Carpe diem
Hacía de todo sentado sobre su corcel, menos aprovechar el día. Cabalgaban hacia el oeste sin rumbo fijo. La reina Alice solo había dejado en claro lo mucho que quería alejarse de la ciudad y de cualquier pueblucho o villa, pero Connor no había oído de ella nada respecto al destino. Si no fuera por los ocho hombres de armadura platinada que la resguardaban en formación a cuadro, no habría sabido decir si se trataba de su Reina. Así como un sinnúmero de otros plebeyos, jamás la había visto ni a ella ni a sus hijos.
Llegado el amanecer, se había hecho ya destrozos en la mandíbula tratando de contener sus gritos. Le dolía la cabeza, las costillas magulladas, las manos de tanto comprimirlas contra las riendas, pero nada dolía más que el alma. La carga de cumplir con una promesa era aún más pesada sobre hombros caídos y aporreados por la contienda. Debía protegerla, y falló horriblemente en su primer intento.
— La brecha entre vuestros cabellos, aseguraos de mantenerla limpia — le había dicho hacía horas ser Covan Thompson. —. Sois joven y resistente, la herida sanará por sí sola.
? ?Y qué hay de las demás, ser? ?Qué sucederá con las que llevo dentro? Intenté salvar a siete personas. Tres resultaron muertas, y hasta donde sé, lo más probable es que otras tres las acompa?en a la tumba. ? La noticia sobre la muerte de Abel le había llegado de manos de Jerome Callaghan, el hombre que hubo salvado su vida. ? Fui débil. Me desmayé, cuando debí seguir luchando. ? No conoció de él más que su nombre, pero la culpa persistía dentro.
El ni?o ya no sufriría. Pero ni esta realidad le ofrecía consuelo. A fin de cuentas, había formas más gratas de alejarse del dolor que abandonar la propia existencia a un pasado. Crecer hasta no sentir los golpes era apenas un ejemplo.
Atenea Pryce era otra fuente de inquietud. Las veces en las que había cruzado miradas con ella, lo poco que había mostrado era un deseo intenso de leer su mente.
? Sabe que fui yo, maldición. ?Se preguntará por qué o cómo lo hice? ? Había sido la última persona en ver con vida a Aloy. Al igual que su hija, tenía unos ojos inmensamente radiantes. Y de un segundo a otro, no hubo más que oscuridad en su mirada. Connor sostenía la idea de que aquel hombre que había sido seccionado por el espadón del Ariete se trataba del padre de Atenea. Tenía sus dudas, pero no deseaba entablar conversación con nadie más que no fuese su conciencia.
Hubo un instante en el que mientras la luz cenicienta del alba se asomaba entre la espesura, vio de soslayo como ella le mantenía la mirada. La yegua a la que Atenea y Jerome montaban yacía andando a su derecha. Le devolvió la mirada, y advirtió en ella un cúmulo de emociones de las cuales solo reconoció el desconsuelo, la desesperación y la impotencia. Mismas que él vestía bajo un débil velo de formalidad.
? Al menos logré salvarla — se dijo al volver la vista al frente. —. Está viva gracias a mí. Y yo estoy vivo gracias a Jerome. ?
La terna de plebeyos permanecía fuera de la formación y muy bien vigilada por el remanente de la Guardia de la Realeza. De todos los presentes quizás, ser Covan y el Caballero Artesano eran los únicos que no hacían declaración abierta de su recelo. El primero de ellos había abogado por la lealtad de Connor, y él, a su vez, lo había hecho por Atenea, aunque no la conociese. Hacia el final, todo se reducía a una cadena de favores.
Se había pasado la ma?ana tan gris como el cielo sobre su cabeza, sin musitar una palabra en horas. No levantaba la vista sino para velar por la seguridad de la Realeza. Había jurado solemnemente proteger las vidas de los Liongborth y más aún la soberanía del reino. Se preguntó entonces, si en ello también fallaría.
Por si fuera poco, aunque viviera inmerso en un silencio interrumpido únicamente por el marchar de los caballos, las campanas de la ciudad seguían sonando entre sus oídos. Los relinchidos desesperados de Wyke lo llamaban para que se pusiese en pie. El recuerdo eterno de su vergonzosa derrota.
? ?Qué estarás haciendo ahora? Quiero pensar que sigues viva, escondida en algún lugar junto a tu madre y padre. Todos a salvo. Nunca me ha gustado ese brillo de terror en tus ojos, peque?a Grace. Espero que no comparta lugar en tu mirada con la decepción que debes sentir. ?
Por momentos como aquellos, por pesares y miedos inenarrables, las personas tenían dioses a los que conferir sus lamentos y buscar alivio. Connor no había tenido ningún otro dios después de renunciar de manera silenciosa al de los cristianos.
Naturalmente el recuerdo de los Maine lo condujo a Valysar.
? La hueste de ser Logan Guiscard. ?, la conmoción resultó tan violenta que Wyke se detuvo de lleno al percibirla. El caballo había estado andando con la cerviz caída, sintiendo toda su pena, pero tan pronto como a Connor se le aceleró el pulso, situó el cuello en alto, después resopló de contento y agitó las crines doradas. Había imaginado un millón de posibilidades durante la noche y ninguna era tan favorable como aquella tan absurdamente evidente. Despojado de todo malestar, las emociones cogieron el timón de su propia voz.
— Alteza — se escuchó decir. De inmediato, todas las cabezas se volvieron hacia él, aquellas recubiertas por yelmos de viseras alzadas y aquellas que no. —, ?hacia dónde nos dirigimos?
La escolta se detuvo un par de pasos más allá. Ser James Aulsebrook fue el primero en dar vuelta a su montura y echar mano a la empu?adura de la espada.
— ?Qué manera es esa de referíos a vuestra Reina? Poneos en marcha, Connor, si no queréis que os cortemos la lengua.
? ?Tanta insolencia nacida de una simple pregunta, ser? ? Nunca le había terminado de pasar la altivez que la nobleza predisponía ante los de su clase, y más aún los de gran renombre como él. En la práctica, los caballeros honrados escaseaban tanto como las buenas personas.
— Ya habéis oído, poneos en marcha. — le espetó la Reina con desdén enmielado. Su veneno lucía dulce con tanta belleza, pero seguía siendo veneno, al fin y al cabo.
— La hueste de ser Logan — Decidió desafiarlos con su lógica, la más afilada de sus armas. — emprendió la marcha hace solo unos días. Más de diez mil. Un número tan crecido de personas no podría moverse igual de rápido como un par en buenas monturas. Alteza, si enviáis…
El caballero desenfundó el platino, cuyo filo refulgió a la luz tenue de la ma?ana. Su agudo rumor ahogó cada palabra que osará escapar de la boca del plebeyo.
— Su Alteza os dio una orden.
?Y si se rehusaba a obedecer? Si intentasen perseguirlo, tendrían que hacerlo a pie. Podía encargarse de las monturas con similar destreza con la que manejaba el arco compuesto a su espalda. ? ?Y después qué? ? El Ser y todos sus oficiales tenían motivos de sobra para pensar que la Horda de las Bestias se hallaba al otro lado del país. No darían la vuelta solo porque un jinete de exploración les dijera lo contrario.
— Connor, por favor… — El rostro encanecido de Jerome se arrugó en una expresión suplicante.
Una palabra mal elegida y se las vería negras, así que asintió, desilusionado.
— Cómo ordenéis, Alteza. — ? ?Qué le sucede a esta mujer? ?Qué gana con reinar una ciudad de muertos? ?
Después de aquello, se vio obligado a avanzar sin más remedio. Un trote ligero donde cada pisada era una verdadera tortura. Tenía una obligación que cumplir. No con su condenada Reina, sino con la familia Maine. Y por extensión, con los cientos de miles de personas al otro lado de las murallas de la Capital. Estaba dispuesto a re?ir batallas hasta desfallecer una vez más, pero no derramaría una sola lágrima por las miserables vidas de la muchedumbre.
? ?Hasta qué punto se merecerán todo lo que les pasa? ?
