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Capítulo 73: Marca oscura

  Cáliban contempló los labios de Cecilia, de un rosa suave que brillaba con la tenue luz de la luna. Cada paso que daba hacia ella era una promesa que latía entre el silencio y el deseo. Su cabello negro, suelto, flotaba como un velo de sombras acariciado por la brisa nocturna. Cerró los ojos y se inclinó con lentitud, apenas un suspiro de distancia los separaba… pero, de pronto, se detuvo. El gesto fue brusco, como si algo invisible lo hubiese jalado hacia atrás.

  —Lo siento. —murmuró con una voz grave, firme, quebrada por la duda —No creo que debamos hacer esto...

  Cecilia bajó la mirada, herida, como si el rechazo la hubiese sorprendido en mitad de un sue?o.

  —Perdón... yo... no quise incomodarte...

  —No es eso. —la interrumpió él con seriedad, alzando la cabeza como un animal que huele el peligro —Hay algo en el aire... algo no huele bien.

  Ella se sonrojó al instante, visiblemente alarmada.

  —?Q-qué? ?Mi aliento? ?Lo siento! No pensé que la comida dejaría ese olor…

  Cáliban rió con suavidad, desconcertado por la inocente reacción de Cecilia. Entonces alzó una mano, y con un simple gesto conjuró una esfera mágica que lanzó contra un arbusto cercano. Un golpe sordo le dio la razón.

  —?Ay! ?Maldito! ?Eso dolió!

  Del arbusto surgió Nhun, frotándose la mejilla con fastidio, sus ojos centelleaban entre la vergüenza y la ira.

  —?Nhun! ?Estabas espiando? —exclamó Cecilia, ruborizada, incapaz de disimular su desconcierto.

  —Yo... bueno... solo quería asegurarme de que estuvieras bien. —balbuceó la intrusa.

  Cáliban, sin apartar la vista del follaje, frunció el ce?o.

  —Sé que no estás sola…

  Sin recibir respuesta, volvió a alzar la mano. Esta vez, varios proyectiles zigzaguearon entre los árboles, golpeando con precisión.

  —?Ay! —gritó Astrid, seguida por Juliana y Elizabeth, que cayeron una tras otra, frotándose la frente entre quejidos.

  —?No tienen algo mejor que hacer que espiar a escondidas? —gru?ó Cáliban, con la paciencia al límite.

  Las chicas, intentando recomponerse, murmuraban excusas sin convicción, buscando una ruta de escape para su bochorno.

  —Déjenlo ya. —dijo él con un suspiro, cansado —Será mejor que nos vayamos a dormir...

  —?Oye! ?No dejes a mi ni?a así! ?Ven aquí y cumple tu papel como hombre, cobarde! —bramó Nhun, se?alando a Cáliban con furia desbordante.

  Cecilia se apresuró a calmarla, llevándose una mano al pecho, avergonzada por el escándalo.

  —Está bien, Nhun… de verdad.

  —Pero…

  —En serio. —insistió, esbozando una sonrisa débil —Me divertí hoy… eso es suficiente para mí.

  Sus palabras flotaron en el aire como una hoja caída, y aunque trató de mostrarse entera, sus ojos delataban un anhelo no cumplido. Las demás chicas, testigos silenciosas del momento, bajaron la mirada con tristeza.

  Mientras se dirigían a la puerta, una súbita ráfaga de movimiento cambió el rumbo de la escena. Mientras las chicas estaban distraídas, Cáliban, decidido, tomó a Cecilia por la cintura y, sin dejar margen a dudas ni testigos, posó sus labios sobre los de ella. Fue un beso intenso, fugaz, como una llama que se enciende y se consume en el mismo instante. Cecilia, sin aliento, se dejó llevar, atrapada en un torbellino que no supo cómo empezó ni cuándo terminó.

  Cuando se separaron, Cáliban se acercó a su oído, su voz era un susurro cargado de algo más que palabras.

  —Lo siento… pero espero que esto sea suficiente por hoy.

  Y se alejó en silencio, dejándola paralizada. Cecilia permaneció unos segundos sin moverse, sus pensamientos estaban revueltos. Tropezó al intentar caminar, tambaleándose con torpeza hacia su habitación.

  —?Qué le pasa? —preguntó Juliana, alarmada.

  —No lo sé… —murmuró Nhun, bajando la cabeza —Tal vez… lo arruiné.

  En su habitación, Cecilia se quedó quieta por un largo instante. Cerró los ojos, intentando comprender lo que acababa de sentir, pero era imposible. Se desvistió con lentitud, se puso el pijama y se recostó. Y, aunque todo había sido confuso, una sonrisa leve persistía en sus labios. So?aría con él. Con su primer amor.

  Al otro lado de la casa, Cáliban se echó en la cama. Repasó el beso, una y otra vez. Llevó la mano a su boca, como si pudiera retener el calor que ya se desvanecía. Pero no sintió nada. Ese gesto, tan esperado por ella, para él no fue más que un cierre… una recompensa. Su pecho era una caverna sellada. ?Era incapaz de amar? ?O simplemente había olvidado cómo hacerlo?

