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Cap 22. Un duelo de postres, y la primera chispa entre ellas

  Nadie respiró en la sala. Cada persona era a la vez espectador y víctima de la gran batalla que se desarrollaba ante sus ojos. Hasta las ventanas parecían contener la respiración.

  “Esto no puede ser…”, jadeó uno, llevándose una mano al pecho.

  “De verdad lo están haciendo. De verdad lo están haciendo…”

  Una chica se persignó tres veces. Otra sopló dentro de una bolsa de papel, como si estuviera aguantando turbulencia de avión.

  Los utensilios de metal repiquetearon al levantarse y volver a dejarse sobre las mesadas. La harina estaba esparcida como pólvora de ca?ón desperdiciada, las cáscaras de huevo tiradas como huesos rotos, sacrificadas en honor a este gran duelo a muerte.

  Los dos competidores trabajaban en los toques finales de sus obras maestras, sus manos jóvenes moviéndose con un ritmo metódico. Ni siquiera una máquina podría igualar su velocidad o precisión. Sus delantales sucios eran su armadura, manchada de harina y salpicaduras de batalla.

  El profesor, el juez de este choque, levantó su cronómetro. Presionó el botón para detenerlo con una inhalación exagerada.

  “Y… tiempo. Suelten sus armas, guerreros.”

  TING!

  A su se?al, los dos gladiadores estrellaron sus bandejas sobre la mesa, presentando sus trofeos de guerra para ser juzgados por el mundo despiadado.

  Se oyeron jadeos en la multitud. A algunos estudiantes se les hizo agua la boca, y a uno le rugió el estómago como un dragón hambriento.

  “?Son tan lindos!”, chilló una chica, estirando la mano hacia uno de los cupcakes. “?Ya quiero probar uno!”

  El profesor alzó una ceja. El reloj seguía marcando segundos que ya no existían, como si el universo mismo necesitara tiempo extra para digerir la magnitud de lo que acababa de ocurrir.

  Los dos oponentes se miraron fijamente. Annya, con el cabello apenas despeinado por la tensión, sostuvo su cheesecake como si fuera una reliquia sagrada. Enfrente, su rival, un chico del club con los lentes un poco torcidos y el aura de alguien que había sobrevivido a mil recetas fallidas, presentó una bandeja de cupcakes perfectamente glaseados, cada uno coronado con un peque?o sombrerito de crema azucarada.

  El silencio se sostuvo.

  El juez solemne dio un paso al frente, arrastrando los zapatos como un verdugo acercándose al patíbulo. Su mirada recorrió ambas bandejas. El público seguía conteniendo la respiración. Un chico incluso se desmayó, cayendo encima de un montón de batidores usados.

  “Ambas presentaciones…”, empezó el anciano, con una voz que retumbó sobre la multitud como trueno, “…son un crimen contra cualquier dieta.”

  Un murmullo se propagó por la sala.

  Annya apretó los pu?os, seria. El sudor le salpicaba la frente y le dolían las mu?ecas de tanto batir. Su rival bajó la cabeza con la dignidad de un samurái antes de un duelo bajo la luz de la luna.

  El profesor se giró primero hacia los cupcakes.

  “Dise?o interesante, Brian…”

  Tomó uno. Le dio un mordisco, alzando una ceja ante el dise?o creativo elegido por su alumno. La crema se le pegó al bigote marrón, bien arreglado.

  Luego, el juez extendió un tenedor hacia el cheesecake. Lo hundió con precisión quirúrgica. La textura suave cedió con un suspiro cremoso. Probó el bocado lentamente. Todos esperaron el veredicto. Su rostro permaneció ilegible.

  Silencio otra vez. Absoluto.

  “…”

  Una sola lágrima de felicidad rodó por la mejilla del profesor.

  “Esto…”, murmuró, con la voz temblorosa. “…esto es demasiado delicioso…”

  Los estudiantes gritaron como si estuvieran presenciando una ejecución pública.

  “?EMPATE!”, gritó alguien desde atrás.

