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Capítulo 100: Llave mortal

  El corazón de Cecilia parecía detenerse. Su pecho se oprimía con una fuerza casi insoportable, y las palabras se atascaron en su garganta como si su propia alma se resistiera a pronunciarlas. Si llegaba a aceptar, ?Cuántas personas más sufrirían por su decisión?

  En su mente, un pensamiento la acosaba sin descanso. Solo quería volver a la mazmorra, a los entrenamientos con sus nuevas amigas, a esa rutina que ahora parecía tan lejana, tan inalcanzable. Deseaba con todas sus fuerzas que todo esto terminara de una vez.

  —Yo… yo… —titubeó, en un susurro tembloroso.

  —Responde, ni?a. —la voz de la Sacerdotisa, carente de empatía o amabilidad, atravesó sus pensamientos como una cuchilla de hielo —Acepta de una buena vez…

  Cecilia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Aquella mujer no tenía ni un gramo de paciencia.

  —No, no… —Alec levantó una mano con elegancia, interrumpiendo a Berenice antes de que la situación escalara más —Es normal dudar en un momento así. Cecilia solo necesita… un buen incentivo.

  Sonrió. Una sonrisa tranquila, sin rastro alguno de malicia en su expresión. Era el tipo de sonrisa que enga?aría a cualquiera… pero no a Cecilia.

  Alec chasqueó los dedos.

  Las puertas se abrieron con un rechinido metálico, y el sonido de pasos pesados resonó en la sala. Un guardia apareció, arrastrando un cuerpo maltratado que, con un golpe seco, fue arrojado al suelo frente a la gran alfombra carmesí. Un silencio denso cayó sobre el grupo.

  Los ojos de Cecilia se agrandaron con horror.

  Era Cáliban. Su cuerpo era un mapa de heridas abiertas, cortes profundos y moretones que hablaban del impío maltrato al que había sido sometido. La sangre manchaba su ropa hecha jirones, y su respiración era dificultosa, entrecortada, pero su mirada… su mirada aún ardía con una furia incontenible.

  El corazón de Cecilia rugió con rabia y desesperación.

  —?Maldito monstruo! —su grito rasgó el aire como un relámpago —?Dijiste que no lo da?arías!

  Alec negó con la cabeza, moviendo su dedo índice con un gesto de reprimenda.

  —No, querida… dije que no lo mataría. Pero… —hizo una leve se?al con la mano, y el guardia presionó la hoja de su espada contra la garganta de Cáliban.

  Cáliban ni siquiera se inmutó. A pesar del dolor, de las heridas, no apartó la mirada de Alec. Sus ojos brillaban con un odio feroz, inquebrantable. Alec sonrió, disfrutando del desafío en aquella mirada.

  —Aún puedo divertirme con él… —murmuró con suavidad —Y lo seguiré haciendo si no aceptas. ?Entiendes?

  Cecilia sintió que su mundo se tambaleaba. Su mente le gritaba que mantuviera la compostura, pero sus instintos, su rabia, su miedo… todo en ella exigía que hundiera una daga en el corazón de Alec en ese mismo instante.

  —?No lo hagas, Cecilia! —La voz de Cáliban, a pesar del dolor, sonó firme e inquebrantable —?Mi vida no vale el sufrimiento del mundo!

  Cecilia apretó los dientes. La duda ya había sido sembrada en su corazón.

  El miedo la atenazaba. Miedo de volver a perder, miedo de ver a sus amigos sufrir de nuevo. Ya no podía… más bien, ya no quería seguir viendo cómo las personas que amaba caían una por una ante sus ojos.

  Tomó aire con dificultad.

  Le sostuvo la mirada a Alec y, con un hilo de esperanza aún aferrándose a su alma, preguntó:

  —Si te doy lo que quieres… ?Nos dejarás en paz?

  Alec asintió con la misma sonrisa encantadora de siempre. Cecilia sabía que era una mentira. Sabía que estaba cometiendo un error. Pero aun así… una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla, y con una voz serena, respondió:

  —Acepto…

  Las palabras de Cecilia se desvanecieron en el aire como un juramento prohibido.

  En ese instante, la cripta entera tembló con una vibración ominosa. Las paredes de piedra crujieron como si una fuerza ancestral despertara de su letargo, y el suelo bajo sus pies pareció estremecerse con vida propia. Una ráfaga de viento gélido recorrió la sala, agitando las llamas de los candelabros, deformando sus sombras en figuras siniestras que danzaban en los muros.