  En la ma?ana, Cáliban se levantó.

  Las clases no eran prioridad. Cáliban, aún con la mente atormentada por la noche anterior, intentó escabullirse por su habitación, decidido a llegar al Emporio. Sin embargo, al bajar por las escaleras, una escena inesperada lo detuvo de golpe.

  Dimerian estaba allí, en mitad del pasillo, cubierto de sudor y con el rostro retorcido por una mueca de dolor indescriptible. Su cuerpo tambaleó, y antes de poder articular palabra alguna, cayó estrepitosamente por los escalones. Cáliban corrió hacia él con desesperación.

  —??Dimerian?! ??Qué te pasa?! —exclamó, arrodillándose junto a su amigo.

  Pero Dimerian no podía responder. Sólo jadeaba, luchando por respirar. Cada exhalación parecía arrancarle la vida, su cuerpo temblaba, agotado por un dolor que trascendía lo físico. Cáliban lo sostuvo con fuerza, intentando estabilizarlo… y en ese contacto, algo se quebró.

  Un destello cruzó su mente como un relámpago. Un recuerdo que no le pertenecía, pero que sentía como propio. No era la primera vez que veía esa escena… aunque no podía ubicarla en su memoria. Una visión poderosa lo arrastró, lo sumergió.

  ??Estos recuerdos… son míos??

  Estaba mirando a través de los ojos de otro. En un cuarto sombrío, de piedra fría y paredes gruesas. La luz se filtraba a duras penas por una peque?a abertura en lo alto. Frente a él, sobre una cama rústica, yacía un elfo enfermo. Alto, de facciones nobles con marcas carmesíes por todo el cuerpo, pero pálido y jadeante.

  —“Talos… ?Dónde está la criatura?”

  —“No lo sé… mi se?or…” —balbuceó el elfo entre respiraciones cortadas y un dolor que lo hacía retorcerse —“La llanura… estaban en la llanura…”

  La puerta se abrió de golpe. Un caballero de armadura negra se presentó ante el rey, con el rostro serio y la voz cargada de tensión.

  —“Mi rey, el archimago ha conseguido información sobre la criatura. Cree que podrá crear una cura para Talos pronto… pero necesitamos sus órganos.”

  —“?Bien!” —rugió el rey —“?Alisten una escuadra! Partimos en quince minutos. ?Daremos caza a la criatura!”

  El caballero asintió con firmeza y salió veloz, dejando al rey nuevamente frente a Talos. El elfo, a pesar de la fiebre, lo miraba con convicción.

  —“Resiste…” —susurró el rey —“Pronto tendremos la cura.”

  —“Confío en usted… mi se?or…”

  El recuerdo se interrumpió de golpe. Cáliban volvió en sí, pero su mente ardía. La información sobre la criatura brotaba en su interior como una cascada desbordada, cada detalle estaba grabándose con fuego en su memoria. No sabía de dónde provenían esos fragmentos del pasado… pero eran reales. Tan reales como el dolor de Dimerian, aún temblando entre sus brazos.

  Sabiendo lo que tenía que hacer y con los materiales reunidos, se dirigió al Emporio. Reinhard y Joseph dirigían los entrenamientos. Acompa?ado por Dimerian, caminó con paso decidido hacia el despacho de Bardrim.

  —?Vaya, mocoso! ?Qué tal tu velada? —saludó Bardrim, con su habitual tono jovial.

  —Eso no importa ahora. —replicó Cáliban, serio —Tengo los objetos. Pero necesito tu ayuda… y la necesito ya.

  Bardrim alzó una ceja, percibiendo el peso en las palabras de su cliente.

  —Bien, habla.

  —Necesito que me ayudes a forjar un objeto. Dimerian ha perdido la voz. No hemos podido encontrar a la criatura que le causó esto… y le prometí que hallaría una cura. Necesitamos atraerla.

  Bardrim alzó una ceja, cruzando los brazos con expresión inquisitiva.

  —?Y para eso vienes a mí?

  —Quiero que me ayudes a forjar una trampa. —respondió Cáliban, sacando los materiales que había adquirido en la subasta y extendiéndolos sobre la mesa de trabajo.

  El herrero los examinó con detenimiento y frunció el ce?o de inmediato.

  —?Mocoso! ?Esto es basura! Materiales de segunda… ?Qué se supone que quieres hacer con esto?

  Cáliban no apartó la mirada de los objetos. Su voz fue firme, sin rastro de duda.

  —Tú mismo me dijiste que no pudiste conseguir nada mejor. Hice lo que pude.

  —Tienes razón… —gru?ó Bardrim, rascándose la barba con fastidio —No es fácil conseguir mejores ingredientes sin llamar la atención… pero esto apenas sirve para clavos, no para forjar una trampa. ?Cuál es tu idea?

