El incesante martilleo resonaba en la forja como un eco de frustración y dedicación. Bardrim, el gran herrero, estaba trabajando con extremo cuidado en su más reciente intento de perfeccionar el anillo, buscando evitar los errores del pasado. Satisfecho con el resultado inicial, lo observó con un orgullo silencioso, hasta que la puerta se abrió y apareció Cáliban.
—Oh no, no, no. No arruinarás el anillo otra vez… este es perfecto. —Bardrim apartó rápidamente el anillo hacia un lado, como si estuviera protegiéndolo.
—Sí, claro, tan perfecto como el último. Dame eso… —respondió Cáliban, acercándose con aire despreocupado.
—?Sí, claro! Vienes aquí, arruinas mi trabajo, pero nunca me dices qué está mal…
Cáliban esbozó una ligera sonrisa, burlona y confiada.
—Esperaba que un maestro como tú supiera leer planos. Tal vez me equivoqué…
Bardrim desvió la mirada, mostrando una mezcla de orgullo herido y enojo. Con una sonrisa retadora, tomó los mismos planos que Cáliban le había proporcionado y los examinó de nuevo. Mientras tanto, la mirada de Cáliban se desvió hacia una vitrina cubierta de polvo y telara?as, donde descansaba un viejo martillo de guerra, una antigua herramienta en los días de combate. Intrigado, se acercó a la vitrina, provocando una reacción incómoda en el herrero.
—?Qué quieres ahora? Deja ese martillo en paz y mejor ayúdame con el maldito anillo…
—?Eras un guerrero? —preguntó Cáliban con genuina curiosidad.
—Eso no te incumbe, ni?o. Ahora… —Bardrim gru?ó, visiblemente molesto, intentando desviar el tema.
—Solo quería saber. —Cáliban alzó las manos en se?al de rendición —He compartido muchas cosas contigo, pero tú no conmigo. Solo quería tener una conversación normal… Pero, si no quieres, no te obligaré.
Dicho esto, Cáliban dio media vuelta y comenzó a alejarse del martillo, con su tono serio pero te?ido de burla.
—La razón por la que no puedes hacer un anillo decente es porque eres un experto. Es simple…
Sin darle tiempo para responder, Cáliban comenzó a dirigirse hacia la puerta, pero Bardrim lo interceptó, bloqueándole el paso con rapidez.
—??Qué mierda?! ?No irás a ninguna parte! ??Cómo es que ser un experto es un problema?! —bramó Bardrim, con gotas de saliva saliendo de su boca por la intensidad de su enojo.
Cáliban se limpió el rostro con calma, respirando profundamente mientras trataba de conservar la paciencia.
—Exactamente por eso no puedes. —Cáliban tomó el anillo y lo sostuvo frente al rostro del enano —Tu gran talento, tu vasta experiencia, y todo lo que has aprendido son precisamente los obstáculos.
—?Eso es una tontería! —rugió Bardrim —?He seguido al pie de la letra el maldito libro que me diste! Pero no logró el resultado. Tal vez es falso…
—No es falso. —Cáliban lo miró con un destello de firmeza en sus ojos —Lo que buscas es un mineral que pueda canalizar las tres energías al mismo tiempo. Pero cómo crees que es imposible, tu mente no está dispuesta a aceptar la solución más sencilla.
—?Porque es imposible! —gru?ó Bardrim, golpeando el yunque con frustración —?No existe tal mineral! He buscado y buscado, y no hay nada que funcione para eso.
Cáliban alzó el anillo frente a él y canalizó su energía triple, permitiendo que fluyera a través del material. Lentamente, como era de esperar, el anillo comenzó a desbordarse, emitiendo destellos antes de agrietarse y desmoronarse en sus manos.
—?Otro maldito anillo roto! ?Qué estás haciendo? —gru?ó Bardrim. Frustrado, golpeó el yunque con fuerza.
—?Deje de concentrarse en el anillo! —La voz firme y alta de Cáliban hizo que el enano detuviera sus quejas y lo mirara con atención —Concéntrese en el proceso. ?Qué es lo que nota?
Bardrim frunció el ce?o, dirigiendo su atención al lento proceso de destrucción del anillo. Observó con cuidado, pero inicialmente no vio nada destacable.
—Solo se está destrozando… —respondió, casi irritado.
—Sí, ?Por qué?
—Porque no hay material que pueda soportar esa cantidad de energía simultánea. Para eso necesitaríamos mithril o…
—No. —lo interrumpió, tajante pero lleno de paciencia —Observe más detalladamente. Deje a un lado sus a?os de experiencia y piense como un joven herrero que apenas aprendió el oficio hoy. Mire el anillo cuando se está destrozando. ?Qué ves?
Bardrim respiró profundamente, tratando de dejar a un lado su orgullo y examinar con nuevos ojos. Esta vez, notó algo diferente. Las runas grabadas en el anillo emitían chispas justo antes de romperse. Era una reacción interesante, casi como si estuvieran activándose por un instante.
—Si el mineral no tuviera la capacidad de transmitir la energía… —reflexionó Bardrim en voz alta —entonces las runas no se encenderían. Ni siquiera se activarían. Pero sí lo hacen…
Cáliban asintió, viendo que el herrero comenzaba a entender.
—Eso es algo básico. —Bardrim continuó, su mente conectaba las piezas poco a poco —Cuando los canales no son lo suficientemente estables, se opta por hacerlos más grandes…
Una ligera sonrisa apareció en el rostro de Cáliban.
