La otra versión de Grek lo observaba con una sonrisa demasiado ancha, demasiado humana para un rostro kobold. Los dientes, largos y estrechos, parecían cincelados más para cortar que para masticar.
Grek reculó y la luz verde de sus ojos parpadeó con la intención casi instintiva de conjurar. Quiso formar una grieta en el aire, un peque?o portal, una salida a cualquier lugar que no fuera este.
Nada.
El hechizo se disolvió como humo.
—Oh, sí —dijo el otro Grek, inclinando la cabeza—. Lo intenté también. No funciona. Aquí no hay afuera. Todo regresa. Todo vuelve a mí.
—Tú no eres yo —gru?ó Grek, mostrando los colmillos.
—?No? —el doble dio un paso adelante. Su piel gris vibró como si la atravesara una corriente invisible, y por un segundo, su sombra se desplazó en dirección contraria a él—. ?Quién más podría ser? ?Quién más sabe lo que sabes? ?Quién más teme lo que temes?
La habitación tembló. Los muebles suspendidos comenzaron a girar lentamente, como un móvil grotesco sobre una cuna deformada.
Grek levantó las manos. Una chispa púrpura apareció.
La sombra de su doble habló antes que su boca:
—No lo hagas.
Demasiado tarde.
Grek lanzó un rayo corto, casi un latigazo de energía. El impacto iluminó la sala… y la atravesó. El doble no esquivó: se deshizo. Como polvo. Como ceniza. Durante un instante, Grek sintió alivio.
Luego, una mano salió del techo.
Otra del suelo.
Otra de la pared.
Todas idénticas a la suya.
Todas agarrándolo.
—?No entiendes? —susurraron decenas de voces que eran la suya—. Esto no es una copia. Es un recuento.
Las manos lo arrastraron hacia la runa del suelo, que ahora ardía con la intensidad de un corazón vivo.
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Grek lanzó un chillido ronco, animal.
El círculo pulsó.
Y entonces todo cambió.
El laboratorio.
Su laboratorio.
Pero más frío. Más oscuro. Con estantes inclinados y frascos rotos que dejaban escapar aromas rancios.
Los portales en miniatura que había estado probando estaban aquí, pero abiertos como peque?as heridas que vibraban con luz morada.
—No… no puede ser —susurró.
En la mesa central había un cuaderno. Su cuaderno. Pero las páginas estaban escritas con una letra temblorosa, delgada, desesperada.
Las leyó.
“Día 1: No sé si soy el primero.”
“Día 4: El experimento replica versiones. Más viejas. Más rotas.”
“Día 11: Si estás leyendo esto… eres una de ellas.”
“Día 12: Yo… yo creo que ya no soy el original.”
Grek sintió cómo su corazón reptiliano se apretaba con un frío casi mortal.
Su otra versión apareció detrás de él. Más desfigurada, los huesos marcándose bajo la piel como ramas secas.
—Tanta insistencia en perfeccionar portales… —dijo—. Tanta obsesión por ser más que un kobold. Más que un chiste. ?Qué creías que pasaría cuando intentaras dividirte, multiplicarte, copiarte?
Grek lo atacó.
Sin pensar.
Un estallido de magia pura, sin forma, sin control.
El doble atrapó la energía con la mano, como si fuera un pedazo de tela, y lo aplastó.
—Eso también lo hice —dijo con calma—. Así es como terminé así.
El suelo se abrió bajo ellos con un chasquido hueco.
Nuevo espacio.
Un túnel. Sin luz. Sin tiempo.
El aire olía a polvo de siglos.
Grek cayó de rodillas.
Su doble lo miró desde arriba, su forma cada vez más alta… o Grek cada vez más peque?a.
—Te mostraré lo que eres —susurró.
El techo, si es que había techo, se iluminó con cientos de figuras. Todas eran Grek.
Uno sin un brazo.
Otro envejecido.
Otro reducido a un montón de huesos.
Uno que lloraba.
Uno que reía sin ojos.
Uno que imploraba morir.
Uno que escribía “No soy el original”.
Uno que repetía “?Cuántos quedamos?”
Uno que intentaba abrir un portal que nunca funcionaba.
Y en cada una, un detalle: una runa fallida, una fórmula incompleta, un destino repetido.
Grek gritó.
El doble se inclinó hacia él, tocándole la frente con un dedo frío.
—La casa no crea monstruos. Solo repite lo que ya estaba roto.
Grek mordió ese dedo.
Hasta arrancarlo.
Su doble chilló, retrocediendo.
Grek, con el aliento entrecortado, aprovechó para correr hacia lo oscuro, hacia ninguna parte. No había salida, pero correr le resultaba más soportable que quedarse frente a lo que podría ser su único futuro.
La oscuridad lo tragó.
Corrió hasta que las piernas le fallaron.
Hasta que el aire empezó a dolerle.
Hasta que sintió que algo lo rozó.
No una mano.
Ni una garra.
Una chispa.
Una grieta diminuta de luz púrpura, como un portal que apenas respiraba.
Grek, temblando, extendió la mano.
Lo tocó.
La grieta se abrió apenas lo justo para absorberlo.
Un tirón.
Un latido.
Un colapso de realidad.
Y Grek cayó de nuevo.
En piedra fría.
En un pasillo desconocido del castillo.
Solo.
Sangrando por la nariz.
Con los ojos vidriosos.
Con las manos temblorosas.
—No… no soy una copia… —murmuró, sin creerlo del todo.
A su alrededor, la luz parpadeó.
Muy, muy lejos, en el eco del pasillo, una risa idéntica a la suya resonó.
Y Grek supo que no había escapado.
Solo había sido contado.
Y que quizá nunca había existido un “original”.