  —Confía en mí. Te lo explicaré después. Mi prioridad ahora es Dimerian.

  El herrero soltó un bufido resignado.

  —Está bien, está bien… ?Qué necesitas que haga exactamente?

  —Haremos una cadena de restricción. Pero no será una trampa cualquiera. Quiero que sea un arma.

  Bardrim parpadeó, confundido.

  —?Un arma? ?No sería más sensato simplemente contenerla?

  —?No! —gritó Cáliban de pronto, rompiendo el silencio con desesperación —?Debemos atacarla! ?Atraerla! ?Derribarla si es necesario!

  Sin previo aviso, tomó el enorme martillo de forja de Bardrim y se lo arrojó.

  —?Toma! ?Agarra el martillo! ?Tenemos que empezar ya!

  El pesado instrumento retumbó al ser atrapado por el herrero, sorprendido por la prisa del muchacho.

  En un rincón del taller, Dimerian los observaba en silencio. Aunque incapaz de hablar, sus ojos seguían cada movimiento de Cáliban con creciente inquietud. Lo conocía bien, pero esa ma?ana, algo en él era distinto.

  Desde que salió de su habitación, Cáliban se movía con una urgencia inusual, casi al borde del frenesí. No había saludado, no había preguntado nada. Solo actuaba. Sin detenerse. Como si el tiempo mismo le estuviera pisando los talones.

  Cáliban lo había visto. Había notado cómo sus venas parecían latir con una energía oscura, desconocida. Un pulso sombrío que subía por su pecho, directo al corazón. Una energía que podía detenerlo en cualquier instante.

  Cáliban no lo había dicho en voz alta, pero lo entendía… estaban contra el reloj.

  Mientras ayudaba a Bardrim en la forja del arma, un pensamiento cruzó la mente de Cáliban como una chispa ardiente. Avalon, en sus a?os de gloria, había dominado todos los estilos de combate. No por vanidad, sino por necesidad. Cada enemigo exigía una técnica distinta. Entre todas, recordaba una. La Danza del Caos, un arte con la espada capaz de desafiar incluso a los dioses. Pero esta vez, no bastaba una espada. No bastaba fuerza ni maestría.

  Necesitaba algo más. Algo que pudiera inmovilizar a la criatura, controlarla, mantenerla a raya desde la distancia. Una trampa, sí… pero también un arma.

  —?Cuál es el material de hielo más resistente que tienes? —preguntó de pronto, mirando a Bardrim con urgencia.

  El herrero se cruzó de brazos, revisando mentalmente su inventario.

  —Ahora mismo, nada excepcional. Tal vez podría conseguirte algo de mithril… pero necesitaríamos un mes. Viene desde Duvengard.

  —?Mierda! —gru?ó Cáliban, llevándose las manos al rostro —?Nada más? Algo que podamos usar ya.

  Bardrim lo miró en silencio unos segundos, observando su desesperación como si de pronto comprendiera toda la gravedad.

  —Espera… ?Acero frío! Tengo una reserva de acero frío. Pero…

  —?Frío! ?Eso servirá! —exclamó Cáliban, sujetándolo por los hombros —?Tienes suficiente?

  —?Eh, cálmate! No puedo dártelo así como así. Ese lote es para un encargo importante, si no lo entrego, perderé…

  —Bardrim. —interrumpió Cáliban, bajando la voz, mirándolo con firmeza —Una vida depende de ello.

  El silencio fue inmediato. El rostro del enano se endureció, pero su expresión cambió. Asintió con pesadez.

  —Está bien. Pero tendrás que pagar el doble.

  —?No importa! ?Tráelo ahora!

  Bardrim se apresuró, desapareciendo por el almacén mientras la tensión crecía en el taller. Fue entonces cuando Dimerian emitió un quejido seco y se desplomó. Sus piernas cedieron como si le hubieran cortado los hilos a una marioneta.

  —?Mierda! ?Ya comenzó! —gritó Cáliban.

  Corrió hacia él, se arrodilló y le rompió la camisa de un tirón. En el centro de su pecho, una enorme marca negra se expandía como un cáncer. De ella emergían finos tentáculos oscuros, que se movían con lentitud, buscando.

  —?Mierda, mierda, mierda! —repetía, con el rostro desencajado.

  El pánico latía en sus venas, pero no tenía tiempo para dudar. Sin pensarlo más, colocó ambas manos sobre el pecho de su amigo, canalizando su energía con desesperación. Sintió la resistencia de la maldición, como si algo vivo le respondiera desde dentro de Dimerian.

  Luchó con todas sus fuerzas, gritando en su mente una orden ancestral. En paralelo, liberó una se?al mágica que se elevó a los cielos. Un llamado de auxilio, dirigido a alguien que pudiera responder.

  Al otro lado del distrito Hilloy, lord Xander degustaba con elegancia una taza de té, deleitándose en ese escaso momento de calma. Pero esa paz se rompió como vidrio al menor contacto.