—Pero el material fino no permitirá incrementar el tama?o… —continuó Bardrim, cada vez más convencido de su idea —Entonces, habría que a?adir más.
La chispa de inspiración brilló en los ojos del herrero, quien se dirigió rápidamente hacia sus materiales, tomando todo lo necesario para forjar un nuevo anillo. Su determinación lo llevó a trabajar con rapidez, y en menos de una hora había completado un nuevo intento.
Le entregó el anillo a Cáliban para que lo probara. Este lo sostuvo con cuidado, dejando que su energía fluyera nuevamente. El anillo se rompió una vez más, pero esta vez Bardrim no gritó ni mostró frustración. Se quedó en silencio, observando el resultado con atención, buscando la clave en el proceso.
Algo en su memoria comenzó a encajar. Recordó el libro que Cáliban le había dado, específicamente una sección que mencionaba un error común en este tipo de forja. Corrió a su escritorio y comenzó a hojear frenéticamente las páginas, sus ojos saltaron de una línea a otra mientras absorbía la información.
Con una nueva teoría en mente, regresó a la forja. Esta vez, el proceso fue largo y lleno de fallos. Una y otra vez el anillo se rompía, pero Bardrim no se desesperó. Su martillo resonó incansablemente contra el metal, y su determinación permaneció intacta.
Cáliban lo observaba desde un rincón, siguiendo cada movimiento con ojos atentos. No intervenía, dejando que Bardrim cometiera errores y aprendiera de ellos.
?Eso es… equivócate. Sal de tu zona de confort y explora posibilidades que antes no habías considerado…?
El ritmo constante del martillo llenó la sala con una sinfonía de esfuerzo y perseverancia mientras Bardrim trabajaba incansablemente hacia un nuevo descubrimiento.
La noche comenzaba a te?ir el cielo de tonos oscuros mientras el atardecer se desvanecía en un susurro. Entre gru?idos y golpes constantes, Bardrim finalmente alzó un anillo recién forjado. Su estructura era tosca, mal equilibrada en apariencia, pero funcionalidad era lo único que buscaba, no estética.
Cáliban tomó el anillo con calma y, como había hecho tantas veces antes, canalizó sus energías a través de él. Bardrim, con los ojos fijos en el objeto, no se permitió perder ningún detalle. Su mente ya anticipaba el momento en que el anillo se quebraría nuevamente. Sin embargo, esta vez no ocurrió.
Las luces danzaron alrededor del anillo, fluyendo con armonía y sin signos de falla. Bardrim dejó escapar un largo suspiro de alivio, finalmente sintiendo que un peso enorme se desvanecía de sus hombros.
—Ah… pensé que se rompería. —admitió, respirando hondo. Luego, tras un breve silencio, a?adió con una sonrisa cansada —Bueno, supongo que ahora…
Miró el rostro de Cáliban, quien permanecía en silencio, con una ligera sonrisa en los labios. El herrero, algo incómodo, se rascó la nuca mientras buscaba algo que decir.
—Bueno, supongo que los planos son reales, je… —dijo con torpeza, intentando llenar el vacío. Cáliban alzó las cejas, expectante. —Bueno, ?Qué esperas que diga? ?Qué es lo que quieres de mí?
Cáliban bajó el anillo y respondió con una firmeza tranquila:
—Quiero al mejor herrero del mundo.
Bardrim soltó una carcajada llena de orgullo, golpeándose el pecho.
—?Ni?o! Estás tratando con uno de los más grandes del continente.
—Sí, pero no con el mejor… —replicó Cáliban, cruzando los brazos.
El herrero no supo cómo responder a esa declaración. El silencio lo envolvió mientras Cáliban, con una mirada tranquila, se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.
—Espera… yo… —la voz de Bardrim se quebró ligeramente, llamando la atención de Cáliban. Se rascó la nuca, visiblemente incómodo, antes de continuar: —Necesito esto. Tienes razón. No he podido hacer nada bueno en muchos a?os. Lo único que me queda es mi fama… pero durante mucho tiempo pensé que ya no tenía la fuerza para volver a forjar algo decente.
Cáliban, sin girarse, permaneció en silencio. Sabía lo que era sentirse atrapado en la inutilidad, aferrarse a la única cosa que aún parecía tener valor, incluso cuando uno mismo se sentía vacío por dentro.
—Muchos expertos… —comenzó a hablar con calma —deciden pasar todo su tiempo ignorando la respuesta más sencilla. Se niegan a salir de su zona de confort, a cuestionarse y aprender. Porque, al cuestionar sus conocimientos, temen admitir que tal vez no han aprendido nada… que su experiencia ha sido en vano.
Alzó el anillo hacia la luz, mostrando su aspecto áspero y rudo.
—No es que no supieras el error, sino que te negabas a verlo. Culpabas al mineral, a su incapacidad de resistir las energías. ?Por qué?
Bardrim desvió la mirada, avergonzado.
—Porque estabas convencido de que tenías razón… al menos, hasta que decidiste que no la tenías y exploraste otras posibilidades.
El enano apretó los pu?os, pero su voz se suavizó al responder:
—Bueno… solo hice lo que decía el libro cuando fallaba…
—"Equivócate mil veces y podrás mejorar mil veces". Eso fue lo que mi her… —Cáliban se aclaró la garganta antes de corregirse —Maestra, dijo una vez. Pero, si le tienes miedo al fracaso, poco puedo hacer por ti.
