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Solo

  Mis pies se asentaron y flexionaron las rodillas. Notaba la cintura retorcerse hasta alcanzar su límite mientras mi brazo soportaba el peso de la espada. Entonces, él dio el primer paso. Su acero se dirige directamente hacia mi cuerpo. Solté la tensión como si fuera un látigo y mi espada trazó un arco amplio buscando la suya.

  Cuando los dos metales impactaron, emitieron un fuerte ta?ido que me vibró hasta en los dientes.

  Flexioné un poco más las rodillas y salté hacia delante, pero mi padre giró sobre sus pasos con una agilidad impropia de un anciano, más digna de un felino. Desvió mi cuerpo y, con el escudo, golpeó mi pierna dominante. Al caer, el sabor metálico del óxido apareció en mi boca.

  Traté de levantarme, pero sentí el peso de mi padre cuando se sentó de golpe sobre mi espalda, arrancándome todo el aire del pecho. Frente a mí alcancé a ver mi espada, del escudo no tenía ni idea de dónde habría ido a parar. La rabia empezó a latir en mi cabeza al escuchar su voz.

  Cómo a?oraba esa voz… cómo el a?oro.

  — ?Satisfecho? —dijo con tono burlón.

  —Quítate de encima para que te lo demuestre… —gru?í, con la frente pegada a la tierra.

  —Sigue estudiando, deja la espada, hijo. No sé por qué sigues viniendo a que te patee el culo.

  —Si no vengo a verte, te pasarás el día haciendo guardia y emborrachándote.

  —?Todo el día? —respondió el viejo, levantándose—. Ojalá.

  Escuché el siseo metálico cuando devolvió la espada a la funda. Me incorporé con dificultad, reconocí mi acero y busqué el escudo. Mi padre me observaba con los brazos en jarra y esa sonrisa suya, amplia, casi permanente, como si una maldición la hubiera grabado en su rostro.

  —Escucha, Gustab —dijo cuando me dirigía a recoger el escudo, que había rodado más lejos de lo que habría imaginado.

  Fingé no escucharlo. Ya sabía lo que venía a continuación.

  —Tienes que tomarte más en serio tus estudios. Tienes que esforzarte.

  —Ese lugar no es para gente como nosotros…

  él se rio.

  —?Para nosotros? —repitió con ironía—. Me acuerdo de cuando descubrimos que tenías afinidad con la magia, hijo. Tu madre estaba tan orgullosa… “Nuestro hijo será un mago”.

  Escupí con amargura.

  —Los magos… —gru?í—. No quiero pertenecer a esa gente. No hay honor entre túnicas brillantes y pomposas. Esas millas de libros tienen más polvo que palabras útiles. No me dejes ser yo mismo. Yo quiero ser como vosotros, salir ahí fuera y ver mundo.

  La mirada de mi padre se suavizó antes de soltar otra carcajada.

  —?Has vuelto a discutir con Wenny?

  La pregunta me pilló desprevenido. Apreté los pu?os sin contestar, pero él siguió hablando.

  —Esa chica tiene carácter, como tu madre… Le habría encantado conocerla.

  Me giré para evitar su mirada.

  —Me vuelvo a la universidad.

  Se acercó y posó una mano pesada en mi hombro.

  —Sé que no es tu sue?o, pero créeme, como mago tendrás la vida a la que tu madre y yo jamás habríamos podido aspirar a darte.

  Ojalá no me hubiera ido así. Ojalá hubiera sido más maduro y hubiera pasado más tiempo con él.

  Porque aquella tarde volvió a la taberna, como cada día desde que la fiebre del oto?o se llevó a mi madre, y al regresar a casa se vio envuelto en una revuelta. Fue asesinado en un callejón como si fuera una rata.

  Ni siquiera asistí a su funeral. Fue entonces cuando abandoné la universidad, dejando aquel lugar atrás para siempre.

  Cuando desperté, me encontré con un techo que no conocía. Un ruido llamó mi atención y giré la cabeza con dificultad. La sentía embotada y no sabría decir qué parte de mi cuerpo me dolía más, era un dolor sordo que recorría cada fibra.

