Cecilia se incorporó de inmediato, levantando su bastón con ambas manos. De cerca, era imposible no notar el leve temblor que recorría su cuerpo, aunque hacía un esfuerzo titánico por disimularlo.
—Chicas… yo… si los distraigo, ustedes podrán escapar… —balbuceó con voz quebrada.
Las demás quedaron petrificadas. Una mujer frágil, más débil que cualquiera de ellas, estaba dispuesta a enfrentarse a esos monstruos para protegerlas. Juliana intentó levantarse, pero el agotamiento la venció; apenas podía mantenerse en pie tras el desgaste físico. Astrid y Elizabeth, por su parte, estaban paralizadas, presas del terror por no saber qué hacer. Solo Nhun, pese a su herida, intentó razonar con ella.
—?Ceci, no! ?Aléjate de ahí! —gritó con desesperación.
Nhun forcejeó consigo misma, tratando de moverse, pero el dolor de su pierna herida era insoportable. Se maldijo por su impotencia. Mientras tanto, Cecilia seguía de pie, encarando a los tres ogros que, con miradas hambrientas y sonrisas siniestras, parecían disfrutar de la escena.
?Soy su líder… ellas confiaron en mí. ?Debo protegerlas!? —pensó, apretando los dientes y alzando su bastón como si fuera un arma real.
A pesar del miedo que casi la inmovilizaba, Cecilia no retrocedió. Inspirándose en el erróneo ejemplo de valentía de su líder de casa, se plantó firme, aunque sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. De repente, un grito potente rompió el silencio desde detrás de las rocas.
—?Todos, al suelo!
Nhun, la más cercana a la pared de piedra, fue la primera en captar la orden y repitió, con un grito desgarrador:
—?Chicas! ?Agáchense, rápido!
Todas obedecieron de inmediato, arrojándose al suelo mientras una ráfaga de energía atravesaba la entrada de la cueva con una precisión, dejando intacta la mayor parte del refugio. En medio del polvo y los escombros emergieron tres figuras. Cáliban, Reinhard y Joseph.
—?Reinhard, ocúpate de uno de los ogros! ?Joseph, los trasgos son tuyos! —ordenó Cáliban con autoridad.
—?Entendido! —respondieron los otros dos, sus voces resonaron como un trueno mientras entraban en escena.
Joseph desenfundó sus espadas y, con movimientos casi imperceptibles, comenzó a cortar cabezas. Los trasgos apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que sus vidas fueran apagadas en un parpadeo. Reinhard, por su parte, cargó a toda velocidad y lanzó su arma con una fuerza devastadora, perforando la pierna del gigantesco ogro verde. El monstruo rugió de dolor, tambaleándose mientras intentaba contraatacar con su enorme garrote.
—?Esto apenas empieza! —gritó Reinhard con una sonrisa feroz.
Esquivó el golpe del ogro con una velocidad sobrehumana y recuperó su lanza, hundiéndola con precisión en el muslo del enemigo. El coloso cayó de rodillas, pero Reinhard no perdió tiempo. En un ágil movimiento, saltó sobre su espalda y hundió la lanza directamente en el cráneo del ogro. La punta atravesó su mandíbula, y el monstruo soltó un rugido ahogado antes de desplomarse, su cuerpo dejó de moverse en un charco de su propia sangre.
La escena era una mezcla de caos, heroísmo y brutalidad. Las chicas, aún en el suelo, miraban con incredulidad y un atisbo de esperanza a sus inesperados salvadores.
Cáliban observaba el desarrollo de la batalla con atención, aunque no parecía preocuparse en lo más mínimo por su propio enfrentamiento.
?Han mejorado… parece que el entrenamiento ha dado frutos.? —pensó, con una calma que contrastaba con el caos a su alrededor.
Dos ogros, rugiendo de furia, lo atacaron al unísono.
—?Cáliban, cuidado! —gritó Cecilia, intentando alertarlo.
Sin embargo, él no respondió. Con una serenidad desconcertante, esperó a que los monstruos se acercaran lo suficiente. En un destello de movimiento, su espada cortó el aire y ambas cabezas rodaron al suelo antes de que los ogros pudieran siquiera reaccionar. Sus cuerpos colapsaron sobre el frío suelo.
—Bueno… eso sería todo. —dijo, limpiando la sangre de la hoja de su arma.
En cuestión de segundos, la batalla había terminado. Todos los enemigos yacían muertos, desde trasgos hasta ogros de tercer rango, sin que ninguno lograra escapar. Las chicas miraban la escena con incredulidad, tratando de procesar lo ocurrido.
