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La habitación que pesa más por la noche

  La primera noche pensó que era el edificio.

  Los muros eran antiguos, el suelo crujía al cambiar de temperatura y el silencio tenía ese eco hueco de las casas que han visto pasar demasiada gente. Nada raro. Nada que no pudiera explicarse.

  Durmió mal, eso sí.

  Pero dormir mal en un sitio nuevo es normal.

  La segunda noche notó el peso.

  No fue un sonido.

  No fue una sombra.

  Fue una presión lenta, como si el aire hubiera decidido quedarse quieto justo encima de su pecho.

  Abrió los ojos a las 3:17.

  Siempre a la misma hora.

  No despertaba sobresaltado.

  Despertaba cansado, como si hubiera estado sosteniendo algo durante horas sin darse cuenta.

  La habitación estaba igual que siempre:

  el armario cerrado,

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  la silla con la chaqueta colgada,

  la puerta entornada.

  Nada fuera de lugar.

  Y, aun así, el espacio parecía más peque?o.

  No en metros.

  En intención.

  Como si la habitación ya no estuviera pensada para una sola persona.

  Se levantó, fue al ba?o, bebió agua.

  El pasillo era normal.

  El salón era normal.

  Al volver, la sensación regresó en cuanto cruzó el marco de la puerta.

  No venía de dentro.

  Venía del propio cuarto.

  Como si el lugar recordara algo que él no.

  A la cuarta noche empezó a mover cosas.

  Primero la cama.

  Luego el armario.

  Después la silla.

  Pensó que tal vez había una corriente extra?a, un desnivel en el suelo, algo físico que justificara esa incomodidad persistente. Pero no cambió nada.

  El peso seguía ahí.

  No constante.

  Paciente.

  A veces se sentía en cuanto apagaba la luz.

  Otras, justo cuando cerraba los ojos.

  Nunca mientras estaba despierto del todo.

  La sexta noche ocurrió algo distinto.

  Despertó de nuevo a las 3:17, pero esta vez no sintió el peso de inmediato.

  Durante unos segundos, la habitación estuvo… vacía.

  Demasiado vacía.

  Entonces lo entendió.

  No era que algo llegara por la noche.

  Era que algo se iba cuando él despertaba.

  Y ese hueco, ese espacio mal cerrado, era lo que le oprimía el pecho.

  Como una silla que aún conserva el calor de alguien que acaba de levantarse.

  Se incorporó despacio.

  No miró a la habitación buscando nada.

  Miró el espacio entre los muebles,

  los ángulos muertos,

  los lugares donde no suele posarse la atención.

  No vio nada.

  Pero supo, con una certeza incómoda, que la habitación había estado ocupada mucho antes de que él alquilara el piso.

  Y que, por alguna razón,

  todavía no había terminado de marcharse.

  A la ma?ana siguiente llamó al casero.

  Preguntó por reformas.

  Por antiguos inquilinos.

  Por cualquier cosa.

  El hombre dudó un segundo antes de responder.

  —Ese cuarto siempre ha dado problemas —dijo al final—.

  No sé por qué. Nadie dura mucho ahí.

  Esa noche, al apagar la luz, el peso volvió.

  Más suave.

  Más repartido.

  Como si la habitación, por fin,

  hubiera aceptado que no estaba sola.

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