Desperté a las seis de la ma?ana, justo cuando la luz del amanecer comenzaba a filtrarse por la ventana de mi habitación. Durante unos segundos me quedé observando el cielo, hasta que el tren de levitación gravitacional cruzó el horizonte en silencio. Entonces me incorporé.
En la cocina, mi madre sostenía una taza de café levitando a medio metro de su mano, dirigiéndola con cuidado hacia mi padre, que estaba sentado a la mesa jugando con una gota de agua. La hacía girar lentamente, deformándola con precisión, como si fuera un hábito más que un ejercicio.
Mi padre me preguntó lo mismo que había preguntado durante todo el último a?o: si ya había terminado de leer el libro, si había considerado la dirección de mis habilidades, si ya sabía a cuál de las academias pensaba aplicar.
Hoy era el último día para enviar la solicitud.
Me miró con sus ojos grises y sonrió. En ese momento, una notificación monótona sonó en mi dispositivo: un aumento de 1500 eclips había sido transferido a mi cuenta personal.
Lo observé en silencio.
—Lo necesitas más que nosotros —dijo finalmente, con una voz suave pero firme—. Nuestra vida ya es tranquila. No tenemos nada que pedirle a nadie.
Hizo una breve pausa. Sus ojos brillaron apenas.
—Sabemos cuánto has trabajado. Sabemos que deseas la grandeza. No podemos ofrecerte más que estos ahorros… y nuestros mejores deseos, hijo. Te amamos.
Mi madre me abrazó con delicadeza. Una lágrima tímida recorrió su mejilla. Sentí cómo algo se afirmaba dentro de mí, una determinación silenciosa que no necesitaba palabras. Los abracé con fuerza, desayuné lo de siempre y me preparé para salir rumbo al Centro de Formación Aldoria.
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Al salir de casa observé a los vecinos hacer crecer tomates y naranjas en su peque?o jardín. En cuestión de segundos, el sonido sutil de las frutas expandiéndose llenó el aire. Cerca de la estación de policía, algunos oficiales entrenaban su telequinesis y su resistencia física con movimientos repetitivos y controlados.
El mundo seguía su curso. Normal. Funcional.
Camino al Centro de Formación, pasé como siempre frente a una peque?a tienda de libros autorizada. La pintura no se había retocado en a?os y al aviso le faltaban varias letras, pero ese lugar había alimentado muchos de mis sue?os. El due?o, amigo de la familia, me permitía leer peque?os manuales y lecturas ligeras sobre conceptos cotidianos como la fricción o el momentum. En ocasiones especiales —generalmente en mi cumplea?os— me dejaba quedarme con un libro a elección.
Fue un mentor silencioso. Le debía más de lo que alguna vez podría decirle.
Saludé al se?or Caldrin y continué mi camino.
Aldoria se alzaba frente a mí: un edificio cúbico, con una única entrada monumental. Personas entraban y salían constantemente, con expresiones muy distintas. Algunos irradiaban alegría y esperanza; otros caminaban con el rostro endurecido por el dolor. Incluso vi a quienes intentaron acabar con su vida allí mismo. No lo lograron: las fuerzas mecanizadas cercanas intervinieron de inmediato, reduciéndolos a sollozos desesperados.
Me sorprendió que prefirieran morir antes que vivir una vida que consideraban vacía.
Al entrar al edificio noté la gran cantidad de cámaras y el ambiente pulcro, blanco, casi clínico. Entonces sonó una notificación: una solicitud de conexión de mi celular al sistema Alpha.
—Bienvenido, ciudadano. Su futuro está en sus manos. Monitoreo inicial exitoso —dijo la voz mecánica en mis oídos.
El sistema Alpha proporcionaba soporte a todo tipo de actividades civiles, desde la educación hasta los quehaceres del hogar y la alimentación. Acepté los términos y condiciones. Una vibración recorrió el dispositivo durante unos segundos.
Minutos después, se mostró la normativa de la academia, la misma que tenía memorizada desde hacía meses. Acepté los términos de la prueba.
A mi alrededor, los aspirantes se observaban entre sí con curiosidad. Algunos sostenían peque?as flamas de colores flotando sobre sus manos; otros intentaban levitar sin demasiado éxito.
—En diez minutos comenzarán las pruebas. Por favor, sigan las flechas verdes.
Sentí una oleada de emoción contenida.
En unos pocos días, tomaría mi rumbo.
Y, por primera vez, comprendí que ese paso ya no tenía vuelta atrás.

