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Ecos en la mente

  El techo de madera de la habitación se había convertido en mi mejor amigo esos días, con el que reflexionar y hacer preguntas de las cuales no tenia respuesta, pero no se tú, pero yo, me paso el día pensando demasiado las cosas aunque no quiera... Pero bueno... Lo importante es que en pocos días, ya conocía cada maldita veta, cada nudo y cada mancha de humedad. Mirándolo, intentaba encajar las piezas de un puzle que se me antojaba incompleto ?Qué había hecho K’thaar? ?Qué demonios pasó con los túneles? En mi cabeza, el cráter debería haber sido un jodido portal al infierno, pero allí fuera solo parecía un mordisco mal dado en la monta?a.

  —Vamos, Gustab... Piensa...—susurré, sabía que algo se me escapaba, los problemas complejos no eran mi fuerte, los análisis de situación, el comportamiento del enemigo, eran Beonir y Rintaro quienes se encargaban de eso, y antes de ellos, Born y antes Ferederec y tantos otros con los que he compartido grupo hasta asentarme finalmente en mi grupo... Mi grupo había desaparecido y hasta Eril sería más útil que yo, él al menos no estaría perdiendo el tiempo observando un techo.

  Me arremangué la camisa con manos temblorosas. Contemplé las marcas de mi brazo, esas líneas oscuras que parecían tatuajes hechos con veneno, como una veta en la piedra producida durante a?os por un fino hilo de agua. Concentré un atisbo de mi voluntad en la punta de mi dedo índice, buscando esa chispa familiar con las que solía encender mis pipas o iluminar mis lecturas nocturnas, el hechizo más básico que se le ense?a a un mago con afinidad al fuego, luz de vela.

  En cuanto un destello apareció, las marcas brillaron con un tono azulado, el mundo explotó dentro de mí.

  No fue una sensación ardiente ni de corriente eléctrica, sino de puro dolor. Un rayo de agonía pura me recorrió el brazo, trepó por mi cuello y se instaló en mi pecho como si alguien estuviera retorciendo mis costillas con unas tenazas al rojo vivo. Grité. Un grito desgarrador que me vació los pulmones.

  La puerta se abrió de golpe. Agatha entró corriendo, con el rostro desencajado.

  —?Que...? ?Te dije que no lo intentaras! —exclamó mientras me sujetaba. Cuando puso sus manos sobre las mías, sentí como el dolor cesaba poco a poco, olían a ungüentos de hierbas, me recordó a cuando era ni?o e iba al bosque con mi madre, un sopor me invadió de inmediato—. La magia no es un juguete, tienes que comprender que ahora mismo tu cuerpo es un cristal agrietado. Descansa, por lo que más quieras. Descansa.

  Me obligó a tumbarme y salió de la habitación tras darme un brebaje amargo de una peque?a botella de barro que sacó del zurrón que llevaba a la cintura. Observé de nuevo el techo, luche por permanecer despierto, pero en cuanto el pestillo hizo clic, el silencio se volvió denso. Las paredes de madera se estiraron, se volvieron piedra húmeda y fría. El olor a hiervas fue sustituido por el hedor a azufre y lodo.

  Estaba de nuevo en la cueva.

  ?Nos has abandonado...?

  El susurro de Beonir sonó justo detrás de mi oreja. Me giré, pero solo vi sombras alargadas que se retorcían.

  ??Por qué tú sí y nosotros no, mago?? —la voz de Aril, aguda y sibilante, parecía brotar de las esquinas.

  ?Cobarde...? —rugió Eril en la distancia.

  ?Confiaba en ti...? Susurró Rintaro.

  El pánico me atenazaba la garganta. No podía respirar. Entonces, la puerta se abrió de nuevo con un estruendo que rompió la ilusión.

  Di un brinco en la cama, con el corazón martilleando contra mis costillas, tenía la piel empapada en un sudor frío y pegajoso. Sigrid estaba allí, apoyada en el marco de la puerta, mirándome como si fuera un bicho raro.

  Stolen novel; please report.

  —?Qué te pasa? Parece que hayas visto a un ejército de no-muertos —dijo con su habitual aspereza.

  —Una... una pesadilla —logré articular, limpiándome la frente con la manga de la camisa.

  —?Pesadilla? Entonces no se trataba de... Como se llamaba ?Wenny? —preguntó ella, entrando en el cuarto.

  —?Pero qué pasa? ?Todo el maldito pueblo lo sabe? —blasfemé, gru?endo mientras hundía la cara entre las manos con frustración.

  Sigrid se encogió de hombros con una naturalidad insultante.

  —A mí me lo ha contado el alcalde. Al parecer, hablas mucho cuando duermes.

