Después de una semana agotadora, finalmente Cáliban encontró un instante de calma. Entre entrenamientos al amanecer, las exigencias académicas y sus obligaciones como líder de casa, el tiempo para sí mismo era un lujo. Aun así, no desaprovechó oportunidad para cultivar sus habilidades.
Sentado en la penumbra de la sala, con la espalda recostada y el ce?o fruncido en pensamientos dispersos, apenas alzó la mirada cuando la puerta se abrió.
—Te ves fatal. —comentó lord Xander al entrar.
—Ah… Xander. Dígame, ?Encontró algo importante en los registros del profesor Cunim?
Xander asintió sin titubeos. Durante la semana, mientras los jóvenes guerreros se preparaban para su próximo encuentro, Cáliban le había encargado una tarea específica. Le entregó todos los registros que logró guardar en su anillo dimensional antes de que el laboratorio de Cunim fuera confiscado por la organización.
—He estado revisando los documentos. Encontré cosas… interesantes. Permítame ponerlo al tanto.
Ambos se sentaron, compartiendo una conversación larga y densa, como las sombras que se arrastraban por los rincones de la sala. Xander desplegó varios pergaminos anotados con una letra elegante y firme. Los puntos importantes estaban subrayados con tinta roja.
—Según los registros, la academia está infestada de partidarios del culto… —empezó —Pero no se trata de una sola facción. Hay al menos seis registros de grupos distintos, cada uno venerando a una entidad diferente.
—?Seis? —Cáliban alzó las cejas —?Quiénes son?
—El Padre sin Forma. La Cuna Plateada. El Dios Cadáver. El Dios Celestial de los Tres Ojos. La Diosa de las Cuchillas Gemelas… y por último, la Diosa de la Mirada Triste.
Cáliban guardó silencio. Xander tomó un sorbo de café con un gesto pensativo y dejó escapar una maldición por lo bajo.
—Mierda… realmente estamos jodidos.
El silencio volvió por unos segundos, interrumpido solo por el suave sonido del líquido en la taza.
—Por cierto… —a?adió Xander, ladeando la cabeza —La Diosa de la Mirada Triste… ?Está muerta? Nunca me explicaste lo que pasó con ella.
Cáliban desvió la mirada, su expresión se oscureció.
—Lo siento… he tenido demasiadas cosas en la cabeza últimamente.
Xander no insistió. Sus ojos se suavizaron levemente.
—Está bien. Supongo que si no fuera por esas malditas responsabilidades, ya te habrías hecho cargo.
Cáliban se reclinó en la silla, contemplando el techo con una expresión ausente.
—Tal vez. Tal vez no… —cerró los ojos un momento, luego los abrió lentamente —En cuanto a tu pregunta… no, no está muerta.
Xander lo miró en silencio, esperando una respuesta.
—Verás… ?Recuerdas lo que te expliqué sobre los Exteriores? Que no pueden irrumpir en el plano material sin pagar un precio.
—Sí. —asintió Xander —Dijiste que para manifestarse consumen una cantidad exorbitante de poder. Y si lo hacen sin un ancla adecuada, quedan a merced de ser devorados por otra entidad más grande.
Cáliban asintió, llevándose la taza de café a los labios, mientras hablaba con una calma tensa.
—En efecto. —dijo Cáliban, mientras giraba lentamente la taza entre sus dedos —No todos los Exteriores son omnipotentes, ni omnipresentes. Por eso construyen su poder a partir del sufrimiento mortal. Esa es su fuente… su ancla. Sin embargo, hay una forma de enga?ar a la creación misma y esa es poseer un cuerpo físico que puedan habitar.
Lord Xander enmudeció un momento. Las piezas encajaron con un escalofrío en su espalda.
—La hija de Cunim… —susurró.
Cáliban asintió, sin abrir los ojos.
—Exacto. La razón por la que deseaba revivirla no fue por compasión, ni amor por su fiel servidor. Fue una estrategia. Necesitaba un recipiente. Un cascarón lo bastante adecuado para aceptar su poder… pero lo bastante estable para contenerlo sin desintegrarse. Y la hija de Cunim era perfecta.
—Entonces… —Xander tragó saliva —?No estamos en peligro? Ahora que esa entidad sabe que estás vivo…
—No lo creo. —lo interrumpió sin cambiar el tono —Destruir el recipiente de un Exterior no basta para matarlo. Ni de cerca. Pero, si mis suposiciones son correctas, al haber gastado tanta energía para manifestarse en este plano… debe haber sufrido un tipo de apagado interno. Un estado de letargo temporal. En resumen, es probable que esté dormida.
Hizo una pausa, luego a?adió con voz más grave:
—Si no lo estuviera… esta academia ya estaría siendo asediada por todos los cultos a la vez.
Xander lo miró con desconcierto. Su voz salió en un hilo de incredulidad.
—?De qué estás hablando?
—Parece que la Diosa de la Mirada Triste me reconoció al final… o al menos, escuchó los rumores de mi muerte. —explicó Cáliban, ahora apoyando los codos sobre las rodillas —Si supiera que estoy aquí, con certeza… habría movilizado todos sus recursos. Tal vez incluso se habría aliado con otros dioses. Aunque eso último solo es una teoría. Lo único que sé es que perder su marioneta la obligó a replegarse. Y si no quiere ser devorada por entidades aún más antiguas… guardará silencio durante un largo tiempo.
