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Capítulo 102: Destello violeta y Furor carmesí

  Mientras los combates rugían en las profundidades y las ruinas temblaban bajo el poder de las ondas de choque, Bardrim y su grupo luchaban desesperadamente por encontrar la salida.

  El retumbar de los hechizos y el estruendo del metal chocando contra el metal hacían eco en los pasillos, convirtiendo su escape en una carrera contra el tiempo.

  —?Maldita sea! ?Este lugar es un maldito laberinto! ??Cómo salimos de aquí?! —gru?ó Bardrim, aplastando con su martillo a una horda de enemigos que se abalanzaban sobre ellos.

  El sonido de huesos quebrándose se mezcló con los gritos de los caídos. Reinhard giró su lanza con precisión, manteniendo a raya a los adversarios que intentaban acorralarlos.

  —?Dimerian! ?Cómo entraron aquí?

  Dimerian apenas tuvo tiempo de responder mientras esquivaba un ataque y contraatacaba con una ráfaga de tajos.

  —?Lord Xander nos guió a través de las puertas hacia el distrito! Tuvimos que ser rápidos para poder interrumpir la ceremonia…

  Pero antes de que pudiera continuar, se vieron obligados a frenar en seco. Frente a ellos, tras un largo pasillo de piedra agrietada, se alzaba una enorme puerta con inscripciones arcanas.

  Era la entrada a un elevador rúnico. Su única vía de escape. Pero no estaban solos. A escasos metros de la salida, una silueta se mantenía de pie, imponente, vigilando la puerta con absoluta calma.

  Era un ser gigante. Su figura, cubierta por una túnica oscura, proyectaba una sombra titánica contra la iluminación tenue de las ruinas. Sus brazos eran tan gruesos como pilares de mármol, y la energía que emanaba de su cuerpo distorsionaba levemente el aire a su alrededor.

  Elizabeth tragó saliva, y preguntó apenas en un susurro:

  —?Quién es él…?

  Juliana dio un paso adelante, instintivamente llevando una mano a la empu?adura de su espada.

  —No lo sé… pero debemos quitárnoslo de encima y-

  —?Detente! —Bardrim la interrumpió bruscamente.

  Juliana giró el rostro hacia él con sorpresa. Bardrim, el siempre firme y valiente maestro herrero, tenía los ojos clavados en el gigante con una seriedad que rara vez mostraba. Sus pupilas centelleaban con el brillo único de su don. La capacidad de percibir la pureza y la naturaleza del metal… y lo que vio lo dejó sin aliento. Su instinto le gritó una sola cosa… peligro absoluto. Apretó los dientes, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Ese hombre… era superior a él en poder.

  —Váyanse de aquí… —susurró, su voz estaba cargada de una tensión palpable.

  Astrid frunció el ce?o, confundida.

  —?Qué…?

  Antes de que pudiera cuestionarlo más, una carcajada rasposa muy profunda retumbó en la sala.

  —?Vaya, vaya!

  La voz del gigante resonó con un tono burlón, pero su presencia no tenía nada de amigable.

  —Si no es otro que el maestro herrero… ?Bardrim, el Martillo Negro! No esperaba encontrarme con un invitado tan ilustre…

  El coloso alzó la cabeza, dejando entrever un rostro curtido por el tiempo y la batalla. Sus ojos brillaban con una mezcla de burla y expectación. Bardrim frunció el ce?o, con su agarre en el martillo tensándose.

  —Ni?os… lárguense de aquí. —Su voz era firme, sin margen para la discusión —?Busquen otra salida, yo lo detendré!

  Lidia, quien hasta ahora había permanecido observando en silencio, notó algo que los demás no. Las manos de Bardrim, siempre estables como el hierro, estaban temblando. El enano, que jamás había mostrado un atisbo de duda en combate, ahora sostenía su martillo con un nerviosismo apenas disimulado. Si un enemigo era capaz de hacer temblar a Bardrim… eso significaba que la batalla estaba desequilibrada. Lidia respiró hondo y dio un paso adelante.

  —Déjame echarte una mano…

  Su voz sonó más tranquila de lo que realmente se sentía. Bardrim la miró de reojo y, por primera vez en ese tenso instante, esbozó una leve sonrisa.

  —Anciana… ?Crees poder manejar esto?

  —?Ja! Un viejo amargado como tú no me dirá qué hacer.

  Lady Lidia alzó las manos, y un fulgor azul emergió de sus dedos, iluminando su figura con un resplandor majestuoso.