  Cecilia sintió una oleada de energía oscura recorrer su piel, fluyendo desde sus manos hasta los brazos de Alec. Su cuerpo se volvió ligero, casi etéreo, como si su alma estuviera siendo arrancada de su ser.

  Los ojos de Alec se tornaron completamente blancos, vacíos de humanidad. Y entonces, de sus labios surgió una risa.

  No era su risa. Era femenina, profunda, antigua. Provenía de los rincones inhóspitos de su alma, resonando como un eco maldito que se expandía por la sala.

  —Finalmente… —la voz de Alec ya no era solo suya, sino la de algo más, algo que latía dentro de él con una voluntad propia —La llave está en mi poder.

  La presión en la sala aumentó. La magia oscura impregnó el aire con una sensación sofocante, como si la misma realidad se distorsionara alrededor de ellos.

  —Ahora todo finalmente será… como debe ser.

  Pero para Alec, aún no había terminado. Con una lentitud calculada, giró la cabeza hacia Cáliban.

  El guerrero, aún encadenado, alzó su rostro ensangrentado y clavó su mirada en Alec con una intensidad abrasadora. Sus pupilas destilaban ira, pero también algo más profundo. Un desprecio absoluto.

  Alec sonrió.

  —Ahora… falta una cosa.

  Su voz descendió a un susurro letal que hizo que la esperanza de Cecilia se desmoronara.

  Bajó los escalones con la seguridad de un verdugo que saborea su triunfo. En su mano, el poder oscuro se materializó en forma de una espada hecha de sombras púrpuras. No era metal, no era magia común; era un arma forjada de pura oscuridad, un filo que devoraba toda luz a su alrededor, como si la existencia misma temiera su presencia.

  Cecilia sintió el pánico desgarrarle el pecho.

  —?No! ?Dijiste-!

  Pero Alec ya no estaba dispuesto a escuchar.

  Con un simple movimiento de su mano, la magia negra se cerró sobre Cecilia como grilletes invisibles, paralizándola en el aire. Su cuerpo luchó, pero era inútil; la presión era como si el mismo espacio a su alrededor se hubiera congelado.

  Desde el otro extremo de la sala, Luna observaba con los pu?os apretados, esperando el momento exacto para intervenir, para arrebatar a Cecilia de las garras de Alec.

  Nhun intentó moverse, pero la Sacerdotisa la interceptó con una bofetada brutal. El golpe fue tan fuerte que la arrojó hacia atrás, aterrizando cerca de sus amigos, que apenas lograron atraparla antes de que se golpeara contra el suelo. Alec avanzó hasta quedar justo frente a Cáliban.

  —Es hora de terminar nuestra peque?a y corta rivalidad.

  Alzó su espada oscura sobre su cabeza. Cáliban tiró de sus cadenas con todas sus fuerzas, pero estas no cedieron ni un milímetro. Sabía que era inútil.

  —?Algunas últimas palabras? —preguntó Alec, con un tono burlón, casi desinteresado.

  El guerrero, en lugar de gritar o maldecir, simplemente levantó la mirada. Su expresión no era de odio. No era de furia. Era de decepción. Un suspiro de desdén escapó de sus labios.

  —Me das lástima, Alec… —El rostro de Alec se endureció —Solo hicieron falta unas bellas palabras susurradas a tu oído… y caíste como un tonto. —Cáliban esbozó una sonrisa amarga —Tu abuela desperdició todo su tiempo criando a alguien con una voluntad tan pobre —Alec frunció el ce?o. —Supongo que… al final, tenías razón. Ella sí se equivocó al escogerte…

  El silencio se hizo insoportable.

  Los dedos de Alec se cerraron con fuerza sobre la empu?adura de su espada. Sus nudillos se pusieron blancos. No quería admitirlo, pero aquellas palabras se clavaron en su corazón como pu?ales incandescentes.

  Los ecos de la duda resonaron en su mente. Pero no podía permitirlo, no ahora. No después de haber llegado tan lejos. Apretó los dientes y, con una voz firme, respondió:

  —Ya veo… —La espada púrpura vibró con energía pura —Hasta nunca, demonio.

  Y con un tajo preciso, la hoja descendió con toda su fuerza directo hacia el cuello de Cáliban.

  Dimerian llevaba toda la noche trabajando sin descanso. Sus dedos, cubiertos de polvo de runa y metal, se movían con precisión sobre la superficie de la placa mágica, tallando los últimos trazos con su cincel encantado. Cada golpe emitía un leve fulgor azulado, un destello fugaz que se desvanecía en la penumbra de la forja.