Xander asintió, procesando las implicaciones.
—Entonces… ese es el motivo por el que tardan tanto en crear sus recipientes.
—Exactamente. Viajar entre planos consume una cantidad de poder descomunal. Lo último que desean es que su heraldo sea eliminado a los pocos días de manifestarse. Por eso los cultos se toman su tiempo. Preparan los rituales, fortalecen el vínculo, alimentan la fe. De lo contrario, sería como servirse en bandeja de plata a sus enemigos.
Guardaron silencio por unos segundos. Luego, Xander cambió de tema, sacando un pergamino más del informe que había preparado.
—Pasando a otro punto… tenemos información sobre la estructura del culto del Padre sin Forma. La academia funciona actualmente como punto de reclutamiento clave pero no es la base central, además de canal de recursos, tanto monetarios como… humanos.
Desenrolló el documento con cuidado.
—La jerarquía es simple. En la base están los iniciados. Luego, los miembros activos, conocidos como Sombras. Por encima de ellos, están los líderes de escuadra. Todos ellos responden a un grupo llamado los Artífices, encargados de los rituales y manipulaciones mágicas. Y más arriba… los Sacerdotes, siendo uno por cada región del culto. Son quienes coordinan los experimentos, el adoctrinamiento y el sabotaje.
—?Son los Sacerdotes los líderes? —preguntó Cáliban, con el ce?o fruncido.
Xander negó con lentitud.
—No. Según los registros de Cunim, los Sacerdotes reportan a alguien más. Nunca logró identificar quién. El nombre nunca apareció… salvo en una página.
Tomó un peque?o cuaderno, envejecido y manchado. Lo abrió en la última hoja. Allí, escrita con tinta roja, solo una frase destacaba sobre el papel.
—“él es el Soberano.”
Cáliban se irguió. Su rostro se endureció.
—Soberano… —susurró, como si esa palabra pesara siglos.
—?Te suena de algo? —preguntó Xander, cerrando el cuaderno lentamente.
—No lo sé. Podría ser el líder del culto… o algo completamente distinto. —respondió Cáliban, sin apartar la vista del símbolo marcado en tinta roja —Cada culto tiene su propia jerarquía. A veces, los títulos cambian según la deidad a la que veneran.
El siguiente punto del informe no parecía, en un principio, demasiado trascendente. Al menos no en apariencia. A lo largo de múltiples notas y anotaciones dispersas, el profesor Cunim había dejado en claro que no era el único infiltrado dentro de la organización. Muchas de sus órdenes eran saboteadas o modificadas por otros Artífices, e incluso por otros Sacerdotes. La fragmentación interna era evidente.
—Supongo que por eso no atacan con más frecuencia. —comentó Xander, hojeando las páginas —Están en una guerra interna constante. Podríamos aprovechar esa división…
Cáliban no respondió. Su atención estaba puesta en la ventana, donde el viento movía las cortinas con una suavidad enga?osa. Su mente, en cambio, estaba lejos de toda tranquilidad.
Xander notó el silencio, pero decidió continuar.
—El siguiente punto es más… peculiar. Trata sobre las “Semillas” y los “Recipientes”.
Ese término captó la atención de Cáliban de inmediato. Se giró, abandonando por fin su contemplación silenciosa.
—?Qué dice?
—No mucho, por desgracia. —respondió Xander con una mueca —Son notas fragmentadas, especulaciones. Cunim nunca logró formular una teoría concreta. Según parece, la información sobre esos conceptos era de acceso exclusivo para los Sacerdotes. Los demás… solo obedecían.
Cáliban frunció el ce?o. Esa jerarquía férrea y compartimentada explicaba muchas cosas.
—Pero… —a?adió Xander, hojeando otra sección —hay un apunte que me pareció curioso. Cunim logró infiltrarse en el despacho privado de un Sacerdote. No explica cómo, pero consiguió acceso temporal a unos documentos confidenciales. Ahí… encontró información sobre tus compa?eros de clase.
Eso bastó para que Cáliban se pusiera de pie.
—?Qué tipo de información?
Xander se?aló unas líneas en el cuaderno.
—Según esto, hay referencias directas a varios de tus compa?eros. Argos, Catherine, Similia, Reinhard, Dimerian, Nhun… todos tienen marcada la clave “Posible candidato”.
Cáliban estiró la mano.
—Déjame verlo.
Xander le entregó el diario. Cáliban lo leyó con rapidez, pasando página tras página con ojos entrenados. Mientras tanto, Xander siguió hablando.
—Cecilia, Astrid, Juliana y Elizabeth aparecen también… pero con una designación distinta. Ellas están marcadas como “Semillas”.
Hizo una pausa, antes de se?alar lo más inquietante.
—Y Joseph… aparece con la etiqueta “Recipiente aprobado”.
Cáliban alzó la vista del libro, sus ojos entrecerrados.
—?Y yo?
—Eso es lo raro. No hay ninguna mención de ti. Nada. Según los registros, tenían información detallada sobre todos ellos… pero tú no figurabas en absoluto.
Cáliban bajó la mirada al diario y examinó la fecha de entrada en la página. Su expresión se endureció.
