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Capítulo 90: Es mi culpa…

  —Crecimos juntos… nos enamoramos… nos casamos… —su voz comenzó a temblar, y sus ojos se llenaron de lágrimas que luchaba por contener. Cecilia, incapaz de evitarlo, también sintió que sus propios ojos se llenaban.

  —No solo en una vida, sino en cientos… —Cáliban continuó, cargado de una mezcla de amor y dolor que parecía desgarrarlo —Te he amado en cada vida que tuve. Siempre eres tú.

  Cecilia apenas podía contener una sonrisa triste, aunque su corazón dolía al verlo luchar contra sus emociones.

  —Y te he perdido en cada una de ellas…

  Sus palabras la golpearon como un pu?al. La sonrisa de Cecilia tembló, desmoronándose mientras una lágrima silenciosa caía por su mejilla.

  —Todas y cada una de esas vidas… se han esfumado ante mis ojos. —murmuró Cáliban.

  El peso de sus palabras llenó el aire, aplastando cualquier intento de respuesta. Cecilia no sabía qué decir, su mente y su corazón luchaban por procesar lo que acababa de escuchar.

  Finalmente, se acercó a él. No para hablar, sino para tomar su mano con delicadeza. No había palabras que pudieran aliviar el dolor que él llevaba consigo, pero en ese gesto simple y sincero, trató de transmitirle algo de consuelo.

  —Pero eso no es… —intentó decir Cecilia, temblando bajo el peso de las palabras de Cáliban.

  —Es mi culpa. —la interrumpió él, quebrado por la tristeza —Es mía y de nadie más…

  Suspiró, intentando liberar el dolor que parecía quemar dentro de su pecho. Sus ojos, usualmente duros e imperturbables, estaban empa?ados por la sinceridad de un alma atormentada.

  —Un alma superior como la mía no puede habitar un cuerpo prestado. Es antinatural. El universo… es cruel. —Sus palabras se volvieron un susurro cargado de resignación —Y cuando sabe que no puede meterse contigo, encuentra otra forma… te quita lo que más amas, una y otra vez, hasta que aprendes la lección.

  Cecilia sintió un nudo en la garganta. Las palabras la golpearon como un torrente de emociones, cada una llevándola más cerca de comprender el peso que él cargaba. Sus ojos, cargados de honestidad, no necesitaban explicación.

  —Intenté de todo para salvarte… —continuó, con su voz entrecortada —Amarte, odiarte, apartarte de mí, acercarme, luchar, perder, ganar, morir…—Cecilia apenas podía contener el aliento mientras lo escuchaba —Pero sin importar lo que hiciera, nunca logró salvarte… y temo que esta vez no será diferente.

  Ella no pudo soportarlo más. Tomó su mano con fuerza, acercándose lo suficiente para que él pudiera sentir su calidez.

  —?Por qué me dices esto…? —preguntó, con la voz rota por las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos.

  Cáliban guardó silencio por unos segundos, buscando en lo más profundo de su ser la fuerza para hablar.

  —Porque ya lo intenté todo para protegerte… —confesó finalmente —Tanto, que esto es lo único que nunca hice… decirte la verdad.

  Cecilia lo miró con los labios entreabiertos, incapaz de procesar lo que oía.

  —Porque, por más torpe y débil que sea mi mentalidad, todavía quiero creer… que hay esperanza. Que esta vez podría ser diferente… que esta vez podría salvarte.

  Su voz tembló, pero sus ojos no dejaron de mirarla.

  —Por eso quiero que prometas algo.

  Cáliban levantó una mano, rozando la mejilla de Cecilia con una ternura que contrastaba con el peso de sus palabras. Ella no apartó la mirada, aunque sus ojos estaban llenos de tristeza.

  —Prométeme que te alejarás de mí… —cada palabra arrancaba un pedazo de su alma —Prométeme que, en cuanto termine este a?o, abandonarás la academia y volverás con tu padre. prométeme que harás lo posible… para que nuestros caminos no se junten jamás…

  Cecilia negó lentamente con la cabeza, pero él continuó, quebrándose poco a poco.

  —Si te quedas aquí, morirás… y no podré hacer nada para evitarlo.

  Su tono, aunque contenido, no pudo ocultar del todo la tristeza que lo invadía. Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Cecilia, perdiéndose en el suelo como gotas de lluvia sobre la arena.

  —Tienes que hacerlo… tienes que irte y no mirar atrás. —Cáliban levantó para arrodillarse frente a ella, sosteniendo sus manos con desesperación —Por favor…

  Cecilia intentó responder, pero sus palabras quedaron atrapadas en su garganta. Las lágrimas se desbordaron mientras intentaba encontrar algo, cualquier cosa, que pudiera convencerlo.

  —No… no puedo, no después de todo esto… —ella murmuró entre sollozos.

