El festival se extendía entre los estudiantes con júbilo de la celebridad. Banderas ondeaban al viento, los tambores resonaban como el latido de un gigante dormido, y el aroma a especias y carnes asadas impregnaba el aire. Ahora, era el momento de dar inicio al evento principal. Las multitudes se arremolinaban en las entradas del coliseo, empujándose con impaciencia, pues nadie quería perderse el enfrentamiento entre soldados y nobles.
Desde los asientos exclusivos para los profesores, Aasmir alzó la mirada, su expresión ce?uda y reflexiva escudri?aba cada equipo que participaría en la contienda, analizando su porte, su preparación, su determinación.
—Ahora hay más equipos que en un principio… —murmuró, entrelazando los dedos sobre la mesa —Supongo que fue buena idea cambiar el evento esta vez…
—Supongo que sí… —comentó la profesora Meeris, con un poco de ironía en su suave voz —Muchos gremios casi no entraban este a?o al enterarse de que se enfrentarían a caballeros espirituales de élite… la idea de hacer un evento de cierre fue acertada. De lo contrario, todo se habría vuelto corto y aburrido…
Aasmir giró la cabeza hacia la habitación reservada para los profesores. La sala estaba decorada con muebles de madera noble y finos tapices; las mesas rebosaban de manjares dignos de la aristocracia. Sin embargo, el lugar estaba inquietantemente vacío.
—Por cierto… —murmuró, con el ce?o fruncido —?Dónde están los demás profesores?
Meeris entrecerró los ojos y recorrió la sala con la mirada. Apenas unos cuantos catedráticos estaban presentes, susurrando entre ellos con incomodidad. Faltaban demasiados…
?Ni siquiera están aquí Yannes ni la profesora Rain… ?Qué está sucediendo? Tampoco vinieron los profesores de los distritos rojos…?
El pensamiento le hizo sentir un escalofrío en la nuca. Algo no encajaba. Sus instintos, curtidos por a?os de batalla, le advertían de una amenaza inminente. Sin embargo, su preocupación se disipó momentáneamente cuando una ráfaga de viento irrumpió en el coliseo, levantando una nube de polvo dorado.
Desde el centro de la arena, emergió la figura imponente del director. Su túnica azul oscilaba con la corriente mágica, y su mirada penetrante se paseó por las gradas con autoridad.
—?Buenos días, jóvenes estudiantes! —anunció con una reverencia. Su voz, amplificada por hechicería rúnica, resonó con claridad en cada rincón del coliseo, provocando un estallido de vítores —?Daremos inicio al evento! ?No sin antes, darle la bienvenida a un invitado distinguido!
El murmullo expectante se extendió entre la multitud.
—?Me complace presentarles a una vieja amiga! ?La Gran Sabia Lothrim!
El griterío explotó en las gradas. El nombre de Lothrim no era uno que se escuchara a la ligera; su leyenda trascendía generaciones. Guerreros, magos y caballeros rugieron su emoción. Era un milagro poder ver a dos de los héroes más grandes del continente juntos.
Entonces, una presencia se manifestó en la arena. Lothrim no llegó con estrépito ni con pompa. No necesitaba adornos. Con un simple movimiento de su abanico de seda, desató un viento etéreo que barrió el coliseo con un zumbido celestial.
El estruendo del público se silenció de inmediato.
Los espectadores sintieron su pecho oprimido por la abrumadora presión de su poder. Todos los presentes entendieron, en un instante, por qué la llamaban la Gran Sabia.
Madame Lothrim dio un paso adelante. Su porte elegante y su presencia majestuosa dejaron sin aliento a las gradas, que contuvieron la respiración, expectantes. La magia antigua vibraba en el aire, una fuerza intangible pero imponente, digna de la experiencia de aquella mujer.
Recorrió las gradas con la mirada, como si su sola presencia pudiera leer las emociones de la multitud. La tensión era palpable. Esperó el momento justo, dejando que el silencio se prolongara lo suficiente para que cada persona sintiera el peso de lo que estaba por venir. Entonces, con una voz firme y melodiosa, rompió el hechizo de la quietud.
—?Me complace haber sido invitada a inaugurar este evento! —proclamó, su tono resonó con una calma poderosa —?Gracias a la invitación de Kasus, la Organización ha decidido formar parte de esta ocasión como muestra de gratitud. Y, como regalo para ustedes, les brindaremos un espectáculo digno de recordar!