  —?Me estás escuchando, Xander? —la voz de madame Lothrim, cargada de molestia, interrumpió el silencio con dureza —Es fundamental que hable con el joven Cáliban…

  Xander bajó la taza lentamente, con la compostura de quien no permite que lo alteren. Sus ojos la observaron por encima del borde de la porcelana, serenos… pero fríos.

  —Entiendo lo que dice, madame. —respondió con voz suave, aunque el desdén se colaba entre cada palabra —Pero, a pesar de su insistencia por hablar con él, jamás ha explicado el motivo. Dígame… ?Qué la ata tanto a ese muchacho? Soporta su desprecio, gasta recursos desmesurados… ?Por qué?

  Madame Lothrim vaciló. Por primera vez, su máscara se quebró. Trató de ocultar el temblor en su voz, pero no lo logró del todo.

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  —Yo… bueno… —tomó aire, cerró los ojos un segundo y continuó —La verdad es que creo que Cáliban es mi…

  Una pulsación mágica atravesó el aire como una lanza. La se?al de auxilio. Una conexión telepática directa estremeció a lord Xander, quien se levantó con tal fuerza que el suelo bajo sus pies se resquebrajó. El mármol se quebró como si fuera de arcilla.

  Madame Lothrim quedó inmóvil, pasmada ante su reacción.

  ??Qué demonios le pasa?? —pensó, sin poder pronunciar palabra, viendo cómo la silueta de lord Xander desaparecía entre los tejados de Hilloy.

  Xander atravesó la ciudad como una sombra furiosa. Los guardias solo vieron una estela fugaz, un destello que se desvanecía más rápido de lo que el ojo podía seguir.

  Mientras tanto, en el taller de Bardrim, el caos se materializaba.

  El enano irrumpió en la sala con el acero frío en brazos, pero se detuvo en seco al ver la escena. La expresión de horror en su rostro era indescriptible.

  Dimerian yacía en el suelo, su cuerpo estaba siendo devorado lentamente por tentáculos oscuros que emergían desde su pecho. La carne se consumía centímetro a centímetro, como si una entidad viva lo estuviera desmembrando desde dentro.

  —??Qué demonios es esto?! —exclamó Bardrim, entre asco y espanto.

  —?No hay tiempo para explicaciones! ?Necesito tu ayuda, ahora! —rugió Cáliban, sudando, su rostro se encendió por la tensión.

  Bardrim, aunque desorientado, corrió hacia ellos.

  —??Qué hago?! —gritó, sin saber dónde poner las manos.

  —?Canaliza tu energía como yo! ?No te desvíes ni un instante o podrías matarlo! —gritó Cáliban, conteniendo la maldición que serpenteaba por las venas de Dimerian.

  —??Y los materiales…?!

  —?Tendremos que resistir hasta que él llegue! —espetó Cáliban, con su voz rota por la urgencia.

  —?Quién…?

  La voz se ahogó en el momento exacto en que una sombra atravesó las puertas del despacho de Bardrim. Era lord Xander. Su silueta imponente, envuelta en un aura eléctrica de poder contenido, cruzó el umbral como una exhalación de tormenta.

  —?Ya estoy aquí! ??Qué demonios está pasando?! —rugió, escaneando la escena con rapidez.

  Sus ojos se detuvieron en Dimerian, tendido en el suelo, con decenas de tentáculos negros brotando de su pecho. La imagen fue un golpe brutal, idéntica a la escena que aún lo perseguía en sue?os. Recordó a su esposa… retorciéndose del mismo modo.

  —él está… —empezó a decir, con la voz quebrada.

  —?No! —interrumpió Cáliban sin levantar la vista —?Es diferente, aunque de la misma naturaleza! ?Necesito tu ayuda ahora, Xander!

  Lord Xander no esperó más. Se arrodilló junto a Dimerian, colocando ambas manos sobre los bordes de la fisura. Cerró los ojos y dejó que su energía fluyera, sincronizándose con la de Cáliban. El esfuerzo lo atravesó como una lanza; la corrupción resistía, viva, inteligente y hostil.

  —?Bien! —gritó Cáliban desde el fondo del taller —?Necesito que ambos lo contengan mientras termino la forja!

  —??Estás loco?! ?Esto nos está drenando como una maldita sanguijuela! —bufó Bardrim, con los dientes apretados por el esfuerzo.

  —?Lo sé! ?Pero solo necesito cinco minutos! ?Cinco malditos minutos y esto terminará!

  Xander asintió, sin dejar de concentrarse.

  —?Entonces hazlo ya!

  —?Apúrate, mocoso! —vociferó Bardrim, con el rostro cubierto de sudor y los ojos desorbitados por el terror.

  Cáliban no respondió. Solo actuó.

  Tomó los materiales sobre la mesa con manos temblorosas y comenzó a organizarlos en un círculo de forja. En cuanto tocó el acero frío, supo que no bastaría. Lo entendió con un simple roce. No había tiempo para hacerlo como debía.

