Las palabras de madame Lothrim cayeron como un trueno en la sala, cargadas de un peso que aplastó cualquier intento de respuesta inmediata. Todos quedaron inmóviles, incluso Cáliban, cuyo rostro se ensombreció mientras su mente luchaba por procesar lo que acababa de escuchar.
—Tu madre me abandonó cuando ella era joven. —comenzó madame, con una voz te?ida de amargura —Huyó con tu padre, Victor Cáliban. La busqué por todos los rincones, pero, sin importar mi esfuerzo, no pude encontrarla.
Cáliban levantó la vista lentamente, sus ojos brillaron con una mezcla de incredulidad y rabia contenida.
—?Por qué? —preguntó con un tono grave, casi en un susurro.
Madame Lothrim entrecerró los ojos, como si estuviera buscando en su memoria algo que no deseaba revivir.
—Firmó un contrato de sangre conmigo. —respondió tras una pausa densa —Acordamos que no podría buscarla, bajo ninguna circunstancia. Hice todo lo posible por romperlo, pero era inquebrantable... al menos hasta que…
—Hasta que murió, ?Verdad? —interrumpió Cáliban, sus palabras eran cortantes como un dardo helado.
Madame asintió con un gesto lento, su mirada vacía reflejó el peso de los a?os. La sala entera parecía contener el aliento. Hasta acá que Cáliban exhaló lentamente, su respiración era un intento por domar el huracán emocional de Mika'el que se agitaba en su interior.
—?Qué es lo que espera de mí? —preguntó al fin, su voz ahora era firme.
Madame se inclinó al frente, su porte era altivo e implacable.
—Quiero que regreses con tu verdadera familia. —anunció, dejando que sus palabras flotaran en el aire —Acepta el apellido Lothrim, conviértete en un caballero espiritual y reclama el lugar que te pertenece.
Loana giró la cabeza, boquiabierta. Su mente se llenó de preguntas que no lograba ordenar.
??Maestra? ?Qué es lo que estás planeando?? —pensó, buscando sentido en las palabras de madame.
—?Mi lugar? —Cáliban arqueó una ceja, cargado de escepticismo.
—Quiero que tomes el mando. —declaró madame con una firmeza que hizo eco en los muros de la sala —Hereda el puesto de Comandante Supremo de nuestra organización. Lleva el manto que te corresponde.
Las reacciones no tardaron en llegar. Lord Xander y lady Lidia intercambiaron miradas, sorprendidos hasta el punto del silencio. Incluso Loana, que conocía mejor que nadie las intrigas de su maestra, quedó atónita.
Cáliban no dijo nada. Su silencio parecía ser la única respuesta posible, hasta que algo comenzó a surgir en los rincones más oscuros de su mente. Una visión cristalina de un joven Mika'el, demacrado y herido, apareció tras madame Lothrim. Sus ojos, cargados de tristeza y afecto, se posaron sobre ella. Era imposible ignorar el vínculo. Aquella figura no era más que la manifestación de los sentimientos de Mika'el, un eco de emociones y pensamientos que aún vivían en su interior como un parásito.
?Ni?o… ?Tan fácil es ilusionarte con una muestra de afecto vacío?? —pensó Cáliban con amargura, observando el reflejo de un pasado que había intentado olvidar.
Respiró profundamente, apartando la influencia de Mika'el. Sus palabras, cuando al fin llegaron, resonaron claras y controladas.
—Muchas gracias por decirme la verdad, realmente se lo agradezco de corazón… —Cáliban hizo una pausa, y por un instante la luz de la esperanza se reflejó en los ojos de madame Lothrim. Sin embargo, aquella chispa se apagó rápidamente cuando él continuó —Pero me temo que debo rechazar su oferta.
El impacto fue inmediato. Loana abrió los ojos, incapaz de contener una exclamación ahogada. Madame Lothrim, por un instante, dejó entrever una chispa de incredulidad en sus ojos antes de volver a su impenetrable máscara de autoridad. Lady Lidia y lord Xander permanecieron en silencio, pero sus miradas hablaban por ellos. El aire estaba cargado de tensión, y todos aguardaban el desenlace.
—Lo que usted me ofrece no me pertenece. —a?adió Cáliban, firme pero sereno —Aunque tengamos un lazo de sangre, no puedo aceptar. Mi familia está aquí, junto a mis compa?eros. El camino que tengo por delante no será determinado por mi linaje, ni por mi sangre, ni por nadie más. Será decidido por mí mismo. Se lo prometí a mi madre antes de que muriera, y pienso cumplir esa promesa… aun si tengo que dar mi vida en el intento.
Madame Lothrim, visiblemente conmovida, intentó responder, su tono ahora era más suplicante.
—Pe... pero no necesitas pasar por todo eso. Yo puedo darte lo que necesites. Las mejores técnicas, recursos, instituciones... cualquier cosa que desees. Solo…
La mirada de Cáliban se encontró con la de madame, firme como una espada. Ese silencio lo dijo todo. No iba a cambiar de opinión. Loana observó la escena con cautela, mientras lord Xander y lady Lidia permanecían inmóviles, todavía asimilando lo que acababan de presenciar. El aire se volvió pesado, y un silencio incómodo se adue?ó de la sala. Ninguna de las partes cedía.
Finalmente, tras unos segundos eternos, madame Lothrim se levantó con dignidad, su expresión se endureció por la resignación.