  Durante demasiado tiempo se había quedado inmóvil. Encadenada por su hermana, paralizada por la culpa, consumida por el lamento de no haber podido proteger a su familia. Se reprochó cada instante en el que no pudo salvar a los ni?os que tenía a su cuidado.

  Pero esta vez… esta vez no dudaría. Si debía dar su vida para que los jóvenes escaparan, lo haría con gusto.

  —?Ni?os, cubriré al enano gru?ón! ?Retírense y busquen otra salida!

  —??A quién llamas gru?ón, anciana?! —bramó Bardrim, fulminándola con la mirada mientras alzaba su martillo con indignación.

  —Pero-

  Nhun intentó protestar, pero una mano se posó en su hombro. Reinhard la miró con determinación.

  —Es lo mejor que podemos hacer, Nhun… debemos salir de aquí. —Giró la cabeza hacia Elizabeth, que permanecía en la retaguardia del grupo —Por favor, guíanos en la oscuridad, Elizabeth…

  Ella asintió con firmeza.

  Sin perder tiempo, el grupo corrió lo más rápido que pudo, dejando atrás a Lidia y Bardrim. El sacerdote encapuchado, aún con su inmenso tama?o, se movió con una agilidad sorprendente, adelantándose para interceptar a los jóvenes. Con una sola mano, alzó su hacha gigante, y su hoja negra centelleó con un poder destructivo. La soltó en un brutal arco descendente, listo para masacrar a los fugitivos. Pero antes de que el filo pudiera llegar a ellos…

  ?BOOM!

  Un estruendo rugió en la caverna. El impacto resonó en cada rincón de las ruinas, sacudiendo las paredes con la violencia de un terremoto.

  El hacha jamás llegó a su destino. Porque Bardrim se interpuso. Su martillo, alzado con ambas manos, impactó de lleno en el estómago del gigante con una fuerza monumental. El sacerdote fue lanzado hacia atrás, sus pies ara?aron el suelo de piedra mientras intentaba recuperar el equilibrio. Cuando alzó la mirada, su rostro estaba distorsionado por la furia.

  —Maldito enano… —susurró, cargado de un odio contenido —Te enterraré.

  Bardrim escupió a un lado y acomodó su agarre en el mango del martillo.

  —?Te atreves a ignorar a este anciano, malnacido!

  Sus miradas chocaron como dos cuchillas afiladas. Y luego, sin necesidad de más palabras… se lanzaron el uno contra el otro.

  La caverna retumbó con cada impacto. Hacha contra martillo se enfrentaron en una colisión de fuerza letal, envueltos en choques de metal que resonaban como el rugido de los dioses. A pesar de su tama?o, el sacerdote blandía su arma con la velocidad de un asesino, y Bardrim respondía golpe por golpe, sin ceder ni un centímetro.

  El suelo temblaba bajo sus pies, las ondas de choque desprendían polvo y fragmentos de roca con cada colisión.

  Pero Bardrim lo sintió primero. Algo iba mal. Cada choque… cada impacto… drenaba poco a poco su aura. Su respiración se volvía más pesada. Sus músculos ardían como si llevaran el peso de una monta?a.

  No era un simple desgaste físico. Era su oponente. Cada vez que su martillo chocaba contra el hacha del sacerdote, su energía vital disminuía. Bardrim apretó los dientes.

  —Mierda…

  Pero en un parpadeo, su enemigo encontró la apertura que buscaba.

  ?SLASH!

  Un tajo brutal recorrió el aire y dividió la caverna en dos. La hoja del hacha atravesó el pecho de Bardrim con un corte limpio y preciso.

  Por un instante, no sintió nada. Luego, la explosión de dolor lo derribó.

  Su cuerpo cayó al suelo con un estruendo sordo, y la sangre brotó de su boca mientras un ardor abrasador recorría su torso. El corte era profundo, demasiado profundo. Podía sentir la carne desgarrada, la energía corrupta filtrándose en su sistema, envenenando su sangre, drenando su fuerza.

  El sacerdote se acercó con una sonrisa de triunfo.

  —Un anciano como tú no debería seguir empu?ando un arma…

  El tono burlón de su voz fue como veneno en los oídos de Bardrim. El herrero gru?ó con esfuerzo, su visión se nublaba por el dolor. Pero aún no estaba acabado. Apretó los dientes, sujetando su martillo con una fuerza sobrehumana, decidido a levantarse de nuevo.

