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Villa Puerta de Sal (I): El niño perdido

  Una mujer de piel color vainilla oscuro yacía tendida sobre el heno. Su respiración era profunda y sostenida; los hombros, contraídos; los codos, cerrados sobre una copa de tama?o B. Sus ojos negros y sus mejillas enrojecidas permanecían ocultos tras las manos; lo único visible de su rostro eran las orejas.

  Ella ya lo sabía: su mente no tendría privacidad.

  Tras varias pruebas mentales, al menos el sistema parecía respetuoso e ignoraba la mayoría de sus pensamientos. Aun así, la simple certeza de que algo estaba ahí, escuchando, resultaba incómoda de una forma difícil de describir; como entregar una carta de amor y ver cómo alguien la lee en voz alta frente a toda la clase.?

  —No… bueno… respecto a lo anterior… no quiero verte. Por favor, no hagas que te vea… ?Y si de verdad solo estoy alucinando y, al verlo, cruzo el punto de no retorno hacia la locura? Entonces nunca podré volver a la realidad.

  [Entendido. No materializaré mi avatar. Además, puedo asegurarle a la anfitriona que no soy una alucinación.]

  —… El sistema parece tener personalidad.

  No hubo respuesta.

  No era una negativa. Tampoco una advertencia. Solo silencio.

  Maribel sintió una incomodidad tenue, parecida a la que queda después de decir algo fuera de lugar, cuando la conversación se rompe y nadie sabe cómo retomarla.

  ?Quizá podría adoptar la forma que yo quiera… como un mu?equito lindo y peque?o?.

  Seguía sin respuesta.

  La distracción apenas logró apartarla de la realidad durante unos instantes. Cuando el sistema ignoró por completo sus intentos de provocarlo, la decepción fue leve, pero persistente.

  —Ush… Esto será aburrido…

  Se incorporó del pasto seco y se sacudió la pelusa adherida a la ropa tanto como pudo. El olor del heno se le había quedado impregnado en la nariz. Al principio había sido preferible a la ropa roída y sucia que usó como cama en la casa que funcionaba como comedor popular —donde también trabajaba—, pero sabía que no podía seguir durmiendo allí.

  Había una decisión tomada desde hacía rato: no volvería a ese lugar.

  ?Quién sabía cuándo William tendría otra idea “divertida”?

  Divertida para él, no para ella.

  Aquella casa pertenecía a William y a su hermana; técnicamente, Maribel no era más que una arrimada.

  Dejó atrás el pasto seco y reunió algunas piedras. Una hora después, una columna espesa de humo se elevaba desde uno de los extremos de la villa. Frente a ella, Maribel observó el resultado con una mezcla de agotamiento y una satisfacción silenciosa.

  Desde que despertó junto al Río Silencioso había intentado adaptarse a la idea de no tener acceso a la tecnología de su época. Aprender a hacer fuego se había convertido, casi sin querer, en una prioridad.

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  No era precisamente buena en ello.

  Ese último intento lo dejaba claro.

  —Clap, clap, clap, clap, clap.

  Un ni?o apareció detrás de ella, aplaudiendo. Llevaba una capucha de cuero sobre la cabeza.

  —Finalmente lo conseguiste, se?ora. No te avergüences; a mí me tomó mucho más tiempo aprender a encender un fuego. Aunque, si no querías el lugar, hubiera apreciado que no quemaras todo el pasto. Pensaba dormir ahí.

  ??Y este ni?o quién es??

  —Espera —levantó una ceja—. Me tomó mucho tiempo quemar el pasto… ?y me lo dices ahora?

  —…

  —Debes aprender a ser más listo, muchacho… —dijo Maribel, notando cómo el comentario rozaba algo sensible en su estado actual.

  Bajó el tono.

  —Está bien, no te preocupes. Había otro lote de hierbas de todos modos. No quemaría mi único lugar para dormir sin motivo. Además, todos dicen que pronto las plantas empezarán a secarse y, si lo dejamos así, el viento llevará las motas desde las praderas hasta las casas.

  ?Qué tonta fui por quemar mi cama… Menos mal se me ocurrió cosechar hierbas?, pensó con una ironía cansada.

  El ni?o pareció tranquilizarse.

  —?Entonces sí podremos juntar suficiente para los dos?

  Maribel dudó.

  Había pensado buscar otro lugar donde dormir. Sola.

  Pero la idea se quebró rápido.

  ?Qué haría la gente de Puerta de Sal si un ni?o desconocido aparecía de la nada?

  La habían aceptado gracias a la favorabilidad del alcalde… y ese favor claramente no era gratuito.

  Si decía que sí, el ni?o se quedaría con ella.

  Si decía que no, probablemente él acabaría metido en problemas.

  Sus dedos apretaron, casi sin darse cuenta, las prendas de trabajo que llevaba consigo.

  ??Y si me las roba??

  Eran lo único que la conectaba con su lugar de origen.

  Pero al mirarlo —esa mezcla de expectativa y cansancio en su rostro—, la desconfianza se debilitó.

  ?No pasa nada si duermo con el uniforme puesto?, pensó. ?Así no podría robármelo. Y, fuera de eso, no tengo nada más valioso. Bueno… Aún está el lapicero azul en mi bolsillo?.?

  —Supongo que sí —dijo finalmente—. Hay un espacio donde puedes dormir. Pero dime una cosa… ?por qué dormirías en el pasto y no en tu casa?

  El ni?o la miró extra?o y no respondió. Dudó, como si temiera que decir la verdad tuviera consecuencias.

  —?Estás bien? Si te da miedo decirme el motivo, no temas. No intento rega?arte.

  —Es que… realmente no sé dónde más dormir…

  Sus ojos no esquivaron los de ella.

  Maribel había visto a muchos pacientes mentir durante una anamnesis, solo para ser desmentidos luego por los exámenes de laboratorio. Aun así, escuchar esas palabras de un ni?o —no de un adulto— le oprimió el pecho.

  Ella era adulta. Podía arreglárselas de alguna forma. Pero él… él era solo un ni?o. Quizá de doce a?os, o menos.

  ?Incluso si pudiera robarme… sigue siendo un ni?o?.

  Con ese pensamiento, dijo:

  —?Entonces qué esperamos? Quitaremos el pasto seco del pueblo de una vez por todas. Ese lugar no es muy espacioso para un granero, pero podrían entrar al menos tres de mí.

  —… Se?ora, ese lugar no es un granero…

  —?Eh? ?Entonces qué es?

  El ni?o se?aló una construcción que, de noche, le había parecido vagamente familiar. A la luz del día, ahora la veía con claridad.

  —Es… un establo de caballos que está vacío.

  Asintió.

  —Bueno, no importa lo que sea —respondió Maribel—. Igual hay suficiente espacio.

  —?Y si vuelve el due?o del caballo?

  —No te preocupes. El caballo ya murió; este lugar está vacío.

  —?Cómo lo sabes?

  —Me lo dijo una mujer llamada Clara.

  Maribel tomó un rastrillo.

  —Entiendo…

  Le alegró que el ni?o no protestara ni se?alara contradicciones. En lugar de eso, simplemente se puso a trabajar junto a ella.

  Y, por primera vez desde que llegó a Puerta de Sal, Maribel no sintió ese peso constante de estar completamente sola.

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