  A unos metros de él, Bardrim martilleaba con fuerza, dándole forma a su obra maestra con una determinación que hacía retumbar toda la herrería. El sudor le perlaba la frente, pero su mirada permanecía fija, feroz, concentrada en cada golpe que daba.

  —?Mocoso! —bramó de repente, sacando el metal al rojo vivo de las llamas —?Esto ya casi está! ?Necesito la placa mágica!

  Dimerian dio un respiro. Había estado tan absorto en su trabajo que casi se olvidaba del siguiente paso. Se puso de pie de inmediato, sujetando la placa con suma delicadeza, sintiendo la vibración mágica que latía en su superficie.

  Las piezas estaban listas. Solo faltaba ensamblarlas, pero había un problema.

  —?Ese mocoso te explicó cómo ensamblarlo? —preguntó Bardrim, limpiándose el sudor con el antebrazo.

  Dimerian negó con la cabeza.

  —Creía que te lo había dicho a ti…

  Ambos se miraron con confusión. Fue entonces cuando la placa en la mano de Dimerian comenzó a vibrar violentamente.

  Antes de que pudiera reaccionar, la placa salió disparada de sus dedos, flotando en el aire por un instante antes de adherirse con fuerza al núcleo de la estructura metálica.

  El aire a su alrededor cobró vida.

  Un torbellino de runas y energía mágica se alzó en la herrería, como si el mismísimo artefacto estuviera despertando de un profundo sue?o. La forja se iluminó con un resplandor místico mientras las piezas se ensamblaban solas, girando y encajando con una precisión imposible, como si respondieran a un propósito más allá de la comprensión humana.

  El vendaval se disipó tan rápido como había comenzado.

  Y entonces, allí estaba.

  Un brazo articulado, elegante y majestuoso, flotaba en el aire frente a ellos. Las runas místicas aún resplandecían, grabadas a lo largo de todo el antebrazo, pulsando con un fulgor sereno y rítmico. Su estructura de color jade despedía una energía contenida, un poder latente esperando a ser liberado.

  Dimerian lo sostuvo con cuidado, maravillado por su propia creación. Era hermoso. Pero no tenía tiempo para perderse en pensamientos vanos.

  Con rapidez, tomó unos trapos de la mesa y cubrió el artefacto, asegurándose de ocultarlo bien antes de reunir sus cosas. Su misión era clara, debía llevarlo al gremio de inmediato.

  Bardrim lo observó en silencio, su expresión fue endurecida por la duda. La curiosidad del herrero, sin embargo, era tan fuerte como su acero.

  —Ni?o… ?A dónde llevas eso?

  Dimerian apretó los labios, como si su respuesta le costará salir.

  —?Lo siento, maestro! ?No puedo decirle nada! ?Cáliban no me lo perdonaría!

  Se dio la vuelta con intención de salir corriendo, pero la voz de Bardrim lo detuvo.

  —?Espera!

  El anciano herrero no necesitaba que se lo dijeran. Sabía reconocer cuando una batalla estaba por estallar. Y algo dentro de él, una intuición forjada en a?os de guerra y sacrificio, le decía que estos muchachos estaban a punto de enfrentarse a algo mucho más grande de lo que podían manejar.

  Soltó un largo suspiro y dirigió la vista a la vitrina que custodiaba su viejo martillo de guerra. Cuántos a?os habían pasado desde la última vez que lo blandió… Cuántas veces había jurado que nunca volvería a tomarlo…

  Pero ahora, la ciudad dormía en la ignorancia, ni?os inocentes corrían peligro, y no había profesores en los que pudieran confiar. Sus dedos se crisparon. Cerró los ojos por un instante y, con un tono bajo y decidido, murmuró:

  —Ni?o… —Dimerian se detuvo a medio paso —Si los ayudo… ?Me llevarías contigo?

  El joven volteó con los ojos muy abiertos. Y en el rostro de Bardrim, por primera vez en mucho tiempo, se dibujó la sombra de una sonrisa.

  Dimerian vaciló por un momento. Sabía perfectamente que no tenía la autoridad para dar una respuesta definitiva.

  —Cáliban siempre recompensa a las personas que lo ayudan… —murmuró, midiendo sus palabras —No creo que te deje con las manos vacías si decides venir…

  Su tono era calculado. No era una promesa, pero tampoco una negativa.

  Dimerian sabía que Bardrim tenía una marca de Cáliban. El herrero, aunque inconsciente de su verdadero significado, llevaba esa insignia consigo como un lazo invisible con el guerrero. Llevarlo al gremio no sería un problema. Sin embargo, si Bardrim se negaba a guardar silencio sobre lo que estaba por presenciar, Dimerian lo tomaría como una respuesta negativa y simplemente se marcharía.

