—Me parece impresionante que el solitario Cuervo esté acompa?ado por un adorable canario.
Corvus se puso frente a Miko, sin quitarle la mirada de encima a Gong, y dijo:
—?Reunir a las lanzas después de tanto tiempo? ?Por qué? Explícate.
—??Qué!? Tú eres el que debería dar explicaciones: ?por qué carajos perdiste una batalla tan fácil de ganar hace algunas semanas? Me lo hubiera esperado de las otras lanzas, pero tú, "el capitán de las lanzas", no debiste perder de una forma tan patética...
—Cuida tus palabras, anciano. La misión pendiente la acabaré de inmediato, así que no molestes.
—?Ja! No sé si lo sepas, pero te dieron por muerto en tu última batalla, así que me encargaron acabar con lo que tú no pudiste.
Gong se había puesto frente a frente con Corvus, mirándolo fijamente; se podía oír el rechinar de sus dientes y sus venas estaban a punto de explotar.
Corvus le devolvió el gesto de igual forma; ambos estaban frente a frente, la tensión era tal que la pobre Miko estaba a punto de desmayarse.
?E-es como si dos volcanes estuvieran a punto de estallar; esto no es nada bueno. Cada célula de mi ser me pide a gritos que salga de aquí corriendo, p-pero no puedo mover ni un dedo?.
Miko no podía dejar de temblar; su corazón estaba gritando de miedo; cada latido que daba era un pesado golpe en el pecho.
—?Crees que te tengo miedo? Han pasado tres a?os desde que nos enfrentamos; no soy el mismo desde aquella vez —arremetió Corvus mientras apretaba los pu?os.
—?Y en verdad crees que eso haga la diferencia? Nos hemos enfrentado 273 veces y 273 veces has perdido, Corvus. Deberías saber que un hombre debe ser due?o de su silencio, porque puede ser esclavo de sus palabras.
Ninguno se estaba moviendo, pero la energía de ambos estaba chocando: Corvus emanaba una espesa oscuridad y Gong unas abrazadoras llamas.
Llama y oscuridad estaban desbordando de cada uno de ellos y no solo Miko lo estaba sintiendo, sino también toda la posada; incluso fuera de ella podían sentir la montuosa energía que salía de forma violenta.
En cualquier momento se podía desatar una pelea, y ambos lo sabían, pero por un breve momento Corvus volteó a ver a Miko, la cual estaba totalmente aterrorizada.
Corvus dejó salir un peque?o suspiro y, con resignación, dijo:
—Muy bien. Si quieres que realice esta misión, al menos tienes que darme alguna pista de dónde encontrar a las demás lanzas.
—?Ja! ?Corvus logró contenerse? Increíble —balbuceó Gong.
Gong se quedó perplejo; perdió la compostura por unos escasos segundos. él estaba preparado para todo menos para una plática pacífica.
—Egham, como sabrás, el rey hace cinco a?os dio la orden de que las lanzas se dividieran para así poder abarcar más área en todo el país y, bueno, digamos que no fue la mejor idea.
—?Mala idea? ?Dejar a cinco genocidas esparcidos por todo el reino? Fue una estupidez.
—Lo que sucedió es que, con el paso del tiempo, perdimos toda comunicación con las lanzas. Primero fue el cuarto y el último fue el quinto; tú eras el único que aún se comunicaba con nosotros, pero después de que se te dio por muerto —era oficial— habíamos perdido todo contacto con las lanzas y eso fue la gota que derramó el vaso.
—Lo que estoy entendiendo es que los perros salieron corriendo con todo y collar, pero ahora el due?o los quiere de regreso.
—Algo así. Es por eso que ahora tienes la misión de volver a reunirlas y llevarlas a Cartago, en una pieza, si no es mucho pedir.
—Me estás pidiendo una tarea titánicamente difícil. En cuanto me vean, tratarán de matarme; no son idiotas, tendrán una idea del porqué las estoy buscando.
—Lo sé, lo sé, pero eres el único que puede hacerlo, el único que tiene la suficiente voluntad para domar a esos bastardos. Además, ya las has derrotado una vez; puedes lograrlo otra vez.
—Jódete, Gong. El hecho de que las haya mantenido a raya una vez no garantiza que lo vuelva a lograr.
—Lo lamento, Corvus, pero este fue el rol que te fue dado; no puedes hacer nada más.
—Entonces dime: ?dónde pueden estar cuatro malnacidos en este reino?
—Te facilitaré un poco las cosas y te diré dónde fueron vistos por última vez.
Gong sacó un mapa que tenía guardado en un bolsillo, lo puso en la mesa y empezó a explicar dónde se encontraba cada lanza.
