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Capítulo 99: Ceremonia maldita

  La boda fue un evento grandioso, una celebración que atrajo a las personas más influyentes de la ciudad. Por un tiempo, todo pareció perfecto.

  Abril y Sebastián compartieron un matrimonio feliz, sin complicaciones, llenando los días de risas y cari?o. Luna se infiltró en la mansión sin dificultad, adoptando su papel como la sirvienta personal de la nueva se?ora Thorm. Y así, los a?os transcurrieron con calma.

  Hasta que una noticia lo cambió todo. Abril estaba embarazada.

  Cuando Sebastián lo supo, sintió que su corazón explotaba de felicidad.

  Tenía todo lo que un hombre podía desear. El amor de su esposa, el apoyo incondicional de su familia, y ahora… esperaba un hijo.

  La idea de ser padre lo llenaba de una emoción indescriptible.

  Esa noche, agotado de trabajar hasta tarde, se dejó caer sobre el regazo de Abril, apoyando la cabeza con suavidad contra su vientre. Ella acarició su cabello con ternura, pero en su mirada se escondía algo que él no pudo ver.

  —?Crees que sea ni?o o ni?a? —preguntó Sebastián con entusiasmo, sin abrir los ojos.

  Abril rió suavemente.

  —?Qué te gustaría que fuera?

  Sebastián sonrió.

  —No importa. —respondió sin titubear —Sea lo que sea, lo amaré con toda mi alma…

  Abril bajó la mirada, su sonrisa se tornó amarga. Sebastián se acomodó a su lado, satisfecho con la vida que tenía, y en cuestión de minutos, cayó en un sue?o profundo.

  Pero Abril no durmió. Se quedó en silencio, mirando el techo con los ojos enrojecidos. Hasta que finalmente tomó una decisión. Con extrema cautela, se deslizó fuera de la cama.

  Reunió algunas prendas y joyas, suficientes para lo que tenía en mente. Entonces, con el corazón latiendo, se dirigió a la puerta. Pero antes de que pudiera cruzar, una voz se filtró entre las sombras.

  —Le romperás el corazón si haces eso…

  Abril se paralizó. El aire a su alrededor se volvió espeso. Giró lentamente la cabeza hacia la penumbra del pasillo. Luna la observaba desde la oscuridad, su rostro apenas era iluminado por la tenue luz de la luna.

  Su expresión era inescrutable.

  —Hermana… —susurró Abril, sintiendo el peso de la culpa aplastándola —?Por qué me haces esto?

  Luna no respondió de inmediato. Simplemente la miró. No con reproche o rabia. Sino con un pesar profundo. Porque ambas sabían la verdad. Por mucho que Abril quisiera escapar… el destino ya había dictado su final. Y no había lugar en este mundo donde pudiera huir de él.

  —Sabes bien que, aunque te vayas, el culto te perseguirá… —su voz era un susurro cortante, tan frío como la brisa nocturna que se colaba por los ventanales.

  Abril cerró los ojos por un momento, su semblante amargado relucía por la resignación.

  —Sí… lo sé. —admitió con un suspiro entrecortado —Pero al menos Sebastián estará a salvo…

  Luna dejó escapar una risa amarga.

  —?Estás segura?

  Sus pasos resonaron en el suelo de mármol mientras avanzaba lentamente hacia su hermana.

  —?Crees que el culto no irá por Sebastián? —preguntó con dureza —?Ya olvidaste lo que nos obligaron a hacer solo por caprichos? ?Ya olvidaste las vidas que quitamos… las casas que extinguimos… los pueblos que exterminamos?

  Abril apretó los dientes.

  —Basta… —susurró, con la voz quebrada —No quiero escucharlo.

  —Pero es la verdad. Y aunque cierres los ojos, aunque huyas, la verdad seguirá persiguiéndote.

  Abril se llevó una mano al rostro, incapaz de enfrentar sus propios pecados. Pero entonces, como si el destino se burlara de ella, un sonido hizo que ambas se congelaran. Eran pasos que descendían por la escalera.

  —?Amor mío?

