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Capítulo 48 - El espejo oscuro

  Al no verse obligada a participar en los asuntos que los Maestros y su marido discutirían con el Se?or Narthoss, durante todo el tiempo que duró su estadía se dedicó al disfrute de su propia soledad, aunque siempre acompa?ada por el grupo de elfas que se mantenían silenciosas la mayor parte del tiempo mientras la guiaban por diferentes sectores del castillo, los cuales incluyeron salas de danza y canto, de esculturas y pinturas, de tejidos, de meditación, siempre decoradas con fuentes y motivos florales.

  Pero donde más pasaba su mayor tiempo era en la biblioteca de altísimos estantes cuyos únicos libros permitidos contenían símbolos antiguos que fue incapaz de reconocer, aunque se pasó horas leyéndolos y deleitándose en la belleza de sus formas. Tampoco se cansaba de recorrer los jardines interiores cuya variedad de fuentes y plantas era aún más impresionante. Para mayor placer, en ningún momento se cruzó con ningún otro miembro de la comitiva e incluso llegó a sospechar que las elfas habían adivinado su deseo secreto y evadían al resto de los humanos a propósito. Se preguntaba qué le habrían dicho a su marido acerca de su prolongada ausencia pero al final se dio cuenta de que prefería no saber.

  Ellas no hablaban mucho y apenas esbozaban una sonrisa pero con el paso de los días Rovenna se acostumbró a su presencia e incluso aprendió a leer sus recatadas expresiones que dejaron de hacerla sentir incómoda. En realidad, aprendió a disfrutar de su compa?ía y ellas parecieron disfrutar ense?ándole sus danzas y sus cantos que eran un deleite para los sentidos.

  Lo único que extra?aba eran sus sesiones de entrenamiento con Eldrin pero, si bien pensó en preguntar por su paradero, decidió dejarlo tranquilo. Debía estar ocupado pensando en cómo conseguir una audiencia con el elfo y ella no lo quería importunar. Ya bastante tiempo se había tomado él para ense?arle todo lo que podía.

  Con quien sí se encontró por accidente durante su recorrido por los jardines, fue con el Se?or Narthoss mirando fijamente una fuente de agua como si encontrara en un momento de profunda meditación.

  Al verlo, Rovenna intentó volver por donde había venido pero el crujido de sus pies fue lo suficiente alto como para que el elfo saliera de su trance y girara su cabeza para mirarla.

  –?Disfruta la baronesa de su estadía? No la he visto desde su llegada.

  –Sí, sí, mi se?or –respondió ella agitada haciendo una reverencia –. Estoy encantada de estar aquí.

  Se quedó callada sin saber qué decir pero él la observó apenas por un instante y se dio la vuelta para alejarse.

  Para su alivio, no volvió a cruzarse con él durante sus paseos. Se sentía culpable porque él no había sido más que amable con ella pero su presencia la intimidaba hasta el punto de impedirle respirar con su mera presencia.

  Pese al suave ritmo de aquella apacible rutina, sus días en el castillo se fueron decantando como lentas gotas que van cayendo dentro de una copa hasta desbordarla. Cada vez que Rovenna pensaba en el regreso se le estrujaba aún más el corazón de una manera tan doloroso que estaba segura que en cualquier momento dejaría de escuchar sus propios latidos y todo lo que volvería a Nemertya no sería más que una cáscara de lo que había sido.

  –Valor –se decía así misma. Su vida con el barón no podía durar para siempre. Tenía que sobrevivir y esperar su momento. Todavía era muy joven. Gracias a las ense?anzas de Eldrin se volvería más fuerte.

  El día antes de partir, el Acólito hizo por fin su aparición.

  –?Rovenna! ?En dónde te habías metido? ?Te he buscado por todas partes! –él llegó corriendo atravesando los jardines. En el poco tiempo que lo conocía, Rovenna nunca lo había visto tan agitado.