—Escucha: la primera lanza se encuentra en la ciudad de Kashikoi; la segunda lanza se encuentra en la ciudad de Nero; la cuarta lanza está en la ciudad de Tánatos; y, por último, la quinta lanza se encuentra en la ciudad de Faucon.
—Hm, quedan bastante lejos una de la otra; me tomará algo de tiempo, pero eso es lo de menos.
—Trata de causar el menor caos posible. Son ciudades importantes para Cartago, así que si no quieres hacer enojar al rey, trata de minimizar el da?o colateral.
—No hagas esto más tedioso, Gong.
—Y una cosa más, Corvus: tienes como mucho ocho meses para cumplir con esta tarea.
—?Eh? ?Y eso a qué se debe?
—Solo haz lo que te digo y no te lo tomes tan a la ligera. Ya me tengo que marchar; te estaré esperando en Cartago. Suerte.
Gong, de un destello, desapareció dejando solo una quemadura en el suelo, mientras que toda la tensión fue desapareciendo poco a poco. Miko apenas empezaba a recuperar la compostura, mientras que Corvus se sentó en un sillón y se agarró la cabeza.
—?Mierda!
—?C-Corvus?
—Esto en verdad es bastante irritante.
—?Qué es lo que acaba de pasar? ?Me lo puedes explicar? Es demasiada información para digerir.
—Como escuchaste, Miko: soy la tercera lanza del rey; soy uno de los causantes de que este país esté en la mierda.
—?Pero cómo? Me niego a creer que tú seas alguien tan malo.
—Eso no importa ahora; lo importante es que tengo una misión que cumplir y la cumpliré. Tendré que ir a cazar a mis excompa?eros.
—?Que acaso no hay otra opción?
—Son órdenes directas del rey; sería un suicidio desobedecer al rey.
—?Y si mejor huimos?
—Eso es imposible.
—?Por qué?
Corvus mostró un poco de su cuello, donde había una cicatriz que asemejaba la figura de una lanza.
Unauthorized usage: this tale is on Amazon without the author's consent. Report any sightings.
—Esta es la razón: esta cicatriz me la hizo el rey. Gracias a ella no soy capaz de salir del reino; solo soy un prisionero con una celda grande.
Corvus no dejaba de mover las piernas, impaciente y nervioso; su mente estaba divagando, mientras Miko lo veía desde lejos, sintiéndose con la responsabilidad de volverlo a aterrizar.
—No te preocupes, Corvus; hice la promesa de ayudarte a llegar a tus metas y es una promesa que no pretendo romper —dijo Miko mientras sostenía la mano de Corvus.
De un momento a otro, la concentración de Corvus se centró en Miko, la cual, aun estando procesando todo lo ocurrido, dejó salir una mirada llena de confianza y determinación.
—Miko, esto va más allá de tu imaginación; ambos estamos a las puertas del infierno.
—Bien, entonces no te soltaré. Yo te ayudo y tú me ayudas. ?No es lo que acordamos?
?Esta mujer... no sé si es determinación o ignorancia; supongo que solo el tiempo me lo dirá?.
—De acuerdo, Miko. Por ahora tratemos de descansar; ya sé a dónde iremos ma?ana.
—De acuerdo, Corvus. Descansa.
—Buenas noches, Miko.
Ambos se acostaron en sus respectivas camas. Corvus se quedó mirando el techo, tratando de dormir, pero su mente no lo dejaba en paz.
?Justo antes de llegar a la capital, ese bastardo se ha de estar partiendo de la risa. ?Acaso podré con las lanzas? ?Por qué? ?Por qué? ?MIERDAAA!?.
Esos fueron los últimos pensamientos de Corvus, mientras poco a poco se quedaba dormido, teniendo de nuevo un sue?o vivido. Se encontraba caminando en medio de un pasillo, que se estaba estrechando cada vez más; gravemente herido, seguía caminando, tanto así que a duras penas podía andar, hasta encontrarse con alguien.
—Vaya, normalmente terminas en un pésimo estado después de tu entrenamiento "especial", pero creo que esta vez te excediste, ?no, Corvus?
—Lo sé, pero cada vez que peleo contra él, mejoro.
La persona con la que estaba hablando Corvus solamente suspiró profundamente y procedió a ayudarlo a caminar.
—Te ayudaré a llegar a la enfermería; es lo mínimo que puede hacer un amigo.
Corvus, junto con la persona desconocida, empezaron a caminar juntos por este largo y estrecho pasillo.
—Sabes, la selección final está próxima a iniciar; tengo que admitir que estoy un poco nervioso.
—Ve el lado positivo: cuando pasemos la selección final al fin podremos ser un poco "libres" —dijo Corvus con una peque?a sonrisa.
—Ja, libres... ya no sé qué significa esa palabra, aunque aún mantengo la esperanza de que seamos "libres".
—Aún hay esperanzas, ?no?