  La voz de Sebastián rompió la tensión en el aire. Abril sintió cómo su cuerpo se tensaba, y Luna, sin hacer ruido, se quedó inmóvil, observando en completo silencio. Sebastián avanzó un par de pasos, con el ce?o fruncido y la mirada llena de confusión.

  —?Qué haces aquí tan tarde y…?

  Su voz se apagó cuando su vista se posó en la peque?a caja de viaje que Abril sostenía con una mano temblorosa. Un escalofrío recorrió su espalda. Su corazón latió con fuerza, con un miedo visceral que jamás había sentido antes.

  Abril desvió la mirada, incapaz de enfrentar sus ojos.

  Luna permaneció en su lugar, observando con la paciencia de una cazadora, esperando ver cómo su hermana se desenvolvería en esta situación.

  Sebastián bajó las escaleras con lentitud, sus pasos eran pesados, cargados de una angustia que lo oprimía por dentro.

  —?Te… irás…?

  Su voz se quebró. La ausencia de una respuesta inmediata hizo que su estómago se revolviera con una sensación de desesperación.

  —Solo… quería tomarme unas vacaciones… —murmuró Abril con torpeza, sin atreverse a levantar la cabeza.

  Sebastián sintió cómo su pecho se encogía.

  —??Sin decirme?! —su voz se alzó, traicionada por la angustia —??A pocas semanas de dar a luz a nuestro bebé y en medio de la noche?!

  Se dio cuenta demasiado tarde del tono en el que había hablado. Se llevó una mano al rostro, maldiciéndose en silencio.

  —Lo siento… lo siento… No quería gritarte, no quería…

  Su voz se desmoronó y, con ella, la última barrera que contenía su dolor. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Una opresión insoportable le pesaba en el pecho, como si su corazón se estuviera partiendo en dos.

  —Abril… —murmuró, con la voz rota —Si hice algo que te hizo querer marcharte… perdóname.

  Su cuerpo se estremeció, y sin pensarlo, la envolvió entre sus brazos. La rodeó con desesperación, como si al hacerlo pudiera evitar que desapareciera.

  —Juro que voy a cambiar…

  Abril no pudo soportarlo. El simple sonido del sufrimiento en su voz la quebró por completo.

  —?No! No… —sollozó, aferrándose a él —No hiciste nada malo…

  Acarició su nuca con dulzura, tratando de reconfortarlo, pero en realidad era ella quien más lo necesitaba.

  —No me voy por ti… es solo que… es complicado.

  Sus lágrimas cayeron sobre su hombro, calientes y amargas. No podía decirlo. No podía confesarle la verdad. Si lo hiciera… lo perdería para siempre.

  Sebastián sostuvo sus manos con delicadeza, con el corazón en un pu?o. No entendía. Pero algo dentro de él le decía que si la dejaba ir… nunca volvería a verla. Y eso era un destino que no estaba dispuesto a aceptar.

  —Amor mío… —la voz de Sebastián era un hilo de súplica —Si algo te aqueja, solo dímelo… por favor, solo… no me dejes solo…

  Abril sintió que su corazón se rompía un poco más. El dolor en los ojos de su esposo era más de lo que podía soportar. No podía seguir ocultando la verdad. Sabía que el culto nunca la dejaría en paz. No a ella, ni a Sebastián o a su hijo.

  Huir no era una opción. Solo quedaba pelear. Tomó aire, intentando encontrar fuerzas en su propia decisión.

  —Querido… tengo algo que decirte. —El aire pareció abandonarla de golpe —Pero temo que podrías odiarme por ello…

  Sebastián negó de inmediato, sin dudar.

  —No hay manera de que te odie… no podría…

  Abril dejó escapar una risa amarga, llena de tristeza.

  —Eso dices ahora… pero no creo que lo hagas después…

  El silencio se extendió entre ellos.

  Finalmente, con un suspiro resignado, Sebastián tomó su mano y la guió de regreso a su recámara. Allí, bajo la tenue luz de las velas, hablaron durante toda la noche. Y Abril le confesó todo.

  Todo.

