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Capítulo I: El tiroteo de San Domingo (Completo)

  Capítulo I

  El tiroteo de San Domingo

  Rex Ford siempre dormía con la pistola en su mano —no bajo la almohada ni al lado de su saco de dormir. Ni cuando se quedaban en algún salón la dejaba en el buró junto a la cama; siempre en su mano. Pasaba la noche con la culata en su palma y el dedo cerca del gatillo.

  —Un día te vas a volar la cabeza mientras duermes —le había dicho Verónica en alguna ocasión cuando preparaban su campamento—. O peor. Nos matarás a Víctor o a mí.

  Pero Rex sabía que eso era imposible. Nunca había disparado su arma por accidente. Quizás fuera paranoico, pero desde la emboscada de Ben, no podía dormir tranquilo si no tenía su pistola a la mano. Después de todo, de haber sido así, no le habrían disparado en aquella ocasión.

  Esta noche no era diferente. Víctor estaba terminando de apagar la fogata y Verónica ya había montado su tienda improvisada —solo era una lona alzada sobre su rostro, pero al menos, según ella, tapaba la luz de la luna y las estrellas lo suficiente. Rex se acomodó en su saco y miró hacia el oeste, inconscientemente frotando la empu?adura de su revólver con el pulgar. Sus ojos parecían querer salvar los miles de kilómetros entre él y Cambolana, el final de su viaje.

  —Espero que San Domingo tenga establos decentes —dijo Víctor, por fin desenrollando su saco para dormir—. A los caballos les vendría bien una cepillada.

  Esto sacó a Rex del trance en el que estaba. Seguido, sobre todo cuando se encontraban en medio de las planicies de Bravo, se distraía. Los paisajes eran demasiado amplios y a pesar de no poder ver la costa oeste, de cierta manera, sabía que estaba en esa dirección. Su venganza estaba en esa dirección.

  —Es un pueblito ranchero —contestó Verónica desde su sitio—. Claro que tendrán establos. Lo que yo espero es que tengan una casa de ba?o. —Los se?aló sin siquiera mirarlos—. Ya apestan demasiado. Yo apesto demasiado.

  Rex ni siquiera se molestó en contestar porque probablemente era cierto, pero Víctor alzó su brazo ligeramente para olerse bajo la axila. No era difícil olvidar que ambos estaban acostumbrados a la civilización y no a la intemperie. Víctor Guadalupe había sido un oficial en su pueblo natal de Los Llanos, y la se?orita Verónica María Lombarde venía de la gran ciudad.

  —?Se te terminó el perfume? —le preguntó Víctor a Verónica sosteniéndose en sus codos.

  —Hace como dos semanas. Gracias por notarlo —respondió la mujer todavía acostada.

  —Duerman ya —habló Rex, cansado—. Ma?ana vemos qué tanto hay en San Domingo.

  A pesar de que él no tenía la autoridad de Víctor ni los recursos de Verónica, los dos le hacían caso. Tal vez porque él era el único que sabía cómo viajar por las partes más silvestres de Bravo; tal vez todavía le tenían un poco de miedo por ser un forajido. Fuera lo que fuese, el alguacil y la citadina obedecieron y guardaron silencio, disponiéndose a dormir.

  Rex permaneció despierto un rato más, mirando al cielo. Le tomaría un rato conciliar el sue?o, pero al menos las estrellas le harían compa?ía. Una vez más, frotó la madera pulida de su pistola, asegurándose de que todavía estaba en su mano, y cerró los ojos. Secretamente también esperaba que San Domingo tuviera una casa de ba?o.

  ★

  A la ma?ana siguiente, Rex parecía ser el último todavía durmiendo. Las cosas ya estaban empacadas. Víctor y la se?orita Lombarde sólo necesitaban que Rex despertara. La se?orita Lombarde agarró una piedra, la examinó, vio que era muy pesada y la regresó al piso. Luego, empezó a rebuscar entre sus cosas del bolso.

  —?Qué haces? —le preguntó Víctor.

  —Busco algo para lanzarle a Rex. Eureka.

  Encontró un frasco de perfume vacío. La se?orita dio unos diez pasos en dirección opuesta a la cabeza de Rex. Víctor, repitiéndose, preguntó nuevamente qué hacía.

  —Quiero despertarlo.

  —Pues, sacúdelo.

  —?Quieres que me apunte con su cosa esa en la cara? ?Lo has visto en las noches?

  Víctor no contestó. La se?orita siguió hablando.

  —Se levanta con la pistola en mano sudando. No me imagino cómo va a reaccionar si lo sacudo. Pero si tú quieres quedarte en su rango de puntería, adelante.

  Víctor titubeó un momento. Decidió acompa?ar a la se?orita Lombarde en esos diez pasos de distancia de Rex. Los dos estaban a la espalda del hombre. Verónica lanzó el frasco de perfume. Sin abrir los ojos, con la mano que no sostenía la pistola, Rex lo atrapó.

  —?Bien! Despertaste. Andando —comandó la se?orita.

  Llegaron al pueblo de San Domingo. La se?orita Lombarde tenía razón, era un pueblo de rancho por lo que encontrar un establo fue inmediato.

  —Una moneda por caballo. Una moneda por día —dijo la empleada.

  —Tres caballos. Un día —contestó Rex, lanzándole tres monedas. La se?orita Lombarde se acercó al oído de Rex y dijo en voz baja:

  —Nos estamos quedando sin monedas.

  Debieron haber caminado un par de calles cuando Víctor y Verónica dedujeron que Rex había elegido estacionarse en San Domingo por una razón. Sabía perfectamente hacia dónde caminaba. Y si les sobraban sospechas, éstas se disiparon cuando una figura en el horizonte corrió hacia él y lo abrazó.

  —?Rex! Pensé que era mentira cuando recibí tus cartas.

  —Hola, Miroslava —dijo el hombre.

  Sus dos acompa?antes se preguntaron si alguna vez habían visto a Rex sonreír de esa manera.

  —Estos son mis… amigos. ?Sabes si hay algún lugar donde nos podamos asear?

  —?Tonterías! Pasen a mi casa.

  La pueblerina lo tomó del brazo.

  —Te va a encantar San Domingo...

  Y la conversación entre los dos se desvaneció conforme se metían a la puerta. Víctor se acercó a Verónica.

  —?Crees que sean viejos amantes o algo?

  —?Para qué quieres saber?

  La se?orita Lombarde puso los ojos en blanco y se adentró a la casa.

  Por fin aseados, los tres se sentaron en la casa de Miroslava. Ella les había servido té y los trataba con una inesperada hospitalidad. Le ofreció un saco nuevo a Víctor, quien había roto el suyo en el campo. Al principio, éste se rehusó, pero Miroslava insistió diciendo que perteneció a su padre y que el viejo era un borracho gru?ón. Miroslava hablaba y hablaba.

  —De hecho, tengo la intención de donar todo lo que perteneció a mi padre a la Iglesia. Sólo no he tenido el tiempo entre la escuela y los quehaceres. Parece que mis tardes consisten en llegar del salón y quedarme dormida justo en ese sillón de allí. Verónica, perdóname que no tenga nada para ti. No creo que seamos de la misma talla, pues soy demasiado peque?a.

  —Estoy segura —dijo Verónica.

  —Miroslava —interrumpió Rex—, hablando de ocuparse con cosas… ?No sabrás de algún trabajo que podamos hacer mientras estamos aquí?

  Miroslava miró a Rex con una mezcla de sorpresa y entretenimiento.

  —Rex, no me digas que ahora eres un hombre honesto. ?Quieres un trabajo? ?No una pista de cuál tienda no guarda una escopeta tras el mostrador?

  Rex suspiró, aunque sonó más como un gru?ido.

  —A Víctor no le gustan mis métodos de conseguir monedas.

  Víctor se irguió en su asiento, mirando a Rex con un semblante que indicaba la naturaleza repetitiva de esta conversación.

  —Suficiente tenemos con los bandidos de James detrás de nosotros —explicó el oficial—. No necesitamos que la ley también nos persiga.

  Miroslava inclinó su cabeza un poco y miró a Rex con preocupación.

  —?James? ?El Monstruo?

  —No es nada de qué preocuparse —afirmó Rex, agitando su mano para disipar la idea—. ?Hay o no hay trabajos aquí?

  Antes de que Miroslava pudiera contestar, la se?orita Lombarde habló.

  —Vi unos carteles de recompensa cuando veníamos hacia acá. ?Por qué no hacemos eso?

  Rex miró a Verónica y después a Víctor. Los dos se extra?aron por la sugerencia de la citadina.

  —?Una recompensa? ?Desde cuándo te gusta perseguir forajidos? —preguntó Rex de manera burlona—. Y algo me dice que Víctor y yo haríamos todo el trabajo.

  —Bueno, pues ustedes tienen mejor puntería —se quejó ella, cruzándose de brazos—. Además nos estamos quedando sin monedas y tú eres bueno para esas cosas violentas y salvajes.

  Rex se rio.

  —Me halaga, se?orita Lombarde. —Volteó a ver a Víctor—. Una recompensa suena bien, ?no?

  Víctor hizo una mueca y volteó a ver a Miroslava con la esperanza de que ésta tuviera alguna alternativa.

  —?No necesitarán quizás alguna escolta al siguiente pueblo? ?O ayuda para limpiar los ranchos?

  Miroslava simplemente negó con la cabeza.

  —No es como que haya una falta de rancheros en estos lares —dijo con benevolencia—. Pero si quieren escoltar algo, creo que la granja de borregos manda su lana los lunes.

  —Falta casi una semana para eso —se?aló Verónica, y miró a Rex de nuevo para pedirle con la mirada que cazaran recompensas—. No quisiera abusar de la hospitalidad de la se?orita Miroslava.

  —?Tonterías! —dijo Miroslava—. Pueden quedarse hasta el lunes si así lo desean.

  Pero Rex vio en los ojos de Verónica que ella no quería quedarse con Miroslava tanto tiempo. él tampoco quería pasar una semana entera en San Domingo sin hacer nada. Rex no se cansaba de la intemperie o de viajar; quedarse más de dos o tres días en un pueblo lo ponía inquieto.

  —Podemos buscar a estos bandidos que la se?orita Lombarde dice —dijo por fin, haciendo uso de su poca pero eficiente autoridad—. Si nos tardamos mucho, tal vez nos caiga el lunes y terminemos escoltando a esos ovejeros.

  Verónica asintió con solemnidad, satisfecha de haberse salido con la suya. Víctor se resignó, pero no con descontento —era un oficial después de todo, y perseguir forajidos era una de sus especialidades, pero no le gustaba poner a la se?orita Lombarde en situaciones peligrosas.

  —Bueno. Si no están muy lejos de aquí, quizás corramos con suerte y los atrapemos en dos o tres días —aceptó. Luego miró a Miroslava—. ?Han tenido muchos problemas con bandidos últimamente?

  La mujer se encogió de hombros.

  —No en el pueblo, pero si en los alrededores. A veces asaltan a los viajeros, pero casi no causan problemas aquí.

  Víctor le echó una mirada sospechosa a Rex, quien entendió su preocupación: podrían ser más hombres de James.

  La tabernera dejó caer tres platos sobre la mesa: unos panqueques con mantequilla derretida humeante, unos huevos revueltos y una simple salchicha frita. Verónica hizo un comentario sobre lo deliciosa que se veía la comida y el hambre que tenía.

  —Adivinen quién soy —dijo—. “Lo mejor de los pueblos es la comida. Los pueblos siempre tienen el mejor queso”.

  Sin embargo, el hombre de quien se estaba burlando no estaba de humor. Ni siquiera volteó a ver a la se?orita Lombarde, quien afirmaba que “él se reía a carcajadas cuando ella hacía eso”.

  Rex supo que Víctor desconfiaba del plan. Era una interacción que ya habían tenido antes. Usualmente, la se?orita Lombarde lograba sacar los pensamientos del hombre a base de preguntas, pero incluso ella se estaba cansando de esto. Rex sólo llamó a Víctor por nombre. éste comenzó a hablar.

