Apenas puedo respirar y moverme. No sé cuánto tiempo he estado encerrado aquí. Estoy sufriendo en silencio, esperando morir otra vez… Desconozco el motivo de este dolor, de esta agonía. Solo quiero que termine.
—No… ??no!! —susurro entre dientes—. ?Por favor!
Mis extremidades se contraen y retuercen con violencia. Los músculos se remarcan en mi piel.
—??Mierda!! —muerdo un extremo de la sábana hasta hacerme da?o.
Lloro. Lloro, pero no salen lágrimas. El trozo de tela que muerdo sabe a sangre seca y saliva rancia. Me duelen las encías.
Mis intestinos queman, como si el ácido del estómago se hubiera filtrado. Parpadeo, pero la niebla que cubre mis ojos apenas me permite ver mi mano pálida y casi esquelética.
El calambre se ha ido.
Exhalo con lentitud, intentando calmarme. He estado solo desde que Eleanor me visitó hace unos días. No ha venido desde entonces. Aunque es mi culpa, ya que le insistí en dejarme tranquilo, que pronto me iba a recuperar. Que no necesitaba pagar la visita de un médico. Ahora esa mala decisión me está pasando factura.
Tampoco estoy seguro de sobrevivir si un doctor me ayuda ahora. Si lo hago, se llevará el poco dinero que tengo. No tendré nada. Otra vez. Si tengo que arrastrarme de nuevo para mejorar una pizca mi vida, prefiero no tenerla.
Mi cabeza late y los rayos del sol me golpean directamente a través de la ventana, pero tengo frío. Mucho.
Antes hubo personas que tocaron mi puerta luego de escuchar mis quejidos de perro moribundo, pero los rechacé.
Yo no decidí aparecer en este mundo, pero ahora me arrepiento de darme una segunda oportunidad. Creo que la fiebre está hablando por mí.
Escucho que golpean la puerta. Fuerte.
—??Ethan!? —grita alguien.
No puedo contestar. Cuando hablo, siento que mi pecho estalla.
Apenas percibo un tintineo que roza con la cerradura de latón. La puerta se abre y una presencia se acerca a mí.
—?Por Lha’el! —vocifera.
Me sacude un poco, pero se detiene al oír mis gru?idos. Con delicadeza me coloca boca arriba. Las sábanas bajo mi piel están empapadas de sudor.
—??Estás bien!? ?Ethan!
Su cabello parece arder a la luz del sol. Exhalo un suspiro cuando mis ojos enfocan su mirada.
—No… —toso. Mis costillas vibran—. No sé qué tengo…
Me dice algo que no logro escuchar. No puedo soportar el peso de mis pesta?as y cierro los ojos. Por unos instantes siento una calidez que me reconforta en lo más profundo de mí.
◇◇◇
Abro mis ojos y siento mis extremidades más relajadas. Pero no lo suficiente. Intento levantarme, pero solo mover los dedos me resulta doloroso. Como si hubieran aplastado mi mano con una piedra.
Parpadeo un poco para acostumbrarme a la luz. Me arden las cuencas.
Las pocas telara?as y rasgu?os sobre las vigas de madera siguen ahí. El techo es el mismo. Cuando respiro, además de quemarme el pecho, el aire apesta a vómito rancio, aunque las ventanas estén abiertas.
Recorro la mirada por el lugar y observo una figura esbelta sentada sobre una silla. Sus piernas están cruzadas y su cabeza descansa contra la pared de abedul.
—Oye… —intento hablar. La boca me sabe a metal—, Rya…
No contesta. Bufo como un animal para llamar su atención. Me duele hablar.
Se sobresalta un poco y voltea a verme. Una sonrisa se le escapa cuando me ve despierto.
—Buenos días —dice, levantándose—. ?Cómo te sientes?
—Un poco mejor…
Mentira.
Miro a la ventana. La brisa fresca mueve las cortinas traslúcidas y el sol sigue brillando con intensidad.
—?Cuánto he dormido?
—Un día entero. —sacude los brazos.
Ella se acerca y se inclina un poco, colocando su palma sobre mi frente. Desvío la mirada.
—Cómo… —toser me interrumpe—. ?Cómo me encontraste?