Bardrim se rascó la barba, meditando las palabras. Luego, con un suspiro, tomó el anillo recién forjado y lo dejó sobre la mesa.
—Bueno, ya es tarde. Agradezco la guía, pero dime, ?A qué has venido realmente? Dudo mucho que sea simplemente para darme clases…
Cáliban sacó una hoja delgada, doblada de manera perfecta, y la extendió frente a Bardrim. Al notar los planos, el herrero se inclinó instintivamente para examinarlos, pero Cáliban, con un movimiento rápido, los retiró de su alcance.
—Sabes… este es un proyecto muy importante, y me gustaría trabajar con un gran herrero. ?Ese eres tú?
—Ni?o, ya te dije que soy-
—No quiero al más grande herrero de este continente. Quiero a uno en el que pueda confiar para avanzar. —La mirada de Cáliban se endureció —?Ese eres tú, herrero Bardrim?
Bardrim se quedó mirando las hojas en las manos de Cáliban. Sus ojos se encontraron, y el herrero intentó intimidar al joven con su presencia, proyectando su aura para imponer respeto. Sin embargo, la calma imperturbable de Cáliban lo desarmó. Finalmente, Bardrim suspiró, consciente de que ya no tenía recursos para evadir la conversación.
—Estamos atados por un contrato. Has venido durante meses, pidiendo lo que quieras. He sido paciente. Te he dado los materiales que has pedido, ?Incluso rechacé un pedido de la bruja por ti! ?Qué más quieres que haga para demostrar mi confianza? —gru?ó, irritado.
Cáliban dio un paso al frente, sosteniendo los planos firmemente.
—Este proyecto es diferente. Es más grande, más peligroso, más difícil. Puede que incluso atraiga nuevos enemigos hacia ti. —Su tono era serio y pesado —Tu vida no volverá a ser tranquila. Créeme, no sé qué te hizo abandonar el martillo de guerra, pero si aceptas ver estos planos, tendrás que volverlo a tomar… aun a rega?adientes. ?Comprendes? Esa es la magnitud de lo que te estoy pidiendo. Lamentablemente, no habrá vuelta atrás.
Las palabras resonaron en la forja mientras Bardrim, con el rostro sombrío, se llevó una mano a los labios, reflexionando. Sus pensamientos lo llevaron hacia la vitrina donde descansaba su viejo martillo, un arma que deseaba no volver a empu?ar.
—?Cuáles son mis opciones? —preguntó sin girarse, con su voz apagada.
—Aceptas y seguimos trabajando juntos, con todo lo malo que ya te mencioné. O rechazas mi petición y nuestra relación de negocios termina aquí. —Cáliban mantuvo un tono firme, sin dejar lugar para dudas —Puedes estar tranquilo, no te quitaré lo que ya te he dado.
Bardrim lo observó con detenimiento, buscando algo en el rostro de Cáliban, alguna se?al que le diera claridad. Pero solo encontró una fría mirada que parecía examinar directamente su alma.
El herrero deslizó una mano hacia el bolsillo de su mandil, donde sus dedos rozaron un peque?o frasco de medicina que había llegado a necesitar para mantenerse en pie. Una mezcla de miedo y orgullo luchaba en su interior.
Bardrim se quedó en silencio, mirando hacia abajo mientras reflexionaba. La idea de "vivir" ya no se ajustaba a lo que hacía cada día. Estar detrás del mostrador, día tras día, sin esperar nada, sin emociones ni problemas, era tranquilo, sí, pero también terriblemente aburrido. Miró sus manos y luego el martillo guardado en la vitrina, que parecía llamarlo con un susurro casi imperceptible. Sin embargo, se negó a escucharlo.
Finalmente, después de un largo silencio incómodo, habló:
—Quiero participar.
Cáliban levantó la mirada, curioso por lo que iba a decir.
—Pero tengo una condición… —Bardrim continuó, con el peso de una decisión difícil en su voz —No usaré mi martillo una vez más. Ya no es cuestión de gusto o de terquedad. No puedo… ya no puedo pelear.
—?Estás seguro? ?Incluso si van tras tu vida?
—Cuando alguien quiera matarme, me preocuparé por ello cuando pase.
Cáliban asintió.
—Eso es suficiente para mí.
Sin más preámbulos, desplegó los planos y se los mostró a Bardrim. Esta vez, el herrero no reaccionó con las quejas o el escepticismo habituales. En cambio, se quedó sin aliento. Un profundo silencio llenó la sala mientras Bardrim observaba los planos con una expresión completamente perpleja.
—Ni?o… esto es… esto es muy diferente… esto es… woah…
—Entonces… ?Participarás? —preguntó con un tono persuasivo.
—?Por supuesto que sí! ?No me dejarás fuera de esto! —exclamó Bardrim con una euforia inusual, claramente entusiasmado por el desafío que tenía ante él.
—Bueno… —Cáliban suspiró, relajándose un poco —Ahora que esto quedó claro, hay algunas cosas que me gustaría comentarte sobre la situación actual de la academia.
Ambos se sentaron en la oficina del herrero, con Bardrim disfrutando de una cerveza mientras Cáliban permanecía serio, aunque con un vaso de agua frente a él.