  —Simplemente no sé cuál es el plan, Rex. Atrapar bandidos es algo que se hace en un escuadrón organizado. De manera limpia. Si los tres lo intentamos, tendremos que hacerlo de manera sucia. Me consta. Y entonces seremos nosotros los que aparecen en esos carteles.

  —Olvidas que Rex es Rex.

  —Y tú olvidas que el plan es no llamar la atención. ?No es por eso que viajamos en la intemperie? ?Odio la intemperie! No entiendo por qué confiamos ciegamente en el…

  Víctor no se atrevió a terminar su oración, pero los demás insistieron.

  —En el capricho de la se?orita Lombarde.

  Rex habló.

  —No podemos dejar que ella pague por todo.

  —No me molesta pagar por todo.

  Víctor les hizo un último cuestionamiento.

  —?Iremos tras James al pie de la letra? —volteó a ver a Rex—. ?Fuera del rastro? O, ?tentaremos a sus hombres directamente? —volteó a ver a Verónica.

  Verónica bajó la mirada hacia sus panqueques. Dejó que Rex contestara.

  —No nos estamos escondiendo para cumplir con la ley, Víctor. Nos escondemos sólo para que los hombres de James no tengan ventaja sobre nosotros.

  —Es decir, somos forajidos ya.

  Víctor se puso de pie. Azotó su parte del pago del desayuno contra la mesa y se marchó, dejando a Rex a solas con la se?orita Lombarde.

  —Sí tienes un plan. ?No es así, Rex?

  —Tengo una pistola y una bala guardada para James. Todo lo demás…

  Sacudió la cabeza como para decir que no importaba.

  —O sea que mi misión de evidenciar al Se?or Edward es banal para ti.

  Rex no dijo nada.

  —Quizá es mejor que cada quién vaya por caminos separados, entonces.

  La se?orita Lombarde dejó de dirigirle la palabra a Rex, pero no se levantó de la mesa. No quería ser grosera.

  Después de unos minutos de desayunar en silencio, Rex habló por fin con un tono un poco más solemne.

  —Su misión no es banal para mí.

  Verónica solo lo miró, esperando a que prosiguiera. Rex suspiró.

  —Ni siquiera sé qué significa banal, pero asumo que es algo así como “poco importante”. —Esperó a que Verónica confirmara con un cabeceo y siguió—. Lo cierto es, se?orita Lombarde, que ni usted ni Víctor saben una mierda de la intemperie. Con todo respeto.

  La se?orita Lombarde alzó una ceja, pero permaneció en silencio para escuchar el resto.

  —James es un hombre cruel y peligroso. No le dicen “El Monstruo” por nada. Y sus hombres son tan malos como él. Edward solo es un hombre de negocios. él no tiene a sus matones asaltando los caminos y con órdenes de dispararnos si nos ven.

  Ahora fue el turno de Verónica para suspirar. Por más que el Se?or Edward Gunn fuera un manipulador, Rex tenía razón en que no era una amenaza para su seguridad. No de manera inmediata, al menos.

  —No sé qué tanto truco haya con usted y sus trenes —continuó Rex—, pero sé que el buscar… evidencias, o lo que sea, es secundario a matar a James. Porque matar a James implica vivir lo suficiente para alcanzarlo, y vivir lo suficiente implica que sus hombres no nos maten primero. Y no podemos hacer nada ni contra James ni contra Edward si estamos muertos.

  La se?orita Lombarde asintió lentamente. Además de que las palabras de su compa?ero tenían sentido, el desayuno por fin estaba asentándose en su estómago y su humor ya estaba mejorando.

  —Bueno —dijo ella al fin—. Pero dígale todo eso a Víctor, entonces.

  —Mejor dígale usted. A mí no me hace caso cuando se trata de “mis métodos forajidos” —dijo burlón.

  La se?orita Lombarde soltó una risilla, pero se obligó a ahogarla por respeto a Víctor aunque no estuviera presente.

  —?Y qué se supone que yo le diga? “Oye, Víctor, ser forajido no está tan mal. Solo tienes que ignorar todos tus principios oficiales”.

  Ahora Rex se rio.

  —Algo así, sí. Víctor sigue sin entender que las planicies no son como la ciudad. La ley es un adorno en estos lugares y por algo las recompensas dicen “vivo o muerto”.

  La se?orita Lombarde asintió de nuevo.

  —?Pero no tiene razón acerca de los planes y escuadrones?

  Rex se encogió de hombros.

  —No estaría de más tener un par de pistolas adicionales, pero trabajamos con lo que tenemos.

  Verónica sacudió la cabeza, tanto entretenida como resignada.

  —?Tres personas de las cuales solo dos pueden disparar?

  Rex observó a Verónica pensativo.

  —Deberíamos ense?arle a disparar, se?orita Lombarde.

  Y ahora sí se rio.

  —?Disparar? No espera que me les una cabalgando en tiroteos para perseguir a los hombres de James, ?o sí?

  Rex sacudió la cabeza con una media sonrisa, pero habló un poco más serio.

  —No necesariamente, pero… —hizo una pausa—. Podría ser una buena precaución.

  Verónica entendió a lo que se refería. Tal vez no fuera tan descabellado que aprendiera a protegerse con alguna arma. Además, si sus sospechas eran ciertas, se encontrarían con muchísimos más bandidos rumbo al oeste.

  —Eso lo veremos después entonces —dijo tranquilamente, terminando su comida y pagando lo de los dos—. Ahora vaya con Víctor y dígale que no somos forajidos solo por… sobrevivir, como usted dice.

  Rex se levantó.

  —No, no. Dígale usted. Yo iré por los caballos.

  —?Saldremos ya?

  —Pues ya desayunamos —dijo como si fuera obvio—. Y el sol solo dura un día.

  —Claro, claro, claro —repitió la se?orita, fingiendo estar ajustada a esa lógica—. Debemos ser los primeros foráneos en esta taberna en mucho tiempo, puedo jurar que se nos quedan mirando.

  Rex frunció el ce?o. Giró la cabeza para confirmar.

  Los taberneros los veían.

  Verónica tocó la puerta de la se?orita Miroslava en busca de Víctor.

  —Lucía bastante molesto —explicó la chica—. Tomó sus cosas y preguntó por la estación de tren.

  —Tiende a ser dramático.

  —Pues, el tren saldrá en tres horas. Así que usted puede alcanzar a su amigo sin tener que apresurarse.

  Verónica se dio cuenta de que quizá estaba molestando a la chica, preguntando por paraderos que no eran responsabilidad suya. Se disculpó y aseguró que el asunto de Víctor no se repetiría. La chica dijo que no había cuidado y que se alegraba de tener a Rex en el pueblo.

  —Por cierto —a?adió Verónica—, ?cómo conoce a Rex?

  —Fuimos juntos a la escuela primaria. No sé si la terminó —formó una sonrisa—. Se metía en todo tipo de problemas. Desde que lo conozco le ha gustado ir en contra de las reglas. Un día me fui con mi padre y le dije que si alguna vez visitaba San Domingo, me escribiera.

  Miroslava mostró una hoja de papel doblada.

  —Debió escribirla antes de partir. Es chistoso. No me lo imagino yendo a una oficina postal.

  —No me lo imagino escribiendo.

  Verónica notó bastantes faltas de ortografía. Pensó “Si va a ense?arme a disparar, yo le voy a ense?ar a leer”. Levantó los ojos. Se encontró con los de Miroslava.

  —?Todo este tiempo memorizó tu dirección?

  —Todo este tiempo pudo escribirme y decidió no hacerlo.

  De repente Verónica entendió que, para Miroslava, Rex era casi un fantasma. La chica estaba depositando su confianza entera en un recuerdo. Alguien que no veía desde hace más de veinte a?os. “Ninguna persona ordinaria”, pensó, “dejaría entrar a dos completos extra?os a su vivienda”. Lo cual quería decir que ella era más allá de ordinaria.

  Verónica preguntó a Miroslava si ésta sabía que Rex había sido víctima de una horrible traición.

  La chica negó con la cabeza.

  —él tenía socios que se hacían llamar sus amigos. Le dispararon. Lo dejaron por muerto. Ahora no confía en nadie. A veces ni siquiera sé si confía en mí y en Víctor. Pero te escribió a ti. Incluso te dijo dónde iba a estar. Te ve como un lugar seguro. Y eso es muy especial, Miroslava.

  Miroslava rio y negó con la cabeza.

  —Está usted exagerando, se?orita Lombarde —dijo, y movió la mano para quitarle importancia—. Rex me escribió porque iba a venir; no vino porque me escribió.

  Verónica frunció el ce?o, descifrando el quiasmo de Miroslava. Una vez lo entendió, asintió.

  —De todos modos. Se tomó la molestia de escribirte. A mí ni los buenos días me da —se rio. No era una queja en serio.

  —Pues a mí tampoco. —Se encogió de hombros—. ?No va a ir a buscar a su amigo?

  La se?orita Lombarde asintió y se despidió de su anfitriona antes de partir hacia la estación de trenes. En la ciudad y el resto de la costa este, los trenes abundaban. Salían incluso múltiples veces al día. Pero mientras más al oeste fueras, menos trenes verías; y al parecer el tren de San Domingo pasaba dos veces a la semana nada más, por lo que el peque?o drama de Víctor solo funcionaba hoy y en tres días.

  Víctor estaba sentado en una banca con su morral a los pies y el mentón entre sus manos. Cuando vio a Verónica acercarse, se incorporó.

  —Se?orita Lombarde… —dijo a modo de saludo y con un poco de sorpresa.

  —Se?or Guadalupe. Ya déjese de berrinches —le reclamó ella con las manos en las caderas—. Ni yo tengo el lujo de la ciudad ni usted tiene el de la ley.

  Víctor alzó una ceja y miró a Verónica, esperando que dijera más. La se?orita Lombarde se sentó al lado de él con un suspiro.

  —Tampoco estoy del todo cómoda con este nuevo estilo de vida que adoptamos rumbo a Cambolana —admitió—, pero de nada nos sirve quejarnos de cómo son las cosas en el oeste.

  Víctor exhaló con resignación.

  —Es temerario. ?Olvida que es precisamente ese estilo de vida el que lo hizo ganarse una bala en el pecho?

  —No. Y él tampoco lo olvidará pronto, estoy segura —dijo casi a modo de reprimenda—. Pero eso era cuando estaba con sus amigos forajidos. Ahora está con nosotros.

  —Sí, pero no quiere hacer las cosas de manera legítima.

  —Y usted no las quiere hacer de manera ilegítima. Entonces ?quién de los dos debe ceder? ?él, que es quien sabe cómo son las cosas en las planicies, o usted, que cree saber cómo deberían serlo?

  Víctor abrió la boca para contestar, pero se lo pensó mejor.

  —Rex me mandó a hablar con usted porque los dos son igual de necios. Y yo vine no por hacerle caso sino porque estoy cansada de hacer de mediadora y ya es hora de que hagan las paces. —Se cruzó de brazos—. Lleguen a un punto medio y trabajen juntos. Los dos quieren lo mismo, ?no es cierto?

  Víctor se tomó un momento para contestar.

  —él quiere matar a James.

  —Y usted lo quiere colgar. Es lo mismo.

  —Bueno, sí, pero hay un proceso…

  —Eso discútanlo después. Deje que Rex jale la palanca de la horca para que los dos estén satisfechos. Ambos me dijeron que me llevarían por el Rumbo Largo y no llevamos ni un cuarto del camino.

  Víctor soltó aire.

  —Es usted una fuerza de la naturaleza, se?orita Lombarde —dijo con media sonrisa.

  —Sí —confirmó—. Ahora vamos. Lo van a hablar como ni?os buenos y después iremos a perseguir bandidos.

  Víctor la miró, pensativo.

  —?Sabe? —dijo—. Deberíamos ense?arle a disparar.