Sin perder tiempo, Cáliban, Joseph y Reinhard se acercaron para auxiliarlas. Cáliban levantó a Juliana con facilidad, mientras Joseph y Reinhard ayudaban al resto a ponerse de pie y salir de la mazmorra lo más rápido posible.
—Líder… me alegra que haya llegado a tiempo… —murmuró Juliana, que apenas podía hablar debido al dolor causado por las rocas que habían caído sobre su cuerpo.
—?Cómo supo que estábamos en problemas? —preguntó Astrid, jadeante, mientras intentaba estabilizarse apoyándose en sus rodillas.
—La marca del gremio. —respondió Cáliban con naturalidad —Ustedes enviaron una se?al de apoyo.
Las chicas intercambiaron miradas confusas. Ninguna recordaba haber enviado tal se?al, ni siquiera sabían que existía esa función. Elizabeth intentó justificarlo mentalmente; quizá, pensó, alguien lo activó sin darse cuenta en medio del pánico. Sin embargo, la verdad era diferente. Cáliban no había llegado allí por una se?al de ayuda, pero no tenía intención de explicar cómo lo había sabido.
—Joseph, Reinhard… —ordenó con firmeza una vez afuera —llévenlas al hospital. —Cedió el cuerpo de Juliana a Joseph antes de darse la vuelta —Descansen por hoy. Ma?ana quiero que vayan al gremio. Discutiremos la misión en detalle entonces.
Nhun, aún apoyada en Reinhard, frunció el ce?o.
—?Y qué tienes que hacer a esta hora? —preguntó con evidente molestia.
—Asuntos importantes. —respondió Cáliban, sin voltear —Nada que deban saber.
Joseph y Reinhard asintieron, acatando la orden. Las chicas, agotadas, fueron conducidas por las calles hacia el hospital, desapareciendo poco a poco en la distancia.
Cáliban permaneció inmóvil en medio de la calle, observando hasta que todos estuvieron fuera de vista. Entonces, giró lentamente, su mirada se fijó en la figura que emergió de las sombras. La silueta avanzaba con tranquilidad, como si la batalla reciente no hubiese ocurrido, cada paso resonó con un eco inquietante.
—?Te encargaste de todo? —preguntó Cáliban, fijando su mirada en el rostro de Lord Xander.
Xander, con expresión sombría, retiró lentamente unos guantes blancos manchados de sangre, visiblemente molesto.
—Sí… —respondió con un suspiro —Pero es inútil. La maldición los consume sin dejar rastro… es frustrante.
Ambos comenzaron a caminar por las calles oscuras, hablando en voz baja sobre los movimientos del culto mientras se mantenían ocultos en el velo de la luna.
Esa misma noche, Astrid yacía en su cuarto, luchando por conciliar el sue?o. Las palabras de Elizabeth seguían resonando en su mente como un eco insistente. Aunque no quería creerlas, no podía evitar que la duda se enraizara en su corazón. Finalmente, resignada a su insomnio, se levantó con ánimo decaído para buscar un vaso de agua.
Al bajar las escaleras, se encontró con una escena que la dejó helada. Elizabeth estaba inclinada sobre un inquilino, mordiendo su brazo.
—?Sabía que eras un monstruo! —gritó Astrid, lanzándose sobre Elizabeth con toda la fuerza que pudo reunir, intentando golpearla.
Pero su ataque fue detenido. Una mano firme sujetó su brazo en el aire.
—??Líder?! —exclamó Astrid, incrédula, al ver a Cáliban.
Elizabeth retiró apresuradamente sus colmillos del brazo del líder, su rostro se encendió de vergüenza.
—Supongo que… eso sería todo por esta noche. —murmuró, evitando el contacto visual.
—Está bien, gracias de todas formas, Elizabeth. —respondió Cáliban con calma.
Elizabeth se retiró apresuradamente, incapaz de enfrentar las miradas. Astrid, aún impactada, permaneció en silencio. La atmósfera en la sala estaba cargada de incomodidad, rota únicamente por la voz baja pero firme de Cáliban.
—Acércate…
Astrid obedeció con cautela, mientras él se cruzaba de brazos. Trató de disculparse, pero Cáliban levantó una mano, interrumpiéndola.
—Eso no importa ahora. Quiero que me digas exactamente qué ocurrió en la mazmorra. Quiero tu versión de los hechos.
Astrid frunció el ce?o, claramente a la defensiva.
—?Elizabeth te dijo algo?
Cáliban negó con la cabeza, adoptando un tono tranquilizador.
—No. Pero no necesito que me lo diga para saber que algo salió mal. Solo quiero escuchar lo que tienes que decir.