Un simple movimiento de su abanico fue suficiente. La magia fluyó en una danza imperceptible y, de inmediato, una enorme pantalla de luz se proyectó en el aire por encima de ella. Nombres comenzaron a aparecer en ella, brillando con tonos dorados y plateados.
—?Estos son los guerreros que se enfrentarán en el desafío que tienen por delante! ?Que sus nombres sean grabados en la historia para siempre!
Se?aló con su abanico una de las entradas de la arena. Desde la penumbra de los portones de roca, cuatro equipos emergieron con pasos firmes. La luz del sol recortó sus siluetas con un aura imponente. Eran jóvenes, pero la determinación en sus rostros demostraba que no habían llegado allí sin motivo.
—?Gloria a aquellos que arriesgan su vida este día!
El rugido de las gradas estalló como una tormenta. La energía del público se elevó, como un torrente de esperanza y emoción. Cada guerrero de primer a?o sintió el peso de esas voces, la expectación se cernía sobre ellos como una carga o una bendición.
En medio de la multitud de competidores, uno de ellos se veía notablemente más pálido que el resto. Erick Stein respiraba con dificultad, su cuerpo temblaba de forma casi imperceptible.
?Vamos… vamos… ?Tú puedes! ?Eres un noble! ?Puedes con esto!?
Intentó convencerse a sí mismo, pero su corazón latía con fuerza descontrolada. Desde que había sido testigo de la actitud de Cáliban hacía Mithra, había creído que finalmente podría librarse de aquel asunto. Pero la verdad era que la inquietud nunca lo abandonó. Su mente se veía consumida por la duda, por el temor de que Alec y su escuadrón buscarán venganza por la falsa acusación que pesó sobre ellos.
Durante semanas había evitado sus miradas, intentó volverse invisible en los pasillos de la academia. Ahora, en la arena, sintió un escalofrío recorrerle la espalda y, con un sutil movimiento de ojos, buscó entre el público al grupo de Alec, pero no los vio.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios.
?Muy bien… todo está bien. Solo necesito captar la atención de algún noble…?
Pero Erick no era el único con una ambición oculta. Entre los demás participantes, el murmullo nervioso se extendía. Cada uno tenía algo que probar, una meta que alcanzar. Algunos querían impresionar a un maestro, otros buscaban demostrar que eran dignos de sus títulos, y otros simplemente querían sobrevivir al día.
Desde la arena, Madame Lothrim percibió el temblor en sus corazones. Sus ojos se entrecerraron con dulzura y, con la delicadeza de un susurro, movió sus dedos en un gesto casi imperceptible. Una brisa tenue llevó consigo un fino polvo plateado, disipándose en el aire hasta llegar a las narices de los jóvenes guerreros.
Los efectos fueron inmediatos. Un calor reconfortante inundó sus cuerpos, una calma profunda desterró el pánico de sus mentes. Sus respiraciones se estabilizaron, sus músculos dejaron de temblar.
Desde su lado, el director Kasus observó la escena con una sonrisa.
—Siempre preocupándote por los demás, Valeria… —comentó con aire amistoso.
Madame Lothrim ocultó sus facciones tras su abanico, su mirada entrecerrada reflejaba un brillo de ligera incomodidad, así como un poco de vergüenza.
—Tú y tus sucias palabras, viejo loco…
El director solo respondió con una leve risa, su diversión era evidente. Le encantaba molestar a la sabia, jugar con su paciencia, aunque sabía que Lothrim nunca caería en provocaciones tan burdas.
Ella, con su porte inquebrantable, decidió ignorarlo. En cambio, con elegancia y firmeza, alzó la voz una vez más, atrayendo toda la atención hacia sí.
—?Muy bien! ?Ahora que los equipos están aquí, comencemos con la primera ronda!
Su mano se alzó hacia el frente y, en un instante, sus dedos comenzaron a irradiar una suave luz verde. La energía mágica pulsó en el aire, causando un estremecimiento en el suelo que se expandió como un latido poderoso.
El coliseo entero vibró. Un sonido grave y profundo, como el despertar de una bestia dormida, recorrió la arena. La transformación comenzó de inmediato.
Las rocas y la arena se alzaron en columnas irregulares, esculpiéndose en peque?as monta?as. La tierra se endureció, tomando una textura áspera y firme, apta para el combate. Brotes de hierba emergieron de la nada, extendiéndose como una ola verde que devoró la aridez del suelo. árboles retorcidos y enredaderas gruesas cobraron vida, cubriendo el paisaje con sombras danzantes. Un ecosistema entero había nacido en cuestión de segundos.