—Le pregunté a Eleanor por qué no habías ido tres días —sigue tocando mi frente—. Y le dije a la de recepción que soy amiga tuya y me dio las llaves.
Abro mucho los ojos y el aire se me escapa. ?Tanto tiempo he estado encerrado aquí?
Rya deja de tocar mi cara y retrocede, suspirando. No es de alivio.
—Aún tienes fiebre… —murmura—. Esperemos que baje —ella estira su espalda—. Por cierto, ?tienes hambre?
Niego con la cabeza.
Me preocupa haber sido despedido por faltar estos días. Todavía tengo que seguir postrado en esta cama y no sé por cuánto tiempo.
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—Luego le aviso al doctor para que vuelva —se?ala con la mirada—, en la mesa dejó un par de infusiones para el dolor y la fiebre. También te ayudarán a dormir.
Me cuesta mirarla a los ojos. Antes resolvía mis problemas solo. Ahora ni siquiera puedo ponerme en pie frente a ella.
Está haciendo algo más que solo ayudarme a entender mi poder. No sé cómo compensarla.
—Gracias… —digo apenas.
Rya vuelve a sentarse sobre el taburete.
—Contéstame algo. ?Sabes cómo te enfermaste?
—No.
—?De verdad?
—De repente me sentí mal cuando estaba trabajando. Es todo.
No puedo aguantar la tos. Es ronca y áspera, y me corta la garganta al salir.
Estoy seguro de que Rya dijo un par de palabras, pero se detuvo al oír mi carraspeo.
◇◇◇
Mi carne se retuerce y siento que golpean una campana cerca de mi cabeza. Perdí la cuenta de cuantas infusiones he tomado, pero mi dolor no desaparece. Vomito bilis y mi nariz segrega moco oscuro. Ya no puedo soportar más…
—??No hay nada que pueda hacer!?
—Ya hice lo que pude… —murmura.
Un anciano delgado y calva incipiente inspecciona cada palmo de mi cuerpo con sus manos finas.
—Creo que lo han envenenado.
—??Qué!? ?Qué tipo de veneno?
Rya me observa fijamente, sus cejas caídas.
—Creo que es muerte negra —dice el doctor, apartándose.
El anciano me observa mientras frunce el labio.
—Si es así… temo que decirle que no hay antídoto.
Apenas puedo mantener mis ojos abiertos y mi mandíbula tiembla.
Escucho a Rya aguantar un sollozo.
—Pero… —dice el anciano luego de un rato—, tiene síntomas que no encajan con ese veneno.
Se acerca otra vez, tocando mi brazo.
—El veneno no deja esas marcas en la piel. —dice para sí mismo—. Además, se siente dura y áspera.
Rya se para a mi lado, observando las manos de la persona que me examina. Su mirada se quiebra.
El aire quema mis pulmones cuando respiro.
No sé qué he hecho para sufrir así. Deseo que alguien detenga esto.
El doctor murmura algo que apenas puedo entender. Mis ojos pierden claridad. Siento frío. Demasiado.
—No entiendo por qué… —sus dedos suben por mi extremidad.
De repente el doctor me abre los párpados. Aunque está cerca de mí, solo distingo una mancha borrosa.
—Se?ora, cierre las cortinas.
El cuarto se llena de oscuridad. Antes apenas veía algo. Ahora estoy ciego.
—?Por qué le brillan los ojos? —ella le pregunta al anciano—. ?Doctor, qué la pasa?
No responde. Su presencia se pierde en la habitación. Escucho un tintineo lejano.
El rechinar de sus botas vuelve acercarse a mí.
—Se?or, escúcheme —colocando una piedra en mi palma, envuelve sus dedos en mi mano—, transfiera su maná a este cristal de arcanita.
Maná… ?qué…? —pienso.
—?Por qué tiene que hacer eso? ?Qué tiene? —pregunta Rya.
Presiono el cristal con la poca fuerza que me queda. No pasa nada.
—No… —toso—. No recuerdo cómo.
—Tiene que hacerlo. O morirá.
Sollozo y muerdo fuerte. Aprieto. Nada.
—?No…! —lloro—. No puedo…
—Ethan, escucha —ella toca mi cabello—, es igual que el entrenamiento. Concéntrate.
Jadeo como un animal. Mi abdomen se contrae hasta aplastarme el estómago.