  Cáliban bajó la cabeza, apretando sus manos con fuerza.

  —Hazlo… por favor, hazlo… no me hagas perderte otra vez…

  Finalmente, su propio control se rompió, y el llanto que había contenido durante tanto tiempo salió a borbotones. Su voz, rota y cargada de angustia, llenó la habitación como un eco desgarrador.

  Antes de que pudiera decir algo más, Cecilia lo tomó por el rostro y lo besó. Fue un beso lento, cargado de amor y dolor, como si quisiera transmitirle todo lo que las palabras no podían. Lo rodeó con sus brazos, abrazándolo con toda la fuerza que tenía, como si el contacto pudiera sostenerlo en la realidad.

  —No… —murmuró ella contra sus labios, sus lágrimas cayeron juntas, mezclándose entre ambos —No lo haré… no esta vez.

  Cecilia apoyó su frente contra la de Cáliban, cerrando los ojos mientras dejaba que él sintiera su calor.

  —No te dejaré solo de nuevo… —dijo con firmeza, su voz ahora estaba llena de resolución —No importa lo que pase, no me iré.

  Cáliban la miró, en sus ojos podía verse un mar lleno de amor profundo y un dolor infinito.

  —Eres un caso perdido… —murmuró con una sonrisa rota, antes de cerrar los ojos, permitiendo que, por un breve instante, el consuelo de Cecilia llenará el vacío en su corazón.

  Ambos permanecieron en silencio, aferrados el uno al otro en la inmensidad de su dolor y amor, como si el tiempo se hubiera detenido para ellos. En ese momento, no existía el universo, ni las leyes crueles que los habían separado una y otra vez. Solo estaban ellos, juntos, luchando por no perderse una vez más.

  —Cecilia, tú no eres… —murmuró Cáliban, cargado de un peso que parecía demasiado para sus hombros.

  —Sé que no soy ninguna de ellas. —lo interrumpió Cecilia con suavidad, inclinándose para que sus ojos se encontraran —Sean cuales sean sus nombres, lo que hayan significado para ti… no soy ellas.

  Sus palabras eran firmes, pero llenas de ternura.

  —Pero soy yo ahora, aquí, contigo. Y no voy a dejarte solo. No esta vez.

  Cáliban cerró los ojos, apretó sus labios mientras las palabras de Cecilia se hundían profundamente en su corazón.

  —Hablaste conmigo, me encontraste… me contaste tus preocupaciones, tu dolor. Aun si morí muchas veces antes, no importa. Encontrarte fue lo mejor que me ha pasado… y no pienso, ni quiero, renunciar a ti. Aun si tuviera que morir ma?ana, preferiría hacerlo antes que dejarte solo.

  Cáliban dejó escapar una risa amarga, conmovido y agotado al mismo tiempo.

  —Nunca puedo hacerte cambiar de opinión… —murmuró con una sonrisa torcida —Qué dolor de cabeza eres…

  Antes de que pudiera decir algo más, Cecilia lo silenció con un beso, un gesto dulce pero lleno de determinación. Se dejaron envolver en aquel momento tranquilo, alejados por completo de las tensiones del mundo exterior.

  La conversación continuó, ligera y cálida, mientras Cáliban se recostaba en el regazo de Cecilia. Ella jugaba con su largo cabello casta?o, trenzándolo en peque?as hebras mientras le contaba historias de su infancia, de mundos lejanos, de sus viajes y experiencias. Las lágrimas que habían marcado sus rostros momentos antes habían desaparecido, reemplazadas por risas suaves que llenaban la habitación de una paz inesperada.

  En ese instante, no había universo, ni leyes crueles, ni destinos inevitables. Solo eran ellos, compartiendo una chispa de felicidad en medio de la tormenta.

  Lamentablemente, la puerta se abrió de golpe, rompiendo la tranquilidad como un trueno inesperado.

  —?Mocoso! —gritó Bardrim, con su rostro enrojecido por la furia y sosteniendo unas pinzas aún calientes —?Llevamos una hora esperándote! ?Deja de coquetear y ven a ayudarme con los planos!

  Cecilia no pudo evitar soltar una risita mientras Cáliban suspiraba, llevándose una mano al rostro.

  —Siempre tan temperamental… —murmuró, levantándose con calma y sacudiéndose el polvo de la ropa.

  Bardrim, tan rápido como había llegado, cerró la puerta con un fuerte azote, volviendo a su forja mientras seguía murmurando maldiciones.

  —Lo siento… —dijo Cáliban, dirigiendo una mirada apenada a Cecilia mientras se ponía de pie —Tengo que volver al trabajo.

  Cecilia lo detuvo suavemente, tomándolo por la mano antes de regalarle un beso dulce en los labios y un abrazo cálido que pareció borrar toda la tensión de su cuerpo.

