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Capítulo 91: Negociación

  Las chicas irrumpieron en la habitación, alarmadas por los desgarradores gritos que resonaban hacia el pasillo. Nhun fue la primera en llegar hasta ella, corriendo con desesperación para socorrer a Cecilia, quien sollozaba en una esquina, acurrucada contra la pared mientras escondía su rostro entre las rodillas. Sus sollozos eran incontrolables, como si algo dentro de ella se hubiera quebrado irremediablemente.

  Astrid, con la mirada afilada, examinó cada rincón de la habitación, sus ojos buscaban algún indicio de peligro. Una sombra furtiva, una puerta entreabierta, cualquier pista que explicara la situación.

  —Ceci, ?Qué sucede? Por favor, habla conmigo. ?Por qué lloras? —preguntó Nhun suavemente, arrodillándose junto a ella. Cargada de ternura, pero también de urgencia.

  Mientras tanto, Elizabeth se detuvo de golpe al percibir un leve, pero inconfundible, olor metálico que impregnaba el aire. Sangre. Frunció el ce?o y su mirada se dirigió hacia una caja de madera abierta, colocada al pie de la cama. Algo dentro de ella hizo que su estómago se revolviera. Se acercó con pasos cautelosos y, cuando sus ojos enfocaron el contenido, retrocedió instintivamente, llevándose una mano a la boca.

  —Oh, mierda… —susurró, completamente sin aliento.

  Juliana, siempre pragmática, se adelantó sin titubear. Tomó la caja y, sin asomo de repulsión, extrajo su contenido. Mostró una mano cercenada, rígida y pálida, con los dedos aún curvados como si intentarán aferrarse a algo.

  —?Qué clase de enfermo podría hacer algo así? —preguntó con rabia contenida, examinando la mano de cerca.

  Nhun, al escuchar el intercambio, se levantó para observar por encima de las otras. Sus ojos se fijaron de inmediato en un brillo peculiar en el dedo anular. Un anillo de bodas de dise?o exquisito, con piedras que reflejaban la luz de la lámpara con un destello frío y cruel. Al reconocerlo, el color desapareció de su rostro.

  —No… no, no, no… —repitió en un murmullo tembloroso mientras se acercaba más —Este anillo… es del padre de Cecilia.

  El ambiente en la habitación se tornó pesado, como si el aire mismo hubiera decidido detenerse. Las miradas de las chicas se cruzaron, compartiendo el horror que ninguna quería poner en palabras. La mano cercenada del padre de Cecilia estaba frente a ellas, una declaración siniestra e innegable.

  Juliana, tragando el nudo que se formaba en su garganta, tomó aire y, con un cuidado casi reverencial, devolvió la mano a la caja. Cerró la tapa con firmeza, como si al hacerlo pudiera proteger a Cecilia de la cruel realidad. Pero el da?o ya estaba hecho.

  Astrid, que había permanecido atenta a cada detalle de la escena, notó algo tirado cerca de la cama. Era un trozo de papel doblado, manchado con gotas de tinta fresca. Lo recogió y lo desdobló con rapidez, sus ojos recorrieron la carta con una expresión grave.

  —Esto es… —susurró mientras leía.

  El mensaje, escrito con una caligrafía irregular, era una amenaza clara. Exigía que Cecilia acudiera sola a un encuentro, sin escoltas ni la intervención de ningún profesor académico. Si no obedecía, su padre, Lord Thorm, sería ejecutado sin piedad.

  —?Malditos bastardos! —gru?ó Juliana, golpeando el marco de la cama con el pu?o cerrado al escuchar el contenido de la carta.

  —?Qué hacemos ahora? —preguntó Elizabeth, mirando a las demás con expresión seria.

  Astrid apretó los labios, cruzándose de brazos mientras reflexionaba.

  —Esto no es algo que podamos tomar a la ligera, pero tampoco podemos permitir que Cecilia vaya sola.

  —?Podríamos tenderles una emboscada! —sugirió Juliana, claramente frustrada pero también animada por la idea de enfrentarse a los responsables. Sus ojos chispeaban con determinación.

  —No. —La voz de Nhun cortó la conversación como un cuchillo. Acariciando suavemente el cabello de Cecilia, quien seguía temblando en sus brazos, continuó: —Si hacemos algo tan arriesgado, ellos lo sabrán. No dudarán en matarlo…

  El silencio se instaló de nuevo en la habitación mientras las cuatro chicas intentaban pensar en una solución que no pusiera en peligro al padre de Cecilia. Finalmente, Nhun levantó la cabeza, y su rostro se iluminó como si una chispa de esperanza hubiera atravesado la oscuridad. Con cuidado, ayudó a Cecilia a ponerse de pie.

  —La carta dice que no podemos traer a ningún profesor de la academia… pero no menciona a otros… —murmuró Nhun con un brillo en los ojos.

  Las miradas de las chicas se llenaron de intriga, expectantes ante las palabras de Nhun. Mientras les explicaba su plan, el peso de la incertidumbre se transformaba poco a poco en una determinación compartida.

  Al mismo tiempo, en el castillo…

  Lady Lidia supervisaba con atención el arduo ascenso de Adelina y Lord Xander, quienes estaban en medio de un ritual de concentración para absorber la energía del rayo. Con una taza de té entre las manos, Lidia intentaba mantener la compostura, pero su preocupación era evidente. Cada sorbo era más rápido que el anterior, y sus ojos se desviaban constantemente hacia Xander, cuyo rostro estaba cubierto de sudor y reflejaba un dolor intenso.