  Los secretos del culto. Sus orígenes, sus misiones. Los horrores que había desatado con sus propias manos en nombre de una causa en la que nunca tuvo opción de creer.

  Sebastián la escuchó en silencio. No la interrumpió, ni una sola vez.

  Porque cada palabra que salía de los labios de Abril era como un veneno que se filtraba en su sangre. Las atrocidades que había cometido. Las vidas que había segado por mandato divino.

  Un torbellino de emociones estalló en su pecho. Sentía odio por haber sido enga?ado. Alivio por saber la verdad. Furia al pensar que Abril habría desaparecido de su vida esa misma noche si él no hubiera despertado. Y finalmente… entendimiento.

  Porque, por más que su historia estuviera manchada de sangre, él lo sabía. Nada de lo que Abril fue, nada de lo que hizo… fue su culpa.

  Abril cerró los ojos. No quería ver su expresión cambiar. Podía soportar el dolor… la tortura. Pero no creía tener la fuerza suficiente para ver la mirada de la persona que más amaba convertirse en desdén. Convertirse en desprecio… por estar casado con un monstruo.

  —Lo lamento… —susurró, con la voz quebrada —Me iré al amanecer y no volveré a aparecer frente a ti… yo…

  Pero Sebastián no la dejó terminar. La envolvió en un abrazo firme, desesperado, como si temiera que se esfumara entre sus brazos. El calor de su cuerpo comenzó a llenar los rincones oscuros de su corazón.

  —No… —Sebastián sonaba decidido. Inquebrantable —No renunciaré a ti… ni a mi hijo. —Apretó los dientes, con los ojos encendidos de determinación —Culto o lo que sea… si vienen por ti… por nosotros… los mataré a todos de ser necesario.

  Abril sintió un nudo en la garganta.

  —Pero yo… yo hice…

  Sebastián calló sus palabras con un beso. Un beso que no tenía dudas. No tenía miedo. Solo amor. Cuando sus labios se separaron, la miró con intensidad.

  —No podemos cambiar el pasado… —susurró con suavidad —Mejor preocupémonos por nuestro futuro.

  Desde la puerta, Luna observaba en silencio. Vigilando que no hubiera oídos indiscretos… además de los suyos. Pero en su interior, sabía que aquello no terminaría allí. Porque el culto no olvidaba y tampoco perdonaba.

  Ese era el final de su relato.

  —Durante mucho tiempo, he trabajado como doble agente dentro del culto… —Luna habló con un tono firme —Le di información a Lord Thorm sobre los movimientos del Soberano… Su caída también fue parte de su plan, todo para asegurarse de que Cecilia no corriera peligro.

  Sus palabras fueron un golpe en el pecho para todos los presentes. Los ojos de Luna resplandecieron con sinceridad. No había ni un atisbo de duda en su mirada, solo una voluntad inquebrantable para proteger a su familia.

  Astrid se quedó sin palabras, atrapada en el peso de aquella revelación.

  ?Ser torturado, encerrado… incluso mutilado… todo solo para proteger a su hija…?

  Apretó los dientes mientras una sombra de tristeza cruzaba su semblante al recordar a su padre.

  ?Te tengo envidia, Cecilia…?

  Pero a pesar de la claridad en sus palabras, no todos estaban dispuestos a confiar de inmediato.

  Joseph, quien había permanecido en silencio hasta ese momento, reflexionaba sobre la situación. Aunque el relato de Luna tenía sentido, aún necesitaban pruebas… y si no podían obtenerlas, al menos necesitaban información que pudieran usar a su favor.

  Dio un paso al frente y la miró fijamente.

  —Dime algo… —dijo con una ligera tensión en su voz —?Cuál es el verdadero plan del culto?

  Luna cerró los ojos por un momento. Entonces, con un suspiro, se reincorporó y los miró con una gravedad aplastante.

  —Planean un ataque a gran escala en toda la academia. Cuando comience el evento principal. —continuó, sin cambiar su tono gélido —las gradas se te?irán de sangre. Estudiantes, profesores… incluso el director… todos serán ejecutados.