  Frente a la mirada impasible de las elfas, los dos se sentaron en un banco mientras él le relataba todo lo que había visto del castillo, un poco distinto de la experiencia de Rovenna ya que él había tenía acceso a otros espacios junto con el resto de los Maestros.

  –Pero eso no es lo importante –tomó aire antes de continuar –. Esta noche, el Se?or Narthoss ha accedido a concederme una audiencia.

  Rovenna se mostró contenta por él. El mago tomó las manos entre las suyas aunque, por alguna razón, ese gesto no le inspiró ningún sentimiento, algo que hubiera esperado luego de todo lo que habían compartido.

  –Quiero que me acompa?es –dijo él de repente.

  –?Yo? –Rovenna se sorprendió.

  –El Se?or Narthoss me ha pedido que vaya acompa?ado de un testigo.

  –?Pero para qué quiere un testigo?

  A Eldrin pareció molestarle la pregunta.

  –No sé, pero si el Se?or Narthoss lo solicita, yo no soy quién para cuestionar sus deseos.

  Acordaron encontrarse luego de culminada la cena de despedida cuando ya todo el mundo se había retirado a sus habitaciones. Rovenna se mostró confundida cuando la condujo hasta la entrada del castillo y bajaron las escaleras hasta llegar al muelle de piedra. Ella había pensado que la audiencia se celebraría en el gran salón u otro lugar del castillo pero al final se subieron a uno de los botes blancos que atravesó el lago en dirección a los árboles.

  Curiosamente, las elfas no hicieron nada por detenerla, como ella había creído al principio, pero quizás estaban obedeciendo órdenes del Se?or Narthos, lo cual comenzó a inquietar a a Rovenna.

  A diferencia del primer día, las formas de los árboles transmitían un aire siniestro en medio de la oscuridad. Al principio lograron ver algo gracias a los faroles que colgaban de las casitas de los elfos que vivían en los árboles pero a medida que se internaban cada vez más en los profundo del bosque las ramas se iban cerrando cada vez más hasta incluso bloquear el brillo de la luna.

  Rovenna comenzó a tener una mal presentimiento. No entendía por qué tenían que alejarse tanto.

  Finalmente, el bote se dio de frente con algo que le impidió continuar sorprendiendo a ambos jóvenes. Una serie de luces comenzaron a encenderse provenientes de piedras incandescentes ubicadas en círculo alrededor de un claro en el que se encontraba esperando el Se?or Narthoss de espalda hacia ellos.

  Como el primer día vestía una amplia túnica plateada como la luz de la luna llena que brillaba sobre él. Frente a él había un enorme espejo un marco de ramas plateadas y entrelazadas. Pese a la distancia, el reflejo de sus ojos violetas parecía mirarla a ella directamente. Rovenna hubiera deseado en ese momento haber rechazado la invitación de Eldrin.

  El elfo se dio la vuelta. No pareció sorprendido de ver a Rovenna.

  –Acólito Eldrin –saludó él y luego inclinó la cabeza –. Se?ora Rovenna.

  Era la primera vez que el Elfo la llamaba por su nombre y esto provocó que el corazón de Rovenna diera un salto. Inclinó la cabeza en respuesta. Nada se esperaba de ella allí, excepto ser testigo.

  –Saludo al Se?or del Bosque de los Espejos –dijo Eldrin inclinándose –y agradezco profundamente que se me concediera hablar con usted.

  –No es muy común que alguien se atreva a solicitar ser mi aprendiz –continuó el elfo abruptamente –. ?Qué te hace creer que puedes lograrlo?

  –Podría hablarle de mis habilidades pero sé que esto no sería suficiente, sólo soy un humano y usted un se?or elfo con un poder sin igual pero si usted me concediera el honor estaría dispuesto a hacer lo que fuera por sobrepasar mis límites.

  –?Lo que fuera?

  –Estoy dispuesto a aguantarlo todo, cualquier entrenamiento, cualquier obstáculo que usted me ponga delante, cualquier dolor. ?Estoy dispuesto incluso a traicionar al Consejo y servir a los elfos!