—Esto fue escrito una semana antes de que yo… resucitara.
Xander asintió.
—Exacto. Lo más probable es que no supieran que ibas a regresar. Tú no formabas parte de sus planes… ni como amenaza, ni como herramienta.
El silencio volvió, pesado.
Cáliban hojeó el resto del libro con cuidado. Las páginas siguientes estaban llenas de apuntes técnicos, fórmulas, análisis alquímicos. La mayoría de ellos giraban en torno al estado físico y mental de la hija de Cunim. Nada más relevante. Cerró el cuaderno con un suspiro y se lo devolvió a Xander.
—Avísame si encuentras algo más entre las otras estanterías…
—Lo haré. Pero, hasta ahora, esto es lo más relevante que he descubierto. Todo lo demás son registros sobre sus experimentos más macabros. —respondió Xander con una expresión de profundo asco —Leerlos me revuelve el estómago.
Cáliban suspiró. A pesar del tiempo invertido, seguían sin hallar pistas concretas sobre los planes finales del culto.
?Está claro que buscan crear un recipiente para su dios… pero ?Para qué necesitan las Semillas? ?Tendrá algo que ver con las maldiciones? Hay algo que no encaja… necesito profundizar en eso.?
Xander notó la seriedad en el rostro de su se?or. Sus ojos fijos en el vacío denotaban pensamientos densos, cargados de dudas.
—Por cierto, mi se?or… —a?adió con una sonrisa ladeada —Escuché por ahí que ma?ana… tienes una cita.
La mente de Cáliban regresó abruptamente de sus reflexiones. Lo miró con una ceja arqueada.
—Me pregunto qué elfa entrometida te dijo eso… O tal vez fue la lagartija, el traumado… o el mudo.
Xander soltó una carcajada, sin molestarse en ocultarla.
—No, ninguno de ellos. Aunque no lo notes… a veces hablas solo. En voz alta.
Cáliban bajó la mirada, incómodo, y se llevó una mano a la frente.
—?Y bien?... ?Ya sabes a dónde ir?
—En realidad, no. Ni siquiera sé qué ponerme. —respondió, visiblemente irritado —Hace siglos que no salgo con nadie. Además, no tengo ningún interés romántico. Necesito acercarme a Cecilia para obtener información útil. Nada más.
—?Estás seguro de que es solo eso? —preguntó Xander, con una sonrisa que no logró disimular la duda en su voz.
La molestia de Cáliban se hizo evidente.
—?Qué otra cosa podría ser?... no me digas… ?Joseph te ha dicho algo al respecto?
Xander negó con la cabeza lentamente.
—No… aunque no lo creas. Debido a nuestra… conexión. A veces puedo sentir cierto… cari?o por aquella chica proveniente de ti. Es más profundo que cualquier gusto y más doloroso que cualquier herida… no quise preguntarte al respecto por que son tus asuntos.
Cáliban observo el cielo estrellado a través de la ventana de su estudio.
—Ella fue… especial para mi en otra vida. Es lo único que necesitas saber…
El silencio denso se hizo presente en la sala. Xander podía sentir la melancolía y la pérdida provenir de su se?or. De inmediato recordó a su esposa, Lidia… esa clase de sentimientos le recordaban a su amor por ella. Tal vez Cáliban sentía lo mismo, pero no quería hablar de ellos. Tal vez… no se sentía digno de ello.
—Entiendo… en cualquier caso, ya que no tienes un plan…
Hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta. Esta se abrió suavemente, revelando a una figura que aguardaba con nerviosismo. Lady Lidia entró con timidez, sujetando un pergamino contra su pecho, su mirada vacilante buscaba la de Cáliban.
—Hola… yo… eh…
—No se preocupe, madame. —dijo Cáliban en voz suave, alzando una mano con calma —No necesita temerme.
Lady Lidia se detuvo a unos pasos, aún visiblemente tensa. Su presencia era delicada, pero en sus ojos brillaba una voluntad decidida a agradar… o quizá a demostrar algo más.
—Lidia está aquí para ayudarte con los preparativos. —dijo lord Xander —Tenía algunas ideas para tu cita… y para tu vestuario.
—?Así que han montado un comité para vestirme? —gru?ó Cáliban, masajeándose el puente de la nariz —Fantástico.
—No te quejes. —replicó Xander desde el fondo —Si vas a actuar como un noble, al menos vístete como uno.
Lady Lidia carraspeó suavemente.
—Bueno, espero que no lo moleste, pero mi esposo me contó sobre su cita, así que, pensé que esto estaría bien…
Lady Lidia puso un panfleto sobre la mesa, Cáliban lo leyó con detenimiento, intrigado.
—?El Gorrión Dorado? ?Una casa de subastas? —preguntó Cáliban, frunciendo el ce?o.
—Sí. —asintió Xander —Según lo que hablé con el maestro Bardrim, necesitas materiales, ?Cierto? Así que… ambos llegamos a un acuerdo. Normalmente, ese lugar solo está disponible para estudiantes de tercer a?o en adelante, pero gracias a nuestras recomendaciones conseguimos una autorización especial. Fue relativamente fácil, considerando tu historial de caza en el gremio, tus calificaciones y tu rendimiento como líder de casa… así que-
—?Nuestras recomendaciones? —lo interrumpió Cáliban, con un tono gélido.
