El sonido rítmico y poderoso de los martillazos del maestro herrero resonaba en el taller. Ahí mismo, Cáliban trabajaba con concentración en su mesa, conectando runas y circuitos mágicos sobre una fina lámina de roca rúnica. Aquel mineral, raro y valioso, poseía propiedades únicas. A diferencia de otros que solo regulaban, desviaban o transmitían energía, este podía almacenarla en su interior, convirtiéndose en un recurso esencial para sus creaciones.
De pronto, un estruendo interrumpió su labor.
—?Cáliban! —la voz de Dimerian retumbó en el taller mientras las puertas se abrían de golpe.
Cargaba a un hombre gravemente herido en sus brazos, su cuerpo estaba cubierto de cortes abiertos, sangre seca y signos evidentes de haber soportado una brutalidad extrema.
—?Mocoso! —bramó Bardrim, dejando su trabajo al ver la escena —?Por qué trajiste a ese sujeto aquí? ?Llévalo al hospital!
—?No puedo! —espetó Dimerian, con el ce?o fruncido —Más bien, no quiere… está buscando al líder.
Cáliban, al escuchar esas palabras, dejó los cinceles y se giró hacia el desconocido. Su estado era crítico. Sin dudarlo, extendió las manos, dejando fluir su ánima para cerrar las heridas más graves. Desde las sombras, Ocelotl emergió con su forma espectral, proyectando una penumbra inquietante mientras intentaba canalizar su propia energía para acelerar la sanación.
—Se?or… ?Reconoce a este hombre? —susurró Ocelotl, con su silueta oscura recorriendo cada rincón del cuerpo maltrecho.
Cáliban frunció el ce?o, analizando cada detalle del desconocido, pero no importaba cuánto lo estudiará, su rostro le era completamente ajeno. Sin embargo, algo captó su atención.
Un destello.
Un tenue brillo emergió de la única mano sana del hombre, contrastando con la cálida luz del alto horno. Cáliban tomó la mano con cuidado y observó un anillo de oro, sencillo pero elegantemente decorado. Lo que más llamaba la atención era el emblema grabado en su superficie. Una rosa con espinas.
—Esto es… —susurró, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
No obstante, el anillo tampoco le daba ninguna pista sobre su identidad. Antes de que pudiera reflexionar más, el sonido de pasos apresurados irrumpió en la sala.
—Líder, mi lanza ha perdido el filo, quería saber si…
Reinhard y Joseph entraron sin terminar la frase, aún con la adrenalina del entrenamiento en la mazmorra, pero se quedaron helados al ver el cuerpo destrozado del extra?o.
—?Quién demonios es él? —preguntó Joseph, acercándose con cautela.
—No lo sé… —murmuró Cáliban, sin apartar la vista del herido —Dimerian dice que entró a la tienda y pronunció mi nombre antes de desplomarse. Estoy tratando de estabilizarlo… espero que despierte pronto.
Mientras el tiempo transcurría y el hombre seguía atrapado en su letargo, el resto continuaba con sus actividades, ajenos a la tormenta que se cernía sobre ellos desde las sombras.
Joseph, incapaz de apartar la vista del anillo reluciente en la mano del desconocido, se inclinó para examinarlo más de cerca.
—Ese símbolo… —murmuró, con el ce?o fruncido mientras trataba de recordar dónde lo había visto —Me resulta familiar… —cerró los ojos unos segundos y, de pronto, la respuesta golpeó su mente como un rayo —?Ah! Lo he visto en la maleta de Cecilia… es el emblema de su familia.
Las palabras resonaron como un eco inquietante en la mente de Cáliban. Una sensación de alarma se apoderó de él. Sin perder un segundo, ordenó a Reinhard y Joseph que fueran a la casa y se aseguraran de que Cecilia y las demás estuvieran a salvo. Mientras tanto, con la mirada fija en su paciente, llamó a Dimerian con voz firme.
El joven, que había permanecido en silencio, ajeno a la conversación, se sobresaltó al escuchar su nombre.
—?S-sí? —su voz traicionaba el nerviosismo que lo carcomía; el estado del hombre herido lo tenía completamente perplejo.
—Necesito que continúes mi trabajo mientras lo curo.
El sonido del martillo de Bardrim, que hasta ahora había resonado con fuerza en el taller, cesó abruptamente.
—??Qué?! —rugió el maestro herrero, girándose con incredulidad —?Ni?o, el pelirrojo apenas puede hacer bien una tarea! Si le dejas esto, seguro lo echará a perder.
