El silencio en los aposentos reales solo era interrumpido por el roce de las vendas. Lizarel aún permanecía desmayada mientras el médico, con movimientos expertos, terminaba de vendar su brazo herido.
—Dígame, ?ella va a estar bien? —preguntó Hadram, cuya voz sonaba cargada de una angustia que nunca antes había mostrado.
—Claro que sí, pero me percaté de algo —respondió el médico, frunciendo el ce?o mientras limpiaba sus instrumentos.
—Me podría decir, ?qué notó en ella?
—Bueno, me di cuenta de que Lizarel se desmayó por la flecha, pero también noté que en el brazo tiene una herida entre las venas. No sé si usted supo algo o qué pasó... ?me podría decir?
Hadram guardó silencio un instante, procesando la información. —No... ah... —murmuró, confundido.
—Príncipe, está herido, déjeme ayudarle —insistió el médico al ver la mancha de sangre en la pierna de Hadram.
—No, no... estaré bien —respondió él con terquedad, aunque el dolor lo hacía palidecer.
—Debe ser atendido; con la flecha así puede tener una hemorragia. Déjeme ayudarle.
—Está bien —cedió finalmente el príncipe.
Lizarel seguía inconsciente, sumergida en una negrura protectora, mientras que Hadram era curado por el médico. En ese momento, la puerta se abrió y el Rey Zekeriel entró con el rostro desencajado.
—Hijo, ?estás bien?
—Estaré bien... ?ay! uffff... —se quejó Hadram mientras el médico extraía la punta de la flecha de su carne.
—Lizarel, querida... —el Rey se acercó al lecho de su nuera—. Médico, dígame, ?mi nuera va a estar bien?
—Hice todo lo posible, solo los dioses dirán... —sentenció el hombre de medicina con cautela.
—Lizarel, cómo pudieron herirte, no lo puedo creer... —susurró el Rey, acariciando la mano de la princesa.
—Papá, ?sabes de este ataque? —preguntó Hadram con odio en los ojos.
—No, no... fue de sorpresa. Mandé a Tibar que buscara quiénes fueron.
—?ESOS MALDITOS! Quien lo hizo... lo mataré, en serio.
—Quien hizo esto será ejecutado o sacrificado —afirmó Zekeriel con la severidad de un juez.
—Espero que sí, porque... yo los voy a matar con mis propias manos.
—Listo, príncipe. Solo tome esta pócima, igual que su esposa —dijo el médico, entregándole un frasco con un líquido espeso.
—Claro.
Mientras el dolor reinaba en los aposentos de Hadram, en el Harén el ambiente era muy distinto. La Tercera Esposa caminaba de un lado a otro, inquieta.
—Oye, me da tristeza que muchas personas murieron —dijo con voz temblorosa.
—?Y eso qué? Eso no nos importa, son plebeyos —respondió la Segunda Esposa, mientras se miraba en un espejo de bronce, impasible.
—Pero también son el pueblo de nuestro marido...
—Aun así, son personas que no valen. Menos Lizarel.
—?Crees que ella habrá muerto? —preguntó la Tercera con un hilo de voz.
—Eso espero. Ja, sería un desperdicio de todo lo contrario.
—Oye, no debiste hacer eso... ?y si el Rey se entera?
La Segunda Esposa se levantó de golpe y la sujetó del brazo con fuerza. —?NO TE ATREVAS A DELATARME! Porque si no, yo misma le digo que fuiste mi cómplice en este asesinato, ?entendido?
—Claro que no le diré a nadie —respondió la Tercera, visiblemente nerviosa.
—Más te vale.
—Pero cuéntame... ?cómo fue el plan? —preguntó la Tercera, movida por una curiosidad morbosa.
—Ja, te lo diré...
El vestigio de lo que pasó antes de la tragedia... En un rincón oscuro de las caballerizas, la Segunda Esposa se reunía con un emisario encapuchado. —?Estás segura? —preguntó el hombre. —Quiero hacerlo. —?Segura de traicionar a este reino? —Sí, lo haré. Pero necesito que se deshagan de Lizarel. Yo dejaré que lo hagan sin sospechar. —Será un placer.
