Estoy sentado en las escaleras del Gremio de Cazadores, frente a sus puertas de madera tallada. La gente pasa delante de mí con soltura mientras el sol quema sin piedad. Solo un trozo del techo del edifico a mis espaldas evita que me queme. No puedo sacar de mi cabeza lo de ayer. Me froto el corte en la ceja sin pensar.
Algo humedece mis dedos.
Mierda…
La herida se abrió. Además de interrumpir lo poco que ha cicatrizado, me inquieta el tiempo que llevo esperando aquí. No sé si llegué muy temprano o demasiado tarde.
Muevo mis ojos a todos lados, pero siempre vuelven a un punto. La estatua de piedra frente al edifico. Me acerco para verla mejor.
Una placa de metal a sus pies. Un nombre grabado: Kronnel Urr.
Sigo leyendo, pero alguien toca mi espalda.
— Buenos días. — Sonríe. — ?Llevas mucho tiempo esperando?
— Hola. No, la verdad. — Dejo caer los hombros.
Su armadura destella con el sol. Quería verla con ropa casual. Me temo que será hoy.
— Pensaba que íbamos a comprar al mercado…
— Iremos después. Primero quiero ir al bosque.
Rya me mira desconcertada.
— Uy, ?qué te pasó? — Levanta una ceja. — ?Te ba?aste con tierra?
— Algo así. — Se me escapa una risa torpe.
Sus ojos fijos en los míos. Trago saliva y el aire se me escapa.
— ?Y ese corte? — Sus manos puestas en la cintura.
— Tropecé con un poste. — Cubro la herida con los dedos.
Miro hacia cualquier parte. No digo nada, solo espero que mi indiferencia la haga olvidar.
Ella cierra sus ojos y arruga su ce?o. Exhala con fuerza luego de un segundo.
— Solo espero que no te hayas metido en algo.
Busca algo en su bolsa de cuero, puedo oír el tintineo cuando mueve sus manos. De su interior una peque?a botella de cristal.
— Toma un poco.
Alejo mi cabeza cuando pone esa botella delante de mí. Acepto luego de un peque?o rega?o. Cuando el líquido rojo baja por mi garganta, siento comezón en la piel. Cuando vuelvo a tocar la piel ha cerrado. Pero la marca sigue ahí.
— Pero aún me queda una cicatriz.
— Así son las cosas. — Ladea la cabeza. — Pero no te queda mal.
— Por cierto, solo te he visto con ese pantalón. ?No tienes otra cosa?
— Nada de nada. — Hago gesto con la mano. — Completamente pelado.
Le cuento por encima lo que pasó. No entro en detalles. Rya suspira cuando termino; sus cejas caen.
— Ma?ana no puedes presentarte así, ?sabes? — Se cruza de brazos.
Me rasco la nuca y bajo la mirada.
— Veré qué hago… si no, vayan ustedes.
Me incomoda que me mire así. Solo tengo que esperar esta semana para recuperarme.
Me hace se?as para que la siga. Las calles están más llenas que ayer y el ambiente es más pesado. Acomodo mi cabello para que la nuca me deje de sudar. Quisiera algo para recogerlo. Estamos en sentido contrario para ir a los establos y no entiendo a dónde me está llevando esta mujer. No puedo evitar chocar el hombro con algunas personas. Me mantengo cerca de ella para no perderla de vista en este mar de gente.
Una tienda con grandes ventanales y maniquís de madera. ?Le va a comprar ropa a Eleanor?
Alguien nos saluda cuando nos ve entrar. Un se?or de canas y lentes.
No somos los únicos. Varias personas buscan, entre estantes que tocan el techo, telas de su interés. Rojo, amarillo, turquesa. Todos los colores que pueden existir, esta tienda los tiene. Algunos dise?os más excéntricos que otros.
— Oye, ?cuál es tu talla?
No sé qué responder. Me quedo mirándola por un segundo.
— ?Vas a comprarme ropa? — Arrugo mi frente.
— Sí. Algo para que vistas ma?ana. — Esboza una mueca. — Pero cuando puedas me devuelves el dinero.
Desvío la mirada, buscando una respuesta. Quiero negarme, pero cuando bajo la cabeza me veo hecho mierda. No es un regalo y eso es lo único que me permite aceptar.
