Dorian Holt odiaba el silencio.
No el silencio cómodo de una guardia nocturna ni el de los sistemas funcionando bien, sino ese otro: el que se instalaba cuando algo había dejado de responder a las reglas básicas. El silencio que no significaba calma, sino expectativa.
Por eso estaba armado.
No era paranoia. Era procedimiento. Cuando una nave minera de largo alcance empezaba a comportarse como si tuviera criterio propio, alguien tenía que recordarle que seguía siendo un objeto.
—Mantenimiento a seguridad —dijo por el canal interno—. Barrido completo del sector D. Nadie se mueve sin confirmación visual.
—Recibido —respondió Isha, desde control—. Sensores siguen limpios.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Dorian.
Avanzó por el corredor con pasos firmes, el rifle magnético apoyado contra el hombro. Las luces parpadearon una sola vez, lo suficiente para molestar, no para alarmar. La ALMA-9 siempre hacía eso cuando se la exigía demasiado, como un animal que se sacude para recordar que sigue ahí.
—Holt —intervino Varek, desde ingeniería—. Los niveles acústicos están raros en tu sector. No es eco normal.
—Descríbelo.
—Como… —hubo una pausa— como si el ruido llegara tarde.
Dorian apretó la mandíbula.
—Genial.
El pasillo se estrechaba más adelante, una de esas secciones que nadie visitaba salvo cuando algo iba mal. Paneles sellados. Conductos cerrados. Aire reciclado con exceso de metal.
El comunicador volvió a crujir.
—Seguridad —dijo Corven Blayke—. Tengo fluctuaciones en presión estructural cerca de tu posición. Nada crítico, pero… no coincide con el plano.
—Nada coincide últimamente —respondió Dorian—. Manténganme informado.
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Se detuvo.
El sonido estaba ahí otra vez.
No era un golpe. No era un roce. Era un ritmo. Bajo. Persistente. Como un martilleo amortiguado, demasiado regular para ser mecánico, demasiado orgánico para ser casual.
—?Escuchan eso? —preguntó.
Silencio al otro lado.
—Negativo —dijo Isha—. No registramos nada.
—Claro que no.
Dorian levantó el arma y avanzó un paso más.
El ruido se desplazó.
No huyó.
No se acercó.
Se reacomodó, como si el espacio hubiera decidido redistribuirse alrededor de él.
—Identifíquese —ordenó Dorian, sintiéndose estúpido incluso mientras hablaba—. Está en una zona restringida.
Nada.
Solo el latido.
—última advertencia.
Disparó.
El proyectil cruzó el corredor en línea recta, impactando contra… nada. No hubo chispa. No hubo rebote. No hubo perforación visible en la pared del fondo.
El impacto respondió.
No con sonido metálico, sino con una vibración profunda que recorrió el suelo y subió por las piernas de Dorian hasta instalarse en su pecho. Un pulso único. Lento.
Como si algo hubiera registrado el contacto.
Dorian retrocedió medio paso.
—Contacto negativo —dijo—. Objetivo… inexistente.
El latido volvió.
Más fuerte.
Las luces del corredor se atenuaron, no por fallo eléctrico, sino como si alguien hubiera bajado la intensidad deliberadamente. El aire se volvió espeso, no caliente, no frío, solo difícil de mover.
Dorian disparó otra vez.
Y otra.
Cada descarga atravesó el espacio vacío y cada una fue contestada con el mismo pulso rítmico, ahora más rápido, más cercano. No había da?o visible, pero la nave entera parecía reaccionar, ajustando microcompensaciones estructurales para algo que no figuraba en ningún manifiesto.
—?Retírense del sector! —gritó Dorian por el canal—. ?Ahora!
—Holt, las puertas no están respondiendo —dijo Isha—. No tenemos control remoto.
—Entonces córtenlo todo —gritó—. ?Corten—!
El latido se superpuso al sonido de su voz.
No estaba delante de él.
Estaba alrededor.
Dorian sintió la presión en los oídos, luego en el esternón, como si algo enorme hubiera decidido ocupar el mismo volumen de espacio sin desplazar materia. No había impacto. No había fuerza directa.
Solo una imposibilidad creciente.
—No —dijo entre dientes—. No aquí.
Disparó por última vez.
El rifle vibró, se sobrecalentó, y el pulso respondió con una cadencia perfecta, sincronizada. Un latido que no imitaba al suyo.
Lo reemplazaba.
Desde control, alguien gritó su nombre.
Dorian no la oyó.
La ALMA-9 exhaló.
Cuando el sistema de seguridad recuperó acceso al corredor, solo encontraron el arma caída en el suelo, aún caliente. No había restos. No había marcas de lucha. No había se?ales térmicas residuales.
Solo una lectura irregular en los sensores de proximidad.
Un desplazamiento que se alejaba.
Sin masa.
Sin temperatura.
Con ritmo.
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Anomalía Registrada #004
Descarga balística registrada contra objetivo inexistente.
El impacto responde con latido.

