Berenice sentía lo insuficientes que eran las palabras para expresar su dolor, pero para ella, bastaba con tener a su hermana indefensa ante su merced.
—Cinco a?os… —susurró a la oscuridad —Cinco a?os me pudrí en esa cloaca helada… —Sus ojos brillaron con un fulgor febril al posar su mirada en la encadenada —Pero cuando, al fin, recibí permiso para regresar a Grand Delion… dios… estaba extasiada…
Su rostro se iluminó con una sonrisa perversa, un gesto embriagado de placer ante la simple idea del sufrimiento ajeno.
—Día tras día pensaba en el tipo de castigo que les daría a nuestro padre, a ti, a Xander… pero entonces… —se detuvo un instante, su expresión se transformó en la de alguien que acababa de descubrir la verdad absoluta —lo entendí… mi venganza no debía ser rápida. no… no después de que aquellos cinco a?os me parecieran una eternidad. Así que… —se inclinó hasta quedar a centímetros del rostro de su hermana, cuyos ojos reflejaban un terror paralizante —decidí que tu dolor sería el mismo que el mío. Para ti, que apenas has despertado… pero para las personas que amaste… fueron a?os de angustia, de vacío, de desesperación.
Berenice soltó una carcajada que se expandió como un eco siniestro en la habitación vacía. Su expresión era la viva imagen de la locura alimentada por el sufrimiento.
—?Primero, Clayton! —exclamó con un brillo maníaco en la mirada —Dios, si hubieras visto su rostro cuando mi maestra lo encontró en aquella caba?a… Oh, Lidia, ella me relató que fue exquisito. Ustedes dos, desnudos, entregándose el uno al otro sin saber lo que vendría después. Su desesperación, su odio, su miedo… cada uno de esos matices hicieron de ese momento una obra de arte. ?Ah! Cuánto me divertí quebrándolo… lástima que al final tuvieron que deshacerse de él. —Berenice chasqueó la lengua, molesta por la pérdida de su juguete.
Lidia forcejeó con sus cadenas de hierro encantado, pero era inútil. La energía que emanaban drenaba su maná, dejándola impotente sin importar cuánto intentara invocar su magia.
—Con padre fue incluso más fácil… ni siquiera tuve que mover muchos hilos. Bastó con sembrar algunas semillas de discordia, unos cuantos problemas financieros y… voilà, en un abrir y cerrar de ojos, estaba declarando la guerra a los Hilloy. ?Y lo mejor de todo? —Berenice inclinó la cabeza con un placer perverso en su sonrisa —Oh, casi me hace llegar al éxtasis cuando vi a Xander atravesarlo con su espada.
El silencio se tornó pesado. Ya no era su hermana quien hablaba… Lidia lo comprendió poco a poco, con una sensación gélida recorriéndole la espina dorsal. Lo que tenía delante no era más que un vacío devorador, un pozo oscuro sin fondo. Y sin embargo, las palabras de Berenice aún no habían terminado. Como una daga mellada que insistía en desgarrar la carne, agregó una última estocada.
—Después… fue nuestra hermana.
Lidia se quedó completamente inmóvil. Su respiración se detuvo por un segundo, como si su propio cuerpo se negara a procesar lo que acababa de escuchar.
—Nuestra dulce y peque?a hermana… —continuó Berenice con voz melosa, regodeándose en la reacción de su víctima —Qué tragedia, ?No? Encontrarla al fondo de un barranco por un simple "accidente". —Hizo una pausa teatral, dejando que el veneno de sus palabras se filtrara en cada rincón de la mente de Lidia —"Misteriosamente", el teletransporte dejó de funcionar ese día. Y "lastimosamente", ocurrió un terremoto justo cuando su carruaje cruzaba el desfiladero camino a su boda. Ah… qué lástima. Su vestido blanco era tan hermoso… incluso cuando quedó hecho jirones entre las rocas.
Berenice suspiró con fingida nostalgia antes de a?adir con un poco de sarcasmo:
—?Qué envidia! En mi boda ni siquiera me dieron un vestido blanco…
Lidia gritó con todas sus fuerzas contra el pa?uelo que le amordazaba la boca, sus alaridos ahogados estaban cargados de odio y maldiciones que jamás alcanzarían a su hermana. Forcejeó con rabia, sintiendo la piel de sus mu?ecas abrirse bajo la presión de las cadenas. Pero Berenice solo sonrió. Esperó pacientemente, como si cada espasmo de desesperación fuera un exquisito espectáculo preparado solo para ella.