Un par de pantalones y una camisa azul oscura. Cuando me miro reflejado sobre la plancha de aluminio, se me escapa una sonrisa que no termino de sostener. Mis botas no combinen con esto. Salimos luego de pagar. El encargado elogió la tela de mi vaquero. No supe qué contestar.
Pasamos por mi habitación solo para dejar la bolsa. Luego seguimos.
◇◇◇
La hierba cruje bajo mis botas y las ramas se mueven con el viento. Olmir se ve tan peque?a a esta distancia, puedo cubrir su silueta con mi mano. El pantalón negro de Rya resalta aún más sus piernas cuando está agachada.
Me recuesto sobre un tronco, mi cabeza pica cuando trato de acomodarme.
— ?Para qué quieres las flores? — Se me escapa un bostezo.
— Para hacer jabón.
Rya busca entre arbustos, guardando las que necesita en su bolso de cuero. No entiendo cómo podría hacer jabón solo con plantas.
Me pongo de pie y camino por los alrededores. El aire es dulce. No me alejo mucho de ella, tan solos unos pasos.
Algo delante llama mi atención. Al pie de un árbol de tronco gordo, hilos blancos parecidos a algodón cubren la base. Me acerco para mirar mejor. Veo pelotas de extra?o aspecto y huelen fatal. Se retuercen cuando toco el hilo. Mi dedo queda pegajoso.
Las ramas crujen arriba de mí y hojas caen a montones.
Algo me revuelca el pelo. No veo nada y aprieta. Me muerde.
— ??Puta madre!!
Retroceso, casi resbalo. Intento sacarme esto. Es peludo.
Me lo quito y lo lanzo lejos. Desaparece. Miro a todas direcciones y mis brazos tiemblan.
Algo negro cae del árbol. Se me acerca rápido, como un gato.
Tropiezo con mi pie y caigo.
— ??No!! ??No!! ??No!!
Una luz me ciega por un segundo. Cuando puedo ver otra vez, esa cosa ya no se mueve.
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— ?Arriba! — Rya me extiende su mano.
Me levanto… y entonces lo veo. Más. Demasiados.
Nos rodean. Rya separa las piernas y tensa los brazos.
Se mueve muy rápido, apenas veo lo que hace. El aire brilla cuando corta. Ya no están. Todos hechos pedazos.
Trato de recuperar el aire y me apoyo en mis rodillas. Respiro como animal.
— ?Qué mierda fue eso?
— Son ara?as de bosque. — Rya mueve la cabeza a ambos lados. — Pero son muchas…
— Casi me cago del susto… — Soplo.
— Tranquilo. Ya pasó.
Ella camina por la zona, con la cabeza arriba. Me alejo de los árboles casi por reflejo. Las ara?as tienen patas largas y sus dientes son peque?os, como agujas.
El aire de pronto apesta a algo podrido.
— ?Hay más? — Me rasco la nuca.
— Ya no, tranquilo. Pero debe haber un nido cerca.
Rya se detiene.
— Luego aviso al gremio. — Me mira. — Oye, ayúdame.
— ?A qué?
Ella se?ala con la punta de su espada. La hoja manchada con restos viscosos, oscuros.
— Aplasta los huevos. Yo voy a recoger las ara?as.
Me entrega su espada y casi se me cae de las manos. Cierro los ojos por un segundo, siento mi sangre caliente y mis brazos se tensan, pero ya no tiemblo.
Corto las telara?as y pincho los huevos. El aire silva cuando muevo la espada. Decir que corta como mantequilla es poco.
Una masa de cadáveres en el centro. Más de una docena de ara?as. La espalda me cosquillea cuando sigo mirando.
— Oye… — Rya me toca el hombro. — ?Te llegaron a morder?
Asiento. Luego de decirlo, la cabeza me empieza a quemar.
Ella silba, llamando a Isabela. Saca una cantimplora de las alforjas y me hace una se?a. Me echa agua en el cabello.
— Lo bueno es que no llegaron a cortarte y meterte veneno. — Dice ella con una risita.
— ?Y si lo hubieran hecho? — Masajeo mi cabeza; los dedos se me enredan en el pelo.
— No querrías saberlo.