—Muchas gracias por la velada de hoy… —dijo con una voz calculadamente cortés, aunque algo vacilante —Supongo que es hora de irnos.
—Por supuesto. —intervino lord Xander, poniéndose en pie —Permítame acompa?arlas a la salida.
Sin pronunciar más palabras, madame Lothrim y Loana abandonaron la sala. Avanzaron por los pasillos en un silencio solemne, con la mirada fija al frente y el mentón en alto, proyectando una imagen de orgullo inquebrantable. Al llegar a la entrada, los anfitriones intercambiaron despedidas cordiales, entre elogios y vagos planes de futuras reuniones. Todo se desenvolvía con la teatralidad propia de la nobleza.
Cuando los últimos protocolos llegaron a su fin, madame Lothrim se acercó a su carruaje. Con un gesto elegante, levantó la mano y llamó a Cáliban.
—Ven aquí, querido.
Cáliban avanzó, manteniendo su postura cortés pero con un evidente aire de reticencia.
—?Me llamó?
Madame dejó escapar una ligera risa, ocultando sus labios tras la mano enguantada.
—Oh, no tienes que ser tan formal conmigo. Somos familia ahora.
La palabra "familia" cayó como un peso sobre los hombros de Cáliban. Su cuerpo se tensó, y por un instante dudó en responder.
—Yo…
—Está bien. —lo interrumpió ella suavemente —Entiendo lo que quieres. Has estado solo toda tu vida, así que imagino que esto debe ser abrumador para ti. Pero aun así, me gustaría mantener contacto contigo, si no te supone ningún problema.
Cáliban suspiró, visiblemente conflictuado. Por mucho que quisiera mantenerla lejos, sabía que madame Lothrim era una persona poderosa, y las palabras de lady Lidia resonaron en su mente. Tenerla cerca, aunque no disfrutara de su compa?ía, podría ser una ventaja estratégica.
—Entiendo… cuando me necesite, ahí estaré. —La voz de Cáliban, era serena pero distante, cerrando la conversación.
Madame Lothrim esbozó una sonrisa genuina, complacida por su respuesta. Antes de retirarse, se inclinó ligeramente y depositó un suave beso en la frente de su nieto. Luego se giró con elegancia, subió al carruaje y, con un último gesto, se despidió por esa noche.
Mientras el vehículo comenzaba a alejarse, Cáliban se quedó inmóvil, observándolo desaparecer en la penumbra de la calle. Los destellos de las farolas iluminaban brevemente las cortinas del carruaje, y madame continuó despidiéndose con la mano, incluso cuando ya no era necesario.
Desde el interior del carruaje, Loana observó a su maestra con curiosidad, un brillo de incertidumbre se iluminó en sus ojos.
—?Está segura de que esto está bien, maestra? —preguntó con cautela.
Madame suspiró, relajando los hombros mientras apartaba la mirada hacia la ventana.
—No importa… —murmuró, dejando escapar sus pensamientos como si hablara consigo misma —Mientras pueda mantener contacto con él, será suficiente. Al final del día, la sangre de Winebal corre por sus venas… sé que logrará grandes cosas. Me basta con verlo de lejos.
Madame mantuvo su mirada fija en el paisaje que pasaba rápidamente. La cena había sido una monta?a rusa de emociones, pero al menos, por primera vez en a?os, sentía una tenue chispa de esperanza.
?Está bien, mi ni?o… sigue tu camino. Sobrevive, como siempre lo has hecho.? —pensó con una melancolía que se transmitía través de su mirada.
Pero mientras sus pensamientos divagaban, la imagen de un hombre corpulento, de melena rebelde y mirada feroz, invadió su mente. El recuerdo trajo consigo una mezcla de nostalgia y resentimiento.
?No cabe duda… también se parece a ese maldito vejestorio.? —reflexionó con un resoplido, apartando la imagen con rapidez.
Mientras el carruaje se alejaba del distrito, madame deseó en silencio que su nieto encontrará la fuerza para afrontar el dolor y las pruebas que sabía le esperaban. Loana, por su parte, notó el vacío en la mirada de su maestra, pero no dijo nada. Si madame estaba feliz, ella no iba a cuestionarla. Sin embargo, una inquietud seguía latiendo en su mente.
?Maestra… ?Realmente quería que él asumiera el mando, o todo esto era solo una prueba?? —pensó, mientras el carruaje se deslizaba en la oscuridad y las luces de la mansión quedaban atrás.
Cáliban permaneció en silencio, con los ojos fijos en el lugar donde el carruaje había desaparecido. Apenas unos segundos después, lord Xander se acercó, rompiendo el mutismo.
—?Qué planeas hacer ahora? —preguntó, su tono era calmado pero curioso.
Cáliban abrió la boca para responder, pero un escalofrío recorrió su cuerpo. Sintió una presencia familiar, pero no bienvenida, que perturbó sus sentidos. Intercambió una mirada rápida con Xander, y ambos se giraron hacia la mansión. Sin mediar palabras, comenzaron a correr, moviéndose como sombras en la noche.
Lady Lidia, que observaba desde la distancia, los vio precipitarse hacia la mansión. Aunque su instinto le decía que algo estaba ocurriendo, decidió no intervenir. Aún estaba recuperándose, y sabía que no sería de ayuda en su estado actual. Con un gesto resignado, dio media vuelta y comenzó a caminar lentamente hacia la mansión, cada paso pesaba por el cansancio acumulado.
