El líquido dentro de la botella burbujeaba, negro y espeso.
Cuando Dorian la acercó al oído, escuchó algo.
Risas.
Su risa.
Borracha, jadeante, burlona.
—?Por qué huyes de ti mismo? —susurró la voz desde dentro.
La lanzó con fuerza al suelo.
No se rompió.
El cristal rodó hasta detenerse contra una pata de la mesa, y la risa siguió, rebotando por las paredes.
Un eco cada vez más alto, más distorsionado.
El sonido de un golpe húmedo lo hizo girar.
Venía de la cocina.
Empujó la puerta.
El aire cambió.
Calor, sangre, vapor.
Las ollas hervían solas, exhalando un humo que olía a carne chamuscada, en algunas se podían ver dedos flotando. Los utensilios tintineaban, movidos por manos invisibles.
Y entre las sombras, los vio.
Sirvientes. O algo parecido.
Cuerpos cosidos con grasa, pedazos de carne pegados con hilo de tripas.
Rostros armados con pedazos de pan duro y ojos de vidrio o corchos.
Uno levantó la cabeza: la mandíbula se descolgó, y habló con una voz que parecía hecha de gorgoteos y cuchillos.
—Se?or... la cena... no ha terminado.
El primero se abalanzó sobre él.
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Dorian lo esquivó por instinto. El cuerpo del sirviente se estrelló contra la pared, pero otro ya estaba encima, Dorian lo empujo, giro sobre su talón y dio una sonora patada que hizo mella sobre el cráneo de la criatura.
—De acuerdo... si quieren pelear, bailemos.
Un golpe. Otro.
El aire se llenó de jadeos, de golpes sordos, de huesos que se quebraban.
No había técnica.
No había forma.
Solo sobrevivir.
Un pu?o cerrado impactó una cara deforme, rompiendo dientes.
Una rodilla subió directo al estómago de otro, hundiéndolo hasta el espinazo.
Sintió un dolor agudo en las costillas —un cuchillo improvisado lo había alcanzado.
No tuvo tiempo de gritar: el impulso lo hizo girar y estrellar su frente contra la nariz del enemigo.
El sonido fue un chasquido húmedo.
Y por un segundo, todo quedó en silencio.
Respiró con dificultad.
Le temblaban las manos.
La sangre le nublaba la vista.
Uno de los cuerpos se levantó detrás de él, torcido, con las piernas al revés. Dorian lo interceptó antes de que lo alcanzara, lanzándolo contra el horno.
El golpe encendió un fogonazo de fuego y grasa derretida.
Los demás retrocedieron, y por un instante creyó haber terminado... hasta que los vio arrastrarse otra vez, recomponiéndose, sus huesos crujientes rearmándose como si la carne los reclamara.
Dorian gru?ó, jadeando.
No pensó.
Corrió hacia ellos.
Golpeó con los pu?os hasta sentirlos romperse.
Usó los codos, los talones, la cabeza.
Cada impacto era un rugido.
Cada hueso que se rompía en él era respondido por otro que se quebraba enfrente.
Una danza de dolor, de puro instinto.
El último lo atacó por detrás, y Dorian lo tomó del cuello con ambas manos.
Estranguló hasta que el sonido se apagó.
No supo cuánto tiempo pasó.
Solo notó que el suelo estaba cubierto de vísceras, vapor y pedazos de lo que alguna vez fueron personas.
Cayó de rodillas.
Sangraba del costado.
Tenía una costilla rota, y la respiración se le cortaba en cada inhalación.
El sudor le corría por la cara, mezclado con sangre y grasa.
Entonces lo vio.
En la pared, las sombras se movían solas, como dedos escribiendo.
EL CASTILLO COBRA SU PRECIO.
Dorian apoyó la cabeza contra el muro y empezó a reír.
Primero bajo, luego más alto.
Una risa hueca, dolorida, llena de lágrimas y sangre.
El eco lo acompa?ó, hasta que no supo si reía o gritaba.
Y cuando levantó la mirada, en el reflejo de una olla abollada, su sombra también se reía.
Pero no imitaba su gesto: lo observaba.
Seria.
Paciente.
Como si esperara a que él comprendiera.