En tiempos de paz como de guerra, la malicia, la estupidez y la intolerancia se congregaban en tierra cristiana. No había transcurrido un solo día en el que Connor no pensara en la caterva de seres repugnantes que eran. La Santa Inquisición se había llevado a incontables hombres y mujeres entre gritos de desesperación. Y hubo una época, antes de su nacimiento, donde la caza de brujos se consideraba casi un deporte fastuoso al mismo grado de la cetrería. No eran más que Dádivas como él, brotados de una sangre antiquísima y de los secretos de un mundo desconocido, pero aquello no les impedía a los cristianos impartir su ?justicia divina?. A tal punto descollaba su crueldad propia de los bárbaros, que liquidaron a flechazos a cada gato negro en torneos de hacía décadas, simplemente porque se les creía fieles seguidores estos.
Los fieles de hoy en día tal vez no, pero sus antepasados habían demolido hasta sus cimientos a cada cultura que no aceptara a su dios como el verdadero, desde el primer instante en que la farsa cruzase el mar y asaltara las mentes de los más débiles y necesitados. Luego de haber arrasado con todo lo que se podía arrasar, los devotos de tiempos más recientes aún elogiaban las haza?as de sus predecesores y esta era su sentencia.
En ocasiones olvidaba que también los había como Elizabeth Maine, compasivos y bondadosos de corazón, pero aquellos fieles, parecían en realidad una ociosa minoría.
Se hacía ideas de lo que vendría a continuación para la ciudad. Una orgía de sangre, vísceras y cuerpos calcinados en cuyo dolor se podría reconocer el sello de los Tuatha Dé Danann. El furor desenfrenado de una civilización que había estado por siglos confinada al borde de la extinción. ?Por qué debían ellos, así como Connor, tolerar a los intolerantes? Ponía en serias dudas que la Horda de las Bestias fuese la sombra de Satán cerniéndose sobre el reino del dios cristiano, como todos lo hacían ver.
?Era toda implacable creencia la que concebía la discordia?
En cualquier caso, ahora que habían probado un bocado de la gloria, irían a por todo lo demás. Todo el que tuviera dos dedos de frente lo tendría claro. Después de adue?arse de cada Daga Sagrada en la ciudad, las utilizarían de la única forma posible. Era lo que daba el nombre a su horda, en resumidas cuentas.
? El Gran Brenno, lo llamaron — recordó con desánimo, dirigiendo la vista sobre la copa de los árboles. —. Brenno el Azote de Dios, también. Pero más a menudo, Brenno la Bestia de Dos Cabezas. Hace dos siglos que la Horda no ha tenido a un Demogorgón que los guíe en la batalla. Estarán ansiosos por recobrar aquellos tiempos. ?
El resto del día transcurrió de la misma manera. La Realeza, su guardia e incluso la plebe no ocupaban más palabras que Connor, sin ánimos ni mucho menos motivos para sobrellevar una conversación. La reina Alice aguzaba los sentidos a cada detalle, recelándose incluso de ciertos caballeros que la resguardaban de todo peligro. El más peque?o de los príncipes se quejaba como el ni?o que era, mientras el heredero del reino hacía un patético uso de sus fuerzas para esconder que estaba a punto de derramar lágrimas de coraje. Y bien que Connor las conocía.
Wyke, a través del estrecho lazo que compartían, le hizo saber con sus emociones lo mucho que quería volver sobre sus pisadas y comerse una manzana en el establo de los Maine. ?Y por qué no? Luego trotar por los jardines. Connor le acarició la cerviz, ignorando sus ruegos.
— ?Los celtas tendrán Dádivas con ellos? — se dijo en voz baja. — ?Y cuántos de estos cristianos estarán rogando por un Mesías que los salve?
Se detuvieron a pasar la noche, en minutos en los que la luz restante iba dando pie a un bosque sumido en creciente penumbra. Connor, Atenea y Jerome se vieron en la necesidad de buscar la mayor parte de su propia cena. La rubia nívea había ayudado al soldado a intentar atrapar algún animal peque?o cerca del campamento, pero no tuvieron éxito. Atenea tenía una habilidad más bien inexistente para coger por sorpresa a cualquier conejo, ardilla o pájaro carpintero, y Jerome se hallaba debilitado y con solo una mano para maniobrar, que además era la menos diestra de las suyas.
Connor se había ido por su cuenta a rebuscar algo entre las rocas y los troncos de los sauces. Al vivir de la tierra en sus expediciones y conocer aquellos bosques casi como la palma de su mano, no le resultó difícil toparse con un tesoro escondido entre los matorrales: una colina poblada por champi?ones y hongos soporíferos. De manera que comieron junto al fuego champi?ones asados.
Por otro lado, el reishimagno era uno de esos hongos que no se debía ingerir ni tener contacto con la piel, porque un ligero respiro o roce de sus esporas podía inducir un sue?o corto y plácido. Y con todo lo que Connor estaba disimulando no padecer, sabía que no habría otra forma de sentar cabeza durante la noche.
Cuando las nubes ocultaban ya la luna, las salchichas rellenas de queso tierno inundaron por fin sus paladares. Era un verdadero manjar salado que el príncipe heredero les había hecho llegar como muestra de amistad. O al menos esto fue lo que un caballero afirmó antes de arrojarles el saquito de ambrosía hecha carne. Los olores de los platillos de la realeza le llegaban con el viento. Y si bien era cierto que no podía tratarse de un lujoso banquete, los distintos aromas eran todos exquisitos.
? El asedio me encontró por sorpresa, como a todo mundo — caviló mientras fabricaba flechas con las puntas de acero y las plumas que conservaba. —. Salí dando tumbos, llevando únicamente lo que tenía preparado para mi misión. ?Cómo es que a estos sujetos les dio tiempo de llenar la guarnición de dos caballos con provisiones? ?.
Ya contaba con una docena de flechas preparadas, cuando se llevó una mano detrás de la cabeza para examinar su herida. Se había estado limpiando la brecha cada cinco minutos en lo que había durado el día, para impedir que alguien viese como las gotas de sangre se tornaban blancas con el aire. Si en algún lugar existía un número de Dádivas que hubieran sido condenados a causa del mismo vestigio de ?brujería?, nadie podría contar tan alto. Los hombres de la Reina ya lo tenían en baja estima; como lo tachasen de brujo estaría muerto.
Atenea se sentó a su lado con una mirada inquisitiva puesta en él.
— ?Cómo pasó? ?Fue durante o después?
No respondió. Se dedicó a vislumbrar los tentáculos de las llamas.
? Sabe que he sido yo. ? Aunque ya se lo temía, la verdad le resultó desagradable.
— Me refiero a tu herida — siguió. —. Dime, ?estás bien? ?Necesitas que te eche vino caliente como a Jerome?
Se había colocado cerca, muy de cerca según creía, orientado el cuerpo hacia Connor como si fuesen buenos amigos. En aquel instante de revuelo interno, envidiaba la forma tan serena en la que Jerome había caído exhausto recostado a la base de un árbol cerca del fuego, debilitado por los a?os y la lesión de su mano.
Ella se le quedó viendo por un rato larguísimo.
— ?Connor?
? No tiene caso, ?verdad? Si supieras cómo lo hice, ya habrías cantado como un pajarito. ? Le sostuvo la mirada, aunque por un par de segundos.
— Fue poco después de lo sucedido. — dijo finalmente en voz baja. Los sonidos viajaban lejos en un bosque somnoliento.
El tenue humo gris que emanaba de un fuego todavía más tenue ascendía a la noche oscura. Era apenas visible, y más cuando el techo de árboles sobre ellos engullía la mayor parte. En el campamento había dos fogatas. Una para la realeza y su escolta militar, dispuesta en una elevación atestada por robles que actuaba como fortaleza; otra para la plebe en la base de la colina. Connor hubiera preferido que no se encendiera ningún fuego, pero el soldado necesitaba del calor para sus heridas.
— ?Quieres que la revise por ti? — Trató de inclinarse hacia él.
— No — respondió con una brusquedad que logró que Atenea quedará rígida a medio camino. Hizo después acopio de cordialidad. —. No, gracias. Estoy bien.