—Así que… esos malditos locos con toga están detrás de tus amigas… —murmuró Bardrim, frunciendo el ce?o mientras procesaba la información que Cáliban le acababa de revelar.
—Sí. Si logran hacerles algo, estaremos perdidos. Hay demasiados infiltrados en el distrito Hilloy. Estamos haciendo todo lo posible por mantenerlo seguro, pero es complicado… no sabemos en quién confiar. Por eso estamos reclutando a gente en la que podamos confiar. Lamentablemente, tú eres uno de ellos. —Cáliban a?adió esto último con sarcasmo, aunque una ligera sonrisa curvaba sus labios.
—Ah… bastardo. —Bardrim se?aló a Cáliban con un dedo, sonriendo mientras tomaba un sorbo de su cerveza —Bueno, seré tu aliado. Pero antes de eso…
El herrero le sirvió un vaso de agua a Cáliban, quien aceptó el gesto con una ligera inclinación de cabeza. Bardrim, apoyándose cómodamente en su silla, dejó caer una pregunta casual.
—?Un retornado?
Cáliban, que estaba en medio de un sorbo, tosió ligeramente, sorprendido por la pregunta. Sus ojos se fijaron en el herrero, quien lo miraba con una sonrisa pícara, como si hubiera puesto una trampa intencionalmente.
Cáliban se limpió los labios con calma, pero su mirada estaba llena de incredulidad.
—?De qué hablas? —preguntó Cáliban con cautela, tratando de descifrar las intenciones del herrero.
—?Ja! No intentes jugar conmigo. Ya sé tu peque?o secretito… sobre ti y tu maestra… —respondió Bardrim, con una sonrisa que mezclaba picardía y orgullo.
—?Mi… maestra? —repitió Cáliban, en un tono pausado, claramente desconcertado.
Stolen content warning: this tale belongs on Royal Road. Report any occurrences elsewhere.
??Mi secreto? No es posible, estoy seguro de que no le he dicho nada…?
El leve nerviosismo de Cáliban no pasó desapercibido para Bardrim, quien asintió con firmeza mientras meneaba su tarro de cerveza con aire relajado.
—Tranquilo… yo soy igual que tú. —Se jactó con naturalidad, dando otro sorbo. —Ambos somos iguales, no hay nada que temer.
—Sé más específico… —El tono de Cáliban se volvió cauteloso, alerta ante una posible revelación conflictiva.
—Tu maestra… ella no era de aquí, ?O sí? Lo supe en el momento en que te vi forjar. Su aspecto, su técnica… no era algo común. Por lo que me dice, ella era un retornado.
Cáliban frunció el ce?o, su mente buscaba conexiones que confirmaran o desmintieran lo que Bardrim decía. Este, por su parte, sonrió con tranquilidad, como si disfrutara de la reacción.
—Tranquilo, mi maestro también era uno. —El herrero dejó caer la revelación con casualidad, como quien cuenta una anécdota sin importancia —Decía venir de un lugar llamado Murim o algo así. Nunca le conté a nadie, pero veo que tú también conociste a alguien como él.
—Espera, espera, espera… —Cáliban levantó las palmas, tratando de procesar lo que acababa de escuchar —?Estás diciéndome que hay otros?
—Bueno… sí. —Bardrim encogió los hombros, despreocupado —No sé con certeza si hay muchos más o si apenas son unos pocos, pero considerando todas esas historias de héroes que vienen y van, no me parece tan raro.
Cáliban se inclinó hacia adelante, su interés fue completamente capturado.
—?Por favor! ?Cuéntame tu historia! —exclamó, colocando las manos sobre la mesa mientras lo encaraba con una intensidad que Bardrim no había visto antes.
El herrero arqueó una ceja, sorprendido por el súbito entusiasmo del joven. A pesar de ello, una chispa de interés lo llevó a relatar su experiencia.
—Bueno… no hay mucho que decir. Cuando era joven conocí a un hombre. Ya era bastante viejo, pero… vio en mí algo, no sé qué. ?Talento quizá? —Bardrim alzó los hombros —Sea lo que sea, lo vi forjar con una técnica que jamás había visto.
El enano cerró los ojos, sumido en sus recuerdos.
—Las ascuas que generaba su martillo, sin una pizca de energía… cada golpe que llenaba de una fuerza abrumadora el yunque… la precisión en cada movimiento, el extremo cuidado en moldear el mineral como si fuera una extensión de su propia voluntad… era… hermoso.
Abrió los ojos lentamente, su mirada parecía perdida en el pasado.
—Fui su alumno. Y cuando falleció, me dijo que venía de un lugar llamado Murim. Según su historia, un día murió allá… y despertó aquí. ?Qué tan creíble suena eso? —Sonrió levemente, tomando otro sorbo de su tarro mientras la cerveza formaba burbujas que caían sobre su barba.
Cáliban permaneció en silencio, procesando lo que había escuchado. Sus pensamientos eran un torbellino, pero sus palabras fueron sencillas:
—Quizá… más creíble de lo que imaginas.
Cáliban estaba sorprendido, pero no lo dejó ver. En su experiencia, había conocido seres con la capacidad de trascender planos y dimensiones, ya fuera mediante formas naturales o adquiridas. Los Exteriores, entidades que habitaban fuera de la percepción mortal, eran un ejemplo de ello. Sin embargo, también existían mortales que, de forma intencional o accidental, lograban desarrollar esas capacidades.