  Adelina, por otro lado, mantenía una serenidad inquietante. Sentada en posición de meditación, parecía en completa sintonía con la energía que fluía a través de ella, mientras peque?os destellos de electricidad danzaban sobre su piel.

  Dentro de la mente de Xander, sin embargo, la situación era completamente diferente.

  —??Hola?! ??Hay alguien ahí?! —gritó en medio de la absoluta oscuridad que lo rodeaba.

  No había respuesta, solo el eco vacío de sus propias palabras rebotando en el infinito. Mirara donde mirara, no había más que un horizonte devorado por las sombras. Por más que intentara avanzar, cada paso parecía llevarlo de vuelta al mismo punto de partida.

  —?Qué es este lugar?... —murmuró Xander mientras giraba en círculos, buscando algo que rompiera la monotonía del vacío —Esto no estaba aquí la última vez que ascendí…

  Su corazón comenzó a latir con fuerza mientras el lugar a su alrededor cambiaba de manera insidiosa. Las paredes invisibles comenzaron a comprimirse, cerrándose sobre él como una trampa que lo empujaba hacia el abismo.

  —?No! ?Libérenme! —rugió Xander, luchando con todas sus fuerzas contra aquella opresión. Intentó utilizar su poder, pero su energía parecía ser devorada por la nada.

  Afuera, su cuerpo reflejaba el sufrimiento interno. Su rostro estaba tenso y su respiración era irregular. Lidia dejó su taza de té sobre la mesa con un sobresalto y se acercó rápidamente para socorrerlo, pero se detuvo al escuchar el sonido apresurado de pasos en el pasillo.

  Las chicas irrumpieron en el jardín, jadeantes y con el rostro lleno de preocupación. Cecilia fue la primera en hablar, quebrándose por la desesperación.

  —?Lady Lidia! ?Por favor, necesitamos su ayuda! —exclamó mientras las lágrimas volvían a inundar sus ojos.

  Lidia miró a su esposo, que seguía inmerso en su lucha interna. Su instinto le gritaba que no lo dejara solo, pero al ver la urgencia en los rostros de las chicas, supo que algo terrible había sucedido. Con una mirada llena de pesar, apartó los ojos de Xander y se centró en ellas.

  —Chicas… no es un buen momento. Ellos están en medio del ascenso, y Xander… —intentó explicarse, pero fue interrumpida.

  —?Por favor, escúchenos! —suplicó Nhun, dando un paso al frente. Sus ojos brillaban con una mezcla de determinación y miedo —El padre de Cecilia ha sido secuestrado por el culto oscuro. Recibimos una carta… si no nos reunimos con ellos, lo matarán.

  El peso de la noticia cayó sobre los hombros de Lidia como una losa. Por un momento, pareció vacilar, su mirada alternaba entre su esposo y las chicas. Finalmente, con un profundo suspiro, tomó una decisión.

  —Está bien… vamos a la sala principal. Allí podremos hablar con calma.

  Mientras las seguía, Lidia echó una última mirada a Xander. Su corazón estaba dividido, pero sabía que su esposo era fuerte; debía confiar en él.

  Una vez en la sala principal, Astrid relató cada detalle de la situación. Lidia escuchó atentamente, pero no pudo evitar fruncir el ce?o con horror cuando le mostraron el contenido de la caja. La mano cercenada del padre de Cecilia, acompa?ada por aquella carta siniestra, le revolvieron el estómago.

  —No puedo creer que hayan llegado tan lejos… realmente son gente despreciable… —murmuró Lady Lidia con asco, apartando la caja con una expresión de desagrado y lastima. Se giró hacia las chicas, pensativa, mientras sus ojos se entrecerraban como si tratara de hallar una solución en medio de aquel caos —Deberíamos hablar con Cáliban… Tal vez él pueda…

  —?No! —interrumpió Cecilia de inmediato, con un grito que rompió el silencio. Sus ojos se abrieron en par, llenos de desesperación —Si él lo sabe… entonces ellos matarán a papá…

  La voz de Cecilia se quebró, y las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas. Estaba al borde del colapso, su respiración era rápida e irregular, y sus manos temblorosas se aferraban al borde de su vestido. Lady Lidia sintió cómo el peso de la situación se hundía sobre sus hombros, inmenso e ineludible.

  Su mente divagaba entre los múltiples escenarios posibles, entre el miedo a caer en una trampa y el remordimiento que sentiría si no hacía nada. Sus dedos rozaron su barbilla mientras meditaba, pero su rostro no mostraba se?ales de una resolución inmediata.

  —Supongo que no podemos hacer nada… —murmuró finalmente, más para sí misma que para las demás.

  —?No! Por favor… —suplicó Cecilia con una voz desgarradora, lanzándose hacia Lidia y sujetando con fuerza las telas de su vestido. Sus ojos estaban inundados de lágrimas, y sus brazos temblaban mientras tiraba de la tela como si aquello pudiera convencer a Lady Lidia de ayudarla —?Por favor, ayúdeme a salvar a papá!

  Lady Lidia quedó paralizada. La súplica de Cecilia atravesó las barreras de su razón y llegó directamente a su corazón. Sabía, más que nadie, que la bondad y la voluntad de ayudar a otros son cualidades nobles… pero también sabía que toda acción, sin importar cuán bien intencionada sea, tiene un precio.

  Salvar a una vida podría poner a otras en peligro. Esa era una verdad cruel e ineludible que la perseguía desde hacía a?os. Pero entonces, sus ojos se encontraron con los de Cecilia. Cristalinos, vulnerables, llenos de miedo y esperanza a la vez. Era imposible apartar la mirada.