  –Servir a los elfos... –observando al elfo con atención, a Rovenna le parecía las palabras de Eldrin le habían hecho gracia.

  El elfo permaneció un momento en silencio antes continuar.

  –Para yo poder aceptarte, deberás antes pasar la prueba del Espejo Oscuro –volteó su mirada hacia el espejo detrás de él.

  –Entonces... es cierto, existe de verdad –la voz de Eldrin se quebró y todo su cuerpo comenzó temblar de pies a cabezas.

  –Sabes lo que tienes que hacer entonces –le dijo el elfo.

  –Sí –dijo Eldrin avanzando lentamente hacia el espejo oscuro.

  –Te advierto que no será nada placentero. La muerte nunca lo es.

  Aquella palabra puso más en alerta a Rovenna. ?Eldrin iba a morir?

  –?Eldrin, espera! –habló sin pensar –. ?Qué quiere decir eso?

  –?Cállate, Rovenna! –la voz del Eldrin se sintió como un latigazo en su pecho –. ?Tú no sabes nada!

  –?Pero yo no quiero que mueras! ?No hay poder en el mundo que valga la pena! –Rovenna se lanzó sobre él y tironeó de su túnica azul.

  En respuesta, recibió un duro golpe en la cara que le dejó sangrando la nariz.

  –?Estúpida! ?Cómo te atreves a detenerme? ?No eres más que la desgraciada esposa de un noble que te trata como un insecto! ?Hice lo que pude contigo! ?Incluso te invité a venir por lástima cuando podría haber solicitado a cualquier de los Maestros! ?Por la Ninfa, eres una Astra! ?Pensaste que no lo sabía? ?Claro que lo sabía! La única razón por la que te ayudé era porque quería medir el alcance de tu poder y confirmar si era verdad que habías heredado las habilidades de tus antepasados pero he concluido que la sangre de tu familia se ha vuelto muy débil. Con razón tus padres se rindieron y te vendieron como ganado.

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  Con la mitad de su cara ardiendo de dolor, las primeras lágrimas brotaron en el rostro de Rovenna mezclándose con la sangre que goteaba sobre el pasto. No hizo ningún intento por levantarse y permaneció tirada en el suelo deseando con todo lo que quedaba de su magullado corazón que la Ninfa le concediera la muerte en ese mismo momento.

  Narthoss observaba la escena atentamente pero sin decir nada.

  Eldrin alcanzó por fin el espejo y levantó los ojos para verse en él. En lo que le pareció una eternidad, Rovenna levantó los ojos pero no alcanzó a ver nada reflejado en el espejo. Sólo oscuridad. Sin embargo, cuando fijó su atención en el rostro de Eldrin, su mirada arrogante se había desvanecido para ser reemplazada por el terror, como si se encontrara frente a una criatura monstruosa.

  –No... este no soy yo –susurró lo bastante alto como para que ella lograra captar las palabras.

  –No, todavía no, es lo que serás –respondió el elfo tranquilamente.

  –Pero... ?por qué? Yo no quiero terminar así.

  –El Espejo Oscuro nunca miente. Ese es tu destino.

  –?No! ?No puedo terminar así! ?Cuál es el sentido? ?Después de todo lo que he hecho, todo lo que quiero hacer! –Eldrin se giró hacia el elfo –. ?Por favor!

  –Dijiste que harías lo que fuera.

  –?Sí!

  –Es el momento entonces de demostrarlo –Narthoss volvió sus ahora apagados ojos violetas hacia Rovenna –. Para evitar ese destino, el Espejo requiere un sacrificio.

  –?No, no! –Rovenna comenzó a retroceder aterrada ante la mirada desencajada de Eldrin que frente a sus narices levantaba sus brazos para disparar una onda expansiva contra ella.

  Fue en ese momento, antes de que la energía del sello la alcanzara, que una certeza la golpeó con fuerza.

  En realidad, no quería morir.