En su pasado, cuando aún tenía todo su poder, Cáliban había aprendido a trasladar su alma y mente a cuerpos específicos en otras dimensiones, evitando llevar consigo su cuerpo real, como le había ordenado encarecidamente su maestro. Las razones de esta restricción eran claras. Un cuerpo real atravesando planos podía provocar desequilibrios catastróficos.
Durante sus misiones, había cruzado caminos con viajeros extraordinarios. Omniromantes, capaces de viajar entre sue?os y cruzar a través de la delgada fibra de la realidad. Regresores, quienes encarnaban cuerpos en tiempos pasados, reescribiendo la historia. Reencarnados, sus contrapartes, que tomaban forma en tiempos futuros.
Sin embargo, ninguno de ellos podía compararse con la Encarnación, un proceso que permitía pasar todo el ser, alma, mente y esencia, a un nuevo cuerpo en cualquier lugar y tiempo. Este era el caso de Cáliban, un poder raro y peligroso que solo unos pocos podían dominar por completo. A menudo, aquellos que poseían esta capacidad no eran conscientes de ella, utilizándola únicamente en momentos críticos, como al borde de la muerte o mediante un catalizador externo.
Bardrim escuchó atentamente mientras Cáliban le explicaba los conceptos.
—Entonces… dices que mi maestro fue uno de esos viajeros. —comentó Bardrim, entrecerrando los ojos.
—Imagino que sí… —respondió, dando un sorbo de agua.
—?De dónde era tu maestra? —preguntó Bardrim, sintiendo que quizás estaba siendo demasiado curioso, aunque no podía evitarlo. Quizás era la bebida, o tal vez se trataba de una conexión genuina con alguien que entendía su experiencia.
Cáliban se reclinó en su silla, meditando la respuesta antes de hablar.
—No lo conoces. —dijo finalmente —Pero imagina un lugar lleno de calor y ceniza volcánica… monta?as de fuego rugiendo en todas direcciones… lluvia de ceniza y llamas cayendo por doquier… roca ardiente alzándose por donde mires.
Bardrim dejó escapar una carcajada.
—?Ja! Suena a mi hogar… esa maldita pocilga de lava y fuego. —Sonrió mientras remojaba sus labios en la bebida una vez más —Ya ni siquiera recuerdo la última vez que estuve en Duvengard. —Hizo una pausa, disfrutando del sabor dulce de su cerveza antes de continuar —?Cómo se llamaba su hogar?
—Muspelheim… —respondió Cáliban, después de un breve silencio reflexivo —Ella nació allí, en ese nido de lava. Era ruda, fuerte… y amable cuando lo consideraba necesario. Claro, su sola presencia llenaba de miedo a todos, pero era perfecta así…
Bardrim se recostó más cómodamente en su silla, colocando los pies sobre el escritorio, mientras terminaba su tarro.
—Entonces… ?A quién nos enfrentamos? —preguntó, sin perder su tono casual —?Quién está detrás de todas estas locuras?
Cáliban lo miró fijamente, dejando caer un nombre que llenó el aire de tensión.
—Berenice Montgard.
Bardrim escupió su bebida violentamente, tosiendo sin parar mientras trataba de calmarse. La noticia de que Berenice Montgard estaba involucrada lo había golpeado más fuerte de lo esperado, especialmente considerando su pasado y los negocios que compartieron en algún momento.
—?Estás seguro? Una declaración como esa es…
—Es cierto. —La voz de Lord Xander interrumpió desde la entrada. Sin pedir permiso, tomó asiento, con su expresión cargada de certeza —Yo mismo lo confirmé esta ma?ana.
Hizo una pausa antes de a?adir, con una sonrisa tenue:
—Por cierto, Lidia terminó la formación. No es por presumir, pero hizo un trabajo excelente.
Bardrim, todavía sacudido por la noticia, soltó una carcajada áspera mientras intentaba volver a su estado habitual.
—?Vaya! ?La peque?a ya puede andar con soltura? Imagino que el mocoso aquí tuvo algo que ver. —Dijo con un gesto hacia Cáliban, aunque su tono era más ligero que su estado de ánimo.
—Bueno, este “mocoso” tiene que irse. —Cáliban se levantó de su asiento, preparándose para salir, pero no sin antes dejar unas palabras claras —Ma?ana iniciaremos el proceso al amanecer. Lo más temprano posible.
Lord Xander asintió en silencio mientras Cáliban salía de la sala, dejándolos a él y a Bardrim compartiendo la bebida en un ambiente más relajado.
—Bueno… supongo que has pasado por mucho. ?Quieres que nos pongamos al día? —preguntó Bardrim mientras llenaba los tarros nuevamente —Se nota que necesitas algo fuerte.
Lord Xander suspiró, su rostro mostraba el peso de sus preocupaciones.
—No tienes ni idea…
Ambos se sumergieron en conversación, compartiendo historias y reflexiones sobre lo que les esperaba, mientras el alcohol suavizaba las asperezas de sus preocupaciones.
Cáliban caminaba por la fría noche, su mente estaba fija en los próximos pasos del plan. Sin embargo, la inquietud de su compa?ero, Ocelotl, no tardó en manifestarse. La figura etérea emergió a su lado, su presencia proyectó una sombra ligera bajo la tenue luz de las estrellas.