Mientras volvía a las labores recortando las plumas de flecha con uno de sus cuchillos, ella se abrazó las piernas contra el pecho en gesto acongojado. Guardó silencio bastante rato antes de decidirse a romperlo.
— De todos los presentes, además de Jerome, eres el único que quiere hacer algo al respecto. Sabes, tampoco quiero estar aquí. Mis padres están muertos, pero aún hay personas a las que amo en la ciudad. Y en lugar de pelear por ellos, estoy atorada con esta gente.
— No hables tan alto — le advirtió, aunque hubiera algo en su tono desde?oso que le agradaba. —. En los oídos incorrectos esas palabras podrían costarte la lengua.
— Que lo intenten, si eso quieren, pero no me callaré — Y no lo hizo. Alcanzó una de las flechas en las que había estado trabajando, y la examinó de cerca. —. Los intentaste salvar tanto como yo, creo. Jamás te agradecí por lo que hiciste.
? Parlotea — supuso de inmediato. —. Está afligida y solo no desea escuchar al silencio. Ya he pasado por eso.? Por lo que se rindió a un ataque de empatía. Ya estaban lo suficientemente divididos como para intentar buscar divergencia entre los plebeyos.
— No hay mucho que agradecer. No pude salvarlos.
— Me salvaste a mí — Una ligera sonrisa pasó volando con el viento. —. De no haber tenido tu ayuda, no hubiera habido manera de escapar. Estoy agradecida.
Cuánta razón tenía. Y pese a esto, la satisfacción de verla con vida no le era suficiente. Nada había podido hacer por los Maine, ni si quiera por completos extra?os y menos por un pobre ni?o sobre el que no se posaba ninguna culpa.
Fría cortesía, un asentimiento fue su réplica muda. No sentía ganas de hablar en lo absoluto.
— ?Por qué llevabas la cara tapada? — inquirió, tiempo después.
— Para no ser reconocido por mis logros ni por mis errores — se le ocurrió decir, arrastrado por Atenea, quien llevaba las riendas de la habladuría. Hasta en aquella mentira se escondía una pizca de verdad. —. Pasar desapercibido es algo que pocos valoran.
A juzgar por lo que veía, sortear el filo de sus palabras era algo que Atenea le resultaba tan natural como defenderse de una espada. Se sacó un poco de sangre al pasar los dedos por la punta de la flecha. Y sin siquiera inmutarse, se llevó el dedo a la boca.
— Disparaste a quemarropa contra esos malnacidos muchas veces. Alcanzaste a todos, pero no mataste a nadie. Aun cuando peleabas cuerpo a cuerpo…
Connor se detuvo a devolverle la mirada, y halló que sus ojos eran tan claros que podía ver la imagen del fuego arder en su reflejo. No llevaba pintado más el kohl, aun así, por sí solos eran espléndidos, magnéticos.
— Los únicos seres a los que he matado han sido peces o insectos para sobrevivir aquí donde no hay humanos. Una vez le arrebaté la vida a un oso, pero fue por clemencia a su sufrimiento. En veintidós a?os no he dado muerte a una persona. No empezaré ahora.
— ?Y si esas personas intentasen matarte a ti o a tus seres queridos?
— Ya sucedió, ?no lo recuerdas? Allá en la ciudad tuve más ocasiones de las que hubiese querido y no tomé ninguna.
— Hubo más de una ocasión para mí — Hizo una mueca de pena —. En el asalto. No quería, pero tuve que hacerlo por ellos. Quería salvarlos.
— Aloy quería lo mismo para ti — Tenía toda la masa de extravagante cabello tirada hacia el lado de la cabeza que inclinaba. Al oír el nombre de su madre se enderezó con un gesto de horror que lentamente se convirtió en enfado. —. Tu madre habría dado todo por salvarte, de seguro. Tu causa fue justa.
— Nunca te dije cómo se llamaba.
— La conocí. Fui quién escuchó sus últimas palabras. La última persona a la que vio.
— Ah. — Fue un susurro tan mustio como su expresión.
— En fin, asesinar a alguien con intenciones de salvar a un tercero parece tan paradójico como buscar la paz por medio de la guerra. Y, aun así, tal vez hubiese hecho lo mismo con tal de salvar a los míos. No lo sé. Es nuestro sentimentalismo el que nos ciega a los humanos.
— Ser Vyler Maine — arrojó al aire. —. No he escuchado tanto de él como de su hermano. Creí que lucharía contra ser Konash en el torneo… También contra ser Covan, pero todas esas ilusiones se fueron a la basura.
Tuvo que admitirlo no sin antes haber necesitado de mucho ahínco: Vivido lo vivido, lo mejor era soltar el agobio que sentía tras sus silencios.
— Ser Covan, tal vez ganarías. Contra Konash…, ni so?ándolo.
Ella se rio mostrando los dientes. Fue una risa efímera, pero auténtica.
— ?Así como tu contra los hermanos Cadzow? Que derrota tan desafortunada. Qué tiro tan espantoso.
— ?Qué? — Arqueó ambas cejas. Solo podía estarse refiriendo al torneo del oto?o pasado.
— Te vimos aquel día. Mi padre y yo. Perdió mucho dinero a causa de tu error.
? Ya nos conocíamos antes de ayer — pensó con grata sorpresa. —. Las cosas que tiene la vida a veces. ? No supo por qué, pero rio de la misma manera en que ella lo había hecho.
— Lo lamento. Era mi primera vez en las finales. Estaba nervioso.
— No lo lamentes, se lo merecía. Le encantaba apostar.
— ?Cuál era su nombre?
Separó aquellos labios, pensando su respuesta. Tardó más de un segundo en volver a unirlos y de decir algo. Sonrió junto a su nombre.
— Marcus. Se llamaba Marcus.
Se sorprendió al dar rienda suelta a su interés. De allí en más, las preguntas las hizo él, mientras Atenea hablaba, con una expresión de gusto cincelado en el rostro, acerca de qué clase de madre tan sobreprotectora y amorosa había sido Aloy, de lo mucho que había aprendido de Marcus el del júbilo perpetuo, y de cómo había sido su vida y su relación con ellos. Así como lo agridulce que habían sido sus días como moza de taberna. Después de todo aquello, Connor cayó en cuenta de que al menos ella había tenido sus momentos para sentirse feliz.
? Y lo vuelve a ser, cada que habla de ellos. Viven en su memoria cual tesoro. Envueltos en una dulce a?oranza. ? ?Podrían juntos desvanecerse los aires de melancolía del otro? Supo con incomodidad que se estaba adelantando a las circunstancias en cuanto ella comenzó a hacer preguntas.
— Has sido huérfano desde ni?o... ?Recuerdas algo de Aaron y Grace? — Lo siguiente aconteció como si fuese un espejo a través del tiempo. Los gestos de Connor fueron de un susto que se iba transformando en infinita desconfianza. — ? No le he dicho sus nombres. No he hablado sobre ellos. Jamás lo hago. Con nadie. ? —. Esos son sus nombres, ?no?
Apuntaba con un dedo en dirección a su pecho. No había advertido que su collar se hallaba por encima de su jubón acolchado. Aquello no le hizo la menor gracia. Cerró los dedos en torno a las chapas de plata grabadas.
? ?Por qué jamás hablo sobre ellos? — se preguntó, y acabó por rebatirse. — Más que suspicaz, quizás soy muy mío. Un libro cerrado escrito en otro idioma. ?
— ?Es lo único que tienes de tus padres? — siguió.
Guardó silencio cual sepulcro, sin ningún ademán en particular. Lo cierto era que no se trataba de un regalo suyo. Había sido ser Vyler quién se lo obsequiara, cuando lo amparó bajo su techo, el mismo hombre por quién murieron sus padres. Pero no tenía por qué decírselo. ?Mantén vivo su legado en tus recuerdos y en tus acciones. Vive en su honor?, le había dicho aquel primer día que lo conoció.
— ?Qué ocurre? — Endulzó sus ojos de luna acompa?ados de una sonrisa de complacencia. — ?Qué no piensas responderme?
? ?Y cómo los mantienes vivos, si los matas cada día con tu mutismo? ? Atenea pasaba por la misma situación que él hacía muchos a?os. Negarle su confianza, solo serviría para acentuar aún más su pena.