  —?Usted cree? —contestó Verónica, fingiendo olvidar que hace unos momentos Rex había dicho igual.

  —Me sorprende que no nos lo haya pedido.

  —Estaba esperando a que me lo ofrecieran.

  ★

  Cepillando el caballo de Rex, con una mano que tenía libre, la joven del establo daba de comer peque?os bocados a éste para que no se asustara. Tarareaba una melodía. Al verla, Rex titubeó. Su caballo nunca se dejaba tocar por personas extra?as.

  —?Cómo se llama? —preguntó la chica.

  —Rex.

  —Te gusta ser cepillado, ?no es así, Rex?

  El hombre no corrigió que lo hubieran confundido. Le preocupaba más que no habían pagado por el servicio de una cepillada.

  —La casa invita. No se preocupe.

  —Me llevaré mis caballos ahora.

  —?Tan pronto?

  La mujer le recordó que podían ocupar el establo el día completo, pero Rex insistió en que tenían trabajo que hacer.

  —Bueno —dijo la chica—. Si abandona San Domingo, tenga cuidado. En las afueras hay bandidos a quienes les gusta aprovecharse de los viajeros.

  —Son los que están dibujados.

  —?Sí! En los carteles de recompensa.

  La joven terminó de entregarle sus caballos al hombre.

  —El pobre Sheriff los encierra y encierra, y siempre se escapan de nuevo —miró al suelo—. Hay un caballero que les paga la fianza.

  De repente, la chica se interrumpió a sí misma para dejar de hablar del tema. No quería molestar.

  —Por favor —insistió Rex.

  —Pues, es un hombre que a veces viene al pueblo. Lo llaman “El Monstruo”. Es muy cruel. Si yo fuera usted, me alejaría del Rumbo Largo. Mejor vaya por el nuevo camino, con el tren moderno. He escuchado que es más seguro así.

  “Ya lo creo”.

  Al toparse con Víctor y Verónica, y ordenarles que partieran, la se?orita Lombarde le soltó a Rex un grupo de tres sílabas repetidas que no significaban nada, pero indicaban que no se iba a mover a ningún lado.

  —Tú y Víctor necesitan hablar.

  En un principio, Rex creyó que era broma. Sin embargo, la se?orita Lombarde dijo lo siguiente.

  —Es la última vez que resuelvo un problema entre los dos.

  —Soy… —dijo Rex—. Soy malo con las palabras.

  —Pues, lo vas a tener que intentar —miró a ambos—. Los dejaré a solas.

  Pasaron unos instantes de silencio. Rex ofreció la rienda de su caballo a Víctor. No pudieron evitar mirarse.

  —Ford —dijo Víctor.

  —Ah. Ahora soy “Ford” y no Rex.

  Rex no mentía sobre ser malo con las palabras. Estaba acostumbrado a una vida donde las personas se disparaban entre ellas antes de siquiera considerar hablar las cosas. Para él, Víctor y la se?orita Lombarde eran, de hecho, los primeros que no cumplían esta realidad.

  Rex suspiró.

  —Quizá puedo dejar vivir a algunos de los hombres de James. Darles en la pierna…

  —Rex —interrumpió el oficial—. No eres un perro al que tengo que ponerle correa. Puedes matar a quien quieras. Me preocupa, realmente, que el que trae puesta la correa soy yo.

  —?A qué te refieres?

  —Me refiero a que, si me la quito, desconozco en lo que me convertiré. “El oficial de Los Llanos que se unió a dos valientes. Que se volvió loco y mató a treinta personas en cada pueblo”.

  —No te vas a volver loco.

  Víctor no estaba del todo seguro. Rex siguió hablando.

  —Sólo déjame hacer lo mío. Así obtendrás lo que quieres.

  —?Y qué es lo que quiero?

  Se miraron a los ojos.

  —Justicia.

  —Tú quieres venganza y yo quiero justicia —confirmó Víctor—. Vaya combinación.

  —En este caso son lo mismo, ?no crees?

  Víctor se tomó unos segundos para contestar.

  —En este caso, lo son.

  Ahora Rex guardó silencio por unos instantes.

  —Son hombres malos, Víctor.

  Víctor suspiró.

  —Lo son. Pero… ?no eras tú como ellos?

  Rex respondió casi inmediatamente.

  —No. No como ellos.

  El hombre subió a su caballo y echó a andar con las riendas de la montura de la se?orita Lombarde para entregarle a su yegua. Víctor subió al suyo y miró a sus compa?eros. A veces era demasiado evidente que lo único que tenían en común era su meta de viajar por el Rumbo Largo; Verónica en realidad no tenía interés en atrapar a James, pero necesitaba encontrar pruebas de que su colega Edward Gunn estaba jugando sucio de alguna manera; y Rex quería matar a James, no atraparlo. Aun así, a pesar de sus diferencias, estaban juntos y lo estarían por semanas si no es que meses.

  ★

  Una vez cabalgando, había mucha menos tensión entre ellos. Quizás porque tenían que ser cuidadosos y no podían arriesgarse a tener mala comunicación. Un paso en falso podía significar la muerte en las planicies de Bravo, sobre todo al perseguir bandidos.

  —?Conoces a estos tipos, Rex? —preguntó Víctor después de un rato.

  —No conozco a todos los que trabajan para James —respondió el hombre—. ?Acaso tú conoces a todos los oficiales?

  Víctor puso los ojos en blanco.

  —A todos los de mi territorio, sí. Al menos de nombre.

  —Bueno, pues San Domingo no era mi territorio.

  Verónica se?aló una columna de humo blanco a la distancia.

  —?Eso es un campamento? ?Serán ellos?

  Rex entrecerró los ojos para ver donde su compa?era había se?alado.

  —Puede ser. Hay que acercarnos.

  Víctor dejó que su caballo trotara a la altura del de Rex.

  —?Y el plan es llegar y disparar a todo lo que se mueva?

  —Bueno, si quieres llevarlos vivos, el plan es dispararles en las piernas, pero sí.

  —?No nos van a disparar primero? —preguntó Verónica, alcanzándolos.

  —Poco probable. No parecemos oficiales. Bueno, éste todavía un poco. —Cabeceó hacia Víctor—. Quizás hagan un par de tiros de advertencia.

  Verónica no se veía del todo tranquilizada por aquella información.

  —Rex tiene razón, se?orita Lombarde —aseguró Víctor—. Querrán saber si somos amigos o enemigos primero. James tiene muchos hombres por todas partes.

  —Y no todos se conocen entre ellos —les recordó Rex, haciendo que Víctor suspirara pero asintiera.

  A menor distancia, el campamento no parecía ser tan peque?o. Había cinco tiendas que pudieron contar antes de que un hombre saliera con un rifle en las manos. Todavía estaban a unos cien metros, y el hombre no les apuntaba todavía, esperando a que se acercaran más para verlos bien. Mejor para ellos, pensó Rex, pues mientras más cerca, mejor puntería tendrían.

  Cuando estuvieron a unas cincuenta yardas, el hombre del campamento apuntó.

  —Hasta ahí es suficiente. ?Quiénes son? —preguntó con una voz áspera.

  Sostenía el arma firme, sin titubear. Rex notó la mirada cansada del hombre. Inteligente, o al menos esa impresión daba. Víctor también notó esa peculiaridad, pues los oficiales más ancianos desarrollaban la misma apariencia estoica. Seguramente, aquel hombre había quitado una vida antes.

  Mentir era una mala opción. Usualmente, mentir funcionaba con los paranoicos y los de mente opaca. Este hombre poseía templanza.

  Tampoco se trataba de alguien que estuviera dibujado en las recompensas, pues aquellos criminales parecían cerca de la edad de Rex. Este hombre era completamente anciano. La poca barba que le crecía, le crecía blanca.

  —Tu silencio me lo dice todo, muchacho —continuó el hombre—. ?Estás pensando en qué decir? Porque si dicen ser viajeros, no veo ningún equipaje. Si dicen que son oficiales, no lucen como tal.

  De otra tienda de campa?a salió un chico. éste era mucho más joven que su acompa?ante y seguro unos diez a?os menor que Rex. Se le veía en las pupilas. Grandes, alertas, filosas como navajas. Sin embargo, llenas de incertidumbre. El anciano debía ser su mentor o algo parecido.

  El joven, rubio, tenía la cabellera despeinada. Quizá la manejaba así a propósito. Se acercó al anciano y se colocó en posición. Esperando órdenes.

  —Voy a preguntar de nuevo —continuó el anciano—. ?Quiénes son?

  —Somos cazarrecompensas —decidió hablar Víctor—. Venimos en busca de Jerry Chu, por el cargo de escapar de aprisionamiento. Drake Manitoc, por el cargo de estafa y falta de comparecencia, y, Ridge Blackwater, por el cargo de golpear a una dama y falta de comparecencia.

  El anciano volteó a ver a Verónica, quien sabía que no cargaba consigo pistola alguna.

  —?La se?orita? —Se?aló con el rifle—. ?Es también cazarrecompensas?

  Rex intervino.

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  —Es nuestra patrocinadora —mintió a medias.

  El anciano guardó el rifle.

  —Bueno —habló—. Dicen la verdad. Quizá porque no les dejé más opción.

  El joven rubio dejó de estar en posición alerta.

  —?Ustedes qué hacen aquí? —preguntó Rex. El anciano se le quedó mirando. Rex insistió—. Ya contestamos su pregunta. Ahora contesten la nuestra.

  —Hijo, hago exactamente lo mismo que tú.

  Rex, Víctor y la se?orita Lombarde bajaron de sus caballos y el anciano empezó a patear el resto de las tiendas para que salieran los demás campistas.

  —Estos son mis hombres —describió primero al joven rubio—. Pepe, Cruz, Blanco y Raúl.

  Empezó a dar un recorrido del lugar. Rex y los demás notaron algo que no habían visto por la distancia, un poste de madera con dos hombres atados a él. Los hombres, con la ropa raspada y ensuciada de tierra, eran Drake Manitoc y Jerry Chu. Habían sido golpeados y amarrados de todas las extremidades.

  —Logramos encontrar a estos dos. El plan es hacerlos pasar la noche aquí. Así se aflojarán sus bocas —el anciano bofeteó a uno—. Se rehúsan a decir el paradero de Ridge. Y Ridge es el que más nos importa, pues el sheriff de San Domingo quiere ponerle una bala en la cabeza personalmente. La dama que golpeó era su hija.

  Verónica se acercó a Víctor para susurrar.

  —?Qué hacemos ahora?

  —?Cómo que qué hacemos? —preguntó él.

  —Pues nos ganaron la recompensa.

  Víctor miró a los hombres en el poste.

  —Todavía queda Blackwater.

  —?Y crees que nosotros tres vamos a encontrarlo antes que estos cinco?

  Víctor se encogió de hombros. Había estado pensando en lo mismo, pero seguía buscando posibles soluciones. Un grupo tan grande no repartiría las recompensas con tres extra?os, y ciertamente no podían asaltarlos y robarles a los dos criminales que ya habían capturado. Echó una mirada a Rex solo para asegurarse de que no estuviera pensando en nada violento, pero el hombre solo estaba observando a Manitoc y Chu con una mano en el mentón, como si tratara de reconocerlos.

  —?Y no han dicho nada? —preguntó Rex al anciano.

  —Solo groserías y amenazas —contestó.

  —?Y qué métodos han utilizado? —preguntó con un tono un poco más sombrío.

  Víctor tuvo que reprimir su suspiro.

  —Nada tan malo. No somos esa clase de cazarrecompensas —explicó el viejo.

  Rex sacudió la cabeza de manera casi imperceptible. Quizás estaba desaprobando el grupo; quizás estaba pensando en otra cosa. Siempre era difícil saberlo.

  —Bueno. No los molestamos más —habló el ex forajido. Luego se dirigió a sus acompa?antes—. Nos vamos.

  Rex subió a su caballo, esperando que Víctor y Verónica hicieran lo mismo. La se?orita Lombarde montó a su yegua, pero Víctor tardó un poco.

