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Capitulo 20: Señales

  La mansión estaba en silencio cuando Mora regresó a sus aposentos. La noche había avanzado sin prisa, y Akron descansaba tras la ceremonia y el bullicio del día.

  Un golpeteo en la residencia en donde la diosa Mora responde con seguridad abriendo sus puertas. Una figura femenina se inclinó con elegancia.

  Sus rasgos eran delicados, casi etéreos. La piel clara, los ojos de un verde profundo. De su espalda nacían alas amplias, cubiertas de plumas iridiscentes que recordaban más a un ave majestuosa que a cualquier criatura humana. No eran alas puras: estaban fusionadas con su cuerpo de una forma natural, como si siempre hubieran sido parte de ella.

  Una semi-humana.

  —Diosa Mora —dijo con voz serena—. Mi nombre es Virdis. Hablo en nombre de Calipso.

  Mora la observó con sorpresa.

  —Actuaron rápido.

  Virdis dio un paso al frente y extendió una carta sellada.

  Mora tomó el sobre y lo abrió con calma.

  Diosa Mora,

  Espero que este mensaje te encuentre en buen estado.

  He convocado una reunión formal de dioses dentro de quince días. El motivo no es urgente, pero sí delicado. Se han acumulado irregularidades menores en distintos territorios de Terra que, tomadas de forma aislada, no significan mucho… pero en conjunto merecen ser discutidas.

  Tu presencia es requerida. El encuentro se llevará a cabo en el recinto habitual.

  Agradezco de antemano tu puntualidad.

  —Calipso

  Mora cerró la carta lentamente.

  —Esta es la convocatoria oficial —explicó—. La reunión se celebrará dentro de ese lapso. El plazo no es arbitrario. Calipso desea asegurar la presencia de la mayor cantidad de dioses posible. Algunos se encuentran lejos de Terra, otros inmersos en tareas que no pueden abandonar de inmediato.

  —Quince días bastan para que nadie tenga excusas —murmuró.

  Virdis asintió.

  —Exactamente.

  Luego, con una leve pausa, agregó:

  —También se ha aceptado la presencia de Yui Cronos.

  Mora levantó la vista.

  — ?Como observadora?

  —Como invitada especial —aclaró Virdis—. Podrá presenciar la reunión, no intervendrá en decisiones pero podrá deliberar. Calipso considera que su experiencia reciente… es relevante.

  El silencio se estiró apenas un instante.

  —Transmítele que asistiré —dijo—. Y que llevaré a Yui conmigo.

  —Así será —respondió Virdis, inclinándose

  Antes de retirarse, a?adió una última cosa:

  —Esta reunión no busca alarmar, diosa Mora. Solo… ordenar el tablero antes de que alguien más lo haga.

  La figura dio un paso atrás.

  Las alas se plegaron.

  Y en un susurro de viento, Virdis desapareció.

  Mora quedó sola en la habitación, con la carta en la mano.

  —Quince días… será mejor hacer que vuelva—repitió pensativa.

  Por otro lado.

  Lejos de Akron, más allá de los caminos habituales y de los mapas que los aventureros consideraban importantes, existía una aldea próspera. Demasiado próspera.

  Las casas eran amplias, bien cuidadas. Los campos siempre verdes. Las calles limpias, ordenadas, silenciosas cuando debían serlo.

  En el centro se alzaba una residencia distinta al resto. No era un castillo, pero sí un hogar construido con materiales costosos, decorado con telas finas, metales pulidos y detalles que hablaban de abundancia constante.

  Allí vivía quien gobernaba.

  No llevaba corona. No necesitaba símbolos.

  La gente lo respetaba con sonrisas sinceras. Los saludos eran profundos, casi reverenciales. Nadie discutía sus decisiones. Nadie dudaba.

  Una orden suya bastaba.

  Una sugerencia, incluso.

  Su voz era agradable, suave, envolvente. Cuando hablaba, las personas sentían que obedecer era lo correcto. Lo natural. Lo deseable.

  Aquellos con menos voluntad nunca se cuestionaban nada.

  El hombre caminaba por su hogar con tranquilidad. Ropas finas. Comida abundante. Música suave interpretada solo para él. Sirvientes atentos, siempre dispuestos.

  Había conseguido exactamente lo que quería.

  Una buena vida.

  Sin guerras.

  Sin sacrificios personales.

  Sin mirar demasiado lejos.

  Desde una terraza elevada, observó la aldea al atardecer. Todo funcionaba. Todo marchaba como debía.