— Son los nombres que alguna vez tuvieron, sí.
— Es muy personal — le escuchó decir. —. Entiendo.
— Hace a?os ser Vyler decía que me parecía mucho a ella — confesó sin pensar. —. A Grace. Tanto en apariencia como en costumbres. Pero tenía la misma sensiblería de mi padre Aaron. — Se sonrió con tristeza. —. Aquello se lo había dicho mi madre en la última expedición. Como cualquiera hablaba de más, cuando estaba contenta. Le gastaba bromas a Aaron cada vez que podía. De todo tipo. Algunas algo crueles, pero terminaban por reír juntos. Siempre bromeaba acerca de los poemas y canciones que él escribía, pero se cautivaba de amor si iban dirigidos hacia ella. Ambos eran jinetes de exploración como yo ahora. Mi padre de una aldea en Rismont y mi madre nacida en la Capital. Se conocieron por accidente. Ambos se desviaron por error de los cursos de sus misiones y se encontraron en medio del bosque.
? Mi madre había perdido a su compa?ero, ambos caballos y toda herramienta de orientación en un derrumbamiento de ladera. Vagó por monta?as, bosques y prados con muy poco para comer y beber durante días, siguiendo las constelaciones. En el séptimo, contaba ella, comenzó a perder las esperanzas de salvación. Exhausta y hambrienta hasta la locura, se dejó caer a la sombra de un árbol y esperó allí hasta que su creador viniera por ella, al día décimo. No era mujer que se rindiera con facilidad, pero la desesperanza y el hambre acaban por mermar hasta la más dura de las mentes. Cerró sus ojos y se fue a dormir esperando no despertar. Cuando creyó haber muerto finalmente, sintió que la mano de Dios la elevaba al Cielo, pero no. Era mi padre, quien la subía a la silla de su caballo.
— Como si el Destino quisiera que estuviesen juntos. — indicó Atenea, suspendida en la historia, con la boca entreabierta.
— Le dio agua y comida mientras montaban. Vida. La llevó a la aldea donde regresaba después de una misión y allí cuidó de ella hasta que estuvo fuera de peligro. Para cuando regresaron a la Capital, ya se habían enamorado — ? Es la primera vez que le cuento esto a alguien. ?, pensó al estudiar bien aquel rostro tan agraciado. Una mirada tan abstraída en él que le evocó todas aquellas horas que había dedicado a contarle historias a su hermanita. —. Es lo poco que sé, aparte de su muerte. Junto a Vyler no estuvieron demasiado tiempo y no tengo ningún recuerdo propio de ellos. Ya han pasado catorce a?os y el tiempo solo sirve para erosionar los recuerdos de la ni?ez.
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Su padre había escrito a detalle todo en sus libros de viaje, pero las páginas de sus memorias se habían perdido para siempre. Lo poco que Connor conservaba había venido de la voz de ser Vyler y de los compa?eros de la caballería de exploración que alguna vez sirvieron junto a ellos.
— Es hermosa esa historia.
— Su muerte no lo es tanto. — se?aló con la voz ensombrecida, cosa que provocó que Atenea esbozará una sonrisa triste y se acercase.
— Cuéntame — Ella cerró los dedos en torno al mitón de su mano. En aquel momento, costaba creer que fuera la misma mujer austera del torneo que podía partirlo en dos con un tajo de la espada. —. Digo, si así lo deseas.
A decir verdad, Connor tampoco era entonces el hombre distante y de aspecto gélido que solía ser, por lo que accedió.
— Solo por esta vez — Hizo una larga pausa, ensimismado en el recuerdo. —. Ser Vyler es el tercer protagonista en esto. Y el causante de sus muertes, o eso supongo — Suspiró. —. Me lo confesó en toda su honorable sinceridad.
— ?Y aun así lo amas como a tu propio padre?
— A mi manera. A mi extra?a manera. Hoy en día, aún mantiene su compa?ía de escoltas. Yo mismo he estado en ella. Promete salvoconducto en cada viaje a los que pone bajo su resguardo. Grandes y peque?os se?ores, en general. Jamás ha fracasado en su cometido, salvo en la ocasión en la que Aaron y Grace fallecieron. Aquella ha sido su única mancha en tan lustrada armadura. Ellos no eran de noble cuna, pero estaban bajo orden directa de la Corona y la Iglesia, porque eran los mejores en lo que hacían. No tengo idea de donde me encontraba, mientras mis padres, otros seis jinetes de exploración y la compa?ía de ser Vyler partían hacia la misión. No recuerdo haberme despedido siquiera.
? Black Mountains fue su destino. De haber sido enterrados, hubiese sido su sepulcro, pero los Escupe Fuego no dieron tiempo a ello.
— ?Dragones? — Lucía como si no lo creyera del todo.
— Dragones corrientes. El frío y yermo Black Mountains está plagado de ellos. Y de otras criaturas. Un par de ellas incluso peores que los Escupe Fuego. Un lugar tan inclemente que nadie en su sano juicio se acercaría ni a echar un vistazo. Desolado, inabarcable e inexplorado, por eso es el escenario perfecto para albergar leyendas. Estas van desde el cáliz de Cristo hasta un palacio de zafiros, pasando por el vellocino de oro y la existencia de Dagas Sagradas. — Por alguna razón, Atenea se estremeció. Como si hubiese sido presa de un escalofrío. —. Esto último fue lo poco que resultó creíble a oídos de la Realeza. Para ellos, los que se sientan por encima de nosotros, las vidas de aquellos valientes no suponían mayor costo. Si retornaban con las manos vacías, como sucedió, nadie hablaría de un fracaso.
? Solo que las manos que volvieron a la ciudad fueron menos de las que habían partido. Mis padres y otros sujetos se calcinaron por el aliento de un pu?ado de Dragones. Los demás consiguieron librarse por un pelo.
— ?Los tomaron desprevenidos? — inquirió Atenea.
— De cierto modo. Debían seguir un sendero, pero la escolta rehusó la marcha al ver de cerca las monta?as altas, los abismos entre ellas y la delgadez de los caminos a las que se enfrentaban. Eran caballeros, tenían su valentía, pero también eran hombres con familia, y morir en aquel lugar no representaba ningún acto heroico para su legado. Ser Vyler era su comandante, recién nombrado y sin mucha experiencia, así que acabó cediendo al atisbar también duda en los jinetes de exploración. Dio la orden de marchar por un camino que saltaba a la vista que era más seguro, aunque fuese inexplorado. Aquel fue su primer error. Mi madre abiertamente los llamó cobardes, según sé. El segundo error fue fatal. Se cernieron sobre ellos desde un cielo en neblina y rompieron la formación. A?os más tarde, cuando me hice mayor, él me describió aquella escena con detalle. Pero es algo que no te ayudará a dormir, estoy seguro.
— Lo siento mucho — Su tristeza se vio sincera. Aún se aferraba a los guantes sin dedos de su mano. —. Lamento que haya tenido que ser así.
— ?Por qué lo dices? — Sonrió. —. Descansan en paz. En situaciones como esta es lo mejor para ellos.
— Sí, pero ?y tú?
? Esto de verdad de ayudará, Atenea Pryce. ?
— Siempre habrá desgracias. La vida tira una moneda cada vez que puede con nosotros. Si cae del lado que no querías, no te preocupes por pensar en lo que pudiste haber tenido con la otra cara, sino en lo que tienes con esta. El truco no está en evitar las malas vivencias, sino en sacar provecho de todo lo malo. Convierte cada penuria a tu favor y así jamás te arrepentirás de nada, porque de todo lo malo en el mundo puedes sacar algo bueno y viceversa… Siempre habrá luz en la oscuridad y oscuridad en la luz — ? Y un peque?o surco al que llamamos penumbra ? — De cualquiera manera, haz algo que jamás hubieras podido hacer, de no encontrarte en esta desafortunada situación. Algo de lo que no te arrepientas.
? No tienes que saber que eso a mí no me ha funcionado con exactitud. ? Creía fielmente en sus palabras, a pesar de que no siguiera su propio consejo. Por la razón que fuese, no había encontrado su camino para convertir todas sus desdichas a su favor.