  Los chicos sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos. No era solo un ataque. Era una masacre. Y ocurriría en cuestión de horas.

  —?Qué podemos hacer? —preguntó Reinhard, incapaz de ocultar el temblor en su voz —No somos lo suficientemente fuertes para detenerlos…

  Luna abrió los ojos.

  —Es cierto… —Su mirada fría y calculadora recorrió al grupo —Pero eso no significa que no puedan hacer algo.

  Con movimientos rápidos, sacó un viejo pergamino y lo extendió sobre el suelo.

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  —Esto podría funcionar… —Se?aló un punto en la zona central de las ruinas, justo debajo del coliseo —Aquí está la clave de todo.

  Luna comenzó a explicar.

  El culto había instalado una formación anuladora de poderes en el subsuelo, conectada a un dispositivo capaz de suprimir cualquier habilidad mágica dentro del coliseo. Además, el control remoto de las bombas plantadas en los alrededores también se encontraba allí.

  Si no lo destruían antes del inicio del evento, no habría manera de contraatacar.

  El plan, en teoría, era simple.

  Luna entregaría a los jóvenes como "prisioneros" para distraer a la Sacerdotisa. Si no lo hacía, esta podría sospechar su desaparición y alertar al Soberano, poniendo a sus guardias en alerta máxima.

  Pero había un problema.

  —Uno de ustedes tendrá que infiltrarse y destruir el control principal.

  Luna alzó la mirada, perforando a cada uno de los presentes con sus ojos fríos.

  —Si voy yo, el culto sabrá de inmediato sobre mis verdaderas intenciones.

  El peso de sus palabras cayó como una losa sobre los hombros del grupo. Reinhard tragó saliva. Astrid apretó los pu?os. Joseph entrecerró los ojos, tratando de evaluar la situación.

  —El plan original… —continuó Luna —era que Lord Thorm se infiltrara y destruyera el aparato. Pero dada su condición…

  No terminó la frase. No era necesario. Alguien tenía que hacerlo. Luna los miró uno a uno.

  —?Quién de ustedes tiene la confianza para realizar un movimiento así?

  Nadie habló al principio. No porque dudaran de la importancia de la misión… sino porque sabían que quien aceptara la tarea podría no regresar con vida. Entonces, con una indiferencia escalofriante, Joseph alzó la mano.

  —Yo lo haré.

  Su voz no titubeó. El silencio cayó sobre el grupo nuevamente.

  —??Qué?! ?No! —refutó Reinhard con su rostro crispado de incredulidad —Tu estado no es bueno, ?Eso sin mencionar las terribles visiones que tienes!

  Luna entrecerró los ojos.

  Ella misma estaba a punto de rechazarlo. Para cualquiera que tuviera ojos, era evidente que Joseph no tenía la capacidad física para desempe?arse en una misión de esa magnitud.

  Apenas podía mantenerse en pie sin que su cuerpo lo traicionara.

  —Ni?o… —Luna frunció el ce?o —No creo que tú-

  Pero Joseph la interrumpió sin vacilar.

  —No, debo ser yo.

  No dejó espacio para discusión. Sus palabras eran firmes e inquebrantables. Luna sintió que la irritación la atravesaba como un rayo.

  —?Por qué? —preguntó con frialdad.

  Joseph respiró hondo y habló con la misma calma con la que se aceptaría una sentencia de muerte.

  —Tengo una habilidad que me permite traspasar la materia. —Todos lo miraron con asombro —Solo puedo usarla una vez cada cierto tiempo. —continuó —Pero si me coloco justo encima de la sala, no necesitaré memorizar todo el mapa. Podré dar un golpe preciso. Incluso si mi vida se pierde en el proceso.

  El ambiente se tensó.

  —?No digas eso! —exclamó Juliana, con el ce?o fruncido —Todos nos lamentaríamos si llegaras a morir…

  Joseph le dedicó media sonrisa, sin emoción alguna.

  —Puede que tengas razón…

  Su mirada recorrió al grupo, deteniéndose en cada uno de ellos con una mezcla de frialdad y resignación.