Los estudiantes quedaron paralizados por la fascinación. Aquello no era solo magia, era un arte divino. Un solo movimiento de la mano de Madame Lothrim había cambiado por completo el escenario de la batalla. La atmósfera pesaba con su presencia, su aura irradiaba poder y sabiduría, la verdadera marca de una sabia.
Mientras la multitud se maravillaba, en los asientos más alejados, donde las riquezas no brillaban y la gloria no tenía cabida, un hombre observaba en silencio.
Desde su asiento en la última fila, cubierto por una capucha desgastada, sus ojos brillaron con un destello de interés. Su complexión fuerte se ocultaba tras las sombras, al igual que su cabello carmesí, que mantenía cuidadosamente cubierto. No quería ser visto, no ahora.
?Woah… siempre es una sorpresa ver tal muestra de poder…?
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro mientras contemplaba la arena transformada. Imaginaba las posibilidades, las estrategias, los desafíos que vendrían si algún día tuviera que enfrentarse a una entidad como Lothrim.
Pero él no estaba allí para ella.
?Supongo que tendré que esperar hasta el evento estelar para ver al gremio Avalon…?
El bullicio de los jóvenes lo sacó de su enso?ación. El ruido lo irritaba cuando quería ver una batalla. Odiaba las multitudes, el clamor de la gente, el entusiasmo desbordado de aquellos que aún no entendían el peso de la batalla real como solo él podría darlo. Pero no tenía opción.
—Tío… ?Por qué me torturas mandándome a un lugar como este? —murmuró con desdén, dejando escapar un suspiro largo y resignado.
Mientras tanto, en la arena, Madame Lothrim continuó con su anuncio.
—?Las reglas son simples! —declaró con una voz que cortó el aire como una espada —?Encima de cada colina hay una bandera que deberán proteger a escudo y espada! ?El equipo que logre robar todas las banderas enemigas será declarado vencedor! ?Que la suerte los acompa?e, jóvenes promesas!
Con la misma elegancia con la que conjuró el escenario, la sabia dio un paso atrás, cediendo la palabra al director. Kasus se adelantó, su presencia magnética atrajó la atención de inmediato.
—?Como Madame Lothrim ha dicho, las reglas son simples! —su voz resonó en todo el coliseo —?Los ganadores de cada ronda se enfrentarán hasta que solo quede un gremio en pie! ?Los participantes tendrán cinco minutos para planear su estrategia! ?La batalla comenzará en cuanto dé la se?al! ?Equipos participantes, tomen sus posiciones!
Los equipos se dispersaron rápidamente, moviéndose hacia los puntos estratégicos que les darían la mejor ventaja defensiva. El campo de batalla ya no era una simple arena; era un terreno de guerra, y cada decisión que tomarán determinaría su destino en la contienda.
Desde lo alto de las gradas, en los palcos reservados para los nobles que representaban las casas más influyentes, una joven observaba el desarrollo del evento con una mezcla de impaciencia y desesperación.
Sus ojos cafés brillaban con furia contenida, su mandíbula estaba apretada.
—?Cuánto faltará para que aparezca la se?orita? —gru?ó Liviana, cruzando las piernas con impaciencia. Su rostro reflejaba una leve irritación, como si cada segundo de espera le pesara en el alma.
—Capitana, debe ser paciente. —le recordó una de sus escoltas, con un tono sereno pero firme —Recuerde que todavía falta tiempo para el evento estelar.
—?Sí! ?Estoy segura de que la se?ora dará un espectáculo inolvidable! —exclamó otro guardia, con su entusiasmo contrastando con la impaciencia de su líder.
A sus espaldas, dos de sus guerreras más devotas se mantenían en posición, vestidas con imponentes armaduras de un brillo casi celestial. Las placas metálicas estaban decoradas con relieves de alas extendidas, símbolos del reino al que servían con fervor. Aquel resplandor era una declaración de su honor y lealtad; nadie que las viera podía dudar de su compromiso con su patria.
Pero no todos en la sala compartían la misma visión.