  —Maldita sea… —susurró —Tendré que usar todo de mí.

  Sin dudarlo, liberó los tres núcleos de energía ocultos en su cuerpo, el corazón, el vientre y la mente. Tres vórtices espirituales comenzaron a girar al unísono, como estrellas colapsando dentro de su ser. Cada órgano, cada nervio, cada hueso, ardía con un dolor que rozaba lo insoportable.

  Su aura habitual, de un rojo profundo, comenzó a tornarse más oscura. Ya no era carmesí. Era negra, una tormenta de odio, vida, sangre y fuego. No había contención. No había marcha atrás.

  —??Qué demonios…?! —gritó Bardrim, atónito ante lo que presenciaba.

  Cáliban alzó el martillo. No parecía humano. La energía celestial lo envolvía como un dios caído, una entidad invocada desde los límites del alma. El primer golpe cayó sobre el acero con una violencia que estremeció la estructura entera del taller. El aire vibró. Las herramientas temblaron. Y con cada nuevo impacto, el sonido se expandía como un rugido ancestral, haciendo eco en los cimientos mismos del edificio.

  Bardrim, boquiabierto, no podía moverse.

  Estaba presenciando una forja que no pertenecía a los hombres. Estaba viendo a Cáliban arder por dentro… para salvar una vida.

  —Hermana… lo lamento, pero tendré que usar tu técnica… —susurró Cáliban, casi con reverencia.

  Cada golpe del martillo reverberaba como un trueno en los huesos. Para Bardrim, no era solo la vibración física, era una visión. En su mente, una figura titánica surgía entre llamas y ceniza. Una mujer gigantesca, hecha de lava y fuego puro, con el cabello ardiendo como una cascada ígnea, martillando el mundo con la fuerza de una diosa. Irrompible y Divina.

  —?Bardrim! ?Concéntrate! —gritó lord Xander, jadeando mientras canalizaba su poder para contener la maldición que devoraba a Dimerian.

  Sacudido por la voz de Xander, el herrero volvió en sí, aunque la imagen de la entidad ardiente persistía, impresa en su alma. El ambiente era insoportable. La presión, el calor, el rugido constante del metal cediendo ante una voluntad imparable.

  ??Cómo no lo noté antes?... No es que la bestia desapareciera… sino que se ocultó… tomó el cuerpo de Dimerian, alimentándose de su energía… robándole su voz… su ser…? —Y entonces, Cáliban lo comprendió ?Sólo una criatura es capaz de hacer eso...?

  El fuego que Cáliban utilizaba para templar el metal cambió. Pasó del rojo intenso a una gama multicolor en azul, dorado, violeta y negro. Como si su misma esencia estuviera siendo desintegrada y refundida.

  ?Si no me doy prisa… Dimerian morirá…?

  Los martillazos continuaban. No cesaban. El sonido se volvió casi insoportable, una sinfonía de furia y voluntad. Bardrim sentía cómo su propia energía comenzaba a flaquear. Su respiración se volvió más pesada, su visión se nublaba. Y aun así, no retrocedió. No podía.

  Cuando el martillo pesó tanto que apenas pudo alzarlo, Cáliban rugió. Pero no fue un grito humano. Fue un estruendo. Una llamada ancestral. Una voz que parecía surgir desde el mismo centro del mundo.

  —?RAAAAGH!

  Bardrim se quedó paralizado.

  ??Quién es este ni?o…??

  La magnitud de su energía lo dejó sin aliento. No era magia común. Era algo más profundo, más antiguo, más peligroso.

  —?Cáliban! ?No aguantaremos mucho más! —gritó Xander, con el rostro surcado por venas tensas, al borde del colapso.

  Con un último aliento, Cáliban levantó el martillo con ambas manos y lo estrelló contra el mineral. El impacto fue devastador. El suelo tembló. La onda de choque hizo vibrar las paredes, y los tentáculos que envolvían a Dimerian se sacudieron violentamente, como si hubieran sido alcanzados por una fuerza divina.

  Sin perder tiempo, Cáliban se lanzó hacia la mesa. Allí, entre las chispas aún danzantes, yacía una pieza recién forjada.

  Una pulsera. Bardrim lo miró, perplejo.

  —??Una pulsera?! ??Después de todo esto… una maldita pulsera?! —rugió, furioso y desbordado por la tensión.

  —Sí… puede parecer una simple ornamenta… —respondió Cáliban, con voz ronca, mientras se la colocaba en la mu?eca —Pero no es lo que parece.

  En cuanto la pulsera tocó su piel, la energía comenzó a fluir. Un torrente de maná surgió desde el núcleo de Cáliban hacia el centro del objeto. éste empezó a brillar con una luz azul pura, casi líquida, que emanaba desde su corazón y se extendía por las inscripciones grabadas con precisión.

  —?Retírense! —ordenó Cáliban.