—Se?or… no me gusta entrometerme en sus asuntos, pero… —comenzó Ocelotl, con un tono preocupado —?No cree que permitir que otros sepan sus secretos es una desventaja? Incluso con la marca, existe la posibilidad de ser… nuevamente traicionado.
Cáliban no apartó la mirada de su camino, pero la verdad en las palabras de Ocelotl no pasó desapercibida.
—Entiendo tu preocupación. —respondió con calma —Tranquilo, no hay nada que temer. Si alguno de ellos intenta traicionarme… les borraré la memoria con la marca.
Ocelotl asintió lentamente, pero su inquietud persistió.
—?Y en cuanto a la ascensión? —preguntó, cargado de cautela.
Cáliban detuvo su andar, su mirada se fijó en la oscuridad frente a él mientras reflexionaba sobre la puerta divina que debía cruzar si deseaba regresar a los planos superiores.
—Aún falta mucho para eso… —admitió, con una nota de melancolía en su voz —El plan sigue siendo el mismo. Solo Joseph me acompa?ará. Los demás… a su debido tiempo, haré que olviden todo.
Ocelotl inclinó levemente la cabeza, aceptando la respuesta.
—Ya veo… si es así, no lo molestaré más.
Con un leve movimiento, Ocelotl se desvaneció en la penumbra, dejando a Cáliban solo con sus pensamientos mientras avanzaba hacia la mansión. Su determinación era fuerte, pero el peso de las decisiones que había tomado y las que estaban por venir parecía hacerse cada vez más pesado.
Un aire cargado de energía recorrió la sala mientras Alec emergía del estanque carmesí. Había alcanzado el séptimo nivel, y su poder irradiaba de manera palpable, levantando polvo y haciendo vibrar el aire a su alrededor.
—?Felicidades por tu ascensión, querido! —exclamó Berenice, llena de una felicidad casi teatral.
Se acercó lentamente, evaluando cada detalle del cuerpo desnudo de Alec con ojos llenos de interés y una sonrisa coqueta.
—Vaya… realmente eres especial. —susurró, dejando que su voz envolviera el momento.
—?Ahora qué sigue? —preguntó Alec, directo y sin rodeos, de manera densa y firme.
—Primero… deberás vestirte. Luego te asignaremos una misión especial. Créeme, la disfrutarás.
Un grupo de cultistas se acercó rápidamente, cubriendo a Alec con un manto blanco y guiándolo por los oscuros pasillos hacia una recámara especialmente preparada para él. Mientras se alejaban, Berenice observó detenidamente su espalda, mientras una sonrisa calculadora aparecía en sus labios.
La atención de Berenice fue interrumpida por la llegada del líder de los Sacerdotes, quien entró en la sala con pasos resueltos.
—?El muchacho ya salió del estanque? —preguntó con voz firme.
—Sí, se acaba de ir. —Berenice suspiró, mostrando un leve cansancio —En cuanto al Soberano, sigue dentro de la piscina. Esperemos que no tarde mucho; todos los preparativos están listos…
El líder de los Sacerdotes posó una mano en su hombro, cargado de una certeza casi fanática.
—Tenga fe, hermana. Purificaremos a los impuros y traeremos la paz bajo la luz de la Gran Madre.
Berenice asintió, su mirada se llenó de un brillo ferviente.
—Así será, hermano.
Guiado hasta su cuarto, Alec se despidió cortésmente de las asistentes que lo habían acompa?ado, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto de agradecimiento. Una vez solo en el pasillo, abrió la puerta de su recámara.
El ambiente era sobrio, con un aire pesado pero refinado. Sin embargo, lo que captó su atención inmediatamente fue la cama, donde descansaba una caja de madera con una nota encima.
—“Siéntete libre de usarlo”… —leyó en voz baja, mientras abría con cuidado el cerrojo de la caja.
En su interior, encontró un conjunto elegante, claramente dise?ado para alguien de su nuevo estatus. El atuendo no era muy diferente al que usaba para trabajar o patrullar, pero los detalles marcaban una gran diferencia. Intrincados bordados violetas adornaban los bordes, simbolizando su recién adquirida posición y poder.
Antes de vestirse, Alec levantó la mirada hacia el espejo. Sus ojos, ahora de un intenso brillo púrpura, lo observaban con una intensidad casi hipnótica. Incluso su cabello había adoptado un tono púrpura profundo, completando su transformación.
—Ah… sigo cubierto de sangre. Debo tomar un ba?o… —murmuró, notando cómo la sangre seca cubría su piel.
Por suerte, el cuarto estaba equipado con una ba?era que parecía haber sido preparada específicamente para él. Con un suspiro de alivio, se sumergió en el agua caliente, dejando que la sensación relajante lo envolviera.
Mientras el vapor llenaba el cuarto, Alec cerró los ojos y comenzó a reflexionar, sus pensamientos giraban en torno a su decisión y las consecuencias de esta. Sus labios se movieron apenas, dejando escapar un susurro al aire cargado de humedad.
—Glandeir…
El nombre resonó en la soledad de la habitación, trayendo consigo una mezcla de recuerdos y emociones que ahora pesaban en su interior.
Una peque?a guía brillante se manifestó sobre el agua mientras Alec estaba sumergido en la ba?era. Su luz, antes dorada, ahora era de un púrpura oscuro que iluminaba tenuemente las paredes, llenando la habitación con un aire místico.