Alzo el mentón y estrujo mi cabello. Mi camisa se empapa. Un olor salado y terroso me llega a la nariz. No quiero ponerme al lado de ella. Qué vergüenza.
La espada de Rya empieza a brillar. Cuando apunta a las ara?as, una luz las prende fuego. Arden tan fácil como si le hubiesen echado gasolina.
No me siento tranquilo. El corazón casi se me sale cuando vi esos monstruos. Allá afuera hay cosas peores, y no sé si podré soportarlo.
— Ay… por Dios. — Suspiro.
Se siguen quemando. Pronto serán cenizas.
— Ethan, ?puedo hacerte una pregunta? — Rya limpia su espada con un trapo húmedo.
— ?Qué es?
Ella voltea a verme. Su mirada dura y seca.
— ?De dónde eres?
— ?No lo había dicho? — Miro a otro lado. — De un pueblo lejano.
— ?De verdad?
Me quedo callado. No entiendo por qué me pregunta esto ahora.
— ?Por qué dices mucho “Por Dios”?
Me atraganto cuando respiro y tozo repentinamente.
— Bueno… es por costumbre.
— ?Crees en otro dios? — Poniéndose de pie, guarda su arma.
Los cuerpos dejaron de arder. Solo hay humo y restos de carne quemada.
Pierdo la mirada. Mis amigos trabajando en las calles. El padre, acercándose de más a nosotros. No sabía cómo mantener mi fe cuando veía eso. Cuando salí de ese lugar, ya no había nadie esperándome. De alguna forma quería consuelo y volví a orar.
Incluso ahora sigo haciéndolo. Dicen que es omnipresente. ?Pero está aquí? ?En este mundo?
Parpadeo un poco. No me di cuenta de que estaba mirando arriba.
— Sí… — Mi voz débil. — De donde vengo creemos en Dios y su hijo, Jesús.
— Está bien, entiendo. — Deja caer sus hombros. — Oye, puedes creer en lo que quieras. Pero ten cuidado en donde te expresas así.
— Anotado.
Me hace se?as y la sigo detrás. Dejamos el bosque atrás. El sol ya mismo se esconde.
◇◇◇
Las nubes a estas horas son tan densas que parecen manchas. Al suspirar, mi aliento se congela. Hubiera elegido una camisa con mangas largas, pero Rya insistió en esta. Ahora mis brazos pagan el precio.
Llueve apenas. Cubro el peque?o regalo con mi mano para que no se moje. No fue fácil elegirlo. La luz de mi lámpara no sirve para abrirse paso entre la neblina.
Es una calle solitaria, salvo por la persona que pasa a mi lado, sin mirarme.
Una casa peque?a, de paredes blancas y macetas con flores colgando en las ventanas. Cuando toco la puerta, mi corazón late un poco más rápido. Alguien se acerca. Corrijo mi postura y quito algunos mechones de mi frente.
La puerta se abre lo justo, solo puedo ver la mitad de su cara.
— Buenas noches, se?ora…, —trato de sacar las palabras. —me llamo Ethan. Vengo por el cumplea?os de Eleanor.
Me recibe una mujer delgada, sus ojos son tan azules como los de su hija.
— ?Oh, eres tú! — Me sonríe. — Pasa, pasa. Que te vas a mojar.
— Con permiso…
Sigo a la se?ora por un estrecho pasillo. Unos cuadros en las paredes; retratos y paisajes.
Todos están reunidos en la sala, alrededor de una mesa peque?a. El candelabro en el techo brilla lo suficiente para iluminar el modesto espacio.
Las miradas se posan en mí cuando entro.
— Ethan, al fin. — Me sonríe la pelirroja.
— Qué tal, buenas noches. Perdonen el retraso.
Estaría aquí antes si no me hubiese perdido.
Me uno a ellos, sentándome en un mueble vacío. El vestido verde de Rya me roba la mirada por un segundo. Ella se da cuenta y giro mis ojos hacia otro lado.
— ?No pasó nada cuando venías? — Pregunta Eleanor, sosteniendo una taza. — últimamente hay más maleantes por ahí.
— Todo bien, no te preocupes.
Por el rabillo del ojo puedo ver una sombra que desaparece entre el comedor y la cocina.
— Por cierto, joven. Gracias por proteger a mi hija de ese hombre.