Astrid desvió la mirada, luchando con sus emociones. Finalmente, Cáliban dejó escapar un suspiro de resignación.
—Si no quieres hablar ahora, está bien. —Cáliban rompió el incómodo silencio con un tono grave —Me retiro.
Sin más palabras, dio media vuelta hacia las sombras de la sala, dejando a Astrid sumida en sus pensamientos y con un peso aún mayor en su conciencia.
—Fue mi culpa… —murmuró Astrid, deteniendo a Cáliban justo antes de que se retirara —Fue culpa mía… en cuanto nos vimos en peligro, lo primero que hice fue culpar a alguien más.
Cáliban, sin decir una palabra, se sentó en el sillón, dispuesto a escuchar. Con calma, observó cómo Astrid desgranaba los detalles de lo ocurrido en la mazmorra. Aunque permanecía en silencio, su mirada reflejaba una profunda comprensión. Sabía bien que nadie es malo por naturaleza, pero también que el rencor, cuando se deja crecer, puede corromper incluso al alma más pura. Nadie es inmune al dolor propio, aunque fácilmente se ignore el ajeno.
Mientras Astrid hablaba, Cáliban dejó escapar una breve carcajada.
—?Te parece gracioso que casi morimos ahí? —preguntó ella, frunciendo el ce?o, visiblemente molesta.
—No. —respondió él, con un tono sereno —Me parece gracioso que, a pesar de compartir la misma tragedia, para ustedes sea tan sencillo buscar un culpable… Ustedes, que conocen de primera mano lo que significa perder a alguien importante, ?Por qué permiten que el dolor las divida?
Astrid permaneció pensativa. Las palabras de Cáliban calaron hondo, aunque no quería admitirlo. Su mente luchaba contra la incomodidad de la verdad que él había planteado. Fue entonces cuando un destello iluminó sus pensamientos.
—Tú… —murmuró, observándolo con ojos inquisitivos —Aquella noche, tus palabras… había algo en cómo las dijiste… sonabas tan confiado.
Cáliban desvió la mirada de inmediato, incómodo con la dirección que tomaba la conversación.
—??Lo sabías?! —exclamó Astrid, avanzando hacia él con determinación —??Sabías lo que pasó con nuestras madres?!
Su tono era feroz, y sus movimientos, impulsivos. Se acercó a él, buscando una respuesta, pero Cáliban permaneció en silencio. Había secretos que debía guardar, aunque sabía que Astrid no era alguien fácil de enga?ar. La claridad de su mente le permitió conectar rápidamente los puntos. Solo había una persona con lazos directos tanto con su padre como con Cáliban.. Si Xander compartió esa información, la probabilidad de que fuera cierta era demasiado alta.
La mirada de Astrid cambió. Una oscura determinación se apoderó de su rostro.
—Líder… —dijo con voz grave —?Cree que podría llevarme con Lord Hilloy?
Cáliban suspiró profundamente. Había sido descubierto, pero sabía que cumplir esa petición no era tan sencillo.
—Me niego. —respondió con frialdad —Lo que pides no es algo que pueda conceder.
Astrid no dudó. Con un movimiento decidido, se arrodilló frente a él, inclinando la cabeza hasta el suelo.
—Por favor… te lo ruego… quiero saber la verdad.
Cáliban la observó en silencio. La seriedad de sus palabras lo obligó a reflexionar.
—?Incluso si esa verdad puede llevarte al arrepentimiento? —preguntó, con una seriedad que perforaba el aire.
—Sí. —Astrid levantó el rostro, sus ojos se quedaron fijos en él —Incluso así.
A través de la máscara de Astrid, Cáliban podía sentir la intensidad de su mirada. Por un instante, él vio en ella algo que respetaba profundamente. Una voluntad inquebrantable por buscar la verdad. Esa cualidad, pensó, era una oportunidad que no podía ignorar.
—Bien…
—Graci-
—No tan rápido —interrumpió Cáliban con firmeza —Si quieres respuestas, primero tendrás que demostrarme que eres digna de ellas. Sigue ayudando a las chicas a completar misiones, aprendan juntas, entrenen, hagan amistad… y sobre todo, no las dejes solas.
—?Por qué? —preguntó Astrid, poniéndose de pie mientras lo miraba con desconfianza.
—Elizabeth también se culpa. —respondió Cáliban con serenidad —Ella carga con el peso del error que cometieron. Ambas tienen más en común de lo que creen, y no quiero que eso las lleve a conflictos innecesarios. Vive, aprende de ellas, y cuando sea el momento, hablaré con Lord Xander para que te cuente la verdad.