  El sacerdote lo observó con desprecio y alzó su hacha con ambas manos.

  —Qué desperdicio de talento…

  Con un rugido, dejó caer el filo de su hacha con toda su fuerza, listo para partir en dos a Bardrim. El impacto retumbó en toda la caverna. Una nube de polvo cubrió la escena. El sacerdote bajó el arma, exhalando con satisfacción.

  —Bien… ahora sigue la muje-

  ?BOOM!

  Antes de que el sacerdote pudiera terminar su frase, un poderoso martillazo impactó de lleno en su mentón.

  El golpe fue tan brutal que su cuerpo se elevó varios centímetros del suelo, su cuello crujió con un sonido nauseabundo y su cabeza se echó hacia atrás por la fuerza del impacto.

  Pero Bardrim no había terminado. Con la fuerza de un titán, giró su cuerpo y lanzó su pu?o con toda su potencia, apuntando directamente a su entrepierna.

  El golpe resonó como un trueno.

  Un estallido de energía ardiente envolvió el ataque, y el sacerdote fue disparado como un proyectil contra las ruinas, atravesando varios escombros antes de detenerse en una nube de polvo.

  El suelo retumbó. Bardrim, aún con su postura firme, se irguió entre la humareda, con su expresión llena de satisfacción.

  —?Ja! ?Te tardaste mucho, anciana!

  A lo lejos, Lady Lidia alzaba las manos en dirección a Bardrim, su respiración era pesada y su cuerpo temblaba. Dejó escapar una risa amarga. Sus manos, aunque firmes en su conjuro, se sacudían de agotamiento mientras canalizaba su magia sobre el enano.

  Durante los largos días que pasó en la Biblioteca Abisal, Lidia descubrió un poder que le cambiaría la vida. Sabía que no tenía el talento natural para las artes de combate… pero la magia no se limitaba solo a la destrucción.

  Había encontrado otra rama. La Magia de Potenciamiento.

  Un arte que no buscaba atacar, sino elevar las habilidades de un aliado a cambio del maná del usuario. Y, para su sorpresa, tenía un talento innato en ella.

  Bardrim sintió un cosquilleo recorrer su cuerpo. Un calor abrasador fluyó por sus venas. Sus heridas se cerraron en cuestión de segundos, sus músculos se tensaron con la vitalidad de su juventud, y la fatiga que lo acosaba se disipó por completo.

  Sus huesos, antes pesados y resentidos por los a?os de batalla, ahora se sentían livianos como una pluma.

  —?Por la barba de Vulcano! ?Esto es increíble!

  Movió los hombros y apretó el mango de su martillo con renovado entusiasmo. Lidia, aún concentrada en su conjuro, lo fulminó con la mirada.

  —?Deja de escupir estupideces y derrota a ese fantoche!

  Pero antes de que Bardrim pudiera responder con otra burla, los escombros comenzaron a moverse. Una figura emergió lentamente del polvo. El sacerdote se levantó con dificultad, su mano temblorosa sujetó su entrepierna. Sus dientes rechinaron con furia.

  —Maldito… rastrero… —Su voz era un gru?ido gutural, impregnado de dolor y furia contenida. Se tomó un segundo para recuperar el aliento —Supongo que… me lo merecía por confiarme demasiado… —Sus ojos se clavaron en Bardrim con una intensidad asesina. —Pero tranquilo… no pasará otra vez.

  Llevó sus manos a su capucha y la retiró con un movimiento seco. Y entonces Bardrim lo vio. La piel del sacerdote era de un tono verde oscuro, curtida por cicatrices profundas que atravesaban su rostro y su torso.

  Era un orco. Un orco adulto.

  Los orcos eran conocidos por su regeneración monstruosa, capaces de curar heridas menores en menos de un segundo y resistir da?os letales con una tenacidad inhumana.

  Bardrim frunció el ce?o. Sabía exactamente lo que eso significaba. Su enemigo no solo tenía fuerza bruta… era un guerrero nacido para la guerra. El gigante verde llevó una mano a su mandíbula y, con un chasquido escalofriante, se la acomodó sin mostrar rastro de dolor. Un aura oscura lo rodeó, y la energía reparó su cuerpo como si la batalla apenas estuviera comenzando.

  El sacerdote sonrió con fiereza.

  —Muy bien… retomemos nuestra lucha.