—Por cierto… —murmuró una de las escoltas, endurecida por una ligera hostilidad —No sabía que esas criaturas tenían permitido estar aquí…
Liviana desvió la mirada con calma, siguiendo la dirección de la insinuación de su soldado. En una esquina apartada de la lujosa habitación, donde los nobles de otras casas evitaban acercarse, se encontraba un grupo distinto a todos los presentes.
Sentado en un imponente sillón, envuelto en un aura de indiferencia, Edmund observaba la pantalla mágica con una concentración absoluta. A su lado, su escolta de vampiros, impecablemente uniformados, se mantenía en completo silencio. No reaccionaban a las miradas incómodas de los nobles, ni a los susurros llenos de desprecio que se filtraban en el aire. Pero sus sentidos estaban alerta.
—Se?or… ?Esto está bien? —susurró uno de sus guardaespaldas, inquieto por las expresiones de desagrado que recibían sin disimulo alguno.
Edmund no apartó la vista de la pantalla.
—Está bien. —respondió con una voz grave y fría —La gente ignorante teme lo que no comprende…
Su voz era tranquila, serena. Pero entonces, una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Sus ojos brillaron con un rojo intenso, una advertencia sutil pero letal.
—Aunque… —prosiguió con un tono apenas más bajo —no me molestaría acabar con algunas de estas incomodidades.
El aire en la habitación cambió de inmediato.
El peso de su presencia se hizo insoportable. Un silencio sofocante se extendió por el lugar. Algunos nobles apartaron la mirada, incapaces de sostener el fulgor carmesí de aquellos ojos. Otros tragaron en seco, intentando aparentar indiferencia. La tensión era un cristal a punto de romperse.
Y entonces…
?BAM!
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El fuerte sonido de la puerta al chocar contra la pared resonó en la sala como un trueno, rompiendo el aire enrarecido. Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Tres mujeres irrumpieron en la habitación sin el más mínimo atisbo de delicadeza.
Sus armaduras estaban hechas de piel de bestias colosales, forjadas con el salvajismo de las tierras indómitas. Desprendían un aura primitiva y feroz, una amenaza latente que no necesitaba palabras para ser comprendida.
Liderando el grupo, una mujer de melena ardiente avanzó con paso firme. Sus ojos, de un brillo predatorio, recorrieron la habitación con una mirada calculadora y penetrante. Evaluaban cada movimiento, cada expresión.
Randa y sus hermanas de batalla no eran bienvenidas en lugares como aquel. Y lo sabían. Pero tampoco les importaba.
Se dirigieron directamente a la sección que les habían reservado, apartadas del resto, sin saludar ni dignarse a intercambiar cortesías con la nobleza presente. No estaban allí para eso.
Randa se dejó caer en su asiento con un resoplido.
—Supongo que la se?ora volvió a meterse en un problema…
—Cuando un reto de esta magnitud te es impuesto, no hay forma de retroceder. —contestó una de sus compa?eras, observando la pantalla mágica con una expresión seria —Pero… ?Qué la habrá llevado a enfrentarse a las tropas de Lothrim? ?Qué opina, general Randa?
La guerrera no respondió de inmediato. Su mirada se clavó en la imagen de la pantalla. Su mandíbula se tensó. No era la primera vez que Juliana se lanzaba de cabeza a un desafío imposible… pero esta vez era diferente.
Esta vez, el enemigo era la Gran Sabia Lothrim. Randa conocía demasiado bien la condición de Juliana. Más que venir a verla pelear, estaba allí por otra razón. Si su maldición se descontrolaba… si ella cruzaba la línea… tendría que intervenir.
—Sea lo que sea… mantengan la guardia alta en caso de que nuestra se?ora corra peligro. Algo no se siente bien aquí…
La voz de Randa, normalmente firme e inquebrantable, llevaba consigo un matiz de inquietud. Sus instintos agudos gritaban en su interior. Había algo en el aire… algo que no podía ver, pero que su ser reconocía como una amenaza latente.
Las amazonas a su lado no cuestionaron sus palabras. No era el momento de dudar. Sus manos se aferraron con más fuerza a sus espadas, y sus escudos brillaron bajo la tenue luz del salón. A la mínima se?al de peligro, estarían listas para actuar.
Y entonces, la voz del director se alzó por encima del rugido de la multitud.
—?Muy bien! ?Es hora de comenzar el evento!
Desde el centro de la arena, Kasus alzó su dedo índice hacia los cielos. Una peque?a esfera de luz nació en la yema de su dedo y, en un instante, ascendió como un rayo en dirección al firmamento. Al alcanzar su punto más alto, la esfera estalló en una ráfaga luminosa, ba?ando la arena con un resplandor cegador.