  —…pero eso no quita el hecho de que mi muerte no significa nada.

  El silencio que siguió fue aún más cruel.

  —Ustedes son líneas de sangre real de primera… —continuó con una voz suave, pero afilada como un cuchillo —Yo solo soy un huérfano que tiene medio pie en el inframundo. —Se encogió de hombros, como si hablara de algo trivial —Así que no hay desventajas en que yo vaya… —Dirigió su mirada helada hacia Luna para reafirmar su punto —?Verdad?

  Luna contuvo el aliento. Por un instante, no vio a Joseph. Vio a su hermana mayor. Vio a Abril antes de que encontrara algo por lo que vivir.

  Apretó los pu?os. Podía reconocer esa mirada en cualquier persona… era la mirada de alguien que no le teme a la muerte. No porque fuera valiente. Sino porque no le importaba morir.

  Luna suspiró. No podía, ni tenía tiempo para hacerle cambiar de parecer.

  —En ese caso… supongo que eres la mejor opción que tenemos.

  Su voz fue firme, pero en su interior, algo la inquietaba. Con movimientos precisos, sacó un peque?o artefacto redondo de su bolsa. Un objeto aparentemente inofensivo, pero cuyas runas parpadeaban con una intensidad inquietante.

  —Esto es una muestra del proyecto Altanova.

  Joseph arqueó una ceja.

  —?Qué es?

  —Una bomba de bolsillo.

  El grupo se tensó. Luna continuó, sin dejarse afectar por sus reacciones.

  —Su radio de explosión es limitado, siendo solo unos pocos metros… nada comparable al producto final, pero lo suficiente para hacer estallar los controles sin ningún problema.

  Luna colocó la bomba en las manos de Joseph y, sin previo aviso, lo atrajo hacia ella. Su mirada, afilada e intimidante, perforó al joven con una gravedad implacable.

  —Esta es nuestra única oportunidad… —susurró, con cada palabra goteando la certeza de la muerte —Si fallas… toda la academia estará cubierta de sangre inocente, incluida la nuestra…

  El aire abandonó los pulmones de Joseph. Un escalofrío brotó desde lo más profundo de su alma, pero no dijo nada. Solo asintió en silencio, sosteniendo la bomba con ambas manos, tratándola con el mismo respeto con el que se sostiene la vida misma.

  —En ese caso… los demás deberán seguirme. —murmuró finalmente, con la voz más calmada de lo que realmente se sentía.

  El grupo se puso en marcha, siguiendo a Luna como si fueran prisioneros.

  Mientras tanto, Joseph se separó en silencio, con el mapa en mano, trazando su camino a través de las ruinas.

  Sabía que debía encontrar una salida secundaria para llegar al coliseo sin ser detectado. Sus manos temblaban mientras corría por los pasillos oscuros, su respiración se agitaba por la tensión. No debía ser visto ni oído.

  A su alrededor, los susurros de su mente se arremolinaban como un enjambre de voces insidiosas.

  ??Por qué sigues corriendo??

  ?No eres un héroe.?

  ?Nadie te recordará cuando mueras.?

  Pero no se detuvo. Apretó los dientes y siguió avanzando. La sangre palpitaba con fuerza en sus sienes, su cuerpo agotado y su mente al borde de la desesperación jugaban en su contra. Pero sus pies no dejaron de moverse.

  Mientras tanto, en la cámara principal…

  Los gritos de furia de la Sacerdotisa Berenice resonaban como látigos en el aire.

  —??Cómo es posible que aún no puedan encontrar a un grupo de mocosos?!

  Su voz rasgó el silencio de la sala, llenándola con una ira sofocante. Sin rastro de piedad o remordimiento, la mujer ejecutaba sin dudar a todo aquel que osara darle malas noticias. Los cuerpos se desplomaban uno tras otro, dejando un rastro de cadáveres que nadie se atrevía a mencionar.

  Cuando sintió la presencia de Luna, Berenice giró con brusquedad, obligándose a recuperar la compostura.

  Su expresión cambió al instante.