  —Está bien. —respondió ella con una sonrisa serena —Lo entiendo. Pero te prometo que podremos superar esto. Solo… no pierdas la esperanza.

  Se despidió con un beso en la mejilla, su toque suave dejó una sensación de calidez incluso cuando se alejó hacia la puerta. Caminó con calma por el pasillo, dejando atrás el taller, mientras Cáliban la observaba desaparecer.

  Una leve sonrisa apareció en sus labios, breve pero sincera. Luego, respiró hondo y dirigió su atención a los planos sobre la mesa, listo para unirse a Bardrim en la forja.

  En su mente, las palabras de Cecilia resonaban como un mantra.

  ?"No pierdas la esperanza."?

  Al mismo tiempo, en el distrito Delion.

  La maestra Meeris alzó sus manos, y de sus movimientos surgieron delicados chorros de agua que comenzaron a danzar en círculos alrededor de los estudiantes. Las gotas flotaban en el aire como peque?as perlas, reflejando la luz y llenando la sala con un brillo cálido.

  —Sientan la energía vital de su espíritu. —dijo con una voz calmada que resonaba en cada rincón de la sala —Traten de conectar con lo más profundo de su ser. Eso aumentará la afinidad con su espíritu, desbloqueando su potencial oculto.

  Su tono gentil tenía un efecto tranquilizador, ayudando a los estudiantes a sumergirse en la meditación. La sala se llenó de silencio, roto sólo por la suave resonancia del agua moviéndose a su alrededor.

  Sin embargo, Meeris pronto detectó una anomalía. A su derecha, un joven estudiante permanecía sentado en una postura impecable, con una respiración lenta y una expresión aparentemente concentrada. Pero algo en su aura la hizo dudar.

  Con un leve movimiento de su dedo, formó una mano de agua cristalina que descendió sobre él con rapidez, golpeando suavemente su cabeza.

  —Joven Sephir, dormir en clase está prohibido… —dijo con un tono firme pero juguetón.

  El sobresalto de Joseph fue evidente. Pesta?eó rápidamente, mirando a su alrededor mientras las risas de los demás estudiantes llenaban la sala. Su rostro se encendió de vergüenza, pero trató de ocultarlo con una sonrisa incómoda. Sin decir palabra, se levantó y caminó hacia una esquina donde tenía una peque?a toalla. Era algo que traía a menudo, ya que no era la primera vez que ocurría algo así.

  La clase continuó sin interrupciones, y al finalizar, mientras los estudiantes se dispersaban, Meeris llamó a Joseph.

  —Joseph, quédate un momento.

  él se detuvo, visiblemente incómodo, pero obedeció. Mientras los demás salían, Meeris lo observó desde su escritorio, su mirada suave se cargó de preocupación. Analizando cada parte de su demacrada persona.

  —?Cómo está Adelina? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.

  —Está bien… —respondió Joseph con un tono reservado, evitando entrar en detalles.

  Meeris suspiró y se recostó en su silla, cruzando las manos sobre el escritorio.

  —Escucha… eres un buen estudiante, Joseph. No sé por lo que estás pasando, pero sea lo que sea, deberías detenerlo antes de que sea demasiado tarde. Tienes un futuro prometedor. No dejes que esto te consuma.

  Las palabras de la profesora lo golpearon con más fuerza de la que esperaba. Joseph asintió lentamente, incapaz de encontrar una respuesta adecuada.

  Meeris desvió su atención a las otras tres figuras femeninas que esperaban detrás de él. Juliana, Astrid y Elizabeth. Las jóvenes se mantuvieron en silencio, observando a la profesora con cierta esperanza reflejada en sus rostros.

  —En cuanto a ustedes… —comenzó Meeris —Lamento informarles que, a pesar de los esfuerzos del centro de investigación, seguimos sin comprender completamente la naturaleza de sus espíritus.

  Sacó varios documentos impresos y los deslizó por el escritorio hacia las chicas.

  —Hemos confirmado que, en efecto, poseen un espíritu. Pero más allá de eso… nada. Ninguna de las pruebas ha dado pistas sobre su origen o naturaleza. Lo siento mucho.

  Astrid tomó los papeles con cuidado, leyendo cada línea con detenimiento. Su rostro permanecía sereno, pero sus ojos reflejaban una leve frustración. La mayoría de las casillas estaban marcadas con la palabra "Desconocido", una respuesta que ya temía encontrar.

  Sin embargo, las palabras de Cáliban resonaron en su mente como un faro en la oscuridad:

  ?"Algunos espíritus no son visibles si su portador tiene un espíritu débil. No deberían desesperarse. Con el tiempo, cuando maduren, podrán invocarlos naturalmente. Hasta entonces, entrenen."?

  Con esas palabras en mente, Astrid guardó los documentos en su bolso y sonrió ligeramente.