  Lady Lidia tragó saliva con dificultad. Los recuerdos de su propio pasado, de las vidas que no pudo salvar, se arremolinaron en su mente. Finalmente, puso ambas manos sobre los hombros de Cecilia, sosteniéndola con firmeza mientras hablaba con total sinceridad.

  —Está bien, querida… salvaremos a tu padre.

  Cecilia se quedó inmóvil por un momento, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Luego, su rostro se iluminó con una mezcla de alivio y gratitud, y se lanzó a los brazos de Lady Lidia, abrazándola con fuerza.

  —Gracias… gracias… ?Gracias! —repetía entre sollozos, aferrándose a ella como si fuera su último salvavidas.

  Lidia le devolvió el abrazo, sus manos acariciaron suavemente la espalda de la joven para reconfortarla. Por dentro, sabía que el camino por delante sería peligroso, pero también sabía que no podía negarse.

  Mientras tanto, en las profundidades de una cripta oculta entre las entra?as de la tierra, el sonido de pasos resonaba en los oscuros corredores. La luz de las antorchas, alimentadas por cristales mágicos, proyectaba sombras danzantes en las paredes cubiertas de runas desgastadas.

  Lendar, el elfo alto y de semblante sombrío, caminaba al frente con pasos decididos. A su lado, Alec lo seguía, su postura era tensa pero llena de una confianza recién adquirida. Había algo distinto en él, algo que hacía que su figura pareciera más amenazante que antes.

  —?Estás seguro de que podremos atraerlas? —preguntó Lendar, rompiendo el silencio con una voz grave.

  —Sí. —La respuesta de Alec fue firme, casi mecánica. Una sonrisa torcida apareció en su rostro mientras ajustaba los guantes de cuero en sus manos —Cáliban es metódico. Sabrá que esto es una trampa, pero no podrá resistirse… no si alguien de su casa está en peligro.

  Lendar asintió con lentitud, aunque la duda brillaba brevemente en su mirada antes de disiparse. Ambos se detuvieron frente a una imponente puerta de madera, ennegrecida por el tiempo y decorada con marcas de sangre seca que adornaban su marco de hierro corroído.

  Alec extendió una mano y empujó la puerta con un chirrido espeluznante. La habitación que se reveló era peque?a y lúgubre, iluminada únicamente por un tenue cristal colgante que parpadeaba de manera irregular. Al fondo, encadenado a la pared con gruesos grilletes, estaba Lord Thorm.

  El hombre alzó la cabeza lentamente, su rostro se endureció por el odio y la determinación. Sus ojos, llenos de un fuego inquebrantable, se clavaron en Alec como dagas.

  —Veo que ya te has despertado, Lord Thorm… —dijo Alec con frialdad, cargado de burla mientras daba un paso al frente, disfrutando de la vulnerabilidad de su prisionero.

  Lord Thorm no respondió de inmediato. Se limitó a escupir al suelo frente a Alec, sus labios se torcieron en una sonrisa amarga. Aunque estaba encadenado, el brillo en su mirada no mostraba sumisión, sino desafío.

  —Puedes hacer lo que quieras, escoria. —dijo Thorm con un tono bajo pero lleno de veneno —Pero no creas que saldrás impune de esto.

  Alec sonrió, se inclinó hacia él mientras sus ojos brillaban con una oscura satisfacción.

  —Oh, no te preocupes, Lord Thorm… Estoy contando con eso.

  —Pensar que el linaje de los Lothrim ha sido manchado de esta manera… —murmuró Lord Thorm entre jadeos, luchando contra el dolor punzante que irradiaba desde su extremidad amputada. Su voz, aunque débil, cargaba un desprecio inquebrantable —Eres una desgracia, muchacho…

  Alec respondió con una sonrisa amarga, inclinando ligeramente la cabeza mientras observaba la testaruda determinación del hombre encadenado.

  —Veo que el dolor de su herida aún no ha logrado quebrarlo… fascinante. —Con las manos cruzadas detrás de la espalda, Alec comenzó a caminar lentamente alrededor de Lord Thorm, sus pasos resonaron en la fría piedra de la cripta. Había una cadencia deliberada en su andar, dise?ada para inquietar a su prisionero.

  —Tu hija está en manos de un monstruo… —intervino una voz femenina, suave pero helada, que emergió desde las sombras.

  Lendar, que permanecía al margen, sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Sus sentidos no habían captado la presencia de la Sacerdotisa hasta que fue demasiado tarde. Madame Montgard emergió de entre las penumbras como una aparición, su figura estaba cubierta por un velo negro que parecía absorber la poca luz de la habitación.

  —Si ese demonio llega a obtener el poder que tu hija posee, sumirá al mundo en un caos eterno… —continuó Montgard, con una calma que solo hacía sus palabras más amenazantes.

  Lord Thorm levantó la mirada, llena de una mezcla de odio y burla. Incluso debilitado, su voluntad permanecía intacta.

  —Claro… —dijo con una risa sarcástica que terminó en un tosido forzado —Por supuesto, le entregaré a mi hija a los bastardos que me han tratado tan bien…

  Con un gesto de desprecio, escupió a los pies de la Sacerdotisa, dejando claro que no tenía intención alguna de ceder. Sus ojos, duros como el acero, se clavaron en ella como una última declaración de desafío.

  Madame Montgard apretó los pu?os con tanta fuerza que sus u?as casi atravesaron los guantes que llevaba puestos. Su deseo de acabar con él era palpable, pero reprimió sus impulsos. Había demasiados planes en marcha como para dejar que su ira se interpusiera.

  Dio un paso hacia Lord Thorm, inclinándose ligeramente para quedar cara a cara con él. Aunque su rostro estaba cubierto por el velo, la malicia en su sonrisa era evidente en su tono.