Y entonces, cuando el momento fue perfecto, cuando sintió que la desesperación de su hermana alcanzaba su punto más alto, decidió continuar.
—Oh… y por último… —susurró con deleite.
Se giró con calma y caminó unos pasos, tomando asiento frente a Lidia con una expresión de profunda satisfacción. Quería ver cada peque?o cambio en su rostro, cada chispa de horror en sus ojos.
—Pensé… pensé… pensé y pensé… durante a?os, me rompí la cabeza ideando el castigo perfecto para ti. —Se llevó un dedo a los labios, jugueteando con la idea —?Una muerte horrible? No… eso sería demasiado rápido. ?Tortura? Tampoco… podrías sucumbir al dolor y romperte demasiado pronto, y yo quería verte lúcida mientras sufrías. ?Matar a tu esposo frente a ti o viceversa? Nha, tampoco funcionaría… te habrías suicidado sin dudarlo.
Hizo una pausa dramática, y luego, como si una luz se encendiera en su mente, su rostro se iluminó con una expresión de éxtasis.
—Entonces ?Oh! Se me ocurrió una idea de repente… le pedí a mi maestra un poquito de ayuda.
Con una sonrisa, palmeó un par de veces. Al instante, la habitación se iluminó completamente. Lidia sintió que el aire le abandonaba los pulmones. Las paredes… las paredes estaban cubiertas de cadáveres.
Cientos de cuerpos atados de la misma manera que ella. Con piel marchita, ojos vacíos y bocas congeladas en gritos silenciosos. Una ola de náusea la golpeó, pero ni siquiera tuvo tiempo de apartar la vista cuando la voz de Berenice la envolvió como un susurro venenoso.
—Mi maestra tenía un proyecto bastante guardadito… se hicieron pruebas para desarrollar un parásito muy especial. Uno tan sutil que ninguna magia de reconocimiento podía detectarlo… tan letal que siempre aseguraba la muerte de su huésped… y tan lento… que permitía al cuerpo sentir cada segundo del dolor, estando completamente consciente.
Lidia sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.
Sus ojos pasaron de los cadáveres a su hermana, quien la observaba con deleite. Sintió cómo el miedo se transformaba en pura furia y, con un grito ahogado, volvió a forcejear. Sus mu?ecas se desgarraron aún más, la sangre resbalando en finos hilos carmesí por su piel. No le importaba. Solo quería liberarse. Solo quería partirle la cara a su hermana.
Pero entonces…
—Y luego llegó la ascensión de Xander…
Lidia se quedó inmóvil. Sintió cómo el aliento se le quedaba atrapado en la garganta.
—Finalmente, decidí el castigo perfecto para el matrimonio perfecto. —murmuró Berenice, impregnada de una dulzura enferma —Nuestros padres querían que le dieras descendencia a Xander… Como mujer, ese era tu único valor. Así que te lo quité.
Lidia sintió como si le hubieran atravesado el pecho con un cuchillo.
—El valor de Xander era ser tu esposo y ser un guerrero… así que le quité ambas cosas.
La carcajada de Berenice estalló en la habitación, un sonido cruel que rebotó en las paredes, atravesándola como agujas invisibles.
Lidia dejó de moverse. Sus ojos se abrieron, desbordando lágrimas silenciosas. No, no podía ser cierto o quería pensar que no era así.
—Oh, deberías haberlo visto sufrir estos veinte a?os… —Berenice suspiró con fingida melancolía —El hombre se ahogó en la bebida, se hundió en la depresión como un barco condenado… y, como soy una buena hermana, tuve que reconfortarlo para que no perdiera la esperanza.
Lidia sintió cómo la desesperación la envolvía como una marea oscura.
—Solo unas cuantas pastillas y dormía como un oso… —continuó Berenice, arrastrándose como un veneno letal —No tienes idea de lo bien que me la pasé mientras él dormía tan profundamente… todo mientras tú yacías atrapada en tu eterno sue?o de dolor.
Lidia sintió su cuerpo volverse pesado. El aire a su alrededor se tornó denso. Su pecho dolía. Dolía tanto…
Las lágrimas rodaron por sus mejillas, cayendo sobre el suelo frío, perdiéndose en la nada.
Y Berenice, al ver finalmente el precio de su castigo reflejado en los ojos de su hermana, sintió un éxtasis indescriptible. Oh, sí… este era el momento que había esperado todos estos a?os.