  Bardrim comprendió la advertencia oculta en las palabras del muchacho.

  Deslizó los dedos sobre el peque?o frasco que guardaba en su bolsillo, sintiendo su superficie fría y lisa. Un recuerdo de días pasados, de tiempos en los que aún se permitía ser un hombre distinto.

  Respiró hondo.

  —Bien… tomaré tu palabra…

  Sin dudar más, extendió la mano y tomó su viejo martillo de guerra.

  El peso de la enorme arma dorada le era familiar, aunque más liviano de lo que esperaba. No porque el metal hubiera cambiado, sino porque su conciencia habría sido mucho más pesada si se quedaba atrás, dejando que un grupo de ni?os marchara hacia un destino incierto sin la ayuda de alguien con experiencia.

  Con la determinación brillando en su mirada, Bardrim alzó el martillo y bramó con fuerza:

  —?Llévame!

  Sin perder más tiempo, ambos abandonaron la forja y se dirigieron al gremio.

  El herrero, acostumbrado a la crudeza de su taller y a las estructuras firmes y pesadas, quedó momentáneamente sin palabras al ver lo que se ocultaba más allá de las puertas de una simple torre.

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  Un vasto paisaje de praderas etéreas y cielos infinitos se extendía frente a ellos, un mundo que parecía sacado de un sue?o. La luz danzaba entre los campos con un fulgor irreal, y en la distancia, flotando en el aire con una majestad imposible, se alzaba un castillo titilante, rodeado por una brisa cargada de energía arcana.

  Pero no había tiempo para admirar la belleza del lugar. Ambos corrieron sin detenerse.

  —??Ni?o, sabes a dónde vamos?! —gru?ó Bardrim, intentando mantener el ritmo mientras corrían en aquellas praderas celestiales.

  —?Sí! —gritó Dimerian por encima del rugido del viento —?Debemos ir hacia ese castillo flotante en el centro de la isla!

  Sus corazones palpitaban con urgencia.

  A medida que se acercaban al castillo, una oleada de energía recorrió el aire, erizándoles la piel. Una ráfaga mágica sacudió los alrededores, poderosa y densa como una tormenta invisible.

  —?Es la profesora Adelina! —exclamó Dimerian, reconociendo la esencia de aquel torrente de maná —?Debemos subir!

  Las escaleras que conducían al jardín superior parecían interminables, un ascenso dise?ado para desafiar la resistencia de cualquiera que osara llegar a la cima. Pero ni Dimerian ni Bardrim se permitieron detenerse.

  El joven sentía un peso en el pecho, una ansiedad creciente. ?Estarían sus amigos a salvo?

  No lo sabía. Solo podía confiar en que lo estarían. Cuando por fin alcanzaron la cima, la escena que encontraron los dejó sin aliento.

  En el corazón del jardín, rodeada de un torbellino de energía mágica que giraba con una intensidad abrumadora, se encontraba Adelina.

  La magia la envolvía como una marea indomable, fluyendo a su alrededor en espirales de luz azul y dorada. Su presencia irradiaba un poder inmenso, tangible, como si la misma esencia del maná respondiera a su voluntad.

  Dimerian lo entendió de inmediato. Había llegado al Octavo Círculo de maná. Ahora era una maga del octavo nivel.

  —?Profesora! ??Se encuentra bien?! —exclamó, con el aliento entrecortado.

  Adelina abrió los ojos lentamente. Su mirada se posó primero en Dimerian y luego en la figura imponente de Bardrim, quien aún sostenía su martillo con firmeza. Con una leve inclinación de cabeza, alzó una ceja y preguntó con un tono curioso, aunque sin perder su severidad habitual:

  —Dimerian… —sus ojos se posaron en lo que el joven cargaba, analizando la energía que emanaba del artefacto oculto —Y… ?Bardrim? ?Qué haces aquí, anciano?

  —Siendo el último en enterarse de esta maravilla, al parecer… —murmuró Bardrim con una sonrisa irónica, se?alando los cielos coloridos que se extendían por encima de ellos —Felicidades por tu ascenso, mosca…

  Adelina chasqueó la lengua, pero no le respondió. Estaba demasiado ocupada analizando la presencia de Bardrim en ese lugar, preguntándose qué diablos hacía allí. Antes de que la conversación pudiera continuar, Dimerian se adelantó con el brazo envuelto en tela.

  —Profesora, esto es lo que Cáliban le prometió… es-

  No pudo terminar la frase cuando el brazo se estremeció y, como si tuviera voluntad propia, salió disparado de sus manos hacia Adelina.