—?Lo prometes? —inquirió Astrid, frunciendo el ce?o, buscaba una certeza en sus palabras.
Cáliban asintió con firmeza.
Desde entonces, Astrid siguió el consejo de Cáliban, aunque al principio no estaba segura de cómo hacerlo. Poco a poco, comenzó a integrarse al grupo. Por primera vez, convivió en igualdad de condiciones con otras chicas. Si bien al principio su relación era distante, las misiones de cacería, recolección y exploración de mazmorras las unieron. Momentos compartidos, risas espontáneas y victorias conjuntas crearon lazos que antes no existían.
Astrid también intentó disculparse con Elizabeth, pero esta la detuvo.
—Ya está en el pasado.
Esas fueron sus palabras. En lugar de ahondar en el rencor, ambas aceptaron su parte de responsabilidad, y con el tiempo no solo se convirtieron en compa?eras confiables, sino en amigas. A pesar de que el recuerdo del Rey de Sangre seguía presente en la mente de Astrid, como había dicho Cáliban, Elizabeth no tenía por qué cargar con los pecados ajenos.
Volviendo al presente.
Astrid miraba fijamente a su tío, Alerion, con una mezcla de furia y desafío en sus ojos. Lentamente, arqueó una sonrisa retadora.
—Tío… ?Puedo preguntarte algo? —dijo con un tono sombrío, mientras su mirada oscura parecía perforarlo.
Alerion frunció el ce?o. Su sobrina había cambiado drásticamente en los últimos meses. Algo en ella había despertado, y estaba seguro de que Elizabeth era la causa. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Astrid continuó, confirmando sus peores sospechas.
—?Por qué mi madre realizó una masacre en Rosengard?
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La expresión de Alerion se congeló, y por un instante, su mirada tembló. Ese era un tema que nadie, ni siquiera en el reino, conocía con certeza. El rey se había encargado de borrar cualquier rastro del incidente. ?Cómo era posible que su sobrina estuviera al tanto?
—??Quién te dijo eso?! —gru?ó, dando un paso hacia ella —?No me digas que fue ese engendro! ?Cualquier cosa que te haya dicho es una mentira!
Astrid no respondió de inmediato. Su sonrisa maliciosa creció mientras miraba a su tío con aire de superioridad, como si estuviera jugando con él.
—Entonces, sí ocurrió algo… —dijo Astrid, cruzándose de brazos, mientras observaba cómo el general desviaba la mirada.
El secretario Bram suspiró, visiblemente incómodo. El general, por su parte, parecía lamentar haber caído en el juego de su sobrina.
—Astrid…
—?Vas a responderme o no? —preguntó ella, con una mezcla de amargura y cansancio en su voz.
El tío, a quien Astrid alguna vez respetó profundamente, permanecía en silencio, su tono vacilante traicionaba su conflicto interno. Después de varios minutos de intentos infructuosos, Astrid se hartó. Se levantó de la silla con un gesto firme, dejando claro que no deseaba seguir soportando la evasión de su tío.
—Bueno… creo que será mejor que te retires por hoy, tío. —dijo con una sonrisa forzada que carecía de cualquier atisbo de felicidad.
—?Espere, se?orita! —intervino Bram, deteniendo la situación antes de que escalara más —Hemos hablado con el director. Nos autorizó a entregarle ciertos objetos…
El secretario hizo un gesto hacia el general, quien, visiblemente irritado, respondió a rega?adientes.
—Estuve en el Gorrión Dorado esta semana, participando en la subasta. Conseguí algunos artículos interesantes, y… bueno, también logramos adquirir estos. —Alzó su mano y el anillo que llevaba comenzó a brillar, materializando varios objetos raros sobre la mesa.
Frente a Astrid aparecieron materiales brillantes de alta calidad, aunque claramente no eran objetos excepcionales.
—Aunque no podemos darte algo más valioso, el director solo nos autorizó esto…
Astrid observó los materiales con indiferencia. Aunque eran de buena calidad, su mirada se mantuvo distante. Luego, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos, rechazó el gesto con un leve movimiento de cabeza.
El general suspiró, visiblemente agotado.
—Sobrina… aunque estés molesta, no deberías rechazarlo tan rápido…
—No es eso, tío… —dijo ella con frialdad —Simplemente no quiero esos materiales. Puedo conseguir los míos junto a mis amigas. Además, no tengo problemas de dinero gracias a mi gremio. Así que tu regalo está de más…
La irritación de Astrid por no obtener respuestas era evidente. No quería aceptar algo de alguien en quien ya no confiaba. Con un leve gesto de desdén, se dio media vuelta, claramente frustrada, y comenzó a alejarse mientras hacía un berrinche silencioso.