—Maestro… ?Cómo se siente? —preguntó la figura luminosa con voz amable, su tono resonó como un eco en la estancia.
—Ah… me alegro de que estés bien. Estoy bien, ?Y tú? —respondió Alec, mirándolo con un leve destello de aprecio en sus ojos.
—Me siento libre. —Había satisfacción en su tono —Me siento lleno de poder, como si pudiera hacerlo todo. Con su poder actual, creo que podría aplastar con un solo pu?o a esa sabandija oscura.
Alec rió entre dientes, sosteniendo la peque?a presencia luminosa entre sus manos con suavidad.
—Lo haremos… —dijo con una determinación sombría —Le daremos una mano a todos los abandonados… y castigaremos a los corruptos.
En ese momento, una voz suave pero imponente se manifestó en su mente. Era la Madre, la entidad que ahora compartía su cuerpo. Sus palabras no necesitaban ser pronunciadas; su presencia llenaba el alma de Alec con una mezcla de poder y propósito.
Al amanecer, Alec se adentró en las instalaciones de investigación. Sin embargo, su suerte no fue buena. La primera persona con la que se encontró fue Loana en el vestíbulo.
—?Alec! ?Dónde demonios has estado? Te hemos estado… —Las palabras de Loana se desvanecieron en cuanto vio el nuevo aspecto de Alec —Tú… ?Qué te hiciste en el cabello?
—No importa. —La cortó con frialdad, sin molestarse en explicar —Tengo asuntos que atender. Nos vemos luego.
Loana quedó perpleja. Aunque decidió no darle mayor importancia en ese momento, no pudo evitar sentirse inquieta mientras lo observaba subir las escaleras con paso firme.
En el segundo piso, Lendar lo interceptó, agitando sus orejas con alegría al verlo.
—?Se?or! ?Me alegra que esté bien! Lo hemos estado buscando. No teníamos noticias sobre usted y… ?Qué le pasó a su cabello?
—Está bien, Lend. —Alec levantó la mano, interrumpiéndolo con calma —Tenemos que hablar. Quiero que reúnas a todos los miembros del Batallón. Es urgente.
Sacó una nota de su bolsillo, entregándosela a Lendar con apurancia. La dirección indicada estaba escrita con trazos claros y precisos.
—Vayan aquí lo antes posible. No tarden.
Lendar, aunque estupefacto por el comportamiento más frío y directo de Alec, no perdió tiempo. Asintió rápidamente y se marchó para cumplir la orden.
El Batallón estaba reunido fuera de un edificio viejo y en ruinas. La madera parecía estar al borde de colapsar, y las telara?as cubrían cada esquina, albergando peque?as alima?as que se movían en la penumbra.
—Lendar, ?Sabes qué quiere el capitán? —preguntó uno de los integrantes del grupo, mirando el edificio con desconfianza.
—Temo que no… —respondió Lendar, apretando los labios —Pero si dice que es importante, debemos obedecer.
El grupo se adentró en la vieja casa, sus pasos resonaron sobre el suelo crujiente. El aire estaba cargado de polvo, y la oscuridad envolvía cada rincón, haciéndolos avanzar con precaución. De repente, una luz brillante se encendió en el centro de la gran sala, iluminando a Alec, quien estaba de pie bajo el resplandor.
—Me alegra que hayan venido… —dijo con voz solemne, mientras su mirada intensa se posaba en cada uno de ellos —Por favor, acérquense.
El grupo avanzó lentamente, cautelosos pero intrigados, mientras el aura de Alec parecía llenar la habitación con un peso palpable.
—Se?or, ?Qué es todo esto? —preguntó uno de los miembros, con una leve inquietud.
—Ah, calma. Se los contaré en un momento… —respondió Alec, alzando una mano para tranquilizarlos.
Con un gesto, les indicó que se adentrarán más en la sala, guiándolos hacia el centro. Una segunda luz se encendió sobre una mesa en la que descansaban documentos llenos de información prohibida sobre la organización. Alec los alentó a leerlos.
El contenido de los textos dejó a todos anonadados. Las palabras escritas en esas páginas eran perturbadoras, revelaciones que desmontaban las creencias que habían defendido durante tanto tiempo. El aire se llenó de murmullos y comentarios de incredulidad, mientras los miembros intercambiaban miradas tensas.
Lendar fue el primero en dar un paso adelante, su voz reflejó una mezcla de confusión y preocupación.
—?Capitán! ?Desde cuándo tenía esto? Esto es…
—Lo sé, Lendar. —Alec lo interrumpió, con un tono que mezclaba seriedad y algo de resignación —Entiendo tu duda. Yo también la tuve. Pero ahora… estoy despierto.
El ambiente en la sala cambió. Diferentes auras comenzaron a surgir de los presentes, cargadas de emociones confusas. Ira, miedo, incertidumbre. Alec comenzó a caminar lentamente alrededor del grupo, buscando calmarlos con su presencia y sus palabras.
—Hemos estado peleando durante mucho tiempo. Hemos arriesgado nuestras vidas, ??Pero qué hemos obtenido a cambio?! Nada más que secretos y abandono. —Alec hizo una pausa, dejando que sus palabras resonaran en la mente de sus compa?eros —Amigos míos, ustedes me siguieron a sangrientas batallas para defender a los inocentes. Les pido que lo hagan una vez más. Abandonemos esta organización y busquemos un nuevo rumbo. Las pruebas están ahí… podemos cambiar el mundo.