  Bardrim escupió a un lado y giró su martillo entre sus dedos. El suelo bajo sus pies se quebró cuando se impulsó hacia adelante con una fuerza brutal.

  El orco no se quedó atrás. Con un rugido de batalla, alzó su hacha con ambas manos, la hoja ardiente brillaba con un aura roja. La energía de ambos guerreros envolvió sus armas con una intensidad descomunal.

  Dos colosos. Dos armas imbuidas con poder puro. Y en ese instante, cuando sus miradas se cruzaron con una única intención asesina…

  —?Choque Tectónico!

  —?Divide Monta?as!

  El mundo explotó. El choque de martillo y hacha desató un cataclismo.

  Una onda de choque arrasó la caverna entera, rompiendo paredes, destrozando pilares y lanzando piedras en todas direcciones. Un resplandor rojo y dorado iluminó las ruinas mientras los titanes gritaban al unísono, entregándose al fragor de la batalla. La tierra se partió. El aire tembló. Y solo uno saldría con vida.

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  El eco de la batalla se filtraba entre los corredores sombríos, un recordatorio constante de que el peligro estaba en todas partes. Luna avanzaba rápidamente, su respiración era controlada y su cuerpo se encontraba en tensión absoluta.

  En su espalda, Cecilia forcejeaba desesperadamente, golpeando su espalda con pu?os temblorosos, tratando de liberarse.

  —?Déjame ir! ?Tengo que ayudar a mis amigos! —suplicó entre lágrimas, retorciéndose en un intento inútil de zafarse.

  Pero el agarre de Luna era férreo.

  —No, se?orita… si la dejo ir, usted estará en peligro.

  Cecilia sintió una punzada de rabia, su dolor explotó en palabras venenosas.

  —??Y qué más te da?! —gritó, quebrada por la desesperación —?A ti no te importa lo que me pase! Solo soy un monstruo…

  Luna sintió cómo su corazón se encogía. Por un instante, su paso titubeó, sus fuerzas parecieron flaquear. Las palabras de Cecilia… la golpearon como una daga al alma.

  —Se?orita… yo…

  Pero su voz se apagó cuando su instinto gritó peligro. A lo lejos, el sonido de pasos apresurados se aproximaba. Luna reaccionó al instante. Desenvainó su daga con rapidez y se deslizó entre las sombras, su mirada se fijó en la dirección del ruido. Esperó, atenta a cualquier ataque. Los pasos se acercaron.

  —?Rápido! ?Es por aquí! —la voz de Elizabeth rompió la tensión, guiando a los demás a través de la penumbra.

  —?Chicos! —gritó Cecilia al reconocer la voz.

  El grupo se detuvo en seco.

  Nhun, que iba al frente, se giró de inmediato, sus ojos se abrieron con incredulidad. Antes de que alguien pudiera reaccionar, Luna emergió de la pared como un espectro, bajando a Cecilia con cuidado.

  Nhun no dudó.

  Se lanzó sobre su amiga, abrazándola con fuerza, su cuerpo tembló como si tuviera miedo de que volviera a desaparecer. Las lágrimas cayeron sin control por sus mejillas oscuras, su rostro enterrado en el cuello de Cecilia alzaba una sonrisa sincera.

  —?Ceci! ?Estás bien!

  —?Cecilia! —la voz de Astrid se unió mientras ella y los demás se acercaban.

  Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Cecilia, su alegría se transformó en inquietud.

  —?Qué sucedió? —preguntó con urgencia —?Y el líder…?

  Cecilia sintió un nudo en la garganta. Recordarlo la hizo entrar en pánico.

  —?Es cierto! —levantó el rostro con desesperación —Está luchando con Alec ahora mismo, tenemos que-

  —No.

  La voz de Luna fue fría, cortante, inquebrantable. Antes de que Cecilia pudiera reaccionar, sintió cómo su brazo era tomado con firmeza. La asesina la miró con una seriedad absoluta.

  —Debemos evacuarla. —Su tono no daba lugar a discusión —Ahora que les ha dado el poder que ellos querían, usted-

  El aire se volvió pesado.

  De repente, todos los presentes sintieron una presión abrumadora en el ambiente. Una sed de sangre desgarradora los envolvió como una neblina sofocante, clavándose en sus mentes y congelando sus cuerpos en un terror instintivo. Luna reaccionó de inmediato. Sus cuchillos danzaron entre sus dedos antes de elevarlos en alto, lista para responder al peligro.