Esa era la se?al.
Los gremios se movilizaron de inmediato. Los combatientes se dispersaron, corriendo hacia sus posiciones estratégicas. Algunos tomaron colinas, otros buscaron refugio tras formaciones rocosas, mientras que los más audaces se lanzaron directamente al choque contra sus rivales.
Las gradas estallaron en gritos y vítores. El fervor de la competencia llenó el ambiente con una electricidad inconfundible. Para muchos, este evento era más que un simple enfrentamiento; era una oportunidad para demostrar su valía, para escribir sus nombres en la historia de sus familias.
Pero, lejos del bullicio de la arena, entre las sombras de las imponentes paredes de piedra grabada con símbolos antiguos, unos ojos fríos observaban en silencio.
El Soberano estaba allí.
Desde la lejanía, su mirada se fijaba en el director. Cada uno de sus movimientos era analizado con precisión milimétrica. Buscaba cualquier signo de debilidad, cualquier apertura, cualquier instante de duda. Pero Kasus se mostraba inquebrantable.
?No hay tiempo para vacilar…?
El plan estaba en marcha. Todo lo que necesitaba era esperar hasta la final.
Madame Lothrim avanzaba por los pasillos con paso seguro, su túnica ondeaba levemente a su alrededor. Había decidido hacer una visita a los nobles representantes. Si el futuro de la academia estaba en juego, debía asegurarse de que aquellos con poder de decisión estuvieran al tanto de cada detalle.
Mientras caminaba, Loana y Sandra se acercaron a ella. La primera llevaba un itinerario en la mano, revisando los tiempos y ajustes de último minuto. Pero Lothrim apenas prestó atención al documento.
Había otra cuestión que inquietaba su mente desde hacía días. Sin detenerse, preguntó con aparente ligereza:
—Sandra… ?Tienes noticias de Alec?
Sandra no vaciló en su respuesta.
—Oh, maestra… Alec ha estado entrenando junto a su grupo para el evento. No se preocupe, estarán justo a tiempo para la final.
La Gran Sabia la observó por un breve instante. Sandra era una mujer astuta, sabía que debía mantener la calma para no levantar sospechas. Pero algo en su tono… en su lenguaje corporal… la hacía dudar un poco.
Lothrim suavizó su expresión y esbozó una sonrisa sincera.
—Ya veo. Me alegra escuchar eso.
Continuó su camino, aunque la duda seguía carcomiendo su interior.
Apenas dobló la esquina de uno de los pasillos más amplios del palacio, su atención fue capturada por una imponente figura.
Frente a ella, un Lacertilian de escamas rojas se mantenía erguido con una elegancia marcial. A su alrededor, una escolta de guerreros armados con lanzas y protegidos por relucientes armaduras negras formaban un semicírculo a su alrededor. No había hostilidad en su presencia, pero sí una disciplina férrea, el tipo de postura que solo los soldados más experimentados mantenían de forma natural.
Al verla, el joven lagarto inclinó la cabeza con respeto, su voz vibrante resonó con admiración genuina.
—?Oh, Gran Sabía! —La reconoció al instante y, sin dudarlo, se acercó para saludarla con la solemnidad de encontrarse ante una leyenda viviente —?Es un honor conocerla!
Madame Lothrim detuvo su andar, evaluándolo con la misma precisión con la que analizaba los misterios del mundo.
—El honor es todo mío… ?Se?or…?
El Lacertilian inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos negros brillaron con un destello afilado.
—Lartyr Tyrant, a su servicio.
Lothrim asintió lentamente, grabando el nombre en su memoria. Había algo en él… algo que le recordaba a un fuego antiguo, el alma de un guerrero que conoció hace mucho tiempo.
Lartyr se ofreció acompa?ar a Madame Lothrim el resto del pasillo, caminando a su lado con la imponente tranquilidad que solo un miembro de la realeza de Tyrant podía poseer.
Madame, siempre observadora, no pudo evitar preguntarse qué hacía un príncipe de la orgullosa nación en aquel evento con la situación actual de Tyrant. Su curiosidad se avivó, pero decidió abordar el tema con sutileza.
—Es raro ver a un miembro de la realeza de Tyrant en estas tierras. —comentó con calma, dejando que la conversación fluyera de forma natural —No esperaba que su reino se involucrase en los asuntos de la academia con la guerra.