En un instante, la sala se llenó de figuras que los rodearon, esperando órdenes de Alec. Uno de los soldados alzó la voz desde la multitud, cargado de escepticismo.
—?De lado de esos malditos cultistas que han estado tratando de matarnos?
Alec giró hacia él, su expresión era tranquila pero firme.
—Entiendo tu preocupación. Pero ellos no son los cultistas que amenazan la academia. De hecho, ellos han intentado salvarla de los verdaderos enemigos. Por eso me uní, y por eso les pido que vengan conmigo… por favor.
Alec extendió su mano, esperando una respuesta positiva de aquellos en los que había confiado durante tanto tiempo.
El primer movimiento vino de Sandra, quien sorprendió a todos al arrodillarse frente a Alec.
—Te seguí antes y te seguiré ahora, mi se?or… —dijo con voz decidida, su cabeza se inclinaba en se?al de respeto.
Los murmullos se detuvieron mientras los demás observaban su acto. El siguiente en avanzar fue Lendar, quien se acercó con cautela, reflejando la lucha interna que llevaba consigo.
—Se?or… Alec… ?Estás seguro de que esto es lo correcto?
Alec asintió, con una determinación visible en su rostro, incluso si dentro de él persistían dudas silenciosas. Sus ojos se encontraron con los de Lendar, quien buscó alguna fisura, alguna duda. Sin encontrar ninguna.
Con un suspiro, Lendar alzó una mano y la colocó sobre el hombro de Alec.
—Tú me apoyaste cuando nadie lo hizo… ahora es mi turno.
—Gracias, amigo mío.
Ambos dieron un paso atrás, colocándose a su lado como un gesto de apoyo incondicional.
Alec levantó la mirada una vez más, dirigiéndose al resto del grupo con una mezcla de esperanza y urgencia.
—Por favor… —dijo, su voz quebró el silencio de la sala.
A pesar de la súplica de Alec, ninguno de los miembros restantes dio un paso adelante. Sus rostros reflejaban miedo, dudas y una terquedad alimentada por a?os de lealtad a la organización. Alec, con el corazón pesado, cerró los ojos y giró sobre sus pies. Subió lentamente las escaleras hacia el piso superior, dejando atrás a los que una vez fueron sus compa?eros.
—Vengan conmigo… —dijo, sin mirar atrás.
Lendar, siguiendo de cerca, rompió el silencio con una pregunta cargada de inquietud:
—?Qué les sucederá a ellos?
Alec no dudó al responder, aunque su tono era gélido y distante:
—No puedo dejar testigos. Les di la opción. Si prefieren morir por una causa perdida, entonces… no hay nada que pueda hacer.
Se detuvo un momento para susurrarle a uno de los encapuchados que lo esperaba en las escaleras.
—Que sea rápido e indoloro.
Lendar bajó la mirada, incapaz de responder. Mientras subían los escalones, los sonidos de espadas desenvainadas, golpes secos y gritos de dolor comenzaron a llenar el aire. Aunque el rostro de Lendar no reflejaba emoción, sus ojos estaban vidriosos. No podía culparlos por no seguir a Alec; las mentiras de la organización se habían derrumbado frente a ellos, pero morir por sus creencias era, al menos, algo que podía entender.
Alec, por su parte, mantenía la mirada fija en el pasillo oscuro al que se dirigía. Sacó un artefacto de comunicación de su bolsillo, activándolo con un toque. Una proyección del rostro de Berenice apareció frente a él, ba?ada en una tenue luz púrpura que rompía la penumbra.
—Está hecho… —dijo Alec con una voz cargada de contención.
Berenice lo miró con una mezcla de compasión y orgullo.
—Lo lamento, querido. Desearía que hubieran podido compartir tu visión del mundo, pero sin estas decisiones, temo que no podríamos avanzar.
—Está bien… —respondió Alec, aunque su tono denotaba un esfuerzo por mantener su compostura —?Qué sigue?
La expresión de Berenice se iluminó con una leve sonrisa, y su tono adquirió un aire misterioso.
—Oh, se te ha asignado una misión… una muy importante. El Soberano tuvo una visión de la Madre antes de que fueras elegido. Hay un individuo poseído por un demonio malvado que se interpone en nuestros planes.
Alec frunció el ce?o ligeramente, con la mirada fija en la proyección.
—?Quién es? Me aseguraré de eliminarlo.
Berenice lo observó, con un brillo peculiar en los ojos antes de responder.
—Lo sé muy bien, querido… el objetivo de tu misión es alguien a quien conoces demasiado bien. —El silencio se volvió tenso mientras Alec esperaba, conteniendo la respiración.
Finalmente, Berenice pronunció el nombre que hizo que su corazón se detuviera por un instante.
—Tu objetivo es Mickael Cáliban. Tienes que eliminarlo.
Alec se quedó inmóvil, procesando las palabras. Una mezcla de emociones cruzó su rostro. Sorpresa, amargura, y finalmente… una inquietante calma. Cerró el dispositivo de comunicación, cortando la conexión.
Por grotesco que pudiera parecer, una peque?a sonrisa se dibujó en su rostro mientras sus pensamientos convergían en la misión que ahora le había sido encomendada.
—Cáliban… —murmuró, como si saboreara el nombre con gozo mientras se apartaba en la oscuridad.