Hace una hora.
En la mansión, Astrid se encontraba junto a la entrada, despidiéndose de su tío. La conversación había sido breve pero cálida. Su tío le colocó una mano en el hombro, dándole una última pregunta antes de partir.
—Sobrina, ?Estás segura de que no quieres volver a casa? —preguntó Alerion con un tono preocupado —Lo que ha ocurrido últimamente en la academia…
Astrid lo interrumpió con un movimiento de la mano, cruzándose de brazos mientras clavaba la mirada en su tío.
—No, estoy bien aquí. —afirmó con firmeza —Tengo amigos, un gremio y puedo valerme por mí misma… estoy muy feliz actualmente.
Alerion suspiró, y aunque intentaba mantener la compostura, su rostro dejó entrever peque?os rastros de tristeza.
—Ya veo… si es así, no te molestaré más.
—Gracias por visitarme, tío. —Astrid sonrió de lado, pero en sus palabras se coló un poco de sarcasmo —Y mándale recuerdos a mi padre… si es que lo ves.
Alerion asintió, sin responder al tono de su sobrina. En cambio, se inclinó para darle un abrazo. Bram, su secretario, también se despidió con una reverencia antes de seguir a su se?or hacia la salida.
Astrid observó cómo su tío se alejaba en la penumbra hasta que una voz repentina la sobresaltó.
—?Astrid! —exclamó Nhun, apareciendo detrás de ella.
—?Ah! ?Qué demonios quieres ahora? —respondió Astrid, llevándose una mano al pecho.
Nhun esbozó una sonrisa pícara.
—Ven rápido a la sala, ya es hora.
Aunque intrigada, Astrid no pudo evitar fruncir el ce?o mientras caminaba junto a Nhun de regreso a la sala. Una vez allí, Nhun alzó la voz para convocar a todas. Las demás, acostumbradas a sus bromas, se acercaron con cierta duda. Juliana, que estaba recostada en el sofá mientras se rascaba el ombligo, alzó la vista con evidente molestia.
—?Y bien, Nhun? ?Qué quieres ahora?
Las chicas comenzaron a rodearla, con una actitud extra?amente seria. Juliana frunció el ce?o, incómoda ante la repentina atención.
—Eh… ?Chicas? ?Qué están haciendo?
Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Los segundos pasaban con tensión, hasta que, de repente, todas gritaron al unísono:
—?Feliz cumplea?os!
Saltaron chispas de magia que surgieron como fuegos artificiales. Juliana quedó completamente en blanco, sus ojos parpadearon varias veces mientras trataba de procesar lo que acababa de ocurrir.
—?Qué? —preguntó finalmente, sorprendida.
Cecilia fue la primera en responder, acercándose con una sonrisa traviesa.
—Hace meses nos dijiste que hoy era tu cumplea?os… así que pensamos en organizar algo especial.
Elizabeth se cruzó de brazos y a?adió con tono burlón:
—Aunque, honestamente, fue difícil encontrar algo que te gustara. Todo lo que a las demás nos parece bonito o divertido, tú lo odias.
—Por eso tuvimos que pensar seriamente en qué regalarte. —intervino Astrid, poniéndose de pie frente a Juliana con una sonrisa cómplice —Y después de muchas horas de deliberación, llegamos a la conclusión de que lo mejor era-
—?Esto! —gritó Nhun con entusiasmo, sacando cinco boletos dorados de su bolsillo y agitándolos frente al grupo.
—?Eso es! —exclamó Juliana, se?alándolos con una sonrisa triunfante.
Quedó boquiabierta. Reconocía esos boletos al instante, eran los famosos “Huevos Dorados”, tickets que permitían consumir todo lo que quisieran durante un día entero en las mejores tabernas y posadas de la academia. Eran prácticamente un lujo inalcanzable, tanto por su exorbitante precio como por su escasez.
—??Cómo los consiguieron?! —preguntó, arrebatándolos con emoción de las manos de Nhun, sus ojos brillaron como nunca.
Nhun, visiblemente agotada, lanzó un suspiro antes de responder.
—Sabíamos cuánto los querías, así que fuimos a hablar con mamá Urr para pedirle algunos boletos y…
—Nos pidió cazar dos mil monstruos como pago. —interrumpió Elizabeth, quien todavía parecía exhausta.
—Gracias a la mazmorra del líder, pudimos completar el encargo más rápido de lo que esperábamos. —Cecilia sonrió cálidamente, colocando una mano en el hombro de Juliana —Así que no te preocupes, solo disfrútalos.
Juliana, incapaz de contener la emoción, los rodeó a todos en un abrazo grupal. Su voz se quebró mientras trataba de contener las lágrimas.
—Ustedes son… increíbles. De verdad… gracias.
Mientras las risas inundaban el momento, Elizabeth, atrapada en el fuerte abrazo, apenas logró murmurar:
—Nhun… ?Por qué elegiste esta hora?... No puedo respirar…
Nhun, con una sonrisa maliciosa, respondió mientras se soltaba del abrazo.
—Je, me encargué de todo. Le saqué información a Joseph. El líder estará ocupado en una cena con lord Hilloy, el profesor Yannes tiene clases suplementarias, y la profesora Rain estará ocupada hasta tarde. ?Tenemos toda la noche para divertirnos! ?Vámonos!
El grupo estalló en risas mientras salían corriendo hacia la entrada de la mansión, donde las esperaba un carruaje.
