Capítulo 3: Entre espadas y promesas
Desperté lentamente, sintiendo el frío del suelo bajo mi espalda. El cuerpo me dolía de manera constante, pero no era solo el cansancio físico; Era la tensión, la adrenalina de haber escapado de lo imposible. Frente a mí, se encontró una figura que irradiaba autoridad y calma a la vez. Su mirada me atravesaba, pero no con juicio, sino con algo que no había experimentado en a?os: reconocimiento.
—Levántate —dijo—. No estás fuera de peligro, pero puedo ayudarte.
Era Luneth, veinticuatro a?os, capitana del cuerpo de investigación encubierta del Gobierno, entrenada en sigilo, estrategia y observación. Su sola presencia imponía respeto, y sin embargo había una calidez sutil en su voz.
— ?Cómo te llamas? —preguntó—. Y… ?cuándo naciste?
—Aelix… —logré decir, con la voz apenas audible—. Nací el… el día que… —me detuve, tragando saliva—, que todo cambió.
Luneth avanzando, y no hubo palabras de lástima ni reproche. Solo una aceptación profunda, como si viera más allá de mi pasado.
—Aelix —dijo suavemente—, desde ahora serás mi mano derecha. Aprenderás a luchar, a moverte sin ser visto, a anticipar y sobrevivir. No te pido nada que no puedas dar, pero deberás dar todo lo que tengas.
Asentí. No sabía si podía confiar en ella, pero por primera vez sentí que alguien me veía no como un esclavo o una carga, sino como un guerrero en potencia.
No fue un entrenamiento heroico de clichés; No había gritos ni golpes exagerados. Cada movimiento era medido, cada caída ense?aba algo nuevo. Aprende a leer los silencios, a detectar las intenciones de un enemigo antes de que moviera una mano, a unir fuerza física y mental en un solo acto.
Luneth supervisaba cada uno de mis movimientos con atención casi obsesiva, corrigiendo cada gesto y postura. No hubo indulgencia, pero tampoco crueldad. Cada corrección era una guía silenciosa, cada mirada un recordatorio de que podía llegar más lejos.
Día tras día, mi cuerpo se fortalece. Mi mente se agudizaba. Aprendí a esquivar ataques de manera casi instintiva, a calcular la distancia y el tiempo con precisión, a combinar fuerza y ??estrategia. Y mientras me ense?aba, Luneth me mostró algo más: un vínculo silencioso, extra?o, que ni siquiera yo entendía del todo.
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Mis noches, sin embargo, eran otra batalla. Los recuerdos de mi pasado me perseguían: la esclavitud, el dolor, los gritos de mi hermana, la impotencia que me carcomía. Cada pesadilla era un golpe, cada despertar un recordatorio de lo vulnerable que había sido y con el paso del tiempo se fueron haciendo más comunes en las noches.
Semanas antes de tener catorce a?os, Luneth notó mis ojeras profundas y mis ojos apagados. Aquella noche, sin decir palabra, se acostó a mi lado. No había intenciones ocultas, Solo su presencia silenciosa, un soporte que me ayudaba a no hundirme en la oscuridad.
Fue entonces cuando llegó la peor pesadilla de todas: vi a mi hermana sufrir un destino que no podía salvar, sus ojos llenos de dolor y desesperanza mientras yo caía impotente. El miedo y la culpa me hicieron temblar del miedo que sentí al ver a mi hermana sufrir un destino peor que la muerte sin yo poderla ayudar, entonces sentí el abrazo cálido de Luneth.
—Aelix… no pasó nada —susurró, sosteniéndome firme—. Solo estás a salvo ahora.
No había palabras suficientes para describir la calma que sentí en ese instante, solo la certeza de que alguien me entendía, que alguien se preocupaba por mí de manera sincera.
Durante más de un a?o, Luneth y yo desarrollamos nuestra rutina: entrenamientos intensos, días de descanso, peque?as misiones de sigilo y vigilancia. Ella me ense?ó a moverme sin hacer ruido, a observar sin ser observado, a pensar antes de actuar. Cada día, la desconfianza inicial se transformaba en respeto, y el respeto, lentamente, en un cari?o silencioso.
Nos acercábamos sin palabras. Una mirada, un gesto, un silencio compartido, se volvió nuestro lenguaje secreto. No había romance abierto, pero había calor, atención, y algo más que ambos sentíamos aunque ninguno se atreviera a nombrarlo.
Finalmente, llegó el día de mi cumplea?os donde oficialmente tendría 14. Luneth me llevó al pueblo, con cuidado, y me compró un pan dulce, algo simple, pero en sus manos parecía un tesoro.
—Feliz cumplea?os, Aelix —dijo con una sonrisa suave.
—?Cómo… cómo lo sabes? —pregunté, sorprendido.
—Me lo dijiste tú mismo —respondió, con un brillo apenas perceptible en sus ojos—. Te olvidaste de vivir, no de sobrevivir.
Hubo un silencio cargado de tensión y emoción. No era necesario decir nada más.
—Cuando termine tu entrenamiento… —dijo finalmente—, te daré mi espada. Es especial, capaz de cancelar habilidades, pero necesitarás toda tu fuerza física y mental para usarla.
La observa en silencio. No dije una palabra, pero ella leyó en mi mirada lo que yo no podía expresar: el afecto y la conexión que también sentía por ella. Ninguno de los dos se atrevía a dar el primer paso, pero ambos lo sabíamos.
Ese día, con un simple pan dulce y una promesa silenciosa, comprendí que algo profundo había nacido entre nosotros. No había palabras, ni gestos excesivos, solo un entendimiento tácito, un amor mutuo que no necesitaba ser declarado para Existir.