  Annya exhaló, soltando una risa nerviosa. Sintió como si hubiera sobrevivido al apocalipsis. Su rival se apoyó en la mesa, exhausto, los hombros caídos, los codos sobre la mesada desordenada.

  Entonces ambos levantaron la vista, sonrieron y chocaron las manos en un high-five cubierto de harina que esparció polvo blanco por la “arena”.

  El juez, sin perder la solemnidad, alzó su poderoso y mágico bastón (un cucharón).

  “Por la presente declaro que el Club de Cocina… debe comerse todo como castigo por su perfección.”

  Un rugido de celebración estalló en la sala. Los estudiantes se lanzaron a la mesa, peleando por una porción como piratas por un tesoro. Alguien gritó: “?Por la pastelería!” antes de caer de cara en el glaseado. Annya se rio, sosteniendo su cuchara como una espada victoriosa.

  Brian, medio sonriendo, habló entre bocados:

  “Admito tu poder, Oak… pero la próxima traigo el doble de azúcar.”

  “Tráelo”, respondió ella, limpiándose harina de la mejilla, “porque en la siguiente ronda, te voy a hacer pedazos.”

  Entre risas, platos rotos y estómagos llenos, el legendario “Duelo de la Dulzura” quedó en la historia del club como la batalla más deliciosa jamás librada en toda la historia de la Academia.

  Annya se cortó una porción de cheesecake, el resto devorado por sus compa?eros, y caminó hacia la mesada del fondo donde Feralynn estaba sentada, con el codo apoyado y la barbilla en la mano, observando a la multitud desde la esquina. Lejos de la risa.

  Sus ojos se alzaron cuando oyó el plato de porcelana dejarse frente a ella, la ceja moviéndose por reflejo.

  “Te guardé un pedazo”, dijo Annya, con una risita suave. "Espero que te guste."

  "Oh, eh...gracias, Annya..."

  Feralynn miró la base cremosa, el remolino hipnótico de queso y la superficie carmesí brillante, justo del tono de las mejillas pecosas de su amiga cuando sonreía.

  Con un cuidadoso levantamiento del tenedor, Fer cortó su porción en dos, asegurándose de llevarse todas las capas de fruta roja. Se la acercó a los labios; su nariz captó el aroma dulce que le hizo agua la boca antes de que el bocado siquiera tocara su lengua. Cuando lo hizo, abrió los ojos de par en par. La sorpresa le arrancó un jadeo agudo. La mousse se derritió sobre su lengua, y un cosquilleo delicioso se extendió por su boca.

  El labio inferior le tembló, incapaz de reprimir una sonrisa. Sonrojada, se cubrió el rostro con una mano y dejó escapar un suspiro de derrota. La mirada de Annya no se apartó de ella, esperando su veredicto. Se rio bajito ante la reacción física de Fer, pero aun así quería oírla decirlo. Inclinó la cabeza con insistencia.

  “Está… bien.”

  Solo dos palabras, arrancadas de su garganta como piedras pesadas. Annya sonrió, victoriosa, con las mejillas color fresa resplandeciendo. Sabía que, en Fer, “bien” significaba “exquisito”. Tomó el mismo tenedor con el que Fer había probado y probó un pedacito de su propia creación, cuidando no robarle demasiado.

  “Hmmm… le falta un poco más de huevo. La textura está demasiado suave, le falta estructura”, analizó como una científica evaluando su propio experimento, levantando un dedo para enfatizar.

  Fer se giró para mirar a sus compa?eros charlando felices en grupitos, disfrutando el cheesecake y los cupcakes de Brian. Un peque?o nudo se le tensó en la garganta al verlos hablar con tanta facilidad, tan casualmente, como si socializar fuera tan natural como respirar. Sin preocupaciones más allá de los exámenes o de perder el colectivo de vuelta a casa.

  “Entonces diles eso”, murmuró, con su amarga apatía sirviéndole de armadura. La envidia le rascó la garganta de forma invisible. “Su criterio está tan torcido que ni se darían cuenta.”

  Suspiró por la nariz, dio otro bocado de cheesecake y lo terminó con los ojos cerrados, apagando el mundo.