A una cuadra de la entrada de la mansión, Reinhard y Dimerian caminaban hacia la casa, charlando despreocupadamente. Reinhard, envuelto en un aroma relajante tras regresar de las aguas termales, levantó una ceja al mirar a su compa?ero.
—?Qué estabas haciendo ahí? —preguntó con curiosidad.
—Oh, como no hubo mucho que hacer hoy, pensé en practicar un poco mi forja. Hace tiempo que no lo hacía, así que fui directo al emporio en cuanto salí de la casa. —respondió Dimerian, encogiéndose de hombros.
—?No te topaste con Joseph?
—Me visitó por la ma?ana, pero no lo he visto desde entonces.
Ambos intercambiaron miradas tranquilas, pero su conversación se detuvo cuando Reinhard vio a las chicas salir de la mansión. Entre risas y juegos, el grupo se apresuró a subirse a un carruaje.
—No… no, mierda. ?Qué están haciendo? —murmuró Reinhard, su tono cambió abruptamente a uno cargado de preocupación.
Dimerian, sin captar del todo la gravedad de la situación, se limitó a encogerse de hombros.
—Oh, creo que van a salir. Escuché a Elizabeth mencionar hace rato que era el cumplea?os de Juliana. Probablemente estén aprovechando que la casa está vacía para quedarse fuera hasta tarde.
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Reinhard palideció. La preocupación se apoderó de su rostro al darse cuenta de que Cáliban no estaba, tampoco lord Xander ni nadie con suficiente experiencia para protegerlas si algo sucedía.
—Esto no está bien… —dijo finalmente, apretando los pu?os —Debemos seguirlas, ahora.
—?Qué? Pero… —Dimerian intentó replicar, pero Reinhard no le dio tiempo.
Lo tomó por la camisa y tiró de él, obligándolo a avanzar. Ambos comenzaron a correr tras el carruaje a toda velocidad, con los latidos de sus corazones acelerándose a medida que la distancia se reducía.
Mientras tanto, dentro del carruaje, el ambiente era completamente diferente. Las risas y los comentarios sarcásticos llenaban el espacio mientras las chicas bromeaban entre ellas. Sin embargo, tras varios minutos, Elizabeth notó algo extra?o.
—Oigan… —dijo, asomándose por la ventana con el ce?o fruncido —?No deberíamos haber llegado ya?
El comentario hizo que todas guardaran silencio. Una a una, se inclinaron para mirar por las ventanas, y un escalofrío recorrió la espalda de cada una. El paisaje que las rodeaba no era el esperado distrito Hilloy. En su lugar, solo veían una calle oscura y desierta, flanqueada por árboles sombríos.
—?Dónde estamos? —preguntó Nhun, tratando de reconocer el lugar.
—Algo anda mal… —murmuró Astrid, sus ojos escanearon el entorno con creciente inquietud.
De repente, el carruaje se detuvo bruscamente, lanzándolas ligeramente hacia adelante en sus asientos. El silencio que siguió era tan denso que parecía oprimente.
—?Por qué nos detuvimos? —dijo Cecilia, mientras todas salían apresuradas del carruaje.
El grupo miró a su alrededor, pero nada parecía familiar.
—No reconozco este lugar… —murmuró Elizabeth, con un nudo en el estómago.
Entonces, un grito irrumpió desde la distancia, rompiendo la quietud.
—?Chicas!
Era Reinhard. Junto a él, Dimerian corría con dificultad, visiblemente agotado.
—?Reinhard? ?Qué haces aquí? —preguntó Cecilia, desconcertada mientras veía cómo Dimerian se doblaba por la cintura, jadeando para recuperar el aliento.
—Tenemos que salir de aquí rápido. No deberían… —comenzó a decir Reinhard, pero sus palabras quedaron ahogadas por un sonido escalofriante de pasos que se acercaban.
El ruido provenía de todas direcciones, resonando sobre la calle vacía. Un grupo numeroso de figuras encapuchadas emergió de las sombras, rodeándolos con movimientos coordinados y amenazantes.
—?No puede ser…! —susurró Nhun, con las manos temblorosas sobre su anillo mágico.
Del grupo, una figura alta y enmascarada se adelantó, su porte imponente proyectaba autoridad y peligro.
—Vaya, vaya… —dijo con un tono cargado de sarcasmo y molestia —No tienen idea de cuántos problemas nos han causado. Finalmente, los tenemos.
El rostro de Reinhard se endureció mientras sacaba su lanza de su anillo, haciéndola brillar en la penumbra. Dimerian, al verlo, imitó su acción y desenfundó su gran espada, posicionándose junto a él. Ambos se interpusieron entre las chicas y los atacantes, adoptando posturas defensivas.
—?Qué es esto? ?Quiénes son ellos? —preguntó Juliana, ligeramente alarmada.
—No me digas que son del culto… —dijo Nhun, con los ojos entrecerrados mientras intentaba activar su anillo mágico.
—Escuchen bien… —dijo Reinhard con seriedad, sin apartar la vista del grupo enemigo —Tenemos que salir de aquí rápidamente.
El enmascarado dio un paso al frente, extendiendo los brazos como si estuviera a punto de dar una orden final. Los segundos se alargaron. El sonido de las armas desenvainándose y las risas burlonas de los encapuchados era todo lo que se escuchaba.
—A mi se?al… —continuó Reinhard, apretando los dientes mientras la tensión se acumulaba en el aire —Atacaremos juntos.