  Su cuerpo reaccionó en consecuencia. Sus pies se plantaron firmes en el suelo y con movimientos rápidos sus dedos trazaron las líneas del sello que Eldrin le había hecho practicar hasta la extenuación solamente para probar sus límites.

  La onda de Eldrin chocó con el escudo de Rovenna pero el impacto fue tan fuerte que ella igualmente se vio empujada hacia atrás y su cuerpo se hundió en las aguas oscuras.

  Nunca había nadado en su vida. Con todas sus fuerzas intentó impulsarse hacia arriba pero su pie se había atascado con un raíz. De repente, un remolino comenzó a formarse en la superficie del agua y se hizo cada vez más profundo hasta llegar donde estaba ella. La fuerza del remolino hizo que la raíz que la sujetaba se rompiera pero terminó succionándola y comenzó a dar vueltas sin para hasta perder el sentido de orientación. Eldrin intentaba ahogarla y ella no podía defenderse.

  Como medida desesperada, cambió de estrategia y dejó de resistirse a la fuerza del remolino que no le permitía hacer ningún movimiento.

  Fue el mismo Eldrin que le había explicado que si fuera capaz manifestar su intención de manera certera no le requeriría tanto esfuerzo manifestar el sello. Bastaría con tenerlo bien claro en su cabeza y dominar la energía.

  No había otra manera de salir de aquel entuerto.

  Quiero vivir, quiero vivir, quiero vivir. Mientras se decía esto, la figura del sello se dibujó en su mente como cuando en sus primeros a?os de Iniciado los escribía una y otra vez sobre los pergaminos.

  Quiero vivir.

  No fue el mejor de sus intentos pero la fuerza que emanó de sus manos sí fue lo bastante fuerte como para impulsarla hacia arriba hasta que su cuerpo saltó fuera del agua quedando suspendida por un momento en el aire. Antes de volver a caer en el agua sus manos reaccionaron a tiempo para agarrarse de una rama y así su cuerpo quedó colgando con los pies en el aire.

  Empapada y agotada, incapaz de invocar un nuevo sello en aquella posición, Rovenna, observó la mirada atónita de Eldrin y cómo detrás de él el elfo ladeaba la cabeza como si de repente le hubiera interesado lo que estaba viendo.

  Si caía de nuevo en el agua, Eldrin la volvería a atacar de la misma manera, así que tomando impulso con las piernas se encaramó a la rama y comenzó a reptar sobre ella con una velocidad que había olvidado que poseía. De algo le habían servido sus travesuras de ni?a en Nemertya mientras saltaba por los techos de las casas para escapar de los castigos de sus padres o de otros ni?os que intentaban lastimarla.

  Contaba con la oscuridad para que él no pudiera verla moverse entre las ramas, aunque por poco se salvó de varias ondas expansivas que él comenzó a lanzar a ciegas contra el follaje oscuro. Cuanto Rovenna se encontró los más cerca sin perder tiempo trazó las formas del sello antes de caer directo sobre Eldrin y atacarlo con otra onda expansiva.

  él logró detenerla a tiempo con un escudo pero ella no se dejó esperar para atacar de nuevo. Ambos salieron rodando por el suelo pero esta vez Rovenna no logró ser lo bastante rápida para impedir que Eldrin la inmovilizara con su propio cuerpo.

  Ella se encontraba al límite de sus fuerzas cuando vio las líneas doradas en la mano que Eldrin apuntaba contra su cuello. Cerró los ojos mientras hacía todo lo posible por liberar sus manos y defenderse mientras una voz dentro de su cabeza le decía que ya estaba todo perdido.

  Entonces todo se detuvo y sus manos desesperadas se sacudieron en el aire sin nada que las detuviera. Ya no sintió más el peso del cuerpo de Eldrin sobre ella y cuando abrió los ojos observó como él elfo retenía al Acólito con una mano y lo arrojaba lejos de Rovenna.

  La confusión dejó aturdido a Eldrin que observaba al elfo sin poder hablar.

  –Ya he visto suficiente –dijo elfo posando su oscura mirada sobre Rovenna –. Ahora es tu turno.