Atenea bajó la vista, y pareció cavilar. Al final, asintió con firmeza.
— Solo una cosa más. ?Qué fue lo último que dijo mi madre? — Cuando citó cada palabra, ella torció sus comisuras tenuemente hacia arriba. —. Gracias por esto, Connor.
? Vaya que es preciosa. Siendo honesto, la misma palabra no le hace justicia ?, pensó con la impavidez de un sin corazón.
Después de aquello, echaron tierra al fuego para extinguirlo, y se fueron a dormir. Apenas un trocito del reishimagno hizo de su completo insomnio una breve siesta. Los sue?os vinieron por cuenta propia.
— Peleó valientemente — dijo la voz de ser Vyler en medio de una oscuridad insondable. —. En aquel entonces yo tenía que ir al frente del grupo, pero tu madre me rebasó. Decía que íbamos muy lento, y así era. Cuando intenté advertirle ya fue demasiado tarde. Rompimos filas, al verlos descender del cielo. Un cielo cuyas nubes se encontraban a unos veinte metros sobre nuestras cabezas. Debíamos retroceder y mantenernos juntos, como estaba previsto. En su lugar, los caballos entraron en pánico junto a sus jinetes, y se desperdigaron. Sucedió tan rápido que ni siquiera distinguí el aspecto de estos, salvo que aquellos Dragones no eran tan enormes como contaban las historias. Pero aun así doblaban en tama?o a los corceles. La quemaron viva, Connor. Lo siento. Murió gritando de dolor, de furia puede que también, porque le dio tiempo de rasgarle el vientre a uno de ellos antes de caer al suelo.
? Aaron perdió toda noción con la realidad al ver aquella escena. Olvidó que aún te tenía a ti, pero tienes que entender que amaba a tu madre con locura. Era un flechado sin remedio. El caballo no le obedeció, así que descabalgó, y corrió a terminar el trabajo que su esposa había empezado, aun cuando ser Ronnie le tiraba de las ropas. Clavó su espada en el corazón del animal herido. No le bastó con vengar su muerte, eso lo entiendo. Pero tampoco vio más opción que precipitarse hacia un segundo, que se debatía con sus congéneres los cuerpos de los que habían sido presa del ardor de Black Mountains. El mismo se dio la vuelta, y le escupió su fuego antes de que pudiera darle alcance. Lo cogió entre sus garras, y lo elevó a la neblina, mientras aún se debatía entre la vida y la muerte.
Con el pulular del aire frente a la chimenea, la imagen un caballero sumergido en la bebida y el dolor se mostró ante él, con los codos apoyados en la mesa. ? Todavía recuerdo aquel momento. Cuando cumplí dieciséis, supiste que ya podía valerme por mí mismo y soportar incluso más que tú. ?
— Fue en parte mi culpa. Lo siento mucho, hijo — siguió con la voz entrecortada. —. Apenas peleé. No hice más que mirar. Juré dar la vida, pero apenas peleé. Sentí miedo. No por mí, sino por Elizabeth y Valysar que esperaban que yo regresase sano y salvo. Siempre me he preguntado qué tan diferente hubieran sido las cosas, de haber hecho algo. Lo que sea.
Connor se posó a su lado en la lucidez del sue?o, para decirle todo lo que hubiese querido a?os atrás.
— Te odié — escupió. —. Te odié de la misma forma en la que odio a toda esa Iglesia. A toda religión. A todo dios. Pero me obligué a perdonarte, porque cuidaste de mí. O lo intentaste. Porque no fue tú culpa en lo absoluto. Nadie estaría preparado para vencer donde tu caíste.
Grace le cogió la mano con fuerza, y lo miró con ojos grandes, acuosos, negros y brillantes de miedo, desde muy abajo.
— Me lo prometiste, hermanito. ?Dónde estás? Te necesito.
— ?Cómo puedo culparte Vyler de dejar morir a mis padres, si yo no he podido protegerla?
Cerró los ojos ante la mirada horrorizada de la ni?a, solo para abrirlos un segundo después frente a la negrura de las lindes de un mar de árboles. Extendió la mano para alcanzar su arco y así sentirse más seguro, pero no lo encontró. Tanteó la casi perfecta oscuridad, y se llevó una decepción. Un sobresalto, más bien. No estaba por ningún lado.
Llamó entre susurros a Atenea, pero no oyó más que la respiración nasal de un Jerome aún confinado al cansancio. Los caballos se hallaban vigilados a medio sendero de la cima, de manera que no podría haber ido muy lejos.
Anduvo bordeando las flores silvestres en busca de una salida a la arbolada. Las copas de los sauces se extendieron como una cúpula que ocultaba la luz de los astros, pero no tardó en librarse de su cobertura. Una hora, como mucho, debía haber pasado, lo supo al que ver que la luna aún no se acercaba al cenit. La fuerza del viento se palpaba en el peque?o claro donde Atenea se erguía en la soledad de su concentración.
— No. ?No! — le escuchó decir con tono airado.
Tan regia y sencilla a la vez. Usaba el arco tan mal que resultaba fácil pensar que nunca antes lo había hecho. Dos espadas, Connor intuyó que una era suya, hacían las veces de estacas en el suelo en las que se amarraban en sus empu?aduras un trozo de tela. El viento cambiaba de dirección y causaba que el blanco tremolara. Por lo visto, no había acertado ni una sola vez.
Connor se detuvo un momento para dejar que tensara, apuntase y fallase horriblemente de nueva cuenta. La primera flecha había surgido con mucha fuerza y se había perdido en la oscuridad; la segunda fue más lánguida, pero cayó al suelo un metro más allá del objetivo.
— Deberá ser más suave. — suspiró Atenea.
En el instante en que eligió una flecha y volvió a tensar el arco, Connor decidió que había sido suficiente para sus ojos. Dio un paso, mientras ella se llevaba las plumas hasta el mentón. Como no dijese algo, iría a parar sin remedio a White Kingdom.
— No me esmeré en ellas para que las desperdicies de ese modo.
Atenea volvió el rostro. Por suerte, no el arco, que se destensó con un restallido. El proyectil salió expulsado con tal impulso que permaneció invisible a sus ojos hasta estrellarse contra el acero de una de las espadas. La hoja quedó vibrando con un zumbido audible a kilómetros.
— Es lo más cerca que he estado. — confesó, echándose a reír. Una vocecita un tanto nerviosa, a decir verdad.
Pero Connor, muy receloso con sus cosas, no estaba para risas.
— ?No te ense?aron a no hurtar lo que no te pertenece?
— No lo hurté — objetó. —. Lo tomé prestado.
— ?Sin mi consentimiento? Eso es hurtar.
Atenea pareció reconocer en parte su error, y le tendió el arco con gesto apático.
— Si lo devuelves, es prestado.
De nuevo aquella sensación… Algo dentro de él le mostraba que, al final del día, mil veces mejor era cualquier cosa con la que matar el tiempo antes que mantenerse antipático e inmerso en su propio desamparo.
— Adelante — Se cruzó de brazos, sin intención de coger aquel otro obsequio de ser Vyler e irse por donde había venido. —. Prueba con otra.
Este último disparo fue vergonzoso. Atenea había cargado con la fuerza necesaria para atravesar el tronco de un árbol, pero posicionó la flecha de tal modo, que cuando salió del arma se desplomó al suelo apenas dos metros más allá de sus pies. Connor tuvo que taparse la boca para evitar soltar una carcajada que despertase a los Liongborth, cosa que no le provocó la menor sonrisa a ella. De hecho, la mueca desde?osa que lanzó habría causado más da?o a un enemigo que sus tiros.
? Osada y orgullosa hasta la saciedad ?, supo acerca de ella.
Atenea hizo ademán de una risa falsa, muy falsa, y le estampó con rudeza el arma contra el pecho.
— Ya te quiero ver a ti con la espada, Bressler.
— A diferencia de este espectáculo, lo mío sería algo más decente — La agarró por la mu?eca cuando pasaba a su lado, y le colocó el arma de vuelta en las manos. —. Una última vez.