  No muy lejos de la cama, una mujer estaba sentada leyendo un libro. Me quedé mirándola un instante. No reconocía su rostro de facciones anchas. Sus ojos recorrían la página con calma y, al terminar, alzó la mirada y la posó en la mía. Nos quedamos así un segundo, hasta que dio un respingo y se levantó para acercarse.

  —Por fin… Por fin has despertado —dijo con una voz extra?amente melodiosa.

  Intenté hablar, pero la garganta no me respondió. Sentí como si mil agujas se clavaran en ella.

  —Espera, no hables.

  Se dirigió a una mesa junto a la pared, mezcló el contenido de varios tarros y volvió con un cuenco. Me ayudó a incorporarme y vertió el líquido en mi boca. El sabor era dulzón, casi empalagoso.

  —Sé que es espeso, pero te aliviará. Tengo que irme mientras te hace efecto. No te levantes, no hables. No tardaré.

  Salió por la puerta y la seguí con la mirada hasta perderla de vista. Intenté incorporarme, pero el dolor me mantuvo clavado al colchón de paja. Me quedé allí, solo, contemplando el techo, tratando de recomponer los pedazos de lo que había ocurrido.

  Recordé la oscuridad. El destello de las explosiones al descomprimir las bolas de fuego. El rugido de aquellas bestias…

  No sé cuánto tiempo pasé a solas con mis fantasmas. No sé en qué momento las lágrimas empezaron a surcar mi rostro, pero las sentí al contacto con la brisa que entraba por la diminuta ventana.

  —?Qué he hecho? —susurré.

  Había decidido llevarme a todas aquellas criaturas conmigo… y a K’thaar también. Pero tal vez solo había matado a mis compa?eros.

  La puerta se abrió. Con dificultad, alcé una mano temblorosa para secarme el rastro del llanto.

  —?Pero qué…?

  La mujer había vuelto, pero su cuerpo me impedía ver a quién traía con ella. Me sujetó el brazo con una mano y, con la otra, me secó las lágrimas con una delicadeza que no merecía.

  —Se?or, este es el superviviente del grupo —dijo, ayudándome a incorporarme.

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  Tras ella resonó una voz grave.

  —Así que este es el que ha volado por los aires la cueva…

  Al mirar, vi a un hombre que ya había dejado atrás sus mejores a?os, pero su postura erguida, los tendones marcados del cuello y su mirada afilada demostraban que aún le quedaba mucha vida por delante. En cierto modo me recordaba a mi padre, aunque con un perfil más amargado.

  A modo de respuesta me encogí de hombros. El gesto me provocó un latigazo de dolor que me recorrió el cuerpo de arriba abajo.

  —No te esfuerces, muchacho. No queremos que el único superviviente se nos muera —dijo con cierta ironía—. Dime, ?Qué ha pasado ahí dentro?

  Respiré hondo y solté el aire lentamente. El mejunje que me había dado aquella mujer funcionaba, la garganta ya casi no me dolía.

  —?Y mis compa?eros? —pregunté. Mi propia voz sonó más débil de lo que esperaba.

  —Solo te encontramos a ti —respondió una voz desde la puerta.

  Allí se había reunido un peque?o grupo. El que había hablado era un hombre joven, de brazos gruesos y melena espesa. Le odié en ese mismo instante por ser tan insultantemente atractivo.

  —Cuando la cueva estalló, unos pocos nos dirigimos allí. Nunca habíamos oído nada igual —continuó. Su voz me irritaba, lo que confirmó que me estaba recuperando si mi cerebro ya funcionaba con esa envidia—. Tras una batida solo encontramos cuerpos de goblins esparcidos por todas partes… y a ti, en el centro de un enorme charco de tu propia sangre. Estabas fatal. Pensamos que no sobrevivirías. Me alegro de haberme equivocado.

  —Gracias, Ian —intervino de nuevo el viejo—. En resumen, solo estabas tú. ?Qué ha pasado?