  La tensión se volvió insoportable. El aire vibraba con energía contenida, al borde del estallido. Dimerian, el cuerpo corrupto y la criatura en su interior parecían una bomba lista para detonar. Pero con la pulsera activada, todo estaba a punto de cambiar.

  Xander y Bardrim retiraron su energía de inmediato. Cáliban, sin vacilar, sumergió el brazo directamente en el pecho de Dimerian, atravesando la carne y la maldición, buscando a ciegas el núcleo de oscuridad.

  En ese instante, algo se movió dentro.

  Una figura surgió desde lo más profundo de la sombra. Era una entidad sin forma definida, sólo era ojos y dientes flotando en el vacío. Observaba con odio el brazo intruso que se atrevía a profanar su dominio.

  Pero fue demasiado tarde.

  Desde la pulsera, gigantescas cadenas de luz brotaron con violencia. Se movieron como serpientes metálicas, etéreas y sagradas. Atravesaron el aire con un estruendo metálico que heló la sangre. Rodearon a la criatura con una rapidez implacable, y en un rugido de agonía, la arrancaron del cuerpo de Dimerian.

  —?No la dejen escapar! —vociferó Xander, alzando la voz entre los ecos del caos.

  La entidad, liberada, se deslizó por el suelo como una mancha viva. Se retorció, su forma cambiante se convirtió en una sombra líquida. En segundos alcanzó la pared opuesta, luego descendió por las grietas hasta el pasaje subterráneo que llevaba al campo de entrenamiento oculto bajo sus pies.

  —?Iré por la criatura! —dijo Cáliban, girando sobre sus talones hacia la puerta.

  —?Te ayudaré! —exclamó Xander, dando un paso al frente.

  —?No! ?Tú lleva a Dimerian a las aguas termales! ?Está muy débil! —ordenó Cáliban, sin detenerse.

  Xander asintió, sin tiempo para protestar. Con cuidado, tomó el cuerpo inerte de Dimerian y, envuelto en un velo de velocidad, desapareció rumbo al gremio.

  Bardrim, mientras tanto, se quedó en el umbral del caos. Su mirada se desvió hacia la pared del fondo del taller… donde reposaba un martillo antiguo, colgado en una vitrina de cristal. Era suyo. Había jurado no volver a empu?arlo nunca más. Apretó los dientes, el sudor bajó por su frente. Su mano tembló.

  No podía ignorarlo.

  Cáliban descendió por el elevador al campo de entrenamiento oculto, donde la penumbra lo envolvió como un sudario. Era un lugar vasto y silencioso, pero hoy el aire estaba denso. Todo estaba impregnado de una oscuridad viva, voraz.

  Y entonces, la vio.

  Una bestia emergió de las sombras, enorme y abominable. Se movía con lentitud y odio. Su silueta era la de un toro musculoso, de tama?o colosal. Pero su cabeza… su cabeza estaba cubierta de tiras de carne suave, colgantes, como si le hubiesen arrancado el rostro y lo hubiesen recubierto con su propia piel.

  De su cuello roto brotaban múltiples ojos rojos sangrantes. En el centro, una lengua larga y obscena se retorcía como un gusano. Por sus costados, las costillas sobresalían como cuchillas abiertas, y entre ellas palpitaban órganos oscuros, viscosos. En la parte trasera, tentáculos enormes se arrastraban por el suelo, moviéndose con sed.

  —Como lo supuse… —susurró Cáliban, con la mirada fija, su voz apenas contenía su furia —Eras tú… Bullrath…

  La criatura dio un paso hacia él. La tierra tembló. Su lengua golpeó el suelo, dejando una marca corrosiva. Los ojos, todos, se fijaron en Cáliban con hambre.

  Cáliban se lanzó sobre la bestia, sus movimientos fluidos, casi danzantes, hacían que las poderosas cadenas que lo acompa?aban se desplegaran como un látigo viviente, abarcando un amplio radio a su alrededor. Sin embargo, a pesar de su tama?o descomunal, la criatura se movía con una agilidad aterradora. Esquivaba cada ataque con una rapidez inhumana, sus patas golpeaban el suelo con una fuerza salvaje, pero sin perder precisión.

  Cáliban apretó el pu?o, frustrado, y con ese gesto, las cadenas comenzaron a enrollarse lentamente alrededor de su brazo dominante, imbuyéndose con su voluntad.

  —?Danza del Caos… Séptimo Movimiento: Ocaso! —gritó con furia.

  Su mano golpeó la tierra con brutalidad, y al instante, una decena de cadenas surgieron desde el suelo, lanzándose como bestias hambrientas hacia su presa. La criatura, sin embargo, era veloz. Demasiado. Se desvanecía y reaparecía, dejando tras de sí un rastro de podredumbre. Las cadenas no lograban alcanzarla.