  —Mira… me gustaría no perder más mi precioso tiempo tratando de convencerte, así que seré clara. —Su voz, que había comenzado con una falsa dulzura, se volvió más tensa y cargada de veneno con cada palabra —La única razón por la que tu hija sigue viva es porque es un activo valioso para nosotros. Pero una vez que esté en mis manos… y lo estará… —hizo una pausa, enfatizando sus palabras con un tono escalofriante —nada evitará que le saque los ojos a ese tierno terrón de azúcar.

  Montgard se inclinó aún más cerca, su voz ahora apenas parecía un susurro, pero con una intensidad que perforaba el aire.

  —Así que aquí tienes mi propuesta, Thorm. Si logras convencerla de que coopere con nosotros, no le sacaré las entra?as cuando termine con ella. Es más, te lo prometo… tú y tu brillante hijita podrán irse al otro lado del continente. Podrán vivir felices, lejos de mis dominios, siempre y cuando no vuelvan a cruzarse en mi camino. Ahora dime, ?Qué dices?

  Con una falsa muestra de ternura, Montgard palmeó las mejillas de Lord Thorm, esperando alguna se?al de rendición. Pero el hombre permaneció en silencio, inmóvil como una estatua. Sus ojos brillaban con la misma inquebrantable resolución que había mostrado desde el principio.

  La Sacerdotisa suspiró, exasperada ante lo que consideraba un intento inútil de hombría.

  —Qué desperdicio… —murmuró antes de enderezarse. Luego, sin apartar la vista de Thorm, se giró hacia Alec —querido… toma a este idiota. Ya sabes qué hacer.

  —Como desees, madame. —Alec inclinó ligeramente la cabeza, y con un movimiento brusco, tomó las cadenas que sujetaban a Lord Thorm.

  Sin el menor atisbo de piedad, arrastró el cuerpo herido del hombre por el suelo de piedra, dejando un rastro de sangre seca y polvo. Lord Thorm intentó resistirse, clavando los talones en el suelo, pero la fuerza de Alec era superior. A cada paso, el sonido de las cadenas resonaba como una marcha funesta, amplificando la atmósfera de opresión en la cripta.

  Lendar observaba en silencio, con una expresión tensa en su rostro. Sabía que Alec había cambiado desde que se unió a Madame Montgard, pero esa transformación se hacía cada vez más evidente. El joven hombre que una vez había sido su amigo parecía estar perdiéndose en una oscuridad que no podía comprender del todo.

  Aun así, no tenía el valor para enfrentarlo. Su lealtad y afecto hacia Alec lo mantenían inmóvil, como si el peso de su relación le nublara el juicio.

  —Vamos… tenemos una misión que llevar a cabo. —La voz de Alec cortó el aire, fría y autoritaria, mientras arrastraba a Lord Thorm fuera de la habitación.

  This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there.

  Madame Montgard lo observó marcharse con una sonrisa satisfecha. Todo estaba cayendo en su lugar, o al menos, eso creía ella.

  Lendar caminaba detrás de Alec, siguiendo el eco de las cadenas que resonaban en el angosto pasillo de la cripta. Su mirada se clavaba en el suelo, como si intentara evitar pensar demasiado en lo que estaba ocurriendo. Observaba cómo Alec arrastraba a Lord Thorm, tratándolo con una indiferencia que le resultaba inquietante. Cada tanto, Lendar apretaba los pu?os, preguntándose en silencio si todo esto realmente era lo correcto. Pero como siempre, sus dudas quedaban enterradas bajo la sombra de su lealtad hacia su amigo.

  Mientras tanto, en algún lado de la academia, las chicas se dirigían al punto de encuentro indicado en la carta. El lugar no podía ser más tétrico. Un cementerio olvidado, envuelto por una niebla espesa que absorbía la luz de la luna. Las lápidas, cubiertas de musgo y grietas, se alineaban como testigos silenciosos de los horrores que estaban por desatarse.

  Oculta entre las sombras, Lady Lidia utilizaba su magia para observar la escena sin ser detectada. Su plan era sencillo pero arriesgado. Permitir que las chicas aparentaran sucumbir a la trampa mientras ella seguía el rastro del culto hasta el lugar donde tenían a Lord Thorm cautivo. A pesar de su determinación, no podía evitar sentirse preocupada.

  Cecilia estaba al frente, luchando por mantener la compostura. Intentaba que sus piernas dejaran de temblar, pero el miedo la estaba venciendo poco a poco.

  —Tranquila. —Nhun colocó una mano reconfortante sobre su hombro —Todo saldrá bien. Lady Lidia está cuidándonos desde las sombras.

  —Sí… —respondió Cecilia con una voz apagada, aunque sus ojos reflejaban inseguridad —Pero tal vez deberíamos haberle dicho a Cáliban… quizás él podría…

  Nhun negó con firmeza, interrumpiéndola antes de que terminara.

  —Conociéndolo, seguramente habría abandonado a tu padre para no caer en la trampa. —La dureza en sus palabras era inusual, pero estaba cargada de sinceridad —No podemos depender siempre de él, Cecilia. Tenemos que aprender a valernos por nosotras mismas.

  Juliana, que caminaba unos pasos detrás, no reaccionó a las palabras de Nhun. En su pueblo, la independencia era una virtud que se inculca en las mujeres desde temprana edad. Ser autosuficientes y dominar el arte de la guerra era algo tan natural como respirar. Por su parte, Elizabeth observaba la escena en silencio, inmersa en sus propios pensamientos.