Reinhard intentó idear un plan rápido, pero antes de que pudiera reaccionar, uno de los encapuchados más grandes lo atacó con fuerza brutal, lanzándolo varios metros hacia atrás. Reinhard cayó al suelo, jadeando mientras intentaba levantarse.
—?Mierda! —gru?ó, mientras escupía sangre —?Es un sexto rango!
El líder del grupo, aún enmascarado, soltó una carcajada burlona.
—?Por supuesto! —exclamó con arrogancia —Yo no soy como mis superiores. ?No los subestimaré! ?Atrápenlos!
Al instante, los encapuchados cargaron contra el grupo. Las chicas apenas podían defenderse, enfrentándose a una lluvia de espadas y lanzas. Incluso Dimerian, con toda su habilidad, se esforzaba por desviar los ataques que llegaban desde todas las direcciones.
Mientras tanto, Reinhard libraba una feroz batalla contra el sexto rango. Aunque los movimientos del gigante eran lentos, cada golpe era devastador, obligándolo a retroceder una y otra vez. Sin embargo, aprovechando un breve instante, Reinhard logró asestar un golpe certero en el pecho del enemigo, clavando su lanza profundamente.
Por un momento pensó que había ganado, pero el gigante simplemente sostuvo la lanza con una mano y la arrancó de su pecho, sin mostrar el más mínimo rastro de dolor. Reinhard quedó inmóvil por el impacto psicológico.
—Buen intento. —comentó el líder de las sombras, sarcásticamente —pero me temo que eso no funcionará con él.
El gigante avanzó con rapidez y apu?aló a Reinhard en el costado con su enorme espada. Reinhard gimió de dolor, su sangre manchó el suelo mientras retrocedía tambaleándose.
—?Reinhard! —gritó Dimerian, corriendo hacia él para ayudarlo mientras esquivaba los ataques de los encapuchados.
La situación parecía desesperada. Elizabeth, rodeada y luchando por mantenerse en pie, buscaba desesperadamente una solución. Entonces, una idea brillante cruzó por su mente.
—?Reinhard, Dimerian! —gritó con urgencia —?A mi se?al, golpeen el suelo con todas sus fuerzas!
Dimerian, con Reinhard herido en sus brazos, apenas lograba esquivar los feroces ataques del gigante mientras asentía. Elizabeth cerró los ojos y comenzó a concentrarse, acumulando energía en sus manos mientras sus compa?eras trataron de mantener a raya a los atacantes.
—?Estos malditos no se rinden! —exclamó Nhun, cortando cabezas con sus hilos mágicos, solo para ver cómo los enemigos se levantaban nuevamente.
—??Cuánto tiempo necesitas?! —gritó Juliana, golpeando con toda su fuerza a los encapuchados que se abalanzaban sobre ella.
—?Solo un minuto! ?Resistan!
El minuto parecía eterno. Los partidarios que caían seguían levantándose, como si fueran marionetas que no sentían dolor ni agotamiento. Dimerian, jadeando y al borde de sus límites, apenas podía esquivar los golpes de la enorme espada del gigante.
Finalmente, Elizabeth abrió los ojos. Un aura mágica rojiza brillaba a su alrededor mientras levantaba las manos, dejando escapar un grito de esfuerzo.
—?Fumus!
Una densa niebla roja comenzó a emanar de sus manos, cubriendo el campo de batalla.
—?Manténganse detrás de mí! —ordenó, retrocediendo para proteger al grupo.
Sin dudarlo, los demás se agruparon detrás de Elizabeth, mientras la niebla crecía en intensidad y envolvía a los enemigos.
—?Ahora, chicos! —gritó Elizabeth.
Reinhard y Dimerian se miraron y asintieron. A pesar de sus heridas y el cansancio, ambos reunieron todas sus fuerzas y saltaron al unísono, dirigiendo sus armas hacia el suelo.
El impacto fue ensordecedor. Un vendaval masivo se extendió por el área, agitando la niebla rojiza que se alzó como una ola devastadora. La combinación del golpe y la magia de Elizabeth envolvió a los enemigos, lanzándolos por los aires mientras el campo se convertía en un caos absoluto. Los encapuchados gritaban confundidos, algunos cayendo inconscientes mientras otros intentaban levantarse tambaleándose.
—?Ja! ?De verdad creen que eso bastará para escapar? —vociferó el líder de las sombras, intentando recuperar su postura imponente.
Pero su tono desafiante se interrumpió cuando un dolor punzante se apoderó de su cuerpo. Una sensación ardiente recorrió su piel, mientras un picor insoportable comenzaba a extenderse. No solo él, todos los encapuchados mostraban síntomas similares. Sus ojos se enrojecieron, algunos comenzaron a tambalearse, y otros, incapaces de soportar el dolor, se desplomaron inconscientes.
Elizabeth esbozó una sonrisa tensa mientras gritaba al grupo:
—?Corran! ?Esto no durará mucho!
Sin perder tiempo, todos comenzaron a correr a toda velocidad, sus respiraciones agitadas llenaron el aire mientras huían con todas sus fuerzas.
—?Debemos ir a la mansión! —gritó Cecilia mientras avanzaba, girándose para mirar al grupo.
—?No! —jadeó Reinhard, aún sosteniéndose el costado herido —?Está demasiado lejos! ?Tenemos que ir al gremio!