—??No!! —grito, desgarrando la garganta—. Corta… corta la mano.
—?Qué…? Pero…—susurra.
—?Córtame la mano! —digo entre dientes— Rya, hazme un corte…
Ella salta de la cama y el colchón se sacude. El aire silva cuando desenvaina su espada.
Rya sostiene mi palma con delicadeza.
—Aquí voy…
Mi piel se abre y mi sangre se derrama. Es espesa como el petróleo.
Por favor… por favor… —Imploro en mis adentros.
Oprimo con fuerza. Se me va el aire. El filo del cristal se clava en la herida.
Mis pesta?as caen. Dejo de escuchar.
Sue?o con mis padres. Con la vida que he querido. Lejos de las calles. Mi barriga siempre llena y ropa limpia todos los días. Una cama cómoda.
Abro mis ojos y esa visión desaparece. El aire apesta a polvo y sudor. Suspiro al ver las mismas paredes magulladas.
Siento calor. El suficiente para fastidiarme. Una sábana beige me cubre el cuerpo.
—Despertaste —habla Rya.
—Sí…
El cielo está te?ido de naranja.
Intento levantarme, pero ella me detiene.
— ?Otra vez he dormido un día?
—No —se encoge de hombros—. Solo fueron unas horas. ?Cómo te sientes?
—Todavía respiro. Es algo.
Ella sonríe.
—El doctor dijo que tendrás que seguir usando la arcanita hasta que tu maná corrupto se drene por completo.
Sacudo la cabeza.
—?Cómo? ?Qué pasó?
Ella se acerca a una mesa y hurga en el cajón. Saca una piedra diminuta.
Camina hacia mí. Su rostro turbado.
—Esto te salvó —dice, acercándome el cristal.
Una energía oscura se mueve en su interior, como tinta bajo el agua. Trago saliva y empiezan a temblarme las manos.
No puedo despegar mis ojos de ese objeto. Es como un abismo, y siento que me observa.
Rya aleja el cristal al notar mi reacción, regresándolo a su sitio.
—Qué… —aclaro mi garganta—. ?Qué te dijo el doctor?
—Que tienes una especie de enfermedad de maná tardía. —me contesta, dándome la espalda—. Y que es la primera vez que lo ve en una persona adulta.
Frunzo los labios y hundo mi cabeza en la almohada.
—Es… ?malo?
El sol ha dejado el cielo y la noche se asienta sobre la ciudad. Una brisa gélida me eriza la piel, que ha recuperado su tono natural. Un poco. Rya cierra las ventanas y enciende una vela. El débil destello hace que parte de su rostro sea cubierto por sombras.
Ella se acerca a la cama, con pasos lentos.
Luego de sentarse en el borde, baja la mirada.
—Un poco, sí —contesta luego de un rato—. Algunos de nosotros nos enfermamos cuando despierta nuestro poder —hace una pausa—, y hay casos en los que despierta después de la ni?ez. Eso me explicó el doctor. Pero tú… simplemente es raro que un adulto sufra de eso.
Rya se pone de pie, paseando por la habitación. Su cabello es más oscuro cuando no hay luz.
—Pero no entiendo por qué ahora —se cruza de brazos—. Llevas tiempo utilizando tu poder, ?y ahora enfermas?
Miro el techo, tratando de encontrar las palabras correctas. Las sienes aún me duelen.
—Yo… —contengo la respiración—. Yo usé un poco de mi energía la última vez que entrenamos. Perdón. Solo quería saber cómo se siente.
Maldita sea todo. Simplemente… ya no estoy seguro de continuar. Estoy demasiado cansado.
Parpadeo para despejar la humedad de mis ojos.
Luego de un rato Rya suelta un largo suspiro.
—No voy a preguntarte cómo hiciste para usar tu maná. Creo que ambos tuvimos suficiente.
Ella camina hacia la puerta, colocando su mano sobre la perilla.
—?Tienes hambre? Yo sí.
—Sí, claro. ?Me traes unas costillas de cerdo? —fuerzo una sonrisa.
—Cuanto te repongas.
Rya se retira en silencio. Escucho sus pasos a través de las paredes.
A pesar de ya no estar aquí, le susurro unas palabras:
—Lo siento.
Trataré de no estorbarle más de ahora en adelante.
No quiero verla así otra vez.