  Dudé. Miré mis manos, se sentían ridículamente débiles. Me temblaban tanto que tuve que cerrarlas en pu?os.

  —No te esfuerces, aún no te has recuperado —Agatha posó las manos sobre las mías con dulzura.

  —Bueno, ya está bien… —el que supuse era el responsable de Leokvaar se giró sobre los talones—. Ian, ve a avisar de que su paciente ha despertado. Lo quiero aquí ayer.

  Ian asintió y se perdió entre la gente. El viejo cerró la puerta y volvió a situarse a mi lado.

  —Te lo pregunto de nuevo. Has volado media monta?a. Dime qué cojones pasó ahí abajo.

  Tragué saliva, decidiendo por dónde empezar. Inspiré hondo y le conté todo, desde el momento en que pusimos un pie en la cueva. Tanto el viejo como la mujer permanecieron en silencio. Cuando llegué a la parte en la que el suelo cedió y caímos a aquella red de túneles, el hombre se llevó la mano al mentón, pensativo, pero no me interrumpió. Les hablé de las criaturas, de la traición de K’thaar y de cómo mis compa?eros desaparecieron.

  Cuando terminé, la habitación quedó sumida en un silencio sepulcral.

  Agatha se acercó y apoyó una mano sobre mi frente. La noté tibia. Inclinó el rostro hacia el mío y me observó con sus grandes ojos marrones.

  —No tiene fiebre y parece que su cabeza no ha sufrido ningún da?o grave.

  El viejo asintió. En ese momento, la puerta se abrió y sentí un auténtico escalofrío al ver entrar en la estancia a un enorme minotauro. Al agacharse tuvo que girar el torso para poder pasar por el marco, al enderezarse, su cornamenta casi rozó el techo. Me miró a través de unas peque?as lentes redondeadas que hacían que sus ojos negros parecieran aún más diminutos. Se ajustó las gafas sobre el grueso puente del hocico con un dedo enorme y, al soltar el aire, su respiración resonó en toda la habitación.

  —Alcalde. Agatha —saludó con una calma imperturbable.

  Los presentes asintieron.

  Con dos pasos se situó a mi lado y me observó detenidamente.

  —Cinco días —dijo con su voz profunda—. Aún necesitas recuperarte.

  Tardé un instante en darme cuenta de que me había quedado mirándolo con la boca abierta.

  —?Cinco días? —logré balbucear.

  —Ese es el tiempo que llevas inconsciente —asintió—. Tenías un brazo y una pierna rotos. Con suerte y mucha magia hemos podido curarte —a?adió, se?alando a Agatha— ?Por qué trataste de tirarte la cueva encima? O, mejor dicho, ?cómo conseguiste hacerlo?

  Me encogí de hombros, pero antes de que pudiera responder, el alcalde me cortó.

  —Déjame resumirte la situación.

  Mientras el minotauro se reunía con el alcalde, Agatha se abrió paso en el reducido espacio para llegar hasta mí. Yo no podía apartar la vista del recién llegado, vestía ropas amplias y carecía del aura amenazante propia de su especie. Por alguna razón, eso me inquietaba aún más.

  —Donovan y yo te hemos estado cuidando —me dijo la mujer—. Tienes mucha suerte, ?sabes? Muy pocos conservan una extremidad tras romperse los huesos de esa manera. Tuvimos que emplearnos a fondo.

  —?Sois clérigos? —pregunté.

  Ella negó con la cabeza.

  —Yo estudié magia blanca —aquello me impresionó, en la universidad solo unos pocos elegidos accedían a la sanación—. él es un monje druida.

  —?Cómo? —me atraganté con mis propias palabras.

  Ella se rio.

  —Todos reaccionan igual. Lleva con nosotros poco tiempo y me ayuda con los heridos de los goblins. Aunque supongo que, gracias a ti, ya no tendremos que preocuparnos más por ellos.

  La puerta se abrió de golpe y una nueva figura irrumpió en el cuarto.

  —?Dónde están mis ocho monedas de plata? —rugió la recién llegada.