—Bueno… me encantaría quedarme a jugar contigo un poco más… —Berenice suspiró con fingida decepción —pero me temo que tengo asuntos más importantes que atender. Disfruta tu estadía…
Ondeó su vestido con la elegancia de una reina victoriosa y, con una sonrisa de oreja a oreja, salió de la habitación. No miró atrás. No tenía porqué hacerlo. Había logrado lo que quería.
La puerta se cerró con un eco sordo, dejándola sola.
Lidia apenas respiraba. Sus manos temblaban, su mente giraba en un torbellino de angustia, su alma se desmoronaba en pedazos irreparables. El silencio fue su única compa?ía.
Al otro lado de las catacumbas. Como sacos de papas, los cuerpos de las jóvenes fueron arrojados sin cuidado a una celda oscura. El impacto contra el suelo fue seco y doloroso. Astrid intentó orientarse, pero la magia que las había cegado durante el trayecto aún entumecía sus sentidos.
El sonido de pasos alejándose indicó que los guardias ya se iban.
—Bueno… ahora sí estamos jodidas. —murmuró Juliana mientras tanteaba la celda en busca de alguna abertura.
—?Por qué lady Lidia no hizo nada? —preguntó Astrid, sacudiéndose el polvo de la ropa mientras se ponía de pie.
Elizabeth, quien había observado en silencio desde el inicio, tenía la respuesta en la punta de la lengua. Había analizado cada gesto de Lidia, cada sutil temblor en sus manos, la forma en que su respiración se había vuelto errática. Algo había pasado. Algo que la había destrozado por dentro.
—Creo que la conocía… —susurró finalmente.
Las palabras de Elizabeth hicieron que Juliana y Astrid intercambiaran miradas.
—?Qué? —Astrid frunció el ce?o —?Estás diciendo que… conocía a la Sacerdotisa?
—No estoy segura… —admitió Elizabeth —pero su reacción… no fue de miedo. Fue algo más profundo… algo personal…
Las tres guardaron silencio, intentando procesar lo que eso significaba.
Mientras tanto, en otro extremo del complejo, más allá de los escombros de la antigua ciudad que alguna vez existió sobre la superficie. En lo alto de una torre, dos figuras discutían en la penumbra.
Lendar se apoyó en la fría barandilla de piedra, observando la vista en ruinas desde lo alto de la torre. La oscuridad cubría los restos de la antigua ciudad como un sudario, y la brisa helada traía consigo el olor de la destrucción.
—Entonces, la primera parte de tu plan salió bien… —comentó, dirigiendo una mirada expectante a su superior —?Qué sigue?
Alec, de pie junto a la ventana, observaba las ruinas sin parpadear. Sus ojos reflejaban una oscuridad densa, un abismo de odio contenido.
—Ma?ana es el día del festival… —su voz era baja, cargada de desprecio —Ma?ana traeremos paz y reconciliación al mundo… empezando por esta academia infestada de impuros.
Lendar lo observó en silencio. Alec escupió hacia el suelo, como si la simple mención de la academia le provocará asco.
—Ahora solo debemos enviarle un mensaje al demonio… —continuó, con una calma inquietante —Cuando sepa que sus juguetes han sido capturados, no tendrá otra opción más que presentarse. Entonces… acabaremos con él de una vez por todas.
Lendar se cruzó de brazos, analizando el semblante de su líder. Parecía sereno, metódico… pero él sabía la verdad. Sabía que debajo de esa máscara de frialdad se escondía un odio visceral, un rencor que ardía con la intensidad de un fuego imposible de extinguir.
—Alec… —pronunció su nombre con cautela —?Por qué lo odias tanto? —Alec no respondió a su pregunta de inmediato —Digo… no es como si fuera el único que te ha vencido en combate antes… —prosiguió Lendar, tanteando el terreno —?Por qué es diferente con él?
El silencio se prolongó. Alec continuó mirando por la ventana, su rostro era inmóvil, su respiración mesurada. Entonces, exhaló lentamente, como si liberara un peso invisible en el aire.
—Porque me robó todo lo que tenía… —la voz de Alec era baja —Y ahora, yo le robaré todo lo que le queda.
Lendar observó en silencio, sintiendo el profundo odio que emanaba de su superior, tan denso que parecía impregnar el aire a su alrededor.
—Le demostraré a ambos lo que es el verdadero dolor… —continuó Alec, con una sonrisa amarga —A él… y a ese mocoso engreído de Orión.
El viento sopló con suavidad, removiendo el polvo que se desprendía de los muebles por el ruido de la reconstrucción del portal. El crujir de la madera y el eco de herramientas golpeando la piedra rompían la quietud del momento.