Otro vestigio de la traición... La Segunda Esposa iba en su silla, pero miraba disimuladamente a los tiradores enemigos ocultos. Al llegar a la terraza, cuando vio que Lizarel alzaba su copa, dio la se?al con un leve movimiento de su abanico... y la flecha voló hacia su objetivo. Fin del vestigio...
—Entonces, así fue —murmuró la Tercera Esposa, asombrada por la frialdad de su compa?era.
—Así es. Lo hice porque la odio, ella me desafió.
—Pero por eso personas inocentes murieron...
—Eso no importa. Si lo logré, entonces yo gobernaré Jericó.
—?Eso es lo que quieres?
—Es lo que más quiero... —sentenció la Segunda con una sonrisa triunfal.
Kesi, una nueva sierva que limpiaba cerca de allí escuchó cada palabra oculta tras una cortina. A pesar de ser nueva, comprendió de inmediato que había una traidora en el corazón de Jericó.
—Esta es mi oportunidad —susurró Kesi para sí misma.
—?SIERVAS! ?KESI! —el grito de Amreh la hizo saltar.
—?Ay, qué susto! —exclamó la ni?a.
—?A dónde estabas?
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—Estaba limpiando.
—No veo que estés limpiando. No me hagas ojos en blanco, te ves fea —le rega?ó el eunuco.
—?En serio? Tú también —replicó Kesi con desparpajo.
—Atrevida mocosa... ?ay! qué haré contigo, ?eh?
—Haz lo que quieras.
—Ah... mira, no tenemos tiempo. Siervas, vamos, ayuden a que las esposas del Rey estén en calma. Tú, Kesi, ayudarás a Lizarel si necesita algo cuando despierte.
—?En serio? —los ojos de Kesi brillaron.
—Sí, ni?a. Ash... si no quieres, se lo doy a otra sierva.
—?Claro que no! Voy ahora mismo.
—Bien, vamos...
En los aposentos de Hadram, el príncipe se había quedado dormido por efecto de la pócima. Lizarel comenzó a moverse lentamente, abriendo los ojos con pesadez.
—?Qué... me pasó? ?Aush! Qué dolor... mi brazo... ah... —se quejó al intentar moverse.
—Princesa, despertó —Amreh se acercó de inmediato.
—Amreh...
—Princesa, no se levante.
—Me mareo... —murmuró Lizarel, cerrando los ojos un instante.
—No, princesa. ?Kesi, ven aquí!
—Sí —respondió la peque?a sierva, acercándose con rapidez.
—Sírvele agua.
—Claro.
—Cálmese, princesa —pidió Amreh mientras la ayudaba a incorporarse un poco.
—Aquí está el agua, princesa —dijo Kesi, entregando la copa con manos firmes.
—Gracias... —Lizarel bebió con avidez.
—Eso... ahora recuéstese.
—?Qué pasó? Dígame —exigió la princesa, recobrando poco a poco la lucidez.
—Usted fue herida por personas ajenas y la flecha cayó en su brazo. Se desmayó, princesa, y luego despertó en los brazos de su esposo... y volvió a desmayarse.
—?Qué pasó después?
—Hubo una lluvia de flechazos y muchos murieron —informó Kesi con seriedad.
—?En serio? —Lizarel palideció.
—Sí, princesa, eso es lo que pasó.
—?Y Hadram? ?él...? —preguntó Lizarel buscando a su esposo con la mirada.
—Está dormido. Resulta que llegó el médico y, después de curarla, fue hacia su esposo y le dio una pócima que lo dejó dormido.
—Por los dioses... —susurró Lizarel, viendo a Hadram descansar a su lado.
—Princesa, es mejor que se recueste para que ahorre sus fuerzas —sugirió Kesi con una madurez impropia de su edad.
—Sí... ?Quién es ella? —preguntó Lizarel observando a la ni?a.
—Una sierva, una novata —respondió Amreh.
—Parece que ella es buena... —notó la princesa.
—No lo creo... si la incomoda, traigo a otra.
—No. Ella será mi sierva personal. ?Cómo te llamas?
—Me llamo Kesi, a sus órdenes, princesa.
