatura golpeaba las paredes de aire comprimido con furia, pero la barrera solo fluía y se reestructuraba, volviendo siempre a su forma original.
Lamentó no haber traído su alabarda, pero el peso del arma ya le estaba lastimando el brazo herido. Soltó un suspiro de exasperación y, con un gesto de su mano, formó varias cuchillas de viento afiladas como navajas. Estas cortaron su propia barrera desde el exterior y seccionaron al monstruo en pedazos del tama?o de un torso. Volvió a encerrar cada fragmento y repitió el proceso, una y otra vez, hasta que no quedó nada más que cubos sanguinolentos del tama?o de un pu?o. Los recogería; serían de utilidad.
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Sintió el familiar tirón del tótem en su espalda, exigiendo su parte del banquete. Pero lo ignoró. Togaz despertará pronto, recordó. Y Namys había sido clara: seguir alimentando al tótem con sacrificios solo traería malos resultados. Estiró la espalda, sintiendo el crujir de sus vértebras, y se marchó del lugar, pensando que debería preparar algo especial para la primera comida de Togaz. Aquel monstruo de sangre ácida, convenientemente empacado, sería sin duda un ingrediente... interesante.
Los días transcurrieron en una rutina meticulosa. Gazazo dedicó las ma?anas a preparar ingredientes, seleccionando con extra?o esmero hierbas aromáticas y cortes de carne que pudieran agradar al paladar de Togaz. Por las tardes, realizaba trabajos menores en el incipiente pueblo que crecía alrededor del templo: reparaba empalizadas, transportaba suministros, cazaba alima?as que merodeaban demasiado cerca. Ignoraba las miradas de reojo que lo seguían, los suspiros ahogados y los cuchicheos que cesaban cuando pasaba. Nada de eso importaba. Todo su mundo se había reducido a un solo propósito: que cuando Togaz despertara, encontrara una comida digna y un hogar, aunque fuera temporal.
Y llegó el día setenta. El septuagésimo día en que Togaz seguía respirando, viviendo en su letargo floral. Gazazo contempló el capullo que albergaba a la ni?a, sintiendo cómo cada hora de espera había tallado en su pecho una mezcla de esperanza y temor. Todo estaba listo.
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Día 65
Narel observaba a su hermano mayor mientras este conversaba con la gente y purificaba un altar menor, aquel que servía de sustituto mientras el principal del templo permanecía ocupado. Sus propias manos se cerraban y abrían con frustración contenida. Todo lo hacía con ese cuidado meticuloso que tanto lo exasperaba. "Sacerdotiso de madre", pensó, con la amargura de quien había cargado siempre con las responsabilidades prácticas mientras el otro se refugiaba tras sus rituales. Cuando su madre les encomendó la misión, él había asumido el mando de forma natural. No por ambición, sino por la certeza visceral de que su hermano se perdería en sus ceremonias interminables.
—?Vas a terminar hoy? —preguntó, y su voz sonó más cortante de lo que pretendía—. Los refugiados no se reclaman con oraciones. Tenemos plazos, objetivos y más vidas que salvar.
Su hermano ni siquiera volvió la mirada. "Ahí viene el ni?o perfecto de madre", debió de estar pensando. Narel apretó la empu?adura de su espada hasta sentir el metal through el guante. él no era un simple sirviente; era el baluarte que aseguraba que el legado de su madre se cumpliera, que ella viviera con gloria y que los rituales de su hermano no se desmoronaran ante la primera horda de bandidos.
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Nalas escuchó la voz de su hermano menor, que era un recordatorio constante de cuán podrido estaba el mundo para un pragmático. "Sirviente de mami", musitó para sus adentros, completando el duelo de epítetos que los definía. Mientras Narel solo veía números y estrategias, él veía almas. Cada refugiado que incorporaban no era un simple número para la defensa, sino un acto de fe en el Imperio Esmeralda, una semilla plantada en tierra fértil.
—Las oraciones construyen lealtad. Tu espada solo siembra miedo —respondió por fin, con una calma que sabía enfurecer a Narel—. Alguien debe recordar por qué luchamos, no solo cómo.