Dimerian tragó saliva, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.
—Sí… creo que deberías hacerlo tú, Cáliban… yo no podría…
Sus manos comenzaron a temblar de manera casi imperceptible. Sabía que Bardrim tenía razón. Sus dedos sudorosos y torpes podrían arruinarlo todo con un solo error. Sin embargo, cuando alzó la mirada, se encontró con la mirada férrea de Cáliban, quien no titubeó al hablar.
—Ya tomé mi decisión. Hazlo, Dimerian.
Bardrim bufó, exasperado.
—?No entiendes! —su tono se elevó con frustración —Ese mocoso no tiene talento, no es preciso… ?Y se asusta por una peque?a llama!
Cada palabra era como una daga hundiéndose en el pecho de Dimerian. Cada frase, un golpe directo a sus inseguridades. Lo sabía. No tenía talento innato. No tenía la fuerza o la habilidad que otros parecían poseer con tanta facilidad. Y, por más que se esforzara, siempre sentía que no era suficiente.
—Tienes razón… —admitió Cáliban de repente.
Bardrim infló el pecho con orgullo, convencido de que su punto había sido validado.
—Dimerian no nació con esas cualidades. —continuó Cáliban, con una calma calculada. Dimerian sintió cómo algo dentro de él se quebraba —Aun así, lo hará.
Bardrim frunció el ce?o, y Dimerian levantó la vista, incrédulo.
—Ni?o, ya te dije que-
—Dijiste que no nació con talento, y es cierto. —lo interrumpió Cáliban, clavando su mirada en el herrero —Pero no todo en este mundo se trata de talento, Bardrim… tú, mejor que nadie, deberías saberlo.
El silencio cayó sobre la sala. Bardrim frunció aún más el ce?o mientras su mandíbula se tensaba.
—No tiene talento, pero tiene algo mucho más valioso. Pasión, dedicación… y, sobre todo, amor por su arte. Esas tres cosas valen más que cualquier talento. —Cáliban dio un paso adelante —Su espada es testigo de ello… y tú también.
El herrero lo miró con intensidad. No respondió de inmediato, pero la verdad en esas palabras pesaba demasiado como para ignorarla. Bardrim desvió la mirada hacia la espada de Dimerian, que descansaba en un rincón de la habitación junto a la piedra de afilar. Sus ojos se oscurecieron al recordar los últimos momentos del herrero que la forjó, los instantes en los que su alma ardió con una pasión pura, convirtiéndose en la llama que dio vida a aquella obra maestra. Un suspiro pesado escapó de sus labios.
—Bien… —murmuró al final, con resignación —Pero si algo sale mal, serás tú quien haga todo el trabajo.
Con un gru?ido, se ajustó los lentes y retomó su martilleo, llenando la estancia con el sonido metálico.
Dimerian parpadeó, atónito. No sabía qué decir ni cómo reaccionar. Cáliban, en cambio, simplemente asintió, depositando su confianza en él antes de volver su atención al hombre herido.
Sintió que la presión en su pecho cedía ligeramente. No estaba seguro de si Cáliban tenía razón… pero si su líder creía en él, entonces quizá, solo quizá, podría intentarlo.
Respirando hondo, Dimerian tomó el cincel y el martillo con manos aún temblorosas. El sonido de sus golpes suaves y cuidadosos comenzó a mezclarse con el estruendo de Bardrim, llenando la sala con un ritmo discordante pero constante.
Desde las sombras, Ocelotl sintió la inquietud de su maestro. Su conexión con Cáliban le permitía percibir sus pensamientos incluso sin intercambiar palabras.
?Maestro… tranquilo. Seguramente las chicas están bien.?
Cáliban exhaló despacio, dejando que las palabras de su familiar calmaran su mente.
?Espero que tengas razón…?
En la entrada de la Casa de los Especiales. Reinhard y Joseph observaban la gran mansión con atención. Algo no les cuadraba. No había luces encendidas. No se oían voces, ni siquiera el más mínimo indicio de actividad.
Con el ce?o fruncido, cruzaron las puertas. El silencio absoluto los envolvió como una manta fría.
—?Cecilia! ?Nhun! ?Chicas! ??Hay aguien aquí?! —llamó Joseph, su voz resonó en el pasillo vacío.
Pero no hubo respuesta. Nada. El eco de su propio llamado fue lo único que le devolvió la casa.
