El mundo más allá de Ciudad Amatista era un caos absoluto.
No importaba si eras humano, gnomo, semidiós o incluso un dios: cualquier criatura podía aparecer en cualquier lugar y sembrar destrucción. Las historias de aldeas enteras devoradas por dragones, ríos corrompidos por demonios o monstruos que cambiaban de forma eran solo el pan de cada día para quienes vivían fuera de los muros seguros.
Pero dentro de Ciudad Amatista, la vida parecía otra historia. Las calles estaban limpias, los ni?os jugaban con risas despreocupadas, los faroles colgantes brillaban en las noches tranquilas, y los panaderos cerraban sus hornos con la satisfacción de un día sin sobresaltos. La paz era casi tangible. Nadie fuera de la ciudad podría imaginar que esa seguridad tenía un precio. Un precio pagado por los pactantes de la Federación de las Almas: hombres y mujeres que habían hecho pactos con espíritus poderosos para proteger a la humanidad… y a veces sacrificar su propia tranquilidad.
En las afueras de la ciudad, un rumor de caos resonaba: un troll de tres metros, con la piel cubierta de escamas y ojos como brasas, atacaba un convoy de comerciantes. La gente temblaba de solo pensar en el poder de esa criatura… pero frente a él, un hombre se mantenía firme: Dorian. Pactante de nivel alto, experto en combate cuerpo a cuerpo y amigo de quienes confiaban en él.
Con movimientos precisos y fluidos, Dorian bloqueaba, esquivaba y contraatacaba, usando una técnica que había aprendido en innumerables expediciones. El troll rugía, levantaba rocas y troncos, pero nada parecía intimidar a Dorian. Con un golpe certero, combinando fuerza y espíritu, derribó a la criatura y se levantó con una ligera sonrisa.
—Otro día más ayudando a los productores —murmuró para sí mientras ajustaba su capa—. Estos negocios no se abastecerán solos.
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Al caer la noche, Kyo limpiaba mesas en el bar donde trabajaba. Sus movimientos eran cuidadosos, casi automáticos, mientras su mente divagaba entre pensamientos dispersos.
—?Kyo! Mesa 12, rápido —gritó Bob, el cantinero, con voz firme pero amistosa.
—Sí, se?or —respondió Kyo, conteniendo un leve resoplido mientras llevaba las bebidas.
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Los clientes de la mesa eran viejos conocidos, hombres que frecuentaban el bar y que siempre saludaban a Kyo con sonrisas amigables.
Cuando llegó Dorian al bar, se dirigió directamente a la barra. Saludó a Bob con un gesto amplio, y los dos charlaron brevemente sobre la expedición.
—Todo salió perfecto —dijo Dorian—. Los comerciantes podrán abastecer sus negocios por varias semanas.
—Me alegra oírlo —respondió Bob—. Pero necesito reclutar jóvenes para el examen de pactantes novatos. ?Alguien en mente?
Bob se?aló discretamente a Kyo. Dorian lo miró, evaluando su figura delgada y aparentemente débil. Con una sonrisa socarrona, lo llamó:
—?Te gustaría convertirte en pactante?
Kyo frunció el ce?o y negó con la cabeza al instante.
—No.
Los dos hombres se miraron, sorprendidos.
—?Por qué no? —preguntó Bob, aún incrédulo.
—Porque no es para mí —respondió Kyo con sinceridad.
Dorian asintió, aceptando la honestidad del joven.
—Bueno, al menos lo intenté —dijo mientras se retiraba.
Bob, riendo entre dientes, agregó:
—No te preocupes, joven. No todos nacen para esto.
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Más tarde, cuando la ciudad dormía, Kyo permanecía sentado en una mesa del bar, sumido en sus pensamientos.
Recordaba el sue?o que su padre había tenido y que nunca pudo cumplir: abrir un local de venta de productos para la gente cotidiana. Sus padres habían muerto en la destrucción de la primera Ciudad Amatista cuando él tenía apenas diez a?os. Sobrevivió de milagro, y desde entonces, esa meta lo había acompa?ado silenciosa, constante, aunque parecía cada vez más lejana.
Bob se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—?Por qué rechazas esa oportunidad de oro, Kyo? —preguntó con voz de padre y mentor.
—No es para mí… —respondió Kyo, inseguro—. No me gustan los conflictos.
—?Eres consciente de lo que eso significa? —replicó Bob—. Si sigues aquí, tu sue?o tardará veinte a?os en realizarse. Con la federación, podrías lograrlo en cuatro. Los sacrificios existen en todos los trabajos… pero algunos trabajos, los que nadie quiere hacer, son los que te permiten mantenerte a flote. Tú decides si quieres quedarte atrás, o tomar el camino que te acerca a tu meta.
Kyo lo miró fijamente. La verdad de sus palabras golpeó en su corazón. Se levantó de un salto, decidido.
—?Voy a convertirme en un pactante!
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Corrió hacia el parque donde había visto a Dorian sentado en la banca, contemplando la luna.
—?Dorian! —gritó Kyo al llegar—. He cambiado de opinión. Quiero ser un pactante.
Dorian lo miró, confuso.
—?Eso a qué se debe?
Kyo respiró hondo, con la mirada firme, el corazón acelerado.
—Porque no voy a dejar que mis miedos decidan mi destino. Si quiero alcanzar mi sue?o, debo dar el paso… aunque duela, aunque asuste.
Dorian sonrió levemente, comprendiendo la determinación del joven.
—?Tu estado físico? —preguntó.
—Bien… supongo —respondió Kyo.
—Sígueme —dijo Dorian—. El examen de pactantes novatos es en una semana. Primero, pondré a prueba tu cuerpo y tu resistencia.
Lo condujo a un lugar apartado, una cascada rodeada de estacas de madera y piedra, resbaladizas por la humedad. La luz de la luna caía sobre Kyo, iluminando su rostro decidido.
—Tienes una semana —dijo Dorian—. Si puedes superar este obstáculo en menos de cinco minutos, tus probabilidades de pasar el examen suben a un 25%. Buena suerte.
Kyo respiró hondo, sintiendo la humedad en su piel y el rugido del agua. Cerró los ojos un instante, recogió toda su energía… y al abrirlos, su mirada brillaba con determinación.
“No importa cuán imposible parezca… voy a dar cada paso que haga falta para alcanzar mi sue?o. No voy a retroceder”.