Sintió la mirada gélida de su hermano clavándose en su nuca. Narel disimulaba su frustración tras una máscara de obediencia, pero esa actitud se hundía en su interior, creciendo como una enredadera venenosa. Un hipócrita de pies a cabeza.
Dirigió una última mirada a las familias humanas que habían sufrido bajo el yugo de una banda de escoria. Su mayor desafío no había sido el combate, sino convencer a una joven de no destruir la semilla que crecía en su vientre, aunque su origen fuera horrendo.
Pero para su hermano menor, eso podía esperar. Miró su brazo y el amuleto que llevaba siempre, sabiendo que era momento de actuar.
—Guía el camino, joven lord —dijo con tono cortés y sereno. Si su hermano, con toda su ansiedad, deseaba ser tratado como un lord, así sería.
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?Por qué dije algo tan estúpido? Narel se maldijo internamente. ?Las clases de administración no sirvieron de nada? ?Madre gastó sus recursos en vano? Debería haber elegido otras palabras. Ahora todos pensarían mal de él. Cualquier intento de enmienda solo empeoraría las cosas, pero no podía dejarlo así: sus futuros ciudadanos ya lo habían escuchado. Su hermano le había respondido con ese tono altanero y artificial. Tragó saliva con dificultad, giró sobre sus talones y se dirigió al soldado que su tío Reptar había asignado.
—Soldado, ?está todo listo para partir? —Respiró hondo, esforzándose por proyectar control a pesar de la opresión en sus pulmones. Lo observó fijamente a través de la máscara de ciervo.
—Se?or, sí se?or. Todo preparado. Bandidos localizados, civiles alertados —el soldado respondió con un tono firme y seguro, como debía ser.
Este tipo de persona es confiable, reflexionó Narel, porque no lo sería de no serlo. Debería eliminarlos antes de que cometan traición. Su tío Reptar le había ense?ado lo suficiente sobre la naturaleza del enga?o.
—Vamos, soldado —ordenó.
Si nada salía mal, y nada saldría mal, rescatarían más refugiados. Esta vez causaría una buena impresión.
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Nalas no pronunció palabra alguna al ver a su hermano menor reuniendo a los soldados con un aplomo y seguridad que seguramente él mismo no percibía. Un orgullo silencioso se fortaleció en su pecho al contemplar al hombre en que su hermano se estaba convirtiendo.
Pero también observó la ansiedad palpable en Narel, la forma en que sus dedos tamborileaban sobre la empu?adura de su espada. Una parte de él, áspera y amarga, despreciaba esa debilidad exhibida. A él no le habían permitido tener tics nerviosos. Su propia ansiedad había tenido que congelarse, transformarse en la calma gélida que ahora sostenía el mundo de sus hermanos.
Con una postura impecable, manteniendo siempre su hanfu libre del lodo, conservó la espalda recta y la vista siempre en los soldados, dedicándoles peque?as sonrisas pulcras. Ocasionalmente sacaba la lengua en un gesto de concentración. Al parar a descansar, extrajo incienso de flores, se colocó su máscara de abeja y creó un néctar especial para endulzar las raciones.
La mirada de su hermano, su peque?o lord, le quemaba la espalda. Celoso de que pueda socializar con facilidad, pensó Nalas, conteniendo un suspiro.
Se acercó a una soldado, una de las pocas francotiradoras que su tío Reptar había podido traer —que la Diosa Madre lo bendiga—, percibiendo que algo la agobiaba.
—Entonces eres el hijo de Namys. Mira, está bien que esté con ella, digo... es mayor, tiene hijos. La quiero, pero no estoy segura de que sea lo correcto. Y si mi hermano vuelve... —La voz de la mujer estaba llena de confusión y un deseo carnal por alguien de su misma sangre, buscando en él una absolución anticipada.
—Cuídala y protégela. Si esta mujer se te declara abiertamente o tu deseo crece demasiado, estoy seguro de que una visita al ayuntamiento y un divorcio bastarán. Si tu hermano vuelve, que no se diga que rompiste la Ley del Hombre y la Diosa que condena el estancamiento —respondió con una voz clara y precisa, en el volumen justo. La miró fijamente, sus ojos negros viendo cómo el miedo se asentaba en su interior, junto con la felicidad de tener la aprobación de alguien.