Lendar comprendió que no había nada más que decir.
—Si necesitas algo… házmelo saber. —Hizo una leve reverencia antes de girarse para marcharse. Estaba a punto de salir de la habitación cuando Alec le dirigió la palabra.
—Gracias… por quedarte…
Lendar se detuvo un segundo, sorprendido por el inesperado gesto. Luego, simplemente asintió. Como su segundo al mando y su mejor amigo, no importaba cuán oscuro fuera el camino que Alec decidiera seguir… él estaría allí para apoyarlo.
Encima de las ruinas, en el segundo piso del Gorrión Dorado..
El Soberano se teletransportó con Nhun y Cecilia. La oscuridad del lugar contrastaba con la opulencia de su presencia.
Las dos jóvenes intercambiaron miradas, evaluando la situación. Tal vez, si encontraban una oportunidad, podrían escapar.
Pero antes de que siquiera pudieran concebir un plan, el anciano chasqueó los dedos. Un peso abrumador cayó sobre ambas, paralizándolas al instante.
—Si desean intentarlo, son bienvenidas a hacerlo… —su voz era pausada, pero letal —Pero del mismo modo en que fueron capturadas, serán ejecutadas. La decisión es suya.
Nhun tragó saliva con dificultad. No había espacio para el heroísmo en ese momento. Sabía que si se atrevía a desafiar a la persona frente a ella, no viviría para lamentarlo. El Soberano, satisfecho al ver que el mensaje había quedado claro, se giró con las manos entrelazadas a la espalda.
—Muy bien, síganme.
Caminó por un largo pasillo hasta llegar a su recámara personal. La habitación era amplia, meticulosamente ordenada, con muebles de lujo y una vista privilegiada desde el balcón. Era el refugio digno de un hombre de su posición.
El anciano se?aló una peque?a mesa situada en el balcón, con dos sillas perfectamente alineadas.
—Toma asiento, querida. —Su dedo apuntó a Cecilia. Luego miró a Nhun de reojo. —Tú puedes quedarte a un lado.
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Nhun avanzó lentamente, sentándose en la gran cama. Desde ahí podía observar y escuchar cada detalle de la conversación.
El Soberano no se molestó en reprochar su audacia. Para él, todo esto no era más que un juego. Cecilia, sintiendo el temblor en su interior, obedeció sin rechistar. Sabía que cualquier movimiento en falso podía costarles la vida.
Se sentó con cautela, con la respiración entrecortada.
—?Qué… qué quieren de mí? —murmuró, con la voz apenas audible —No sé nada…
El anciano sonrió levemente.
—No es lo que sabes ni lo que hagas lo que nos interesa… sino lo que hay dentro de tu cuerpo.
Cecilia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El Soberano levantó la mano y, en un parpadeo, la realidad se distorsionó. La luz se apagó de golpe. El bullicio de las calles, los carruajes transitando, todo desapareció. Frente a ellas se desplegó un paisaje imposible. Un reino majestuoso, vasto y esplendoroso, envuelto en una dorada eternidad. Ya no estaban en la misma época. Ante sus ojos, la historia de la academia se desplegaba como un tapiz inmenso. Cecilia y Nhun, con los corazones encogidos, comprendieron que estaban contemplando el pasado.
—Hace mucho tiempo… antes de que siquiera tu casa tuviera un nombre… existió un reino divino.
La voz del anciano resonó en el aire como un eco de antiguas leyendas. Frente a Cecilia y Nhun, la visión etérea seguía desplegándose, transformándose con cada palabra que pronunciaba.
—Una dimensión donde la humanidad reinaba sobre todas las razas míticas. Un lugar donde la lógica, la fe y la magia antigua coexistían en perfecto equilibrio…
Las imágenes cambiaban como si obedecieran su relato. Ciudades resplandecientes se alzaban entre nubes doradas, torres que tocaban el firmamento y ríos de luz pura fluyendo entre templos majestuosos.
—Ese reino fue gobernado por una mujer… —continuó el anciano, perdiéndose en la historia que narraba —Una soberana bondadosa, de voluntad firme. Como una madre, su resplandor ba?aba con calidez y alegría a su pueblo. Fue una era dorada… una utopía.
Las figuras de ciudadanos felices se desvanecieron repentinamente, como una vela apagada por un viento cruel.
—Pero en las sombras… hubo quienes no quisieron que su reinado se extendiera. —Su voz bajó de tono, oscureciéndose —Y así, los dioses, en su infinita arrogancia y envidia, decidieron castigarla.