  Rovenna se fue levantando del suelo sintiendo dolor en cada músculo de su cuerpo. Ya no podía luchar más. El elfo podía matarla allí mismo si quería.

  –?Mi turno para qué? –dejó escapar un alarido al tratar de enderezar la espalda.

  –De mirar el espejo. Sólo así podrás...

  Rovenna ya estaba harta de escuchar el elfo y no se contuvo de interrumpirlo.

  –No quiero mirar el maldito espejo, no quiero matar a nadie, no quiero para nada ser tu aprendiz –dijo mientras se arrastraba por el suelo de manera patética aunque no sin dirigirle una mirada cargada de furia a la arrogante criatura que tenía delante.

  El elfo alzó las cejas.

  –?Qué es lo que quieres entonces?

  –?Paz! –gritó Rovenna.

  –?Quieres paz? –el elfo frunció el ce?o.

  –?Sí! ?Quiero que me dejen en paz!

  –Ya veo... –el elfo se llevó una mano a la boca y se quedó pensativo.

  –Si esto es lo que requiere para estudiar magia –continuó Rovenna se?alando el espejo –entonces no tengo lo que se necesita para ser maga. ?Así que mátame o déjame ir!

  El elfo continuó mirándola por lo que le pareció una eternidad hasta que finalmente dijo:

  –Bien, creo que tú servirás.

  –?Eh? –Rovenna no entendía nada.

  –Desde hoy serás mi aprendiz –aclaró el elfo.

  El alarido de Eldrin no dejó esperar.

  –?Pero ella... es una Astra! –a pesar suyo, el dedo acusatorio del mago le dolió tanto a Rovenna como si le hubieran clavado un cuchillo en medio del corazón –. ?Su familia cazaba quimeras!

  El elfo miró a Rovenna.

  –Muchacha ?te encuentras cazando quimeras en este momento? –la voz del elfo sonaba como si intentara hacer una broma.

  –?Claro que no! –exclamó ella aireada.

  –Entonces... –el elfo volvió sus fríos ojos hacia Eldrin –. No veo cuál puede ser el impedimento.

  –?Mi se?or no puede hablar en serio! –gritó Eldrin.

  El elfo no se molestó ni siquiera en mirarlo mientras ayudaba a Rovenna a levantarse y a continuación movía una mano sobre las partes de su cuerpo lastimadas. Ella sintió cómo el dolor de sus heridas remitía a medida que estas se iban curando milagrosamente hasta desaparecer del todo sin dejar cicatrices, como si nunca hubieran ocurrido.

  –?Llegaste aquí gracias mí! –continuó gritando Eldrin a Rovenna –. ?Todo lo que eres ahora y todo lo que serás es gracias a mí! ?No lo olvides! ?Le diré al barón lo que has hecho y te pondrá en tu lugar como la mujerzuela que eres!

  –Hablas demasiado –con un movimiento leve de su cabeza Narthoss hizo que unas ramas se estiraran de los árboles y envolvieran al mago de pies a cabeza hasta callar sus gritos. Las ramas lo cargaron hasta llegar el bote en donde lo tiraron y el bote comenzó a moverse solo.

  –?A dónde lo llevas? –preguntó Rovenna.

  –Fuera del bosque. No lo quiero más en mi castillo. Mis súbditos no han parado de quejarse de sus modales rudos y sus preguntas atrevidas.

  –?Por qué me elegiste como aprendiz? No tengo la suficiente...

  Narthoss acercó su cabeza a la Rovenna quedando sus frentes casi pegadas.

  –Te elegí porque es mi deseo.

  Los labios de Rovenna temblaron.

  –?Y... y... la prueba?

  El elfo volvió a enderezarse y el aire volvió a los pulmones de la muchacha.

  –Ah, eso es sólo una excusa para asustar a los magos. Siempre caen –los labios del elfo se arrugaran como si estuviera a punto de sonreír, luego miró hacia el espejo con disgusto –. Odio usar este espejo. Debería tirarlo.