Doble cara —Una mueca de irritación quiso nacer en sus labios. La ahogó con un suave masaje en su propia mandíbula, un hábito antiguo, recordándose a sí mismo que un pilar no se resquebraja. No giró al escuchar el insulto silencioso de su hermano. No había reforzado ese comportamiento antes y no lo haría ahora. Si quería hablar con él, que lo llamara directamente.
Los cielos fueron amables: su objetivo fue visualizado y, tras dar órdenes prácticas, se formó un campamento. Con movimientos cuidadosos y metódicos, se tomó su tiempo para crear un altar de cera, enredaderas y miel endurecida. Cada paso era el camino hacia el orden. Agradeció a los soldados su ayuda, pero esto debía hacerlo solo.
Siguió dando consejos o escuchando las quejas de los soldados, observó cómo estos a su vez le llevaban informes a su hermano menor, y sonrió. Al menos el amante de rodar está obteniendo la atención que tanto buscaba.
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Narel no perdería más tiempo. Sus soldados estaban listos, y él también. Con la determinación de actuar como el hombre adulto que debía ser, se acercó a su hermano, quien bendecía a un civil con exasperante parsimonia.
—Sacerdote, la última vez que revisé, solo la sacerdotisa Namys puede dar bendiciones —soltó, con una mezquindad que lo avergonzó al instante. ?Está perdiendo el tiempo deliberadamente?
—Joven lord, pruebe mi miel. Es una versión muy especial. Mis abejas están listas para ayudar —respondió su hermano con esa calma que le erizaba la piel. Otra vez lo lee como un libro abierto. Pero esta vez no mordería el anzuelo. Un sabor a miel, empalagoso y repentino, le llenó la boca de todos modos.
Decidido a demostrar su poder, flexionó los brazos con esfuerzo. De los árboles surgieron extremidades le?osas que se alzaron como brazos titánicos. Hundió aquellos miembros en la tierra, arrancando proyectiles de roca y tierra. No era suficiente. Tomó aire y, con una exhalación forzada, lanzó su hechizo de nivel seis: semillas de enredaderas explosivas que volaron hacia los proyectiles, reforzándolos hasta convertirlos en armas de asedio vivientes.
Espalda recta, mentón arriba, se repitió, mientras las venas en sus brazos se marcaban como cordajes. Lanzó los proyectiles. La destrucción fue enorme, pero inexacta. Solo dos dieron en el blanco.
—??Por qué, maldita sea?! ??Por qué?! —rugió, pero casi de inmediato se contuvo. Calma. Observa. Golpeaste los muros. Ahora planea, ordena, recopila. Repite el ciclo.
—?Muévanse! ?Hay sobrevivientes! ?Infantería, avance! ?O debo ir yo mismo? —gritó desde lo más hondo de su garganta.
La infantería se movió, pero él ya había cometido otro error. Al atacar sin posicionarlos primero, les había regalado segundos vitales a los enemigos. Adiós al ataque relámpago.
—Francotiradores: que esos miserables no descansen. Que sepan que los bosques buscan fertilizante —ordenó, con la voz clara a pesar del ardor en sus pulmones. Al menos los profesionales a su alrededor actuaron de inmediato.
Tomó varias radios, cambiando los planes sobre la marcha. Ahora serían los exploradores quienes extrajeran a los refugiados. él había abierto la brecha, pero una vez más, la victoria se había empa?ado con sus propios errores.
Las horas pasaron, y Narel agradeció a la Gran Madre Silvana que ninguno de sus soldados hubiera resultado herido. Incluso le aplaudieron por haber eliminado a los líderes enemigos en el primer ataque. Sin embargo, él mismo se encargó de apagar prematuramente cualquier atisbo de triunfalismo.
—?Aún no estamos a salvo! —gritó con firmeza, conteniendo su propia emoción—. Debemos volver a la base. Allí habrá tiempo para celebrar.