  —Hijo —les advirtió el anciano—, Ridge es nuestro.

  Algunos acompa?antes del anciano pusieron las manos en sus fundas para respaldar las palabras de su líder y hacer una amenaza silenciosa.

  —No lo dudo —dijo Rex, y aunque su tono era tranquilo, sus ojos estaban saltando de hombre en hombre haciendo un conteo rápido de las armas y los ángulos.

  Víctor se interpuso entre Rex y los campistas con su caballo.

  —Buena suerte con su búsqueda —les dijo, y echó una mirada a su compa?ero. “No.”

  A rega?adientes, Rex echó a andar junto a sus compa?eros. Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos, maldijo.

  —Nos amenazaron, Víctor.

  —No lo hicieron de verdad. Era un farol —explicó él, aunque también sonaba frustrado.

  —?Esto pasa seguido? —preguntó Verónica.

  —?Que te roben las recompensas? —gru?ó Rex—. Sí. Aunque hay un remedio para eso.

  —?No vamos a matar a un anciano y a un ni?o! —lo rega?ó Víctor.

  Rex resopló. Luego guardó silencio.

  —Tal vez podamos encontrar a Ridge nosotros —sugirió Verónica sin mucho entusiasmo.

  —Pues no van a hablar —explicó Rex, sonando bastante seguro—. Y no van a gastar su agua y comida en mantener a dos prisioneros en las planicies. Volverán a San Domingo a más tardar ma?ana por la noche para cobrar las recompensas de ellos dos.

  Víctor lo miró, entendiendo su implicación.

  —?Y crees que Blackwater irá por ellos?

  Rex se encogió de hombros.

  —Es un pueblo peque?o. Sería sencillo.

  —Pero Miroslava dijo que nunca iban al pueblo —a?adió Verónica.

  —No, pero ponerles una recompensa es meterse con el toro.

  Víctor y Verónica intercambiaron una mirada de preocupación.

  —Suenas muy convencido —dijo la mujer.

  —Víctor sabe cómo son esta clase de hombres —dijo con un tono amargado, refiriéndose a su plática de antes—. ?Me equivoco?

  Víctor suspiró. Quisiera o no, Rex tenía razón. De todos los defectos que tenían los bandidos —y eran bastantes—, el orgullo era uno de los más grandes. Ponerle un cartel de “Se Busca” a alguien era la manera más pública de decirle “no te queremos cerca”, lo que los bandidos interpretaban como provocación.

  —Es posible que Ridge se aparezca —habló solemne.

  —?En el pueblo? —quiso confirmar Verónica.

  Rex asintió. Víctor no dijo nada.

  ★

  El anciano los veía alejarse. Pensó para sí mismo en voz alta que aquel debía ser el peor grupo de cazarrecompensas que había visto.

  Los hombres atados al poste, Drake Manitoc y Jerry Chu, empezaron a cuchichear con una sonrisa. En cuanto sus captores lo notaron, guardaron silencio nuevamente. Eso sí, manteniendo la sonrisa.

  El joven rubio, Pepe, fue a alertar a su mentor de esto.

  —?Qué pasa?

  —Están hablando.

  Los cinco hombres se acercaron a los atados en el poste. Patearon tierra hacia sus rostros y preguntaron qué era tan interesante. Los prisioneros tenían una nueva confianza establecida. Sabían algo que sus captores no.

  —Ese era Rex Ford —dijo Drake Manitoc—. Dicen que viaja acompa?ado de un ex oficial y una mujer citadina. El jefe va a estar contento.

  Uno de los hombres del anciano, Blanco, el más impulsivo, interrumpió.

  —?Y?

  —Y —continuó Manitoc—, estamos listos para hacer un trato. Les diremos dónde está Ridge si dejan a uno de nosotros irse.

  Blanco hizo una mueca sarcástica.

  —Pero si estaban determinados a quedarse callados. ?Qué cambió?

  —Cambió que ahora Rex Ford está en San Domingo. Uno de nosotros tiene que decirle al jefe.

  Otro cazarrecompensas, Cruz, el más analítico, se acercó lentamente a los atados en el poste. Se agachó a su nivel y decretó, enfatizando cada sílaba, que no negociaban con criminales.

  Sin embargo, Raúl pidió que esperaran.

  Acercándose a los hombres, tomó a uno del brazo y le desdobló la manga, revelando la cicatriz de una quemadura en forma de J.

  —Su jefe es Ben “El Monstruo” James —dijo.

  Los demás ignoraban por qué aquello era relevante. Raúl, de la misma forma que el estafador Drake Manitoc, era un charlatán. Hablaba no sólo con la boca, sino con las manos. Quienes lo conocían mejor sabían que ese carisma era, en realidad, soberbia. Alejó a todos de los prisioneros.

  —Digo que les hagamos caso.

  —?Qué? —reclamó Pepe—. ?Después de lo que nos costó atraparlos?

  —?Su jefe es Ben James! ?Saben la recompensa que nos darían si atrapamos a Ben James?

  Blanco habló.

  —?Qué te hace creer que podemos atrapar a Ben James?

  Los ojos de Raúl se llenaron de codicia.

  —Obviamente “El Monstruo” James y este tal Rex Ford se tienen ri?a. ?Qué haría yo si fuera él? Iría a San Domingo, pero con la guardia baja. ?Baja! Sin ningún ejército. Sin nada de hombres. ?Por qué? Porque quiero el elemento sorpresa para sorprender a Rex, mi enemigo.

  Blanco, con el rostro lleno de la misma codicia, terminó de decir la idea de su compa?ero.

  —No nos vería venir.

  —Seríamos cinco contra uno.

  Los hombres del poste hablaron en voz alta, casi gritando.

  —Sabemos que hacen esto por dinero. ?Ustedes creen que no hemos visto nuestros propios carteles de recompensa? Jerry vale cinco mil. Yo valgo tres. ?Pero Ridge Blackwater? Ridge Blackwater vale ocho. Si mis matemáticas no me fallan, Ridge combinado con uno de nosotros es más valioso que Chu y yo.

  El anciano, Pepe, Cruz, Blanco y Raúl, convencidos no sólo de que podían cobrar la recompensa de Ridge sino también atrapar a James, confirmaron una última vez entre ellos.

  —?Estamos seguros? —preguntó Cruz.

  —?Tienes miedo? —lo provocó Blanco.

  El anciano apretó los dientes. Le disgustaba que sus hombres se provocaran entre ellos. Sin embargo, Blanco tenía un punto. Lo única razón que les impedía ir por James sería el miedo. Y ellos no sucumbían ante el miedo.

  Por lo que se dirigió hacia los prisioneros y habló.

  —Hecho.

  ★

  De vuelta en San Domingo, y cenando con Miroslava, Víctor fue el primero en hablar.

  —Gracias de nuevo por su hospitalidad, se?orita. Si todo sale bien, partiremos ma?ana o al día siguiente.

  Miroslava solo ofreció una sonrisa cortés y un ligero cabeceo.

  Rex terminó de cenar y se levantó.

  —Voy a caminar —avisó, dirigiéndose a la puerta.

  Verónica y Víctor intercambiaron una mirada, pero no lo cuestionaron.

  Rex no había tenido demasiada oportunidad para estar solo desde que habían empezado a viajar juntos dos meses atrás, por lo que el aire fresco y la soledad le sentaron bastante bien.

  El pueblo de San Domingo no era grande y estaba conformado más que nada por peque?as granjas y un par de tiendas. Si uno se paraba en el centro, podía ver todo el pueblo y las planicies de los alrededores. El camino del Rumbo Largo lo atravesaba de punta a punta, y el tren pasaba por el sur, pero no tenía otras calles o vías. Dicho de otra manera, San Domingo era un terrible lugar para un tiroteo. No había edificios con los que cubrirse, solo tenía dos rutas de escape, y ni siquiera tenía sombra para cubrirse del sol. Para Rex, notar esa clase de cosas era algo instintivo. Siempre que llegaba a un pueblo, inmediatamente buscaba los mejores lugares para disparar y huir; al entrar en alguna tienda o casa, contaba las ventanas, los muebles y las puertas.

  El verdadero motivo de la caminata de Rex, además de buscar un respiro, era prepararse. Fuera un presentimiento o solo la paranoia de haberse encontrado con los hombres de James, algo en toda la interacción con aquel grupo de cazarrecompensas le había dejado un mal sabor de boca. Rex no había reconocido ni a Chu ni a Manitoc, y el nombre de Blackwater no le sonaba, pero era posible que James estuviera cerca.

  Ben “El Monstruo” James tenía un escondite en Cambolana, la “Ciudad Dorada” de la costa oeste. Si no lo encontraban en el camino, tarde o temprano lo verían ahí; pero si lo hallaban antes, todo terminaría más pronto. Víctor lo arrestaría si Rex no le ponía una bala entre las cejas antes.

  La cicatriz en forma de J pareció escocer de repente, y Rex se frotó el antebrazo. Al mismo tiempo, la cicatriz de su pecho se hizo muy presente y el hombre tuvo que cerrar los ojos y exhalar para tranquilizarse. No era miedo ni anticipación. No estaba seguro de qué era, pero no le gustaba. Abrió los ojos y se encontró con las estrellas. Usualmente lo ayudaban a relajarse, pero esta noche lo vigilaban como buitres.

  Oyó los pasos de Víctor acercándose —a estas alturas, reconocía a sus dos compa?eros por cómo caminaban— y se giró para mirarlo.

  Víctor no se sorprendió de que Rex lo hubiera escuchado. Solo lo saludó con un cabeceo y se paró a su lado, en silencio. Por alguna razón llevaban todo el día discutiendo. Tal vez llevaban demasiado tiempo en la intemperie y ambos estaban ariscos; tal vez el llegar a un pueblo le recordó a Víctor de su tiempo como oficial y lo puso irritable ante lo forajido. Sea lo que fuere, ante la inminencia de Blackwater llegando a San Domingo, ninguno de los dos quería estar más inquieto de lo debido.

  —No hay mucha cobertura en el pueblo —dijo Víctor, confirmando los análisis de Rex.

  —Demasiada luz de sol —a?adió el otro.

  —Y solo dos salidas —finalizó el primero.

  Víctor exhaló profundamente y miró a Rex con tranquilidad.

  —Ya no somos quienes éramos hace dos meses, ?verdad? Ahora es tu deber protegerme, y el mío protegerte a ti.

  Víctor se sentó. Dejando a Rex de pie junto a él.

  —Cuando me contaste lo que pasó entre tú y James, eras un hombre moribundo. Tenías cicatrices de balas en todo el cuerpo.

  —?Quieres que lo cuente de nuevo? ?Esta vez sin mi dolor agonizante?

  —Y sin tanta cerveza de por medio.

  Víctor hizo sonreír a Rex. De repente, las estrellas volvían a ser relajantes.

  —Ben James solía tener ideas. Ideas buenas. Por ejemplo, los caballos. él sabía que para ser un ladrón, tenías que tener un caballo rápido o si no la ley te atraparía. Cada que aparecía un caballo más veloz que el suyo, James lo robaba para sí mismo. Ahora la leyenda dice que Ben “El Monstruo” James posee el caballo más rápido de todo el territorio.

  —Pero no es una leyenda.

  —Es completamente cierto. Es imposible alcanzarlo. James huye de los tiroteos cuando éstos se vuelven muy peligrosos. Sólo por eso sigue con vida.

  Se sentó al lado de Víctor y continuó hablando.

  —James me sacó de la escuela. Me preguntó si alguna vez había quitado una vida y dije que sí. Le disparé a mi padre para que dejara de golpear a mi mamá. Bastó para que me hiciera su mano derecha. Juntos, llegábamos a un lugar, disparábamos a inocentes y nos largábamos de ahí. Cargando todo lo que cupiera en nuestras manos.

  Rex evitaba mirar a Víctor a los ojos. Se le quedaba viendo a la planicie.