—Yo revisaré el segundo piso. Busca por aquí abajo. —indicó Reinhard antes de subir las escaleras con pasos firmes.
Joseph recorrió la planta baja meticulosamente. Revisó la cocina, el área de entrenamiento, incluso los ba?os. Nada. No había ni un solo rastro de ellas.
Cuando regresó a la sala principal, algo llamó su atención. Los sillones estaban intactos, como si nadie los hubiera usado en horas. Todo parecía demasiado… estático. Demasiado inerte.
Excepto por un libro.
Un único volumen abierto sobre la mesa, con las páginas ligeramente dobladas, como si alguien lo hubiera dejado allí apresuradamente.
Joseph se acercó y lo tomó con cautela. Su mandíbula se tensó al leer el título en la portada.
—"Centauro"… ?Qué mierda es esto…?
Antes de que pudiera siquiera procesarlo, un grito desgarró el silencio desde el segundo piso.
—?Joseph!
La voz de Reinhard estaba cargada de una desesperación palpable. Joseph no lo pensó dos veces. Se lanzó escaleras arriba con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Al llegar al pasillo de las habitaciones de las chicas, vio a Reinhard en la puerta del cuarto de Cecilia. Sostenía una peque?a caja en sus manos.
—?Qué sucede? ?Encontraste algo?
Reinhard no apartó la vista de la caja. Sus manos temblaban ligeramente.
—Sí… —balbuceó, con la voz entrecortada —Eso creo…
El aire en el pasillo se volvió denso, sofocante. Algo no estaba bien. Y ambos lo sabían.
Reinhard extendió la caja hacia Joseph, sin decir una palabra. Ambos sintieron un escalofrío recorrerles la espalda al ver su contenido. Una mano cercenada, rígida por la muerte, descansando sobre el fondo de madera oscura de la caja.
Joseph apretó los dientes, sintiendo una presión en el pecho. No necesitaba preguntar. Recordó el estado del hombre herido, la extremidad faltante, la expresión de agonía en su rostro. No había duda… ese brazo le pertenecía.
Su mirada recorrió la habitación con cautela hasta que notó algo más. Una nota descansaba bajo la cama, su papel estaba desdoblado, marcado por el sello de sangre y lágrimas secas que habían manchado la hoja.
Con manos temblorosas, la recogió y la abrió. Reinhard se acercó, leyendo a su lado. Sus ojos se movían de un lado a otro, recorriendo cada palabra, intentando procesar lo que estaban viendo.
Pero al llegar al final, ambos se quedaron inmóviles. Sus miradas se encontraron. El aire abandonó sus pulmones. No hubo palabras, solo un frío estremecimiento que se instaló en lo más profundo de sus corazones.
Sus peores sospechas se habían confirmado. Pero eso no les daba ninguna paz.
—?Cáliban! —gritaron ambos.
La puerta del taller se abrió de golpe, resonando con un estruendo en la gran sala. Ambos entraron a toda prisa, con la respiración agitada y la caja aún en manos de Reinhard.
Cáliban, que seguía concentrado en sanar al hombre herido, levantó la vista con el ce?o fruncido.
—?Qué sucede? ?Por qué están tan…?
Se detuvo al ver la expresión en sus rostros. Luego, su mirada bajó hacia la caja. Algo en su interior se retorció.
Joseph respiró hondo, tratando de encontrar las palabras. Se lanzó a relatar el contenido de la carta. Las condiciones, el horario, la "invitación" que habían recibido para una reunión. Con cada palabra, el ambiente se volvía más pesado.
Bardrim dejó su martillo sobre la mesa. Dimerian apartó sus cinceles, acercándose con el rostro pálido. Hubo silencio. Uno sofocante, casi asfixiante.
Pero no había terminado. Antes de que Cáliban pudiera procesar lo que acababa de escuchar, la carta comenzó a vibrar en sus manos. Y luego, explotó.
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Un remolino de papel y viento se desató en la sala, esparciendo fragmentos por el aire. Las hojas danzaban a su alrededor, uniéndose, enredándose, moldeándose… hasta formar una silueta.
Una silueta que todos conocían demasiado bien.
Bardrim entrecerró los ojos. Dimerian retrocedió instintivamente. En el centro de la sala, la figura de Alec, hecha de papel y viento, se alzaba con arrogancia, su presencia era intangible pero opresiva.