La escena cambió de nuevo. Enormes figuras celestiales, de rostros cubiertos y ojos fríos como el mármol, extendieron sus manos y arrancaron el reino de su lugar en el plano divino. El esplendor se convirtió en ruinas. La luz se apagó. La mujer fue encadenada, su figura fue arrastrada a una prisión sin fin.
—La Alta Se?ora fue encerrada en una cárcel eterna… —susurró el anciano con solemnidad —Pero incluso así, con su vasto poder y sabiduría, logró abrir una grieta.
Las cadenas vibraron. Un resplandor brotó de su interior, rasgando la oscuridad.
—Y llamó a sus hijos.
Las imágenes se disiparon como humo al viento.
El anciano bajó lentamente la mano, desvaneciendo la visión. Su mirada, fría e inescrutable, se posó sobre Cecilia, quien apenas había logrado procesar lo que acababa de presenciar.
—La Gran Madre hizo descender una estrella hace mucho tiempo… —prosiguió —En ella ocultó un pasadizo a su dimensión. Sin embargo, para evitar que sus enemigos ambiciosos lo encontraran… selló la entrada con una llave.
El corazón de Cecilia se encogió.
—Una llave… —repitió en un susurro.
El anciano asintió con gravedad.
—Un linaje bendecido con su propia sangre. Un legado vivo… que puede abrir el portal y traer nuevamente la gloria a este mundo.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Cecilia.
—No obstante… —El Soberano hizo una pausa, alargando el momento, disfrutando del temor que comenzaba a apoderarse de su víctima —ese poder no puede ser tomado a la fuerza.
Se inclinó ligeramente hacia ella, observándola con el interés de un depredador jugando con su presa.
—Para usarlo en el ritual… necesitamos que nos lo entregues voluntariamente.
Cecilia sintió su estómago caer en un abismo. No era una petición. Era una orden. Miró al suelo, buscando desesperadamente un atisbo de coraje en su interior. Pero su mente estaba en blanco.
?“?Qué haría Cáliban en su lugar?”?
Se aferró a esa pregunta como un náufrago a un pedazo de madera en medio del océano. Respiró hondo. Apretó los pu?os. Y cuando alzó la mirada, su determinación brillaba con fuerza.
—No. —El Soberano no reaccionó. —No les daré la llave para que traigan destrucción al mundo… —su voz tembló, pero no se quebró —Incluso si me matan.
Por primera vez, el anciano sonrió. Pero no era una sonrisa cruel, ni burlona. Era… cálida.
—Realmente son iguales… tú y tu madre.
Cecilia sintió una punzada en el pecho. Por un instante, se permitió creer que su desafío había cambiado algo, que tal vez aún había esperanza.
Pero entonces…
El Soberano alzó la mano. Y sin previo aviso, con un movimiento rápido y preciso, una estaca de hielo atravesó el pie de Nhun. El crujido de carne y hueso desgarrándose fue seguido por un grito desgarrador. Nhun se desplomó, aferrándose la pierna con desesperación. La sangre brotó, ti?endo el suelo de carmesí. Cecilia sintió que el mundo se quebraba a su alrededor.
—?Nhun!
Sus manos temblaron. Su corazón martillaba contra su pecho y su respiración se volvió errática.
—?Maldito monstruo!
Las palabras escaparon de sus labios con furia y miedo.
Pero el Soberano solo la observaba, con la misma calma meticulosa de un alquimista esperando el resultado de su experimento.
—Escúchame bien, ni?a… —La voz del Soberano se tornó gélida, como un filo cortante en cada sílaba.
Con un simple chasquido de sus dedos, el grito de Nhun se apagó al instante. Sus labios se cerraron de golpe, ahogando su llanto y dejando solo el sonido entrecortado de su respiración desesperada.
Pero el dolor… el dolor seguía ahí.
Sus ojos desbordaban lágrimas, su cuerpo temblaba, su herida seguía abierta, pulsante, un recordatorio cruel de su impotencia. Cecilia sintió cómo el terror le envolvía el corazón con garras invisibles.
—No estás en condiciones para negarte… —continuó el anciano, con una calma inhumana —Harás lo que se te pide… o de lo contrario, todos y cada uno de tus amigos sufrirán un destino peor que la muerte.
Los ojos del Soberano se clavaron en Cecilia como dagas. Un silencio sofocante cayó sobre la habitación. Cecilia sentía su mente atrapada en un torbellino de desesperación. Su instinto le decía que no cediera, que debía encontrar otra forma. Pero… ?Qué otra opción tenía?