  —A James le gustaba torturar. él no disparaba para matar a sus víctimas. Las acuchillaba y las ahorcaba, siempre con una sonrisa en el rostro. Les rompía los huesos. Me empezó a preocupar. Empecé a volverme más rápido. Cada vez que llegábamos a un lugar nuevo, yo les disparaba a todas las víctimas antes de que James pudiera ponerles las manos encima. Les daba justo en el corazón para que fuera rápido. Me dije a mí mismo que los estaba salvando. Les estaba haciendo el favor de salvarlos de James. Hasta que un día, James me dijo que estaba orgulloso de mí porque me había convertido en una máquina de asesinato.

  A Víctor se le empezó a formar un nudo en la garganta. Y no dudó que Rex tenía el suyo propio.

  —Ese día decidí empezar a perdonar ciertas vidas. Dejé vivir a una jovencita. Laura. James me dijo que ella no podía vivir a menos que la reclutáramos. Así que eso hicimos —carraspeó—. Le ense?é a disparar.

  —?Y James estaba de acuerdo con que empezaras a perdonar?

  —No, pero le daba miedo traicionarme. Creo que él sabía que mis reflejos eran más rápidos que los suyos. Su única opción era darme por la espalda o quitarme la pistola.

  Los dos se miraron a los ojos.

  —Laura me dijo que ya no quería seguir trabajando con nosotros. Era demasiada muerte. Una noche, la ayudé a escabullirse del campamento y le di mi pistola. Esa fue la noche en que James me traicionó. Atrapó a Laura y la hizo regresar al campamento. Le dijo que era su momento de usar las cosas que yo le había ense?ado. Y que tenía una elección, su vida o la mía. La pobre chica no debía tener más de dieciséis. Estaba llorando.

  Los ojos de Víctor se llenaron de humedad.

  —?James mató a Laura?

  —James hizo que Laura me disparara. Con mis últimos alientos, lo vi dispararle a Laura en la cabeza. Y nos enterró a ambos.

  Víctor guardó silencio por unos segundos.

  —Siempre pensé que James te había disparado.

  —Si James me hubiera disparado, estaría muerto —dijo Rex con voz ronca—. Laura no era tan buena como yo, pero supo dónde apuntar. O tal vez tuve suerte.

  Víctor asintió solemne. Las monjas del convento habían concluido que Rex sobreviviendo a aquel disparo había sido un milagro. Según lo que le contó la Madre Superiora, el hombre estuvo dos semanas enteras luchando contra la fiebre de la infección, y eso sin contar los cuatro días que se arrastró por el desierto.

  —Al menos James era peor enterrando de lo que era disparando, ?no? —se aventuró a bromear Víctor.

  Rex hizo un ruido que asemejaba un gru?ido, pero Víctor sabía que era lo más cercano que aquel forajido tenía a una risa.

  —Sí, supongo que llamarlo entierro es exagerar. —Rex suspiró—. Era un hoyo. Y ni siquiera uno profundo.

  Los dos permanecieron callados viendo las estrellas. Considerando lo que Rex le acababa de contar, quizás tenían más en común de lo que habían pensado.

  —Mi padre tampoco era un buen hombre —confesó Víctor. Hizo una breve pausa—. No lo maté, pero lo arrestaron.

  Rex solo asintió con su cabeza mientras escuchaba a su compa?ero. Nuevamente estaban sin mirarse a los ojos; no era necesario.

  —?Qué hizo? —preguntó Rex, nervioso ante la respuesta.

  —Homicidio —dijo Víctor—. él dijo que había sido un accidente. No paró de decirlo incluso mientras le ataban la soga al cuello.

  Rex supo quién había sido la víctima sin que Víctor lo dijera. También entendió muchas más cosas de su compa?ero. La rectitud, la fe en la ley y el desprecio a los forajidos —los hombres malos.

  —Y te volviste un oficial —dijo, adivinando sus motivos.

  —Y me volví un oficial —confirmó el otro.

  Víctor se puso de pie y por fin miró a Rex.

  —James terminará muerto de una u otra forma —habló como si fuera una certeza—. La soga, una bala… Quizás se caiga del caballo y ni tú ni yo lo atrapemos.

  Rex resopló entretenido ante la idea.

  —Pero tratamos de hacerlo bien primero —continuó Víctor—. Es lo que nos hace diferentes a ellos. Nosotros hacemos lo correcto.

  Rex caviló las palabras de su compa?ero y exhaló un suspiro.

  —?Y dejarás de lloriquear cuando tengamos que hacer cosas de forajidos? —preguntó Rex con una sonrisa medio burlona.

  Ahora fue el turno de Víctor para resoplar. Pero tras poner los ojos en blanco, contestó con diversión a medias.

  —Quizás pueda ser más abierto ante tus… métodos. Pero lo intentamos a mi modo también.

  Rex asintió.

  —Suena justo. —Y le ofreció la mano a Víctor.

  él la estrechó.

  —Entonces —dijo Rex— si Blackwater no se deja arrestar por las buenas ma?ana…

  Víctor hizo un cabeceo casi imperceptible.

  —Será por las malas. —Miró alrededor—. Podemos esperarlo en ambas salidas y que la se?orita Lombarde se quede en casa de Miroslava.

  —Habrá que ense?arle a disparar a Verónica —agregó Rex—. Por si acaso.

  —Otro día será. Ma?ana necesitaremos las balas.

  Los hombres volvieron a la casa de su anfitriona y solo encontraron despierta a Verónica. Al verlos acercarse tan amigablemente, o al menos con la usual falta de tensión y hostilidad, se relajó y les deseó a sus compa?eros buenas noches antes de irse a dormir.

  Rex y Víctor se acostaron en los sillones ya sin necesidad de decir algo más. Con un poco de suerte, aquellos cazarrecompensas llegarían al pueblo temprano con Blackwater en sus talones. Con mucha suerte, no habría una gran confrontación.

  Pero ?cuándo habían tenido suerte? Pensó Rex.

  Nuevamente sosteniendo el arma, Rex se dejaba caer dormido. Estaba seguro de sus reflejos. Incluso estando inconsciente, sabía que la única manera de tomarlo por sorpresa sería jugando sucio como James. Cualquier malhechor que pretendiera aprovecharse de él mientras dormía, saldría perdiendo.

  Se preguntó si sus compa?eros se sentían igual de seguros al dormir. Escuchó a la se?orita Lombarde dando vueltas en el cuarto de huéspedes del piso de arriba. Ella daba vueltas cuando so?aba.

  —Verónica María —le había dicho su madre—, llama a tu hermana. Quiero hablarles de negocios.

  Las dos ni?as se sentaron en la mesa del té. La madre de Verónica sacó dos grandes floreros de cristal y una bolsa con cien canicas amarillas.

  —Ambas tienen un negocio y estas son sus riquezas. ?Cómo las dividirían?

  Las ni?as empezaron a contar las canicas. Verónica podía más rápido porque ya estaba en la edad de saber contar. Lograron poner cincuenta canicas en cada florero.

  —Cincuenta y cincuenta —dijo la madre, decepcionada—. Ahora, digamos que yo soy el banco. Quiero hablar con el due?o del negocio. ?Cómo sé con quién hablar si las dos tienen las mismas canicas?

  —?No somos socias? —dijo Verónica—. Estamos compartiendo.

  —Al banco no le importa, Verónica. Quiere hablar solamente con una persona.

  Las chicas desconocían qué responder. A la madre le enfurecía esto. Según ella, lo que les estaba explicando era obvio. Sin embargo, decidió respirar profundamente.

  —Como les decía —continuó la mujer—, al banco no le importa.

  Tomó una canica del frasco de la ni?a más peque?a y lo puso en el de Verónica.

  —Esto se llama cincuenta y un por ciento. Y esto, cuarenta y nueve por ciento. Ahora, la persona que da la cara del negocio eres tú, Verónica. Por más que quieran repartir todo mitad y mitad, dos personas nunca pueden estar de acuerdo en todo. Algún día, habrá un desacuerdo entre tú y tu hermana. Y, ?quién tendrá el poder de despedir a la otra persona? ?Quién tendrá el verdadero poder de dar la cara por el negocio?

  La mujer sostuvo la canica definitiva.

  —El cincuenta y un por ciento.

  La criada de la familia las interrumpió. Pasó por la mesa del té a recoger alguna vajilla sucia que habían dejado ahí antes. El estruendo de los platos chocando la sacó de su trance. Verónica se despertó para escuchar un estruendo similar en la casa de Miroslava.

  El colchón de huéspedes de la se?orita Miroslava, más que nada, era un cuarto usado como bodega. Ahí guardaba las tareas de sus ni?os, pinturas para acuarela, tizas y borradores. El cuarto emanaba un tremendo olor a polvo. Verónica tuvo que sacudir el colchón para poder dormir en él y sintió vergüenza de que la miraran hacerlo. Parecía que estaba se?alando la falta de limpieza, pero sólo quería dormir.

  Decidió ir a la letrina, que estaba en el piso de abajo. De paso, ver a Rex y a Víctor dormir. Le gustaba.

  Bajó con todo el sigilo posible. Giró por el pasillo de las escaleras y casi chocó con Miroslava. Se disculpó de manera instintiva.

  —No se preocupe —susurró Miroslava.

  Verónica notó que la chica estaba alistada para salir a la calle cargando un montón de platos.

  —Voy a devolver esto a la taberna —dijo—. Es la vajilla con la que cenamos. Como vivo sola, tuve que pedirla prestada.

  —Pero si es la mitad de la noche. Los puede devolver en la ma?ana.

  —No no. Está bien —insistió ella.

  Verónica entrecerró los ojos, sospechosa ante la extra?a actitud de Miroslava.

  —Al menos déjeme acompa?arla entonces.

  A lo que Miroslava negó con la cabeza.

  —No es un trayecto largo. Usted vuelva a dormir.

  La se?orita Lombarde tenía sue?o y en realidad no quería seguir a su anfitriona a la taberna, por lo que terminó por encogerse de hombros.

  —Bueno. Vaya con cuidado —le dijo, y se dirigió a la letrina.

  Sentada y pensando, Verónica meditó en lo que Miroslava podría estar ocultando y se preguntó si debía advertirles a sus compa?eros. Las posibilidades de lo que una mujer estaría haciendo en secreto a esas horas de la noche en un lugar como una taberna no se le antojaban placenteras, por lo que simplemente despidió las ideas.

  “Será muy su asunto.” concluyó, “Y cualquier cosa, Rex se despertará si hay peligro.”

  Verónica se lavó las manos y regresó al interior, viendo que Miroslava todavía no regresaba. Pasó por la sala y vio que Rex estaba despierto y sentado, mirando la puerta principal.

  —?Qué hace Miroslava? —le preguntó el hombre.

  Verónica se encogió de hombros.

  —Dijo que iba a devolver la vajilla a la taberna.

  Rex asintió.

  —?Y usted qué hace despierta a esta hora?

  —Pues haciendo pipí —contestó Verónica, apretando su camisón—. ?Qué más?

  Rex soltó un peque?o bufido que era una risa y solo cabeceó.

  —Buenas noches, se?orita Lombarde —dijo, y volvió a acostarse.

  Verónica le respondió lo mismo y subió hacia la habitación de huéspedes, pero a mitad del camino se encontró con la puerta entreabierta de la habitación de Miroslava y la curiosidad la venció. Abrió la puerta, se escabulló dentro y miró alrededor. Había una cama, un armario, un buró y un tocador. Decidió probar suerte con el tocador primero y abrió los cajones, pero solo tenían brochas y pinturas. Después fue al buró junto a la cama y abrió el cajón, donde encontró varios papeles. Cartas.

  “Mi querida Miroslava, pronto nos iremos de este pueblucho y te yebaré conmigo,” decía la primera. Las faltas de ortografía y la horrible caligrafía le recordaron a la carta de Rex. “Espérame unos días más y nos bemos en la taberna. Te quiere, Ridge.”