El secretario Bram miró al general con insistencia y lo golpeó suavemente en el hombro, alentándolo a hacer algo antes de que la situación empeorara.
—Entonces, si esto no te gusta… —dijo el general, respirando profundamente antes de continuar —Qué tal esto…
Sacó una espada brillante, una obra maestra que reflejaba la cálida luz del atardecer con un acabado impecable.
—Este es un regalo de tu padre. Me pidió que te lo entregará, con la esperanza de que estés a salvo en esta nueva etapa de tu vida…
Astrid se detuvo, mirando la espada con cierta sorpresa. Sus dedos rozaron delicadamente la hoja, apreciando su elegancia y el trabajo intrincado que la adornaba. Sin embargo, más que la belleza del arma, lo que resonó en su mente fue el nombre de su padre.
?Cuándo fue la última vez que lo vio? Aunque vivían bajo el mismo techo, habían pasado dos a?os desde la última vez que intercambiaron palabras. Incluso en su último cumplea?os, solo recibió una carta. Astrid podía entender que su padre estuviera ocupado, pero el hecho de que no pudiera dedicarle ni un momento la llenaba de tristeza.
Con un gesto sereno, apartó la espada y la devolvió a su tío.
—No la necesito… puedes darle mis agradecimientos a mi padre. —dijo Astrid con indiferencia, mientras comenzaba a alejarse.
—?Sobrina! —exclamó Alerion, visiblemente indignado —?Esta espada fue forjada por el herrero Kogar! ?Es una obra maestra!
Astrid suspiró, cansada de las constantes quejas de su tío.
—Ya veo… en ese caso, espera aquí. Volveré en un momento.
Sin decir más, Astrid bajó rápidamente las escaleras, dirigiéndose a su habitación. Alerion, frustrado, cruzó los brazos y comenzó a hablar con su secretario mientras la esperaba.
—?Cómo se enteró? —gru?ó, con el ce?o fruncido —Son muy pocas las personas a las que mi hermano ha confiado esa información.
—De hecho, se?or… —intervino Bram con tono respetuoso —Si mal no recuerdo, una de esas personas está actualmente en la academia, ?No es así?
El general estrechó los ojos, claramente irritado.
—No creo que él sea del tipo que rompería una promesa… —murmuró, pensativo —Debió ser esa sucia vampira. Deberíamos buscar la forma de expulsarla de la academia. Hablaré con mi hermana al respecto…
Momentos después, Astrid volvió a subir las escaleras, portando una funda larga que contenía un arma. Sus pasos resonaron con determinación.
—Tío, alza la espada, por favor. —dijo mientras desenfundaba lentamente su arma —Quiero probarla contra la espada que me regaló mi líder de gremio.
Alerion levantó una ceja, desconcertado.
—?Estás segura, sobrina? No quisiera que rompas algo tan valioso, especialmente si es un regalo.
Astrid sonrió con un destello de desafío en los ojos.
—No te preocupes, tío. Solo haz lo que te pido.
El general y el secretario intercambiaron miradas resignadas antes de que Alerion, con un leve suspiro, levantara la reluciente espada que le había mostrado momentos antes.
—Bien, si es lo que quieres…
Astrid relajó su respiración, acariciando con precisión el mango de su espada. Sus dedos la sostenían con firmeza, y su cuerpo entero se alineó en una postura perfecta. Apuntó directamente a la espada de su tío.
Con un movimiento limpio y cargado de Aura, Astrid descargó un golpe rápido y preciso, canalizando toda su fuerza en el impacto. El choque resonó en el aire con un eco ensordecedor, y al instante, la espada de Kogar se partió en pedazos, desmoronándose frente a los ojos atónitos de Alerion y Bram.
—Como pensé… se rompió. —Astrid guardó su espada con calma, como si el resultado no la sorprendiera en absoluto.
—?Qué…? —murmuró Alerion, incrédulo —?Cómo lo has…?
Sin esperar una respuesta, dio un paso al frente, extendiendo la mano hacia la espada de Astrid.
—?Dame eso!
Alerion tomó la espada de Astrid y la alzó para examinarla detenidamente. Sus ojos recorrían cada detalle. El acabado en forma de una rosa plateada, el brillo impecable que rivalizaba con la luz de la luna, y la precisión casi divina del dise?o del mango. El general estaba fascinado, sin palabras ante la obra maestra que tenía en sus manos.
—?Dices que esta espada fue un regalo? —preguntó finalmente, con incredulidad —?Acaso te pidió matrimonio o algún favor importante?
Astrid soltó una ligera risa ante la idea.