  Algo estaba allí. A lo lejos, el pasillo se alargaba en una espiral de sombras interminables. Y desde la oscuridad… una voz surgió con una calma inquietante, cargada con un odio latente.

  —Miserable traidora…

  El eco de las palabras reptó por las paredes como un veneno invisible.

  —Después de ense?arte mis técnicas… ?Así es como me pagas?

  Los chicos sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas. Una silueta emergió lentamente del abismo.

  —Luna… me decepcionas…

  La voz pertenecía a una mujer. Su tono era suave, pero contenía una dureza que helaba la sangre.

  Luna no titubeó.

  Sus dagas se alzaron de inmediato, su cuerpo adoptó una postura de combate, y su mirada se clavó en la figura que se acercaba. Los chicos comenzaron a temblar violentamente. No era solo el miedo. Era la presencia de algo verdaderamente letal.

  Frente a ellos, envuelta en sombras, se encontraba otra sacerdotisa.

  Sus facciones estaban ocultas, su figura apenas perceptible en la penumbra, pero su simple existencia desprendía un olor nauseabundo, denso y penetrante, como carne podrida mezclada con veneno.

  Reinhard, con su vista entrenada, pudo distinguir apenas lo delgada que era aquella mujer. Demasiado delgada. Pero Juliana fue quien notó algo más. Un sonido. Un siseo ligero. Uno que se escondía entre las palabras de la mujer. y luego… Elizabeth la vio. Con su don para ver entre las sombras, sus ojos captaron cada detalle de la figura oculta.

  Su cuerpo era largo y esbelto, de una delgadez inhumana. Pero su rostro… no era el de una humana.

  Una cabeza de cobra emergía de su túnica, su piel estaba cubierta de escamas oscuras que relucían con la tenue luz del corredor. Sus piernas eran gruesas y escamadas, parecidas a las de Reinhard, pero terminaban en una cola retorcida con una punta afilada, donde alguna vez hubo un cascabel extirpado.

  Elizabeth sintió cómo su garganta se secaba.

  Sus recuerdos la llevaron de inmediato a la Doctora Mirne, quien pertenecía a la subraza de las Medusas. Pero esta mujer… era una Euríale. Una subraza aún más peligrosa de las Gorgonas.

  —E- es una Euríale… —susurró con horror, apenas capaz de pronunciarlo. Se giró de inmediato y exclamó: —?Debemos huir!

  Los chicos no esperaron una segunda advertencia. Nhun tomó la mano de Cecilia y echó a correr junto a los demás, deslizándose entre las sombras del pasillo. Pero apenas habían avanzado unos metros cuando…

  ?CLANG!

  Desde las paredes, cuchillos emergieron como lanzas afiladas, bloqueando su paso en un instante. El escape estaba cerrado.

  —?En serio creen que los dejaré ir así? —susurró la sacerdotisa, llena de burla.

  Luna sintió la presión sobre su espalda y apretó los dientes. Sabía lo que tenía que hacer. No había otra opción.

  —?Váyanse! ?Yo la retendré!

  Sin perder un segundo, se impulsó con toda su fuerza, lanzándose hacia su enemiga. Las dagas brillaron en su mano y se dispararon a una velocidad mortal.

  Pero la figura desapareció.

  Se deslizó entre las sombras con una agilidad sobrehumana, como si nunca hubiera estado allí en primer lugar. Su velocidad era espléndida. Y en un parpadeo, apareció al lado del grupo.

  Las garras de la gorgona estaban a punto de cerrarse sobre Cecilia cuando…

  ?SLASH!

  Luna apareció delante de ella. Sus dagas mágicas se hundieron en el cuerpo de la sacerdotisa. Pero Luna no sonrió. Porque lo que sintió no fue carne. Fue aire. Los ojos de la asesina se abrieron con sorpresa.

  La gorgona se alejó unos pasos, evaluando su herida con una mirada impasible. Sus dedos esbeltos se deslizaron sobre la sangre que escurría de la peque?a punzada en su muslo.

  Sin prisa, llevó el líquido rojo oscuro a su boca y pasó lentamente su escalofriante y afilada lengua sobre el filo de sus garras. Saboreó la sangre con un deleite casi perverso.

  —Hmm… veneno paralizante… —murmuró, relamiéndose —Aprendiste bien, pero…

  Su mirada se desvió bruscamente hacia la entrada de la caverna.

  ?BOOM!