  Su cabello rojizo parecía flotar mientras se detenía en mitad de la habitación. Los ojos de la herrera se clavaron en mí, ignorando al resto.

  —?Já! Sabía que si te seducía no podrías evitar volver —dijo, cruzando los gruesos brazos sobre el pecho con una sonrisa amplia.

  —?Qué haces? —intervino el minotauro—. Déjale en paz, necesita descansar.

  —Pero… —empezó ella.

  El alcalde se acercó a Sigrid con una sombra de ira en la mirada.

  —?No te das cuenta de que está hecho mierda? —rugió el viejo.

  Agatha, sobresaltada por el grito, casi cayó de culo sobre la cama. Se recompuso de un salto y salió disparada hacia la herrera, agarrándola del pelo y arrastrándola fuera de la habitación.

  —?No molestes a nuestro paciente hasta que pueda mear solo! —le gritó antes de cerrar la puerta tras ellas.

  Los gritos llegaron amortiguados desde el pasillo, salvo algunos improperios, no logré distinguir qué se decían.

  El minotauro y el alcalde se acercaron a mí con gesto sombrío.

  —Bueno, chaval, voy a ser claro —dijo el alcalde.

  Mi cabeza empezó a trabajar. Miré la estancia y comprendí.

  —Imagino que, tras cinco días y tantas molestias, esto me va a salir bastante caro —comencé. El minotauro trató de interrumpirme, pero no le dejé—. En la posada tenemos equipo y unas escamas de dragón que seguro cubrirán los gastos.

  El alcalde alzó una mano para hacerme callar.

  —Sí, los gastos son elevados, pero con el pago de la misión queda prácticamente cubierto. Y de tus cosas de la taberna… olvídate.

  Ladeé la cabeza, confuso.

  —Seguramente ese cerdo de Porktas abrió tu puerta nada más iros —dijo con asco—. Trataré de recuperar lo que pueda. Mientras te recuperas, puedes quedarte aquí. Pero ese no es el tema que quería comentar. Hay algo en tu historia que no me cuadra.

  En ese momento, Agatha volvió a entrar, pero el alcalde continuó.

  —La cueva no era tan grande. Hace a?os fue una mina. Se abandonó hace mucho y estoy seguro de que no había ninguna red de galerías.

  Me quedé completamente descolocado.

  —Pero caímos… Estuvimos vagando mucho tiempo ahí abajo.

  —Te encontramos cerca de la galería principal —a?adió Agatha.

  Nos quedamos en silencio. La cabeza empezó a dolerme con más fuerza.

  —No… —empecé a decir—. Pero… eso es imposible.

  —Eso mismo nos preguntábamos nosotros —dijo el alcalde.

  Empecé a notar en sus miradas ese brillo de quien empieza a pensar que estás loco.

  —?Y si era magia espacial? —se escucha una voz tras la puerta.

  Con un suspiro, el alcalde la abrió y apareció la herrera.

  —Sigrid… ?qué haces? —El tono del viejo sonaba agotado, pero ella lo ignoró.

  —Piénsalo —dijo entrando de nuevo—. Nunca había vuelto nadie. Eran unos malditos duendes. Llevábamos meses con problemas y ahora, por alguna razón, tenemos la suerte de que volviera alguien, por muy improbable que fuera.

  Por segunda vez me quedé mirando a alguien con la boca abierta. No sabía si estaba cansado o si me sentía ofendido.

  —Creo que este joven necesita descansar —sentencia Donovan con su tono tranquilo.

  —Donovan tiene razón —asintió el alcalde—. Será mejor que nos marchemos. Tendrás mucho en lo que pensar.

  Observa cómo todos, excepto Agatha, abandonaban la habitación. El minotauro prácticamente se llevó en volandas a la herrera.

  — ?Qué ha pasado? —pregunté, confuso.

  Agatha respondió obligándome con delicadeza a tumbarme de nuevo.

  Con la cabeza hecha un lío, me quedé mirando aquel techo desconocido. No me di cuenta de que el mundo daba vueltas hasta un segundo antes de desmayarme otra vez.

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