— ?Para que puedas reírte de mí? — Aún vivía en ella aquella expresión de desprecio desmesurado.
— Te ense?aré a dar en el centro. — ? Tal vez eso me salve la vida, alguna vez. ?
Con su rápida respuesta, descubrió también que era mordaz.
— ?En el centro? ?Como tú en las finales del torneo?
Un golpe bajo… Se lo tenía merecido. Aquella vez junto los Cadzow, para su imborrable humillación, después de haber dado en el blanco decenas de veces la flecha que se suponía debía darle la victoria no hubo ni alcanzado la diana.
Hizo falta un buen rato para que Atenea finalmente diera su brazo a torcer y estuviera dispuesta a aceptar su ayuda. La noche los acarició con su brisa. Una brisa que le trajo a Connor el fresco y limpio olor a jazmín que ella desprendía. A su orden, Atenea tensó la cuerda del arco, llevándose las plumas grises al mentón.
— No hacia tu mentón — le corrigió. —. Hasta tu mejilla. Casi a la altura de los pómulos, así podrás apuntar mejor — Atenea obedeció. Y él, en resumen, se?aló todos sus errores. Le acomodó los dedos que rozaban la punta de la flecha en la posición adecuada. —. Tus brazos están tan tensos como esta cuerda. Mantenlos firmes, pero no te excedas en fuerza. Separa un poco más tus piernas. Sube el codo. — Acto seguido, guardó silencio y retrocedió un paso. Quizás por ello Atenea pensó que ya estaba todo listo, y descargó.
— En el centro, dices. — soltó a desgana, cuando se hubo enterado de que había errado por dos dedos de altura y un palmo a la izquierda.
No supo si suspirar o resoplar de desilusión.
— Eres demasiado precipitada — Cogió una flecha del carcaj sobre la hierba, y se la tendió. —. Apunta, inhala, conserva la calma, disparas y, luego, respiras. Todo ello, mientras dejas al mínimo las pulsaciones de tu corazón. No es tan difícil.
— ?No es tan difícil? Ha de ser por eso que eres bueno. — Acopló el proyectil.
— Inhala hasta el fondo — Se situó a su lado. —. Conserva la calma. — Le tocó los avambrazos para recordarle lo tensa que estaba, y de inmediato funcionó. — El viento comienza a cambiar — le avisó. —. Desde tu derecha.
Ella apuntó hacia un costado del blanco.
— ?Cuánto más?
— Tómate tu tiempo, pero tensar durante mucho es perjudicial. Hará que tiembles y te volverá menos certera — Los mechones que ondeaban con la brisa le entorpecían la vista. Sacudió la cabeza, y volvió a las andadas. El murmullo arrancado de las hojas eran los únicos sonidos que parecían rodearlos. Connor dejó que siguiese sus instintos, y pronto no vio más remedio que quedársele viendo con el rostro de un idiota embelesado por tanta belleza. Su piel y los rasgos de su perfil eran impecables, casi serafines. — ? Que apropiado, Aloy, haberle puesto el nombre de una antigua diosa. ? La estudió de pies a cabeza, y se dio cuenta de lo encorvada que estaba. —. Tu espalda, recta como una fle… — Le había puesto una mano más arriba de la base de la espalda. En el momento en que sintió bajo su aljuba un bulto, se quedó con la palabra atravesada en la garganta.
Atenea se estremeció. No había necesidad de una reacción como aquella. Luego se volvió muy lentamente hasta que cruzaron miradas. La de ella era de un pavor auténtico que no tardó en corromperse en desconfianza. La flecha jamás llegó a verse disparada, pues bajó el arco, y destensó.
?Solo es un arma oculta?, habría pensado si no fuera porque Atenea soltó el arco y preparó un pu?o para golpearlo. Connor dio un paso atrás, e interpuso sus manos. Y sin que fuera del todo due?o de sus actos se abalanzó sobre ella, cuando vio que no desistía. ágil y de buenos reflejos, desvió el pu?etazo siguiente, se hizo con su brazo, y lo llevó hasta la espalda de la chica. Hicieron falta coraje y mucho empe?o para sujetarla. Y aún más para contenerla. Su otro brazo lo buscó con desesperación, pero Connor le contorsionó el primero antes de que se topase con su rostro. No tenía más opción, por lo visto.
— ?Qué haces, Atenea? ?Por qué tanto drama? — preguntó con la voz congestionada por el esfuerzo. — Yo también llevo cuchillos bajo la ropa.
Ella no respondió. Se limitó a lanzar gru?idos, mientras se retorcía para liberarse.
— No quisiera tener que herirte — siguió. Un centenar de escenarios pasaban por su cabeza con la velocidad de una estrella fugaz. El más pavoroso de los motivos se resumía a ella siendo el enemigo luchando por mantener la máscara. Una soga alrededor del cuello de la Reina y los príncipes, que habían logrado escapar airosos, tal vez. — ?Qué intentabas? ?Qué llevas ahí oculto?
— Ya suéltame. — gimió, y dejó ver en conclusión que le dolían las coyunturas de los codos que estaban siendo torcidos.
Connor cedió a su dolor. La soltó, pero antes liberó una mano y sacó de la cintura de Atenea la raíz del problema. La empujó lejos de él con un hombro. Se retiró unos cuantos metros, mientras ella aún se recuperaba, apoyando una rodilla en el suelo. El alma, el corazón, todo su cuerpo, dio un vuelco con solo ver la empu?adura de metalapócrifo y la funda en diamante negro. Reculó dos o tres tambaleantes pasos, y sintió en las piernas aquella anemia de quién recibía pésimas noticias. Pero no había lugar ni tiempo para sentarse a digerirlo, porque Atenea lo observaba con mirada imperiosa te?ida de hostilidad.
— Devuélvemela. No te pertenece. — musitó entre dientes comprimidos por no soltar un grito de ira.
— ?Y a ti sí? Esto es una maldita Daga Sagrada.
Nada más fue dicho. Dedicaron los siguientes segundos a recelarse el uno del otro. Después de amagar reiteradas veces con avanzar en avasalladora indecisión, Atenea observó de reojo y por medio instante el lugar donde las espadas de ambos yacían clavadas juntas como la diana imbatible que aún eran. Las llaves del destino se encontraban a idéntica distancia tanto de Connor como de Atenea. El hilo de tensión entre ambos pareció eternizarse, pero lo destrozó junto a las esperanzas de ella, al Connor alcanzar el arco de un par de zancadas.
— ?Hazlo! — exclamó, apuntándole con la flecha, cuando Atenea ambicionaba con dar los demás pasos en su carrera — Hazlo, y será lo último —. De manera, que se detuvo. —. Sabes tan bien como yo, que son escasas las veces en las que fallo.
— ?Prometes, al menos, que irá directo al corazón? — quiso saber sin siquiera volverse.
— Irá a una pierna. La siguiente a otra. Y de vuelta a la primera, hasta que dejes de intentarlo — Atenea levantó las manos, y se giró. Veía la rabia relampagueando en aquellos ojos hermosos. —. Aléjate de allí. Eres imprudente y temperamental, ?lo sabías? — No aguardó a la réplica. — Si no fuera por esas dos cosas, no habríamos llegado a esto.
— La conociste — Su voz se ba?ó de improviso en un atisbo de sollozo. —. La viste morir. Intentaste salvarla. Devuélvemela. Le pertenecía.
La perspectiva lo desconsoló. Había llegado arriesgar su vida y la de los que ansiaba salvar por una traidora. Inclusive su muerte le había pesado y colmado de culpa.
— ?Aloy era parte de toda esta estratagema de la Horda?
— No, claro que no.
— Pruébalo. — ordenó tensado más el arco y siguiendo sus pasos laterales con la punta de su flecha.
Era probable que creyera ver en él unas intenciones que en verdad no poseía, pues cantó de nuevo como lo haría un pajarito.