  El maná de Cáliban comenzaba a agotarse. Sus respiraciones eran irregulares, sus músculos tensos. Y justo cuando sus defensas flaquearon, el Bullrath cargó, bajando la cabeza como un toro en plena embestida. El impacto era inevitable…

  Hasta que un bramido de guerra sacudió la sala. Bardrim soltó un rugido, alzando un gigantesco martillo desde las sombras.

  El golpe impactó brutalmente contra el costado del Bullrath, con un estruendo que hizo temblar las paredes. La criatura fue lanzada hacia un muro, dejando una estela de sangre negra a su paso. Había recibido un golpe crítico. Se tambaleó, y por primera vez, su velocidad disminuyó.

  —?Bardrim! —exclamó Cáliban, jadeando.

  —?Mocoso! —espetó el enano, con el martillo humeando entre sus manos —?Qué demonios es esa cosa? ?Nunca vi algo tan maldito!

  Cáliban se puso de pie, sacudiéndose el polvo con esfuerzo.

  —Es un Bullrath… una criatura parasitaria de alto nivel. No bajes la guardia… puede regenerarse y es letal a corta distancia.

  Como si lo confirmara, la criatura desapareció con un destello. Bardrim intentó seguirla, pero su vista no podía alcanzarla.

  —?Mierda, no puedo seguirla! —gru?ó —?Oye! ?Tus cadenas pueden atraparla?

  Cáliban asintió con decisión.

  —Sí. Si logro un solo instante… puedo inmovilizarla.

  —Perfecto. Entonces te voy a dar ese instante. ?Prepárate!

  Bardrim golpeó el suelo con fuerza, haciendo surgir cráteres de magma fundido como barricadas improvisadas. El Bullrath, atrapado en su carrera, recibió quemaduras graves en sus patas. Rugió con furia, su voz reverberó como un eco de los abismos.

  —?Ahora, Cáliban!

  El joven vio su oportunidad. Extendió una cadena hacia el suelo, que viajó como un relámpago y emergió justo bajo el vientre de la bestia, empalándola brutalmente en su punto más vulnerable.

  —?Danza del Caos… Octavo Movimiento… Dama de Hierro!

  Cáliban cerró el pu?o. En ese mismo instante, cientos de cadenas surgieron desde las paredes, el techo, el suelo. Todas convergieron sobre el Bullrath, atravesando su cuerpo con una precisión cruel. Era como si estuviera dentro de una trampa mecánica, una prisión de acero que lo perforaba sin piedad.

  Pero la criatura no moría. Aún se movía.

  Cáliban se esforzaba al máximo por mantener al Bullrath inmovilizado, sus cadenas temblaban, al borde de romperse. La criatura, aunque atravesada por cientos de púas de acero, aún se retorcía, resistiéndose con furia ciega.

  Fue entonces cuando Bardrim alzó su martillo, ahora envuelto en llamas ardientes. Con un rugido que heló la sangre, descargó un primer golpe contra la criatura… luego otro… y otro más. El impacto de cada golpe sacudía el suelo. El Bullrath intentó moverse, pero ya no podía. Sus rugidos se fueron apagando hasta que, finalmente, su cuerpo cayó inerte. Había terminado.

  Cáliban cayó de rodillas. Apenas podía mantenerse en pie. Su aliento era errático, su cuerpo temblaba.

  —Bardrim… necesito… tu apoyo… —murmuró con voz ronca y la vista borrosa por el agotamiento.

  —?Y ahora qué…? —refunfu?ó el enano, aunque su tono dejaba ver una pizca de preocupación.

  —Los Bullrath… nunca viajan solos… siempre están en pareja… —tosió —Mis compa?eros pueden estar en peligro… ayúdalos, por favor…

  Bardrim frunció el ce?o. Lo miró de reojo. Sabía que Cáliban apenas se sostenía y que si lo dejaba solo, podría colapsar. Aun así…

  —?Y tú? —preguntó, más serio que antes.

  —Estaré bien… solo… ve… por favor…

  El enano resopló. Sabía que no ganaría esa discusión.

  —Bien… lo haré por esta vez. ?Dónde están?

  —En la mazmorra… usa mi marca para entrar por mi recepción… la puerta de madera roja…

  Bardrim asintió. Sin decir una palabra más, corrió, desapareciendo en los pasillos que llevaban al elevador.

  Cáliban quedó solo, respirando con dificultad. Su mirada se posó sobre el cadáver de la criatura. Desde él emanaba una energía oscura, pulsante, como si aún respirara.

  Una energía peligrosa… pero también poderosa.

  —Bien… esto va a doler. —susurró, sabiendo que lo que haría no era seguro.

  A rastras, llegó hasta el cuerpo del Bullrath. Posó ambas manos sobre él y comenzó a absorber su esencia, tal como había hecho antes con otros artefactos malditos. Pero esta vez… era distinto.

  El dolor llegó de inmediato. Ardía. Quemaba su piel, sus músculos, sus nervios. Gritó. Un grito profundo y desgarrador. Como si su alma fuera desgarrada pedazo por pedazo. Y sin nadie alrededor, el eco de su sufrimiento se perdió en la oscuridad.