  ?No puedo creer que ahora me encuentre aquí…? —pensó mientras repasaba mentalmente los eventos de los últimos meses, aquellos que la habían llevado hasta este punto. Sus ojos escanearon el cementerio con cautela, pero su mente estaba dividida entre la tarea actual y los recuerdos de un pasado que todavía la atormentaba.

  Astrid, siempre atenta al más mínimo detalle, se acercó a Elizabeth con curiosidad, aunque no bajó la guardia en ningún momento.

  —Dime, Elizabeth… —comenzó con un tono neutro pero inquisitivo —?Por qué aceptaste la marca?

  La pregunta hizo que Elizabeth se detuviera un instante. Un ligero temblor recorrió su cuerpo, pero rápidamente se recompuso.

  —?Por qué lo preguntas?

  Astrid la miró directamente, sin rodeos.

  —Es solo que me parece extra?o… —dijo con franqueza —Alguien como tú… aceptar algo así tan fácilmente.

  Elizabeth arqueó una ceja ante las palabras de Astrid, su expresión tenía una mezcla de intriga y desdén.

  —?Alguien como yo? —repitió, dejando que las palabras flotaran en el aire con cierto tono desafiante.

  Astrid levantó las manos ligeramente, intentando calmar el ambiente.

  —No me refiero a eso… —respondió con sinceridad —Me refiero a tu etiqueta real. ?La princesa de los vampiros puede tomar ese tipo de decisiones tan a la ligera?

  Elizabeth dejó escapar una risa suave, aunque su sonrisa tenía un filo peligroso. Sus colmillos asomaron ligeramente, como un recordatorio de quién era realmente.

  —?Eso crees? —dijo con un tono que mezclaba diversión y sarcasmo —Y dime, princesa de Orión, ?Tú tienes permitido entregar tu futuro como si nada?

  La pregunta de Elizabeth devolvió el golpe con precisión, haciendo que Astrid desviara la mirada por un momento. Aunque su rostro permanecía estoico, Elizabeth notó el leve cambio en su expresión bajo su máscara. Era sutil, pero suficiente para saber que sus palabras habían dado en el blanco.

  Juliana, que escuchaba la conversación mientras mantenía la guardia alta, soltó una risa corta pero audible.

  —Por lo visto, las princesas tienen sus propios problemas… —murmuró, sin apartar la mirada del horizonte, como si no quisiera perder de vista nada en la bruma.

  Astrid desvió la mirada, evitando el contacto visual con Elizabeth, cuyos ojos parecían capaces de atravesar cualquier fachada.

  —Bueno… Cáliban ha sido sincero con nosotros sobre muchas cosas… —murmuró, casi como si intentara convencerse a sí misma —Además, me debe un favor, y no pienso dejar que se le olvide.

  Elizabeth sonrió de lado, mostrando un destello de sus colmillos.

  —Siempre tan calculadora, princesa. —Su tono tenía un matiz burlón, pero había una verdad oculta tras sus palabras.

  De repente, Juliana levantó la mano, apuntando hacia las sombras que se arremolinaban entre las estatuas del cementerio.

  —?Ahí están! —anunció en voz alta.

  Las chicas giraron sus cabezas al mismo tiempo, enfocándose en las figuras encapuchadas que emergían de la penumbra. Sus movimientos eran deliberados, como si disfrutaran alimentando la tensión. Las sombras parecían deslizarse junto a ellos, envolviendo sus cuerpos en un aura inquietante.

  Dos figuras lideraban el grupo, destacándose por su presencia. Cuando finalmente salieron a la luz de la luna, las chicas sintieron cómo el aire se volvía más pesado. Alec, con su sonrisa arrogante, encabezaba la marcha mientras que Lendar permanecía detrás de él, con el ce?o fruncido y una expresión tensa.

  Nhun, al reconocer al responsable de todo el sufrimiento de Cecilia, no pudo contenerse.

  —?Tú! ?Maldito bastardo! —rugió llena de furia.

  Con un movimiento rápido, intentó lanzarse hacia él, pero Juliana reaccionó con la misma rapidez, sujetándola del brazo para detenerla. Ambas intercambiaron miradas intensas, pero los ojos firmes y controlados de Juliana le recordaron a Nhun que no podían arruinar el plan.

  Alec no pudo evitar soltar una carcajada, disfrutando del espectáculo.

  —?Me alegra que hayan venido! —exclamó con satisfacción, sus palabras estaban impregnadas de un tono burlón —Tal como esperaba… no han podido resistirse.

  Astrid apretó los dientes, disgustada por la manera en la que Alec se pavoneaba frente a ellas.

  —Así que desde el principio… eras tú.

  Alec negó lentamente con el dedo, como si estuviera rega?ando a una ni?a.

  —No, no… no desde el principio. Pero, ?Sabes? Eso no importa ahora. —Hizo un gesto con la mano, descartando cualquier explicación que pudiera darles —Lo importante es que estamos aquí porque queremos protegerlas. —Su tono cambió, volviéndose más meloso, como si intentara venderles una mentira bien ensayada —Ustedes son la llave hacia un poder más allá de su imaginación. Permítannos cuidarlas… juntos podríamos-

  Un destello brillante interrumpió su discurso. Un proyectil mágico surcó el aire hacia Alec, pero este lo bloqueó fácilmente con una sola mano, disipando el hechizo como si fuera un simple mosquito. Bajó la mano con calma y miró hacia Elizabeth, quien permanecía inmóvil, con la palma aún emanando vapor mágico.

  —Deja de hablar. —La voz de Elizabeth era fría como el hielo mientras lo se?alaba con la mirada —No estamos aquí para escuchar tus mentiras. Vinimos por el padre de Cecilia.

  Lendar dio un paso al frente, sus manos se apretaron en pu?os por su ira contenida.