El anciano, al no ver una respuesta inmediata, alzó la mano una vez más. Pero en un parpadeo, Cecilia se lanzó frente a él, con los brazos extendidos en súplica.
—?Está bien! ?Está bien! —exclamó con desesperación —Solo… por favor… no le haga nada.
Por primera vez en toda la conversación, el Soberano sonrió con satisfacción.
Con un simple gesto, la estaca de hielo que aún atravesaba el pie de Nhun se deshizo en finos cristales, dejando tras de sí una herida que sanó al instante.
Nhun jadeó al recuperar el movimiento, pero aún sentía el dolor fantasma en su cuerpo, como si la herida siguiera ahí, como si la amenaza de ese hombre hubiera quedado impresa en su piel.
El anciano se levantó con tranquilidad, como si todo el encuentro hubiera sido un mero trámite. Caminó hacia la puerta y, justo antes de cruzarla, se detuvo.
—El ritual se llevará a cabo ma?ana temprano. Mantente lista… o de lo contrario…
No terminó la frase. No hacía falta. Cecilia y Nhun se quedaron en silencio, con el peso de la amenaza aún colgando sobre sus cabezas. Cuando finalmente quedaron solas, Cecilia cayó de rodillas y abrazó a Nhun con fuerza.
—Lo siento… lo siento… —susurró una y otra vez, su voz temblaba mientras sus lágrimas se deslizaban por su rostro.
Nhun, aún con la respiración entrecortada, no respondió. Solo cerró los ojos y se aferró a ella. Porque, en ese momento, no había palabras que pudieran aliviar el horror de lo que acababa de suceder.
En el Distrito Hilloy…
Las sombras de la academia se extendían entre los callejones, pero Lord Thorm no tenía tiempo para temerlas. Corría. Cada paso era una agonía. Cada respiro, un recordatorio de su frágil condición. Su cuerpo tambaleaba, exigiendo descanso, pero su voluntad era inquebrantable. No había lugar para vacilaciones ni debilidades.
Las palabras de aquel misterioso hombre resonaban en su mente, repitiéndose con cada latido de su corazón.
?"?Quieres salvar a tu hija? Entonces… ve al distrito Hilloy… ahí, en las instalaciones del Emporio Martillo Negro, encontrarás a aquel que puede cambiar el destino. Aquel que puede salvar a tu hija."?
Lord Thorm había intentado preguntar más, pero el hombre simplemente dejó caer un peque?o frasco sobre su pecho ensangrentado, un líquido verde que curaba sus heridas poco a poco.
?"Búscalo… y podrás salvarla. Su nombre es…"?
Las calles se desdibujaban ante sus ojos. Su cuerpo estaba al límite. Pero cuando la figura imponente del Emporio Martillo Negro apareció ante él, supo que había llegado. Con las últimas fuerzas que le quedaban, empujó la puerta.
La campana resonó con un tintineo metálico.
Detrás del mostrador, una enana con el rostro cubierto de hollín y los brazos marcados por el trabajo en la forja levantó la vista.
—Buenas tardes, ?En qué puedo ayudar-?
Lord Thorm no respondió. Su cuerpo cedió. Cayó de rodillas dentro del taller, jadeando y con su sangre manchando el suelo.
La enana reaccionó al instante, corriendo hacia él.
—?Por los dioses! —exclamó, tratando de sostenerlo —Debemos llevarte al hospital ahora mismo.
—?No! —Lord Thorm se aferró a su brazo con una fuerza sorprendente para alguien en su estado —No…
Su mirada ardía con desesperación. La enana dudó. Justo en ese momento, la puerta trasera del taller se abrió, y una figura emergió desde la trastienda. Dimerian, quien había salido a recoger herramientas en otro almacén, entró sin prisa, listo para pedir indicaciones a la enana. Pero entonces… escuchó aquellas palabras.
—Llévenme con él… —murmuró Lord Thorm, entre jadeos —Llévenme con aquel… que llaman Cáliban.
El silencio se hizo absoluto. Dimerian se quedó inmóvil, fijándose en el hombre desplomado en el suelo al escuchar sus palabras.
Mientras tanto, en la mente de Lord Xander…
Un remolino de energía se agitaba con furia, marcando su ascensión. Se encontraba atrapado en un espacio donde las paredes de sombras lo aprisionaban, cerrándose a su alrededor con un peso sofocante.