  Annya se fue a charlar con los demás, no sin antes darle un golpecito juguetón en la mejilla a Fer y reírse cuando la chica de cabello oscuro gru?ó como un perro molesto.

  “No se olviden de limpiar sus estaciones, mis gladiadores de cocina”, dijo el amable profesor anciano. “Necesito dos voluntarios para guardar todas las bandejas y ollas.”

  Los estudiantes asintieron, agarrando trapos para limpiar las mesadas, harina, cáscaras de fruta, semillas. Cuando pidieron voluntarios, la mano de Annya se disparó como un cohete.

  “Profe, yo, yo.” Agitó la mano con fuerza. Estando justo al lado de Feralynn, le agarró la mano a su amiga sin aviso y la levantó también. “Y Fer también.”

  “?Qué?!”

  Fer intentó recuperar su mano. No quería para nada fregar ollas ni cargar bandejas. Y aun así, claro, lo iba a hacer por su amiga. Ni siquiera le sorprendió que Annya se ofreciera, igual iba a ayudarla. Pero sentir que le tomaban la mano tan de repente le mandó un cosquilleo por el brazo que no supo decir si era peligro o… emoción.

  El profesor asintió, satisfecho. Las orejas afiladas de Feralynn captaron unas risitas traviesas de un grupo de chicas al fondo del club, susurrando entre ellas mientras a ella se le ponía la cara roja. Frunció el ce?o, confundida. Su primer instinto fue asumir que se burlaban de ella, la “chica rara del fuego”.

  Los demás miembros del club guardaron sus cosas cuando sus estaciones quedaron limpias, la mayoría dejando sus utensilios prolijamente acomodados por cortesía, para que las dos voluntarias elegidas terminaran más rápido.

  La puerta se cerró tras ellos, dejando por fin a Feralynn y a Annya solas. Sus delantales seguían manchados de la práctica. Dividieron la sala en dos y empezaron a secar y ordenar los platos en silencio, apilando sartenes y bandejas para llevarlas al depósito después.

  “?Por qué siempre te ofreces para limpiar?”

  “Para ganar puntos extra. Quiero ser presidente del club.”

  “No vas a llegar haciendo trabajo de esclavo”, bufó Fer, con media sonrisa sarcástica curvándole los labios.

  “Con esfuerzo, la gente siempre llega lejos.”

  “Je. Sí. Lo que digas.”

  Annya tarareó para sí, un jingle de un programa de cocina que solía ver en la tele.

  “Lo hiciste bien hoy”, dijo con calma, apilando cucharas y platos. “Me gustó tu omelet.”

  “No mientas”, respondió Fer, secando los cuchillos con un trapo. “Pusiste cara de asco cuando lo probaste.”

  “Tenía demasiada sal~”, canturreó Annya entre risas. “Pero estás mejorando. Sabes, podrías cocinar con tu mamá. Así aprendí yo. Bueno, a mí me obligaron, en realidad. Ser la menor de tres tiene sus desventajas. Aunque, si no me hubieran obligado, no sabría ni la mitad de lo que sé ahora.”

  Fer se encogió de hombros. “No me deja. Dice que no quiere que me canse en casa, que mejor me enfoque en estudiar.”

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  Annya terminó de guardar unas ollas y sonrió.

  “Qué ni?a tan consentida”, la molestó con inocencia. “Se nota que le gusta malcriarte.”

  “Oye, yo la ayudo casi todos los días en la florería, y no ando pidiendo mesada todo el tiempo como alguien”, le devolvió Fer, con una sonrisa afilada.

  “Estos accesorios no se pagan solos”, respondió Annya, haciendo tintinear el arete de mariposa que brilló bajo la luz de la cocina.

  Con los brazos llenos de utensilios, Fer empujó la puerta del depósito con el hombro y empezaron a apilar bandejas y platos adentro.

  No era una sala grande, solo un rinconcito cálido entre tanta teoría y maná. Un club de cocina en una academia de magia no era precisamente glamoroso, no cuando había laboratorios de alquimia explotando calderos cada semana, duelos de invocadores en el gimnasio o clubes de encantamiento convirtiendo ratones en tazas de té por diversión.