  El artefacto encajó perfectamente en su lugar. Adelina contuvo el aliento. Por un instante, el mundo pareció detenerse.

  Una oleada de energía fluyó a través de su cuerpo con una intensidad desconocida, como si cada fibra de su ser se hubiera reconectado con algo superior. Su respiración se aceleró mientras alzaba lentamente el nuevo brazo, podía mover sus dedos con una naturalidad imposible.

  No era solo una extremidad mecánica. Era algo más íntimo que eso.

  —Fascinante… —susurró, observando cómo la luz verde ba?aba su piel con su resplandor etéreo.

  Podía sentir el maná fluir a través del metal con una pureza que nunca había experimentado antes. No había duda… este brazo era mucho más poderoso que el anterior.

  Para probarlo, lo elevó al cielo y, con un simple pensamiento, desató ráfagas de energía mágica que iluminaron el firmamento como relámpagos. Su control era absoluto, cada movimiento se sentía tan natural como si su verdadero brazo nunca hubiera sido cortado.

  Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos por la urgencia en la voz de Dimerian.

  —?Profesora! ?Necesito que vaya a ayudar a Cáliban! —gritó, con la desesperación dibujada en su rostro —?Fue capturado por los miembros del culto y necesitamos su ayuda!

  Adelina bajó el brazo, asintiendo de inmediato.

  —Claro, pero… —desvió la mirada hacia un punto en la distancia, su expresión se torno sería —?Qué haremos con él? No creo que lo esté pasando bien…

  Dimerian siguió la dirección de su mirada y vio lo que le preocupaba.

  Lord Xander.

  El hombre luchaba por mantenerse erguido, su cuerpo sacudido por espasmos de dolor. Su ascensión estaba resultando más difícil de lo esperado, y su rostro mostraba una mezcla de agonía y feroz concentración. Su mente estaba atrapada en un combate que no era físico… sino espiritual.

  Dentro de su mente, la situación era desesperada.

  Lord Xander se movía con torpeza, intentando esquivar los ataques que se volvían cada vez más rápidos, más precisos, más inevitables. Sus músculos ardían, su mente gritaba, y su voluntad comenzaba a resquebrajarse.

  Había perdido la noción del tiempo.

  Afuera podían haber pasado horas… pero aquí dentro, en este abismo oscuro, sentía que habían sido días, semanas, tal vez más.

  Un filo plateado cortó el aire cerca de su rostro, rozándole la mejilla. Xander jadeó, girando sobre sí mismo para evitar el siguiente golpe. No podía usar su poder ni su aura. Solo podía esquivar… y cada vez le costaba más.

  —??Qué debo hacer?! —rugió al vacío en desesperación.

  —Esa tampoco es la pregunta correcta. —respondió una voz imperturbable.

  Xander se giró con furia y encontró a Mirr, observando el duelo con su expresión inmutable.

  —?Por favor! ?Dime lo que tengo que hacer! —gritó, sintiendo que su resistencia se agotaba.

  Mirr no apartó la mirada del combate.

  —No puedo…

  Xander apretó los dientes.

  —??Por qué no?!

  —Porque si te digo la respuesta, no llegarás a nada. —su voz era firme, carente de emoción —Debe surgir de tu interior. De lo contrario, será inútil.

  La voz andrógina de Mirr resonó en la mente de Xander, un eco que vibraba en el vacío insondable que lo rodeaba. ?Qué era lo que necesitaba? ?Qué le hacía falta para reclamar su espada? ?Técnica? ?Energía? ?Entendimiento?

  Ninguna respuesta parecía correcta.

  Las fuerzas de Xander comenzaban a menguar. Perdía la noción del tiempo en aquel abismo. Los días parecían eternos, y ya ni siquiera sabía cuánto había transcurrido en el mundo exterior. Su mente giraba en círculos, atrapada en un ciclo interminable de preguntas sin respuesta, de intentos fallidos por hallar la clave que le permitiera salir de ese lugar.

  Una vez más, esquivó por puro instinto. Una vez más, su cuerpo sintió el filo de la espada rozando su piel.

  En un acto desesperado, lanzó un pu?etazo contra el yelmo de su adversario. El impacto resonó en la nada.

  El caballero oscuro tambaleó, retrocediendo varios metros antes de detenerse. Y entonces, el casco cayó. Por primera vez en todos esos días de sufrimiento, Xander pudo ver el rostro de aquel que buscaba su vida.