—No, nada de eso. Simplemente le hice un favor, y me pagó con esto… el otro día fuimos al Emporio Martillo Negro y…
—?Emporio Negro? —interrumpió Alerion, con un tono urgente —?Tienen contacto con el maestro Bardrim?
Astrid asintió con calma, como si fuera algo ordinario.
—Bueno, tenemos esta membresía…
Alzó la palma de su mano, mostrando la marca del gremio Avalon. Al verla, el rostro de Alerion cambió drásticamente. Se quedó sin aliento, su mirada se volvió opaca, como si acabara de recibir un golpe devastador. Incluso el secretario Bram, normalmente tranquilo, comenzó a temblar visiblemente.
—Se… se?orita… —balbuceó Bram —Esa marca… ?Usted es… miembro…?
Astrid sonrió ampliamente, orgullosa de su logro.
—Así es. —dijo, cruzándose de brazos con aire triunfal —Nuestro gremio es parte de la asociación más alta del Emporio Negro.
Alerion, repentinamente alterado, la sacudió por los hombros con una fuerza que reflejaba su incredulidad.
—??Qué clase de gremio es ese?! ??Quién lo maneja?! ??Cómo consiguieron algo tan impresionante?!
Las preguntas del general caían una tras otra, como si intentara resolver un rompecabezas imposible. Astrid trató de calmarlo, algo incómoda ante la exagerada reacción de su tío.
—?Está bien, cálmate! ?No es para tanto!
—??No es para tanto?! —exclamó Alerion, con los ojos abiertos como platos —Sobrina… ?Sabes cuántas personas tienen acceso a esa lista exclusiva?
Astrid negó con la cabeza, todavía sin comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Alerion la sujetó con fuerza, mirándola directamente a los ojos, como si buscara asegurarse de que entendiera lo que iba a decir.
—Solo hay nueve personas en esa lista. —Su voz era grave, cargada de asombro y respeto —Las Seis Leyendas y los Tres Sabios.
Astrid abrió los ojos con asombro al escuchar esas palabras. Aunque no era completamente ajena a la importancia del Emporio Negro, nunca imaginó que la membresía de su gremio los colocara al mismo nivel que las figuras más grandes del continente.
Alerion continuó, ahora más para sí mismo que para ella.
—El maestro Bardrim… ese hombre ha forjado armas legendarias que han sido empu?adas por héroes en todas las eras. Nunca ha trabajado para ningún reino ni organización. Su lealtad no pertenece a nadie, salvo a esas excepciones.
Hizo una pausa, mirando fijamente a la marca de Avalon en la mano de Astrid.
—Incluso el rey de Orión tiene esa membresía, pero es exclusivamente para su persona. Nadie más en su reino puede usarla.
El general se cruzó de brazos, reflexionando en voz alta.
—El Emporio Negro no está ligado a ningún reino ni institución… salvo por dos excepciones. La Academia Grand Delion y el gremio Avalon.
Bram asintió, todavía procesando la información.
—Es por eso que esto es inaudito, se?orita. —a?adió con un leve temblor en la voz —La conexión de su gremio con el Emporio es… verdaderamente extraordinaria.
Alerion volvió a mirar a Astrid, esta vez con una mezcla de respeto y desconcierto.
—?Dime, sobrina! —exclamó Alerion, cada vez más impaciente —??Cuántos miembros tiene tu gremio?! ??Quién es su líder?! ??Cómo consiguieron el apoyo del maestro herrero?! ??Están afiliados a algún reino?!
Los ojos del general brillaban con una mezcla de expectación y escepticismo mientras esperaba respuestas. Astrid, en cambio, parecía indecisa, midiendo cada palabra cuidadosamente antes de hablar.
—Bueno… —comenzó con un tono algo evasivo —En cuanto a miembros… somos nueve.
Alerion se quedó inmóvil, procesando esa información.
—Amm… somos un gremio peque?o. Según entiendo de nuestro líder, no estamos afiliados a ningún reino ni grupo político… también…
—Espera, espera, espera. —La interrumpió Alerion, levantando una mano —?Me estás diciendo que un gremio sin cientos de miembros, sin respaldo de ningún reino importante ni poder político, logró ganarse el apoyo del Emporio Negro? ?Sobrina, es un chiste?
Astrid se cruzó de brazos, sosteniendo la mirada de su tío con firmeza.
—Entiendo que sea difícil de creer, pero la prueba está en tus manos. Esa espada, que según tú fue creada por el discípulo del maestro Bardrim, fue forjada a mano por mi líder.