  Aquí, entre hornos viejos y cucharones encantados que se negaban a lavarse solos, el olor a mantequilla y harina era casi raro. Un espacio peque?o, sí, pero con una calma que ningún hechizo podía replicar.

  Trabajaron en sincronía, devolviendo cada cosa a su lugar. Las bandejas de metal frío repiqueteaban suavemente con cada movimiento. Annya le robaba miradas a su amiga, le hacía feliz ver a Fer enfocada y callada. Después de pasar todos los días con ella en clase y en el barrio, había aprendido a distinguir las dos versiones de esa cara en blanco: aburrimiento o concentración. Ganaba la última.

  “Esta semana no intentaste hablar con nadie”, empezó Annya con un tono suave y cantadito. “Bueno, excepto con Rose y Jax, pero esos se nos pegan como chicle en cada recreo.”

  Sonrió, inclinando la cabeza hacia Fer.

  “Si sigues siguiéndome por ahí en silencio así, la gente va a creer que te contraté como mi guardaespaldas real.”

  Se rio ante la idea, Fer con uniforme ceremonial, estoica detrás de ella, y Annya con vestido de noble saludando a una multitud invisible de simples plebeyos.

  “No soy buena para hablar”, respondió Feralynn con su indiferencia fingida de siempre, sin dejar de trabajar.

  “Nunca lo vas a ser si no intentas y fallas~”, canturreó Annya. “?Y Miria? ?Has hablado con ella últimamente?”

  El nombre de la chica de hielo congeló las manos de Fer a mitad del movimiento, sin necesidad de un solo hechizo.

  ?Miria…?

  Su mente repitió el nombre, recordando las miradas cruzadas durante las clases de hechicería en las que ninguna de las dos podía participar. La banca que compartieron durante el descanso obligatorio después del incidente de Bonnie.

  Los saludos breves en los pasillos, un asentimiento indiferente. O esos momentos en el almuerzo, cuando sus miradas se cruzaban por accidente a través de la cafetería o el patio trasero.

  Se mordió el interior de la mejilla, dándose cuenta de que no había socializado tanto como se prometió en esas noches sin sue?o, cuando los malos recuerdos no la dejaban descansar.

  “No sé. Desde esa demostración, no hemos… ya sabes.”

  Miró su mano derecha, la que tenía una cicatriz que aún estaba sanando.

  “Es difícil acercarte a ella cuando está rodeada de su peque?o ejército de mu?ecas perfumadas. Si no está con sus mascotas empolvadas, está en su club de música. Si no… quién sabe. Se va rápido de la escuela.”

  Annya dejó un cucharón, pensativa.

  “Entonces eso significa que sí quieres hablar con ella, ?no?”

  La mano de Fer golpeó una olla, y el clang la sobresaltó hasta hacerla volver en sí.

  “Sí. Tal vez. Creo. ?Probablemente?”, admitió, dándose la vuelta, con las mejillas te?idas de rosa. “?Pero de qué demonios se supone que voy a hablar? ?Del clima?”

  Se aclaró la garganta, preparando una de sus impresiones sarcásticas clásicas.

  “Oh, Lady Frostweaver. Qué honor estar a su lado en este hermoso día~”, Fer hizo una reverencia dramática, haciendo que Annya estallara en carcajadas que rebotaron por el cuarto estrecho. “?Le gustaría dar un paseo por el jardín, mi humilde yo, florista a su servicio~?”

  Chasqueó la lengua, terminando su parte de la limpieza. Annya negó con la cabeza, todavía sonriendo, negándose a dejarse amargar por el cinismo de su amiga.

  “No tienes que hablar de nada en especial. Tal vez caminar en silencio por un jardín haría que se lleven mejor de lo que crees. Inténtalo. ?Qué es lo peor que podría pasar?”

  La suavidad de esa idea se quedó flotando. Fer suspiró, un reflejo viejo de una vida nueva donde sus mayores preocupaciones ya no eran soldados enemigos ni emboscadas con disparos, sino si podía llevarse bien con la chica rica y popular de la clase.