  En la mazmorra, un peque?o grupo de exploradores ascendía por una colina cubierta de hierba alta. La brisa era suave, pero en el horizonte se erguía una monta?a oscura, cuya sombra se extendía como una amenaza silenciosa.

  Reinhard observaba el paisaje con seriedad.

  —Bueno… parece que hemos llegado. —dijo, con tono contenido.

  A su lado, Joseph asintió en silencio. Ambos lideraban la expedición de reconocimiento.

  —?Woah! ?Qué enorme! —exclamó Juliana, apartándose del grupo para subir a una roca y admirar la vista. Las praderas se extendían infinitas, como un mar de esmeralda que contrastaba con la silueta tenebrosa de la monta?a.

  —?Juliana! ?Baja de ahí ahora! —ordenó Reinhard, sin apartar la vista del entorno —?Esto no es un paseo turístico!

  —Relájate… no hay nada peligroso. ?Mira! —dijo Juliana con ligereza —Es solo una planicie vacía…

  Reinhard sacudió la cabeza, visiblemente irritado, y se frotó los ojos con frustración.

  —Sabía que era mala idea traerlas aquí…

  —Oye, habla solo por ella… —replicó Astrid, cortante, agachada junto al resto del grupo, siempre alerta.

  Elizabeth, en cambio, permanecía en silencio. Sus ojos recorrían el paisaje aparentemente inofensivo, iluminado por el sol, pero sus sentidos le susurraban otra historia. Había algo en el ambiente… algo que no encajaba.

  —Hay un olor… peculiar. —murmuró con el ce?o fruncido.

  Reinhard la miró con atención, más receptivo que antes.

  —?Por qué lo dices? ?Detectas algo?

  —Más que detectar, lo huelo… —dijo Elizabeth en voz baja —Es un olor extra?o… como carne podrida.

  Joseph intercambió una mirada seria con Reinhard, bajando la voz a un susurro tenso.

  —?No crees que deberíamos esperar a Cáliban?

  —No lo sé… —respondió Reinhard, apretando los dientes —Pero coincido con Elizabeth. Algo no está bien…

  —?Ya, cálmense! —interrumpió Juliana, corriendo colina abajo con una risa nerviosa —??Lo ven?! —gritó, levantando los brazos —?No hay nada de qué preocu-!

  No terminó la frase.

  Del suelo, enormes tentáculos surgieron de improviso, envolviéndola con violencia y arrastrándola como si fuera una mu?eca. Juliana gritó, forcejeando desesperada. Reinhard reaccionó en un instante, su lanza cortó el aire con precisión, seccionando el tentáculo y liberándola.

  —??Qué demonios era eso?! —exclamó Juliana, jadeando, aún temblando de miedo.

  —?Rápido! ?Formen un círculo! ?Espalda contra espalda! —ordenó Reinhard con voz firme.

  El grupo se reagrupó con rapidez, formando una defensa cerrada mientras sus ojos escaneaban el terreno. Una sombra recorría el perímetro a gran velocidad, demasiado rápida para ser rastreada con la vista.

  —?Qué hacemos? —dijo Joseph, intentando seguirla en vano.

  —??Alguien tiene una idea?! —gritó Astrid, su mirada inquieta barría la pradera sin lograr fijar un blanco claro.

  —Creo que yo sí… —dijo Elizabeth, arrodillándose de pronto.

  —?Qué estás haciendo? —preguntó Joseph, sorprendido.

  —Shh… —respondió ella con calma —Necesito concentrarme.

  Cerró los ojos y agudizó sus sentidos. En vez de buscar con la vista, se enfocó en el hedor. Esa fragancia pútrida que el viento no podía ocultar. Rastreándola, murmuró en voz baja, invocando un antiguo hechizo.

  —Sanguinem…

  El suelo bajo sus pies se oscureció. Un charco de sangre mágica emergió de la tierra, resbaladizo como aceite. Y entonces, la bestia, invisible al ojo humano, cayó estrepitosamente. Había perdido el equilibrio.

  —?Buen trabajo! —gritó Reinhard.

  No perdió el momento. Se abalanzó hacia la criatura, lanzando una estocada dirigida al centro de su pecho. Pero antes de que el golpe impactara, unos tentáculos emergieron de su cola, envolviendo el bastón de la lanza y elevándola por los aires como si no pesara nada.

  —?Reinhard! —gritó Joseph, pero era tarde.

  Suspendido, Reinhard quedó cara a cara con el horror.

  El cuello de la bestia era un hueco antinatural. Desde esa abertura palpitante, emergieron varios ojos rojos, brillando con odio y hambre. En el centro, una lengua larga y viscosa se desenrollaba, acercándose lentamente a su rostro, como si saboreara la victoria antes del golpe final.

  Reinhard, paralizado entre el asco y el espanto, sabía que no lograría esquivarlo.

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