Lartyr soltó una carcajada abierta, fuerte y segura, como si encontrara divertida la idea de ser tratado con la misma cautela que una bestia salvaje.
—Mi primo nunca ha sido de los que causan problemas, ni una sola vez desde que era peque?o. —dijo con una sonrisa en su rostro —Por eso, fue grande mi sorpresa cuando escuché que se había metido con los caballeros espirituales de la se?ora Lothrim.
Sus ojos dorados la miraron con un brillo curioso antes de continuar:
—Por favor, si Reinhard ha causado algún problema, espero que pueda perdonarlo…
Madame Lothrim lo miró de reojo, con una leve sonrisa en sus labios. Su risa fue apenas un susurro, pero bastó para relajar al joven príncipe.
—Tranquilo, ninguno de la Casa de los Especiales ha cometido falta alguna. —dijo con suavidad —Me temo que esta batalla no es más que una muestra del orgullo ciego de mi nieto…
Por primera vez en la conversación, su voz se tornó amarga.
—Lamento mucho que tu primo se viera involucrado en esto.
Por un instante, su semblante se oscureció.
Las decisiones de Alec la atormentaban. Sabía que su nieto tenía una voluntad de hierro, pero también conocía la imprudencia que venía con la juventud. La culpa le pesaba en el pecho como una cadena invisible.
Pero Valeria Lothrim era una mujer fuerte.
Reprimió sus emociones y las enterró en lo más profundo de su mente. No podía permitirse flaquezas. No en este momento.
Había nobles y comerciantes esperándola, ansiosos por tejer alianzas, por arrancarle información, por encontrar una ventaja en el inminente juego político que siempre giraba alrededor de eventos como este.
Al cruzar las puertas de la gran sala, las figuras vestidas con túnicas de seda y joyas relucientes se pusieron en pie de inmediato. Algunos de ellos intentaron acercarse con sonrisas calculadas, listos para saludar a la Gran Sabia y entablar conversación.
Pero entonces, un aire pesado envolvió la habitación.
Tres figuras avanzaron desde el otro extremo de la sala con paso decidido. La hostilidad en su andar era inconfundible. Los nobles, sensibles al peligro, retrocedieron instintivamente.
Randa, Edmund y Liviana avanzaron con el orgullo por delante. Los tres se detuvieron a unos metros de Lothrim, con sus miradas firmes y sus presencias como una tempestad a punto de estallar.
Randa fue la primera en hablar.
—Sabia Lothrim, ?Cuál es el significado de todo esto? —gru?ó, su voz era contenida, pero con el filo de la ira en cada palabra.
Madame apenas tuvo tiempo de abrir la boca antes de que Edmund hablara.
—Concuerdo con la general Randa… —su tono era suave, pero goteaba veneno —?Es esto alguna clase de racismo hacia la raza de mi se?ora?
Sus ojos carmesí brillaron con una amenaza apenas velada mientras avanzaba un paso más.
—?Pensó que sería una buena idea hacer que la se?orita pelee una batalla perdida solo para demostrar su superioridad?
La última palabra quedó suspendida en el aire como una daga lista para clavarse. A su lado, Liviana se mantenía rígida, su mano apretó el mango de su espada.
—Gran se?ora… —dijo con voz medida, aunque su tensión era evidente —Traigo un mensaje de parte de la Gran Dama. —El título era suficiente para que toda la sala contuviera el aliento —Ella se ha enterado de la competición… y exige una explicación.
Loana, que se había mantenido a un lado de su maestra, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquellas tres personas no eran simples emisarios. Eran los representantes más poderosos de tres de las facciones más influyentes en la política del continente.
Si las cosas salían mal, no se trataba solo de la reputación de la academia. Podía significar la guerra.
Pero Madame Lothrim no se inmutó. Suspiró con calma y se cubrió la parte inferior del rostro con su abanico, observando a los tres con una serenidad que los irritó aún más.
?Ni?o tonto…? —pensó con un poco de tristeza e irritación leve ?Tus decisiones me han costado mucho.?
Pero incluso la sabia más grande del continente desconocía la verdad más importante de todas. La batalla más grande de todas no se libraría en la arena. Sino en las sombras, justo debajo de sus pies.