  Su respiración se agitó cuando se dio cuenta de que… era él. Sus propios ojos lo miraban con frialdad.

  —?Cómo es posible…? —susurró, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

  Mirr soltó un leve suspiro, casi como si hubiera esperado este momento.

  —Supongo que eso debe dejar las cosas más fáciles para ti… —musitó con su voz neutra —Durante miles de millones de eones he existido aquí. Desde que la primera criatura tuvo conciencia de sí misma, he visto a muchas razas intentar dominar sus deseos…

  El eco de sus palabras reverberó en la oscuridad.

  —Pero nunca entienden que son sus propios deseos los que los llevan a la ruina.

  El caballero negro rugió con furia. Con una velocidad aterradora, dejó caer su espada en una danza de muerte. Cada tajo era más violento, más rápido, más preciso que el anterior.

  Xander apenas lograba esquivar.

  Su ropa estaba hecha jirones y su piel marcada por cortes cada vez más profundos. Su respiración era errática y su cuerpo temblaba.

  Seguía sin entender.

  Sabía que en los niveles más altos de la esgrima, la mente debía ser tan filosa como la espada. La voluntad, inquebrantable. Pero esto no era una simple prueba de concentración. No era un examen para alcanzar la maestría.

  Esto era algo más. Algo que él aún no comprendía.

  ??Qué es? ?Qué es lo que me hace falta??

  Pero no hubo tiempo para más preguntas. El caballero oscuro aumentó su velocidad. Xander intentó moverse, pero su cuerpo ya no respondía.

  Un destello. Un frío abrasador atravesó su costado. Xander bajó la mirada, con incredulidad. La espada enemiga lo había perforado.

  Por primera vez en toda su vida, Lord Xander no pudo defenderse. Sus piernas cedieron, haciéndolo caer de rodillas. El sonido de su propia sangre golpeando el suelo devoró el silencio en la oscuridad.. su cuerpo tembló. Su consciencia comenzó a desvanecerse.

  —Ya veo… —murmuró Mirr, con su tono inexpresivo de siempre —Supongo que es una lástima. Lo hiciste bien, Xander.

  Las palabras llegaron a sus oídos como un eco distante.

  —No sientas pena… llegaste más lejos que cualquiera en mucho tiempo.

  Sus ojos se iban cerrando lentamente. Todo a su alrededor se volvía borroso, irreal.

  —Ya puedes descansar.

  Mirr se giró, alejándose entre la oscuridad. A pesar de no estar atado a las emociones humanas, ver morir a la gente nunca le había resultado agradable.

  —No te preocupes. —susurró —Le diré a tu maestro lo que hiciste…

  Y Xander, con la vista fija en el reflejo de su sangre, dejó que la oscuridad lo envolviera. Mientras la movilidad de su cuerpo lo abandonaba y las pocas fuerzas que le quedaban se extinguían, Xander pensó.

  Pensó en aquel oscuro rincón de un lugar inexplorado, en la sombra que se alzaba frente a él. Observó al caballero, firme, inquebrantable, con su espada en mano.

  Y sintió celos. Celos de su propia sombra. Quería ser él. Quería ser esa versión suya que no vacilaba, que no dudaba, que tenía la fuerza suficiente para proteger todo lo que amaba.

  Pero ya era demasiado tarde. Un susurro escapó de sus labios, casi inaudible, perdido en la inmensidad del abismo.

  —?Para qué luché todo este tiempo…?

  Mirr, que ya se había alejado, se detuvo. Por primera vez, su mirada pareció cambiar. Una suave voz llegó a los oídos de Xander, envolviéndolo con una calidez inesperada.

  —Realmente me sorprendes, guerrero… —musitó Mirr —Esa… esa es la pregunta correcta.

  Xander sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Había encontrado la pregunta. Pero… ?Y la respuesta?

  ?Por qué había luchado todo este tiempo? ?Fue por amor? ?Por honor? ?Por riqueza o reconocimiento? Toda su vida se había dicho que era para proteger a su esposa. Pero… ?Y si eso tampoco era cierto?

  Su mente se agitó. Se preguntó una y otra vez, como si la verdad estuviera ahí, a punto de revelarse, pero siempre fuera de su alcance.

  Entonces, de entre los rincones más profundos de su memoria, un recuerdo emergió. La primera vez que tomó una espada. No era de acero brillante ni de metal precioso. No estaba adornada con gemas ni runas encantadas.

  Era solo… una simple espada de madera.

  Un destello de luz llegó a su mente. Y entonces, la voz de Mirr lo sacó de sus pensamientos.