  –?Pero qué fue lo que vio Eldrin?

  –Su muerte.

  –Me lo imaginaba.

  –Aunque no podría decir si lo que vio fue de verdad... mi hermano Phrondyr siempre insiste que el espejo fue creado como una broma que el gigante Yorgad preparó para nuestro abuelo.

  –Todo esto fue una broma para ti entonces –dijo Rovenna en tono acusatorio.

  El elfo volvió a ladear la cabeza. Rovenna ya había aprendido que lo hacía cuando algo lo divertía.

  –En ningún momento iba a dejar que te matara –dijo el elfo –. No sé qué tanta mala fama tengo en el reino humano, pero no soy un elfo que va por ahí derramando sangre, al menos no por diversión.

  –Pero si dejaste que me atacara.

  –Considéralo tu primera sesión de entrenamiento –sonrió el elfo con los labios.

  Rovenna estaba cansada. Había sido maltratada por su anciano y asqueroso marido, traicionada por el mago al que le había dado su amistad, desde que tenía memoria tanto su familia como sus padres la habían tratado con desprecio, y ahora este elfo maldito la había utilizado como un divertimento.

  –?Eres detestable! –le gritó elfo.

  Narthoss abrió los ojos como platos antes de dejar escapar una carcajada que reverberó en forma de eco entre los árboles.

  Pese a su enojo, Rovenna no podía dejar de mirarlo con la boca abierta.

  El elfo se había reído.

  Y no cualquier elfo, sino el temible Se?or del Bosque de los Espejos.

  –Ya no recuerdo cuántos siglos pasaron desde que me divertía nada –dijo él restregándose los ojos pero no tardó en volver a adoptar su enigmática mirada.

  Se acercó a Rovenna y con su dedo índice levantó su mentón. La miró directo a los ojos como si pudiera leer todo lo que había escondido en los más recóndito de su ser. Sus recuerdos, sus miedos, sus deseos, incluso aquellos que no quería admitir que existieran dentro de ella.

  La incómoda sensación que Rovenna sentía en el estómago cada vez que el elfo la miraba de aquella manera volvió a repetirse y si no fuera porque él parecía sostenerla se habría caído al suelo debido al temblor de sus rodillas.

  Sin embargo, eso dejó de importarle una vez que observó como en los ojos del elfo se reflejaban espirales doradas girando sobre sí mismas.

  Códigos Etéreos.

  El elfo la soltó de golpe y se dio la vuelta.

  –Cinco a?os –dijo.

  Rovenna se atragantó.

  –?Cinco a?os?

  –El mago tiene razón. Tu poder deja mucho que desear... pero creo que cinco a?os serán suficientes. Nunca me equivoco. ?Vienes?

  –Lord Narthoss, es un honor... yo...

  –Mientras no haya otros humanos presentes, me puedes llamar simplemente Narthoss... –dicho eso el elfo se dio la vuelta y se dirigió hacia otro bote que flotaba sobre el agua.

  –?Qué pasará con Eldrin? él...

  –Para ocultar su propia vergüenza, él no se atreverá nunca a contar lo que sucedió esta noche.

  –?Y mi esposo?

  El elfo dejó escapar un bufido despectivo.

  –Soy el Se?or de Bosque. Hará lo que diga. Puede elegir entre esperarte o buscarse una nueva esposa.

  A Rovenna le acometió el miedo de ser la causante de un conflicto político pero lo desestimó de inmediato. Prefería caerse muerta en ese mismo momento que atravesar de nuevo la tortura de los últimos meses.

  Miró en dirección de la espesura por donde Eldrin había desaparecido antes de continuar caminando detrás del elfo.

  Narthos le había regalado cinco a?os.

  Cinco a?os.

  Cinco a?os para entrenar su magia.

  Cinco a?os para convertirse en Maestra.

  Cinco a?os para enfrentarse a sus enemigos y a todos aquellos que se pusieran en su camino.

  Incluido Eldrin.

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