Intentó moverse. Intentó canalizar su poder para repeler las fuerzas oscuras. Pero nada funcionaba. Por más que lo intentara, parecía que su voluntad no tenía efecto en aquel lugar. Y cuando creyó que todo estaba perdido… una luz apareció.
Peque?a, apenas un destello en la vastedad de las sombras, pero lo suficientemente intensa como para apartarlas a su paso.
La diminuta criatura flotó con gracia, danzando alrededor de Xander, como si lo analizara con meticulosa curiosidad.
—Vaya… parece que estás perdido.
La voz que emergió de la luz era andrógina, resonando con un eco que se expandía en todas direcciones.
Xander entrecerró los ojos.
—?Quién… quién eres? —titubeó —?Y qué es este lugar?
La luz titiló ligeramente antes de responder.
—La persona que te instruyó debió haberte hablado de este sitio, ?No? De otro modo, no estarías aquí…
Xander frunció el ce?o.
—Entonces… ?Estoy en el Contritium? —Murmuró, tratando de recordar —Qué extra?o… La última vez que estuve aquí no era así.
—Eso es porque la última vez solo estuviste en el pozo general, donde se manifiestan todos los no cumplidos de manera colectiva. Este… —la luz giró a su alrededor —es tu pozo.
Algo en esas palabras le provocó un escalofrío.
—Espera… ?Me conoces? —Xander entornó la mirada —No recuerdo haberte visto antes.
La peque?a luz soltó una risa mecánica y pausada, como el sonido de engranajes encajando en su lugar.
—Todo lo que existe en este lugar, todo lo que entra y sale, lo hace con mi permiso. Sin él, cualquier intento sería en vano.
Xander sintió un peso en su pecho al comprender la magnitud de las palabras de aquel ser. Había conocido a muchas criaturas poderosas en su vida, pero esto… esto era diferente. Sin darse cuenta, comenzó a seguir el resplandor, sintiendo que solo ese ser podría darle respuestas.
—Entonces dime… ?Por qué me permitiste estar aquí? ?Quién eres en realidad?
La luz flotó por un momento antes de responder con un tono carente de emoción.
—En cuanto a tu primera pregunta… —hizo una pausa, como si evaluara su respuesta —Tu maestro habló conmigo. Me pidió que te ayudara… en caso de que surgiera algún problema con tu espada.
Xander sintió un nudo en la garganta.
—Así que… él previó esto.
El ser continuó sin darle tiempo a procesar.
—En cuanto a tu segunda pregunta… —su tono permaneció imperturbable —Para que tu mente mortal no colapse intentando comprender mi existencia, digamos que soy Mirr. Puedes llamarme así.
A medida que avanzaban, Xander observó su entorno con mayor detenimiento.
Criaturas de formas indescriptibles se deslizaban entre las sombras, sus cuerpos fluctuaban entre lo sólido y lo etéreo. Ninguna se asemejaba a nada que hubiera visto antes. No tenían colores definidos, ni límites precisos… solo movimientos que desafiaban la lógica.
Intentar entenderlas era inútil. Así que simplemente dejó de intentarlo.
—Este lugar… —murmuró —Nunca pude comprenderlo, ni siquiera con la explicación de mi maestro.
La brillante figura comenzó a danzar por el vacío, iluminando brevemente el espacio mientras respondía con su monótona voz.
—Porque el Contritium no es algo que pueda explicarse… solo experimentarse. Los sue?os, los anhelos… la evolución.
La voz de Mirr flotó en el aire, reverberando en la inmensidad del Contritium.
—?Sabes qué es lo que todos ellos tienen en común?
Lord Xander frunció el ce?o y negó con la cabeza. Mirr soltó una leve risa mecánica.
—No, por supuesto que no lo sabes. De lo contrario, no estarías aquí.
El resplandor de su forma osciló en la penumbra, y entonces, con una calma impenetrable, pronunció la respuesta:
—La voluntad. —Xander entrecerró los ojos —Todo lo que un ser anhela, todo lo que busca alcanzar para evolucionar, depende de su voluntad. —Mirr comenzó a moverse lentamente a su alrededor, como un peque?o astro orbitando un planeta —El débil ansía ser fuerte. Desea ser imparable. Y cuando lo obtiene… evoluciona a una versión superior de sí mismo.
Xander escuchaba en silencio, sintiendo cada palabra hundirse en su mente como semillas en la tierra.