  —Inocencia… —murmuró —Muchos toman un camino por un impulso… algo que los llama…

  Las palabras resonaban en su mente.

  —?Puedes recordarlo? —continuó Mirr —La sensación que tuviste cuando tomaste aquella espada de madera… en ese momento no conocías a tu esposa. No sabías nada sobre los deberes de tu familia ni las expectativas que te inculcaron al crecer…

  Xander contuvo la respiración.

  —Solo eras tú, con un trozo de madera en las manos… jugando con una inocencia simple…

  Los recuerdos volvieron a él con una claridad abrumadora. Vio a su padre, entrenando bajo la mirada severa de su abuelo. Recordó cómo pensó que era estricto, demasiado duro con su padre.

  Y lo era.

  Pero también vio otra cosa. El esfuerzo en cada golpe de espada. Los callos en sus manos. Las noches interminables de entrenamiento, en las que su padre caía exhausto, solo para volver a levantarse con más determinación.

  Vio la pasión en sus ojos. Vio la emoción de descubrir nuevos horizontes, de sentir su propio cuerpo superando los límites de ayer.

  Y luego, vio a Lidia.

  Su amada esposa, sentada en la biblioteca, rodeada de libros. Leyendo, siempre leyendo. Pero… ?Qué buscaba?... ?Poder? ?Magias antiguas y prohibidas? ?Conocimientos ocultos que la llevaran a la grandeza?

  No, no era nada de eso. Era solo curiosidad. Nada más que una curiosidad inocente.

  Xander recordó cómo brillaban sus ojos al leer sobre cosas que nunca había imaginado. Cómo se deleitaba en cada nuevo término, en cada hechizo, en cada historia sobre milagros y maravillas.

  Miraba los libros como si contuvieran los secretos del universo. Ver el poder de las estrellas, los movimientos de los planetas… saber cosas que jamás habría conocido de no ser por esas páginas. Solo por el placer de saber. Solo por el deseo puro y sincero de aprender.

  La voz de Mirr resonó una vez más, trayéndolo de vuelta a la oscuridad.

  —Cuando las personas crecen… poco a poco transforman sus propios ideales.

  Mirr se giró lentamente, mirándolo con intensidad.

  —Tanto… que olvidan qué los llevó a ese momento.

  El caballero negro permanecía inmóvil con su espada aún te?ida de la sangre de Xander. La vida del guerrero se escapaba de su cuerpo, pero su mente estaba más despierta que nunca.

  Mirr flotó hacia adelante.

  —Dime, Xander… —Su voz se volvió un susurro, pero cada palabra retumbó en su alma como un trueno —?Qué te llevó a sostener una espada?

  Lord Xander no pudo responder. Solo podía recordar.

  Aún podía sentir la inocente curiosidad que había experimentado al sostener aquella espada de madera por primera vez. No era el arma más fuerte, ni la más hermosa. No tenía grabados arcanos ni un fulgor místico.

  Pero en sus manos, en aquel momento, había sido todo su mundo.

  El peso de la madera. Las peque?as astillas que se clavaban en sus dedos. El simple acto de blandirla, de moverla, de sentir su presencia con cada fibra de su ser. En esos días, no había títulos ni deberes, ni promesas ni batallas.

  Solo él y la espada.

  —Sí… eso es… —susurró Mirr, con su voz resonando en el vacío —Aférrate a ese sentimiento…

  Con un último aliento, Xander susurró:

  —Solo… éramos la espada y yo…

  Y en ese instante, lo entendió. No se trataba de encontrar una motivación nueva. No se trataba de aferrarse a un propósito externo. Se trataba de volver al origen.

  El origen de todo. El instante en el que la espada y él se volvieron uno solo.

  Su cuerpo herido gritaba por descanso, pero su espíritu se encendió con una fuerza renovada. Xander apretó los dientes y reunió cada fragmento de su voluntad para levantarse.

  El caballero negro, con su reflejo distorsionado, sintió el cambio en el aire. Sin dudarlo, se lanzó hacia Xander con una velocidad devastadora, su espada estaba lista para dar el golpe final.

  Xander cerró los ojos. No necesitaba ver. Sólo necesitaba recordar.

  Su mano se extendió, y allí estaba. La sensación de la madera contra su piel. La misma que había sentido en su infancia. La espada que no era perfecta ni majestuosa, sino solo suya.

  El caballero negro alzó su hoja maldita, descendiendo con una fuerza capaz de partir monta?as. El tajo cayó como un juicio divino.

  Pero no encontró carne.