—Claro, ambos saldremos de esto. Mira, ya casi llegamos a la enfermería.
—Gracias como siempre, Ken... ji...
El sol empezó a salir; el rocío de la ma?ana podía apreciarse de gran manera a las afueras de Semos, donde estaban Miko y Corvus.
—?Y a dónde iremos primero? —preguntó Miko, mientras apenas se mantenía de pie, consecuencia de no poder dormir bien en la noche.
—Nuestra primera parada será la ciudad de Nero; es la más cercana, pero antes debemos atender otros asuntos.
—?Y cuáles son esos asuntos?
—La promesa que te hice y por la cual tomaremos una breve desviación... ?Salamanca!
En un instante, Salamanca estaba arrodillado frente a Corvus.
—?En qué le puedo ayudar?
?Ahora entiendo por qué Salamanca le es tan devoto a Corvus; cualquiera en su posición tendría tal respeto?.
—Tú, mejor que nadie, conoces Semos y sus alrededores. Quiero que me lleves con el otro se?or de la ciudad, al que llaman "esclavista".
—Entendido. Síganme; no queda muy lejos de aquí, aunque debo advertirle que donde se encuentra el esclavista es un lugar bastante peligroso.
—Tienes tan poca fe, ?en mí?
—Claro que no, mi se?or; lo digo por su acompa?ante. El lugar a donde irán está resguardado por docenas de guardias realmente duros; ella podría estorbar.
—Hmm, tienes algo de razón, pero no te preocupes; ya he pensado en un plan. Solo encárgate de llevarnos a ese lugar.
Caminaron hacia las profundidades del bosque. Allí se encontraron con una gran mansión con una hermosa fachada de madera, que estaba siendo resguardada por cientos de bestias.
—Hasta aquí puedo guiarlos. Si se enteran de que traje un caballero del rey, iniciaría una guerra entre el esclavista y yo. Conociendo a mi se?or, no quisiera que personas inocentes murieran como da?o colateral.
—Lo entiendo; gracias por tus servicios. Puedes retirarte por ahora, Salamanca.
Salamanca simplemente hizo una reverencia y, así como apareció, desapareció en un instante.
—?A qué hemos venido aquí?
—?Recuerdas lo que querías, no? Recuperar a tus seres queridos. Lo más probable es que estén aquí.
—?En verdad crees que gente de mi pueblo esté aquí? —se cuestionó Miko, mientras mostraba una cara de melancolía.
—No estoy del todo seguro, pero si fueron vendidos o serán vendidos como esclavos, este es el lugar donde se encuentran —afirmó Corvus mientras se quitaba la armadura.
—?Qué estás haciendo? —preguntó Miko.
—El plan es el siguiente: me haré pasar por un cliente que va en busca de esclavos, y tú te harás pasar por mi guardaespaldas.
—?Eh?
—No te preocupes, solo tienes que aparentar ser un tipo duro y no hablar... ven, te ayudaré a ponerte la armadura.
—?Y no podría ser al revés? Tú das mucho más miedo que yo.
—Lo hago para prevenir cualquier caso de contingencia. Si nos metiéramos en problemas, tú estarás a salvo: esta armadura está hecha de una aleación de titanio.
—Eso quiere decir, ?qué...?
—No cualquier arma puede llegar a perforarla, así que serás intocable. Además, te queda bien.
Corvus había terminado de ponerle la armadura a Miko; le quedaba casi a su medida.
—Wow, pensé que pesaría si la tuviera encima, pero es muy liviana; me siento como una superheroína —mencionó Miko mientras hacía diferentes poses de pelea.
—Recuerda que eres un tipo malo; te recomiendo que te vayas metiendo en el papel.
Por su parte, Corvus simplemente se quedó con la capucha que llevaba Miko y, juntos, se dirigieron hacia la mansión. Estando ya cerca, fueron detenidos por un par de guardias.
—?Qué rayos hacen aquí? ?Acaso quieren morir? —dijo enfurecida una bestia hiena.
—No se preocupe, soy el propietario de unas tierras en Cartago y vengo a comprar personal para que trabajen en ella.
—Solo aquellos que fueron invitados a la mansión pueden pasar. Largo —alegó el otro guardián, que también era una bestia hiena.
—Creo que no entendieron bien; en verdad estoy interesado en su mercancía —insistió Corvus mientras le daba a cada bestia una moneda de jadeíta.
Ambas bestias se voltearon a ver y empezaron a sonreír de oreja a oreja.
—Querido cliente, ?podría permitirme llevarlo a la entrada? Ahí le mostraré adónde dirigirse.
Ambos guardias empezaron a escoltar a Corvus y a Miko hasta la entrada de la mansión.
—?Por qué les diste tanto dinero? Podrían hacer muchas cosas terribles con esta cantidad —le dijo Miko a Corvus, mientras susurraba.