  “??Ridge?!” Pensó Verónica. Miró por la ventana hacia la taberna, donde las luces permanecían encendidas. La carta no tenía una fecha, pero no podía ser muy vieja, y recordó que no habían encontrado a Blackwater en la intemperie.

  Con la carta en la mano, bajó los escalones de dos en dos.

  —?Rex! —gritó, despertando a sus dos compa?eros.

  Víctor se incorporó y buscó su arma, pero Rex ya estaba de pie y apuntando a los alrededores, buscando el origen de la conmoción.

  —?Qué pasa?

  —?Es Ridge! Creo que está ocultándose en la taberna. —Le agitó la carta en la cara.

  Rex gru?ó y arrebató el papel para quitárselo de la línea de visión. Leyó el contenido —aunque con un poco de dificultad— y se la entregó a Víctor, quien entendió la situación y empezó a vestirse también.

  —?Van a ir ahora? —preguntó la mujer.

  —Si Miroslava le está advirtiendo, no podemos dejar que escape —gru?ó Rex—. Usted quédese aquí.

  Víctor se abrochó el cinto con la pistolera y se dirigió a la puerta.

  —Espera —le dijo a Rex, mirando por la ventana.

  Rex se detuvo y aguzó el oído. Los dos hombres reconocieron el sonido del galope. Y no se trataba de uno o dos caballos; era toda una escuadra.

  —?Rex Ford! —gritó una voz áspera, alargando cada palabra. Era James—. ?Eres un fantasma difícil de encontrar!

  Gritaba a los cuatro vientos. Sabía que Rex estaría escuchando.

  —Mis muchachos y yo hicimos una peque?a parada en el establo.

  Los tres miraron por la ventana. Vieron que los hombres de James habían sacado a la fuerza a la jovencita del establo, quien jalaba consigo la correa del caballo de Rex.

  —Debo reconocértelo —prosiguió James, refiriéndose al animal—. No se dejó tocar por nadie. Tuvimos que recurrir a los servicios de esta bella dama.

  Rex miró mejor a la chica. Se encontraba repleta de moretones.

  —Tienes cuatro segundos antes de que la bestia reciba una bala en la cabeza. Cuatro… Tres…

  Verónica susurró “Lo va a matar”, mezclando un poco de incertidumbre en su declaración, pues era más una pregunta que una frase.

  —Dos…

  “Va a matar a Raya” dijo a sus compa?eros, especialmente al due?o del caballo. Pero Rex no parecía sentir el mismo pánico. Le preocupaba más la falta de cobertura del pueblo. Trataba de hacer las cuentas. Eran tres de ellos contra diez hombres de James, sin incluir al mismísimo Monstruo. Abrir la puerta significaba perder la vida seguro. James dijo “Uno” y, faltando una fracción de segundo para que el caballo recibiera una bala, Verónica se adelantó a tomar una decisión por los tres.

  Abrió la puerta de la casa de Miroslava y subestimó lo veloz que era James en reaccionar, pues la pistola que apuntaba al caballo giró, sin titubear, noventa grados con el brazo de James completamente extendido hacia la cabeza de Verónica. La bala salió disparada. De no ser porque Rex era más rápido y jaló a la se?orita Lombarde de la cintura, El Monstruo hubiera dado en el blanco.

  Aun así, le habían otorgado lo que él quería. La ubicación del forajido.

  —Ya te tengo —murmuró para sí.

  Ordenó a los demás que se bajaran de sus caballos y dejaron sola a la se?orita del establo. Ella no sabía qué hacer, simplemente acarició a Raya para consolarlo del estruendo; no porque Raya estuviera desacostumbrado a ellos, sino más bien, el caballo sabía que estaban en problemas.

  Los diez hombres, acompa?ados de su jefe, caminaron hasta la casa de la se?orita Miroslava. Veintidós botas resonando en el camino lleno de tierra. Querían causar un espectáculo. Así que James dijo “Disparen a las ventanas” y aquellos hombres dejaron llover una ráfaga de plomo a todas y cada una de las ventanas de la casa. Verónica tuvo que cubrirse en los brazos de uno de sus compa?eros para esquivar los pedazos de vidrios rotos.

  —?Rex! —llamó su atención Víctor—. El pueblo no tendrá cobertura…

  Y Rex terminó su oración.

  —Pero la casa sí.

  Se encaminaron a subir las escaleras, apresurándose unos a los otros. “?Vamos, vamos, rápido!”.

  —Lo bueno que ya fue a la letrina, se?orita Lombarde.

  —?Ahora no, Víctor!

  Uno de los hombres de James los vio por una de las ventanas más peque?as. Disparó, pero sin darle a nadie. Sólo la se?orita Lombarde sintió otro latigazo de viento cerca de su cabellera.

  James fue el último en entrar a la casa y siguió hablando para Rex.

  —?Nada de aceite en el piso para que me resbale? —Se estaba divirtiendo.

  Con pocas opciones, Rex, Víctor y la se?orita Lombarde se encerraron en el cuarto del colchón de huéspedes. Los dos últimos aguardaban indicaciones del tercero, que les dijo que retiraran aquel colchón de la cama, pues les serviría. Se asomaron por la ventana para confirmar si alguno de los hombres de James se había quedado afuera o si todos se habían metido a la casa con él. Las calles estaban vacías.

  Rex entreabrió la puerta para asomarse. Podía oír los pasos de los hombres de James apresurándose hacia arriba y las sombras en las escaleras se alargaban cada segundo. Miró a Víctor y con un simple cabeceo le indicó que se colocara en la puerta; él corrió hacia el cuarto de Miroslava, unos pasos antes del de huéspedes y del lado contrario de la pared. Un pasillo estrecho era lo único que tenían a su favor, y solo funcionaría con dos o tres de los enemigos antes de que estos se dieran cuenta de su desventaja.

  Dos de los hombres de James aparecieron por las escaleras, y tan rápido como pusieron pie en el segundo piso, una bala le dio a cada uno en el pecho. Las armas de Víctor y Rex habían disparado casi al unísono. Los cuerpos cayeron por los escalones y un tercer forajido alcanzó a asomarse para recibir un disparo en la frente y desplomarse por igual.

  —?Pendejos! —gritó James desde el piso de abajo—. Es un cuello de botella. No suban más.

  Los pasos se detuvieron. Víctor miró a Rex desde lados opuestos del pasillo, preguntando en silencio qué harían ahora.

  Rex pensó y miró hacia el interior de la habitación donde se encontraba. Necesitaban algo más para distraer a los bandidos de abajo. Con suerte, la joven del establo ya habría huido con Raya y James no tendría más rehenes, pero aun así estaban atrapados en el segundo piso. Sus ojos se tardaron solo un segundo en recorrer la habitación: cama, armario, tocador, buró. Sábanas, ropa, papeles, maquillaje.

  “?Perfumes!” Pensó Rex, corriendo hacia el tocador y rebuscando en los cajones. No encontró lo que buscaba y fue hacia el armario —a veces la se?orita Lombarde guardaba sus perfumes con su ropa para que tuvieran un leve aroma; quizás Miroslava haría lo mismo. Una canastita contenía tres frasquitos de líquido aromatizado, todos a la mitad, y todos llenos de alcohol.

  —?Alcohol? —había preguntado aquella vez cuando Verónica le explicaba cómo se hacían los perfumes—. ?Como el whiskey?

  —No exactamente —había explicado ella—. El whiskey está muy rebajado. Por eso solo tiene un cuarenta por ciento de alcohol; es agua, malta y levadura. Pero el perfume es etanol, aceites y un solo poco de agua.

  —?Etanol? —repitió él, desconociendo la palabra.

  —Alcohol puro. —Sostuvo el frasquito en su mano—. Alrededor del ochenta por ciento.

  Los frascos frente a Rex eran muy peque?os para armar una botella de fuego convencional, pero no necesitaba una explosión grande —solo fuego rápido.

  Encontró unas medias de Miroslava y puso dos de las botellas dentro, amarrando un nudo y sopesando su honda improvisada, si es que podía llamársele así. Roció pesadamente la punta de la media con perfume y guardó el frasquito. Tendría que bastar. El impacto rompería las botellas del interior y, con suerte, eso esparciría el fuego.

  De su caja sacó un fósforo y lo prendió contra su bota. El fuego hizo un peque?o rugido. James estaba gritando amenazas desde el piso de abajo, donde sin duda había todavía media docena de bandidos apuntando a las escaleras por si bajaba alguno de ellos. Rex quemó la punta de la media y le dio un par de vueltas desde el otro extremo. El fuego no se apagó.

  Salió de la habitación de Miroslava dándole vueltas a su peque?a media incendiaria y caminó hacia el rellano de las escaleras, lo suficiente para tener un tiro limpio a la base de éstas sin que le pudieran disparar. Arrojó su proyectil improvisado y se escuchó el romper de los cristales en un muro. El torso de uno de los hombres de James recibió una rociada de aquel alcohol. Por la naturaleza del líquido, las llamas no se le apagaron.

  —?Fuego? —rio James—. ?No puedes asustarme con fuego, Rex; soy el mismísimo diablo!

  Llamó a uno de sus hombres, de nombre Toni y de sonrisa maníaca, y le ordenó que empezara a quemar el resto del lugar. Rex y sus acompa?antes morirían por haberse acorralado.

  Escuchó que ya no había más disparos del piso de arriba, lo que significaba que habían cambiado a la defensiva. Vio los tres cadáveres en las escaleras. Indicó a otros dos de sus hombres que fueran más sigilosos esta vez. Hicieron caso, sacaron sus pistolas y, con los reflejos más alerta, empezaron a subir sin emitir sonido alguno.

  A través del pasillo, Víctor y Rex podían verse, pues ambas puertas de las habitaciones se abrían hacia adentro. Procuraban no asomarse de más o algún hombre de James dispararía.

  Rex enunció con la boca que empujaran el colchón viejo. Víctor preguntó “?Qué?” y Rex enfatizó. Víctor le dijo, en una combinación de gestos y miradas, que aquello no iba a funcionar como barrera contra las balas y simplemente terminaría muerto. A lo que Rex contestó que estaba al tanto. Sólo quería que lo empujasen.

  Horizontalmente, Víctor y la se?orita Lombarde deslizaron el colchón, el cual no recorrió más de un metro antes de topar con pared y quedarse atascado a media puerta. Al chocar con la pared, más polvo salió de éste, pues era un colchón increíblemente viejo. Fue suficiente para que los hombres de James dispararan. Reaccionaron como era de esperarse, sin importarles a qué estaban disparando. Con cada bala, una nube de polvo empezó a crecer que, combinada con el humo causado por el fuego, se volvía gigantesca.

  La oscuridad de aquella noche se convirtió en aliada del forajido. Cuando éste salió, el polvo lo cubría y el incendio del piso de abajo iluminaba las siluetas de los dos hombres. Rex ni siquiera tuvo que mostrar sigilo alguno. Lo único que éstos hombres vieron, antes de morir, fueron dos destellos amarillos desde la nube de polvo, como ojos de una bestia furiosa.

  James se estaba hartando de ver a sus hombres ser derrotados. Mandó al más experto. éste sacó su propia pistola, se encaminó a las escaleras y disparó al humo, sabiéndose los trucos de Rex. Rex se apartó del pasillo y regresó al cuarto donde estaban Verónica y Víctor. Empujó rápidamente el resto del colchón hacia afuera, que por estar lleno de agujeros de bala fue fácil. Cerró la puerta y apartó rápidamente a sus compa?eros de ésta. Sabía que dispararían a la madera antes de abrirla. Estruendo tras estruendo, empezaron a brotar astillas.

  La puerta fue pateada por el hombre, rompiéndose en las áreas afectadas por su pistola. El picaporte cayó con facilidad.

  El hombre entró, imponente, sin importarle recibir disparos. Hubo una ráfaga de tres balas y una dio por accidente a uno de los sacos de tela donde la se?orita Miroslava guardaba las tizas. Una nueva nube blanca, ahora más fina y difícil de respirar, aturdió a todos. Rex, además, había perdido su puntería perfecta por alejar a sus dos amigos de la entrada momentos antes.