  —Ah… líder de equipo Luna… —su tono intentaba ser amable, pero sus ojos todavía destellaban con amenaza —Dime que traes buenas noticias…

  Luna mantuvo su rostro impasible. Sin una palabra, empujó al grupo hacia adelante, como si fueran trofeos de guerra.

  —He cumplido con su mandato, mi se?ora…

  Berenice parpadeó de sorpresa. Por un instante, su rostro se iluminó de alegría.

  —?Oh, Luna! ?Sabía que no me decepcionarías!

  Su júbilo se reflejó en un par de peque?os brincos, mientras inspeccionaba a los cautivos con una mirada depredadora. Pero entonces… su sonrisa se desvaneció. Algo no encajaba. Frunció el ce?o, su memoria afilada repasó la información con rapidez.

  —Espera… —Su tono cambió —Aquí falta alguien.

  El ambiente se tensó de inmediato. El grupo contuvo la respiración. Los miembros del culto intercambiaron miradas discretas, sintiendo el cambio en el aire.

  Berenice no apartó la vista de Luna.

  —El ahijado de Xander… el joven Sephir. —Sus ojos se entrecerraron peligrosamente —?Dónde está?

  Un silencio espeso inundó la sala. Un silencio incómodo y peligroso. Luna lo sostuvo sin inmutarse. Los chicos sintieron el pulso acelerarse en sus venas. Por un momento, la sensación de que todo se derrumbaría en un instante los mantuvo al borde del colapso. Berenice no apartó la mirada.

  —Estoy esperando una respuesta satisfactoria, Luna…

  El peso de sus palabras cayó con el filo de una guillotina. Luna suspiró con desdén y finalmente, habló.

  —Lo lamento, mi se?ora…

  Berenice arqueó una ceja.

  —?Lo lamentas?

  —El joven Sephir… —Luna bajó levemente la mirada, con una frialdad calculada —Se enfrascó en querer darme pelea.

  Berenice la observó con atención, buscando cualquier signo de falsedad. Pero Luna era experta en mentir.

  —Tuve que eliminarlo.

  El impacto de sus palabras cayó como un golpe seco. Berenice parpadeó. El grupo sintió un escalofrío recorrerles la espalda. Pero Luna no había terminado.

  —Lo usé como ejemplo para que este grupo de ni?os no intentara otra estupidez.

  Dejó caer la última palabra con el peso exacto de la manipulación. Una táctica psicológica precisa.

  Berenice se quedó en silencio. Sus ojos escrutaron cada rincón de Luna, buscando una grieta, una contradicción… pero no encontró nada.

  Luna bajó la cabeza en se?al de disculpa. Su excusa había sido convincente. Berenice le dedicó una última mirada de evaluación antes de desviar su atención hacia los jóvenes cautivos.

  Sus ojos se deslizaron sobre ellos con una lentitud inquietante, como una cazadora disfrutando de la presa que estaba a punto de devorar. Los chicos, a pesar de todos sus esfuerzos, apenas lograban ocultar el miedo. Eso la convenció aún más.

  —Ya veo… —murmuró con una falsa nota de pesar —Es una lástima…

  Entonces, sonrió con picardía. Una sonrisa malsana y cruel. Como si estuviera saboreando un exquisito manjar antes de consumirlo por completo.

  —Sin duda, Xander estará aún más triste…

  Su lengua recorrió suavemente sus labios, con una expresión que hizo que la piel de los chicos se erizara.

  —Tendré que consolarlo después…

  Luna no reaccionó. Mantuvo su postura sumisa, aunque por dentro su sangre hervía de repulsión.

  Madame Montgard retomó la compostura y, con una sonrisa encantada, felicitó a Luna por su excelente desempe?o. Sin perder ni un minuto más, Berenice alzó la mano y ordenó que los escoltaran a la sala principal.

  La ceremonia estaba por comenzar.

  En el gran salón del culto… las puertas se abrieron con un chirrido pesado y solemne. La gran sala del trono estaba iluminada por candelabros oscuros, cuyas llamas titilaban como si bailaran en anticipación.