Y, tal como prometió, al llegar al fuerte se encontró con una fiesta que, para su asombro, estaba dedicada en su honor. El murmullo de las risas y la música le resultaba tan ajeno como abrumador. Entre la multitud, divisó a su hermano y se acercó a él con determinación.
—Antes de que digas algo, esto es tu recompensa —comenzó Nalas,anticipándose a cualquier comentario—. Has luchado tanto en el campo de batalla para ganar reconocimiento. Disfruta esto. Por... favor. Hazlo por mí.
Al poner su mano sobre el hombro de su hermano, notó el cansancio que impregnaba su propia voz. Ese tono lo transportó de inmediato a recuerdos lejanos, a cuando su hermano mayor luchaba por educarlo entre reprimendas y lecciones. Ahora, comprendió que debía encontrar su propio centro. Las inseguridades, como fantasmas familiares, regresaron para acecharlo una vez más.
—Yo... —intentó explicarse, pero su hermano lo interrumpió con un gesto sereno.
—No hables. Lo entiendo perfectamente. Solo reflexiona y mejora. Sigue cultivando tus puntos buenos —Nalas le dijo, y por primera vez en mucho tiempo, Narel vio una sonrisa genuina en su rostro antes de que se alejara para continuar con la festividad.
él hizo lo mismo, sumergiéndose en la celebración con la misma disciplina con la que dirigía una campa?a. En los días siguientes, se sumergió por completo en el trabajo administrativo y la planificación urbanística, esforzándose hasta el agotamiento. Finalmente, reunió el valor para visitar a su hermano, a su madre y a su tío Reptar, buscando consejo sobre los desafíos que ahora enfrentaba.
Sabía que su madre pronto se retiraría a la casa en la playa, un giro que nunca había anticipado. La idea de su jubilación lo llenaba de una urgencia silenciosa. Debía aprovechar cada momento a su lado, cada lección, cada fragmento de sabiduría que pudiera obtener, antes de que el peso de su legado cayera completamente sobre sus hombros.
En su oficina leyó unos informes donde indica que el noble Alistair líder de una comunidad que según su madre era peligroso gasto mucho Solarium en comida y dicha comunidad desapareció y según los exploradores no queda nada toda la tierra volvió a un estado de bosque virgen
Mientras archivaba el informe sobre Alistair, otro documento, más grueso de lo esperado, llamó su atención: un resumen de inteligencia que detallaba cómo los remanentes de los cultos menores —las Tres Cicatrices, La Gracia Vengativa, Los Estrategas del Azar, la Casa del Oro y un pu?ado de sectas sin nombre— se estaban reuniendo en las ruinas de una ciudad fantasma al norte. Narel esbozó una sonrisa fría y despectiva.
"Ratas heridas", murmuró para sus adentros. El informe confirmaba su análisis: privados de sus sacrificios fáciles y de la impunidad que el desorden les otorgaba, aquellos parásitos se arremolinaban en su desesperación. "Espero los informes más detallados de mi agente infiltrado", a?adió con calma, sin un ápice de la urgencia que habría sentido meses atrás.
Su madre tenía razón. Evaluados con la lógica fría de la estrategia, esos cultos nunca habían sido una verdadera amenaza en sí mismos; solo eran los síntomas de una enfermedad mayor. La enfermedad de un territorio sin ley, sin soldados y sin una autoridad firme que los contuviera. Una enfermedad que su madre ya había comenzado a curar.
Ahora la ecuación había cambiado. ?Qué importaba si, en un papel, sus números y armas seguían siendo superiores? Eso era una estadística para un campo de batalla abierto, no para un asedio contra una fortaleza que ahora contaba con los francotiradores de su tío Reptar en las almenas y soldados profesionales dirigiendo las defensas. ?Quién dice que no vendría otro refuerzo, y luego otro? El simple hecho de plantearse ese ataque era un suicidio para una coalición de fanáticos oportunistas que seguramente se disputarían el botín antes de siquiera romper las puertas.
Con su madre y el viejo Reptar al mando, y con él mismo para ejecutar su voluntad, esos miserables no eran más que un mal recuerdo. Un problema de limpieza, no una guerra. Y él estaba seguro de que su escoba sería más que suficiente.
Fin