  Me sentí como si me hubieran desnudado en la plaza del pueblo. Sigrid cerró la puerta y su expresión cambió. Se volvió algo... extra?a. Metió la mano en su bolsillo y sacó un objeto alargado, grueso y de un material cristalino que reflejaba la luz de la vela de la mesilla.

  —Tenemos una deuda pendiente, mago. Me debes plata por la espada, o... bueno, ya sabes.

  Me puse tenso de inmediato. El recuerdo de su oferta en la herrería me golpeó y el sudor frío volvió a brotar de mi piel de forma descontrolada.

  —Pagaré con plata. En serio. Prefiero la plata.

  Sigrid parpadeó, sorprendida, y luego relajó los hombros.

  —Ah, pues mejor. La verdad es que no me atraes mucho —dijo con una sinceridad que dolió un poco en mi orgullo—, pero me sentía mal por cómo jugué contigo aquella vez. Pensé que no volverías de esa cueva y me dabas bastante lastima.

  Se guardó el objeto fálico con la misma calma con la que alguien guarda la llave de su casa.

  —Lo dejamos así entonces. Ya no hay deuda. Consideralo un favor entre amigos. Y oye... —me lanzó una mirada pícara—, si un día nos emborrachamos lo suficiente, tal vez le saquemos partido a esto.—Comento palpándose el bolsillo donde se había guardado la... herramienta.— Pero no me hace gracia acostarme con alguien que tiene la cabeza en otra cama.

  Puso los brazos en jarra y me sonrió.

  —Por cierto, me ha dicho Donovan que vendrás con nosotros — Dijo muy animada.— Me alegra no tener que ir sola con ese aburrido minotauro, desde que estoy al cargo de la herrería en este pueblo, aprovecho cualquier oportunidad de pasarme a ver la competencia de las forjas de los alrededores.

  Algo hizo se me desencajó en sus palabras y no pude evitar preguntar.

  —?No eres de aquí?— Ella me miró como si mi pregunta estuviera fuera de lugar y a?adí.— Pensé que eras pariente del alcalde.

  —?De Glorian?— La herrera estalló en carcajadas como si le hubiera contado un chiste buenísimo.— Amigo, descansa, nos vemos más tarde.

  Se dio la vuelta y salió antes de que pudiera responder. Me quedé perplejo, mirando la puerta cerrada. ?Amigo? Por algún motivo, sus palabras me sentaron como un pu?etazo al estómago, pero suspiré al recordar el objeto que llevaba consigo, porque espero que eso no fuera para usarlo en mí... mejor no pensarlo...

  Decidí que necesitaba algo para desviar mis pensamientos. Salí del catre y me arrastré hasta el cofre de madera que descansaba a los pies de la cama. Mis cosas estaban allí. La ropa, limpia y remendada con una habilidad increíble, e incluso había prendas nuevas, de lana gruesa y resistente. Y allí estaba ella, mi espada.

  La saqué de la vaina. Pesaba, pero se sentía real. A diferencia de la magia, la espada no intentaba matarme por dentro cuando la sostenía. Recordé las críticas de Donovan sobre la procedencia del arma, pero también criticaba a los magos en primera línea, pero al notar el equilibrio del acero en mi mano pude estar seguro de que el enano se equivocaba, sentí que ese peso era lo único que me separaba del abismo en ese instante. Ahora no tenía mi magia, pero podía sostener aquella espada.

  Unos nudillos golpearon la madera.

  —?Se puede? —Era el alcalde. Entró antes de que pudiera decir que no—. Me han dicho que has estado en el cráter esta ma?ana.

  Hablamos un rato. Le conté mis impresiones, ocultando la parte de los susurros y las sombras con las que había so?ado hacía un instante.

  —Quiero ir a un gremio —le dije con firmeza—. Tengo que denunciar a K’thaar. Alguien tiene que saber lo de Bahamuth.

  —Donovan me ha dicho que partiréis juntos —asintió el alcalde—. En el próximo asentamiento mediano hay una sede gremial. Yo ya he mandado mi informe por mensajero, pero siempre es mejor que el testigo principal entregue su propia versión, y si es en persona, mejor.

  Al cabo de un rato de charla insustancial, se despidió prometiendo que enviarían el resto de mis bienes recuperados de la posada en breve, al parecer, ese posadero hura?o no había logrado esconderlo todo. En cuanto se marchó, me dejé caer de espaldas en la cama, mirando de nuevo el techo.

  Esto ya me parecía Increíble, ?que os parece? Me dicen que tengo que quedarme aquí encerrado para descansar y entra más gente en este cuarto que en una taberna en hora punta ?Es que nadie conoce el concepto de intimidad en este maldito pueblo?

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