El eco de los gritos de guerra aún resonaba en la lejanía, como un vestigio del caos que consumía el mundo en la superficie. Pero en las profundidades de aquellas ruinas olvidadas bajo el Gorrion Dorado, una batalla distinta estaba a punto de llegar a su punto crítico.
Bardrim y el sacerdote se mantenían firmes, frente a frente, respirando con dificultad.
El herrero, con su complexión robusta y su armadura de acero ennegrecido por la guerra, se aferraba con ambas manos a su martillo de guerra. Sus nudillos estaban blancos por la presión, y su respiración salía en bocanadas pesadas entre su espesa barba. Sus ojos, fieros y rojos como el metal fundido, no se apartaban de su enemigo.
El coloso verde que tenía delante sonrió con una mueca de pura agresión. Las cicatrices en su piel curtida eran prueba de incontables victorias. Su hacha, un arma de doble filo con runas tribales grabadas en su hoja, goteaba sangre fresca.
Sin más advertencias, se lanzó al ataque.
El primer choque fue un estallido de chispas. Hacha y martillo se encontraron con una fuerza titánica, el impacto retumbó en la sala como un trueno atrapado en la piedra.
?CLANG!
Cada golpe siguiente fue más fuerte, más rápido, más brutal que el anterior.
?CLANG! ?CLANG! ?CLANG!
El sonido del metal contra el metal se amplificaba con el eco de las cavernas, llenando el espacio como el rugido de una tormenta enjaulada.
A una distancia prudente, lady Lidia se mantenía firme, su cuerpo tenso por el esfuerzo de sostener su conjuro. apenas podía mantenerse en pie.
Su magia fluía como un torrente, rodeando a Bardrim con un resplandor etéreo. Sus brazos exudaban venas hinchadas por la presión, y cada segundo que pasaba sentía cómo su maná se deslizaba de su cuerpo como arena entre los dedos.
Sabía que no podría mantener el encantamiento por mucho más tiempo. Y Bardrim lo sabía también. Si se demoraba demasiado, su fuerza disminuiría y el combate se inclinaría irremediablemente a favor del orco.
El coloso verde, sintiendo la urgencia de la situación, alzó su hacha con ambas manos, acumulando toda su fuerza para un solo golpe devastador.
—?Ruina de Tántalo!
La hoja descendió como la guillotina de un verdugo. Bardrim apretó los dientes y bloqueó con el mango de su martillo.
?BOOM!
El impacto sacudió la caverna, lanzando polvo y piedras en todas direcciones. El enano apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando el siguiente ataque llegó aún más rápido, más fuerte. Luego otro. Y otro.
El orco no se detenía.
Cada embestida caía como una avalancha, una lluvia de acero imparable que hacía temblar los brazos de Bardrim con cada golpe. Sus fuerzas flaqueaban. Su respiración se volvía más pesada. Por primera vez en a?os, Bardrim sintió miedo.
Un golpe descendió directo hacia su cráneo. Con la rapidez de un veterano curtido en cien batallas, rodó hacia un lado. La hoja del hacha se estrelló contra el suelo con un impacto atronador, haciendo que toda la caverna temblara.
Era la apertura que Bardrim necesitaba.
Con un gru?ido feroz, canalizó cada gramo de fuerza que le quedaba en su siguiente movimiento. Giró sobre sí mismo y descargó su martillo con toda su furia contra la rodilla del orco.
?CRACK!
Un sonido seco resonó por toda la sala. El orco gru?ó de dolor y tambaleó, su pierna cedió momentáneamente.
Pero no cayó.
En un movimiento inesperadamente ágil, giró sobre su eje y balanceó su hacha en un arco horizontal. Bardrim apenas tuvo tiempo de reaccionar. Con un rugido, alzó su martillo en un bloqueo desesperado.
Las chispas estallaron entre aceros. La onda de choque recorrió ambos brazos del enano, casi haciéndole soltar su arma. El orco sonrió, mostrando sus colmillos amarillentos.
—?Eres fuerte para ser un saco de huesos, enano!
Bardrim, con el sudor resbalando por su frente, le devolvió la sonrisa.
—?Y tú eres lento para un saco de grasa, orco!
El orco se lanzó al ataque con una ferocidad brutal.
Cada tajo de su hacha cortaba el aire con la fuerza de una tempestad desatada. El acero silbaba al moverse, buscando abrir la carne del enano en dos. Pero Bardrim, a pesar del cansancio, se movía con precisión. Su cuerpo se desplazaba con la destreza de un herrero que había domado el metal toda su vida. Desviaba y esquivaba los golpes con su martillo, sintiendo cada corriente de aire caliente rozar su piel.