  —Maldita sanguijuela… —gru?ó, claramente irritado por la actitud altanera de Elizabeth.

  Alec, sin embargo, levantó una mano para detenerlo.

  —Tranquilo, Lendar. No actuemos impulsivamente.

  —?Impulsivamente? —interrumpió Nhun, cargada de rabia contenida —?Tus acciones han sido cualquier cosa menos racionales! ?Eres un maldito cobarde!

  —Sé que mis métodos dejan mucho que desear… —comenzó Alec con un tono casi conciliador.

  —?Demasiado! —lo cortó Nhun, su furia apenas era contenida por las manos de Juliana, quien permanecía firme junto a ella.

  De repente, una voz más suave, pero llena de desesperación, surgió entre las chicas.

  —?Dejen de pelear! —Cecilia avanzó entre sus amigas, enfrentándose directamente a Alec —??Dónde está mi papá?!

  Alec la miró con una sonrisa que destilaba falsa compasión. Con un simple chasquido de dedos, uno de sus secuaces soltó las cadenas que sujetaban a Lord Thorm.

  El hombre apenas podía mantenerse en pie. Tropezó al dar sus primeros pasos, sus piernas temblorosas lo traicionaron, pero su determinación lo empujó a avanzar. Cojeaba visiblemente, su rostro estaba pálido y cubierto de heridas, pero su mirada seguía ardiendo con la misma fuerza que siempre lo había caracterizado.

  —?Papá! —gritó Cecilia, dando un paso hacia él antes de que Astrid la detuviera.

  Alec sonrió, disfrutando del momento.

  —Ahí está, sano y salvo… bueno, relativamente. Ahora, ?No creen que sería justo discutir los términos de nuestra peque?a negociación?

  Elizabeth apretó los pu?os, brillando con rabia contenida.

  —?Negociar? Esto no es una negociación.

  Nhun dio un paso al frente, ignorando las advertencias de Juliana.

  —Vamos a sacarlo de aquí… y no importa lo que tengamos que hacer para lograrlo.

  Lady Lidia, oculta en las sombras, observaba cada movimiento con atención. Su magia rastreaba cuidadosamente los rastros mágicos de Alec y sus secuaces, esperando el momento exacto para intervenir.

  De repente, el sonido de las cadenas arrastrándose contra la piedra resonó en el cementerio cuando Alec jaló bruscamente a Lord Thorm de vuelta a su lado, alejándolo de su hija con una sonrisa cruel.

  —?Cecilia, vete de aquí! —exclamó su padre con voz entrecortada —?Tienes que salir ahora!

  —No, no, Cecilia… —intervino Alec con un tono meloso e inquietante, su sonrisa se ensanchó con cada palabra —No puedo dejarlo ir así como así… Antes, tendrás que hacer algo por nosotros.

  El aire se volvió aún más pesado cuando de entre las sombras emergió una silueta elegante y fantasmal. Con pasos lentos y calculados, la Sacerdotisa apareció, su vestido negro ondeó suavemente con la brisa. Su velo ocultaba gran parte de su rostro, pero la leve curva de su sonrisa y la forma en que inclinó la cabeza daban la impresión de que se regocijaba con la situación.

  —?Queridas! —su voz era suave, casi hipnótica —Qué placer conocerlas al fin… princesas.

  Las chicas se tensaron al instante, sus cuerpos se preparaban para lo peor. La Sacerdotisa avanzó con una gracia inquietante, extendiendo los brazos en un gesto teatral.

  —Soy la Sacerdotisa, una humilde encargada bajo la luz guía de la Gran Madre… —continuó, impregnada de un falso afecto.

  Oculta entre las sombras, Lady Lidia observaba con el ce?o fruncido. Había algo en esa mujer que la inquietaba profundamente, más allá de sus palabras empalagosas.

  —Así que ella es la famosa Sacerdotisa… —susurró para sí misma —Qué mujer tan enferma…

  Frente a ellas, la Sacerdotisa tomó las cadenas de Lord Thorm, quien forcejeó de inmediato, tratando de liberarse. Su resistencia solo provocó una risa divertida en la mujer.

  —Cecilia… —dijo con un tono pausado y delicado —Tu poder es necesario para nuestros planes. Necesitamos que cooperes con nosotros… o de lo contrario…

  Sin perder la sonrisa, deslizó una mano dentro de su vestido y sacó una fina daga de plata. Con un movimiento lento y calculado, presionó la fría hoja contra el cuello de Lord Thorm, asegurándose de que Cecilia y las demás vieran el brillo mortal de la navaja.

  —No… —susurró Lord Thorm con la voz rota —Hija mía… vete…

  —Oh, vamos, querido… —murmuró la Sacerdotisa, inclinándose levemente hacia él —?No quieres que tu hija esté a salvo?

  Escupió la pregunta con una malicia pura, como si disfrutara viéndolo luchar con la inevitable decisión que debía tomar. Luego, acercó sus labios al oído de Thorm y susurró con veneno:

  —Convéncela… y te prometo que cumpliré con nuestra peque?a promesa…

  Los ojos de Lord Thorm se encontraron con los de Cecilia. Se reflejaba en ellos el miedo y la angustia de su hija, tan parecida a su difunta esposa que le dolía en el alma. Apretó los dientes, sintiendo que su respiración se volvía cada vez más pesada.

  Pero algo cambió en su expresión. Su mirada se endureció, su columna se enderezó y, con la misma determinación que lo había mantenido vivo hasta ahora, dio un paso adelante.

  La Sacerdotisa sonrió, segura de que había roto su espíritu. Con la satisfacción de una cazadora que ha atrapado a su presa, soltó las cadenas y esperó a que todo se desarrollara a su favor.

