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Capítulo 48 — El Nombre que No Se Pronunció

  El pasillo se estrechó tanto

  que Syra tuvo que avanzar de lado.

  El roce frío de las paredes —si eran paredes—

  le marcaba los hombros,

  pero no lo tocaba realmente.

  Era como avanzar entre dos memorias que no querían abrirse.

  Cuando por fin pudo dar un paso normal,

  el Camino cambió.

  No había luz.

  No había sombra.

  Solo una penumbra uniforme,

  como si el mundo estuviera esperando a que alguien

  —él—

  decidiera dónde colocar la primera chispa.

  En el centro había otra cosa.

  Una figura de pie.

  Completamente oscura.

  Sin rostro.

  Sin detalles.

  Sin borde.

  Un contorno humano hecho solo de ausencia.

  No era hostil.

  Tampoco pasiva.

  Simplemente estaba ahí,

  como si lo hubiera estado desde el principio

  esperando el momento exacto

  en que Syra tuviera suficiente fuerza para verla.

  Syra no avanzó de inmediato.

  Había algo distinto en esa presencia.

  En los latidos invisibles que emanaban de ella.

  En la sensación de que no era un enemigo,

  pero tampoco un recuerdo ajeno.

  Era una intención incompleta.

  Una intención que nació dentro de él

  cuando era demasiado peque?o para comprenderla.

  Dio dos pasos.

  Luego uno más.

  La figura no se movió.

  Pero el aire sí.

  Una corriente suave recorrió la piel de Syra

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  y escuchó una voz.

  No venía de la figura.

  Tampoco del espacio.

  Venía de un punto que solo él conocía:

  el hueco en su pecho donde antes había estado un nombre.

  La voz era apenas un susurro,

  una presión leve,

  como si alguien intentara pronunciar algo

  que nunca tuvo forma.

  No dijo su nombre.

  Dijo lo que existió antes

  —…tú…

  Syra sintió un escalofrío.

  No de miedo.

  De reconocimiento.

  No era Aelian.

  No era un eco del Valle.

  No era una entidad externa.

  Era la primera versión de sí mismo

  aquella que nunca tuvo palabras,

  aquella que solo sabía obedecer

  porque no conocía otra forma de existir.

  La figura era la representación exacta

  del momento más antiguo de su vida:

  cuando no se le permitió nombrarse.

  Syra apretó los dedos.

  Su respiración se sostuvo un segundo más de lo normal.

  —No vuelvas a llamarme así —dijo, con un tono que no temblaba.

  La figura pareció encogerse un milímetro,

  como si la frase hubiera desplazado su centro de gravedad.

  El susurro regresó,

  más débil,

  pero insistente.

  —…no…

  …puedo…

  Syra sintió el eco dentro de su pecho,

  que no pertenecía al presente

  sino a un tiempo remoto

  donde las palabras no eran suyas

  sino de otros.

  —Sí puedes —respondió—.

  Porque no eres mi due?o.

  Ni mi origen.

  Ni mi destino.

  La figura levantó lentamente la cabeza,

  sin cambiar de forma,

  y el espacio alrededor vibró apenas.

  Syra continuó:

  —No soy el ni?o que se quedó sin nombre.

  No soy la voz que repite órdenes.

  No soy lo que alguien más decidió que debía ser.

  El susurro se quebró,

  como si algo dentro de él

  se estuviera soltando por primera vez:

  —…entonces…

  ?quién… eres…?

  Syra se acercó hasta quedar a un paso.

  Podía sentirlo:

  este fragmento no venía a pelear.

  Venía a pedir permiso para dejar de existir.

  —Soy quien eligió caminar —dijo—.

  Y tú eres la parte que no pudo hacerlo.

  La figura tembló.

  Se fragmentó en grietas de sombra.

  Syra extendió la mano.

  No para tocarlo.

  No para detenerlo.

  Sino para darle una salida.

  —Puedes descansar —susurró—.

  No necesito tu silencio para existir.

  La figura se deshizo.

  Se evaporó como polvo fino

  dispersado por un viento sin origen.

  En el aire quedó solo una frase,

  ligera, agradecida,

  como un último aliento:

  —…gracias…

  El corredor se iluminó apenas,

  y un nuevo camino se abrió.

  Syra avanzó sin mirar atrás.

  Porque sabía que lo que había dejado atrás

  no era un enemigo.

  Era la ausencia de un nombre.

  Y en este Camino,

  esa ausencia ya no tenía poder sobre él.

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