El general miró la espada nuevamente, esta vez con una expresión de incredulidad que se transformaba en confusión. Giró su mirada hacia Bram, como si buscara confirmación, y luego volvió a la hoja en su mano, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
—Querida sobrina… —dijo finalmente, su tono era más medido, aunque aún lleno de curiosidad —?Podrías decirme cómo se llama el líder de tu gremio?
Astrid inclinó la cabeza, observándolo como si intentara descubrir qué planeaba hacer con esa información. Después de una pausa, respondió con aparente naturalidad.
—Es el mismo líder que el de la casa.
Bram y Alerion intercambiaron miradas cargadas de intriga. Sus expresiones reflejaban un torbellino de preguntas sin resolver.
Al mismo tiempo, en el departamento de la profesora Sill.
Adelina se despertó de golpe, su corazón se aceleró por la repentina conciencia de que había dormido más de la cuenta.
—?Maldición, me quedé dormida…! —murmuró, llevándose una mano a la frente.
De repente, un aroma delicioso captó su atención. Era una fragancia cálida y hogare?a, tan agradable que la hizo detenerse en seco. Sin pensarlo dos veces, tomó su muleta y comenzó a bajar las escaleras, siguiendo el rastro del olor. Cada paso requería esfuerzo, pero su curiosidad y el rugir de su estómago la impulsaron.
?Huele muy bien…? —pensó, sintiendo cómo el hambre crecía con cada inhalación.
Cuando finalmente llegó al primer piso, se quedó boquiabierta. Joseph estaba de pie en la peque?a cocina, concentrado en cocinar con una destreza inesperada. Los utensilios se movían con precisión bajo sus manos, y el aroma que impregnaba el ambiente provenía de una olla en la que hervían ingredientes frescos.
El rugido de su estómago rompió el silencio. Joseph volteó la cabeza, notando a la profesora al pie de las escaleras.
—Profesora… —dijo con amabilidad, dejando lo que hacía para acercarse —Permítame ayudarle.
Joseph ayudó a Adelina a sentarse con cuidado en la mesa, asegurándose de que estuviera cómoda.
—No sabía que podías cocinar… —comentó ella, con una pizca de curiosidad mientras observaba cómo se movía por la cocina. Joseph le sonrió amablemente, sin detenerse en su tarea.
—Bueno… —respondió mientras removía la olla con delicadeza —Un amigo me ense?ó. Fui a hacer compras esta ma?ana. Espero que le guste lo que preparé.
Adelina echó un vistazo alrededor de la mesa, notando la bolsa con los ingredientes y, especialmente, las botellas de cristal y elixires de aspecto caro. Su expresión cambió de inmediato.
—?No! ??Qué haces?! ??Por qué gastas materiales tan preciados en una simple comida?!
Joseph se giró, mirándola con desconcierto. Para él, no había nada de malo en usar esos ingredientes si significaban alegrar a alguien con un buen platillo. Su reacción hizo que Adelina se sintiera fuera de lugar, como si la rara fuera ella.
—Está bien. —Joseph sonrió con inocencia —Ya casi está lista la comida.
Adelina suspiró con resignación, haciendo una mueca mientras lo observaba. Aunque intentaba no mostrarlo, una peque?a expectación comenzaba a formarse en su interior. La fragancia que llenaba el ambiente despertaba sus sentidos. Sin embargo, una duda surgió en su mente y rompió el silencio.
—Dime… ?Qué les han ense?ado en la clase de magia? —preguntó, apoyando la barbilla en una mano —?Ya saben cómo acceder a su núcleo mágico?
Joseph suspiró, dejando entrever cierta frustración.
—Las clases no han avanzado mucho este a?o, la verdad. Desde que llegaron las tropas de la organización de Madame Lothrim, todo se ha complicado. Los profesores están siendo controlados, apenas pueden ense?arnos lo básico. No hay entrenamiento de combate real, y cualquier arte mágica práctica está limitada por un sinfín de parámetros de seguridad… es aburrido.
Adelina bajó la mirada, comprendiendo el malestar en sus palabras. Sabía que la educación de los alumnos estaba siendo obstaculizada gravemente por las políticas recientes.
??Qué estaba pensando el director al darle tanto poder a esa mujer? Me pregunto cómo estarán manejando esto los profesores en el distrito rojo…?
Antes de que pudiera seguir meditando, otra pregunta surgió en su mente.
—Por cierto, ?Cómo conseguiste el dinero para comprar todas estas cosas? —preguntó, levantando una ceja —No me digas que extorsionas a otros alumnos…
Joseph rió con suavidad, aunque su estado parecía impedirle hacerlo sin algo de esfuerzo.
—No, para nada. Consigo mi dinero cazando bestias en la mazmorra con mis amigos. Aunque, cuando no puedo cubrir todo, mi padrino me ayuda.