—??Al gremio?! —replicó Astrid con incredulidad —?Ahí nos atraparán fácilmente!
—?Solo háganlo! —rugió Reinhard con todas sus fuerzas.
La intensidad de su voz no dejó espacio para debates. Aunque intercambiaron miradas dudosas, los demás decidieron seguir sus instrucciones y cambiaron de dirección hacia el gremio.
Los pasos desesperados del grupo resonaban en las calles vacías mientras trataban de poner la mayor distancia posible entre ellos y los encapuchados. La distancia entre ambos grupos se iba reduciendo, ya que los perseguidores, irritados pero tenaces, comenzaban a saltar ágilmente entre los edificios, acortando terreno.
—?Malditos mocosos! —gritó el líder de las sombras, aún frotándose los ojos rojos y lacrimosos —?Les haré pagar por esto!
A pesar del dolor, su determinación seguía inquebrantable. Esta misión no era cualquier encargo. Hace semanas, la sacerdotisa en persona le había asignado la tarea de vigilar los movimientos de las "Cuatro Semillas". Aunque inicialmente se había limitado a observar y reportar, la oportunidad que se había presentado aquella noche era demasiado buena como para dejarla escapar.
?Lord Xander y el líder de la casa en una cena, la mansión desprotegida… y estas ni?as corriendo solas por la ciudad. Era el momento perfecto.? —pensó mientras seguía avanzando, ignorando el ardor en su cuerpo. Sin embargo, sabía que el fracaso no era una opción. Si regresaba con las manos vacías, la sacerdotisa lo castigaría sin piedad.
—?Sin importar nada, debo atraparlas! —masculló para sí mismo, fijando su mirada en el horizonte mientras continuaba la persecución.
Finalmente, el grupo alcanzó los jardines del gremio. Desde la distancia, podían ver la entrada iluminada por antorchas que parpadeaban contra la oscuridad de la noche.
—?Rápido, suban al segundo piso! —ordenó Reinhard con urgencia, sosteniéndose la herida mientras empujaba la puerta principal.
Todos entraron apresurados, cerrando la puerta tras ellos con fuerza. Subieron las escaleras tan rápido como sus piernas se lo permitieron, llegando al segundo piso. Desde allí, observaron la explanada frente al edificio, esperando el momento en que los encapuchados cruzaran el umbral.
Los perseguidores no tardaron en llegar. Como una ola negra, el grupo de encapuchados comenzó a adentrarse en el jardín, con el líder a la cabeza. Pero algo extra?o sucedió. A medida que avanzaban por lo que parecía un simple camino recto, comenzaron a notar que la puerta principal del gremio no se acercaba, sino que parecía alejarse más y más.
—?Qué mierda es esto? —gru?ó el líder de los encapuchados, deteniéndose para mirar a su alrededor.
El líder frunció el ce?o detrás de su máscara, observando el terreno.
—?Dónde estoy? —murmuró con incredulidad mientras giraba la cabeza, notando que la explanada parecía no tener fin.
Sin que ellos lo supieran, habían caído en una trampa mágica. Los jardines del gremio estaban protegidos por una barrera ilusoria que confundía a los intrusos, atrapándolos en un bucle interminable. Desde el segundo piso, Reinhard observó la escena, una leve sonrisa se asomaba en su rostro agotado.
—Funcionó… —dijo con alivio, apoyándose contra una pared mientras trataba de contener el sangrado de su herida.
—?Qué está pasando? —preguntó Juliana, todavía jadeando por el esfuerzo.
—Es la formación defensiva del gremio. —explicó Reinhard, mirando por la ventana con cautela —Si alguien sin autorización intenta entrar, quedará atrapado en esa ilusión hasta que se agote.
Elizabeth se dejó caer al suelo, agotada pero aliviada.
—Esto es perfecto, al menos tenemos algo de tiempo para reagruparnos…
Mientras tanto, en el jardín, el líder de las sombras comenzaba a perder la paciencia, sus gritos de frustración resonaban en la noche mientras sus hombres intentaban encontrar una salida del bucle.
Una niebla densa comenzó a envolver la explanada, cubriendo el jardín en una cortina blanca e impenetrable. La entrada del gremio desapareció frente a los ojos de los encapuchados, sumiéndolos en una confusión total.
—??Qué demonios es esto?! —gritó uno de los partidarios, quebrándose por el pánico.
El líder del escuadrón observó el entorno con cautela, su mirada se fijó en la niebla que se extendía interminablemente. No importaba hacia dónde caminará, el paisaje permanecía igual, como si estuviera atrapado en un espacio sin fin.
—Qué ingeniosa trampa… —murmuró de irritación.
Desde el segundo piso, Reinhard observaba la escena con cierta tranquilidad, apoyado contra una pared mientras intentaba mantenerse en pie.
—Bien… ahora solo debemos esperar a que…
Antes de que pudiera terminar la frase, el líder de las sombras sacó algo de debajo de su capa. Un peque?o cráneo, tallado con intrincados símbolos y emitiendo un aura siniestra. Reinhard y los demás lo vieron desde la ventana, y una sensación de peligro inmediato les recorrió el cuerpo.
—Eso no puede ser bueno… —dijo Dimerian con voz grave.
El líder susurró unas palabras casi inaudibles, y el artefacto comenzó a brillar con un fuego espectral de color verde que emanaba de sus ojos y su boca. En cuestión de segundos, la niebla empezó a disiparse, y los glifos protectores en el jardín se desmoronaron como si nunca hubieran existido.