Xander sintió un escalofrío treparle por la nuca.
—Ah… sí, bueno… Bardrim y yo te recomendamos. —respondió con torpeza —Además de…
—?De…?
Xander tragó saliva. Sabía lo que venía. Suspiró largo y tendido, como si aceptara una sentencia.
—No sé cómo… pero Madame Lothrim se enteró del trámite. Dijo que, como muestra de su profundo arrepentimiento por los conflictos pasados… redactó un documento formal con su sello personal, dirigido al director de la academia. Facilitaron el proceso en cuestión de horas.
Stolen novel; please report.
Cáliban se llevó una mano a la cara con frustración.
—?Por qué no me deja en paz esa anciana? ?Qué demonios quiere de mí?
—No lo sé. —respondió Xander, encogiéndose de hombros —Le pregunté. Insistí. Pero no soltó palabra sobre sus motivos. Solo dijo que era algo que debía hacer.
—Perfecto… —gru?ó Cáliban, molesto.
—Pero ignora eso, lo importante ahora es que puedes acceder a la subasta.
Lady Lidia, que hasta el momento había permanecido en silencio, intervino con suavidad. Llevó la mano a su bolsillo interior y extrajo una tarjeta dorada con inscripciones brillantes y complejos sellos mágicos en su superficie.
—Mi familia ha administrado por generaciones la Casa del Gorrión Dorado. —dijo con voz serena —Así que le pedí a Lord Xander que tramitara esta tarjeta para usted. Con ella tendrá acceso a una sala VIP. Un comedor privado con vista directa al recinto de subastas. Podrá observar todos los lotes y participar con prioridad.
Extendió la tarjeta hacia Cáliban, quien dudó por un instante antes de tomarla.
No lo quería admitir, pero esa era una oportunidad invaluable. La subasta del Gorrión Dorado no solo albergaba materiales raros y artefactos perdidos, sino también objetos mágicos únicos que podrían marcar la diferencia en la guerra oculta que se avecinaba.
—Hmph… está bien. Ya que me hiciste un gran favor… te lo devolveré. —dijo, guardando la tarjeta.
Lady Lidia agitó la mano con nerviosismo.
—No es necesario. —respondió apresurada —No lo hice esperando algo a cambio… yo solo…
Pero Lidia no terminó la frase. Bajó ligeramente la mirada, como si las palabras se hubieran atragantado en su garganta.
—Lo sé. —respondió Cáliban con voz tranquila —pero no me gusta estar en deuda con nadie. Así que… toma esto.
De su mano emergió un libro de aspecto sencillo, envuelto en una tenue energía azulada. El tomo levitó suavemente hasta colocarse en las manos de Lady Lidia.
—Es un libro sobre los principios fundamentales de la magia. —explicó —Estoy seguro de que, incluso con poco talento natural, podrías progresar con él… si eres constante. Puedes consultar a Abisal por cualquier duda.
Lady Lidia lo sostuvo con delicadeza, como si se tratase de un tesoro. Asintió, con los ojos brillando de emoción. Para ella, ese gesto era más que suficiente. Si con ese conocimiento podía proteger a su esposo, no necesitaba nada más.
Cáliban le deseó una buena tarde tanto a ella como a Xander, y abandonó la sala. Su destino era la mazmorra, donde planeaba hablar con Cecilia sobre el inesperado cambio de planes.
En lo profundo de la mazmorra, Nhun estaba en plena sesión de entrenamiento. Sudorosa, jadeante, y con los brazos temblorosos, intentaba completar una serie de sentadillas. Los brazaletes de restricción mágica que llevaba en las extremidades hacían que cada movimiento fuera un suplicio.
—?Maldita sea! ?No… no puedo más! —gru?ó, apenas logrando bajar una vez más.
—?Tú puedes, Nhun! —gritó Cecilia, animando a su mejor amiga desde la distancia con una sonrisa.
—?Por cierto! ??Dónde están los demás?! —soltó Nhun entre jadeos.
—Astrid y Juliana están otra vez escapando del Ferrum… Elizabeth sigue con sus repeticiones sobre las brasas. —respondió Cecilia, repasando en su mente el cronograma —En cuanto a los chicos, dijeron que saldrían a hacer un reconocimiento del área.
—?Sí! ?Agh! —gimió Nhun —?Este lugar es tan raro! ?Es enorme! ?Nunca había escuchado de una mazmorra así!
—Ahora que lo dices… tienes razón. —Cecilia se cruzó de brazos, pensativa —Este sitio es demasiado amplio. Incluso tiene bestias errantes de alto nivel. ?Cómo es posible que nadie lo supiera?
—?No tengo idea! —espetó Nhun antes de desplomarse con fuerza contra el suelo, jadeando —?Dioses! ?Por qué no le preguntas a tu novio? A lo mejor él tiene las respuestas…
—?Cáliban no es mi novio! —respondió Cecilia de inmediato, con las mejillas encendidas.
Nhun la miró con una ceja arqueada.
—?Ah no? ?Entonces no tienes una cita con él ma?ana? además, ya te confeso sus sentimientos… ?Qué más quieres?