  El hombre tenía la oportunidad perfecta para matarlos. La suerte, sin embargo, hizo que Víctor chocara contra uno de los muebles, tirando uno de los pinceles al piso. Rodó hasta colocarse perfectamente debajo de la suela del hombre. Y cuando aquel dio un paso para matarlos, se resbaló. La pistola salió volando de sus manos.

  Rex se subió el pa?uelo del cuello para taparse la nariz y la boca e inhalar menos humo, se abalanzó sobre el hombre y le rodeó el cuello por detrás, jalándolo consigo hacia el exterior y usándolo de escudo humano. Un par de balas vinieron desde las escaleras y le dieron al rehén de Rex, quien vio el destello de sus agresores y supo dónde estaban, atestándoles un tiro a cada uno. El hombre bajo su agarre gru?ó de dolor y se tambaleó un poco, pero no murió de inmediato, lo que le permitió a Rex dar unos pasos más con él y recibir cuatro disparos más sin ser herido. Ya no tenía una buena línea de visión y el humo se estaba volviendo espeso.

  —Salgan por la ventana —bramó a sus dos compa?eros en el cuarto de huéspedes.

  Ya se escuchaba el crujir de las llamas en el piso inferior y no tardarían en propagarse al segundo. Rex sintió que su rehén por fin expiraba y se puso de cuclillas para no soportar tanto peso; desde esa altura vio a los dos últimos hombres que seguían apuntando desde las escaleras. Justo antes de que les disparara, James se asomó para soltar una ráfaga de balas que obligó a Rex a soltar su escudo humano y rodar hacia atrás. Tosió un poco y supo que lo mejor sería no volver a asomarse sin cobertura, por lo que se arrastró de vuelta al cuarto de huéspedes, donde Víctor ya había saltado por la ventana, pero Verónica seguía asomándose hacia el suelo.

  —?Tienes miedo?

  —No —se quejó ella rápido—. Pero ?qué tal que Víctor no me atrapa?

  —No tenemos tiempo.

  Rex empujó a su compa?era con suficiente fuerza para defenestrarla. Verónica ahogó un peque?o grito y cayó encima de Víctor, quien más que atraparla amortiguó su caída con un bufido. Rex aterrizó junto a ellos y rodó, inmediatamente poniéndose sobre una rodilla para apuntar detrás suyo hacia la esquina de la casa, donde podrían asomarse James y sus hombres restantes cuando salieran.

  Víctor soltó un gru?ido mientras se levantaba y ayudaba a Verónica. Desenfundó su pistola de nuevo.

  —Hay que salir de la calle —le dijo a Rex, manteniendo cerca a su compa?era.

  Rex asintió, retrocediendo sin dejar de mirar la casa de Miroslava que ya estaba ardiendo con mayor intensidad. Los tres se alejaron a paso veloz hasta llegar al otro lado de la calle. James y sus hombres por fin se asomaron detrás de la columna de humo apuntando y disparando. Los silbidos de las balas obligaron a Víctor a agacharse mientras asía a Verónica del brazo, y pronto los tres entraron al peque?o callejón entre la taberna y la oficina postal.

  —?Ridge! —gritó James desde la calle, dirigiéndose a su compa?ero oculto—. ?Deja de jalártela y sal! ?Tenemos trabajo!

  —Maldición —musitó Víctor—. Casi me había olvidado de Blackwater.

  —?Cómo supo James que estabas aquí? —le preguntó Verónica a Rex, aprovechando el respiro de las balas y el incendio. Pero Rex le indicó que guardara silencio, a lo que Verónica se ofendió.

  —?No me hagas…!

  Víctor le puso una mano en la boca. Ambos tenían la misma sospecha. Se aproximaba el galope de cinco caballos. Eran los cazarrecompensas. Se detuvieron ante a la casa en llamas y llamaron al Monstruo por nombre.

  —?Ben James! —sonó la voz del anciano—. Estás bajo arresto.

  De la pistola de uno de los hombres de James salió una bala que rozó por el hombro a Cruz. Gru?ó sin quedar muy herido. Pero rápidamente los otros cuatro apuntaron sus pistolas, dejando indefenso a James.

  Cuando Cruz terminó de recuperarse del rasgu?o, también apuntó.

  Ben James desconocía quiénes eran estos cinco, sin embargo, sabía cuándo desistir en situaciones que no le favorecían. Eventualmente se recuperaría, pensó, después de deshacerse de estos estorbos.

  Levantó ambas manos e indicó a sus dos hombres que hicieran lo mismo. Rex, Víctor y Verónica miraban desde el callejón. No tenían que seguir presionando sus espaldas contra la pared, pues ya no había balas volando de las que protegerse.

  El anciano siguió hablando.

  —Vaya, vaya. Ben “El Monstruo” James. Me pregunto cuánto nos darán por tu cabeza en la gran ciudad.

  —Si tus hombres valen tres mil en promedio —analizó Blanco con su usual soberbia—, y cuentas con aproximadamente cien bajo tu comando. Trescientos mil debe ser el mínimo.

  El anciano indicó con un cabeceo a Pepe y a Cruz que mataran a los dos secuaces que quedaban de James. Más con sorpresa que con miedo, James miró esto suceder. Luego se distrajo, pues Rex y sus acompa?antes salieron de su escondite.

  —Oh, es verdad —dijo el anciano—. Ese de ahí es Rex Ford, ?cierto? Ustedes tienen una especie de ri?a. Drake Manitoc nos contó todo.

  Esta fue la primera vez, en mucho tiempo, que Rex veía a Ben James a los ojos. éste último parecía llenarse de excitación, como si disfrutara la tortura que su mera presencia ocasionaba. Sabía que sólo con mirar a Rex era suficiente para hacerlo sufrir. Por otro lado, Rex deseaba matarlo, pero le estorbaba un grupo de incompetentes montados en caballos y un anciano que no paraba de monologar.

  —No te preocupes —aseguró el viejo, dirigiéndose hacia James todavía—. Rex no viene con nosotros.

  —Es un terrible cazarrecompensas —a?adió Blanco.

  —Si me arrestan —habló finalmente James, con tranquilidad en la voz—, él no me va a poder matar. —Y sonrió, se?alando a Rex—. Y entonces él va a tener una nueva ri?a con ustedes.

  —?Conque sí?

  El anciano se volteó, caballo y todo. Los otros cuatro siguieron apuntándole a James.

  —?Quieres tirar a la basura trescientas mil monedas, hijo?

  —No saben con quién se están metiendo —interrumpió Víctor.

  Raúl, el charlatán, echó una carcajada.

  —Me parece que sí lo sabemos.

  Ya para ese momento, cualquier casa vecina, a natural falta de prudencia, empezaba a abrir sus cortinas para asomarse por la ventana. Los más discretos eran revelados por la luz de la luna, aunque otros menos cautelosos encendían su propia luz.

  “Papá” sacudió la hija del sheriff a un hombre que dormía.

  —?Papá, despierta!

  El sheriff se incorporó, atolondrado, pero reconociendo la voz de su hija.

  —Hay disparos en el pueblo.

  Se frotó los ojos. Estiró su cuello. “Pásame mis…” pero la mujer ya lo tenía todo a la mano.

  —Corazón, existe un momento en la vida de un sheriff donde éste tiene que despabilarse o si no estira la pata. Necesito que me bofetees.

  —?Qué?

  —Acabo de despertar. Vamos.

  La hija no titubeó.

  El sheriff salió de la comisaría en la entrada del pueblo y miró con horror la columna de humo de lo que había sido la casa de Miroslava. Lo peor era que aquellas llamas amenazaban con saltar al resto de los edificios si el viento arreciaba. Aunque también le preocupó mucho ver las nueve siluetas en medio de la calle apuntándose con pistolas. Cinco jinetes, tres figuras juntas y un hombre en medio de todos.

  —?Quédate adentro! —le ordenó a su hija. Se ajustó el cinturón y dio pasos confiados hacia el centro del pueblo, desenfundando de una vez—. ?Qué demonios está sucediendo?

  Aquel segundo en el que los cinco cazarrecompensas voltearon a ver al sheriff fue suficiente. De la taberna salió una lluvia de balas. Rex y Víctor arrastraron a Verónica de vuelta a la cobertura del callejón, y James se lanzó hacia las puertas batientes, protegido por los disparos.

  El caos fue inmediato y rompió las filas de los jinetes. Una bala golpeó a uno de los caballos, que se agitó y tiró a Blanco antes de echar una coz hacia el caballo del anciano, quien no pudo mantener el control de su montura y se azotó contra Cruz y Raúl. El sheriff, que no tenía dónde cubrirse, corrió hacia el lado opuesto de la calle y trató de ocultarse tras el barandal de la peletería.

  Cuando los disparos cesaron, tres de los caballos habían huido, dejando a Raúl y Cruz de pie junto a Blanco, que estaba de nalgas y sobándose por haber caído mal; el anciano estaba terminando de calmar a su montura, pero Pepe yacía en el suelo con tres heridas de bala en el torso.

  —?Quítense de ahí! ?Están recargando! —gritó Rex desde el callejón.

  Un coro de disparos volvió a escucharse. Raúl y Cruz echaron a correr, pero el anciano, quien había estado observando el cuerpo de Pepe, no se espabiló a tiempo y cayó junto al joven con un grito ahogado y varias balas en la espalda. Blanco se arrastró hacia atrás, pero ya en el suelo fue más fácil acertarle en las piernas y colapsó, quejándose.

  James salió de la taberna con pistola en mano, acompa?ado por Ridge Blackwater y cuatro hombres más, entre los que estaba Jerry Chu. Se veía más enojado que confiado, y miró a Blanco, quien seguía tratando de moverse.

  En silencio y sin titubear, James caminó hasta Blanco y le asestó una patada en el torso. Se escuchó el tronido de sus costillas.

  —?Quieres saber cuánto valemos yo y mis hombres todavía? —gru?ó, pateándolo de nuevo—. ?Menos ahora que me los mataron! ?Cazarrecompensas de mierda! —Otra patada—. No eres tan valiente sin tu quintilla, ?eh?

  Los hombres de James se mantuvieron cerca de él, apuntando a los alrededores en caso de que el sheriff o cualquiera de los otros se asomara.

  —?Tenían que meter sus malditas narices donde no les corresponde! —bramó James de nuevo, pateando a Blanco en el rostro y rompiéndole la nariz. La tierra empezó a salpicarse de rojo—. Rumbo Largo y sus pueblitos de mierda son míos, y ni tú ni tus amigos ni el puto fantasma de Rex Ford me pueden detener, ?oíste?

  Blanco apenas pudo balbucear algo que sonaba como un “sí”, pero James lo volvió a patear.

  —Ben James —gritó el sheriff desde su poca cobertura—. ?Desiste ahora! ?Estás bajo arresto!

  En un parpadeo, James apuntó y disparó a una varilla del barandal tras el cual se ocultaba el sheriff, haciendo volar astillas. Desde el callejón salieron Rex y Víctor, y calle abajo se asomaron Cruz y Raúl también. Estos últimos vieron a Rex y Víctor ser capturados por los hombres de James, quienes los esperaban afuera del callejón con todas las ventajas posibles.

  La calle, hasta su final más extremo y oscuro, en el que se encontraban Cruz y Raúl, estaba repleta de caballos desorientados.

  El más cobarde de los cazarrecompensas se empe?ó en tranquilizar a uno para intentar montarlo y largarse del lugar.

  —Podemos regresar —dijo Cruz.

  —?No! No podemos hacer nada. Este plan fue un desperdicio.

  —Pero mataron a nuestros hombres.

  —Pues yo no voy a morir en manos de ese patán.

  Cruz golpeó a Raúl en la cara. Los dos estaban cansados y aturdidos, por lo que Raúl no tuvo balance y fue sencillo tumbarlo a la tierra. Cruz se colocó encima de él con la pistola apuntándole al cuello.