—Si lo piensas bien… —continuó Mirr —ese es el ciclo por el que pasa todo ser vivo. Querer cambiar. Querer ser algo más. Querer demostrar que su existencia es algo más que polvo y tiempo.
Xander sintió, de pronto, un cambio en el aire. El sonido del metal chocando contra el metal se hizo presente, rebotando en la oscuridad. Algo se estaba materializando.
De entre las sombras, una figura emergió. Un joven de cabello oscuro, con los mismos ojos resueltos que Xander conocía bien. Supo al instante quién era.
—Padre…
Era el anta?o Lord Hilloy. Empu?aba su espada una y otra vez, repitiendo movimientos con determinación férrea, incluso cuando su abuelo lo azotaba con un bastón por no ser "perfecto".
Mirr habló con un tono que, por primera vez, parecía contener un atisbo de compasión.
—Aquí tienes… el deseo de tu padre. —Xander observó la escena en silencio. Su corazón latía con fuerza en su pecho. —Dime, ?Qué crees que anhelaba?
Xander pensó en ello. Se centró en la imagen de su padre joven, en la manera en que entrenaba, en su obsesión por la espada.
—Ser fuerte con la espada. —respondió finalmente.
—No. —La negación de Mirr fue inmediata y tajante —No era fortaleza ni talento lo que deseaba. No era eso por lo que rezaba.
Xander apretó los pu?os.
La imagen se distorsionó de repente, como si un cristal se resquebrajara, y una nueva escena tomó su lugar. Ahora, el centro de atención era su esposa.
Se encontraba sentada en la Biblioteca Abisal, inmersa en un libro antiguo lleno de secretos místicos. Las páginas, cubiertas de runas arcanas, brillaban con un resplandor tenue mientras ella absorbía cada palabra.
—Dime, ?Qué es lo que deseaba ella? —preguntó Mirr —?Qué pasaba por su mente mientras estudiaba incansablemente esas artes místicas?
Xander sintió una punzada de nostalgia y orgullo al verla. Esta vez, creyó tener la respuesta.
—Poder. —dijo sin vacilar —Ella deseaba poder para estar a mi lado y ayudarme.
—No.
La respuesta de Mirr cayó sobre Xander como un jarro de agua fría. El resplandor de la criatura osciló levemente, como si se burlara de su error.
—Para ser alguien que los conoce tan bien… tienes poca idea de sus verdaderos deseos.
Xander sintió cómo la frustración comenzaba a apoderarse de él.
—Entonces dime… ?Qué es lo que realmente querían?
—Esa es una respuesta que debes encontrar por ti mismo.
Antes de que pudiera responder, un tintineo metálico resonó en el aire. La oscuridad comenzó a retorcerse y, de su centro, emergió una figura imponente.
Un caballero cubierto de armadura oscura, con un filo tan negro como la noche misma, se alzó frente a él. El aura de la criatura emanaba poder. Su sola presencia hacía que el espacio a su alrededor vibrara con una energía opresiva. Mirr se detuvo en el aire.
—Aquí es donde comienza tu prueba.
Xander sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Si pasas… tu espada ascenderá a un plano superior como mortal.
El caballero levantó su espada y la apuntó directamente hacia Xander.
—Si fallas… —El aire pareció detenerse —Morirás.
Xander sintió su estómago hundirse.
—??Qué?!
Pero no hubo tiempo para preguntas. Sin darle un solo segundo para reaccionar, la sombra se lanzó sobre él. La espada descendió en un tajo brutal, directo a su cuello.
Xander apenas tuvo tiempo de moverse. Instintivamente, giró sobre su eje, esquivando el golpe por centímetros. Sintió el filo de la hoja cortar el aire a su lado, lo suficientemente cerca como para erizarle la piel.
—??Qué demonios?! —exclamó, retrocediendo con rapidez —?Ni siquiera tengo un arma! ??Cómo se supone que me defienda?!
Mirr flotó a su alrededor con la misma calma de siempre, indiferente a la inminente muerte de Xander.
—Esa no es la pregunta correcta, joven Xander… —dijo con ligereza, como si aquello fuera un simple juego.
Xander esquivó otro tajo que le habría partido en dos.
—??Entonces cuál es la maldita pregunta correcta?! —gru?ó, forzando su cuerpo a moverse entre las violentas estocadas que amenazaban con arrancarle la vida.
Mirr giró en el aire con un leve parpadeo de luz.
—Esa tampoco es…
—?Mierda!
Xander rodó por el suelo justo a tiempo para evitar un golpe descendente que abrió una grieta en la negrura del suelo.