  —Así está bien —dijo en voz baja.

  Y nadie, en kilómetros a la redonda, habría pensado jamás en desobedecerlo.

  Cuando el viento sopló, la tela de su vestimenta se deslizó un poco más, dejando al descubierto su espalda.

  Allí, grabado como una cicatriz viva, se alzaba el símbolo.

  Un ala oscura, extendida.

  Marcas lineales rodeándola, formando un patrón antiguo, imposible de confundir.

  El mismo.

  El símbolo no brillaba.

  No emitía aura visible.

  Pero el aire a su alrededor se curvaba levemente, como si la realidad misma reconociera su presencia.

  Un ni?o pasó corriendo por el balcón y tropezó. Antes de caer, una mano firme lo sostuvo.

  —Con cuidado —dijo el hombre, con voz suave.

  El ni?o levantó la vista, con admiración absoluta.

  —Perdón… se?or.

  —No pasa nada. Ve a jugar.

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  El ni?o se alejó sonriente, convencido de haber recibido una bendición.

  El hombre volvió la mirada al horizonte.

  No pensaba en ecosistemas.

  No pensaba en razas.

  No pensaba en problemas.

  Pensaba en comodidad.

  En control.

  En una vida sin carencias.

  —Este lugar está creciendo —murmuró—. Y lo hará aún más.

  Nadie respondió.

  No hacía falta.

  En algún punto lejano de Terra, una elfa recordaba ese mismo símbolo con terror y dolor.

  Aquí, en cambio, ese símbolo era sinónimo de orden.

  De obediencia.

  Y de una paz que no había sido elegida…

  sino cantada.

  Dos hombres fueron conducidos al salón central.

  Avanzaron con pasos firmes, aunque la tensión se notaba en sus hombros. El lugar era demasiado silencioso, demasiado perfecto. Cada detalle parecía observarlos.

  El hombre los esperaba de pie, de espaldas al balcón. No se giró de inmediato.

  —Llegan incompletos —dijo con calma—. ?Dónde está Caleb?

  El que parecía ser el líder dio un paso al frente y bajó la cabeza apenas.

  —Caleb… no regresó con nosotros. Encontró algo en esa aldea que creyó que le sería de utilidad para usted.

  Hubo una breve pausa.

  No se sintió ira.

  No se sintió decepción.

  Solo interés.

  — ?Algo… de utilidad? —repitió el hombre, girándose lentamente—. Qué curioso.

  Su mirada pasó de uno a otro, evaluándolos con tranquilidad.

  —Entonces el dato era correcto —respondió el hombre, satisfecho—. Me alegra saber que aún hay lugares así.

  Hizo un gesto suave con la mano. Sirvientes aparecieron de inmediato

  —Al finalizar la charla denle a Rius y Dámine una cálida bienvenida por su trabajo

  Ambos agradecidos se arrodillan cordialmente ante él.

  — ?Y los habitantes? —preguntó, sin énfasis.

  —Eliminados—contestó el Dámine—. No opusieron resistencia real.

  El hombre asintió, como si confirmara algo evidente.

  —Así funciona el mundo —dijo mientras caminaba lentamente alrededor de ellos—. Nada es más simple que eso. El fuerte toma. El débil pierde. No es crueldad… es orden.

  Los hombres no respondieron.

  —Miren a su alrededor —continuó—. Este lugar existe porque entendí una verdad básica: si quieres vivir bien, no pidas permiso. Toma. Haz. Decide.

  Se detuvo frente a Rius.

  —La fuerza no es solo poder físico —a?adió—. Es voluntad. Es convicción. Es no dudar cuando otros tiemblan.

  El líder Rius con seriedad

  —Caleb se está tardando —se animó a preguntar—. ?Debemos… ir por él?

  Una leve sonrisa apareció en el rostro del hombre.

  —No. Si encontró algo interesante, regresará. Y si no… significa que no era tan fuerte como creía.

  Se dio media vuelta y miró hacia el balcón.

  —Descansen —ordenó—. Pronto habrá más trabajo. Y oportunidades como esta… no se desperdician.

  Los hombres se retiraron en silencio.

  A solas, el hombre apoyó una mano en la baranda.

  —Tener todo lo que uno quiere… —murmuró— solo exige una cosa.

  Su espalda quedó expuesta un instante más.

  —Ser más fuerte que los demás.