  —Gracias por los detalles, profesora. —dijo, inclinando la cabeza con cortesía.

  Juliana y Elizabeth la imitaron, agradeciendo antes de salir por la puerta.

  Meeris observó cómo las tres chicas se retiraban juntas, su comportamiento amistoso era evidente, incluso siendo de razas y antecedentes tan distintos. Una sonrisa enigmática se formó en su rostro mientras las observaba desaparecer por el pasillo.

  Las chicas divisaron a Joseph caminando por el pasillo. Sus pasos eran torpes, y su cuerpo se tambaleaba ligeramente como si estuviera a punto de desplomarse. Aunque la preocupación se reflejaba en sus rostros, decidieron no intervenir de inmediato. Sabían que, a veces, lo mejor era darle espacio.

  —Mierda… qué dolor de cabeza. —murmuró Joseph mientras se sobaba la frente. Notaba una intensa temperatura en su cuerpo, como si estuviera ardiendo desde adentro —?Tendré fiebre?

  Una risa amarga, cargada de dolor, resonó a su alrededor.

  —La fiebre es el menor de tus problemas… —dijo una voz joven y áspera, como un eco desgarrado que parecía provenir de todas partes.

  Joseph se detuvo en seco, sus ojos recorrieron el pasillo vacío que se extendía infinitamente frente a él. La atmósfera se volvió opresiva, y el aire parecía cargado de algo que no podía identificar.

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  —Otra vez tú… —murmuró, dejando escapar un suspiro cansado. Sabía exactamente lo que estaba por venir, y no tenía fuerzas para enfrentarlo.

  —No puedes librarte de mí, Joseph… o más bien, de nosotros…

  Delante de él, una figura comenzó a materializarse lentamente, arrastrándose por el suelo con movimientos espasmódicos. Era él mismo, pero más joven, un ni?o con los ojos brillando con una maldad antinatural. A su alrededor, figuras grises y demacradas emergieron del vacío. Eran las sombras de su familia, alzándose como marionetas siniestras.

  Los quejidos y aullidos de dolor llenaron el pasillo, desgarrando el silencio con su horror. Entre los gritos, el sollozo de su peque?a hermana se hizo eco en sus oídos, clavándose como agujas en su mente.

  Joseph, incapaz de soportar la visión, cerró los ojos con fuerza y se tapó los oídos, temblando violentamente mientras repetía para sí mismo:

  —No eres real, no eres real, no eres real…

  Pero la presencia no desaparecía. El miedo se apoderó de él, acelerando los latidos de su corazón hasta el punto de sentirlos retumbar en su pecho. Su respiración se volvió pesada, errática, hasta que era lo único que podía oír.

  De repente, una mano tocó su espalda. Joseph se sobresaltó, girándose con los ojos desorbitados, preparado para enfrentar lo peor.

  —?Oye, oye! Tranquilízate… ?Estás bien? —preguntó Juliana, alarmada por su estado.

  Joseph intentó recomponerse, tomando aire con dificultad mientras intentaba aparentar normalidad.

  —Sí… sí, lo estoy… —respondió con un ligero titubeo, evitando su mirada.

  —No, no lo estás, Joseph… deberías… —comenzó a decir Elizabeth, intentando acercarse a él con suavidad.

  —?No! ?Estoy bien! —gritó, interrumpiéndola con brusquedad.

  Con un movimiento repentino, se dio la vuelta y comenzó a caminar rápidamente, alejándose de ellas. Juliana y Elizabeth intercambiaron miradas de preocupación mientras lo observaban desaparecer por el pasillo.

  —?Crees que pueda pelear así ma?ana? —preguntó Juliana, cargada de duda y tratando de mantener sus esperanzas al mínimo.

  Astrid, que había permanecido en silencio, cruzó los brazos mientras observaba el lugar donde Joseph había estado, notando peque?as manchas de sangre en el suelo.

  —Con suerte… al menos podrá dormir hoy. —Su voz sonaba neutral, pero sus ojos traicionaban la preocupación que trataba de ocultar.

  En otro lugar, lejos de los pasillos de la academia, el aire era pesado y la tierra estaba te?ida de sangre. En una árida llanura, el sonido de golpes retumbaba, quebrando el suelo con una intensidad abrumadora.

  Un enorme búfalo de dos cabezas corría desenfrenado, sus pezu?as levantaban nubes de polvo mientras intentaba desesperadamente salvar su vida. Su pelaje estaba manchado con heridas abiertas, y un rastro de sangre seguía su camino.

  —?No vas a escapar! —exclamó Similia, alzando las manos mientras su espíritu respondía a su llamado —?Carrera de espinas!