  Los invitados, figuras distinguidas envueltas en lujosas túnicas y máscaras doradas, los observaron en silencio. Ojos invisibles detrás de máscaras impasibles. Jueces anónimos de un tribunal donde solo había víctimas y verdugos.

  Berenice no perdió el tiempo. Se adelantó con gracia, alzándose de pie en el centro de la sala. Su presencia dominaba el espacio. Entonces, con un fervor contagioso, alzó los brazos y gritó:

  —?Hoy es un día especial!

  Su voz reverberó contra las paredes, retumbando en la enorme catedral subterránea.

  —?Finalmente, nuestro culto volverá a la cima del mundo, donde pertenece!

  Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Berenice extendió un brazo hacia la entrada.

  —?Démosle la bienvenida a nuestros invitados del día de hoy!

  Los guardias empujaron a los jóvenes hacia la izquierda superior de la sala, donde un espacio especialmente reservado para ellos los esperaba.

  Pero lo que vieron allí les heló la sangre. Sentada en una silla de marfil, con una postura rígida y la mirada vacía, estaba Lady Lidia. Sus ojos, apagados y carentes de vida, parpadearon lentamente cuando vio a los chicos.

  Astrid sintió una punzada de horror en el pecho.

  —?Se?ora Lidia! —su voz traicionó su desesperación —??Se encuentra bien?!

  Lidia tardó en responder. Su voz fue lenta y distante.

  —Sí… estoy bien… —su tono era mecánico, vacío —Solo son unos moretones.

  Astrid apretó los pu?os. Nada en esas palabras sonaba bien. Pero antes de que pudiera insistir, el sonido de las campanas resonó por toda la sala.

  El ambiente cambió de inmediato.

  Un escalofrío recorrió a los jóvenes cuando las puertas principales se abrieron nuevamente. Y entonces, ella apareció. Cecilia, ataviada con un exquisito vestido de novia, su figura emergió como un símbolo de pureza corrompida.

  El velo de encaje ocultaba parcialmente su rostro, pero la tristeza en sus ojos era imposible de disimular. A su espalda, con pasos lentos y un gesto rígido, Nhun sostenía la larga cola del vestido.

  Ninguna de las dos quería estar allí. Eso era evidente.

  —Esto es una humillación… —murmuró Elizabeth con asco, sintiendo su estómago revolverse al ver la forma en que los nobles devoraban con la mirada a Cecilia.

  Sus sonrisas se estiraban con lujuria apenas contenida. Los ojos de hombres viejos y repugnantes seguían cada movimiento de la joven con deseo perverso.

  Juliana tragó bilis. La ira le quemaba la garganta.

  La sala entera aplaudió, como si presenciaran la escena más hermosa jamás creada. Pero nada estaba más lejos de la realidad. Berenice, de pie junto a la escalinata que conducía al trono ceremonial, observaba a Cecilia con una sonrisa depravada.

  ?Pobrecita… casi me da lástima.?

  La Sacerdotisa no pudo contener una risa suave, cargada de placer enfermizo.

  ?Después de esta noche, será completamente inútil. Todos estos caballeros… degustarán de ella como si no hubiera un ma?ana… será toda una fiesta…?

  La anticipación se reflejaba en su mirada oscura.

  Y mientras Cecilia subía los escalones con el peso de la condena sobre sus hombros, el culto celebraba con aplausos ensordecedores. La retorcida mente de Berenice se deleitaba con la simple anticipación de lo que ocurriría en las horas venideras.

  La simple idea de los actos despreciables que se llevarían a cabo bajo su bendición hacía que su piel se estremeciera de placer. Pero ahora, eso no importaba. Había algo más grande en marcha.

  Con una sonrisa perversa, alzó los brazos, llamando la atención de todos los presentes.

  —?Sin más preámbulos! —Su voz resonó en el gran salón, haciéndolo vibrar con el fervor de los creyentes —?Demos la bienvenida a aquel que traerá la paz y el orden a este podrido mundo!

  Las ovaciones se intensificaron. Los murmullos de devoción aumentaron. Berenice cerró los ojos con deleite antes de soltar el último anuncio:

  —?El elegido! ?El se?or de se?ores! ?Denle la bienvenida a nuestro héroe!