  “Si se ríe de ti…”, advirtió Annya, mostrando esa sonrisa traviesa que la hacía ver aún más dulce, “le voy a hornear el cupcake más lindo del mundo… con una sorpresa laxante especial. A ver qué tan graciosa le parece la vida cuando tenga que salir corriendo al ba?o.”

  Hubo medio latido de silencio antes de que la risa de Feralynn explotara, rebotando contra las sartenes y bandejas. Se imaginó a la pobre Miria saliendo disparada de clase, su elegancia hecha trizas por la broma inocente y diabólica de Annya.

  La chica panadera también se rio, pero la risa de Fer fue más fuerte, más cruda. Le salió desde el pecho entero, sin frenos, desconocida. Annya parpadeó, sorprendida. Era una risa real, sin sarcasmo. áspera y brillante. No le importó. Oírla le alegró el día.

  Cuando Fer por fin recuperó el aire, se secó una lágrima que se le había escapado por la mejilla. Le dolía la cara de sonreír. Se rio bajito entre los últimos restos antes de volver a sí misma. No podía recordar la última vez que se había reído así, si es que alguna vez lo había hecho.

  “Bueno, bueno. Como sea. Terminemos de guardar estas cosas y salgamos de aquí. No me gustan los espacios cerrados.”

  “?Tímida y claustrofóbica, eh?”

  “Yo no soy tímida.”

  “La cara que pusiste con el cheesecake dijo lo contrario~”

  “Annya, te juro que voy a… ugh.”

  A la panadera se le escapó una risa corta, experta en hacerla explotar.

  “Es broma. Toma, sujeta la silla para que pueda subir estas ollas. Uf, están un poco pesadas...”

  Levantó el caldero grande, acunando otros más peque?os dentro, como una mu?eca matrioshka.

  “?Segura que no quieres que lo haga yo? Sin ofender, pero eres más débil que Rose.”

  “Ja, por favor. Solo necesito un segundo más…”, murmuró Annya, poniéndose de puntillas sobre la sillita, estirándose para alcanzar el estante de arriba. “Ugh, solo… quédate quieta…”

  El equilibrio traicionó primero a la gravedad. El siguiente segundo fue puro desastre: su pie se resbaló, la silla se tambaleó y Annya soltó un gritito agudo.

  “?AAAH!”

  Fer casi no tuvo tiempo de reaccionar, la atrapó por instinto, envolviéndole la cintura con los brazos justo antes de que tocara el piso.

  El silencio cayó al instante.

  Solo el sonido de una olla rodando por los azulejos resonó débilmente al fondo.

  Sus rostros quedaron peligrosamente cerca, las respiraciones mezclándose, los ojos abiertos de Annya clavándose en los de Fer, congeladas como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

  “Eeem…”, tartamudeó Annya, con las mejillas encendidas. “B-Buenos… reflejos…”

  Feralynn, con la cara ardiendo roja, intentó apartarse y falló de forma torpe. El corazón le martillaba como un tambor.

  “Cierra la boca o… te suelto.”

  “S-Sí, sí, entendido, pero tal vez suéltame despacio, ?sí? No quiero morirme tan joven...”

  Un momento de silencio incómodo. Luego, las dos se quebraron en risas nerviosas. La silla seguía tirada en el piso, derrotada, mientras su risa llenaba el cuarto diminuto. A Fer le tomó un segundo darse cuenta de que todavía la estaba sosteniendo.

  …

  …

  …

  La puerta del club de cocina se deslizó para dejarlas salir, dejando atrás ese momento breve e incómodo, un peque?o recuerdo no dicho que ninguna de las dos olvidaría, pasara el tiempo que pasara.

  Lado a lado, empezaron a caminar por el largo pasillo del castillo. La luz de la tarde entraba por las ventanas altas, pintando la piedra con un brillo dorado suave que danzaba sobre el piso.

  Más adelante, una puerta se abrió y los miembros del club de teatro salieron en grupo. Entre ellos estaban Rose y Jax, vestidos de negro de pies a cabeza: ropa simple, sin adornos, la vestimenta estándar de ensayo, pensada para borrar distracciones y dejar que solo hablen la voz y el cuerpo.