  Un brillo verde recorrió el suelo, extendiéndose en líneas intrincadas que parecían dibujar una red viva. Al instante, raíces gruesas y cubiertas de afiladas espinas surgieron de la tierra, retorciéndose como serpientes mientras se lanzaban hacia el enorme búfalo de dos cabezas. Las raíces se enroscaron alrededor de sus patas, tensándose con fuerza para detenerlo.

  El búfalo gru?ó, resistiendo el agarre con una fuerza brutal. Su cuerpo temblaba mientras a cada paso rompía algunas de las espinas, arrancándolas como si fueran simples ramas.

  —?Apresúrate, bola de pelos! —gritó Similia, sus manos temblaban mientras trataba de mantener el hechizo activo —?No podré sujetarlo por mucho tiempo!

  Desde las alturas, Argos se lanzó con precisión, sus garras negras se extendieron hacia el lomo de la bestia.

  —?Ya te escuché! —gru?ó, mientras impactaba contra el animal con una fuerza devastadora.

  Sus garras se hundieron profundamente en la carne del búfalo, provocando un rugido de dolor que resonó en la llanura. Alrededor de sus manos comenzó a manifestarse un aura oscura, destellando con luces sombrías que se arremolinaban como una tormenta contenida.

  Argos bajó al suelo con agilidad, flexionando sus piernas antes de impulsarse hacia adelante con una velocidad sobrehumana. Cada paso rompía la tierra, dejando marcas profundas en el suelo seco.

  —?Ahora caerás!

  Con movimientos coordinados, Argos lanzó una serie de cortes precisos, golpeando los puntos débiles de la criatura. La sangre brotó en todas direcciones mientras el búfalo, herido de muerte, daba sus últimos pasos tambaleantes antes de colapsar con un rugido final.

  Argos rugió hacia el cielo, su grito estaba lleno de euforia y hambre. Sin perder tiempo, se lanzó sobre la presa, desgarrando la carne con sus afilados colmillos y devorando cada trozo con una ferocidad salvaje.

  Similia observaba la escena desde una distancia segura, frunciendo el ce?o con evidente disgusto.

  —Ugh… odio verte comer así. —dijo, apartándose mientras hacía una mueca de repugnancia.

  Dejando atrás a Argos, caminó hacia Catherine, que estaba sentada sobre un tronco partido. La Oreade tenía un libro abierto sobre su regazo, sus ojos blancos como la nieve estaban enfocados en las páginas.

  —Hmm… no, así no lo hizo él… era algo más como… —murmuraba Catherine, intentando replicar un hechizo que había visto en Cáliban durante el entrenamiento.

  El maná flotaba en su mano, formando patrones inestables mientras ella lo manipulaba con cuidado. Pero tras varios intentos fallidos, el hechizo explotó de manera inesperada, provocando un destello que la hizo retroceder y soltar un leve grito de susto.

  —Ah… no hay nada parecido a esto en los libros… —refunfu?ó, cerrando el tomo con un suspiro frustrado —?Dónde demonios aprendió eso?

  Similia, curiosa, se acercó y se sentó junto a ella, con una sonrisa divertida.

  —?Sigues intentando eso? Ya te lo dije, eso no es posible. La magia no puede moverse de esa manera…

  Catherine giró la cabeza hacia ella, sus ojos se posaron sobre ella, serios y llenos de determinación.

  —?Y cómo explicas que el líder pudo hacerlo? —refutó, sin perder el hilo de su razonamiento.

  Similia vaciló, balbuceando mientras intentaba dar una respuesta convincente, pero no logró encontrarla.

  —Ah… bueno… —se rindió finalmente, encogiéndose de hombros —Como sea, ma?ana es el día del enfrentamiento. ?Estás lista?

  Catherine cerró los ojos por un momento, dejando que el viento acariciará su cabello blanco. Finalmente, dejó escapar un leve suspiro y asintió.

  —Tan lista como se puede estar…

  Similia sonrió levemente y le dio un leve empujón en el hombro, un gesto amistoso que Catherine respondió con una mirada de complicidad. A pesar de las tensiones del día siguiente, ambas se permitieron un momento de calma, sentadas juntas bajo el cielo.

  En la distancia, el sonido de Argos devorando su presa seguía siendo audible, pero las dos decidieron ignorarlo. Para ellas, el día ya había terminado. Lo que importaba ahora era lo que les esperaba ma?ana.

  Aun así, Catherine observó con atención los peque?os gestos nerviosos de Similia. Aunque su rostro se mantenía estoico, el leve temblor en sus dedos y la manera en que apretaba su falda delataban su miedo por el evento de ma?ana. Sin embargo, el orgullo de Similia no le permitía mostrar abiertamente sus debilidades.

  —Guarda tu nobleza para las personas que no te conozcan, florecita… —comentó Catherine con una sonrisa burlona, intentando aligerar el ambiente.

  Similia se sonrojó al instante, fulminándola con la mirada.