—Cáliban… —la voz de Alec se alzó en la sala con un tono gélido —Si este mensaje ha llegado a ti, entonces ya debes haberte dado cuenta… de que tengo a tus amigas.
La proyección comenzó a caminar lentamente a su alrededor.
Aunque la distancia entre ellos era insalvable, la mirada llena de amargura de Alec se transmitía perfectamente a través de los pliegues de papel que formaban su rostro.
—Dime… ?Qué se siente ser el heredero de los Lothrim?
Sus palabras fueron como una cuchilla atravesando la calma. Reinhard y Joseph intercambiaron una mirada perpleja.
—?Heredero…? —murmuró Reinhard, sin entender lo que acababa de escuchar.
Pero Alec continuó, sin dejar espacio para preguntas.
—?Madame Lothrim ya te contó lo que implica esa "responsabilidad"? ?Ya te llenó la cabeza con promesas de un futuro brillante?
Una risa amarga escapó de sus labios de papel.
—Sí… supongo que debe estar feliz… por haber encontrado a su nieto de sangre.
Dimerian, Joseph y Reinhard se quedaron en silencio, tratando de procesar las palabras de Alec. Si no conocieran la verdadera naturaleza de Cáliban, la sorpresa habría sido aún mayor. Pero había alguien en la sala para quien aquella revelación fue un golpe devastador.
Dimerian echó un vistazo al maestro herrero. Bardrim tenía los ojos desorbitados, completamente en blanco por el impacto de la noticia. Joseph agitó una mano frente a su rostro. Nada. Ni una sola reacción.
En su mente, el herrero solo podía repetir una frase, como un eco interminable:
?Este mocoso… es nieto de esos dos bastardos…?
Mientras tanto, Alec continuaba, con su voz impregnada de un veneno que se clavaba en lo más hondo.
—Seguro debes estar regocijándote con el poder y las oportunidades que te han surgido ahora… —su tono destilaba ironía —Pero yo sé tu sucio secreto…
La silueta de papel se acercó a Cáliban, su rostro inerte y sin vida de alguna forma lograba transmitir pura rabia contenida.
—Sé quién eres… y sé lo que harás con este mundo.
Alec se giró lentamente, con un dramatismo casi teatral que contrastaba con su personalidad habitual. Caminó con calma, con las manos entrelazadas en la espalda, como si tuviera el control absoluto de la situación. Al llegar a la distancia justa, miró a Cáliban por encima del hombro, con una sonrisa que no necesitaba labios para sentirse.
—Si quieres volver a ver a tus herramientas con vida, entonces ven al distrito rojo de Hilloy. Mis subordinados te llevarán con un pase seguro…
Hizo una pausa, disfrutando el momento antes de soltar su última sentencia:
—Te esperaré en la entrada del Gorrión Dorado. Puedes venir solo o acompa?ado… nada cambiará el resultado.
Y con esa última declaración, su reflejo se desvaneció.
Las hojas que conformaban su figura comenzaron a desgarrarse en el aire, reduciéndose a meros fragmentos de papel que flotaron por la sala antes de caer al suelo de la forja, en un silencio sepulcral.
Entonces, un cambio radical sacudió la atmósfera.
La intención asesina de Cáliban llenó el aire, devolviendo de golpe la conciencia a Bardrim.
Los pu?os de Cáliban se cerraron con tanta fuerza que sus nudillos crujieron. El suelo bajo sus pies comenzó a vibrar levemente, como si su propia furia estuviera buscando una salida. Su respiración era pesada, su aura crecía con cada segundo, a punto de desbordarse en un estallido de ira. Pero entonces, un sonido debilitado lo sacó de su trance.
Un quejido.
El hombre herido estaba despertando. Lord Thorm entreabrió los ojos, su mente aún estaba envuelta en un torbellino de confusión.
—?Dónde… estoy…? ?Qué es…? —balbuceó con dificultad, intentando incorporarse.
Pero su cuerpo no le respondía. Sin una extremidad, cada movimiento se volvía una batalla. Cáliban se acercó de inmediato y lo ayudó a alzarse con sumo cuidado.
—?Se encuentra bien?
Thorm parpadeó varias veces, tratando de enfocar su vista.
—Tú… ?Quién eres?
Dimerian, aún afectado por la situación, tomó la palabra.
—él es Cáliban… —dijo con voz firme —A quien buscabas cuando entraste por la puerta del Emporio.