  En la mente de Annya, parecían un escuadrón de ninjas; solo les faltaban katanas y máscaras.

  Feralynn, en cambio, observó en silencio, y algo en su postura cambió: esa negrura le recordaba misiones nocturnas, el peso del sigilo, el aroma metálico del miedo cuando uno se vuelve parte de las sombras.

  Dos miradas, dos mundos: una veía juego; la otra, supervivencia.

  La nariz semihumana, semicanina del chico rubio captó desde lejos una mezcla familiar: el dulce aroma a vainilla de Annya, su esencia inconfundible incluso entre multitudes, entretejida con el rastro áspero de tabaco apenas tapado por desodorante barato que delataba la presencia de Fer.

  Un contraste tan vívido que, para su olfato, era como ver caminar juntos la luz y la sombra por el corredor.

  Se giró para saludar con una sonrisa. Rose, a su lado, hizo lo mismo, con una expresión tranquila y serena. Dejaron atrás al resto del grupo y se unieron a las dos chicas.

  Sin darse cuenta del todo, habían caído en la costumbre de juntarse cada tarde para tomar el colectivo juntos. Siempre terminaban en los asientos de atrás: Rose contándole a Annya el chisme del día en secreto, y Jax leyendo los mangas que Fer llevaba en la mochila como amuletos de suerte.

  Los dos se inclinaban sobre las páginas, absortos en las escenas de pelea que hacían reír a Annya, mientras Rose ponía los ojos en blanco con esa mezcla de paciencia cansada y cari?o reservada para amigos que ya son rutina.

  Mientras charlaban y se ponían al día, la mirada de Feralynn se desvió hacia el gran tablón de anuncios del pasillo, cubierto de volantes sujetos torcidos con chinches. La mayoría eran invitaciones a actividades recreativas, clubes de lectura, torneos menores, ferias. Los recorrió con indiferencia hasta que uno en particular le llamó la atención.

  Era el anuncio del Torneo Elemental Anual.

  En el centro del póster, el pentáculo de la Academia, el emblema cosido en cada uniforme y tallado en casi todas las puertas de las aulas, brillaba impreso en tinta dorada, destacando entre garabatos coloridos y tipografías de impresora.

  A diferencia de los demás, esto no era solo un evento escolar. Con solo leerlo, el aire se tensó. Lo sabía. Quería inscribirse. Pero el miedo se coló: el miedo a perder el control. No había tenido otro incidente desde aquella primera clase de canalización emocional, entonces, ?por qué seguía aterrada de intentarlo de nuevo?

  “Tengo que irme.”

  Las palabras de Fer bastaron para detener al grupo. Los tres se giraron hacia ella a la vez, desconcertados por su retirada repentina.

  “Hm, bastante intrigante que te vayas del grupo después de clases. ?A dónde vas sin nosotros?”, preguntó Rose, ajustándose los lentes rectangulares.

  “Yo… yo ahora tengo clases privadas con Romina.”

  Siguió un silencio breve. Se cruzaron miradas. Jax inclinó la cabeza; fue el primero en hablar:

  “?En serio? ?Clases de qué?”

  Fer respondió sin pensarlo mucho.

  “Solo unas… uuhh, de teoría.”

  Su tono fue tan plano que resultó sospechoso. Pero Annya lo captó de inmediato: el leve roce de los dedos de Fer en la nuca la delató. Su tic nervioso cada vez que mentía.

  Con naturalidad ensayada, Annya redirigió la conversación.

  “Bueno, entonces te dejamos estudiar en paz”, dijo, empujando suavemente a Rose y a Jax hacia adelante. “Vamos, vamos. Si otra vez llegamos tarde al colectivo, el chofer nos deja. ?Nos vemos, Fer! ?Acuérdate de venir a mi casa para seguir traduciendo el libro de milagros!”

  Se despidieron con la mano, y Fer observó a los tres caminar por el pasillo. Annya fue la última en voltearse, gui?ándole un ojo, ese tipo de entendimiento silencioso que solo existe entre amigas cercanas: No te preocupes, yo te cubro.