  Pero en lugar de obedecer, Lord Thorm se giró hacia su hija y, con la única mano que le quedaba, acarició suavemente su mejilla.

  —Lo siento, mi ni?a… —murmuró con una tristeza infinita —Te fallé.

  Cecilia negó con la cabeza, las lágrimas cayeron en silencio cuando sintió el roce de su piel.

  —No, papá… te salvaré. Solo necesito que…

  Antes de que pudiera continuar, su padre le tapó los labios con delicadeza. Sus ojos, llenos de amor y resignación, se desviaron por un instante hacia la Sacerdotisa, quien comenzaba a impacientarse.

  —Hija mía… me temo que no podré salir de aquí con vida… —susurró, abrazándola con fuerza —Pero tú… tú sí puedes escapar.

  Cecilia sintió su corazón encogerse.

  —No… no, papá, por favor…

  él la sujetó con más firmeza, dándole un cálido abrazo, su aliento cálido reposo en su oído mientras susurraba apresurado:

  —Cuando te diga… corre. Llévate a tus amigas. Yo las distraeré.

  Cecilia tembló contra su pecho, incapaz de aceptar lo que estaba ocurriendo.

  —?Rápido! —la voz de la Sacerdotisa cortó el aire, llena de impaciencia —No tenemos todo el día.

  Lord Thorm cerró los ojos por un instante. Cuando los volvió a abrir, su decisión estaba tomada. Alzó la mirada, dirigiéndola directamente hacia la Sacerdotisa con una rebeldía inquebrantable reflejada en sus ojos. Respiró hondo, sintiendo el ardor en sus músculos agotados, pero no dejó que su cuerpo traicionara su determinación.

  Con la única mano que le quedaba, rasgó la tela de su camisa maltrecha, dejando su pecho al descubierto. Marcas antiguas y runas sagradas comenzaron a brillar en su piel, despertando un poder sellado desde hacía a?os.

  —?Vete! ?Ahora! —rugió con toda la fuerza que le quedaba.

  Cecilia, con lágrimas rodando sin control por su rostro, sintió el impacto de esas palabras como un pu?al en el alma. Sus piernas se movieron por instinto, su cuerpo obedeció antes de que su mente pudiera protestar. Con el corazón hecho pedazos, corrió hacia sus amigas, alejándose de su padre por última vez.

  La Sacerdotisa observó la escena con un instante de desconcierto, pero su mente comprendió la situación en cuanto vio las marcas en el cuerpo de Lord Thorm. Sus ojos se abrieron de par en par.

  —?No…! ?Eso es…! ?Maldito bastardo! —escupió con furia, levantó sus manos de inmediato para conjurar un escudo.

  El cuerpo de Lord Thorm comenzó a brillar con una intensidad cegadora, su energía se fue acumulando en una implosión devastadora. La tierra tembló bajo sus pies cuando una explosión colosal se desató desde su pecho, arrasando con todo a su alrededor.

  El cementerio entero se estremeció con el impacto. Varias lápidas estallaron en mil pedazos, y el suelo se fracturó como si una deidad furiosa hubiera descargado su furia sobre él. El fuego y la luz envolvieron la escena, consumiendo a muchos de los seguidores de la Sacerdotisa. Algunos fueron reducidos a cenizas al instante; otros salieron despedidos, sus cuerpos cayeron inertes entre los escombros.

  Gracias a la rápida reacción de Madame Montgard, Alec y Lendar lograron mantenerse ilesos dentro del escudo de energía que conjuró. Cuando la explosión cesó, el cementerio era un campo de ruinas, cubierto por el humo y el hedor de la muerte.

  La Sacerdotisa chasqueó la lengua con disgusto.

  —Tch… qué molesto. —Sin perder más tiempo, giró hacia los pocos seguidores que aún podían moverse. —?Tras ellas! —ordenó a sus secuaces.

  Las calles oscuras y silenciosas se convirtieron en el escenario de una desesperada persecución. Cecilia y sus amigas corrían con todas sus fuerzas, sus corazones palpitaban con terror. La lluvia comenzó a caer, mezclándose con las lágrimas que Cecilia no podía dejar de derramar.

  Cada latido de su corazón era una tormenta dentro de ella. Tristeza, miedo, rencor, odio, pánico… una espiral caótica de emociones la consumía mientras sus piernas seguían avanzando.

  Astrid, Juliana, Nhun y Elizabeth corrían a su lado, con la mente dividida entre la urgencia del escape y el dolor por la pérdida de Lord Thorm. Nadie decía nada, pero todas sabían lo que Cecilia estaba sintiendo.

  —?Ahí! —gritó Nhun, se?alando hacia adelante —?Si llegamos a la calle principal, podremos perderlos entre los edificios!

  Las chicas apretaron el paso, sintiendo una chispa de esperanza… hasta que un violento vendaval azotó la calle, levantando escombros y polvo en una barrera impenetrable.

  Frente a ellas, Lendar apareció montado en un Roc, su espíritu de viento, con una mirada sombría y determinada. Con un simple gesto de su mano, el muro de viento bloqueó su escape, obligándolas a detenerse bruscamente.

  El sonido de pasos resonó tras ellas.

  —Vaya, vaya… —la voz de Madame Montgard se deslizó en el aire con un matiz burlón mientras descendía del lomo del Roc de Lendar.

  El cuerpo inerte de Lord Thorm colgaba de sus brazos como un trofeo.

  Cecilia sintió su alma quebrarse al ver la escena. Un sollozo se ahogó en su garganta, y sus piernas temblaron al borde del colapso.