Thorm lo miró con intensidad. Las expectativas que había construido en su mente chocaron contra la realidad como un muro de piedra. Su expresión cambió de inmediato. Desesperación y miedo se reflejaron en su mirada.
—No… —balbuceó con voz temblorosa —él dijo… —Se aferró con fuerza al brazo de Cáliban. —él dijo que podía cambiar el destino…
Cáliban lo sostuvo con firmeza. Pero en su interior, una oscura sensación de incertidumbre comenzaba a brotar.
—?Quién le dijo eso? —preguntó de manera firme.
Lord Thorm respiraba de manera errática, su pecho subía y bajaba a un ritmo descontrolado.
—Estaba… tirado en la calle… —sus palabras eran entrecortadas, luchando contra la angustia —Ellos se las llevaron. A mi hija… también a Nhunisha… incluso a sus amigas… y… —De repente, sus ojos se abrieron con terror renovado. —Y… una mujer…
Cáliban lo sujetó con más firmeza, su corazón latía con fuerza.
—?Una mujer? ?A qué se refiere? ?Quién era?
Lord Thorm tragó saliva con dificultad.
—No lo sé… solo recuerdo su cabello… cabello violeta…
Joseph entrecerró los ojos, su mente conectó las piezas en un instante.
—?Ah! Debe ser Lady Lidia.
—Con la amenaza de la carta, tal vez recurrieron a ella para pedir ayuda… —a?adió Reinhard, cruzado de brazos, meditando sobre la situación.
Cáliban apretó la mandíbula. Si Lidia estaba involucrada, significaba que la situación era aún más grave de lo que imaginaban. Pero Lord Thorm aún no había terminado.
—Luego de eso… —continuó, con la mirada perdida en el recuerdo —apareció un hombre…
Hizo una pausa, llevándose dos dedos a la sien, tratando de recuperar la imagen borrosa en su mente.
—Era alto… delgado… llevaba una capa con capucha… y una máscara blanca…
El silencio cayó sobre la sala.
—Me dijo que aquí… encontraría a alguien que puede anteponerse al destino… alguien llamado Cáliban.
La intriga creció en el pecho del joven.
?Quién era ese hombre de la máscara blanca?
Por la descripción, no encajaba con ningún aliado conocido. ?Era un infiltrado? ?Tal vez un miembro de otro culto? Fuera cual fuera la respuesta, no tenían tiempo para resolver ese misterio ahora.
Cáliban respiró hondo, recomponiéndose.
—Bardrim. —ordenó, sin titubeos —Lleva al padre de Cecilia al hospital. Yo me ocuparé de esto.
Bardrim no respondió de inmediato.
Se limitó a mantener la mirada en alto, su mente aún procesaba todo lo que había sucedido en tan poco tiempo. Pero cuando habló, su tono no fue el de un herrero preocupado. Fue el de un hombre exigiendo la verdad.
—?Realmente… eres nieto de esa vieja bruja?
Sus palabras cayeron como una losa.
Cáliban suspiró, cansado de repetir la misma respuesta, cansado de las preguntas que giraban en torno a su identidad.
—Lamentablemente, sí…
Con eso dicho, Bardrim no perdió ni un segundo más.
Tomó su comunicador y llamó a sus asistentes para organizar el traslado de Lord Thorm al hospital.
Cáliban observó en silencio. Sabía que necesitaba la ayuda de Bardrim, pero también sabía que el herrero había tomado una decisión. Y una promesa era una promesa. No podía obligarlo. Por ahora, debía confiar en que cumpliría con su parte.
—Dimerian… —dijo entonces —ayuda al maestro herrero a terminar el proyecto. Una vez que lo concluyan… ya sabes dónde llevarlo.
Dimerian abrió la boca, inseguro.
—Cáliban, yo no creo que pueda… bueno, yo-
—No dejes que los problemas nublen tu mente. —dijo Cáliban con firmeza —?Alguna vez has visto un hierro que no se temple bajo el calor del fuego?
Dimerian lo miró, con los labios entreabiertos, sin saber qué responder.
—Entonces, ?Por qué esperas que tu vocación florezca en el camino fácil? Crea, equivócate y avanza… pero, sobre todo, aprende. —Cáliban posó una mano en su hombro y lo miró con seriedad —Te confío esto, Dimerian.
Las palabras retumbaron en su pecho como un golpe certero.