Cecilia entrelazó las manos sobre su regazo, con un suspiro resignado.
—Sí… pero no sé con qué intención me invitó. Puede que solo quiera ir como amigos. Digo, primero me dijo que me mantuviera alejada… y luego que le gusto, ahora me invitó a salir. Todo fue tan confuso, no supe ni qué responder…
Nhun rodó los ojos, fastidiada.
—Y tú, como perrita, moviendo la cola detrás de él… ?No pudiste hacerte un poco la difícil al menos?... siento pena por todas las mujeres como tú…
—?Estaba nerviosa! —protestó Cecilia —??Sí?! Todo fue tan rápido. Me tomó por sorpresa. Solo… acepté por impulso.
Nhun resopló con fuerza, incorporándose con esfuerzo.
—En serio… ?Por qué él, de todos los idiotas que existen, tenía que gustarte ese tipejo? Es frío, loco, sádico… un bastardo sin tacto, sin gusto, tan aburrido que-
Cecilia agitó las manos desesperadamente, tratando de hacerla callar antes de que alguien las oyera, pero Nhun no se detuvo. Su lista de insultos era interminable… hasta que una sombra cayó sobre ella. Sintió una mano larga y firme tomarla por la nuca.
—Parece que aún tienes energía para hablar mucho, ?Eh?
La voz de Cáliban sonó áspera justo encima de ella. Nhun se congeló. Su mirada se alzó lentamente hacia los ojos rojos que la atravesaban como cuchillas.
—Ja, ja… líder… estábamos hablando de lo buena persona que eres, de hecho…
Un suave chasquido rompió el aire.
Las pesas mágicas en las extremidades de Nhun se duplicaron en intensidad, aplastándola de golpe contra el suelo como si el peso del cielo la hubiera alcanzado. No podía mover ni un dedo.
—?Bastardo! ?Sácame de aquí ahora mismo! —gritó, furiosa, mientras se retorcía como podía.
Ignorando los gritos, Cáliban se giró hacia Cecilia, y juntos se alejaron unos metros para hablar en privado.
Desde el suelo, Nhun logró entrever sus siluetas a la distancia. Observó cómo el rostro de su amiga, tan brillante y alegre minutos antes, se transformaba en una máscara pálida, con los ojos abiertos de forma vacía, sin respuesta. Lo que fuera que Cáliban le había dicho, la había dejado sin aire.
Cuando finalmente terminó la conversación, Cáliban regresó junto a Nhun. Con otro chasquido, las pesas se liberaron de inmediato, dejándola caer como un trapo sobre el suelo. Al fin pudo respirar.
Cecilia corrió hacia ella, agitada.
—?Nhun! ?Necesito tu ayuda! ?Por favor! —exclamó, sacudiéndola por los hombros.
—Esta bien, esta bien, cálmate. ?Qué pasó? ?Lo canceló?
—No… pero me dijo dónde será la cita…
Cecilia inhaló profundamente, intentando explicarse. Cuando finalmente lo hizo, Nhun parpadeó un par de veces… y luego silbó con asombro.
—Vaya… parece que el líder sacó sus reservas. Pensé que iban a terminar comiendo pan duro en el comedor.
—?No es momento para eso! ?Necesito tu ayuda, no sé qué ponerme!
Nhun la miró de arriba abajo con una expresión divertida.
—Créeme, lo sé. Tienes el sentido de la moda de un castor.
—??Qué?! ?Yo siempre me he sabido vestir bien! —protestó Cecilia, indignada.
Nhun sonrió con ternura, como si estuviera viendo a un castor enojado, justo como lo había dicho. Sus mejillas infladas y los brazos cruzados completaban la imagen mental.
—Solo diré que Luna merece un aumento de salario por arreglar tus elecciones. Pero no te preocupes. Te tengo cubierta. —Se estiró, sacudiéndose el polvo. —Vamos a Rouche. Con lo que tienes ahorrado, podemos encontrar algo decente. Y, por fortuna, tengo buen gusto.
—?Eso implica que me obligarás a probarme ropa?
—No. Eso implica que te obligaré a no parecer una bibliotecaria deprimida en una gala.
Ambas comenzaron a caminar hacia el campamento, riendo entre bromas y nervios.
Pero no sabían que no estaban solas.
Desde lo alto de un árbol, oculta entre las hojas, Astrid observaba en silencio. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida. Y luego, rió. No con alegría… sino con furia. Una carcajada contenida y retorcida que se perdió entre las ramas.
—No tienes tiempo para responderme… pero sí para una cita, ?Eh? —susurró Astrid, con los dientes apretados.
Sus manos se aferraban al tronco del árbol con tal fuerza que la corteza se resquebrajaba bajo sus dedos. La rabia hervía bajo su piel. Cuando Cáliban llegó al campamento, encontró al trío regresando de su misión de reconocimiento. Joseph, Reinhard y Dimerian lucían exhaustos, pero en alerta.
—?Encontraron algo?
—No… —respondió Reinhard con un tono apagado —Buscamos por toda la pradera. Rastreos, se?ales mágicas, todo. Pero la bestia no apareció. Es como si nunca hubiese estado allí.
—Entiendo. —asintió Cáliban —Pueden dejarlo por hoy. Descansen el resto de la tarde. Ma?ana también tendrán el día libre.