  —?Soy una noble! —exclamó con las mejillas encendidas, cruzándose de brazos en un gesto infantil que no hacía más que alimentar la diversión de Catherine.

  Catherine abrió la boca para responder, pero su tono cambió de inmediato al recordar algo importante.

  —Por cierto… —dijo con calma, con su mirada fría y fija en el horizonte —?No se supone que Argos iba a-?

  Una explosión la interrumpió antes de que pudiera terminar la frase.

  El suelo tembló violentamente bajo sus pies, y un poderoso impacto las lanzó a ambas por los aires. El viento levantó densas nubes de polvo y suciedad, cubriendo la llanura en un marrón opaco que dificultaba la visión.

  —??Qué demonios fue eso?! —gritó Similia mientras aterrizaba con un golpe en el suelo, rodando unos metros antes de detenerse.

  En medio del caos, un rugido feroz atravesó el aire, reverberando como un trueno en la distancia.

  —Argos… —murmuró Catherine, entrecerrando los ojos para intentar discernir la silueta que emergía entre las nubes de polvo.

  El aura de Argos había cambiado drásticamente. Una energía densa y abrumadora se elevaba de su cuerpo, envolviéndolo en un halo de poder que hacía que el aire a su alrededor pareciera temblar.

  —Un avance… —murmuró Similia, todavía en el suelo mientras se sujetaba el costado —Está avanzando de nivel…

  Sin perder tiempo, Catherine extendió las palmas hacia adelante y conjuró un muro de hielo sólido. Las gruesas placas se alzaron rápidamente, bloqueando los vientos violentos que emanaban de Argos mientras completaba su transformación.

  Cuando el polvo finalmente comenzó a asentarse, Argos apareció con una sonrisa de oreja a oreja, sus colmillos brillaron bajo la tenue luz del día.

  —?Finalmente! —rugió con orgullo, cargado de euforia —?Después de un a?o de entrenamiento, he alcanzado el aura de cuatro estrellas!

  Extendió los brazos hacia los cielos, como si desafiara al mundo entero.

  —?Caballeros o ese engreído de Cáliban! ?Todos caerán bajo mi mano!

  Pero antes de que pudiera continuar con su discurso triunfal, una esquirla de hielo cortó el aire y lo impactó directamente en la nuca.

  —?Agh! —gritó Argos, llevándose una mano a la cabeza mientras giraba para enfrentar a la responsable —??Qué te sucede, Cathe?!

  Catherine avanzó hacia él con pasos firmes y su mirada gélida como su magia.

  —Lo mismo debería preguntarte yo. —dijo con una furia silenciosa que parecía cortar el aire —Casi nos hieres por tu imprudencia.

  Argos intentó replicar, pero Catherine continuó, su tono se volvió aún más severo.

  —Además, ?Realmente crees que nuestros oponentes caerán fácilmente? Estamos hablando de tropas entrenadas bajo el régimen de una de los Tres Sabios, los máximos exponentes del poder y la sabiduría en todo el continente.

  Argos se quedó en silencio, sorprendido por la intensidad de sus palabras.

  —Y no olvides que esa persona fue la maestra de nuestras madres… —agregó Catherine, ahora más controlada pero no menos seria —?De verdad crees que alguien así será un oponente sencillo?

  El golpe de realidad cayó con fuerza sobre Argos, apagando la euforia de su avance. Similia, que había estado limpiando el polvo de su ropa, asintió mientras se acercaba.

  —Cathe tiene razón. —dijo, cruzándose de brazos —Este combate no es solo un enfrentamiento cualquiera. Será decisivo para nuestras carreras.

  Hizo una pausa, recordando las palabras de Cáliban durante uno de sus entrenamientos.

  ?“Aun si pierden, háganlo sin traer vergüenza a sus casas… o a sus linajes.”?

  Las palabras resonaron en el aire, y los tres sintieron el peso de la responsabilidad que cargaban.

  Argos se rascó la nuca, desviando la mirada. Aunque no lo decía, el golpe emocional había dejado una marca. él también estaba nervioso. Toda la academia asistiría al evento de ma?ana, observando a los futuros reyes enfrentarse a la élite militar de la organización más grande del continente.

  —Lo sé, lo sé… no quería molestarte. —gru?ó Argos, cruzando los brazos y apartando la mirada juzgadora de Catherine. Su tono era una mezcla de resignación y picardía, como si disfrutara incomodándola.

  —Como sea, volvamos a la mansión. Tengo que terminar mis tareas o no tendré vacaciones este a?o… —a?adió con un suspiro teatral, comenzando a caminar hacia la salida.

  Los tres se pusieron en marcha, dejando atrás el paisaje destrozado por el entrenamiento.

  —Por cierto, Milia… —dijo Argos, girándose hacia ella con una sonrisa inocente —?Me dejarías copiar tu tarea?

