Además, sabía que la pistola de Jerónimo ya había alertado a todo quien estuviera vigilante en la segunda joyería: otro robo estaba ocurriendo en Antigua Luna.
Sin embargo, a aquel doctor le resultaba difícil confiar en un desconocido que lucía tan tosco como Rex, por no utilizar otro término cercano a “de clase baja”. Rex no era un civil, y mucho menos un actor, sin embargo hacía el esfuerzo por fingir un estado de pánico y convencer al licenciado de asistir a la escena del crimen. Su verdadera motivación era limpiar el desastre que habían ocasionado los hermanos Severino.
Pidió al doctor que se apresurara, sonando como un arranque de ira más que un implore de misericordia. Entonces, el hombre lo volteó a ver con mirada sospechosa.
—Déjeme… ir por mis cosas.
Rex tuvo la sensación de que este hombre estaba a punto de cerrarle la puerta y tomar represalias, con la amenaza de llamar él mismo a las autoridades. Sin embargo, antes de cerrar la puerta, los ojos del médico se ensancharon como platos, pues a espaldas de Rex se acercaba una se?orita mejor vestida acarreando a un hombre malherido.
Verónica había logrado que Víctor recuperara la consciencia una última vez o al menos la habilidad para caminar. El médico exclamó una expresión religiosa y se acercó a ayudarlos. Ella le dio un cabeceo a Rex para indicarle que partiera. Debían apresurarse.
Rex corrió hasta la única pista que tenía sobre el paradero de la se?orita Bustamante: el edificio del periódico. Quizás tendría suerte y la encontraría trabajando. Quizá, incluso mejor, aquel edificio sería donde los Severino habían acordado reunirse con ella. En el peor de los casos, tendría que buscar algún papel que validara la dirección de su casa.
Una buena se?al fue que al llegar al edificio una de las linternas aún estaba encendida, también observó huellas en la tierra, hechas por las pisadas de un hombre corpulento.
“Te lo voy a preguntar una última vez” sonó la voz de Jerónimo, “?dónde vive la se?orita Mildred?”
Rex se asomó ligeramente. El due?o del periódico, el se?or Harper, estaba golpeado y sometido a merced del acróbata.
—Por favor… —rogaba—. Sólo toma el dinero. Toma todo lo que quieras.
Pero Jerónimo no quería su dinero.
Rex se dio cuenta de que las hermanas no estaban ahí. Asumió que se habían dividido la tarea de contar las ganancias y atar cabos sueltos. El robo les había salido mal.
—?Déjalo ir, Jerónimo!
El hombre corpulento se congeló, pero no por intimidación, sino soberbia. “Sí…” pensó. Aquel último cazarrecompensas lo había rastreado hasta ahí. Podría encargarse de dos pájaros de un tiro.
Harper, por su parte, estaba tan drenado de energía que el agarre de Jerónimo era lo único que lo mantenía de pie. Cuando fue soltado, cayó al piso. El acróbata se giró para encarar a Rex.
—?O qué? —refunfu?ó—. ?Me matarás?
—Devuelvan el dinero del banco y podemos olvidarnos de todo.
—“?Podemos?” —se burló—. ?Tú y tus amigos muertos?
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Rex arrugó el ce?o. Dedujo con rapidez que seguramente los hermanos creían haber asesinado tanto a Víctor como a la se?orita Lombarde con la caída del edificio.
—Mis amigos son más fuertes de lo que parecen —contestó.
—Yo soy más fuerte de lo que parezco.
Jerónimo acercó su mano a la cintura para desenfundar su pistola.
“No lo hagas” advirtió Rex, pero Jerónimo, empe?ado en matar a alguien, lo ignoró por completo.
Fue de los disparos más fáciles para Rex; el cuerpo de Jerónimo cayó inerte al piso.
Ahora era el turno del pistolero de interrogar al periodista.
—Mildred Bustamante le mintió a toda la ciudad —dijo, enfundando su arma—. Estaba trabajando con los Severino y ahora la quieren matar. ?Dónde está?
El se?or Harper todavía no terminaba de procesar el disparo. Parpadeó un par de veces, boquiabierto y mirando a Rex con miedo de que fuera a matarlo también. éste solo bufó y le preguntó de nuevo.
—?Dónde está? Ella sabe dónde están los hermanos.
—No sé —tartamudeó el hombre.
Rex no le creyó y volvió a sacar su pistola, apuntándola al se?or Harper.
—Haga memoria.
—?Vive en la calle Manzano! ?En el edificio tres!
El pistolero se dispuso a correr, pero recordó que no sabía dónde estaba esa calle.
—?Dónde es eso? —gru?ó.
—Por la oficina postal —tartamudeó Harper—. Tres calles al sur.
Y con eso Rex salió disparado en aquella dirección. Si los hermanos Severino habían mandado matar a Mildred, pensaban irse de Antigua Luna lo antes posible; pronto se darían cuenta de la ausencia de Jerónimo y se volverían menos predecibles. ?Lo buscarían o lo darían por muerto? ?Irían tras Rex o abandonarían la ciudad? El pistolero no podía costearse la incertidumbre.
Vio un par de oficiales cabalgando hacia la oficina del periódico y se escondió en un callejón. Por supuesto que el disparo había llamado la atención. Maldijo por lo bajo y esperó a que pasaran para continuar su camino. La ciudad estaría más alerta.
Por fin llegó a la calle indicada y leyó los números de los edificios, pero había llegado por el otro lado y estaba en el edificio veintidós. Tendría que correr al otro extremo para encontrar a Mildred. No había luces en ninguna ventana y el área estaba completamente desierta por ahora. “Siete, seis, cinco, cuatro…” Encontró el edificio tres y abrió la puerta. Se trataba de una vecindad de cuatro pisos, y no tenía manera de saber cuál sería el de la se?orita Bustamante. Optó por golpear la puerta de la planta baja y despertar a quienquiera que estuviera dentro.
—?Quién es? —preguntó una voz nerviosa desde el interior. Sonaba como una mujer mayor.
—?Está Mildred? —inquirió Rex a través de la puerta.
—?Quién?
El pistolero se dirigió a las escaleras y subió al siguiente piso para repetir la operación. Golpeó la puerta.
—?Mildred!
La puerta se abrió para revelar a un anciano en ropa de dormir.
—Oiga, estamos tratando de dormir —le reclamó al forajido.
—?Mildred vive aquí? —preguntó de nuevo.
El viejo hizo un ruido que indicaba su desconocimiento de la mujer en cuestión.
Rex lo ignoró y subió un nivel más, azotando la puerta con el pu?o y llamando a la periodista. Del otro lado, la mujer despertó sobresaltada; no reconocía la voz que bramaba tras su puerta. Salió de la cama y caminó hasta su armario, donde guardaba su pistola para este tipo de casos. Los golpes en la puerta no cesaban, y el hombre seguía llamándola —ciertamente no era alguien que conociera. Finalmente se armó de valor y se acercó al umbral de la entrada.
—?Aléjese! —ordenó, apuntando su pistola hacia el exterior mientras abría la puerta.
Se tardó un segundo en reconocer al pistolero, y recordó que no lo había oído hablar cuando él y sus compa?eros fueron a buscarla a la oficina. Sin embargo, no se alivió de verlo, pues su presencia en su casa no podía significar nada bueno.
—?Qué hace usted aquí? —preguntó la mujer, sosteniendo su arma con tanta firmeza como sus nervios le permitían.
Rex no le dio importancia a la pistola.
—?Dónde están los hermanos Severino?