—Oh… cierto, ma?ana es el día. —murmuró Joseph, con una sonrisa.
—?De qué hablan? —preguntó Reinhard, girando la cabeza con curiosidad.
—Ma?ana tiene una cita con Cecilia. Irán a la subasta del Gorrión Dorado. —respondió Joseph, como si se tratara de una noticia cualquiera.
—?Qué? —Reinhard abrió los ojos, incrédulo —No pensé que fueras del tipo… romántico, líder.
—No lo soy. —respondió Cáliban con voz seca —Necesito información. Cecilia puede dármela. Consideré que esta era la mejor ocasión para acercarme sin levantar sospechas.
Joseph le dio una palmada suave en su hombro, con una media sonrisa en los labios.
—Buena suerte, líder. La necesitarás…
Pero mientras bromeaban, Cáliban sintió esa mirada. Una que conocía demasiado bien. Ardiente, incontenible y llena de odio. Era Astrid. Su aliento se volvió más pesado. Se maldijo así mismo en silencio. No podía ignorarla.
—Chicos… retírense. Necesito hablar con Astrid… a solas.
Joseph y Reinhard compartieron una mirada silenciosa y se alejaron, llevándose a Dimerian con ellos.
Cáliban entró a la tienda detrás de Astrid. El interior era amplio, iluminado por cristales flotantes que desprendían una luz cálida. Ella ya lo esperaba sentada sobre la cama, con los brazos cruzados, una pierna encima de la otra, y la mirada encendida como fuego.
—Si tienes algo que decir, hazlo ya. —espetó, enojada.
—Astrid…
—??Cómo puedes tener tiempo para una cita, pero no para responderme?! ?Te he preguntado cosas importantes, y me has ignorado durante días! ?Exijo una maldita respuesta!
—Lo sé… lo entiendo.
Su voz era grave, cansada. Se sentó frente a ella, sin acercarse demasiado.
Por un buen rato, solo se escuchó su voz mientras intentaba, con paciencia inusual, explicarle lo que podía. No todo. Pero lo suficiente como para calmar la tormenta en los ojos de Astrid.
Le habló del culto. De los documentos robados. De los registros de Cunim. Y finalmente… del hecho más duro.
—Ya veo… así que esas personas están detrás de nosotros…
Astrid lo miró fijamente. Sus labios se entreabrieron, como si fuera a decir algo, pero no lo hizo. Su rabia no se disipó del todo, pero su postura cambió. Ya no era furia sin sentido. Era miedo.
—Sí… aún no sé por qué. No he podido averiguar nada. —admitió Cáliban, con el ce?o fruncido.
—Bueno, eso no explica lo que hiciste aquel día. —replicó Astrid, con los ojos encendidos de curiosidad —?Pero esa espada gigante que cayó del cielo! ?Y la técnica brillante que canalizabas en tu hoja! ??Quién te ense?ó eso?!
Cáliban lo había olvidado por completo. El día en que derrotó al recipiente de la diosa, utilizó una de sus técnicas más peligrosas. Explicar algo así sin levantar sospechas sería un problema… así que, tras meditarlo un instante, decidió ser parcialmente honesto.
Le contó una versión reducida de su historia. Fragmentos cuidadosamente seleccionados, lo suficiente para dar contexto sin revelar los secretos más peligrosos. Pero la reacción de Astrid no fue la que esperaba.
Soltó una carcajada.
—?Un guerrero exterminador de dioses? —repitió burlona —?Ja, ja, ja! ?No sabía que tenías delirios de grandeza, líder!
Intentó detener la risa, pero ya era tarde. A cada segundo que pasaba, más se reía. Cáliban la observó, sin decir una palabra más. Su expresión se endureció. La irritación le cruzó el rostro como una sombra. Sin más, se levantó y salió de la tienda.
—?Espera! ?Aún no terminamos!
—Ya te dije todo lo que podía. —respondió, sin volver la vista atrás —Si quieres más respuestas… encuéntralas tú misma.
Afuera, el cielo comenzaba a te?irse de naranja. Cáliban se dirigía al límite del campamento, cuando se cruzó con sus compa?eros.
—?Y bien, líder? —preguntó Reinhard, animado —?Ya sabes qué vas a ponerte para ma?ana?
Cáliban se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron levemente al recordar un detalle crucial que había pasado por alto.
—Ah… ahora que lo mencionas… no. Aún no tengo nada. Tendré que comprar algo.
Miró al grupo.
—?Quieren acompa?arme?
Joseph y Reinhard intercambiaron una sonrisa.
—Por supuesto. —dijeron al unísono.
Una hora más tarde, llegaron a la boutique más prestigiosa del distrito.
Dentro, la legendaria Madame Heilgram estaba en plena creación. Parada frente a un maniquí, tejía con hilo de seda encantada un elaborado vestido de novia. Cada puntada era acompa?ada de palabras cargadas de emoción.
—?Muy bien! Solo una puntada aquí… ?Estiró el hilo hacia allá…! —levantó los brazos en triunfo —?Oh, qué maravilla!
El suave tintineo de la campanilla en la puerta interrumpió su inspiración. Con movimientos elegantes y una sonrisa vibrante, Madame Heilgram salió a recibir a los nuevos clientes.