  Similia se detuvo en seco, sus ojos se clavaron en él con una mezcla de incredulidad y exasperación.

  —Realmente, tienes más pelo que cerebro… —gru?ó, pero no pudo evitar que una sonrisa ligera cruzara su rostro mientras acariciaba la melena desordenada de Argos. Esté, lejos de molestarse, cerró los ojos y disfrutó del gesto como si fuera un gato complacido.

  Mientras tanto, en la Casa de los Especiales, Cecilia llegaba de su visita al Emporio. Había faltado a clases para hablar con Cáliban, y la conversación aún resonaba en su mente, llenándola de una alegría difícil de ocultar. Caminaba con peque?os brincos, tarareando una melodía alegre que acompa?aba sus movimientos armoniosos.

  —Nos conocimos antes… —susurró para sí misma con una sonrisa que iluminaba su rostro —Hemos sido amantes… por tanto tiempo… je, je, je…

  Su mente estaba atrapada en una fantasía dulce, y su sonrisa era incontrolable, hasta que una voz familiar la trajo bruscamente de vuelta a la realidad.

  —Bueno, parece que alguien está de buen humor…

  Cecilia soltó un grito, dando un salto hacia atrás. Su burbuja de ensue?o se rompió cruelmente al ver a Nhun sentada cómodamente en el sofá, con un libro entre las manos.

  —?Nhun! P-Pensé que estabas en clase… —dijo con un tono nervioso, sus manos temblaban ligeramente mientras trataba de recomponerse.

  —Me salté las clases hoy. —respondió Nhun sin apartar la vista del libro, con un tono despreocupado —No estoy de humor para soportar las estupideces del profesor Aasmir. Aunque parece que tú sí…

  Cerró el libro por un momento, alzando una ceja mientras la miraba con curiosidad.

  —?Dónde estabas?

  —?Yo? Pff… no, yo solo… solo estuve por ahí… —dijo Cecilia con una sonrisa forzada, moviendo las manos como si intentara restarle importancia.

  —Ajá… —respondió Nhun, claramente escéptica. Pero no insistió y volvió a abrir su libro, cubriendo su rostro con las páginas. —Bueno, como sea, igual te sacaré la verdad después. Por cierto, tu padre te envió un paquete. Lo dejé afuera de tu cuarto.

  Cecilia parpadeó, desconcertada. No esperaba ningún paquete de su padre, y la intriga comenzó a crecer en su mente. Sin decir nada, subió rápidamente las escaleras, curiosa por descubrir de qué se trataba.

  Frente a su puerta, encontró una peque?a caja de madera. Había una nota pegada en la tapa que decía:

  —"Asegúrate de abrirlo en privado." ?Qué le pasa a papá? —murmuró para sí misma, frunciendo el ce?o.

  Sin pensar demasiado en ello, tomó la caja y entró en su habitación. Cerró la puerta tras de sí y dejó la caja sobre la cama. Pero antes de abrirla, algo en el espejo llamó su atención.

  Su corazón se hundió al ver una hebra blanca que comenzaba a aparecer en las puntas de su cabello oscuro.

  —No otra vez… —susurró con resignación.

  Tomó unas tijeras del escritorio y comenzó a cortar cuidadosamente las puntas. Había adoptado esta rutina desde peque?a, ya que cada cierto tiempo su cabello se tornaba blanco desde las puntas hacia arriba. Nadie sabía exactamente por qué sucedía, ni siquiera su padre, y ella prefería evitar preguntas innecesarias manteniéndolo corto.

  Cuando terminó, miró su reflejo, asegurándose de que las hebras blancas hubieran desaparecido por completo. Solo entonces regresó su atención a la caja.

  La levantó con cuidado y, al moverla, notó que había otra nota pegada en la parte inferior. La despegó y la dejó a un lado, pensando que podría ser una carta de su padre.

  Finalmente, con cierta ansiedad, abrió la tapa de la caja.

  Al mismo tiempo. Bajo las criptas ocultas del Gorrión Dorado, Alec observaba a su nuevo equipo mientras trazaban un plan en la penumbra. Los destellos de antorchas danzaban en las paredes, iluminando apenas los rostros tensos de los presentes.

  —Se nos ha asignado una misión importante… —comenzó Alec con un tono firme, resonando en el eco de la cripta —La Sacerdotisa quiere que eliminemos a Mika'el Cáliban. No podemos permitir que su corrupción se siga expandiendo por la academia.

  Lendar, con los brazos cruzados, intentó cuestionar las palabras de Alec.

  —?Por qué piensas eso? —dijo, cargado de escepticismo —?Te dijeron algo en concreto?

  Alec entrecerró los ojos, su expresión era sombría.

