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Los ladrones de Antigua Luna (Parte 4)

  “Mira por dónde caminas” se alejó Mildred, irritada.

  El olor a tinta resquemó la nariz de Rex. El lugar estaba repleto de aquel aroma.

  A mitad del edificio, sobre tres piernas de madera, descansaba una caja con pliegues similar al cuerpo de un acordeón; aparato con el que Rex había interactuado muy pocas veces.

  Víctor les preguntó si no les parecía hermoso, encontrando fascinante el proceso de la imprenta, pero Rex declaró que era mala idea lo que estaban haciendo. Lo había repetido ya en el camino; de tanto andar terminarían exhaustos, especialmente si retornaban hacia los adentros de la ciudad. Sin embargo, Verónica pareció ignorarlo. Le dijo que si encontraba esto abrumador, Cambolana lo sería diez veces más.

  —?En qué puedo ayudarles? —preguntó el se?or Harper a las visitas.

  —Buscamos a Mildred Bustamante —respondió Verónica.

  —?Motivo?

  —Somos… viejos amigos de ella.

  —Ajá.

  El hombre sacó una escopeta. Rex, instintivamente, colocó una mano sobre su funda, pero Verónica lo frenó con un movimiento, a lo que Rex cedió. No había necesidad de un enfrentamiento tan trivial. El único sonido que se escuchó en aquella atmósfera tensa fue el seguro de la escopeta de Harper siendo desactivado.

  —En cuanto se larguen de aquí —habló el se?or—, me aseguraré de que el sheriff Miguel sepa que lidiamos con tres foráneos fisgones. Ahora, ?qué tal si me dicen la verdad?

  —Sólo somos cazarrecompensas —imploró Verónica con ambas manos levantadas—. Queremos saber dónde está la joyería que acechaban los hermanos Severino.

  Sin dejar de observarlos, el se?or Harper frunció la mirada y sacudió su cabeza mientras respondía.

  —Los hermanos Severino no tienen una recompensa, ?tarados!

  Mildred Bustamante dictó desde el umbral.

  —Es porque quieren quedarse con el botín del banco.

  —No, no —debatió Víctor—. Se equivocan sobre nosotros. Miren, planeamos devolver el dinero. Queremos lo mismo que ustedes. Justicia.

  Mildred comenzó a dar pisadas lentas, enfatizadas por el eco que causaban sus tacones al caer.

  —Odio a los cazarrecompensas —dijo—. ?Escupo sobre ellos! ?Creen que por ser una reportera he desarrollado un gusto mórbido hacia el delito? Me da pena cuando se aprovechan de lo roto, sino es que destruido, que está nuestro sistema. Actúan por fuera de la ley. Actúan por interés propio, ?y se atreven a decir que queremos las mismas cosas?

  Se acercó lentamente a Víctor hasta ponerle las manos encima. Rex y Verónica podrían jurar que se acercó demasiado, pues parecía que le respiraba en el cuello.

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  De los bolsillos del hombre, sacó una credencial vieja.

  —“Oficial Víctor Guadalupe”.

  —??Cómo es que tienes eso?! —murmuró Verónica entre dientes—. Creí que perdimos todo en el incendio.

  Víctor anheló convencer a sus camaradas, con su tono de voz, de que la siguiente respuesta era de lo más natural.

  —Siempre la cargo conmigo, en caso de tener que confirmar mi identidad.

  —?Oh! Ya sé de qué voy a escribir mi artículo hoy —dijo Mildred al se?or Harper—. El oficial Víctor y sus dos secuaces llegan a Antigua Luna para tratar de detener a los hermanos Severino. ?Saldrán vivos de este afrontamiento? ?O serán asesinados? —soltó un bufido—. El resultado será la historia de ma?ana.

  Acercó sus labios a la oreja de Víctor.

  —Y como me siento generosa, les daré lo que vinieron a buscar. El nombre de la joyería es Hepburn’s. Se encuentra tres cuadras al sur.

  Bustamante, entonces, sin dejar de aprovechar que los cazarrecompensas se encontraban a punta de pistola, maniobró la cámara de fotografía.

  —Sonrían.

  Y los capturó a los tres con un destello.

  —Ah, y lo más probable es que los Severino atraquen a medianoche. Eso hacen con las joyerías de otros pueblos.

  Rex se frotó los ojos y refunfu?ó algo sobre que no le gustaban las fotos. Verónica se interpuso entre él y la reportera.

  —Gracias por el dato —fingió amabilidad, y luego a?adió con un poco de arrogancia—. Es más, también me siento generosa, así que aquí va una sugerencia para el titular: “Cazarrecompensas atrapan a los hermanos Severino.”

  Mildred alzó una ceja y formó media sonrisa, entretenida por el alarde de la se?orita Lombarde. Sin embargo, Víctor carraspeó para llamar la atención de su compa?era.

  —Se supone que estamos manteniendo un perfil bajo —le recordó en voz baja.

  El rostro de Verónica mostró brevemente su retractación, pero se deshizo pronto de esa expresión y volvió a mostrar confianza.

  —Que tengan un buen día —dijo, y se dio la vuelta para salir.

  Víctor dio un cabeceo cortés y se despidió, recuperando su credencial, mientras que Rex solo gru?ó y salió a pisotones.

  —No me agrada esa mujer —resopló, mirando sobre su hombro mientras se alejaban del periódico.

  —No tiene que agradarte. Nos dio lo que queríamos —fue la pragmática respuesta de Verónica.

  Víctor era el único que no había salido de mal humor de aquel sitio.

  —Me parece sagaz —habló, jugando con su credencial entre sus manos.

  Verónica puso los ojos en blanco y se giró brevemente para encarar al oficial.

  —Te gustó —acusó—. Y no puede ser que tengas tu maldita credencial. ?Acaso duermes con ella?

  Víctor optó por no contestar, y puso una cara de ligera indignación. Eso era respuesta suficiente.

  —?Y confiamos en lo que dijo? —cuestionó Rex—. ?Medianoche en Hepburn’s?

  Verónica se encogió de hombros.

  —Es la única pista que tenemos. Y no es como que podamos estar en todas las joyerías al mismo tiempo. Ni siquiera sabemos cuántas hay.

  Algo de la situación no le gustaba al pistolero. La reputación de los hermanos Severino los precedía. Incluso Ben James había alabado sus robos un par de veces, y era sabido en los círculos de bandidos que eran unos ladrones sigilosos. Si Jerónimo se había dejado ver en Antigua Luna, solo podía significar una de dos cosas: los hermanos se estaban volviendo descuidados —lo que era improbable—, o era una distracción.

  —Hay que revisar las demás joyerías —habló con determinación—. Por si acaso.

  —Nos llevará el resto del día —se quejó Verónica.

  Rex le dirigió una mirada que indicaba que el plan no estaba a votación. La mujer suspiró resignada y asintió.

  —?Estás buscando algo en particular? —inquirió Víctor.

  Rex dio un lento cabeceo antes de responder.

  —Sí. Quiero ver cuál es la que yo robaría —dijo firmemente.

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