El joven tragó saliva y asintió con determinación. No dejaría que su preocupación nublara su juicio. Sus compa?eras estaban en peligro, y si esto era lo único que podía hacer por ellas, lo haría con todo su ser.
Volvió las manos a su trabajo, pero esta vez, algo era distinto. Cada golpe del cincel tenía más precisión, cada trazo de la runa era más seguro. Había decisión en sus movimientos. Bardrim, observándolo con sus ojos de maestro, pudo ver el creciente resplandor en el núcleo de Dimerian. Una voluntad ferviente que ardía con cada cincelada.
—?Qué haremos? —preguntó Reinhard, con el ce?o fruncido.
Cáliban no dudó en su respuesta.
—Ustedes no harán nada. Iré yo solo.
Ambos se quedaron en silencio, atónitos.
—?Eso es un suicidio! —exclamó Joseph, furioso.
—No puedes ir solo. Es una locura. —insistió Reinhard.
Intentaron razonar con él, suplicarle, incluso exigirle que los dejara acompa?arlo. Pero Cáliban no cedía.
—Déjanos acompa?arte, líder… —rogó Reinhard.
—Si vas solo, quién sabe lo que esos malditos podrían hacerte…
Pero Cáliban los miró con dureza.
—Si ustedes van, serán más una carga que una ayuda.
El golpe de sus palabras fue como una bofetada. El silencio se alargó. Después de un par de minutos de discusión sin respuesta alguna, Cáliban, sin decir nada más, se giró y abandonó la sala.
Joseph y Reinhard intercambiaron miradas angustiadas, preguntándose si era lo correcto.
Cáliban caminaba con paso firme y expresión serena, pero su interior era un torbellino de emociones. Cuando llegó a una esquina apartada, en las entra?as de un callejón poco transitado, ya no pudo contenerlo más.
Con un golpe feroz, estampó su pu?o contra la pared de ladrillo. El estruendo retumbó en el callejón, la vibración recorrió la estructura como un eco de su ira.
—Maestro… —la voz onírica de Ocelotl susurró en sus oídos.
—Estoy bien… —murmuró entre suspiros.
Pero su mandíbula seguía tensa, sus manos aún se cerraban en los pu?os.
—Alec… lo haré pagar por esto.
—?Por qué él era parte de todo esto?
Cáliban meditó en silencio. El actuar de Alec había sido errático, desesperado. Lleno de rabia. No encajaba con alguien metódico, con alguien que había dise?ado un plan calculado. Había algo más. Algo que aún no entendía.
Exhaló con fuerza, obligándose a calmarse. No podía dejar que la ira tomara el control.
Y entonces… una sombra se deslizó en los callejones. Un escalofrío recorrió su espalda.
—Vaya… vaya…
Un sonido extra?o inundó el ambiente. Un raspado áspero, seco, como escamas frotándose unas contra otras.
Cáliban entrecerró los ojos. De entre las sombras, emergió una figura con una sonrisa triunfante.
—Realmente te la jugaron, hermano…
Una carcajada cruda y rasposa escapó de las fauces de Karrigan, retumbando en el callejón como el eco de una amenaza velada.
—?Sabes? —continuó, con la voz impregnada de burla —Había métodos mucho más seguros para evitar este desastre.
Caminaba en círculos alrededor de Cáliban, como un depredador que juega con su presa antes de lanzarse al ataque. Su mirada, mezcla de orgullo y desdén, se clavaba en él como un cuchillo.
—Podrías haberlas controlado con la marca. Así se habrían quedado quietas… obedientes.
Dejó escapar una risita burlona, relamiéndose los colmillos.
—O podrías haber oído sus conversaciones… —su voz descendió a un susurro venenoso —Así te habrías enterado antes.
Cáliban no se movió ni un centímetro, pero su mandíbula se tensó imperceptiblemente.
—O mejor aún… —Karrigan se acercó aún más, sus ojos brillaron con una diversión cruel —Acabar con sus vidas y robar sus poderes.
Su pu?o se cerró con fuerza, haciendo crujir sus nudillos.
—Al menos así, las llaves estarían a salvo en tus manos. Ah, y sin olvidar… —Karrigan inclinó la cabeza con una sonrisa afilada —Te habrían servido como un puente fácil para, ya sabes, tratar de matarme.
Su carcajada resonó, pero se vio interrumpida por la respuesta fría de Cáliban.
—Sí… tienes razón.
Karrigan arqueó una ceja. Pero entonces, Cáliban alzó la mirada, su voz era grave como una sentencia:
—Pero entonces, no habría diferencia entre tú y yo.