  —?Estábamos bien! —gru?ó entre dientes—. ?íbamos sólo a capturar a Chu, Manitoc y Ridge! Pero tu codicia nos llevó a ir por más. Este plan, que dices que fue un “desperdicio”, fue tu plan. Y ahora están muertos por tu culpa. ?Cobarde!

  Raúl se tomó un momento para recuperar el aliento, pero habló. Su voz ahora venía acompa?ada de una serenidad extranjera. Parecía que sus ademanes, a los que Cruz estaba acostumbrado, habían desaparecido.

  —Tú eres igual de codicioso que yo. Te escondes detrás de tus trajes y tus modales. Dejas que el anciano haga tu trabajo sucio. ?Pero crees que no reconozco a otra rata cuando la veo enfrente?

  Cruz se quedó sin palabras.

  —?Yo soy el cobarde? Por favor. Tienes una conciencia igual de sucia que la mía.

  Alejó la pistola de su cuello, logró montar uno de los animales y cabalgar hacia la oscuridad. “Harás lo mismo si eres sabio” fue lo último que le dijo a Cruz. éste miró la conmoción a la distancia, iluminada por un fuerte destello naranja causado por el incendio.

  James terminaba de torturar al cadáver de Blanco. Se preguntaba si estaba satisfecho. Decidió que no. Se hincó sobre el cadáver y le soltó seis plomazos directos a la cara, hasta que la cabeza de Blanco quedó hecha puré. La sangre terminó de salpicar a James sin que éste se inmutara.

  Rex, Víctor y Verónica quedaron obligados a estar de rodillas por Ridge Blackwater, Jerry Chu y otros dos hombres. El que sobraba ayudaba a mantener a Rex en línea, pues era el más difícil de aplacar. Sin embargo, si Víctor o la se?orita Lombarde intentaban algo, se liberaba de Rex por un instante y les daba un golpe en el estómago.

  Contemplaron a James beber un sorbo de su cantimplora, enjuagándose el sabor de vísceras que le había quedado. “Nunca me voy a acostumbrar” dijo con una sonrisa y se limpió la cara con un pa?uelo.

  —Terminemos con esto rápido, porque tengo un sheriff del cuál deshacerme.

  James cabeceó al hombre que ayudaba con Rex para indicarle que abandonara su posición y se fuera en busca del sheriff.

  —Mujer —dijo James—, tú estás de suerte. Mi empleador te quiere con vida.

  Se giró hacia Víctor.

  —Sin embargo, tú. No me sirves de nada.

  —?Déjalo en paz! —gritó Rex.

  Pero James ignoró esto. Ordenó a Ridge Blackwater, quien era el que estaba sometiendo a Víctor, que le disparara a su prisionero. Blackwater hizo caso hasta que, antes de apretar el gatillo, de la taberna salió su enamorada.

  —?Ridge, no!

  Miroslava se dejó caer de rodillas junto a Víctor para agarrar el brazo de Ridge.

  —?Ya basta, por favor! ?Dijiste que ya no matarías a nadie!

  El bandido se quitó a la mujer de un codazo, tumbándola al suelo y mirándola con una mezcla de lástima y desdén.

  —No te metas en esto —le dijo.

  Víctor y Rex intercambiaron una mirada por tan solo una fracción de segundo. Ambos habían escuchado lo que necesitaban oír: “no matarían a Verónica”. Ambos habían hecho las mismas cuentas en sus cabezas; cinco hombres y James, pero James había vaciado su pistola en Blanco y el hombre que sostenía a Verónica no sería una amenaza. Otro de los hombres había ido por el sheriff, dejando solo a Ridge con Víctor, Jerry con Rex, y un tercero cerca. Al otro lado de la calle y sobre su caballo, Cruz debatía si irse o regresar, pero cuando vio la mirada que Víctor y Rex le dirigieron, entendió que lo necesitaban y supo que no podría vivir en paz si su cobardía le costaba la vida a esos dos hombres. Sin palabras, los tres organizaron el plan al mismo tiempo y lo ejecutaron con perfecta coordinación.

  Cruz cabalgó y disparó, sabiendo que no le atinaría a nadie, pero ese no era el punto. Después del minuto de silencio en el que habían estado, un balazo alertaría a todos, y unos forajidos poco experimentados como Ridge y Chu buscarían cubrirse, desatendiendo sus puestos. En cuanto Víctor y Rex sintieron que sus captores se distrajeron, se alzaron de un brinco y giraron los dos, azotando a sus respectivos enemigos entre ellos. El tercer hombre tuvo que alternar su vista entre el jinete que se aproximaba y los dos prisioneros que se acababan de alzar; el tiempo que le tomó decidir le costó pesadamente, pues justo antes de apuntarles a Rex y Víctor, Cruz le disparó y lo derribó. El captor de Verónica solo se había puesto tenso y la había arrastrado un poco, y el hombre que había ido por el sheriff se distrajo lo suficiente para que el alguacil saliera de su escondite y lo incapacitara con un disparo. James fue el único que supo qué hacer y se arrojó al suelo para rodar y arrastrarse. Habría sido una imagen graciosa si no hubiese sido igual de peligrosa, pues al terminar su movimiento se encontraba en la esquina de la taberna terminando de recargar su pistola. Pero ya era tarde.

  Víctor y Rex habían recuperado sus armas. Mientras que Víctor se giró para apuntar al hombre que tenía a Verónica, Rex volteó hacia James y la sincronía perfecta terminó. Cruz también salió del estado en el que los tres se encontraban y dio media vuelta para alejarse cabalgando —quizás alcanzaría a Raúl; quizás no. Verónica forcejeó un poco y el que la sostenía trató de someterla, pero ahora estaba ocupado con Víctor.

  —Deja ir a la se?orita —habló el oficial, impasible.

  El hombre volteó a ver a James, quien estaba en su propio punto muerto con Rex, y regresó la vista a Víctor. Su jefe le había dicho que no debían matar a Verónica, por lo que no tenía ninguna ventaja, pero podría farolear. Dejó ir a Verónica sin dejar de apuntarle y empezó a retroceder, con los ojos puestos en su oponente. Víctor tuvo que dejarlo ir —no podía arriesgarse a que le dispararan a la se?orita Lombarde.

  Por su parte, James y Rex escucharon los pasos del hombre alejándose. Ahora solo quedaban ellos, cada uno con un revólver frente al otro.

  Los dos dispararon al mismo tiempo. James, por su parte, sabía que la única forma de ganar ventaja contra Rex era jugar sucio, un truco que había funcionado antes. No había razón para abstenerse de repetirlo. Le disparó a Miroslava, la primera persona que vio a espaldas de Rex.

  Aquella decisión fue quizá la única que alejó a James de un destino aciago, pues Rex le hubiera dado en la cabeza de haber recibido la bala él mismo. Sin embargo, James sabía que Rex sentía compasión. Más importante, James consideraba que la compasión era una debilidad. Estando Rex al tanto de la posición de todos sus aliados, en todos sus alrededores, la lógica dictaba que se distraería al notar el cambio en la puntería de su enemigo. Tal breve desconcierto causó que el proyectil de Rex se desviara una milésima de grado.

  Al igual que un dedo índice colocándose al final de unos labios y haciendo presión hasta hundirse en la mejilla, la bala estiró la carne del rostro de James hasta desgarrarla. Se llevó consigo el lóbulo de una de sus orejas. Y de haber golpeado un poco más cerca, James podría haber perdido un par de muelas que después Rex hubiera encontrado descansando en el suelo llenas de sangre.

  Por primera vez en derrota, James soltó un grito visceral, sin maldiciones o palabras coherentes. Se colocó la mano en el rostro y aulló como alguien recibiendo tortura. Trató de esconderse atrás de algún muro, pero Rex ya estaba listo para dar un segundo tiro, esta vez letal.

  Sin embargo, los cimientos de la casa de Miroslava dejaron de soportar tanto ardor. Cedieron de la misma forma que en un terremoto. Colapsando sobre sí mismos en un abrir y cerrar de ojos. El techo se deshizo en partes, el piso de arriba desapareció junto con el de abajo. Cualquier rastro de la construcción que aún se mantenía con vida cayó violentamente hacia la tierra. Al chocar, la tempestad se expandió en un instante. Impidió a todos ver y, también, respirar.

  Los ojos de Rex se llenaron de acidez. Su nariz y boca de escozor, pues habían recibido microscópicos pedazos de hollín, astillas y arena. Su enemigo, James, se envolvió en un manto grisáceo hasta desaparecer de su vista. Los edificios se esfumaron por igual. Rex tosió y tosió. Perdió la postura y terminó de brazos y piernas en la tierra, que estaba caliente. “?Rex!” escuchaba a sus amigos decir a la distancia, pero la falta de oxígeno no le permitía levantarse. También escuchaba los jadeos de James. Parecía que se alejaban, o tal vez sólo era su consciencia difuminándose por los efectos de la peligrosa nébula.

  Verónica y Víctor lograron salir.

  —?Rex! —gritó Verónica—. ?Se está asfixiando!

  —Se?orita Lombarde, ?espere!

  Y Verónica se sumergió en la neblina.

  Víctor miró alrededor para asegurarse de que James en verdad se hubiera ido —no necesitaban más desagradables sorpresas. El sheriff estaba acercándose con terror en los ojos al ver que el fuego estaba en riesgo de propagarse a otros edificios, y pronto se puso a gritar órdenes para que el resto del pueblo, despertado por el tiroteo, saliera a ayudar a controlar el incendio.

  —?Víctor! —gritó Verónica desde la nube de polvo y humo que por fin comenzaba a disiparse.

  El oficial corrió a su lado y la ayudó a arrastrar a Rex, quien estaba tosiendo y respirando con dificultad. Cuando por fin lo movieron al aire limpio, Verónica lo soltó y se desplomó a su lado, liberando un suspiro de alivio ahora que todo había terminado.

  Víctor se mantuvo de pie cerca de sus compa?eros, y vio que los habitantes de San Domingo ya comenzaban a movilizarse. El fuego apenas estaba lamiendo las paredes vecinas de lo que había sido la casa de Miroslava, así que probablemente lograrían apagarlo. La due?a de la casa yacía entre todos los cuerpos de bandidos y cazarrecompensas que decoraban lúgubremente la calle. Su muerte había marcado el final del tiroteo y había sido silenciosa. Víctor nunca se acostumbraba al silencio. Uno asumiría que morir debía ser espantoso, doloroso y ruidoso; pero cuando una bala era certera al corazón o la cabeza, el único ruido que se oía era el del cuerpo al caer al piso.

  —?Víctor? —preguntó Verónica desde el suelo.

  Rex se incorporó y también miró a su compa?ero. No dijo nada, pues vio que Víctor estaba terminando de procesar la situación. Seguro estaba contando en su cabeza el número de muertos. Rex llevó la cuenta desde el principio: catorce hombres de James, tres cazarrecompensas y la se?orita Miroslava. Suspiró.

  —Escapó… —dijo con su voz más áspera de lo normal por el humo.

  —Escapó —confirmó Víctor, quien por fin enfundó su arma y se dejó caer junto a Rex y Verónica.

  Verónica los miró en silencio por un momento. Los locales por fin terminaron de acarrear agua desde el pozo en varias cubetas y extinguieron las llamas más cercanas a los edificios adyacentes. Los cimientos de la casa de Miroslava ya se habían consumido y ahora solo quedaban ascuas y cenizas.

  Ahora que estaban a salvo, por fin, la se?orita Lombarde se permitió pensar en lo que James había dicho.

  —Su empleador… —dijo la mujer, y los hombres la miraron—. Me quiere con vida.

  Víctor asintió como si hubiese sido una pregunta; Rex solo la miró con ojos que, bajo la luz de la luna y el suave resplandor del rescoldo, parecían grises.

  —Ben James está trabajando para alguien —reafirmó Verónica.

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