  —Aparentemente… —respondió, su voz se tornó más baja pero cargada de tensión —Un demonio muy poderoso ha poseído el cuerpo muerto de Cáliban.

  El silencio cayó sobre la sala como una losa. Incluso los más incrédulos no podían ignorar la gravedad de esa declaración.

  —Si queremos que el plan tenga éxito… —continuó Alec, dejando que sus palabras flotaran en el aire —debemos asesinarlo.

  —?Cómo? —interrumpió Sandra, apoyando ambas manos sobre la mesa central —Hemos enviado asesinos durante semanas, y ninguno ha regresado con vida. Ni siquiera sabemos a qué nos enfrentamos realmente.

  Lendar frunció el ce?o. Aunque aún guardaba cierto rencor hacia Sandra por haber sido una espía en el pasado, sabía que no era el momento para esos resentimientos. Ahora compartían grupo nuevamente, y esa prioridad era lo único que importaba.

  —Si lo que ella dice es cierto… —dijo Lendar tras un largo suspiro —Entonces, ?Cómo nos acercaremos a él?

  Alec giró lentamente sobre sus talones, su mirada se fijó en el portal que los ingenieros arcanos estaban reconstruyendo al fondo de la cripta. Las runas grabadas en la piedra brillaban con una intensidad creciente mientras trabajaban.

  —Ese demonio es astuto… podrá anticiparse a cualquier trampa que intentemos ponerle. Pero… —una sonrisa gélida cruzó su rostro —sus marionetas no.

  Lendar se levantó, acercándose cautelosamente al lado de Alec.

  —?Qué tienes en mente? —preguntó en un susurro.

  Alec no respondió de inmediato. Sus ojos brillaron con una intensidad inquietante, y una energía extra?a parecía envolverlo. Finalmente, habló, con su voz baja pero cargada de una malicia calculada.

  —Ayer… un invitado distinguido llegó a nuestras puertas. Gracias a esa visita, me di cuenta de que la mejor manera de llegar a él es…

  El rostro de Lendar cambió al escuchar el plan. La sorpresa y el desconcierto se reflejaron en sus ojos.

  —?Estás… seguro de esto? —murmuró, incapaz de procesar la frialdad estratégica detrás de la idea.

  Alec lo miró de reojo, y por un momento, Lendar lo supo. No era Alec quien sonreía. Había algo más, algo oscuro dentro de él que movía los hilos.

  Mientras tanto, en la mansión, Juliana, Elizabeth y Astrid llegaron juntas tras sus clases. Justo al entrar, se encontraron con Nhun, que estaba cómodamente recostada en un sillón con un libro entre las manos.

  —Otra vez te saltaste las clases… —comentó Astrid, arqueando una ceja.

  —Si sigues así, tendrás que ir a clases durante las vacaciones. —Juliana cruzó los brazos, observándola con una mirada de reproche.

  Nhun apenas levantó la vista de su libro, respondiendo con su característico sarcasmo:

  —Al igual que tú, amazona idiota… —refutó sin apartar la mirada de las páginas.

  Elizabeth se acercó, curiosa por lo que Nhun estaba leyendo.

  —?Qué es lo que lees? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia ella.

  Nhun se encogió de hombros, intentando aparentar indiferencia.

  —Oh, solo un libro sobre física mágica y sus aplicaciones en el mundo cotidiano… —dijo con una voz ligeramente altanera —No creo que te interese.

  Nadie del grupo le creyó. Elizabeth, rápida de reflejos, tomó el libro y retiró la cubierta falsa que lo adornaba.

  —“?Me enamoré de un centauro?” —leyó con incredulidad, parpadeando lentamente.

  Nhun apartó el libro con un movimiento brusco y su rostro completamente rojo.

  —Sí… es… ?Entretenido? —respondió, intentando mantener la dignidad.

  Las risas de las chicas estaban a punto de llenar la sala cuando un grito desgarrador las congeló en su lugar. Provenía del segundo piso, y todas reconocieron la voz al instante.

  —?Cecilia! —exclamaron al unísono, corriendo escaleras arriba.

  El pánico las impulsó hacia la habitación de Cecilia, donde el sonido se había originado. La puerta estaba entreabierta, y desde el interior se escuchaba el eco de su respiración entrecortada.

  Elizabeth fue la primera en entrar, seguida de las demás.

  —?Cecilia! ?Qué pasó? —preguntó Juliana, con el rostro pálido de preocupación.

  Cecilia estaba de pie junto a su ropero, temblando mientras se?alaba la peque?a caja de madera que había recibido de su padre. Su rostro estaba pálido, y mostraban se?ales de un terror inhumano.

  El aire en la habitación se sentía más pesado, y un extra?o escalofrío recorrió a las chicas mientras observaban la extra?a caja. Afuera, el viento comenzó a soplar con más fuerza, como si el mundo supiera que algo había cambiado.

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