El rostro de Karrigan se transformó en una mueca de puro placer.
—?Diferencia? —susurró con una suave sonrisa —?Alguna vez la hubo?
Sus palabras eran como garras desgarrando lo más profundo del alma.
—Despierta, hermano. Ambos somos destructores… asesinos. Monstruos despiadados que han condenado almas inocentes al polvo del olvido.
Se inclinó levemente hacia él, su voz descendió a un tono más íntimo.
—La única diferencia entre tú y yo… es que yo lo admito.
Cáliban sintió su corazón acelerarse, su pulso retumbaba en sus oídos como un tambor de guerra. Karrigan lo notó y no pudo evitar sonreír.
—?Lo ves? Ni siquiera tú te lo crees…
Dio un paso atrás y se giró, preparándose para desaparecer en las sombras del callejón.
—Pero no te preocupes, hermano…
Miró por encima del hombro, sus ojos brillaron con un júbilo enfermizo.
—Yo estaré aquí para asegurarme de que nunca lo olvides.
Y con una última carcajada que se perdió en la distancia, desapareció. Cáliban cerró los ojos, intentando calmar su respiración. Pero las palabras de Karrigan seguían resonando en su mente.
Cuando la noche cayó, Cáliban llegó a la entrada del Distrito Rojo de Hilloy, siguiendo las instrucciones del "pase gratuito".
Ante él se alzaba un arco de madera roja, majestuoso pero inquietante, rodeado por una barrera invisible que distorsionaba la visión al otro lado.
Antes de que pudiera reaccionar, el pase en su bolsillo flotó por sí solo. Emitió un suave tintineo, su luz crepitó en el aire antes de consumirse en una llamarada efímera.
La barrera se disipó de inmediato. Sin vacilar, dio un paso adelante. Lo primero que vio al otro lado fue un distinguido carruaje negro, estacionado en la entrada. Frente a él, miembros del Culto a la Madre Maligna custodiaban la zona con sus miradas frías y calculadoras.
Uno de ellos avanzó un par de pasos.
Era una mujer de presencia imponente, con rasgos refinados y cabello negro como la noche. Su mirada afilada se clavó en Cáliban con una autoridad incuestionable.
—Se nos ha ordenado llevarte al Gorrión Dorado. Espero que cooperes.
Cáliban no dijo nada. Simplemente subió al carruaje.
La mujer tomó las riendas, y los caballos, si es que se les podía llamar así, se pusieron en marcha. Eran criaturas extra?as.
Sus cuerpos parecían hechos de carne seca, con pedazos desprendiéndose a cada paso. Sus ojos eran pozos carmesíes, llenos de sangre… pero vacíos de vida.
Dentro del carruaje, una sombra lo vigilaba de cerca. Su mano descansaba sobre la empu?adura de su espada, lista para actuar en cualquier momento. Pero Cáliban no le prestó atención.
?Este tipo…?
Desde las sombras del carruaje, el guardián observaba a Cáliban con cautela.
?Mis maestros tienen demasiado cuidado con él… ?Qué lo hace tan especial??
Sus ojos, ocultos bajo la capucha, analizaban cada detalle del joven sentado frente a él. Su porte, su calma, la extra?a aura que lo rodeaba… algo en él era diferente.
Y eso lo inquietaba.
?Si es un enemigo, sería mejor eliminarlo de una vez…?
El pensamiento germinó en su mente como una semilla venenosa. Y luego, algo hizo que una sonrisa torcida se alzara en su rostro, apenas perceptible bajo la penumbra de su capa.
?Sí… si lo mato aquí… ?Cuánto me recompensarán mis amos??
La idea tomó forma con rapidez. Se convirtió en un deseo. Luego, en una certeza. Con cada segundo que pasaba, la posibilidad de asesinarlo se volvía más tentadora.
El solo pensamiento le provocó una sensación de satisfacción indescriptible. Su mano descendió con suavidad, con sigilo, con la paciencia de un cazador acechando a su presa.
Deslizó los dedos por la empu?adura de su espada, oculta bajo el velo de su capa.
?Sí… solo un corte… y todos los problemas desaparecerán…?
Sus músculos se tensaron. En un movimiento preciso, la hoja fue expulsada de su funda con una velocidad fulminante. Una trayectoria perfecta. Un corte limpio, dirigido directamente al cuello de Cáliban.