—Kesi... he escuchado un nombre así, en serio. ?De dónde eres? —preguntó Lizarel con curiosidad.
—Soy egipcia.
—Se ve. Tienes mirada de egipcia, lo sé por los ojos. Eres bella... ?cuántos a?os tienes? Te ves de dieciocho.
—Bueno... tengo doce a?os.
—?En serio? Te ves de dieciocho.
—Es lo que dicen, pero tengo doce.
—Entiendo...
—No debemos incomodar a la princesa, descanse, ?sí? —intervino Amreh.
—Sí, necesito dormir —aceptó Lizarel, cerrando los ojos mientras Amreh la tapaba con cuidado.
Una vez fuera de los aposentos, Amreh sujetó a Kesi del brazo. —Oye, ?qué te pasa? ?Por qué hablaste cuando no te decían, eh?
—Es por eso... vaya que eres delicado —respondió Kesi sin amilanarse.
—No me hables así. Te lo digo porque los nobles son muy especiales; si contestas sin pedir permiso, te castigan.
—Lo sé, eunuco tonto.
—?Ah, qué grosera! Ven aquí...
En la Sala del Trono, el Rey Zekeriel recibía el informe de Tibar.
—Dime, ?cuántos murieron entre personas y soldados?
—Murieron setecientas ochenta personas y cuatrocientos soldados. En total, mil ciento ochenta —respondió Tibar con pesadumbre.
—?También hubo da?os en los animales?
—Sí, hubo pérdidas como reba?os, perros y gatos, mi soberano.
—Pobrecitos... esos animales inocentes, como mi nuera. ?Saben quién fue?
—Sí, fueron los enemigos de Herzor.
—?AHHHH, MALDICIóN! ?Cómo pudieron entrar y atacar?
—No lo sé, pero creo que hay un traidor en el reino, soberano —sugirió Tibar con cautela.
—?Quién será ese traidor? ?Y mataron a los enemigos?
—Ja, sí. Los matamos, no quedó ninguno. El Rey de Herzor se quedó sin soldados.
—Eso es cierto...
Unos días después, la recuperación seguía su curso. Hadram se encontraba sentado al borde de la cama de Lizarel.
—?Estás mejor? —preguntó él, acariciando su mano.
—Sí. Desde todo lo que pasó... qué tristeza.
—Muchos murieron.
—Principalmente ni?os y animales... amo tanto a los animales. Todavía siento lo del gato que amé —dijo Lizarel con melancolía.
—Lo sé —Hadram acariciaba su rostro con delicadeza—. Pensé que te iba a perder.
—?En serio? La última vez no pensaste así.
—Sí, pero esto hizo que me acercara más a ti, ?lo sabías?
—?Ah, ?sí?
Hadram la besó dulcemente. —Sabes que te amo, ?verdad?
—Sí, lo sé... y yo te amo más.
—?Disculpe por entrar así! —exclamó Amreh, irrumpiendo en la habitación.
—?CóMO OSAS INTERRUMPIR, EUNUCO! —rugió Hadram, recuperando su carácter volcánico.
—Disculpe, príncipe. Pensé que estaba sola su esposa. Ella me deja entrar, pero claro, siempre toco la puerta.
—??EN SERIO?! ?Qué falta de modales!
—Entonces me voy...
—?LáRGATE!
—Amor, no seas así —intervino Lizarel—. él debe estar aquí para mi desayuno.
—Está bien, mi amor... —cedió Hadram, aunque su mirada seguía siendo de fuego.
"?Cómo puede dominar al príncipe siendo indomable? Lizarel es muy buena en eso... parece que él se calma cuando está ella. Es sorprendente", pensó Amreh mientras esperaba en la puerta.
—Bien, anda —ordenó Hadram antes de salir, lanzando una última mirada de advertencia al eunuco.
—Dime, ?me trajiste mi desayuno? —preguntó Lizarel una vez solos.
—Claro, princesa. Mire... ?KESI!
—Aquí está, princesa —dijo Kesi entrando con una bandeja—. Sus frutas favoritas: higos frescos, uvas, su...