Mis mejillas queman un poco. La se?ora comienza a servirme un poco de té.
— No se preocupe. — Asiento. — Con lo que le hice no creo que vuelva a asomar la cara por ahí.
Cierro los ojos y piso fuerte. Me doy cuenta de lo mal que sonó.
La se?ora deja de servirme té y fuerza una risa. Eleanor baja la mirada y sorbe en silencio.
Pasa el tiempo y apenas abro la boca. Los demás conversan como si se conocieran de toda la vida. No sé cómo unirme a la charla.
Escucho y me recuesto hacia atrás. Todo está ordenado. Demasiado. En cada esquina, macetas con flores coloridas.
La se?ora me mira mientras bebe de su taza.
— Por cierto, joven. ?Cómo está su familia? — Deja el recipiente sobre la mesa. — ?Le escribe cartas para saber cómo se encuentra?
Parpadeo, casi me quedo dormido.
— Sí… bueno. No he tenido tiempo de escribirles. — Me aclaro la garganta.
— Disculpará mi intromisión… — Mira a su hija. —, pero Ellie me ha contado que tuvo problemas antes de llegar a la ciudad.
Me quedo callado unos segundos, repasando esa falsa historia. La he repetido tantas veces que casi me la estoy creyendo.
No entro en detalles.
— Después de casi morir por ese monstruo, una familia me rescató. — Acomodo mi cabello. — Me quedé con ellos un tiempo y luego viajé aquí.
Me encojo de hombros, mirando a Eleanor.
— El resto ya lo sabe su hija. — Sonrío.
— Entiendo. — La se?ora junta las manos. — Gracias a Lha’el no le ocurrió nada grave.
Seguimos hablando. Eleanor cuenta cómo fue contratada en La Rueda Rota, cuando en esos a?os recién se había mudado con su madre. Es mi turno de decir algo. Miro al techo, callado y buscando una historia adecuada.
— Bueno, una vez me peleé en una taberna por dinero. — Sonrío. — Un amigo me convenció, pero las cosas no salieron bien.
Todos ríen, divertidos. Rya no. Sus ojos fijos en mí, su ceja levantada y cruzada de brazos. Desvío la mirada de la suya, tocando mi nuca.
Casi salto de mi lugar cuando algo peludo corre por mis pies. Ese bosque me generó un trauma.
Un gato empieza a maullar. Pelaje gris moteado y ojos amarillos.
— Uy, qué bonito.
Lo levanto despacio. Algunos pelos vuelan por mi nariz.
— ?Verdad? — Eleanor sonríe de extremo a extremo. — Me lo regaló Rya hace tiempo.
— Está más gordita, por lo que veo.
El peque?o animal comienza a patalear. Lo acomodo en mis piernas para que no se escape. Acaricio sus orejas y entrecejo. Sigue maullando, incómodo.
Tiene un collar. Al sostener la placa entre mi índice y pulgar, puedo leer un nombre: “Nuria”. El metal se siente rasposo del otro lado. Le doy la vuelta. Hay otra inscripción, casi borrada por el tiempo. No logro distinguirla del todo, solo marcas irregulares, como si alguien hubiera querido hacerla desaparecer.
Nuria se me escapa de las manos y corre hacia Eleanor. Ella la recibe con brazos abiertos y sonrisa suave, juguetona. El gato se acurruca de inmediato.
— Siempre hace eso. — Dice ella, sin mirarme.
Asiento. No digo nada.
Solo pienso en el collar. En ese nombre que quedó y en el otro que intentó borrar.
Todos bostezamos y esa fue la se?al para terminar con esta peque?a celebración. Le entregamos nuestros regalos a la cumplea?era. Me sentí un poco mal al ver los demás obsequios. La sonrisa cálida de Eleanor hizo que se me pasara.
La tarta de pollo que hizo Rya conquistó mi corazón. Tengo que tener cuidado.
Nos despedimos.
Camino junto a Rya para separarnos más adelante, de pronto alguien abre el grifo allá arriba. Una tormenta cae sobre nosotros sin aviso.
Corremos por la vereda. Casi resbalo. Nos cubrimos bajo un trozo de techo, casi empapados. Las nubes se encienden por un segundo y un estallido casi me deja sordo.