  —Qué dolor de cabeza… —suspiró la Sacerdotisa con fingida exasperación —Bueno, lo intentamos por las buenas… —desvió la mirada hacia Alec, quien asintió, comprendiendo que ya no había lugar para la diplomacia —Supongo que ahora será por las malas…

  Antes de que pudiera terminar su frase, un estruendo retumbó en el aire. Un proyectil de energía mágica impactó contra el rostro de la Sacerdotisa, quemando parte de su velo y chamuscando su cabello con un resplandor.

  —?Agh! ?Maldita sea! —gritó Montgard, retrocediendo mientras arrancaba con furia los restos quemados de su velo. Sus ojos brillaban con ira asesina —??Quién fue la que-?!

  Antes de que pudiera terminar su maldición, una silueta se interpuso en su camino.

  Lady Lidia, con su porte firme y su mirada afilada como una daga, avanzó lentamente hasta quedar frente a ella. Su presencia irradiaba una autoridad que parecía desafiar la misma noche.

  Pero algo más ocurrió en ese instante. Las miradas de ambas mujeres se encontraron. Y, por primera vez, la Sacerdotisa se quedó en silencio. El aire a su alrededor parecía congelarse, cargado de una tensión indescriptible.

  No era solo el enfrentamiento entre una guerrera y una líder oscura. No era solo un simple choque de fuerzas. Había algo más en esa mirada. Algo personal. Lady Lidia frunció el ce?o con seriedad.

  —?Lady Lidia! ?Debemos irnos! —gritó Nhun, intentando llamar su atención.

  Pero sus palabras se perdieron en el aire. Lidia y la Sacerdotisa seguían mirándose fijamente, como si el mundo alrededor hubiese dejado de existir.

  Elizabeth, que observaba la escena con una creciente sensación de inquietud, notó un ligero temblor en las manos de Lady Lidia. Era casi imperceptible, pero allí estaba. Su respiración también se había vuelto errática. No era el miedo lo que la consumía… era otra cosa. Las chicas, aún paralizadas por el horror y la confusión, no entendían lo que ocurría.

  —No… tú no… —murmuró Lidia, quebrada por la incredulidad.

  La Sacerdotisa inclinó la cabeza con una sonrisa amarga. Con un suspiro teatral, arrancó lo que quedaba de su velo, dejando su rostro completamente expuesto.

  —Ah… bueno, supongo que esto es todo. —Su tono era burlón, pero sus ojos… sus ojos reflejaban una historia enterrada en el tiempo —?Contenta, hermanita?

  El impacto de aquellas palabras golpeó a Lidia como un mazo en el pecho. Su expresión, antes tensa y lista para la batalla, se desmoronó en un instante.

  —Berenice… tú…

  No hubo tiempo para más. De repente, una fuerza invisible y abrumadora cayó sobre ellas, aplastándolas contra el suelo como si el mismo peso del mundo las hubiese enterrado. El aire se volvió espeso, irrespirable. Ninguna de las chicas podía moverse ni un solo centímetro.

  —??Qué es esto?! —exclamó Juliana, luchando con todas sus fuerzas por liberarse.

  Pero era inútil. Entonces, la oscuridad se profundizó. Y él apareció. Desde las sombras, una figura se materializó justo frente a ellas. Su mera presencia era sofocante, como si la realidad misma se doblegara a su alrededor.

  Era el Soberano.

  Su magia era tan poderosa que distorsionaba el espacio mismo, creando un campo de energía que jugaba con la percepción. A su alrededor, el aire vibraba con una intensidad desconocida. Berenice se inclinó de inmediato, mostrando una obediencia absoluta.

  —Lo siento, mi se?or… —susurró, bajando la cabeza —Lamento que haya tenido que intervenir.

  El Soberano alzó una mano con un gesto despreocupado.

  —Está bien. —Su voz era profunda y resonante, con un tono que evocaba algo antiguo, algo inquebrantable —Camuflé la calle para que nadie pueda transitar por aquí. No podemos permitirnos fallar ahora mismo.

  Giró su mirada hacia Cecilia, quien seguía paralizada en el aire, su rostro estaba ba?ado en lágrimas secas.

  —Tomen a la chica y preparen el ritual.

  Las chicas fueron elevadas por la magia del Soberano, sus cuerpos flotaron en el aire como marionetas atrapadas en hilos invisibles. Se retorcieron, forcejaron, pero la presión era demasiada.

  Cecilia apenas podía ver entre las lágrimas que nublaban su vista. Pero cuando su mirada descendió, su corazón se detuvo. En el suelo, inerte y ensangrentado, yacía el cuerpo de su padre.

  —Papá… —susurró con la voz ahogada, su alma se destrozó en pedazos antes de desaparecer con un suave chasquido del Soberano.

  Lord Thorm, con la poca fuerza que aún quedaba en su cuerpo destrozado, intentó moverse. Sus dedos apenas respondían, y su visión era borrosa, pero su voluntad… su voluntad se negaba a extinguirse.

  Entonces, escuchó pasos. Lentos y firmes. Y supo que alguien más estaba allí. Con un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza. Ante él, una silueta oscura se alzaba en la penumbra.

  Era un extra?o enmascarado, su rostro se ocultaba tras una máscara impasible, se detuvo junto a él. Sus ropajes negros ondeaban ligeramente con el viento, y una energía oscura palpitaba en su alrededor.

  El hombre inclinó la cabeza levemente y habló con un tono sombrío, pero sereno.

  —Tu tarea aún no ha terminado…

  Lord Thorm sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La muerte lo había estado llamando… pero tal vez, solo tal vez, aún no era su hora.

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