—?Mierda! —exclamó Reinhard, con una mirada de desesperación latente.
Los encapuchados, ahora liberados, no perdieron tiempo y comenzaron a avanzar hacia la torre. Sus pasos eran firmes, y sus figuras parecían aún más intimidantes bajo la luz pálida del artefacto.
—??Qué hacemos ahora?! —gritó Elizabeth, buscando desesperadamente una solución.
—?Podríamos ganar tiempo y enviar una se?al de ayuda! —sugirió Juliana con apremio.
Sin embargo, cuando intentaron activar sus marcas mágicas, una inquietante reacción comenzó a ocurrir. La marca de la casa en sus manos tintineaba levemente, como si estuviera perdiendo su conexión. Incluso la marca del gremio parecía estar desvaneciéndose, debilitada por el extra?o artefacto.
—?Qué demonios está pasando? —preguntó Astrid, con sus ojos llenos de incredulidad.
De repente, todas las miradas se posaron en Reinhard. Una nueva marca dorada comenzó a brillar en su pecho, emergiendo con una intensidad que eclipsaba todo lo demás en la habitación.
—??Qué te ocurre?! —exclamó Cecilia, alarmada.
—??Por qué tienes otra marca?! —dijo Elizabeth, retrocediendo un paso.
El tiempo corría en su contra. Dimerian tomó posición frente a la puerta, alzó su espada, listo para interceptar a cualquier intruso que se atreviera a cruzar. Los golpes en la puerta se hicieron cada vez más fuertes, resonando en la sala como un macabro reloj de arena.
—?Reinhard, haz algo! —gritó Astrid, presa de la desesperación —?Di algo!
Reinhard respiraba de forma errática, sus ojos se fijaron en el suelo como si luchara con un dilema interno. Murmuraba para sí mismo, sus palabras apenas eran audibles.
—Debo… pero si lo hago… ellas…
—??Qué estás diciendo?! —insistió Astrid, acercándose a él y tomándolo por los hombros.
El líder de las sombras, al otro lado de la puerta, se reía con satisfacción mientras sus hombres se preparaban para derribarla.
—Ya casi… —murmuró con una sonrisa maliciosa —?Atrápenlos a todos!.
Reinhard apretó los dientes, su mente era un torbellino de pensamientos. Las marcas doradas en su pecho pulsaban con fuerza, como si estuvieran exigiéndole actuar.
—No puedo… no puedo dejar que esto termine aquí… —dijo finalmente, aunque su voz estaba cargada de duda y miedo.
La presión era insoportable. Reinhard apenas podía mantenerse en pie; la herida en su costado lo debilitaba con cada segundo, mientras el martilleo constante en la puerta anunciaba la inminente entrada de sus enemigos. Su visión comenzaba a desvanecerse, pero no podía permitirse desfallecer. Sin opciones claras, tomó una decisión arriesgada.
—?Todos! ?Al centro, rápido! —gritó con la voz rota.
Sin hacer preguntas, el grupo obedeció, moviéndose apresuradamente hacia el centro de la habitación.
—Quédense en el centro… no se salgan, pase lo que pase.
Reinhard, tambaleándose, comenzó a dibujar con sus manos el círculo mágico en el aire. La interferencia del artefacto del líder hacía que la magia fallara, y cada intento requería un esfuerzo titánico.
Finalmente, la puerta cedió con un estruendo, y los encapuchados irrumpieron en la sala como una ola oscura.
—?Ahora o nunca! —murmuró Reinhard, apretando los dientes.
En el instante exacto en que los enemigos se lanzaban hacia ellos, el círculo se activó con un destello cegador. Una luz envolvió a todos, llevándolos lejos del peligro… pero algo estaba mal.
El portal fallaba. El viaje, que normalmente era instantáneo, se transformó en una travesía interminable a través del cosmos llena de gritos. Sus cuerpos flotaban mientras sus mentes eran testigos de visiones inimaginables. Galaxias girando en espiral, mundos naciendo y muriendo, la explosión de una estrella moribunda, realidades paralelas fragmentándose ante sus ojos, y finalmente, en medio del caos primordial, divisaron una peque?a isla que parecía desafiar las leyes del universo.
—?Es ahí! ?Aterricen con cuidado! —gritó Reinhard, su voz resonaba como un eco en el vacío.
—??Cómo mierda aterrizamos?! —gritó Nhun, agitada y sin respuestas.
Reinhard no pudo contestar. Nunca había completado un viaje como ese. Su mente estaba tan desorientada como la del resto del grupo. El pánico se apoderó de ellos mientras caían a toda velocidad hacia la isla, sus gritos resonaban en el abismo como estrellas moribundas.
En cuestión de segundos, su descenso se convirtió en una caída libre. Como meteoritos, atravesaron la atmósfera del extra?o lugar y se estrellaron contra el suelo con estelas de luz que iluminaban el bosque oscuro.
—??Qué mierda fue eso?! —exclamó Nhun mientras se levantaba tambaleándose del cráter donde había caído.
—?Estamos vivos? ?Estamos vivos! —gritó Dimerian, emocionado por seguir respirando.
—?Dónde demonios estamos? ?Qué es este lugar? —preguntó Cecilia mientras examinaba el entorno con la mirada.
Astrid, todavía aturdida, fijó la vista en el horizonte. Allí, sobre una isla que flotaba en medio de un lago, se alzaba un castillo imponente, envuelto en una neblina mágica que parecía latir con energía antigua.