  El choque resonó en el vacío. El caballero quedó inmóvil, su mirada incrédula se clavó en la escena. Su golpe había sido detenido… por una simple espada de madera que apareció en la mano de Xander.

  La sombra de su antiguo ser rugió con furia y lanzó una lluvia de ataques demoledores, buscando cualquier punto débil en la defensa de Xander.

  Pero esta vez… nada lo tocó. Bloqueó cada tajo. Desvió cada golpe. Cada choque, cada estocada, cada intento de quebrarlo fue respondido con una destreza impecable. Xander se movía con una fluidez perfecta, su cuerpo y su arma se fusionaron en completa armonía.

  En ese momento, lo supo.

  —Tú… —murmuró, con voz serena —Tú no eres mi enemigo…

  El caballero negro se detuvo por un instante.

  —Eres el fantasma de mi antiguo deseo. —Sus palabras se hundieron en el abismo —Eres aquello que abandoné cuando dejé ir mi espada… cuando me abandoné a mí mismo.

  Xander adoptó una postura firme.

  —Gracias a ti, ahora lo entiendo.

  Respiró profundo.

  —Pude volver a conectar con aquello a lo que renuncié hace a?os… y por ello…

  Cerró los ojos por un instante y, al abrirlos de nuevo, su mirada estaba llena de convicción.

  —Te lo agradezco de corazón.

  El caballero negro rugió con una furia bestial. Y con un último intento por devorarlo, se lanzó con todo su poder, con toda su esencia, con toda su rabia.

  Pero Xander ya no tenía dudas.

  Con la mente despejada y su espíritu en calma, alzó su espada. Solo recurrió a un solo movimiento. Una guillotina que cayó desde lo alto.

  El tajo descendió con una precisión absoluta, cortando la sombra de su antiguo ser en dos. El vacío se estremeció. El propio espacio comenzó a deformarse, como si una grieta se abriera en la realidad.

  Mientras todo se desmoronaba a su alrededor, la voz de Mirr resonó con un eco distante:

  —Felicidades… completaste la primera parte…

  Xander bajó su espada y, con profundo respeto, hizo una reverencia hacia Mirr.

  El enigmático ser inclinó levemente la cabeza en respuesta, observando con satisfacción el despertar del guerrero. El mundo se fragmentó en colores, envolviendo a Xander en un resplandor cegador.

  Y entonces… Despertó.

  Adelina y Bardrim observaban con tensión a Lord Xander. Algo estaba cambiando.

  Los ojos del guerrero irradiaban una luz blanca, intensa y cegadora. Su cuerpo entero se envolvía en una espesa bruma blanca, una niebla que distorsionaba el aire a su alrededor, como si la misma realidad se estuviera desmoronando.

  Pero lo peor vino después.

  Un líquido negro comenzó a brotar de su piel, viscoso y denso, como si la corrupción misma intentara desprenderse de su carne. Sus huesos se movían bajo la piel, retorciéndose de manera antinatural, emitiendo crujidos inquietantes que hicieron que incluso Adelina diera un paso atrás.

  —?Qué demonios está pasando? —preguntó, impregnada de incredulidad y alarma.

  Bardrim, con el ce?o fruncido, observó cada detalle, cada se?al. Y entonces, lo entendió.

  —Espera… creo que él… —susurró, pero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta.

  Dimerian y Adelina giraron la cabeza hacia él, esperando que continuara. Pero antes de que pudiera hacerlo…

  El cuerpo de Xander se sacudió violentamente. Un instante después, una explosión rugió en el patio, desatando un vendaval de energía pura.

  Adelina reaccionó con rapidez.

  Con su nueva fuerza, su magia fluyó de manera instintiva, formando un escudo reluciente alrededor de ellos. El impacto chocó contra la barrera con una fuerza abrumadora, pero no la rompió. Ahora, en su nuevo nivel, resistir algo así era casi natural.

  El suelo tembló. Las ondas de choque barrieron la zona, arrastrando polvo y escombros. El silencio cayó de golpe. Adelina alzó su brazo rúnico, canalizando vientos mágicos para disipar el humo blanco que cubría la escena.

  —?Qué sucedió? —preguntó Dimerian, con una preocupación evidente en su voz —?Acaso falló la ascensión?

  Bardrim no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la silueta que emergía entre los restos de la explosión.

  El humo se disipó poco a poco, revelando una figura de pie en medio del cráter. Pero algo en él… no era lo mismo.

  Bardrim sintió cómo su pecho se quedaba sin aire. Su garganta seca solo le permitió pronunciar tres palabras.

  —No es posible…

  Y con manos temblorosas, dejó caer su martillo al suelo.

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