—?Buenas tardes! ??Qué necesitan?! ?Sean bienvenidos a la perfección hecha tela!
—Madame Heilgram. —dijo Cáliban, haciendo una leve reverencia —Espero no interrumpir.
—Ah, joven Cáliban. —exclamó, reconociéndolo de inmediato —?Qué necesitas? ?Una capa? ?Una cota de malla? ?Un pantalón nuevo tal vez? ?O una bolsa espacial bordada a mano?
—No… —respondió Cáliban con calma —Me temo que esta vez se trata de algo diferente. Tengo una cita ma?ana por la noche. Es una cena formal… y me gustaría-
—??Una cita romántica?! —gritó Madame Heilgram, interrumpiéndolo con un entusiasmo desbordado —?A la luz de la luna! ?Con velas y música suave de fondo! ?Oh, por supuesto! ?Tengo justo lo que necesitas! ?Rápido, por aquí, por aquí!
Sin esperar respuesta, la excéntrica modista guió al grupo escaleras arriba hacia el salón de vestimenta masculina, donde ya comenzaban a prepararse para transformar al estoico líder en un caballero de gala.
Horas más tarde, cuando la noche ya cubría los tejados con su manto estrellado, Madame Heilgram volvió a su mesa de trabajo. Estaba concentrada en los detalles del vestido de novia que tenía entre manos, cuando notó nuevamente el tintineo de la campanilla en la puerta principal.
—Oh, ?Hola queridas! —exclamó al levantar la vista —?En qué puedo ayudarlas a esta hora?
Cecilia avanzó al frente, algo nerviosa.
—Buenas noches, madame… eh, me gustaría pedirle su ayuda. Tengo una cita formal ma?ana… y no tengo idea de qué ponerme.
—?Por supuesto! —respondió con una sonrisa desbordante —?Ven conmigo, corazón!
Madame las condujo hacia la sección femenina del atelier. Las acompa?antes de Cecilia se instalaron frente a los vestidores mientras su amiga desaparecía tras una cortina.
—Aquí podrás probarte todos los vestidos que quieras. —dijo Madame —Y si necesitan algo, solo llámenme. Estoy justo allá. —se?aló su estación de costura antes de retirarse a continuar con su trabajo.
Las chicas comenzaron a revolver la boutique, buscando la pieza perfecta para su amiga. Había cientos de opciones, desde atuendos formales y serios, hasta vestidos brillantes y vaporosos. Cada una escogió una prenda que, según su criterio, encajaba con la personalidad de Cecilia.
—Muy bien. —dijo Juliana, con las manos en la cintura —?Hora de ver los resultados!
Cecilia emergió del vestidor. Llevaba puesto un vestido largo, de tela liviana, con botones hasta el cuello. Tenía un aire sencillo, como de campo.
—Okey… ?Quién eligió a la chica campesina?
Elizabeth alzó la mano lentamente, con una mezcla de orgullo y timidez.
—?En serio? ?Tú? ?De todas las personas! ?No sabes lo que es un vestido de noche?
—?En mi hogar siempre es de noche, Nhun! —replicó, ofendida —Además, se ve precioso…
—Agh… ?Siguiente!
Cecilia volvió al vestidor. A los pocos minutos, reapareció con un vestido más formal. Sin mangas, de corte ce?ido en forma de reloj de arena, con un tono oscuro y elegante. El escote estaba justo en el límite de lo considerado "formal", y el dise?o le daba un aire de secretaria ejecutiva lista para firmar acuerdos con la realeza.
—Otra vez… ?Quién fue la que pidió a la secretaria?
—?Qué? ?No está mal! —argumentó Astrid, cruzándose de brazos —Es un vestido poco práctico, sí, pero cómodo. Luciendo única y formal, dará una imagen de mujer independiente. Créeme, en ese lugar, Cáliban lo notará.
—?Siguiente! —sentenció Nhun con una mueca de desaprobación.
El telón volvió a abrirse. Cecilia apareció esta vez con un conjunto mucho más atrevido. Un vestido de dos piezas que dejaba al descubierto su abdomen, con una falda corta que apenas llegaba a los muslos.
—??Qué es esto?! ?Es demasiado corto! —gritó Cecilia, cubriéndose rápidamente con el telón del vestidor, roja de vergüenza.
—?Pero se ve genial! —intervino Juliana, levantando ambos pulgares —A los hombres les interesa lo visual. Tienes una buena figura, Cecilia. Si la muestras, el líder caerá rendido.
—?Siguiente! —exclamó Nhun por tercera vez, sin permitir réplica.
Cecilia entró de nuevo al vestidor con un suspiro resignado. Tras unos minutos, volvió a salir, esta vez vistiendo un lencero negro con encajes finos y un liguero que adornaba su pierna derecha. La atmósfera en la sala se congeló por un instante.
—?Eso! ?Eso es exactamente lo que estaba esperando! —gritó Nhun con entusiasmo —Luce más, mujer. Tienes un producto que vender, ?No te escondas!
Todas giraron lentamente para verla con una mezcla de juicio y horror.
—?Siguiente! —corearon al unísono.
—??Qué?! ?Malditas perras traicioneras! ?Pero si le queda perfecto!