— ??Qué hacemos!? — Pregunto, alzando la voz.
No puedo escuchar mis propias palabras. Me pego a la pared de un edificio.
Esperamos un poco, pero fue peor. Su voz se pierde en la lluvia.
Me acerco a ella, pegándome a su hombro con fuerza.
— ?Oye!
— ??Qué!? — Frunce el ce?o y se cruza de brazos.
El agua empieza a subir.
— ?Vayamos a mi posada! ?Está más cerca!
— ??Seguro!?
Le grito al oído.
— ?Quedémonos aquí, entonces!
Ella asiente y empezamos a correr. Mis botas se hunden en el agua. No recuerdo cuándo solté la linterna.
Rya alza su mano; una luz ilumina el camino.
Llegamos empapados de pies a cabeza. No hay nadie en recepción, excepto el anciano. ?Nunca duerme?
Subimos la escalera, mojando todo a nuestro paso.
Qué bueno que no tengo goteras aquí.
— Vaya mierda… — Me estrujo el cabello.
Camino hacia la ventana y la cierro con una plancha de madera. Rya descansa sobre un taburete, exprimiendo su vestido.
No dice nada.
— Ya vuelvo. — Digo, exhalando.
Mi pecho tiembla. La ropa mojada se me pega al cuerpo.
Hablo con la posadera. Luego de disculparme por haberla despertado, regreso con la pelirroja con dos trapos secos.
Mi habitación desprende luz. Cuando abro la puerta, las manos de Rya rodean una bola de maná. Me duelen los ojos si miro demasiado.
Le doy el trapo. Entrecierro mis ojos para no quedarme ciego.
— No sabía que eso calentaba.
— Calienta lo justo.
La luz desaparece. Este lugar vuelve a ser negro. Enciendo una vela.
— Gracias. — Se seca el rostro con el pedazo de tela.
Mi cuerpo pesa demasiado. El frío se pega en mis huesos.
Al quitarme la camisa, la dejo sobre la mesa.
— ?Qué haces? — Sus ojos fijos en mí.
No recuerdo la última vez que me quité la camisa frente a una mujer. Pero con ella se siente diferente.
— Tranquila. Me voy a enfermar si no me quito esto.
La miro por encima del hombro.
— ?Vas a dormir así?
— Voy a esperar a que pase la lluvia.
El cielo explota. No creo que acabe pronto, y por la cara de Rya, ella también lo sabe.
No decimos nada por unos segundos. Lo único que rompe el silencio es el diluvio que hay afuera.
Rya me se?ala, su mirada filosa.
— Date la vuelta y no mires. ?Entendido?
— Lo que usted diga… — Levanto las manos.
Miro hacia la pared. Solo puedo imaginar lo que pasa detrás de mí. Sacudo mi cabeza y mi respiración es lenta. El sonido se vuelve más claro.
Escucho el roce del cierre de su vestido y trago saliva. Quiero voltear, pero moriría si lo hago.
Silencio.
— ?Ya puedo?
— Sí… — Murmura.
Me doy la vuelta. Su silueta apenas visible, acostada en mi cama y mirando a la pared. Dejó su ropa extendida sobre el suelo.
Camino despacio. Al acostarme, la mitad de mi pierna sale de la cama y mi hombro toca su espalda. Es firme y algo marcada, pero tibia.
Tengo mis ojos cerrados, pero no puedo dormir. ?Rya se sentirá igual? Los truenos tampoco ayudan.
La vela se apaga poco a poco.
Quiero moverme, acomodarme. Pero no la quiero despertar.
— ?Rya…? — Susurro.
Ella me responde, aunque no esperaba una respuesta.
Soplo, pensando qué decir.
— Oye, cuando me una al gremio, ?quieres hacer equipo?
Estaría feliz y tranquilo si ella me cubriera las espaldas. Aún tardaría en valerme solo.
Se queda callada. Niego con la cabeza y frunzo los labios. Ojalá haber dicho otra cosa.
— No. — Dice al cabo de un rato. — Solo te estoy ayudando a entender tus poderes. Cuando puedas usarlos bien, seguirás solo.
El aire se me escapa. Quiero decir algo más, pero solo aprieto los dientes.
Seguiré adelante, entonces.