—Ese lugar es…
Pero no hubo tiempo para terminar la frase. Un destello de luz detrás de ellos los alertó de inmediato. Los perseguidores habían logrado seguirlos a través del portal.
—?Mierda, nos siguieron! —advirtió Juliana, asustada.
Reinhard, aún herido, tomó el liderazgo nuevamente.
—?Corran! ?Hacia el castillo en la isla! ?Es nuestra única oportunidad!
Sin dudarlo, el grupo comenzó a correr. Sus pisadas resonaron sobre el suelo púrpura, una superficie extra?a que parecía pulsar bajo sus pies. Aunque estaban asombrados por la belleza surrealista del lugar, el miedo a ser alcanzados los obligaba a avanzar sin mirar atrás.
Los árboles cercanos parecían moverse a su alrededor, y luces espectrales flotaban en el aire como si los observarán. Sin embargo, la estructura del castillo, con sus altas torres y muros cubiertos de runas, brillaba con un magnetismo que les daba esperanza.
—?Rápido! —gritó Reinhard, ignorando el dolor de su herida —?No se detengan!
La isla era peque?a, pero la distancia al castillo se sentía interminable mientras los encapuchados seguían acercándose, la tensión en el aire era palpable, casi irrespirable.
—?Reinhard! ?Dónde demonios estamos? —bramó Juliana, entre jadeos y con el miedo comenzando a aflorar.
—?No hay tiempo para explicaciones, solo corran! —respondió Reinhard, cargado de dolor mientras su mano temblorosa intentaba contener la sangre que manaba de su costado.
Nhun, visiblemente molesta, no pudo evitar replicar:
—?A este lo invadió el virus de Cáliban! ?A nadie le gusta dar malditas explicaciones!
El grupo estaba a punto de alcanzar el lago, donde el bosque terminaba y la esperanza de llegar al castillo renacía. Sin embargo, antes de que pudieran salir de los árboles, las sombras detrás de ellos se hicieron más densas. El grupo, jadeando por la carrera, apenas tuvo tiempo de procesar la llegada de la gigantesca figura que bloqueaba su camino con un poderoso impacto de su espada. Su entrada fue tan abrupta como devastadora. El suelo tembló, resquebrajándose bajo su peso, y el bramido que soltó hizo eco en todo el bosque. La criatura, un coloso de movimientos lentos pero amenazantes, sostenía una inmensa espada en su espalda que brillaba con una energía oscura. El grupo de encapuchados emergió lentamente, encabezados por su líder, cuya voz resonó con una mezcla de burla y satisfacción.
—Vaya… realmente me han hecho pasar un dolor de cabeza. —El hombre caminaba con calma hacia ellos, estudiando el entorno con curiosidad —Este lugar es precioso… jamás habría imaginado que ocultaban un pasaje como este en su gremio. Ingenioso, debo admitirlo.
El grupo no pudo resistir por mucho tiempo. En cuestión de segundos, fueron capturados y puestos de rodillas en el suelo. Las ataduras mágicas que los sujetaban les impedían moverse o activar cualquier habilidad.
—Tráeme al lagarto. —ordenó el líder, se?alando a Reinhard con una sonrisa siniestra.
El gigante avanzó lentamente, su pesada respiración parecía llenar el bosque. Con una sola mano, agarró a Reinhard por el cuello y lo levantó como si no pesara nada. Luego lo azotó contra el suelo con una fuerza brutal, arrancándole un gemido de dolor.
El líder se acercó con arrogancia, inclinándose frente a Reinhard, desenvainó su espada y la apoyó en su cuello.
—Muy bien… tú activaste el círculo. Ahora dime, ?Cómo se sale de aquí?
Reinhard mantuvo la mirada fija en el suelo y apretó la mandíbula, negándose a hablar. La paciencia del líder se agotó rápidamente, y hundió sus dedos en la herida del costado de Reinhard, quien gritó de dolor, incapaz de contenerlo.
—?Basta! ?Déjalo en paz! —gritó Dimerian, luchando contra sus ataduras en un intento desesperado por liberarse.
El líder giró la cabeza hacia él, y su sonrisa maliciosa se ensanchó.
—Vaya… parece que tenemos un valiente entre nosotros. —Su tono era burlón, pero sus ojos brillaban con una idea siniestra —?Tráiganlo!
Los partidarios arrastraron a Dimerian hasta colocarlo frente a Reinhard. El líder levantó su espada, el filo brillaba peligrosamente bajo la tenue luz del bosque.
—Te daré cinco segundos para pensar. —dijo de manera fría y calculadora —Si no me dices cómo salir de aquí, le cortaré la cabeza.
El líder comenzó a contar lentamente, y cada número caía como una losa sobre los hombros de todos. Reinhard y Dimerian se miraron a los ojos. Quería hablar, aunque solo fuera para ganar tiempo, pero la marca de juramento que protegía la información secreta del gremio se lo impedía.
El tiempo se agotaba. El líder alcanzó el último número, y Reinhard sintió el peso de la culpa aplastarlo. Una vez más, había fallado. Estaba a punto de ver a otro amigo morir.
—Bueno… supongo que es todo. —dijo el líder con una sonrisa cruel.
El brillo de la espada cegó momentáneamente a todos cuando descendió con fuerza hacia el cuello de Dimerian.