—También acompa?ado de pan y queso de cabra —completó Amreh—. Y panecillos de cebada con miel, lo que más le gusta. Principalmente leche para acompa?ar su desayuno dulce.
—?Ay, sí! Odio la comida de soldado por la ma?ana, ?quién come eso? —dijo Lizarel con una sonrisa.
—Su marido —soltó Kesi.
—?Disculpa?
—Ah... dije que está bien —se corrigió la ni?a rápidamente.
—Tienes razón. Mi marido ama lo salado. Hombres... quién los entiende. Claro, respecto a ti...
—A mí no me molesta —respondió Amreh.
—Te molesta que te opaquen —le susurró Kesi.
—?Oye!
—Parece que se llevan bien —comentó Lizarel divertida.
—No... sí me disculpa decir, ella es agresiva, quiere todo para ella —se quejó Amreh.
—?Claro que no! Tú me interrumpiste.
—Bueno, ya dejen de pelear. Los quiero, pero dejen de discutir por nada, ?sí?
—Claro, princesa —asintió Amreh.
Lizarel comenzó a comer, disfrutando de la dulzura de la miel, hasta que notó la inquietud de Kesi.
—Princesa... tengo algo que decirle —dijo la ni?a en voz baja.
—?No ves que está comiendo? Déjala —la cortó Amreh.
—Amreh, deja de discutir. Habla, Kesi.
Kesi volteó nerviosa hacia la puerta y las ventanas.
—?Qué pasa? ?Por qué volteas tanto en estos aposentos? —preguntó Lizarel, contagiándose de la seriedad de la ni?a.
—Porque hay algo que debo decirle, princesa. Es de vida o muerte.
Mientras tanto, en la Sala del Trono, Hadram y el Rey discutían con Tibar.
—Entonces, Tibar... hace unos días supe que alguien traicionó al reino —dijo Hadram con voz sombría.
—Sí, hijo. Debe haber alguien que vendió nuestra seguridad —confirmó Zekeriel.
—Quien lo haya hecho debe ser ejecutado lo más pronto posible. Por su culpa quedé herido y mi mujer casi muere. Tibar, encárgate de encontrar a ese traidor. Si lo encuentras, tráelo para que sepa que no debió desafiarme —dijo Hadram con los ojos inyectados en odio.
—Es lo que voy a hacer, príncipe.
—Esta vez dejaré que mi hijo lo haga. Búscalo y tráelo.
—Claro, príncipe. Con su permiso —Tibar se retiró.
—Pronto lo sabremos —murmuró Hadram.
—Te conozco cuando alguien toca lo que es tuyo... dime, ?cómo vas a castigarlo?
—Ja... pronto lo sabrás, padre.
De vuelta en los aposentos, el ambiente se había vuelto gélido ante las palabras de Kesi.
—?Qué es lo que está en juego, de vida o muerte? —preguntó Lizarel.
—Sé quién planeó este ataque trágico —soltó Kesi.
—?Quién?
—?Quién? ?Cómo lo sabes? ?Dinos! —exigió Amreh.
—Fue... fue la Segunda Esposa. Ella hizo ese plan para matarla a usted. La odia tanto...
—?Por los dioses! —exclamó Amreh, llevándose las manos a la boca.
Lizarel guardó silencio, procesando la revelación. —Sentía que algo así estaba detrás... pero no pensé que ella llegara tan lejos.
—La odia porque usted la desafió —recordó Amreh.
—Vaya... pero no lo logró. Si me odia, más pronto será su caída. Yo estaré lista para ver su destrucción.
—Creo que le debe decir a su suegro que ella es la traidora —sugirió Kesi.
—No. No le diré nada todavía —sentenció Lizarel con una mirada calculadora—. Vamos a dejar que ella misma haga lo que quiera. Cuando todos lo vean, se darán cuenta de que tenía razón. Tengo un plan... ?son capaces de seguirme?
—Claro que sí —dijo Amreh.
—Yo prometo que haré caso a todo lo que usted diga —juró Kesi.
—Bien —dijo Lizarel, mirando hacia el horizonte—. Ella misma no se dará cuenta de que pronto caerá en su propia red.
FELIZ NAVIDAD