—No te preocupes; esas son un par de piedras, solo que las cambié de apariencia. Le llamo intercambio de sombras.
Por la armadura no se podía notar, pero Miko estaba sonriendo felizmente.
Después de pasar por una puerta monumentalmente grande, por fin habían entrado a la gigantesca mansión; vieron cómo varias personas bien vestidas compraban esclavos como si fuesen fruta de un mercado.
Miko empezó a enfurecerse al ver tal cosa; tanta era la rabia contenida que Corvus empezó a notarlo.
—Cálmate, Miko; tenemos que salir de aquí sin causar un alboroto.
—?Cómo quieres que me calme? ?Acaso no ves lo que está pasando?
—Te entiendo, pero si quieres encontrar a tu gente te aconsejaría que mantengas la compostura. Controla esa rabia y sigue caminando.
Miko apretó fuertemente sus manos y siguió caminando en silencio.
Pasando gran parte de la mansión, iban a entrar a un estrecho pasillo, pero justo antes de entrar una bestia perro salió, apareciendo delante de Miko y Corvus.
—Buenas, jefe, ?nos permite pasar? Tenemos muy buenos clientes aquí atrás.
—?él es el esclavista? —preguntó Corvus con cara de incredulidad.
Una bestia perro, con largas orejas, una cara llena de arrugas y un par de ojos tristes, portando una armadura azul, se quedó viendo a Corvus.
—Ja, ja, no; él solo es el jefe de la infantería; el esclavista, por el momento, no está.
Miko empezó a emanar una enorme cantidad de sed de sangre; sus intenciones de matar la estaban sobrepasando, tanto que Miko empezó a temblar.
??Qué rayos le está pasando a Miko? Esta sed de sangre es tan intensa como la vez que nos conocimos. Si no logro detenerla, nuestra misión podría fracasar?.
—Miko, detente; si sigues así podrían darse cuenta de tus intenciones.
—Es él... él era quien dirigía a las bestias ese día.
—Oh mierda, Miko, detén esos pensamientos; piensa en las personas que pondrás en riesgo si haces lo que estás pensando.
—?Qué está pasando ahí atrás? —dijeron las bestias mientras se aproximaban hacia Miko y Corvus.
—No pasa nada, solo que...
Antes de que Corvus pudiera terminar de hablar, Miko había cortado la cabeza a las dos bestias hienas y estaba a punto de cortar a la bestia perro, pero esta pudo esquivarlo fácilmente y contraatacó con un poderoso tajo. Justo antes de que le diera de lleno a Miko, Corvus la jaló.
—Mierda, para la próxima usaré las cadenas.
El tajo que estaba destinado a darle a Miko chocó con un enorme pilar, cortándolo como mantequilla y llevándose parte del techo de la mansión, así captando la atención de todos los presentes.
—Pero, ?qué tenemos aquí? Damas y caballeros, tenemos el honor de estar en presencia de una de las cinco lanzas del rey —declaró la bestia perro mientras sonreía sádicamente.
La capucha de Corvus se había caído, dejando ver gran parte de sus cicatrices, y una de ellas era la cicatriz de la lanza.
?Mierda, con que este sujeto sabe sobre las lanzas?.
—Las malas lenguas dicen que las lanzas del rey son verdaderos monstruos, que los únicos que pueden contra ellas son los legendarios generales. Pongamos a prueba ese rumor.
—Lo siento, Corvus; lo arruiné todo —Miko recién empezaba a recobrar la razón.
—También es mi culpa, Miko; no tomé las precauciones necesarias.
Corvus rápidamente lanzó su lanza contra la bestia perro, el cual tuvo que saltar para poder esquivarla, dejando espacio para meter a Miko dentro del estrecho pasillo.
—?Corre, Miko! Libera a todas las personas que encuentres; yo me encargaré del resto.
—?Qué pasará contigo?
—?Dije que corrieras!
Acto seguido, Corvus clavó su lanza en medio de la entrada del pasillo para evitar que cualquiera pudiera entrar.
Miko, sin saber bien lo que estaba pasando, corrió hacia las profundidades del pasillo a toda prisa.
Por otro lado, todas las bestias que resguardaban la mansión se habían reunido, preparadas para matar.
—Escuchen, chicos: quien me traiga la cabeza de ese bastardo, le recompensaré con un ópalo negro —dijo la bestia perro mientras apuntaba a Corvus con su espada.
Cientos de bestias rodeaban a Corvus, el cual sin titubeos adoptó una postura de pelea; aun siendo acosado por docenas de bestias, su mirada estaba en aquella bestia perro.
—Nunca me gusta hacer esto. —Corvus dejó salir su oscuridad, cubriéndole los brazos.

