9 de octubre de 1986
A la ma?ana siguiente, un sedán de marca Muzkan-V me esperaba afuera del edificio donde residía. Me llevó a una sede a las afueras de la ciudad; Allí se encontraba Viktor, impecable, aunque debajo de su camisa se marcaba la silueta de una Tokarev. Aquello me pareció extra?o; Por un momento pensé en escapar. A pesar de que mi instinto aún me gritaba que diera media vuelta, subí al helicóptero Mi-8.
?Sobrevolamos densos bosques de pinos que alcanzaban los diez metros de altura, hasta que finalmente divisamos el laboratorio. Estaba camuflado con pintura blanca para perderse en la inmensidad de la nieve y evitar ser detectado por aeronaves que ocasionalmente sobrevolaban la zona. Al bajar, el choque térmico fue brutal: en el helicóptero la temperatura rondaba un grado; allá afuera, estábamos a -15 grados. El Monte Karzovik es un infierno helado; cualquiera que se pierda en ese lugar está condenado a morir.
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?Me vi las instalaciones una por una, pero hubo algo que me dejó sin palabras: el arsenal que tenían almacenado. Eran estantes repletos de AK-74 y AKM relucientes, armas que parecían no haber sido disparadas jamás. Había cajas llenas de granadas de fragmentación y algo que me inquietó aún más: gases somníferos químicos y trampas para osos. Como equipo diario, me asignaron una Nagant M1895 de siete disparos.
?El laboratorio ostentaba lujos que no encajaban con la hostilidad del entorno, como una piscina climatizada que contrastaba violentamente con el frío exterior. Todo allí estaba dise?ado con un solo propósito: mantenernos encerrados por un largo tiempo.

