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El tiroteo de San Domingo (Parte 2)

  —Miroslava —interrumpió Rex—, hablando de ocuparse con cosas… ?No sabrás de algún trabajo que podamos hacer mientras estamos aquí?

  Miroslava miró a Rex con una mezcla de sorpresa y entretenimiento.

  —Rex, no me digas que ahora eres un hombre honesto. ?Quieres un trabajo? ?No una pista de cuál tienda no guarda una escopeta tras el mostrador?

  Rex suspiró, aunque sonó más como un gru?ido.

  —A Víctor no le gustan mis métodos de conseguir monedas.

  Víctor se irguió en su asiento, mirando a Rex con un semblante que indicaba la naturaleza repetitiva de esta conversación.

  —Suficiente tenemos con los bandidos de James detrás de nosotros —explicó el oficial—. No necesitamos que la ley también nos persiga.

  Miroslava inclinó su cabeza un poco y miró a Rex con preocupación.

  —?James? ?El Monstruo?

  —No es nada de qué preocuparse —afirmó Rex, agitando su mano para disipar la idea—. ?Hay o no hay trabajos aquí?

  Antes de que Miroslava pudiera contestar, la se?orita Lombarde habló.

  —Vi unos carteles de recompensa cuando veníamos hacia acá. ?Por qué no hacemos eso?

  Rex miró a Verónica y después a Víctor. Los dos se extra?aron por la sugerencia de la citadina.

  —?Una recompensa? ?Desde cuándo te gusta perseguir forajidos? —preguntó Rex de manera burlona—. Y algo me dice que Víctor y yo haríamos todo el trabajo.

  —Bueno, pues ustedes tienen mejor puntería —se quejó ella, cruzándose de brazos—. Además nos estamos quedando sin monedas y tú eres bueno para esas cosas violentas y salvajes.

  Rex se rio.

  —Me halaga, se?orita Lombarde. —Volteó a ver a Víctor—. Una recompensa suena bien, ?no?

  Víctor hizo una mueca y volteó a ver a Miroslava con la esperanza de que ésta tuviera alguna alternativa.

  —?No necesitarán quizás alguna escolta al siguiente pueblo? ?O ayuda para limpiar los ranchos?

  Miroslava simplemente negó con la cabeza.

  —No es como que haya una falta de rancheros en estos lares —dijo con benevolencia—. Pero si quieren escoltar algo, creo que la granja de borregos manda su lana los lunes.

  —Falta casi una semana para eso —se?aló Verónica, y miró a Rex de nuevo para pedirle con la mirada que cazaran recompensas—. No quisiera abusar de la hospitalidad de la se?orita Miroslava.

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  —?Tonterías! —dijo Miroslava—. Pueden quedarse hasta el lunes si así lo desean.

  Pero Rex vio en los ojos de Verónica que ella no quería quedarse con Miroslava tanto tiempo. él tampoco quería pasar una semana entera en San Domingo sin hacer nada. Rex no se cansaba de la intemperie o de viajar; quedarse más de dos o tres días en un pueblo lo ponía inquieto.

  —Podemos buscar a estos bandidos que la se?orita Lombarde dice —dijo por fin, haciendo uso de su poca pero eficiente autoridad—. Si nos tardamos mucho, tal vez nos caiga el lunes y terminemos escoltando a esos ovejeros.

  Verónica asintió con solemnidad, satisfecha de haberse salido con la suya. Víctor se resignó, pero no con descontento —era un oficial después de todo, y perseguir forajidos era una de sus especialidades, pero no le gustaba poner a la se?orita Lombarde en situaciones peligrosas.

  —Bueno. Si no están muy lejos de aquí, quizás corramos con suerte y los atrapemos en dos o tres días —aceptó. Luego miró a Miroslava—. ?Han tenido muchos problemas con bandidos últimamente?

  La mujer se encogió de hombros.

  —No en el pueblo, pero si en los alrededores. A veces asaltan a los viajeros, pero casi no causan problemas aquí.

  Víctor le echó una mirada sospechosa a Rex, quien entendió su preocupación: podrían ser más hombres de James.

  ★

  La tabernera dejó caer tres platos sobre la mesa: unos panqueques con mantequilla derretida humeante, unos huevos revueltos y una simple salchicha frita. Verónica hizo un comentario sobre lo deliciosa que se veía la comida y el hambre que tenía.

  —Adivinen quién soy —dijo—. “Lo mejor de los pueblos es la comida. Los pueblos siempre tienen el mejor queso”.

  Sin embargo, el hombre de quien se estaba burlando no estaba de humor. Ni siquiera volteó a ver a la se?orita Lombarde, quien afirmaba que “él se reía a carcajadas cuando ella hacía eso”.

  Rex supo que Víctor desconfiaba del plan. Era una interacción que ya habían tenido antes. Usualmente, la se?orita Lombarde lograba sacar los pensamientos del hombre a base de preguntas, pero incluso ella se estaba cansando de esto. Rex sólo llamó a Víctor por nombre. éste comenzó a hablar.

  —Simplemente no sé cuál es el plan, Rex. Atrapar bandidos es algo que se hace en un escuadrón organizado. De manera limpia. Si los tres lo intentamos, tendremos que hacerlo de manera sucia. Me consta. Y entonces seremos nosotros los que aparecen en esos carteles.

  —Olvidas que Rex es Rex.

  —Y tú olvidas que el plan es no llamar la atención. ?No es por eso que viajamos en la intemperie? ?Odio la intemperie! No entiendo por qué confiamos ciegamente en el…

  Víctor no se atrevió a terminar su oración, pero los demás insistieron.

  —En el capricho de la se?orita Lombarde.

  Rex habló.

  —No podemos dejar que ella pague por todo.

  —No me molesta pagar por todo.

  Víctor les hizo un último cuestionamiento.

  —?Iremos tras James al pie de la letra? —volteó a ver a Rex—. ?Fuera del rastro? O, ?tentaremos a sus hombres directamente? —volteó a ver a Verónica.

  Verónica bajó la mirada hacia sus panqueques. Dejó que Rex contestara.

  —No nos estamos escondiendo para cumplir con la ley, Víctor. Nos escondemos sólo para que los hombres de James no tengan ventaja sobre nosotros.

  —Es decir, somos forajidos ya.

  Víctor se puso de pie. Azotó su parte del pago del desayuno contra la mesa y se marchó, dejando a Rex a solas con la se?orita Lombarde.

  —Sí tienes un plan. ?No es así, Rex?

  —Tengo una pistola y una bala guardada para James. Todo lo demás…

  Sacudió la cabeza como para decir que no importaba.

  —O sea que mi misión de evidenciar al Se?or Edward es banal para ti.

  Rex no dijo nada.

  —Quizá es mejor que cada quién vaya por caminos separados, entonces.

  La se?orita Lombarde dejó de dirigirle la palabra a Rex, pero no se levantó de la mesa. No quería ser grosera.

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