— No hay nada que pueda decir que seas capaz de entender, porque yo tampoco lo entiendo. Eran mis padres. Crecí con ellos… Todos estos a?os. Y de un momento a otro, me enteré de que realmente no los conocía. Lo poco que tienes que saber es que, en su lecho de muerte, entretanto tú te dejabas la vida en tratar de darnos tiempo a despedirnos, me la entregó. Jamás la había visto en mi vida, pero los hombres a los que heriste la buscaban. ?La Horda de las Bestias sabía que mis padres tenían esa Daga! — Casi echó a llorar con la misma facilidad con la que había amenazado con golpearlo. —. Tienes que creerme, Connor. — Dio un pasito perezoso hacia él.
Connor se distanció el mismo tramo.
— No te acerques.
— Por favor, es todo lo que tengo de mi madre. Y le prometí que la protegería.
— Esto no le pertenecía a ella — La divinizada empu?adura compartía el espacio entre sus dedos con las plumas de la flecha. —. Esto no debería pertenecerle a nadie.
— Lleva en mi familia casi veinte a?os. Es más mía que de nadie ahora.
— Solo hay cuatro en la Capital — indicó, frunciendo el ce?o de vívida suspicacia. —. Dos para la Corona y dos para la Iglesia. Atenea, no te ves como una Liongborth y muy santa no creo que seas. Así que lo preguntaré una vez. ?Cómo es posible que tuvieses esto todo este tiempo?
— Te he dicho todo lo que sé.
— Y lo que dices no es suficiente. — Cuando Atenea hubo vuelto a su lugar, lejos de él y de cualquier arma, le sostuvo el tiro entre ceja y ceja, y anduvo, a su vez, hacia las espadas.
— ?Que harás?
? Alejarla de ti. ?Esconderla? Destruirla, si pudiera. ? Se enfrentaba a una incertidumbre. Sintió como el miedo le aprisionaba el pecho, aunque no hubiese sabido decir por qué. Estaba en mejor posición que Atenea, sin duda. Parecía tener todo bajo control y, aun así, se hallaba más nervioso que en toda su vida. Más tarde, supo que lo que fuera aquel cosquilleo de un millón de hormigas trepando por su brazo se desprendía de la Daga Sagrada.
Amenazadora, Atenea se adelantó un metro, con aquella presteza para cambiar de emociones de un momento a otro y reflejarlos con un sinfín de gestos.
— Dime lo que piensas hacer.
Siguió sin responder. Lo primero fue ce?irse el arco a la espalda; lo segundo, envainar su propio acero; y tercero, empu?ar el de Atenea, con la santa reliquia en la otra mano.
— Si intentas escapar — advirtió Atenea. —, te juro por Dios que gritaré, y todos esos caballeros vendrán a por ti. ?Qué crees que pensarán, cuando vean lo que llevas entre manos? Si la entregas de buena gana, se preguntarán cómo la conseguiste. ?Qué piensas decirles?
Siguió con miedo en las entra?as incluso después de pensarlo. Todo lucía tan claro como el agua. Y aun con ello, fue incapaz de conservar la calma. Caminó hasta ella, se?alándola con la punta del acero.
— Que estuve en el lugar y el momento indicado. — Esto primero era verdad. —. Que saliste a hurtadillas del campamento para entregársela a nuestros enemigos, y que frustré tu intento de traición. Eso les diré.
— Es una vil mentira. — escupió.
— ?Y a quién van a creer? ?Al hombre que entrega por su cuenta la Daga a su Reina o a la mujer que intentó escapar con ella? — Le colocó la punta de la espada sobre el peto de cuero. —. Será mejor que lo pienses, nadie sabe bien quién eres. Te hundirás bajo el peso de tu historia. En cambio, ser Covan me mantendrá a flote por sus juramentos.
Apartó la hoja con un golpe de revés en el plano, aparentando muy bien que no le había dolido el manotazo. Pero vaya que le dolía orgullo. Apretó los dientes, y se tragó la rabia junto a las palabras. Reconoció que de decirle algo a la reina Alice, iría directo al matadero.
— Bien, Atenea. Dame una sola razón, para no hacer que te vuelen la cabeza — La herida comenzaba a sangrarle por la ansiedad, y se llevó la mano de la Daga para limpiarse. El dolor en la cabeza le punzaba como una lanza. Ya venía siendo hora de que recuperase el aliento. Y, sin embargo, respirar costaba cada vez de más. —. Porque de alguna forma debiste haberla robado.
— Debe haber cinco — dijo, manteniendo la expresión de enfado. —. Quizás no los conocí del todo, pero me jugaría la vida al decir que mis padres no eran ningunos ladrones. — él volvió a interponer el acero entre ambos. —. No te atrevas a llamarme mentirosa, cuando eres tú el que me extorsionar con artima?as. Cierto o no, si jugaras esa carta tuya, moriría. Aunque fuese por tu mano o no, Connor, estarías cobrándote tu primera víctima.
De vuelta al campamento, se recostó a una piedra con la espada descansando en su regazo. Había obligado a Atenea a sentarse al otro lado de las cenizas humeantes de la hoguera, donde la luz alcanzaba para distinguir débilmente su silueta de las sombras que los cobijaban. Estuvo comprimiendo la Daga Sagrada con la mente hecha un caos durante el primer cuarto de hora, hasta que entró en razón y la escondió lo mejor que pudo bajo su ropa. A partir de allí, aquella mano le tembló sin razón, como si tratase de aferrarse a una empu?adura fantasma. En todo momento, no quitó ojo alguno de Atenea. Ni ella de él.
Hacía horas habían compartido la cena e historias junto al fuego, incluso un par de sonrisas. El espacio que los separaba entonces era más grande que aquel pu?ado de metros en el que no compartían otra cosa que una mutua y rebosante desconfianza. El arma lo había cambiado todo. Sentía unas ansias enormes de leer su mente.
? No me quedaré de brazos cruzados — se descubrió pensado. —. Mientras estoy aquí perdiendo el tiempo, ellos tres… ?Qué diablos estarán haciendo? ?
— Aquí entre nos — lo interrumpió Atenea. —. Tú eres el que mantiene la distancia. Pero deberás dormir uno de estos días.
Su voz no interesaba, sino lo que hiciera a continuación, de manera que hizo oídos sordos. Un pelda?o por debajo de la anarquía, cayó en prontas ideas de rebelión. ? Alice actúa con desenga?o. Le importamos una mierda todos nosotros. Por lo que sé, nos echaría a los lobos antes de meter la mano en el fuego por la ciudad. ? Furioso, cogió una roca, y la estrelló contra el suelo.
— Tendría que ir en busca de la hueste — susurró para sí —, pero no lo hará.
Guardó el resto de su nerviosa impotencia para sus pensamientos. Como de costumbre, no había hueco para el sue?o entre sus pesares. Y al poco rato, una tenue luz se coló entre los árboles, ba?ando de colores cálidos a un mundo otrora ennegrecido. Se enga?ó por un segundo suponiendo que se trataba del amanecer, pero el día se encontraba tan lejos como él de la verdad. Lo supo al percibir las placas relucientes y los pasos metálicos de un andar pesado.
— Connor, ?estáis despierto? — Ser Covan se asomó por encima de un helecho con un peque?o candil colgando de una mano; y las riendas de una yegua en la otra.
— Lo estoy, ser. — Se levantó rápidamente, secándose la sangre nívea del cabello con una manga. Ya tendría tiempo para desinfectarla y ponerse encima cataplasmas.
— ?Ocurre algo? — inquirió Atenea.
— Nada de eso, mi lady. No os preocupéis — Ser Covan era el único que mantenía un porte cortés al hablar con ellos. Volteó a ver a Connor. —. Hemos estado organizando guardias. Cuestión de rutina. En esta, os toca conmigo. Venid.
No le apetecía la compa?ía de nadie, pero al menos se mantendría lejos de Atenea por todo lo que durara. Así que Connor lo siguió, llevándose con él la Daga.
— Aguarda — Los dientes tras aquella sonrisa amable le brillaban tanto como los ojos grises. Falsedad pura, como una actriz interpretando su papel. —. Si ya terminaste de amolar las espadas, te agradecería que me dejases la mía. No quisiera verme en apuros y desarmada.
Aunque de muy mala gana, se la tendió. ?Qué podía hacer o decir que no fuese sospechoso? Había aprovechado la menor oportunidad. Qué poco había durado su ventaja. Tomó nota mental de su astucia, y se retiró manteniéndole una vez más una mirada fulminante, mientras ella quedaba sola y la oscuridad regresaba a sus dominios.