  Las puertas del gran salón se abrieron en par. Y entonces, él apareció.

  Alec, ataviado con un traje blanco como la nieve, con un porte elegante y una sonrisa confiada, dio un paso al frente. Su andar era firme. Su postura era la de un rey… o la de un tonto que no tenía la menor idea en lo que se estaba metiendo.

  Pero, fuera cual fuera el caso, solo quedaba un paso. Y ese paso… era recibir la llave de Cecilia.

  Alec se detuvo ante el altar, extendiendo ambas manos en dirección a Cecilia. Berenice, con la gracia de un sacerdote oscuro, tomó su posición en el centro, dirigiendo la ceremonia.

  —?Hoy celebramos esta unión! —proclamó con una euforia febril.

  Los gritos y aplausos de la multitud no tardaron en llenar el recinto. Cecilia tembló, incapaz de esconder la repulsión en su rostro. Pero no tenía escapatoria.Su destino estaba escrito.

  Con la respiración entrecortada, alzó lentamente sus manos hacia Alec. Pero antes de que pudiera tocarlo, la voz de Berenice la detuvo en seco.

  —No, no, querida… —canturreó con una sonrisa traviesa —Quítate esas hermosas pulseras…

  El color se desvaneció del rostro de Cecilia.

  —?Pero…! ?Alec podría morir!

  Alec soltó una peque?a risa, como si su advertencia fuera una broma insignificante.

  —Me impresionas… —Su tono era relajado, casi burlón —Aún en esta situación… te preocupas por tu enemigo. —Le dedicó una mirada de falsa ternura antes de a?adir: —Tranquila… la Gran Madre me protege. No hay necesidad de preocuparse.

  El silencio cayó como un manto sobre el altar.

  Cecilia dudó. Su rostro reflejaba perfectamente esas dudas mientras sus manos temblaban sobre las pulseras doradas que mantenían su maldición a raya.

  Pero la presión era insoportable.

  Con un ligero temblor en la mu?eca, deslizó las pulseras por su piel hasta que cayeron al suelo con un leve tintineo metálico. El aire pareció volverse más denso. Cecilia trató de no respirar. De no pensar. De no sentir. Pero cuando tomó las manos de Alec, su terror se transformó en confusión.

  él… no reaccionó. Sus poderes no lo afectaban. Toda vida débil que tocaba su piel solía extinguirse en un susurro mortal. Pero Alec… permanecía perfectamente bien. Sin dolor, sin se?ales de maldición. Nada.

  —?Muy bien! —continuó Berenice, su voz melodiosa estaba impregnada de una falsa alegría.

  Para ella, esto solo era un espectáculo para entretener a sus distinguidos acompa?antes. Y como todo gran acto… debía llegar al clímax.

  —?Ahora! ?Bajo la bendición de la Madre de Madres!

  La sala entera se inclinó en reverencia.

  —?Aquella que siempre llora, pero no se rinde!

  Los cánticos comenzaron a brotar en los rincones del salón, una melodía hipnótica que se entrelazaba con la voz de la Sacerdotisa.

  —?Yo proclamo que esta unión ha de llevarse a cabo!

  Berenice bajó la voz en un susurro venenoso, dirigiéndose únicamente a Cecilia.

  —Muy bien, querida… llegó la hora. —Sus labios se curvaron en una mueca de satisfacción —Es momento de que te conviertas en la piedra angular que iniciará la nueva era… —Su tono adquirió una falsa melancolía —Casi siento envidia por ti.

  Cecilia contuvo el aliento. Sabía lo que vendría a continuación.

  —Así que tú, Cecilia Thorm… —Berenice inclinó la cabeza con una sonrisa inmensamente cruel —?Aceptas entregarle todo de ti a nuestro joven se?or?

  El corazón de Cecilia martilló en su pecho.

  No. No. No. No.

  Las palabras quedaron atrapadas en su garganta mientras la multitud contenía la respiración, esperando su respuesta.

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