  Al mismo tiempo en la ciudad de Torne

  El cielo estaba despejado, atravesado por nubes finas que se deshacían al paso del viento. Entre ese azul limpio, una figura ardiente cruzó el firmamento como una pincelada viva.

  Un fénix.

  Sus alas, encendidas en tonos dorados y carmesí, reflejaban la luz del sol sin consumirla. No dejaba rastro de humo ni ceniza; solo calor y una presencia imposible de ignorar. Volaba con propósito, sin desviarse, como si el mundo entero fuera un mapa ya memorizado.

  Abajo, una ciudad de tama?o medio comenzaba a despertar. No era tan grande ni tan bulliciosa como Urano, pero tampoco peque?a. Sus calles aún estaban tranquilas, con comerciantes levantando persianas y algunos aventureros regresando de turnos nocturnos. Un lugar similar a Akron…

  El fénix descendió.

  Se posó con suavidad sobre el ventanal de una posada alta, cuyas cortinas aún estaban corridas. El vidrio vibró apenas con el contacto de sus garras incandescentes.

  Dentro, una joven se desperezaba.

  Tenía el cabello largo, de un violeta profundo que caía desordenado sobre sus hombros. Vestía ropa ligera de dormir y aún tenía los ojos medio cerrados, caminando a tientas mientras buscaba algo de beber.

  Un leve golpe contra el vidrio la detuvo.

  — ?…hm?

  Giró la cabeza, frunciendo el ce?o. Cuando descorrió un poco la cortina, el reflejo dorado la obligó a entrecerrar los ojos.

  — ?Furi?

  El ave inclinó la cabeza con solemnidad. Atada a una de sus patas había una peque?a tarjeta sellada, junto a una diminuta botella de cristal.

  La joven abrió la ventana con cuidado. El calor la envolvió de inmediato, pero no quemaba. El fénix soltó la carga y, sin esperar reacción alguna, desplegó las alas.

  En un parpadeo, volvió al cielo.

  La joven se quedó inmóvil unos segundos, sosteniendo los objetos. Luego bajó la mirada hacia la tarjeta.

  — ?Por qué se fue así? Nos conocemos desde el día 1… y yo que quería darle de comer por el viaje

  Rompió el lacre y leyó en silencio.

  “Regresa a Akron en aproximadamente diez días.

  Se ha convocado una reunión de dioses.

  Tu presencia es requerida.”

  Al final, el sello de la diosa se marcaba con claridad.

  Los ojos violetas de la joven se abrieron por completo.

  — ?Una reunión… de dioses?

  La sorpresa dio paso a una sonrisa lenta, cargada de expectativa.

  —Genial… justo ahora —murmuró, aunque su tono no era de molestia real.

  Se llevó una mano al cabello, desordenándolo aún más.

  —Bueno, supongo que tendré que apurarme con el trabajo en esta ciudad —se dijo a sí misma

  Cerró la ventana y comenzó a moverse con más energía por la habitación. Lo que fuera que estaba haciendo allí… tendría que terminarlo pronto.

  Akron la esperaba otra vez.

  Al mismo tiempo en la ciudad de Urano.

  La cima de la torre del laberinto se extendía como un altar

  El viento soplaba constante, limpio, cargado de una calma que no pertenecía al mundo de abajo. Desde allí, Urano parecía peque?o. Sus luces, sus calles, sus habitantes… todo reducido a un mapa vivo que respiraba sin saber que estaba siendo observado.

  Una figura solitaria permanecía al borde de la plataforma.

  Su cuerpo estaba cubierto por una túnica oscura, pesada, dise?ada para no ondear demasiado con el viento. La capucha ocultaba casi por completo su rostro; solo la mitad inferior quedaba visible: una mandíbula firme, labios delgados, inmóviles. No había emoción en su postura. Solo quietud.

  Observaba con calma el nuevo día que iluminaba la ciudad.

  Dos entidades emergieron desde el centro de la plataforma, como si el espacio mismo les hubiera concedido paso. Vestían túnicas similares, aunque sus capuchas estaban más cerradas. Se detuvieron a varios pasos de distancia, saludando con cortesía.

  —Hemos revisado Akron —dijo la primera de ellas, con una voz apagada, medida—. No hay registros. Ni relatos consistentes. Nada que apunte a lo que buscamos.

  —En Torne ocurre lo mismo —a?adió la segunda—. Es como si buscáramos algo que nadie reconoce que exista aún.

  La figura central no se movió de inmediato. Su mirada seguía fija en el horizonte.