  Un rugido ensordecedor sacudió los túneles cuando las dagas explosivas incrustadas en el techo estallaron al mismo tiempo. La estructura tembló y, con un estruendo atronador, las rocas colapsaron. El polvo y los escombros se elevaron como una niebla densa, cerrando por completo el paso.

  Cecilia gritó desesperada al ver cómo la única salida era destruida.

  —?Luna!

  Pero cuando su mirada encontró la de su salvadora… Luna le dedicó una sonrisa sincera. Su última sonrisa. El polvo comenzaba a tragársela, pero su voz logró atravesar la distancia.

  —Cecilia… —La asesina tragó saliva, conteniendo las lágrimas que amenazaban con brotar —Lamento haberte dicho aquellas palabras… —Cecilia abrió los ojos con sorpresa, sintiendo su pecho oprimirse —Por favor, vive. —El eco de su voz se volvió un susurro en la penumbra —Vive por tu madre… y por mí.

  ?CRASH!

  Las rocas finalmente se desplomaron y el polvo cubrió todo el pasillo. El escape estaba sellado. Nadie más entraría y nadie más saldría.

  Era un duelo a muerte.

  Luna se volvió lentamente hacia la sacerdotisa gorgona, su expresión se endureció en una mueca de puro desprecio. Sus dagas giraron entre sus dedos, listas para desatar un torrente de ataques. Su enemiga la observó con calma, cruzándose de brazos con una sonrisa de ligera molestia.

  —Vaya… no sabía que podías hacer esa cara. —Chistó, con un poco de decepción —Eras mi alumna favorita. Incluso, pensé en darte mi mando como herencia…

  Los ojos de Luna ardieron con furia.

  —No necesito nada de ti, ni del culto.

  La sacerdotisa negó con la cabeza.

  —Es una lástima…

  Y en un parpadeo, desapareció. Su movimiento fue tan veloz que solo quedó un espejismo en el aire. Un susurro helado rozó el oído de Luna.

  —?En serio crees poder vencerme?

  El instinto asesino de Luna la hizo reaccionar al instante. Giró su daga con precisión milimétrica y lanzó un tajo certero hacia su antigua maestra. Pero antes de que la hoja pudiera encontrar carne… su mu?eca fue atrapada.

  La gorgona la sostuvo con una facilidad humillante, su agarre era firme como una garra de hierro. Luna no pudo moverse.

  —?En serio? —La sacerdotisa sonrió con burla, su mirada verde esmeralda la perforaba con una cruel superioridad —Esto no fue lo que te ense?é.

  Un golpe brutal en el costado la arrojó contra la pared como un mu?eco de trapo. El impacto levantó escombros y polvo, y el dolor punzante se extendió por el torso de Luna como fuego ardiendo en su carne.

  Su respiración se volvió entrecortada. Había subestimado la diferencia entre ellas. La gorgona caminó hacia ella con paso lento, su desagrado se reflejaba en sus ojos venenosos.

  Pero entonces… se detuvo. Un peque?o dolor se extendió en su muslo. Bajó la vista y encontró una aguja clavada en su piel, llena de veneno.

  —?Intentaste envenenarme? —Su tono era una mezcla de burla y molestia —?Crees que puedes romper la barrera entre el sexto y octavo rango con veneno?

  Se inclinó y sacó la peque?a aguja con total indiferencia, examinándola con curiosidad. Sacó su lengua larga y delgada y lamió la punta del veneno, cerrando los ojos mientras lo saboreaba.

  Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sus labios se curvaron en una sonrisa divertida.

  —Hmm… veneno de wyvern.

  Luna apretó los dientes. La sacerdotisa se carcajeó suavemente.

  —?Cómo lo conseguiste? —Movió la aguja entre sus dedos con la misma delicadeza con la que alguien jugaría con una pluma —Guardándote venenos exóticos para ti sola, ?Eh? —Lanzó la aguja a un lado con desinterés —No importa. Aunque el veneno de Wyvern te mata en días y no en minutos como otros venenos… —La Euríale se encogió de hombros con indiferencia —Es mejor no arriesgarse. No me gusta el dolor…

  Con un gesto tranquilo, bebió de un peque?o vial, extrayendo hasta la última gota del antídoto que guardaba en su kit. Un sabor dulce y simple le recorrió la lengua mientras sus pupilas se dilataban levemente por la reacción del elixir en su sistema.

  Se relamió los labios escamosos con placer antes de volver su mirada hacia su discípula desobediente.

  —Bueno, sigamos con lo nuestro.