Esperó. Esperó la apertura perfecta.
El orco, confiado en su fuerza bruta, levantó su hacha una vez más, dispuesto a acabar con el combate con un solo golpe descendente, pero ese fue su error.
Bardrim se lanzó hacia adelante con una velocidad inesperada.
Rodó bajo la sombra de la bestia y se deslizó entre sus piernas justo antes de que el hacha partiera el suelo en dos. Al pasar, con un gru?ido de esfuerzo, descargó su martillo con toda su fuerza contra la parte posterior de la rodilla del coloso.
?CRACK!
El orco cayó de rodillas con un bramido de agonía, su peso hizo retumbar la caverna. No había tiempo que perder. El enano giró sobre sí mismo con la precisión de un combatiente curtido y, con un grito de guerra, lanzó su martillo directo al rostro de su enemigo.
El impacto sonó tan fuerte, que incluso un breve escalofrío recorrió la espalda de Lidia.
La cabeza del orco se inclinó violentamente hacia un lado, un sonido húmedo y escalofriante acompa?ó el choque. Su cuerpo, enorme y poderoso, se desplomó como una torre derrumbada.
Bardrim quedó jadeando, observando el coloso inerte ante él.
El combate había terminado… o eso pensó. Un sonido húmedo, casi antinatural, rompió el silencio. Los músculos del orco se tensaron. Su mano temblorosa se alzó lentamente hasta cubrirse el rostro ensangrentado.
Pero lo imposible sucedió. Las heridas comenzaron a cerrarse. Bardrim apretó los dientes con furia.
—?Maldita sea! ??No te puedes morir de una buena vez?! —bramó con cansancio.
El orco carcajeó entre dientes, su aliento era pesado como el de un depredador que sabe que la caza aún no ha terminado.
Bardrim no esperó.
Arremetió de nuevo, golpeando con cada gramo de fuerza que aún quedaba en su cuerpo. Sus ataques eran desesperados, cada impacto vibraba en su piel, en sus huesos, en su alma. Pero el orco no flaqueó.
Para él, solo era cuestión de tiempo. El enano estaba exhausto. Solo tenía que resistir uno o dos minutos más y la victoria sería suya. Bardrim lo sabía.
—?Maldita sea… necesito acumular más…? —pensó con rabia, tensando los músculos de sus manos.
Fue entonces cuando sintió el cambio. Sus venas, antes ocultas bajo la piel endurecida, comenzaron a brillar con un resplandor rojo anaranjado. Como metal en la forja, su cuerpo respondía a su deseo de luchar.
Pero no fue suficiente.
?CRACK!
El hacha del orco finalmente venció al martillo del herrero.
La hoja se hundió en el arma con un estruendo seco y violento, partiéndola en pedazos. Fragmentos de acero radiantes cayeron al suelo, dispersándose como cenizas de un fuego extinto.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Bardrim miró los restos de su martillo. No había esperanza. O al menos, eso habría pensado cualquiera que no conociera al viejo herrero.
Con un rugido, alzó los pu?os desnudos.
Su piel brillaba con un aura roja, caliente y fiera, como el hierro recién salido del horno. Sus nudillos ardían con una intensidad casi cegadora.
El orco lo observó en silencio, luego sonrió.
—En honor a tu leyenda, viejo maestro herrero… —murmuró. Entonces, sin apartar la mirada de su oponente, soltó su hacha. El arma cayó al suelo con un estruendo metálico —Continuemos esto con nuestros pu?os.
No hubo más palabras. Bardrim corrió hacia el coloso verde con un grito feroz, su pu?o iluminado por la fuerza de su voluntad, busco el rostro de su oponente.
?BOOM!
El golpe se estrelló contra la mandíbula del orco, haciendo que su cabeza se inclinara con violencia. Pero la bestia no cayó. Con una velocidad sobrehumana, respondió con un rodillazo directo al torso del enano.
Bardrim salió despedido unos pasos atrás, sintiendo cómo el aire escapaba de sus pulmones en un gru?ido ahogado.
—?Ugh! Maldita sea… —murmuró, llevándose una mano al costado mientras intentaba recuperar el aliento.
El combate aún no había terminado. Pero ahora, era una lucha de resistencia, y el combate pronto terminaría.