Adelina arqueó una ceja, intrigada.
—Oh… ?Tienes un padrino? —dijo, tomando un vaso de agua para calmar su sed —?Quién es? ?Es algún profesor o un alumno de un curso más avanzado?
Joseph sonrió con naturalidad, sin notar el impacto que su respuesta causaría.
—Ah, sí. Soy el ahijado de Lord Hilloy.
Adelina escupió el agua de golpe, tosiendo mientras trataba de recomponerse.
—??Qué… qué acabas de decir?! —balbuceó, incrédula.
Joseph, preocupado por su reacción, se acercó rápidamente.
—?Se encuentra bien, profesora? ?Le traigo algo?
Adelina levantó una mano, indicándole que necesitaba un momento para procesar lo que acababa de escuchar. Su mente estaba en completo caos.
??Lord Hilloy? ?El infame se?or de una de las familias más poderosas de la academia? ?Y este chico era su ahijado??
La situación acababa de volverse mucho más interesante de lo que esperaba.
—??Tú eres el ahijado de Lord Hilloy?! —exclamó Adelina, incrédula.
Ahora que lo mencionaba, recordó la última vez que lo había visto, aunque apenas le prestó atención en aquel momento. Pero ahora, al observarlo, se daba cuenta de cuánto había cambiado. Para ella, que lo conoció en su estado más deprimido, imaginarlo así parecía imposible. Su apariencia era mucho mejor, su actitud más segura, e incluso había tomado a un ahijado, algo inaudito desde que llegó a la academia.
—Realmente… me he perdido de mucho… —murmuró, más para sí misma que para Joseph.
—Aquí tiene… —interrumpió Joseph, colocando un plato de sopa frente a ella.
A pesar de su aspecto simple, el aroma que desprendía era irresistible. Sin esperar más, Adelina tomó un sorbo, y al instante, su cuerpo comenzó a relajarse. Era una receta sencilla, pero increíblemente reconfortante gracias a los elixires, como un cálido abrazo después de un día difícil.
—Esto está… delicioso… —dijo con genuino asombro.
—Me alegra que le guste… —respondió Joseph con una sonrisa.
Adelina lo observó por un momento. Su estado físico seguía reflejando cansancio y desgaste, pero su esfuerzo y gentileza lograron tocarla profundamente. Sentía una extra?a mezcla de gratitud y compasión hacia él.
—Gracias, joven… realmente aprecio la compa?ía.
—No hay de qué, profesora.
Adelina agitó una mano, negando con suavidad.
—Ya no soy profesora, solo llámame por mi nombre.
Joseph inclinó la cabeza, reflexionando.
—Ya veo… Entonces, ?Qué tal se?orita Sill? No puedo dirigirme a usted con demasiada familiaridad.
Adelina soltó una ligera carcajada, la primera en semanas que nacía de forma natural.
—Si eso funciona para ti, está bien.
Ambos compartieron el resto de la noche en una atmósfera tranquila. La calidez de la comida, combinada con la sencilla pero amena conversación, envolvió el ambiente como un bálsamo. Por primera vez en semanas, Adelina se permitió olvidar sus preocupaciones. No pensó en su vida caótica ni en sus problemas; solo disfrutó del momento presente.
Joseph, mientras la observaba comer, notó su expresión relajada y una ligera sonrisa que realzaba su belleza. A pesar de su aparente fragilidad, Adelina irradiaba una fuerza que lo cautivaba. Sin poder evitarlo, se sonrojó ligeramente mientras un pensamiento fugaz cruzaba su mente:
?Me pregunto cómo le estará yendo a Cáliban…?
Al otro lado de los distritos, en la mansión Hilloy.
En la entrada principal, Cáliban y Lord Xander esperaban a Madame Lothrim. Ambos estaban impecablemente vestidos con elegantes trajes, pero la tensión en el aire era evidente.
—?Es realmente necesario toda esta estupidez? —gru?ó Cáliban con amargura mientras ajustaba el cuello de su traje.
Lord Xander soltó una ligera carcajada, divertida por su evidente incomodidad.
—Es cuestión de etiqueta, Cáliban. Debemos recibir a la distinguida invitada como corresponde.
Cáliban dejó escapar un largo suspiro, mostrando su descontento.
—Lo que sea… solo quiero que esto termine cuanto antes.
Mientras las luces de la mansión se encendían y los sirvientes terminaban los últimos preparativos, El carruaje comenzó a llegar. La velada estaba a punto de comenzar, y con ella, una noche que prometía ser tan tensa como llena de intrigas.