  Antes de que Luna pudiera reaccionar, una ráfaga de cuchillas ardientes surcó la oscuridad como meteoritos asesinos. El aire se tornó hirviente con cada proyectil mágico. Luna apenas tuvo tiempo de rodar por el suelo, esquivando por milímetros las cuchillas que buscaban arrancarle la vida.

  Su respiración era errática, su cuerpo ardía por la fatiga, pero no podía detenerse. La oscuridad era su único escudo, pero también el de su enemiga. La gorgona se movía sin ser vista, su presencia se fusionaba con las sombras de la caverna como si ella misma fuera parte del entorno.

  Luna tensó cada fibra de su ser.

  ??Debo tomar distancia!?

  Su única opción era ganar tiempo. Con un movimiento rápido, lanzó dagas a la penumbra de donde provenían los ataques. Pero nada. No hubo impacto, ni el sonido de una herida… solo vacío.

  El veneno en el aire no surtía efecto… su oponente estaba jugando con ella. La gorgona se divertía. Desde su escondite, la Euríale observaba con un orgullo cruel el desesperado intento de su discípula por sobrevivir. Cada esquive… cada respiración acelerada… Cada gota de sudor cayendo de su frente… La complacía.

  —Oh, torpe ni?a… —pensó con desdén, sus ojos vibraron con una calma depredadora —Caer ante tales sentimentalismos… qué decepción.

  Luna aún intentaba resistir, pero su fuerza no era infinita. La sacerdotisa lo sabía. Y ella estaba esperando a que su presa colapsara.

  —Como tu maestra… —susurró para sí misma, con una sonrisa venenosa —solo yo tengo el derecho de enterrarte aquí…

  Los muros temblaban con cada impacto de espada. El choque resonaba como truenos en una tormenta, cada destello de sus armas iluminaban las sombras de la enorme sala.

  Cáliban y Alec no se daban tregua.

  Ambos se desplazaban con una velocidad sobrehumana, sus siluetas se movían en un brutal intercambio de ataques. Un corte. Una esquive. Un contraataque. Una colisión mortal. Todo ocurría en un fino parpadeo.

  Los ojos de Alec ardían con odio. Su filo buscaba una sola cosa, terminar con Cáliban.

  Cada embate era dirigido a los puntos débiles del joven guerrero, cada tajo llevado con la intención de cortar carne, quebrar huesos, atravesar su corazón. Pero Cáliban no caía. No solo esquivaba. No solo bloqueaba. Respondía y lo desafiaba.

  La furia de Alec creció cuando Cáliban desvió su ataque y golpeó su rostro con un pu?o desnudo. Su mandíbula crujió con el impacto, el eco del golpe reverberó en la sala.

  Un recordatorio. Un mensaje silencioso que parecía decir “No eres mejor que yo.”

  Alec se tambaleó, sintiendo su labio partirse y el sabor metálico de su sangre en la boca. Su cuerpo tembló, no de dolor… sino de pura frustración. Esto no estaba en sus planes.

  —?Solo muere! —rugió con una rabia descontrolada.

  Se impulsó con todas sus fuerzas, elevando su espada en un arco descendente con la intención de partir a Cáliban en dos.

  ?CLANG!

  El filo descendió con brutalidad, pero Cáliban lo detuvo. Su espada desvió el ataque con precisión. El destello de las hojas al chocar iluminó sus rostros. Ojos contra ojos. Rabia contra determinación. Alec respiró agitadamente.

  ?Pensé que podría acabar con él fácilmente…?

  Pero algo lo estaba deteniendo.

  Algo en la forma de moverse de Cáliban… en la manera en que esquivaba… en la fluidez de su postura… era diferente. Su espada no seguía patrones normales. No era la “Canción de Guerra”. No era un estilo convencional.

  Alec alzó su espada nuevamente, pero esta vez sin reservas, sin miedo, sin vacilación. Desde lo más profundo de su alma, el ánima despertó. Un resplandor violeta surgió de su cuerpo, envolviendo su arma con un brillo antinatural.

  Cáliban sintió el cambio de inmediato. La energía de Alec ya no era solo suya. La luz dorada que antes lo rodeaba se había corrompido, manchada por el poder divino de la diosa.

  Cáliban observó en silencio, con una única emoción en su rostro… lástima.

  ?No cabe duda… se ha entregado por completo a ella.?