  —Era de esperarse —dijo finalmente—. Terra ha olvidado sus raíces.

  Su voz era baja, fría, sin rastro de duda.

  —Esta época se construyó sobre capas de silencio —continuó—. Lo antiguo fue cubierto por comodidad. Lo peligroso, enterrado por paz. Por eso esta misión no será sencilla.

  Las dos entidades asintieron en silencio.

  —Mientras tanto —prosiguió—, la prioridad siguen siendo las razas de mayor longevidad. Aquellos que vivieron lo suficiente como para escuchar historias antes de que fueran deformadas. Elfos, druidas antiguos, enanos o gigantes, hadas mayores… incluso algunos humanos excepcionales.

  —Entendido —respondieron al unísono.

  El viento sopló con un poco más de fuerza, haciendo vibrar la piedra bajo sus pies.

  Entonces, una tercera presencia se manifestó.

  No apareció de golpe. Su llegada fue gradual, como si el aire se hubiera densificado hasta darle forma. Su túnica era distinta: más clara en ciertos puntos, y bajo la capucha se distinguían claramente unas orejas élficas, alargadas, sin intención de ocultarse.

  Se inclinó con respeto.

  —He obtenido una pista —dijo.

  La figura central giró apenas la cabeza, lo suficiente para reconocerlo.

  —Habla.

  —Hace poco fue atacada una aldea élfica que no figuraba en ningún mapa oficial —explicó—. No era conocida por nadie, es como si no existiera pero allí estaba.

  Las otras dos entidades intercambiaron miradas breves.

  —El ataque no fue al azar —continuó el elfo—. Hubo saqueo sistemático. Recursos, minerales, objetos rituales. Todo apunta a la construcción de algo más grande. Esto está ocurriendo en varias aldeas peque?as.

  —Escuche rumores de que quieren construir una nueva ciudad central y están contratando a varios bandidos para obtener recursos —dijo una de las entidades.

  —Eso parece, comerciantes están contratando aventureros clase A o superior para evitar este tipo de altercados —respondió—. El responsable no se oculta tanto como cree. Usa colaboradores. Mueve piezas. No actúa con prisa… pero tampoco con cautela suficiente.

  La figura central permaneció en silencio unos segundos.

  — ?Encontraron algo interesante en esa aldea? —preguntó al fin, casi como si ya conociera la respuesta.

  El elfo dudó apenas.

  —No información directa —admitió—. Pero sí palabras. Relatos fragmentados de otros elfos. Historias que coinciden con lo que me contaron desde peque?o.

  El viento pareció detenerse por un instante.

  —Entonces ve —ordenó la figura central—. Investiga. Lleva contigo a quien necesites. No hay límite de tiempo.

  El elfo inclinó la cabeza con mayor profundidad.

  —No se preocupe, si las historias son reales, debo ir solo a descubrirlo

  La entidad que observaba Urano se giró por completo, enfrentando por primera vez a los tres.

  —Seguiremos siendo una sombra —continuó—. Indetectables. Inexistentes. Nadie debe saber que estamos aquí.

  — ?Y si esa nueva ciudad… interfiere? —preguntó una de las entidades.

  —Mientras no se cruce con nuestros asuntos, no es nuestro problema —sentenció—. Terra siempre ha creado monstruos por sí sola. No necesitamos a?adirnos a la lista.

  Hubo un breve silencio.

  —Pero si se involucra… —a?adió, dejando la frase inconclusa.

  No hacía falta terminarla.

  Las tres entidades asintieron.

  El elfo dio un paso atrás, preparándose para partir.

  —Mantennos informados —dijo la figura central—. Cada detalle. Incluso aquello que parezca irrelevante.

  —Así lo haré.

  La tercera entidad se desvaneció

  Las otras dos permanecieron unos segundos más.

  —Continuaremos la búsqueda —dijeron—. Sin dejar huellas.

  —Bien, den aviso a los demás sobre la nueva orden de búsqueda—respondió la figura central.

  Ambos asintieron con la cabeza y uno a uno, se retiraron.

  La cima volvió a quedar en silencio.

  La figura regresó al borde de la torre, observando Urano una vez más. Abajo, la ciudad seguía viva, ajena. Aventureros reían. Dioses planeaban. El mundo avanzaba.

  —Está ciudad también cambió… —murmuró—. Haré que recuerden

  El viento volvió a soplar, placido.

  Y desde la cima de la torre, una sombra siguió observando, esperando el momento para que hiciera acto de presencia.

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