—Pues pienso que es una mala idea.
—Se?orita Lombarde —exclamó Víctor sorprendido—, usted nunca piensa que una idea es mala.
Verónica se giró para encarar a ambos.
—Cuando era peque?a, mi platillo volador se atoraba en el techo de la vecina y mi madre me prohibía escalar por él. Tenía que ir hasta casa de la vecina y pedírselo. O sea, caminar dos calles enteras. Siempre pensé que era más rápido subir por el techo y ya. Lo que los hermanos Severino pueden saltar en un segundo a nosotros nos va a tomar diez minutos. Los techos no son lo mismo que las calles.
—Sólo hay que empezar a caminar ahora —refutó Víctor—. Nos adelantaremos.
—Espera —dijo Rex.
Sin embargo, Verónica no supo si Rex decía esto porque estaba considerando su idea o por la linterna que acababa de encenderse a la distancia. Un anciano, quien asumieron se trataba del due?o de la joyería, los tomó por sorpresa, apareciendo de lo que parecía la nada. Vieron que estaba mal vestido y le faltaban dientes. Gritó.
—?Creyeron que no me iba a dar cuenta de que robarían mis joyas mientras todos los oficiales estaban en Hepburn’s?
Puso la lámpara en el piso y de una tira de cuero en su espalda sacó una escopeta. Víctor no supo si alegar que ellos no eran ladrones o forzar al viejo a que se callara, pues el parloteo estaba a punto de alertar a los verdaderos criminales que no estaban solos.
—?Ya sabía yo que se robarían mis joyas! No me importa si son dos. ?Puedo contra todos ustedes!
Notaron que el viejo sólo apuntaba a Rex y a Víctor. La se?orita Lombarde cuestionó en voz alta “?Dos?”, considerándose ella parte de la amenaza. Sin embargo, el viejo la reconoció como un rehén de los hombres.
—?Se?orita, póngase a mi lado! Así estará más segura.
Mientras tanto, desde dentro de la joyería, los hermanos Severino comenzaban a atestiguar la conmoción. Vieron a tres cazarrecompensas luchando por apaciguar un anciano enloquecido. La tenue luz de la lámpara enalteció las facciones de uno de los tres: patillas pronunciadas y ojos verdes.
“?Víctor?” murmuró Enya para sí misma.
—Vámonos —ordenó Liz.
El viejo insistía y balbuceaba, repitiendo lo mismo.
—?La única forma de que me roben mis joyas es si me quitan esta escopeta!
Harta, Verónica se la arrebató ella misma. El anciano se quedó atónito por unos segundos, viendo a Verónica que lo reciprocó con ojos igual de sorprendidos, medio encogiéndose de hombros como si ella tampoco estuviera convencida por lo que acababa de ocurrir. Lentamente, el viejo levantó el dedo índice. Sus ojos estaban llenándose de rabia. Se?aló y abrió la boca para gritar.
—?Ladrona!
Verónica lo golpeó en la nariz con la culata, tirándolo al piso.
Cuando los tres voltearon a ver la joyería, los hermanos ya estaban escalando la cuerda para salir.
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“?Vamos!” gritó Víctor con rapidez, seguido por Rex y Verónica. Se adentraron los tres en la joyería y empezaron a escalar la misma cuerda. La textura les pareció inesperada, pues era flexible, y la forma se acercaba más a la de un listón gigante que de una cuerda. Aun así, los acróbatas eran mucho más veloces. Para cuando Víctor estaba en el techo de la joyería, Liz y Jerónimo ya terminaban de asistir a Enya en el otro edificio. Rex ordenó al oficial que se detuviera, sin embargo éste hizo caso omiso..
Mirando a Víctor, Liz sacó una navaja y la entregó a su hermana menor.
—Cuando esté a punto de llegar —dijo sin terminar la oración, pues Enya ya sabía a lo que se refería.
Jerónimo empezó a moverse y Liz se preparó para hacer lo mismo, pero Enya la detuvo.
—Espera —dijo sin pensar—. Es que… la cuerda no es barata.
La hermana mayor la miró con confusión y media sonrisa de incredulidad.
—?Qué?
—?Por qué cortar la cuerda si podemos desamarrarla y reutilizarla después? —explicó para ganar tiempo.
En realidad, solo no quería dejar caer a Víctor.
—Podemos comprar cien cuerdas con lo que robamos. La cuerda no importa —respondió su hermana todavía sin darse cuenta de la verdadera razón de su titubeo.
—Será evidencia —a?adió Enya.
—Ya saben que fuimos nosotros —dijo Liz, cada vez más impaciente.
—Pero y si…
—?Enya! —la interrumpió.
Víctor. quien estaba casi en la cima del techo, escuchó los reclamos; una voz sonaba particularmente familiar.
—?Liza? —preguntó.
Liz se sobresaltó, creyendo que le hablaba a ella. “?Lo conozco?” se preguntó, asomándose por el borde para ver al oficial. Frunció el ce?o cuando no lo reconoció, y éste también la miró con confusión.
Enya llevó las manos a su boca por dos razones: por los nervios de que su hermana viera al caballero de hace rato, y por la preocupación de que dicho hombre era uno de los cazarrecompensas que les buscaban.
Verónica miraba desde la azotea cómo su compa?ero literalmente pendía de un hilo —o, mejor dicho, una cuerda— mientras Rex buscaba alguna manera de subir que no fuera tan peligrosa. Nada garantizaba que el edificio adyacente tuviera un tragaluz, pero tenía ventanas que podría usar para escalar al techo.
—Que Víctor no se caiga —dijo a Verónica mientras bajaba de nuevo.
—?Qué se supone que haga yo? —reclamó, pero el pistolero ya se había ido.
Salió de la joyería y corrió al edificio de al lado. No tenía idea de para qué era, pero sería su boleto a la cima. Retrocedió unos pasos para tomar vuelo y corrió hacia la puerta, preparando su hombro para el impacto. El crujido de la madera hizo eco tanto por el pasillo interior como por la calle exterior, y esto llamó la atención de las hermanas en la azotea.
—?Qué fue eso? —preguntó Liz, irguiéndose.
—?El viento? —dijo Enya, inquieta.
—Dame eso. Lo haré yo misma.
—?No! —Se llevó las manos a la espalda para quitar la navaja del alcance de su hermana.
Víctor aprovechó el momento para escalar más rápidamente y por fin poner las manos en la cornisa. Tendría que subir ágilmente o podrían tirarlo todavía. Exhaló en preparación y se alzó con sus brazos, pisando la pared para impulsarse más. No importaba si chocaba con alguien en el techo, pero necesitaba alejarse del borde, sin embargo, una vez que tuvo el torso en la azotea, la escena lo dejó pasmado.
La se?orita Liza estaba ahí; la reconoció aunque tuviera un paliacate, pues sus lunares y cabello rojizo resaltaban bastante bajo la luz de la luna. Enya lo miró y sus ojos se abrieron como platos. Soltó la navaja y se llevó las manos al rostro para taparse. Liz se giró para ver al oficial apoyado sobre sus codos y luego regresó la mirada hacia su hermana.
—?él es el caballero de la taberna? —preguntó incrédula, casi indignada.
A dos techos de distancia, Jerónimo por fin se giró.
—?Por qué tardan tanto? —gritó, y miró al oficial en el borde.
Víctor también miró al hermano y lo reconoció por los carteles.
“Oh, chispas,” maldijo por lo bajo, por fin entendiendo la precariedad de su situación.
Al mismo tiempo, Rex corría escaleras arribas por el interior del edificio, que parecía estar vacío a estas horas. Necesitaba llegar al último piso.