  Respiró hondo, cerrando los ojos por un instante antes de agitar la cabeza con indiferencia. Si Alec había cruzado esa línea, ya no había retorno. No había redención. Solo había un destino para él.

  —No tengo más remedio que acabar con su vida.

  Sin más palabras, giró su arma en el aire. El aura rojiza que la envolvía cambió. Un carmesí oscuro reemplazó su brillo, absorbiendo la luz, devorándola como si fuera un agujero negro.

  Pero en lo profundo de su ser, Cáliban sintió el costo. Su cuerpo gritó en agonía. Tres energías fluyan dentro de él al mismo tiempo, desgarrando su carne, consumiendo su resistencia como fuego hambriento.

  Pero no tenía opción. Si quería repeler el poder divino de Alec, debía arriesgarlo todo. Sin más preámbulos, ambos se lanzaron al ataque. El aire se desgarró con el primer choque de espadas.

  El impacto fue devastador. Explosiones de energía sacudieron la sala del trono, destruyendo pilares, resquebrajando el suelo bajo sus pies. Alec atacaba con ferocidad, su velocidad aumentaba con cada tajo, su intención asesina era clara. Quería matar a Cáliban con cada golpe.

  Pero Cáliban no retrocedía. Mantenía la distancia entre cada ataque, esquivaba y contraatacaba cortando entre las debilidades de su esgrima.

  Alec era talentoso, sin duda. Pero era un novato con su nueva energía. Su cuerpo aún no se había acostumbrado al poder divino y Cáliban explotaría esa debilidad hasta su última consecuencia.

  Los vendavales de energía chocaban una y otra vez, colisionando como dos tormentas dispuestas a aniquilarse mutuamente. Pero entonces… Cáliban hizo su jugada final. Cuando Alec levantó su espada para un ataque descendente, su mano izquierda se movió.

  Una cadena carmesí emergió del suelo como una serpiente hambrienta. Antes de que Alec pudiera reaccionar, la cadena se enroscó en su mu?eca. El maná frío se expandió en un instante, congelando su mano y paralizando su agarre. Los ojos de Alec se abrieron con horror.

  Intentó retroceder de inmediato, pero otra cadena lo atrapó. Sus pies quedaron clavados en el suelo, su pierna se cubrió de hielo en un susurro mortal. Y entonces…

  ?SLASH!

  El filo de Cáliban cortó sin piedad. Aunque logró esquivarlo por poco, el brazo de Alec fue cercenado en un solo movimiento. Un grito desgarrador resonó en la sala. Alec cayó de rodillas, sujetando el mu?ón ensangrentado donde su extremidad había estado.

  El dolor era insoportable. El miedo era aún peor. Por segunda vez en su vida… Alec sintió la desesperación de la derrota absoluta.

  ?Maldita sea… maldita sea…?

  El sudor frío recorrió su espalda, su visión se nubló por el dolor y la rabia.

  ???Por qué no puedo ganarle?!?

  Cáliban avanzó, sus pasos calmados eran un eco que sentenciaba el final. Alec quiso moverse. Quiso levantarse. Pero su cuerpo no respondía. Entonces, un susurro resonó en su mente.

  Desde el vacío de su conciencia, una voz emergió. Dulce, gentil e Inquietante.

  ?Mi ni?o…?

  Los ojos de Alec temblaron. La Gran Madre, la diosa le hablaba. Cáliban no le dio oportunidad de responder. Levantó su espada, listo para dar el golpe final. El tajo descendió como la sentencia de un verdugo. Pero entonces…

  ?CLANG!

  Algo lo detuvo. Cáliban retrocedió, sus ojos se encontraron con algo imposible. Alec… no. Ahora era Alexa.

  El cuerpo de Alec cambió en un instante. Su rostro se volvió femenino, su expresión más afilada, sus facciones más definidas y en sus labios, una sonrisa monstruosa apareció. Su espada, que antes vibraba con un resplandor violáceo, se aclaró. El ánima se refinaba lentamente. Alexa sonrió suavemente.

  —?Te atreves a meterte con mi ni?o?

  Cáliban sintió un escalofrío recorrerle la piel. La diosa sonrió aún más, sus dientes afilados se asomaron en una mueca que no parecía humana. Un rostro que no debía existir.

  —Veamos cómo te desenvuelves con alguien a tu nivel.

  Cáliban apretó los dientes. Ahora la batalla era diferente. Ya no luchaba contra Alec. Luchaba contra la diosa misma. Y el verdadero combate… …acababa de comenzar.

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