? Para cuando intentes algo, ya me habré deshecho de esto y nadie te creerá ni una palabra. ?
— Serán un par de horas — informó el caballero. —. Luego, ser Lancelot y ser Bowen vendrán a relevarnos. Entonces tendremos tiempo para ir a dormir, pero ?quién podría hacerlo? — Y a esto le siguió una incesante palabrería…
— ?Cuántos somos los que montamos guardia, ser?
— Cuatro. Los otros se encuentran pasando la colina — Se detuvo en medio del paisaje agreste a apagar el candil de un largo soplido. —. Esta armadura no está hecha para el bosque, ?no creéis? Hasta un anciano podría verme a cien metros. — Pero a leguas se veía que era de las personas que hablaban por hablar. —. Veréis, esto es simple. Tened presto vuestro arco y los ojos bien atentos entre los árboles. Rodearemos la base de esta colina una y otra vez, siguiendo los pasos de los demás. Ellos seguirán los nuestros. ?Entendido?
— Entendido. — Lo había escuchado todo, pero su mente se hallaba en otra parte, muy alejada del razonamiento. — ? Ninguna persona debería poseer lo que yo. Es demasiado. No puedo seguir con ella. No me queda de otra que ocultarla donde Atenea, ni Alice, ni la Horda de las Bestias puedan encontrarla. ?
— Le gustan las caminatas nocturnas — afirmó ser Covan, acariciando el morro de la yegua alazana. —. Sois un jinete de exploración y además más suelto al no llevar armadura, Connor. Si se diera el caso, si viéramos algo a lo que no podemos enfrentarnos, montaras hasta el campamento de la Reina sin mirar atrás.
Reprodujo su anterior respuesta de manera idéntica.
? Lo prometiste — retumbó la voz de Grace en su cabeza —. Prometiste que me protegerías. ?
Más tarde, completaban ya una media vuelta a la colina, cuando el caballero de la calva que brillaba a luz de la luna, interesado, renovó sus intentos por entablar una conversación decente. La otra pareja debía estar lejos.
— No sois muy locuaz, ?no es así? Os veo nervioso, pero guardáis mucho silencio — Rio entre dientes. —. En circunstancias tan inciertas, en lo que a mí respecta, no dejo de parlotear. Os lo confieso, tengo más de una razón por la que estar intranquilo.
Connor echó raíces allí donde se había frenado, y siseó para pedir que se callase cuanto antes, dispuesto a hacer lo impensable: dejarse llevar por un arrebato de temeridad.
— ?Escucháis eso? — susurró.
Ser Covan prestó todos sus sentidos a aquel rumor detrás del árbol a cinco metros de distancia. No respondió. En cambio, desenvainó la espada platinada tan lentamente que no produjo el más mínimo sonido. Connor hizo lo propio. El caballero se adelantó hacia un pu?ado de sauces que crecían muy juntos después de cederle el mando de su montura. Le indicó con un gesto de mano que resguardara su espalda, con lo que Connor se quedó atrás.
El resoplar exasperado del esfuerzo y el ruidito que sus garras producían al excavar la tierra eran sonidos que el Dádiva alcanzaba a escuchar de fondo, mientras repasaba en su mente, el juramento pronunciado de rodillas ante la Reina de Dranova. ? No pienso seguir aquí de brazos cruzados y manos atadas. ?, se dijo al soltar las riendas de la yegua.
Ser Covan Thompson, dejó escapar aires de alivio al ver al huidizo animal retroceder, sin llegar a imaginarse que había picado el anzuelo. Precavido, echó un par de miradas a su alrededor antes de volverse.
— No es nada. Solo era un zorro buscando comida.
A conciencia y sin vacilación, Connor le exprimió el reishimagno, justo debajo de las fosas nasales. Las esporas le flanquearon los dedos, y le abarrotaron el rostro de inenarrable asombro al caballero. Al cabo de unos segundos, cayó presa de un profundo letargo. ? Los juramentos en nombre de un ser imaginario valen menos que nada. ? El peso de Ser Covan se había desplomado sobre sus hombros, junto a toda la carga que conllevaba su acto de alevosía. Había dado un único paso, pero ya no había vuelta atrás. Lo depositó en el suelo con cuidado, ateniéndose a las consecuencias.
— Lleva mi olor contigo — le dijo al zorro cuando este se hubo acercado, silencioso como una sombra. —, así Wyke y los demás caballos no se asustarán — El animal se restregó contra sus piernas y el brazo que le había tendido. —. Entrégale mi mensaje, rompe las cuerdas que lo atan, y tráelo.
En el instante en que el zorro salió despedido hacia la colina, Connor empezó a barajar una idea que hasta entonces no había concebido. En lugar de desaparecer el sacrosanto que llevaba, podría hacer algo distinto. Con más sentimientos y valor que sesos, había empezado a ejecutar un plan que ni a medias se encontraba. No le quedaba de otra que improvisar sobre la marcha. Enlazó a una rama baja las riendas del equino. Y sin muchas esperanzas de que funcionase, cruzó los dedos, deambulando con la sangre helada hasta que el zorro regresó con un único caballo pisándole los talones.
— Haz silencio. — le gru?ó a Wyke, cuando relinchó de júbilo al ponerse a su lado. Y sin más, montó con eminencia y prontitud. Los restos del escuálido hongo lo conservó en la guarnición. Si aún subsistía algo de magia del letargo en él, lo necesitaría para conciliar el sue?o.
Tan pronto como se encontró fuera del alcance de los oídos del campamento, renegó la cautela y avivó el paso con una chacaneada. En pocos momentos de apuro, una senda franqueada por arbustos de brezo se?aló el curso de un viaje alejado de cualquier precepto y sensatez. Aunque se perdía en el horizonte bajo la lívida luz de la madrugada, el camino que había elegido yació en breves radiante en clarividencia al decidir lo que haría a en los próximos días.
Pasaron un par de minutos antes de que recibiese la presencia de aquel otro animal. La yegua alazana galopaba, siguiendo las pisadas de su caballo y dando soplidos de arresto. No advirtió la audacia de Atenea hasta que miró, consternado, sobre un hombro. Sus ojos no lo enga?aban. Inclusive desde treinta metros de distancia, podía verse la determinación emanar de su mirada plateada. Montando torpemente a horcajadas, se mecía en la silla empu?ando la espada que había logrado recobrar. Palabras que expresasen su propósito, por lo visto, estaban de más.
Aun cuando Wyke ganase la carrera, la persecución podría llevar horas, si Connor no intervenía. De tal modo que no titubeó. Haciéndose violentamente con la voluntad de un animal tan decidido solo serviría para infringir da?o a ambas partes. En otras palabras, Wyke se frenó de súbito, y lo hizo girarse mientras cogía uno de sus cuchillos y se lo arrojaba a la chica.
Con escasa potencia. Tan débilmente que a la rubia nívea le dio tiempo a desviarlo en el aire de un espadazo.
El segundo y verdadero tiro vino después, cuando Connor hubo descabalgado de un salto y puesto la mano sobre la guarnición de su corcel. En aras de sus escrúpulos de nunca repartir muerte, le lanzó el hongo del sue?o, o lo que quedaba de él, con idéntica dejadez. No fue sino hasta que Atenea lo hubo seccionado a la mitad y la nube de esporas le inundó el rostro, que la amenaza se había hecho inminente. Ella cabeceó, y fue desvaneciéndose hasta desplomarse de la silla. Sus reflejos y las sombras de la noche habían ejercido su labor.
Sagaz, aunque no demasiado rápido, Connor estuvo allí, aguardando a su caída, solo para lograr atraparla a medias. El encuentro que la parte trasera de su cabeza concertó con el suelo quizás solo terminó de enviarla a dormir de golpe.
De los árboles llovían lágrimas de oto?o sobre el sendero aislado y azotado por el viento.
— Guardapromesas. Rompejuramentos — confesó, mientras se erguía con ella en brazos —. Pero tú… no haces más que estar en el lugar y momento menos indicado.