  La chica de ojos rojos sonrió apenas, una curva melancólica en los labios. Los vio bajar las escaleras hasta que desaparecieron. Luego, soltó una respiración lenta. El aire siempre se sentía distinto cuando estaba sola. Sin rastro de vainilla, solo humo. Solo ella y sus pensamientos.

  Empezó a caminar con decisión por los pasillos, aunque sus pasos traicionaban el temblor que intentaba ocultar.

  En una esquina, se detuvo para pedirle a Choppi indicaciones para llegar al aula. El mayordomo payaso, siempre cortés con su voz feliz de terciopelo, la guió con gestos precisos y una sonrisa pintada. Cuando llegaron a la puerta, la abrió él mismo e hizo una leve reverencia para invitarla a entrar.

  Feralynn tragó saliva con fuerza. En realidad no sabía qué tipo de clase extracurricular estaba por tener, y esa incertidumbre la ponía nerviosa. Su madre le explicó que eran sesiones de “control emocional”, lo que sea que eso significara.

  El aula era la misma en la que Romina solía ense?ar, pero sin el ruido de estudiantes se sentía distinta: más grande, más vacía. Un tribunal silencioso sin jurado, donde solo su conciencia podía testificar y su culpa dictaría el veredicto.

  Romina había preparado todo con prolijidad. Solo había dos sillas en el salón, enfrentadas, separadas por una distancia profesional y educada. La mujer se giró en cuanto Feralynn entró.

  “Leona”, saludó con una sonrisa suave. “Por favor, siéntate.”

  El payaso cerró la puerta detrás de ella con un clic suave. El sonido retumbó más de lo que debería.

  Romina esperó con paciencia, todavía de pie, con la mirada calma y sin presión. Pero las piernas de Feralynn no se movían. Se quedaron ancladas al piso, rígidas como mástiles en una tormenta. Bajó la mirada. Sus botas negras, las que nunca limpiaba, de pronto se sintieron insoportablemente pesadas, como si cargaran cada paso que alguna vez dio mientras huía.

  Apretó los dientes, los pu?os, todo lo que pudo para mantenerse firme.

  ?Por qué necesito estas clases? ?Hice algo mal? ?Herí a alguien? ?Todavía asusto a Astera? ?Es por mi papá? ?Ya saben al fin sobre mi pasado? ?Smiley no confía en mí? ?El sello que me puso no va a funcionar como prometió?

  Las preguntas se tropezaban entre sí en su mente, rebotando como ecos dentro de una cueva. Quería hablar, preguntar, escapar, todo al mismo tiempo. Quería estar con Annya. Estar con ella le calmaba la mente mejor que cualquier medicina, mejor que las gotas de Nullwine que tomaba para dormir.

  Romina, mientras tanto, no dijo nada. Simplemente esperó, con la comprensión silenciosa de alguien que sabe que a veces el silencio es la primera lección que una persona debe atreverse a darse a sí misma para crecer.

  Nunca lo vas a ser si no intentas y fallas.

  Las palabras de Annya volvieron a resonar, negándose a desaparecer.

  Feralynn inhaló despacio, llenándose los pulmones de aire y de valor. Cerró los ojos un momento. Sintió el pulso corriendo bajo la piel, la tensión en los dedos. Luego, dejó que todo se disolviera.

  Sus manos se aflojaron. El corazón seguía ardiendo, pero ya no la guiaba a ella, ella lo guiaba. Un paso al frente. Luego otro. Y otro. Sus botas golpearon el piso con un ritmo firme, como tambores de guerra moldeados en algo nuevo: determinación.

  Cuando llegó a la silla, dejó caer la mochila a su lado. El golpe sonó como una espada cayendo al suelo después de una batalla larga.

  “Estoy lista.”

  Romina parpadeó, una sorpresa leve suavizándose en una sonrisa cálida y orgullosa. Tomó asiento frente a ella y asintió con calma.

  “Entonces… empecemos.”

  …

  …

  …

  ?

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