—Cecilia va a una cita, no a trabajar en un burdel, elfa pervertida… —respondió Elizabeth, con la ceja arqueada.
Nhun bufó, cruzándose de brazos como una ni?a a la que acaban de quitar su juguete favorito. Cecilia, agotada emocionalmente por el desfile de estilos absurdos, llamó con urgencia a la única persona en la que aún podía confiar.
—?Madame Heilgram? ?Podría venir un momento…?
Ocho pasos suaves se escucharon en la sala. La costurera apareció desde el fondo con un alfiler en los labios y una cinta métrica colgando del cuello. Al ver el conjunto que llevaba puesto Cecilia, se detuvo con una expresión entre desconcierto y pena.
—Oh… vaya. —dijo, carraspeando con elegancia —Lamento si me meto donde no debo, querida, pero… ?No eres algo joven para este tipo de citas?
Cecilia bajó la cabeza, avergonzada, y murmuró:
—Madame… ?Tendría algún vestido en el que no parezca una campesina, una secretaria, una exhibicionista o… una zorra?
Madame Heilgram soltó una carcajada suave, refinada, como el tintineo de una copa de vino fino.
—Parece que lo has tenido difícil. —respondió con dulzura —Por supuesto, querida. Cámbiate y acompá?ame. Esta vez, lo haremos bien.
La condujo hasta un peque?o podio de madera elevada, bajo un espejo de cuerpo entero. Tomó su cinta y comenzó a tomar medidas con precisión, pero sin perder la calidez de su trato.
—Muy bien, querida… —dijo mientras apuntaba las proporciones —Ahora, dime algo importante, ?Qué sentimiento quieres transmitir con tu vestido?
Cecilia vaciló. Las demás chicas, curiosas, se acercaron en silencio, dejando de lado la comedia para escuchar la respuesta. Cecilia guardó silencio ante la pregunta inusual de Madame Heilgram.
—?Sentimiento…? ?De qué habla? —murmuró, confundida.
La modista le sonrió con ternura.
—La ropa puede transmitir muchas cosas, querida. No solo elegancia o estatus. También emociones, intenciones y a veces, incluso pesares… —tomó aire suavemente, sin dejar de medir —Lo importante es que, al usarlo, muestres seguridad. Así que dime… ?Estás enamorada?
Cecilia bajó la mirada. Sus mejillas se encendieron como brasas.
—Yo… creo que sí.
—Eso es bueno. —asintió la modista, sonriendo con complicidad —Vive la magia de sentir algo así. Dime… cuando lo miras, ?Qué se despierta en ti?
Cecilia cerró los ojos. Los recuerdos la envolvieron como una brisa cálida.
Volvió a aquella emboscada en el carruaje. Recordó la figura de Cáliban, emergiendo de la oscuridad, como un espectro ardiente. Sus pasos eran firmes. Sus enemigos, implacablemente derribados. Y aun así… hubo algo tierno en la forma en que la protegió. Algo que no nacía del deber… sino del deseo de que ella estuviera bien.
—Quiero estar con él. —susurró —Quiero serle útil. Que sienta que puede contar conmigo, así como yo conté con él aquel día. Sé que a veces es duro… pero creo que solo es tímido. No se le da bien… conectar con otros.
Cecilia rió por lo bajo, con dulzura.
—Pero hay algo en sus ojos… en esa mirada cansada pero firme. Me hace sentir que… todo va a estar bien. Es la primera vez que me pasa algo así. Es la primera vez que me siento así por alguien.
Madame asintió con cari?o.
—Oh… tu primer amor.
Madame soltó una peque?a risa nostálgica.
—Como anciana con bastantes cicatrices sentimentales, solo te diré esto. Siempre debes estar abierta a los cambios. Disfruta lo bueno… sin olvidar lo malo. El amor no es perfección, es decisión. Ahora dime… si pudieras pararte frente a él, mirarlo directo a los ojos y decirle lo que sientes… ?Qué sería?
Madame apoyó ambas manos en los hombros de Cecilia y la giró hacia el espejo. Su reflejo se enfrentó a sí misma. Ojos grandes, ansiosos, temerosos… pero vivos. Cecilia respiró hondo, cerró los ojos y respondió en voz baja, con serenidad.
—Quiero que me mire a mí. Quiero que sepa que estoy aquí.
La modista sonrió ampliamente.
—Muy bien. Ese es un sentimiento con el que puedo trabajar.
Una hora después, las amigas de Cecilia seguían conversando en el salón principal. Juliana se adormecía mientras Elizabeth debatía con Nhun sobre si los vestidos sin mangas eran mejores para resaltar seguridad o atractivo. Astrid hojeaba un catálogo con aire pensativo.
De pronto, Madame Heilgram caminó con una sonrisa elegante hacia la entrada del vestidor. Alzó suavemente la cortina con una mano adornada de anillos.
—?Muy bien, chicas! ?Están listas?
—?Vamos, muéstralo! —gritó Juliana, sentándose derecha.
—?Que sea mejor que el de secretaria! —a?adió Nhun.
Madame dio un paso atrás, y una figura salió del vestidor. Al instante, el salón se sumió en silencio. Todas quedaron sin aliento.
—Bueno… —susurró Nhun con una sonrisa maliciosa —En definitiva… el líder no va a escaparse esta vez.

